Cuba·Reseñas

Cien botellas en una pared — Ena Lucía Portela

Los caminos de palabras me llevan y me traen de Cuba por caprichos de una brújula desbaratada. Estas dos últimas semanas mi trayecto del cercanías ha hecho parada en el emblemático barrio del Vedado y sobre la cómoda de la cama ha aparecido un trago de ron Havana al que invitaba la escritora habanera Lucía Portela con su Cien botellas en una pared. Una lectura que he descubierto por recomendación del acere Mario Ansiepe, quien me indicó acertadamente que hay literatura cubana más allá de Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante o Leonardo Padura.

Precisamente, he alternado la lectura de Cien botellas en una pared con el visionado de Cuatro estaciones en La Habana, la adaptación a la pequeña pantalla de las historias del detective Mario Conde, creado por el mismo Padura. Enmarcados en el género de la novela negra con estilos muy dispares, ambas obras retratan La Habana del período especial, una época de escasez, incertidumbre, y resquebrajamiento social, un contexto que lleva a sus protagonistas hasta el límite con el aliciente adicional de rodearlos de asesinatos. Un entramado por el que se originan recovecos naturales para la crítica social y ahondar en las contradicciones de la Revolución y la desmembración de su legado.

En el caso de Cien botellas en la pared, Zeta relata en primera persona sus peripecias y las de su grupo de amistades para sobrevivir. En este círculo se encuentra Linda, una incipiente estrella de la literatura con una personalidad desbordante, y Moisés, amante de Zeta y antiguo magistrado del Tribunal Supremo, quien encarna el desencanto vital que, a pesar de transformarse en una violencia brutal, despierta una desconcertante ternura. A través de un variopinto elenco de personajes, Ena Lucía Portela nos transporta a las ingratitudes del mundo de la escritura, la falta de aspiraciones, el lento despertar de la homosexualidad, las drogas y el sexo como vía de escape, la marginalidad invisible y el progresivo deterioro mental promovido por la decadencia y el hastío.

Además de su ambientación, Cien botellas en una pared rebosa una cubanía formal, mediante un ritmo vaporoso, la calurosa voz de la narradora, un desarrollo no lineal y, sobre todo, el empleo de un lenguaje repleto de expresiones típicas y vocabulario autóctono que por momentos da la sensación de trasladarte al bochorno habanero sofocado por la brisa del Malecón. Una de las expresiones que más me impactó durante mi periplo cubano fue la de resolver. Entre otros pensamientos y reflexiones intercalados con la trama principal, Zeta introduce el origen y el calado de dicho concepto:

El padre Ignacio a veces resolvía algunos víveres a través de la Iglesia (de manera solapada los verbos “resolver” y “conseguir” habían ido desplazando al verbo “comprar” en el léxico de la crisis), pero de él dependía una colección de viejitas desamparadas y medio locas, con velos negros, rosarios y crucifijos […] No es que me pareciera mal vivir de limosnas, pues lo que importa es vivir (no interesa para qué, no hay que preguntarse para qué, sólo vivir), pero no era justo ni factible pedirle a mi confesor que se hiciera cargo, además, de una persona joven y sana”.

Cien botellas en la pared es la obra más conocida de Ena Lucía Portela, reconocida por público y crítica internacional. Asombrosamente, he comprobado que tras publicar una novela posterior y un recopilatorio de artículos, relatos y crónicas, la autora habanera apenas ha dado más señales de vida. Para espolsarse esta ausencia indefinida, recomiendo deleitarse con alguna de sus entrevistas, en las que Portela demuestra rebosar pasión por la literatura y la escritura, así como una personalidad desbordante.

10 comentarios sobre “Cien botellas en una pared — Ena Lucía Portela

    1. Me alegra la coincidencia. Alguna vez he leído alguna novela de la saga de Mario Conde, como ‘Adiós Hemingway’, pero no las que contienen ‘Cuatro estaciones’. No obstante, creo que existe un paralelismo entre la obra de Padura y la de Portela, aparte del periodo y el contexto. Sin duda vale la pena asomarse a un periodo tan apasionante y auténtica. Un fuerte abrazo, compañero. Adelante!

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