Relatos

Niño con pueblo (#Elveranodemivida)

Fui un niño con pueblo. Además de tener suministro ilimitado de chorizo y morcilla casera todo el año, mi condición exigía abandonar la ciudad y pasar los veranos en el pueblo junto a mis abuelos, tíos y primos, rodeado de olivos, almendros, ovejas, marranos, gallinas y conejos.

Supongo que mis padres en el fondo me amaban. No obstante, nada más recoger las notas escolares, les entraba una extraña prisa por llevarme a la estación para que tomara el autobús que provenía de Benidorm con dirección Jaén. Allí mi madre abordaba a alguna anciana de aspecto bonachón y le pedía que me echara un ojo, encargo que la desconocida aceptaba de buen grado. Una práctica que sería impensable hoy en día y que seguramente acarrearía alguna pena de prisión y mi tutela transferida a los servicios sociales. Después de unas siete horas de trayecto, bajo un calor sofocante, entre vomiteras y animales de granja camuflados entre los asientos, mi abuela por parte de padre, la Fefa, me esperaba en la parada de Castril.

Mi verano se dividía en turnos de quince días en los que rotaba entre la casa de mi familia paterna, situada en el pueblo, y el cortijo materno, una antigua construcción de adobe y piedra aislada en el campo. La primera quincena la pasaba junto a mi abuela Fefa, quien me consentía todos los caprichos a los que un niño de ocho años podía aspirar: golosinas, helados y juguetes de cien pesetas. Cada mañana, la Fefa, vestida de riguroso luto, me cogía de la mano y me llevaba a lo que ella calificaba como mandaos. Según el día, los mandaos consistían en recoger el pan a la tahona de Emilio, carne a lo de Manolo, un golpe de tinte en lo de la Prudi o bragas al mercadillo, en el que mi abuela mostraba una audacia fascinante para el regateo. Entre medias era recurrente la escena de un vecino que nos abordase con la clásica pregunta “¿Este niño de quién es?” A la Fefa, que no se caracterizaba por tener pelos en la lengua, le gustaba contestar que era un niño que se había encontrado abandonado en el contenedor de la basura, una premisa que me hacía rabiar hasta las lágrimas.

Mientras tanto, la olla reposaba a fuego lento y al llegar a casa las migas, los maimones o la fritada de calabaza estaban listas. Por la tarde veíamos y comentábamos lo que la Fefa denominaba la telenovela. Ella me ponía al corriente de las relaciones entre los personajes y las tramas, en lo que pudiera considerarse como las nociones más sólidas sobre relaciones afectivas que he recibido nunca. Una vez acabada, me llevaba al cantón a por un polo y después al río a tomar un baño de agua helada. Allí se concentraba medio pueblo. Debido a mi condición de niño con pueblo, pero de ciudad, era recibido con recelo e indiferencia por los zagales del pueblo. No destacaba por ser un niño demasiado espabilado ni extrovertido, así que superé aquel rechazo refugiándome entre las faldas negras de mi abuela.

Tras los primeros quince días de verano, era llevado al cortijo de mis abuelos por parte de madre, a unos diez kilómetros de distancia. Recuerdo aquel evento como un drama, al que yo añadía protestas airadas y lloros desconsolados. Era consciente de que mis días de nieto mimado habían llegado a su fin. Además, me causaba pavor la vida en aquel cortijo antiguo y enclavado en mitad de la nada. Al no llegar la corriente eléctrica y proveerse de luz mediante placas solares, a la noche nos iluminábamos con un campingaz. La televisión estaba limitada a los días de sol y había que realizar auténticos malabares para sintonizar alguna cadena con dibujos animados. Tampoco teníamos calentador y nos duchábamos calentando ollas de agua. Para hablar por teléfono con mis padres, acudíamos a una aldea situada a media hora a pie y llamábamos desde casa de unos amigos de la familia. Al intentar dormir, sentía a los lobos aullar y me preguntaba si acaso una serpiente no entraría al cuarto a devorarme.

Para contrarrestar mi pavor, mi abuela Beatriz se deshacía en atenciones hacia mí, aunque su programa de festejos no fuera especialmente entretenido. Solía visitar las cuadras anexas al cortijo, en las que habitaban cerdos, ovejas, gallinas y conejos, hasta que desarrollé algún tipo de reacción alérgica y mi cuerpo se cubría súbitamente de ronchas rojas que me ardían. Así, a tierna edad, descubrí que no sería yo quien continuaría las tareas agrícolas y ganaderas de mi familia. En cierto momento de la tarde, la Beatriz me mandaba con mi abuelo Antonio, quien se encargaba de los menesteres de la tierra: arar, sembrar, regar, curar, arrancar tallos, fumigar, cosechar y quién sabe cuántas cosas más. A mí me fascinaba el tractor que empleaba, un Massey Ferguson 275 del año 1979, que supuso liberar a las mulas de las faenas agrarias. Mientras mi abuelo apuraba la jornada, yo lo esperaba trasteando los botones y pedales del tractor. Después, sobre sus rodillas y manejando el volante, regresábamos al cortijo de lunes a domingo. La jornada de descanso o las vacaciones pertenecían a un léxico que nunca conocieron mis abuelos.

A finales de agosto, cuando ya había conseguido mimetizarme entre la población del pueblo y el campo, adoptando sus costumbres y sus manías, consciente de la crudeza del medio y la infinita bondad de su gente, volvía a tomar el autobús de regreso a la ciudad. Lo hacía con el orgullo de tener unas raíces profundas bajo la tierra y regadas con sudor humilde. Aquellos veranos quedan lejos, los desarrollos tecnológicos han llegado al entorno rural y algunos de sus protagonistas ya no están. A pesar de ello, siempre seré un niño con pueblo.

Relato participante en concurso de relatos #Elveranodemivida de Zenda libros.

30 respuestas a “Niño con pueblo (#Elveranodemivida)

    1. En cierto momento de la infancia me di cuenta de que los niños de ciudad nos distinguíamos entre los que teníamos pueblo y los que no. No creo que fuéramos mejores ni peores, pero me enorgullezco enormemente de haber sido de los primeros. Gracias por tu lectura y comentario. Un abrazo fuerte, adelante!

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  1. Un relato muy auténtico, y la foto me ha encantado. Qué dura la vida que describes. Hoy no somos nadie sin corriente eléctrica y wifi. Nos hemos convertido en unos inútiles cibernéticos. Mucha suerte para el certamen. Yo también participo con mi relato «Remake» (creo que ya lo leíste). Un abrazo.

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    1. He de confesar que el de la foto es mi hermano, pero él también fue un niño con pueblo. No sé si estos tiempos son mejores o peores o si lo que había antes era más auténtico y la tecnología nos ha llenado de preocupaciones banales. Sí confío en la importancia de sentir la profundidad de nuestras raíces y los sacrificios hechos para plantarlas.

      Vi la convocatoria de Zenda y estaba receloso por algún intento frustrado anterior. Pero justo cuando leí tu relato, me entraron ganas de participar. Te agradezco la motivación y la simpatía, compañera. Muchas suerte. Un fuerte abrazo, adelante!

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  2. Precioso y entrañable relato, la foto también. Pienso que fuiste un niño afortunado, teniendo lo mejor de la ciudad y el campo de la mano de personas que te amaban. Saludos y suerte en el concurso…

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      1. Excelenta idea, me anoto. La clase media argentina prefiere olvidar su «oscuro» pasado. Tenemos una diva autobautizada como Mirtha.Legrand. Me enteré por la Wikipedia que es Rosa María Juana Martínez, nacida en Villa Cañás -un pueblito perdido en algún lugar del país-. Jamás la escuché hablar de sus orígenes. Es insano, horrible, negar de esa manera tu origen, toda la experiencia de vida con tus padres y hermanos. Para muchos, la mejor época de su vida.

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  3. Hace mucho que no leía «tanto». Tu prosa es agradable, fluida, despojada de amaneramientos. Lacónica y, sin embargo, rebozante de vida real. Como Jack London, que escribía ficción sin pirotecnia, con detalles que solo podía conocer quien estuvo ahí, como estuvo él en el Yukón.
    Sutil en lo amargo: «Supongo que mis padres en el fondo me amaban». Me sentí muy identificado porque yo supongo lo mismo, aunque ya nunca sabré la respuesta. Y hay cierto paralelismo: Nací en el campo, aunque no crecí en él; no me criaron me criaron mis padres, los visitaba en verano. Y subía a árboles y corría entre pastizales… Algo de eso quedó en mí y alguna gente se sorprendía por algunas cosas inesperadas que hacía aquel chico introvertido del conurbano, y se sorprende por algunas cosas que hace con el cuerpo este hombre de Buenos Aires enchufado en el monitor.
    Maravillosa la respuesta de la Fefa. Era como responderle «¿qué carajo te importa?» Una frontalidad impensable en Argentina; cada vez más políticamente correcta, cada vez más colonia cultural de USA.
    Un abrazo

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    1. Encantado de que te haya agradado el relato. Creo que cuando la historia tiene una base sobre la realidad, suele quedar redondo. Me alegra que así lo hayas sentido. Mil gracias por compartir tu entrañable experiencia, compañero. Me encantaría conocer la Argentina urbana y la profunda. Espero hacerlo más pronto que tarde. Un abrazo fuerte. Adelante!

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      1. Como se nota cuando alguien escribe sobre algo que no conoce.
        Yo puedo contarte y mostrarte la Argentina profunda, las cosas que no te van a decir en la agencia de viajes y difícilmente encontrarás en los medios masivos de «información». Aparecen datos cuando un gobierno le echa la culpa del desastre al anterior, y en medios independientes con ínfima llegada. En mi excéntrico blog prefiero contar algunas cosas con datos, sin opinar. Cuando opino sobre un tema caliente soy muy maleducado y ofensivo, nada objetivo. Impresentable. Soy bloguero, no periodista. Quiero decir que lo que te cuente no responderá a la línea política de ningún partido.
        En Argentina con euros serías un rey. Cuenta conmigo si necesitas guía en Buenos Aires. No les pidas información a los taxistas porque los lugares for export carísimos les dan a algunos buen dinero por llevarles turistas incautos.

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      2. Sin duda, si algún día llego a Buenos Aires, contactaré contigo para enterarme bien de qué se cuece sobre y bajo tierra. Será un placer, aunque intentaré que los temas sean templados 😉 Un fuerte abrazo. Gracias por tus palabras y amistad. Un fuerte abrazo. Adelante!

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  4. Por lo que leo en comentarios, somos muchos los que fuimos niños con pueblo, quizás porque llegamos justo en la época en que los padres aún tenían sus raíces en los pueblos y acarreaban con su prole cada que se abría una oportunidad. O en tu caso te mandaban.

    Te leo y me acuerdo de mi niñez que estuvo más llena de rancho que de pueblo, también atrás de los patos y los cerdos, y de llorar porque mataran a mi amiga Pica, la gallina. No me comí el caldo obviamente.

    Suerte en el concurso.

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    1. Qué buena anécdota la de Pica. En mi casa siempre me trasmitieron que los animales eran más un elemento de trabajo que un elemento de compañía con sentimientos. Me alegra enormemente que te haya gustado. Gracias por compartir tu experiencia. Un fuerte abrazo, adelante!

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      1. Hay que difundir lo bueno ya que los medios masivos lo ignoran. También te puse en Facebook, red que detesto pero conservo porque es mi contacto con 2 amig@s que viven en Australia y Holanda. Aunque la censura en las redes es cada vez más delirante. Me están cansando.
        No había entendido que el cuento está en este momento presentado en un concurso. ¿El publicarlo acá no infringe lo de «inédito»?, o no requieren esa condición.

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      2. Te agradezco la difusión, compañero. Este concurso es un tanto especial y precisamente requiere que los textos sean publicados en blogs o en redes sociales. Supongo que será para darle mayor difusión o que los que no somos elegidos podamos contentarnos al leer a otros compañeros, aplaudirlos y por dentro pensar que son una birria 😉 Un abrazo, compañero. Adelante!

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      3. 😀 Tal cual. Debe ser algo genético en algun@s escritores/as. Acá pasa lo mismo. También se premian entre ellos. Estaba el dicho: «A nadie se le niega un cigarrillo ni una faja honor de la SADE» (Sociedad Argentina de Escritores). Y los fajados se presentaban en los recitales de poesía mostrando sus libros con faja de honor para mostrarnos a los principiantes que ellos estaban por encima nuestro. Tertulias en bares a las que iban parientes y amigos de los participantes.
        Yo te votaría. Pero no soy jurado. Y son misteriosos los caminos de los concursos. Mira el Nóbel de Literatura, se lo dieron a Churchill pero no a Borges. Se dice que por su supuesta tendencia de derechas. Borges mismo dijo que a los periodistas les respondía cualquier cosa porque preguntaban estupideces -no dijo «estupideces», usó otra forma de decirlo-. Algunos franceses usan el adjetivo «borgiano». Serán asquerosos y bastante nazis (República de Vichy), pero de Literatura saben.
        Bien, espero que el jurado haga justicia.
        Un abrazo. Suerte!, fuerza!

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