Madrid

Así da gusto la sierra

Madrid es un lugar propicio para que surjan todo tipo de planes. Los fines de semana que paso aquí mantengo mi agenda despejada a la espera de llenarla espontáneamente con unas cervezas para celebrar que Madrid es la nueva capital de la libertad, ir a echar la siesta en las butacas de una función alternativa, una barbacoa en casa de los del puesto de verduras o, incluso, una orgía con los vecinos de en frente. La cantidad de ofertas de ocio no asegura necesariamente que se acaben realizando. Todavía no tengo claro el motivo, pero existe una fuerza que invita a cancelar los planes a última hora con sus consabidas excusas. La formalidad debe ser un concepto que se evapora por efecto de la boina de polución o que sólo se estila en las gentes de provincias.

Este fin de semana tenía previsto seguir mi clásica rutina de malgastar el tiempo: ver cómo se aparean las pelusas de mi casa, declamar versos de Bukowski a la par que vaciar una botella de anís y enchufar algún debate político para gritar a políticos y tertulianos “Botarate, mangurrián”. No obstante, un mensaje a primera hora interrumpió mis planes. Había sido invitado a una fiesta en la que acudiría gente de la alta sociedad madrileña. Debía acudir con ropa elegante, un lazo rojo y recién duchado. El lugar exacto de reunión era secreto, pero debía llegar hasta la parada de Galapagar y alguien pasaría a recogerme.

Tras ubicar la localidad en el mapa y adivinar cómo podría llegar hasta allí, tomé la línea C-8, que conecta la capital con la sierra. La idea de que todos los pueblos de Madrid están a media hora de Atocha se disipó enseguida. El paisaje mustio compuesto de interminables bloques de edificios altos y cemento dio paso al verde intenso poblado por chalets espaciados. A dos paradas de llegar a destino, recibí un nuevo mensaje avisando que la fiesta se había cancelado. Según añadía el mensaje, las figuras que había representadas en los cuadros del apartamento se habían descolgado y estaban sembrando el terror entre los primeros asistentes. No me molesté ni en ofrecer el teléfono de una patrulla de cazafantasmas competente, aunque reconocí la valía de la excusa.

Sin plan, decidí llegar hasta la última parada para ver qué ofrecía la célebre sierra de Guadarrama. Siento devoción por las últimas paradas. Cuando viajo en tren, metro o autobús fantaseo con lo que allí aguarda: torreones con princesas encerradas, galerías secretas, campos de trabajo y, en el caso de Madrid, alguna playa del Levante. El tren se detuvo finalmente en Cercedilla. Pegué un paseo en el que pude admirar las montañas que separan el norte de Madrid con Segovia, así como la arquitectura tradicional de las casas de la sierra y el bullicio concentrado en torno a la plaza.

Siendo cerca de las tres, la prioridad de un buen turista que se precie ha de ser el de encontrar una taberna típica en la que probar las exquisiteces de la zona. El nombre de un local llamado ‘El chivo loco’ me causó suficiente confianza, además de las generosas barrigas de sus comensales. Tras comprobar que comía solo, una camarera latinoamericana me condujo hasta el sótano. Allí se encontraba comiendo una familia de edad avanzada quien enseguida reparó en mi presencia. El comensal solitario suele ser un espécimen extravagante, todos especulan si ha sido abandonado por su novia o si acaba de escapar del manicomio, pero a mí no me produce mayor reparo. Mientras degustaba un caldo y un ración de cochifrito de cochinillo lechal, puse la oreja en la conversación de la familia. “El cordero está exquisito”, “Realmente esta morcilla es deliciosa”, “Así es cómo preparaba mi abuela Hortensia las mollejas”, “Se nota que todo es fresco”, “Para chuparse los dedos, moza” comentaban entre otras expresiones de autoafirmación, que bien podrían llenar la crítica gastronómica del diario local.

Nuestros tiempos incentivan que todo esté atado, que uno tenga medida la excursión de forma milimétrica. A mí me gusta actuar al contrario, que el lugar decida por mí. Así pues, eché a andar en busca de aventura y algo que contar. Tomé el arcén del puerto de Navacerrada y anduve hacia el siguiente pueblo maravillándome con las vistas. Los terrenos de ambos márgenes de la carretera estaban vallados y los coches que me despeinaban apuntaban a un alto poder adquisitivo. Tras una hora de idílico paseo por la carretera, di con el pueblo de Navacerrada. En concreto con una urbanización de enormes casas con equipamientos modernos, junto a su correspondiente placa de alarma contra robos o una caseta en los siervos custodiaban las dependencias. La mayoría de ellas estaban cerradas a cal y canto, esperando al buen tiempo para volver a llenarse de vida. Las pocas que parecían habitadas estaban custodiadas por todoterrenos y bólidos lujosos. He de reconocer que así da gusto ir a la sierra. “Y yo compartiendo piso en un cuchitril del centro”, musitaba tratando de contener la rabia.

Para coger el cercanías y regresar a la capital debía tomar una pista forestal hasta una localidad llamada Collado Mediano. Según Google tardaría una hora y media y perdería el tren, debiendo esperar una hora extra. No obstante, el gigante informático no sabe que puedo ser muy tozudo cuando me dicen que no. Desde el camino pude observar campos verdes colmados de vacas y caballos, sin atisbos de civilización a su alrededor, además de un aire limpio y un silencio primoroso.

Al fin, llegué veinticinco minutos antes de la hora en que pasaba el tren. Me adentré en el bar de en frente para tomar un café. En la mesa de al lado había un grupo de gente que, a juzgar por su aspecto, parecían ser gente llana del pueblo, bordeando una relajada cincuentena. “…es que si dices que te vas, pues te vas…”, dijo uno de ellos con tono excitado. “Los de Podemos no son los que decían lo del jarabe democrático, ¡pues toma jarabe democrático! Además, nunca han condenado la violencia y ahora quieren que los demás la condenen. ¡Venga va!”, respondió otro velozmente. “Lo de las balas tiene que ser mentira, porque todos los sobres de Correos pasan por un escáner”, sentenció otro. “Al final, los extremos se tocan. No existiría Vox si no existiese Podemos”. “Iglesias es un cáncer, habría que eliminarlo y a toda la gentuza que los apoya. Son los que fomentan el odio”.

En medio de la vorágine de titulares tendenciosos y argumentario de abrevadero, llegó mi café. Aproveché la ocasión para pagarlo. Lo ingerí de un trago, abrasándome la garganta, y me apresuré a refugiarme en la estación. Había tenido suficiente sierra madrileña.

9 comentarios sobre “Así da gusto la sierra

    1. Hay veces que paseo porque no sé muy bien qué hacer, como en este caso. Al final, si no es una maravilla me llevo una historia. Sabes muy bien lo que me gusta y ha sido un placer el paseo por Pola Seca. Seguiré la serie, compañero. Gracias por la recomendación. Un fuerte abrazo, adelante!

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