Vida Moderna

La invasión de los domingueros

Se me ocurren pocas actividades tan degradantes para el ser humano como la de ir de picnic un domingo de verano. Quizá tatuarse el nombre de la tía abuela Hortensia en élfico sobre la nalga derecha o camperizar un cascajo motorizado rivalicen con dicha práctica. El caso es que este fin de semana organicé un picnic del cual todavía estoy tratando de recuperarme.

Cuando pensé en la posibilidad de pasar un día en el campo comiendo, bebiendo y refrescándonos en el río me pareció una gran idea. Cuando llevaba media libreta escribiendo todos y cada uno de los preparativos, pidiendo créditos rápidos, me fue pareciendo menos buena idea. Al principio mi lista de invitados era de veinte personas. “Va a ser el guateque del siglo, cabeza”, “Voy a llevar a mis dos amantes letonas para que las conozcas”, “¿Se puede venir mi bisabuela que está últimamente muy espitosa?”, fueron las primeras respuestas. Así pues, dediqué el día anterior a comprar abastecimiento para una veintena de individuos.

Madrugué como nunca lo había hecho, pues lo esencial para que un picnic sea un éxito es encontrar un buen sitio. Mientras tanto mi teléfono móvil se saturaba de mensajes del estilo “Eh, tío, que al final no puedo ir porque me han secuestrado unos chechenos”, “Lo siento, Rafalé, anoche ligué con un canguro madurito y me está preparando lentejas con chorizo para desayunar”, “No veas qué movida. Mi bisabuela, la espitosa, ha muerto y tengo que buscar una caja y una pala para darle sagrada sepultura. Intentaré llegar a los postres con mi bisabuelo”. Así pues, bastó un coche para trasladar a la resistencia dominguera junto al avituallamiento de comida y bebida que abarrotaban el maletero.

Conforme llegaba al área recreativa de Los Pardillos, empecé a sospechar que algo no iba conforme a mis previsiones. A pesar de ser las nueve de la mañana, circulábamos en caravana tras cinco vehículos. El parking estaba atestado y mandé a mis colegas a buscar una mesa con sombra mientras yo cogía una hacha para talar un árbol y aparcar en su hueco. Cuando me adentré en las profundidades del área divisé una mezcla de horror y desesperación: centenares de hábiles domingueros acaparaban todos los merenderos y el incesante reguero de campistas luchaba por colonizar los bordes restantes. Tras caminar un par de kilómetros, encontré a mis compañeros, quienes discutían con una familia numerosa. Al parecer mis amigos habían llegado antes, pero el clan familiar había invadido la parcela dejando todas sus pertenencias y haciendo caso omiso a nuestras quejas. Derrotados por nuestro espíritu pacífico, nos retiramos del lugar y conquistamos una parcela que estaba en una profunda pendiente, pues tras varias mediciones de la trayectoria del sol convenimos que tendríamos sombra toda la jornada.

Después de sendas caminatas para traer el cargamento de bebida y comida, nos sentamos alrededor de un mantel de papel que cubría la tierra y la pinocha. Lo más importante de un picnic es que la bebida se enfríe lo antes posible y poder entibiarse para olvidar los sinsabores del medio. Al rato, el sol nos demostró que nuestras estimaciones estaban equivocadas y éste se instaló sobre nuestras cabezas desprovistas de sombreros, sombrillas o crema solar. A consecuencia, tuvimos que trasladarnos a otras áreas según los caprichos del astro rey y el paisaje del lugar, lo que nos llevó a asentarnos en la parte posterior de los contenedores de basura.

Lo ideal en un día de picnic sería poder escuchar el agua del río correr, el aleteo de los árboles y algún que otro pajarillo autóctono. La realidad es que el único sonido era una amalgama de potentes altavoces que combinaban reggaetón, hip-hop, heavy metal y música electrónica. Además, los animales que rondaban la zona eran mosquitos gigantes y de una tonalidad verdosa que amenazaban nuestras provisiones. La cerveza tampoco se enfrió, pues la bolsa de hielos se evaporó en un santiamén y, desgraciadamente, tuvimos que hacer de tripas corazón y bebérnosla antes de que se convirtiera en pis de chivo. Ése es el momento en que se disfruta la verdadera esencia del dominguero, fluyen los chistes sobre Heidi, su abuelo y Clara, los debates para salvar el mundo obviando nuestras contradicciones y donde la exaltación de la amistad adquiere matices de fervor religioso. Cuando el calor se tornó sofocante y bordeábamos la lipotimia, nos lanzamos al río entre chiquillos salvajes, ancianos a los que se les salía la huevada del bañador y adolescentes que se devoraban como si fueran caníbales.

Con la caída del sol, el área recreativa se convirtió en un paraíso, la temperatura era aceptable y las masas exhaustas de tanta vida en el campo se retiraban a la ciudad. Por mi parte, me eché a dormir y tuve un feliz sueño en el que apaleaba a todos los colegas que me habían dejado tirado, así como a todos los domingueros que me habían privado de las maravillas de Los Pardillos. De repente, me desperté con una horrible sensación. Al levantarme descubrí a una turba de niños clavándome ramas en los ojos. Tras espantarlos, comprobé que mis colegas habían aprovechado la siesta para desaparecer arramplando con la bebida y poder tomársela fría en casa frente al televisor y el ventilador.

Y así, sin nada mejor que hacer, decidí que me quedaría a vivir en el área recreativa. Sería un dominguero a tiempo completo, apoderándome de una mesa con sombra y alimentándome de las sobras del resto de campistas. Si necesitáis un lugar donde celebrar un inolvidable día de picnic, contad conmigo.

17 comentarios sobre “La invasión de los domingueros

  1. Gracias por tu visita, Rafalé.

    Um abraço pelo seu Blog com bons textos como este, do qual retirei essa “pérola”, hehe… “Quizá tatuarse el nombre de la tía abuela Hortensia en élfico sobre la nalga[…]”

    Darlan, desde Belo Horizonte, Brasil.

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    1. Uh, me entran escalofríos al pensar en esas playas abarrotadas y luchando por poner una sombrilla mientras las legiones de niños y ancianos arrasan con cualquier atisbo de calma. Desde que fui a las Canarias y vi que había hueco para todo el mundo, creo que no estoy dispuesto a ir a una multitud playera.

      Me alegra verte por aquí, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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    1. Este ha sido mi primer fin de semana de guardián de la sombra. He decido cobrar por alquilar la mesa. Luego he llamado a un grupo de indigentes y rateros que conozco en la ciudad para que ocupen el resto de merenderos y así poder alquilarlos. El que no emprende en este país es porque no quiere. Voy a ser el próximo Amancio Ortega de las áreas recreativas. 😉 Me alegra que te haya divertido. Un fuerte abrazo, compañera. Adelante!

      Le gusta a 1 persona

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