Vida Moderna

La feria del barrio

Anoche me di un garbeo por la feria del barrio. Sin el incombustible festival Zaidín Rock, sin casetas en las que las vecinas desempolvan el traje de faralaes para bailar sevillanas, la feria es la única manifestación que recuerda que a comienzos de septiembre se celebran las fiestas populares. Ir a la feria es como viajar al pasado, como adentrarse en una suerte de ciudad sin ley en la que la congruencia ha sido desterrada. Así que, discretamente, me adentré en la jungla y contemplé esperando a que las historias se escribieran por sí solas.

La entrada estaba custodiada por un tenderete que ofrecía miles de vinos bajo un letrero vetusto de ‘Vinos Juanillo’. Custodiaba el puesto un par de muñecos vendimiadores, quienes detenían su faena para empinar una bota de cuero. De frente se encontraba un carrito que ofrecía patatas asadas y kebabs. En un lateral, unos jóvenes disfrutaban de un generoso shawarma bañado en salsa picante, acompañando a la ingesta de unos tragos de vodka barato. La música de las diferentes atracciones chocaba entre sí formando un conglomerado ininteligible. Me sorprendió que en los coches de choque no sonara Camela, OBK, Los Pitufos Maquineros o King África. El reggaetón también se ha apoderado del hilo musical de los coches de choque y los jóvenes se aporreaban escuchando a Daddy Yankee, J. Balvin, Bad Bunny o Becky G. No obstante, no ha cambiado el estruendo de las sirenas que indica que la ficha ha llegado a su fin. De las cien pesetas que se pagaba cuando era niño, vamos por los tres euros a cambio de cinco minutos de risas y diversión.

No pude resistir la tentación, compré una ficha y me monté en un carro de tonalidades brillantes. Cuando las sirenas indicaron el comienzo de la batalla, se me resbaló la ficha de las manos y, sin ningún tipo de compasión, recibí un aluvión de colisiones desde todos los ángulos. Una vez en movimiento, comprobé que la jerarquía de la atracción apenas ha evolucionado: adolescentes imberbes, pero con gesto chulesco, manejaban el carro a una mano mientras posaban el otro brazo sobre su amada; los pringaos eran ajusticiados por los que se creían guay; y algún despistado pensaba que el objetivo de la atracción era conducir sin rozar a nadie. Por mi parte, chocaba con fuerza a todo objeto que se moviera hasta que lo hice al que no debía. De un silbido, un desconocido me apuntó y acto seguido tenía a una masa de muchachos acorralándome para recordarme que su líder era intocable. Por fortuna, la sirena me libró de males mayores.

En frente de los coches de choque se situaba una suerte de tren de la bruja, en la que se agolpaban los niños del barrio más pequeños, celosamente custodiados por los teléfonos móviles de sus padres. La bruja había sido sustituida por un hombre travestido que lucía una peluca anaranjada mustia. Éste se hacía acompañar de un tipo disfrazado rigurosamente de torero, encanijado y tremendamente habilidoso, el cual era capaz de subirse en el tren en marcha y dibujar múltiples acrobacias. El castañeteo vertiginoso de su mandíbula resultaba hipnótico. Supongo que sería cuestión de política de integración o que el traje de bruja estuviera secándose en el tendedero.

Los adolescentes paseaban en cuadrilla. Me fascina la uniformización y la militarización que rige la idiosincrasia de las diferentes bandas. La mayoría de los chicos lucía rapada la parte inferior de la caballera, mientras que un degradado conectaba la región superior. El chándal deportivo y la gorra era la prenda más usada en la feria. Las chicas apostaban por el combinado de vaqueros y blusa apretada de Primark para mostrar las protuberancias que ha traído el verano, así como una melena inusitadamente larga. Observando los precios de las atracciones —tres euros por montarse en ‘el pulpo’ o ‘el barco pirata’— y las bebidas de la caseta, me pregunté cuánto dinero debería darle a un hipotético hijo mío con ganas de feria. Un grupo de niños de unos diez o doce años fumando un cigarro con naturalidad me invitó a retrasar la disquisición.

Las casetas y las caravanas de los feriantes poblaban las lindes del recinto. El perfil del clásico feriante ha cambiado. Ya no hay padres de familia que enseñan el negocio que algún día heredarán sus hijos. Ahora los feriantes son sumamente jóvenes y eso se refleja en el entusiasmo con el que tratan a sus clientes o las variopintas formas de atraerlos. ‘El barco pirata’, por ejemplo, era manejado por una pareja de chicos subsaharianos. Mientras la atracción bamboleaba violentamente de lado a lado, desencadenando una serie de chillidos punzantes, los feriantes miraban al horizonte con un gesto impertérrito.

Finalmente, llegué a la salida de la feria, donde se situaba ‘la olla loca’. Esta atracción es un artefacto redondo que da vueltas sobre sí mismo y que, además, se inclina pronunciadamente de forma espontánea, derribando a los pasajeros. La megafonía de la atracción anunciaba excitadamente que estaba a punto de echar a girar. La expedición la conformaban tres o cuatro cuadrillas de jóvenes uniformes y un señor enjuto que, aun noche, llevaba gafas de sol polarizadas y gorra, como si se hubiera escapado de una discoteca de los años noventa. Aparte de dirigir las sacudidas salvajes, el feriante se encargaba de pinchar la música adecuada y de animar la velada con sesudos comentarios. “Cuidado con la de amarillo, que te pillo”, “Vamos que nos vamos”, “Esa de rojo está pa’ hacer mojo”, “El de la gorra que se espabile o se le va a hacer porra”.

Y así, durante un par de semanas, feriantes y feriados se reencontrarán ante el fulgor de las luces de las atracciones, el olor a algodón de azúcar, el sudor de los jamones en la tómbola y las melodías populares. Es la libertad del ser humano en su máximo esplendor. Se ha decretado el estado de indolencia. No hay miradas inquisidoras, ni espectadores entre la multitud. O eso creen.

9 respuestas a “La feria del barrio

  1. Qué terrible lugar, qué raras gentes aquellas, qué forma de describir el averno chochonas y perritos pilotos y qué arrojo, qué carácter hace falta demostrar para mezclarse entre ellos, para ser uno más y no morir en el intento. Esta vez aplaudo no solo la palabra escrita sino también el arrojo. Fuerza y Honor, caballero.

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    1. Me alegra que se valore el atrevimiento, que no todo es poner el lápiz. En una feria de barrio hay que andarse con cuatro ojos, hacerse de un buen chaleco antibalas y, sobre todo, protegerse la moral. Ahora me siento como un soldado victorioso. Quizá hasta me animo a solicitar el rango de veterano de guerra. Un abrazo, compañero. Adelante!

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