Vida Moderna

El seminario de la vergüenza ajena

Desconozco el motivo, pero aún sigo recibiendo invitaciones para impartir seminarios de trabajo y hablar en congresos. Pongo verdadera pasión en el arte hacer el ridículo, pero, para mi desgracia, el campo de la vergüenza ajena no conoce límites.

Más inexplicable es por qué acepto. Antes, cuando eran presenciales, podía atiborrarme en las cenas de gala, los piscolabis de bienvenida, las pausas para el café con pastas y golosinas y volver a casa con cinco kilos de más. También era una buena excusa para conocer lugares como encanto, como Fuenlabrada, Huelva o los suburbios de Ulán Bator, hacer entrañables amistades con alacranes y pelusas, codearse con los peces gordos del campo y dormir en agradables moteles donde hay que mantener un ojo abierto para no recibir una puñalada a medianoche o que un grupo de ratas peludas se apropien de tu ropa interior. Ahora los coloquios son online y la lista de desventajas gana a la de incentivos.

Esta semana tenía una charla en la que contar mis últimas contribuciones a la teoría de las fuerzas gravitacionales que interactúan suavemente con la vacuidad, proyecto que mi empresa lleva a cabo y en la que me han incluido porque había mucha gente en el de la interpretación de las manchas de humedad del baño. Sobra decir, que aunque desconozca el significado de ninguna de las palabras que componen el título del proyecto, me lancé con la esperanza de poder entenderlo y apuntarme un tanto con el jefe y el resto de compañeros. Aleccionado de tantos fracasos y bochornos, me prometí que lo iba a bordar. “Esta vez me corono”, pensé.

Despejé toda mi agenda de aquella semana para dedicarme en cuerpo y alma a la charla, la cual debía durar cerca de una hora. Así pues, sacrifiqué el fin de semana para acabar otras tareas. Llegada la semana del evento, disponía de 96 horas para preparar la charla, tiempo más que suficiente. Descargué un par de artículos sobre fuerzas gravitacionales e interacciones vacuas. Tras media hora de estoica concentración, estaba viendo documentales sobre el proceso de fermentación del queso en cuevas mientras leía la biografía de Victor Hugo en la Wikipedia. “Total, por un día relajado no pasa nada”, pensé.

Al siguiente día, me entregué al pragmatismo y confeccioné un esquema con los contenidos que contaría, la cual excedía los diez folios. La mayoría de los temas no estaban relacionados con la charla, pero servirían para salir del paso airoso. Después de atisbar la gloria y maravillarme con el nivel que iba a ofrecer, empecé a preocuparme por mi salud. Aunque estuviera dispuesto a entregar todas mis energías al seminario, debía alimentarme bien, asearme cada día y hacer deporte. Di una larga caminata con la que recorrí Madrid de punta a punta. Fui al mercado, hice una compra generosa y estuve toda la tarde cocinando pastel de hígado, con el objetivo de que mi cerebro recobrara energías. Después de la comilona, convine en regarla con una botella de buen vino. “No todo va a ser la charla”, pensé.

A la mañana siguiente me di cuenta que tan sólo me quedaban veinticuatro horas y que apenas tenía unos folios con borrones ininteligibles. En esos instantes es inevitable la tentación de un plan de emergencia: reciclar una charla antigua y pedir disculpas por la confusión, simular problemas de conexión, inventar una máquina del tiempo para volver al comienzo de la semana o fingir tu propia muerte. Finalmente, me decanté por la peor de las alternativas: seguir hacia delante sin mirar atrás. Cogí el ordenador y empecé a teclear desaforadamente. Los artículos que había imprimido para inspirarme me resultaban indescifrables, pero, aun así, cuando me bloqueaba copiaba alguna de sus ideas. Cuando estaba casi amaneciendo, me fui a la cama con el trabajo concluido. “Mañana, mientras desayuno, la repasaré”, pensé.

No escuché el despertador y me levanté diez minutos antes de que empezara el evento. A toda prisa revisé la presentación. Nada parecía tener sentido y no entendía más de la mitad del contenido. Los símbolos cambiaban libremente su forma y dudaba si había escrito bien mi nombre. “Esto es entre amigos. No creo que haya mucha gente. Nadie se va a dar cuenta. Hablaré con un tono solemne y relajado”, pensé.

Al conectarme pude comprobar que había cerca de trescientos asistentes de medio mundo, incluidas varias vacas sagradas y mi jefe. No sólo me jugaba mi exigua reputación, sino que también la de mi empresa. Mientras me presentaban, recordé que tendría que defender mi intervención en mi inglés de veranos en Benidorm. “Hello people!”, comencé tartamudeando. Arranqué la presentación y una fuerza sobrehumana se adueñó de mí. Hablaba a un ritmo vertiginoso y el discurso tenía sentido. Estaba en el olimpo de los conferenciantes. Cuando miré el reloj, prácticamente había terminado. El turno de preguntas fue un silencio que indicaba que posiblemente la audiencia se hubiera dedicado a dormir o a jugar al comecocos desde su móvil de última generación. Todo parecía indicar había terminado y escaparía airoso, cuando Fiodor Egonov, una vaca sagrada de la antigua URSS, levantó su mano virtual. Egonov tenía reputación de justiciero entre la comunidad. Se contaban leyendas de que sus empleados trabajaban las veinticuatro horas de todos los días de la semana. “Me va a despedazar, me va a pisotear como a una cucaracha”, pensé.

No obstante, Egonov, con voz amable, me felicitó y añadió un par de comentarios sobre proyectos que él había liderado y que nada tenían que ver con mi seminario. Terminada mi intervención, me entregué a un vacío redentor. Podría regresar a mi vida normal. Esta vez sí, me juré convencido, que jamás volvería a dar ninguna charla en la vida, ni en el patio de vecinos.

Hace un rato acabo de recibir un email de Egonov para impartir un seminario en las oficinas de su empresa, en las afueras de Chisináu, capital de Moldavia. Promete que, si la pandemia lo permite, podré viajar presencialmente. Habrá que.

Segunda parte de La ciencia de la vergüenza ajena.

14 comentarios sobre “El seminario de la vergüenza ajena

    1. Supongo que es una especie de desdoblamiento de la personalidad, como la película de ‘La máscara’ o ‘Dr. Jekyll y Mr. Hyde’. Empieza tu intervención y tu ventrílocuo toma el mando. No sé cómo soy como orador, prefiero no saberlo. No sé si la ignorancia da la felicidad, pero a mí me aporta tranquilidad.

      Gracias por el apoyo. Me alegra que te haya gustado, compañera. Hasta la próxima conferencia! Adelante!

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  1. Uff, que suerte! Poder asistir a los seminarios de Egonov es la envidia de todo investigador. Es precisamente en su laboratorio donde se pergeña la ciencia que hace avanzar el mundo. Espero ansioso tus impresiones sobre tan magno acontecimiento.

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