Bocachancladas·Vida Moderna

Hacer lo justo

No soy de esas personas que se acuerdan de citas célebres o recomendaciones vitales. Generalmente, prefiero inventármelas y sembrar la duda de si son verídicas o simplemente aguardo mi turno para ingresar en un manicomio barato. No obstante, últimamente me viene a la cabeza algún recuerdo enterrado en varias capas de polvo.

Tenía unos diecisiete años y, en lugar de invertir mi juventud en olvidarla, la malgastaba como voluntario de Cruz Roja. Invadido por la solidaridad de ver partidos de fútbol a ras césped, conciertos por la cara y, de vez en cuando, participar en algún banquete benéfico, pensé ascender de voluntario raso a técnico haciendo un curso. Entonces, durante un servicio en el que debíamos atender los comas etílicos de la romería de la Virgen de la Corva, el conductor de ambulancias me dio uno de los mejores consejos que me han dado nunca: “No lo hagas. Si lo haces, te exigirán más, no podrás decir que no y acabarás quemado. Es mejor hacer siempre lo justo, ni un gramo más”.

Influenciado, o no, por esa conversación, hice de ese consejo mi modo de vida. No me puedo quejar. Nadie pasa a la historia haciendo lo justo, pero se vive razonablemente bien y te garantiza las horas del sueño que las autoridades sanitarias y los fabricantes de colchones recomiendan.

No obstante, en los últimos tiempos he empezado a paladear la golosina del estatus infinito. Aquella que dice que si te esfuerzas más, tendrás un mejor puesto de trabajo y esto repercutirá en tu posición, responsabilidad y salario, valor que esta sociedad ha fijado como vara de medir. Una vez conseguido, vuelta a esforzarte más y así en una espiral que, irremediablemente, detiene los lindes de la biología. Tus compañeros, tu jefe, tu pareja, tu familia, tus colegas, tus vecinos, tu amante, tu psicólogo, el dueño de tu bar de confianza, tu camello, los captadores de ONGs y hasta el Espíritu Santo se aprovechan de tu empuje casi infinito y el efecto sedante de la golosina para encalomar más tareas sobre el lomo, cual mula cargada de espuertas de aceituna.

Cuando el esfuerzo estaba a punto de redoblarme, recordé las sabias palabras del conductor de ambulancias. Me tiré un mes en la oficina aparentando que trabajaba, excusándome por no entregar los informes ni asistir a las reuniones. Alegué al director que incluso estaba llevándome trabajo a casa para hacerlo por las noches y los fines de semana. Éste, comprensivo, contestó que el proyecto en realidad no corría tanta prisa, que podía descargar mis tareas sobre otras mulas y que esperaría un poco más. Encerrado en la oficina, me dedicaba a bautizar con nombres graciosos a las manchas de humedad y tratar de resolver el enigma que ha mantenido en vilo a la humanidad desde tiempos inmemoriales: ¿qué testículo pesa más? Creo que en mi caso, depende del día.

La recompensa al trabajo bien hecho no se ha hecho esperar y me han ascendido. Ahora mi puesto de trabajo es un acrónimo en inglés y me han instalado un butacón más grande en el que calentar mi generoso trasero. Las mulas continúan abriendo camino con su pesada marcha, con los lomos cargados de tareas ingratas y la ingratitud de los que hacen lo justo para llegar lejos. Y así será hasta que se encuentren con algún conductor de ambulancias que les revele, como Dios a Moisés, las bondades de hacer lo justo. Hasta entonces, guardad el secreto.

16 comentarios sobre “Hacer lo justo

  1. Jajajaja. Me rio, aunque con un sabor agridulce. Me rio, porque me siento reflejada, y porque ahora soy de las que hacen lo justo, si continuara con la mentalidad de “mula” seguramente no me reiría tanto. Todavía hago la mula de vez en cuando para no olvidarme de lo que es y valorar más hacer lo justo, que algo tiene que ver con ser justo, ¿no crees?

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    1. Me encantan las risas agridulces, porque son las que no se disipan en segundos, son las que dejan un poco de poso, aunque a veces sea a base de rascar. Estoy de acuerdo contigo, quizá el relato está un poco banalizando el hacer lo justo y llevarlo a ser un aprovechado o un vago redomado (expresión que nos lanzaba constantemente una profesora que tuve de niño) Y ese concepto de justo es subjetivo, cada uno tiene el suyo, permitiendo que emerja la dignidad de esforzarse y la ilusión por continuar hacia delante. No obstante, me parece que en relación al mercado laboral parecen conceptos utópicos.

      Gracias por tus impresiones y tu lectura. Un fuerte abrazo, adelante!

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  2. Hace muchos años, en uno de esos trances emocionales que nos pone la vida, me convertí en un adicto al trabajo. Pasaba todas las horas posibles ocupado en labores, asumiendo tareas propias y ajenas, sin importarme la retribución salarial o el impacto sobre mi salud física y mental. Tiempo después, ya superada la necesidad de evasión, noté que me había quedado el mal hábito -además de otros achaques- de abarcar múltiples compromisos y labores, mientras otros “se echaban aire” delegando sus responsabilidades en mí. Definitivamente, el consejo que recibiste fue uno de los mejores.
    Saludos, Rafalé.

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    1. Mi sensación es que cuando traspasas la línea, lo llamado justo, la compensación no es proporcional al esfuerzo. El sistema tiene demasiadas golosinas como para pensar que sí te devolverá el esfuerzo, pero son eso golosinas. La salud, la solidaridad o la satisfacción parece que no interesan como golosina de rápida ingesta.

      Gracias por compartir tu experiencia, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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      1. Hola Rafalé, te leo con gusto eres un cínico consumado enhorabuena, yo apenas un aprendiz y ya voy muy tarde, me sigues en ernestoparga.com, muchas gracias. Carajo así hubiera escrito a mis 30 ahora, doblado ese número, arrastro alguna idea muy contaminada de aquí y de allá. Te felicito amigo y te mando un abrazo.
        Ernesto Parga

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      2. Depende del día me levanto con disfraz de cínico, payaso o utópico revolucionario. El tiempo es un ente devorador y a mí me cuesta preservar la coherencia. Me alegra que te haya gustado compañero. Mucho ánimo con la escritura. Un fuerte abrazo, adelante!

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  3. Muy buena entrada. Me ha gustado mucho. Tengo la impresión de que ese consejo, con medida, es genial. Antes las empresas se “casaban” con el trabajador, había lealtad de las dos partes pero eso ha cambiado. Hoy los trabajadores son meros número$ y tienen en la frente la etiqueta de “úsese y tírese”. Por supuesto hay excepciones, no se puede generalizar, por lo mismo el consejo debe administrarse con cuidado pero es muy válido. Saludos.

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    1. Estoy de acuerdo, un gran poder exige una gran responsabilidad. Bajo mi punto de vista, la deriva de nuestra sociedad está guiada por la de la economía y ahí tienen que ver más balances que sentimientos. Me alegra que te haya gustado, compañera. Un fuerte abrazo, adelante!

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  4. Te confesaré otro secreto, por si te sirve. Tengo un amigo que se precia de que no tiene enemigos. Como lo consiguió ?. Tras una intensa y extensa campaña en la que publicitó que él jamás hacía un favor a nadie. Sorprendente, pero efectivo.

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