Vida Moderna

El síndrome del nido vacío

Hace casi diez años que abandoné el nido. Lo hice sin saber muy bien adónde y todavía hoy lo desconozco. Tras mi salida, se sucedieron la de mi hermano, la de mi abuelo y la del canario, al que apodábamos ‘Gorgoritos’, a sus respectivos e inciertos destinos. A consecuencia de estas marchas, mis padres se quedaron solos e hizo su aparición el consabido síndrome del nido vacío. Alguna vez pensé en preguntarles cómo lo combatían, si acudían a misa o a clubes de swingers, si se habían apuntado a clases de baile latino o paddle surf. No obstante, evité la tentación, pues hay detalles que un hijo no necesita saber.

Cada tanto me gusta regresar al nido y comprobar que todo continúa como si nunca me hubiera ido, como si otro polluelo se hubiera encargado de ocupar mi lugar. En las primeros ocasiones, anunciaba mi regreso entre amigos y conocidos y en unas horas disponía de una agenda de actividades de lo más variopinta. La romería de los borrachos en honor a San Ataúlfo, una capea de novillos en el río, un partido de rugby disfrazado de payasos, una fiesta de mojitos para despedir el mes de julio, otra de caipirinhas para dar la bienvenida a agosto, tatuarnos juntos un ornitorrinco en el tobillo, observar las estrellas desde el parking de la discoteca Papaya… Hasta personas con la que apenas tenía relación me llamaban para tomar un café y ponernos al día. Sin apenas darme cuenta, los días de vacaciones se me escapaban. Sufría el proceso contrario al del nido vacío: el síndrome del nido lleno.

El tiempo ha pasado y aquellos días de jolgorio y desenfreno, por fortuna, han llegado a su fin. Este verano lo he comprobado en primera persona. Unos días antes de regresar al nido, escribí un mensaje entre mi grupo de habituales. Pasaron dos días hasta que alguien contestó con un vídeo de gatos bailando que nada tenía que ver con mi anuncio. No le di mayor importancia, pues aún había tiempo de organizar planes. Sin embargo, al llegar al nido comprobé que mi agenda continuaba vacía. En ese momento comencé una cacería desesperada en búsqueda de planes. “No puedo, tío. Estoy muy liado aprendiendo a tocar el birimbao”, “Ya me gustaría quedar, tronco, pero me ha dicho el médico que sufro una enfermedad rarísima y no me puede tocar otro aire que no sea el acondicionado”, “Me pillas imposible, estoy acabando de ajustarme la soga al cuello para ahorcarme. A ver si otro día mejor…”, fueron algunas de las excusas que recibí. Es cierto que ya no somos críos, que en el grupo hay algunos que son padres y otros que fueron abducidos por sectas peligrosas como el amor, el yoga o el running, pero es doloroso constatar que el que un día se fue del nido ya no pertenece a él o que éste ni siquiera existe.

El síndrome del nido lleno había quedado superado, pero podía aprovechar que mis padres aún seguirían renqueantes con el del nido vacío. Así pues, les propuse echar un día de playa, comer en uno de esos chiringuitos donde el camarero te atiende con la camisa bañada en sudor y tomar una de esas bolas hechas de escarcha a las que solemos llamar helado. Sin mayores expectativas. El día fue redondo, reímos recordando anécdotas, paseamos de la mano y nos hicimos centenares de selfies. Encantado con la experiencia, les propuse hacer más planes familiares. Aun extrañados por mi entusiasmo, aceptaron y fuimos a unas pozas cristalinas que estaban atestadas de turistas madrileños, al cine de verano a ver una película búlgara sobre un asesino de celiacos, al recital de un poeta novel, al concierto de Klítoris Traviesos, a un parque acuático atestado de adolescentes e, incluso, echamos la tarde en un bingo del que nos expulsaron por alterar el descanso de los ancianos.

Estaba siendo el mejor verano de mi vida. Hasta que un día mis padres rechazaron mi propuesta de hacer puénting, puniendo freno a nuestra vorágine de socialización. “Teníamos pensado ir a mirar platos de duchas”, aludieron. Aquella explicación me pareció verosímil, pero que se opusieran a que los acompañase me hizo sospechar.

El día señalado, después de comer, se despidieron fríamente. A continuación, salí de casa, me monté en el coche y les seguí. Tras un recorrido de media hora, en las afueras de la ciudad, mis padres se bajaron a las puertas de un local cuyo letrero rezaba “El nido del abejaruco”. Se accedía mediante unas puertas metálicas de color negro. Las ventanas estaban tintadas y apenas se podía apreciar su interior. Era evidente que allí no se vendían platos de ducha. Al poco tiempo, otra pareja hizo su entrada y alcancé a distinguir a un portero de tonalidad trigueña y grandes dimensiones darle la bienvenida. Me bajé del coche y toqué la puerta. “Si vienes solo son 100€ la entrada con una consumición”, dijo el portero con acento latino. Descartada la posibilidad de adentrarme, di un garbeo por las inmediaciones en busca de respuestas. En una venta cercana, un camarero desplumó mi inquietud. “Eso es un nido de perversión y depravación, chaval. Ahí se mete la gente a cambiar de pareja. Organizan tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, bandas y orgías. Eso sí, muy limpio y los cócteles deliciosos. Vamos, que yo no he estado, pero me lo ha contado un amigo que le va el rollito ese”. Con la noticia sobre el paradero de mis progenitores, me dirigí a lanzarme desde un puente atado a una cuerda elástica. Mientras caía en picado, terminé de vislumbrar mi nido.

Por la noche, sin mentar una palabra de mis averiguaciones, cenamos como una familia normal. Volvimos a comunicarnos con monosílabos y onomatopeyas, absortos en las noticias de un telediario de agosto. Nunca más propuse un plan familiar. Quizá fuera yo el que tenía el síndrome del nido vacío.

21 respuestas a “El síndrome del nido vacío

  1. Que buenazo relato, me encantó… primero sentí las ganas de culpar al crío por regresar a casa de sus padres para no estar con ellos, pero lo perdoné luego cuando convive con ellos aunque haya sido más a la fuerza que planeado, y resulta que los padres sí aprovecharon la oportunidad del nido vacío.

    Y lo entiendo perfecto (aunque yo no quisiera estar en un club de esos), mi esposo y yo ya estamos haciendo planes para cuando no tengamos nido que cuidar jaja, dejarlo vacío y salir también los dos a volar.

    Saludos desde Guadalajara.

    Le gusta a 1 persona

    1. Me alegra que así te parezca. Tenía mis reservas cuando contraté a Vladimiro para que me hiciera de negro un tiempo y yo pudiera dedicarme por fin a mi proyecto vital: construir una recreación de la Torre Eiffel con bastoncillos de oídos usados. Quizá premie a Vladimiro con un mendrugo de pan extra 😉 Mil gracias, compañera. Un abrazo fuerte, adelante!

      Me gusta

  2. Otra prueba más que el diferente transcurrir del tiempo no ocurre solo en las estrellas. En ocasiones, después de faltar una temporada larga del entorno donde has crecido, vuelves y piensas que todo sigue igual, que ese par de años que has estado en el extranjero no han acontecido en tu lugar de origen. Luego te das cuenta que ahí también ha transcurrido el tiempo, que ya no es todo igual que como lo dejaste, y después de esa mínima decepción te toca correr más de la cuenta para ponerte al día…saludos

    Le gusta a 1 persona

    1. El problema es que he bebido mucha cerveza, se me ha hecho una panza infame y ya no puedo correr. Creo que me quedaré en casa bautizando a las pelusas que están debajo de mi cama. Llevan mucho tiempo viviendo en pecado. Agradecido por la lectura y el comentario, compañero. Un fuerte abrazo. Adelante!

      Le gusta a 1 persona

  3. Lo que has expuesto con notable habilidad es algo inevitable, al menos así lo creo si me apoyo en mi propia experiencia y en la de mis amigos. El tiempo es un arma de doble filo; su transcurso te puede ayudar a comprender las causas de ese síndrome de nido vacío, pero no parará de recordarte que, a su inevitable paso, siempre habrá cosas que ya no podrán ser como antes. Es duro, aunque no por eso es menos bello.
    Te agradezco el relato porque me has hecho recordar muchas cosas entrañables.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s