Vida Moderna

Modernidad rural

Durante estas vacaciones de Semana Santa pretendía irme a descansar a un lugar aislado. Mi intención era destinar el tiempo libre en paseos en la montaña, escribir en silencio, hacer desaparecer el estrés y rodearme de los ásperos, pero serviciales, habitantes de los pueblos. En una famosa plataforma de alojamientos encontré un cortijo enclavado en un pueblo de Las Alpujarras, a buen precio, sin televisión ni wifi. Lo que no podía sospechar es que ya no existe tal aislamiento.

Empecé a sospechar algo en el puerto de La Ragua, el cual ascendí durante 30 kilómetros detrás de una furgoneta de Amazon. A mi llegada me recibió el casero, Phil, un hombre del norte de Reino Unido que apenas hablaba una palabra de castellano. El cortijo donde pasaría tres días aparentaba ser idílico, con vistas de ensueño a la Alpujarra. Cualquier contacto con la sociedad se basaba en una granja cercana de cerdos y gallinas. No obstante, todo el equipamiento del cortijo era de IKEA, igual que lo hubiera sido una fría casa de la gran ciudad.

Después de una plácida siesta, me puse la boina y fui a pasear. Topé con un pastor que paseaba a un grupo de ovejas y cabras. Lo saludé, pero, para mi sorpresa, el hombre no respondió. En los oídos llevaba unos cascos bluetooth que le aislaban completamente. En la plaza del pueblo encontré a un grupo de ancianos reunido. No hablaban del tiempo, ni de lo mal que había ido la última campaña de aceituna. Aquellos ancianos alardeaban de teléfonos móviles de última generación y pasaban los últimos memes y tonterías de las redes sociales. Al otro extremo de la plaza, unos jóvenes escuchaban el último disco de C. Tangana desde un altavoz gigante, donde otrora habrían jugado una pachanga de fútbol o armado un plan para conquistar a las chicas del pueblo de al lado.

Donde antes se localizaba la fragua del pueblo, tras jubilarse el correspondiente herrero, se había abierto un coworking en el que trabajaban dos informáticos suecos y un ingeniero irlandés. En frente había un local en el que se anunciaban clases de yoga y coach, con instructores argentinos, que habían aprovechado el cierre de la última tornería.

Para resarcirme de la falta de autenticidad de la vida rural, me metí en el bar del pueblo. La carta era escueta pero clásica: choto al ajillo, sesos, chuletas de cordero, sangre encebollada, chorizos y salchichas a las brasas, migas y carne en salsa. Me relajé, tomé dos cervezas, un par de tapas y una ración de choto generosa. Cuando vino la cuenta, llegó la sorpresa. Asumiendo que esos precios sólo podían darse en los locales del centro de la ciudad, pregunté a la camarera si se había equivocado. Ella, amable, la revisó y me confirmó que estaba bien. Cuando acudí a la tabla de precios, encontré el precio de las raciones tachadas y reescritas con rotulador.

Mi aislamiento del ajetreo de la ciudad había sido un fiasco. No había rastro de autenticidad, el proceso implacable de uniformización había arrasado con los últimos vestigios de resistencia rural. Por fortuna, mi casero me proporcionó de buena conexión para despotricar en mi blog o en Facebook e invertir el resto de mi tiempo en el cortijo a hacer una maratón de Stranger Things.

20 comentarios sobre “Modernidad rural

  1. Jajaja, creo que deberías ir a mi pueblo, allí todavía hay que subir a lo alto para conseguir cobertura con el móvil… y con una sola casa abierta, lo único que te encuentras es al perro o al gato de ese vecino, eso sí, vacas hay unas cuantas que campan a sus aires por todos los lados y no te extrañes que, al doblar una curva de la carretera, encuentres un par de ellas paseando tranquilamente.
    Afortunadamente y a pesar de ser una zona muy bonita, no está todavía invadida por el turismo, aunque por los veranos se va notando más movimiento: la Montaña Palentina, la gran desconocida.
    Te pilla un poco lejos pero más cerca del Tibet…
    Un placer leerte.
    Abrazos.

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    1. Esa es mi sensación. Parece que la globalización no está dejando ni un vestigio de aislamiento. A ver si me fabrico una cueva y no salgo más… Eso sí, con buen wifi para contarlo. Pasa buen día también. Un fuerte abrazo, adelante!

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  2. ¡Vaya aventura! Desafortunadamente los tentáculos de la globalización han alcanzado a muchos lugares rurales que buscan “complacer” al turista creado un hábitat más o menos parecido al de la urbe. Por cierto, no resistí recordar la boina que te regalaron hace unos meses 🙂

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    1. Los tentáculos son tan alargados y afilados que parece que arrasarán con todo. La boina supongo que es un buen reflejo de la superficialidad de nuestros tiempos. Suerte que quedan resquicios para reírnos. Celebro que te haya gustado, compañero. Un abrazote, adelante!

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