Madrid · Vida Moderna

Lo de la feria del libro

Tras un lustro de ausencia, este año he vuelto a pasear por la feria del libro. Ansiaba este evento, pues recordaba mi anterior visita como un adolescente lo hace con su primer polvo. Fue en 2016. Lo de la feria. Me dirigía a una conferencia sobre piensos para ganado porcino que se celebraba en Nájera. Mi ruta entre Granada y la población riojana tenía una parada de cuatro horas en Madrid. Como cualquier gañán de provincias, me dirigí hacia el Parque del Retiro. Allí me sorprendió una hilera enorme de casetas en las que se agolpaban libreros, editores y escritores de todos los pelajes. He de reconocer que me sorprendió que mi concepto de literatura distara tanto de la que allí se vanagloriaba. El populacho esperaba ansioso las firmas de referencias de la talla de Mario Vaquerizo, Esperanza Aguirre, Pepe Rodríguez de MasterChef, Nuria Roca o Risto Mejide. Casualmente, todas se ganaban bien la vida asando carne en televisión.

Aproveché que Eduardo Mendoza no generaba tanta expectación para pedirle que me firmara El laberinto de las aceitunas, mi libro favorito de su bibliografía y un elemento, junto al cortaúñas, que siempre echo en mi maleta de viaje. La entereza de aquel anciano risueño me sobrecogió. Cuando le pasé mi ejemplar, tuve el arrojo de preguntar si tendría tiempo suficiente como para alargar su famosa saga. “Mírame, muchacho. A mi edad ya no estoy para asegurar nada”, me dijo con ternura. Seguidamente, pedí a Mendoza que me diera un consejo para un joven que sueña en convertirse en escritor. “No racanees con la mayonesa si quieres hacer una buena ensaladilla. Y compra mascarillas, nunca se sabe cuándo puede estallar una pandemia”. Pensando que el viejo empezaba a chochear, me despedí de la feria del libro y retomé mi rumbo a Nájera.

Cinco años después había pasado de ser un anónimo comercial de pienso porcino a convertirme en un prometedor escritor. Mi blog y mis redes sociales arrastraban ingentes cantidades de visitantes —entre veinte y treinta al mes—, había obtenido un accésit en el Certamen Literario de Villabofetón de Arriba y mi primera novela, aún sin publicar, estaba a punto de reventar los esquemas del mercado. Podía considerar a aquella visita como mi puesta de largo, lo cual reclamaba una sobriedad de la que nunca había hecho gala. Me juré no consumir ni una gota de alcohol y no hacerme el simpático con el resto de autores. Es más, trataría de hacerme el esquivo y mantener un perfil enigmático ante las previsibles hordas de fans que reclamarían mi atención. Así pues, me engalané con un sombrero de copa gastado, una capa negra que arrastraba por el cemento y un tiracuello del que colgaba una espada de juguete.

Los pasillos situados entre las casetas se convertían en ríos incesantes de lectores y curiosos. Paseaba con aire desafiante y me detenía para mascullar el nombre de los puestos. Al topar con la caseta de la editorial Anagrama, me acerqué al mostrador y emití un leve gruñido de desaprobación. “¿En qué le puedo ayudar, caballero?”, dijo una joven tendera. “¿Que en qué me puede ayudar? Se le debería caer la cara de vergüenza al deslizar tal atrevimiento, señorita”, contesté acentuando mi crispación. El rostro de la dependienta empalideció. “Recuérdele al señor Herralde que hace tres meses que mi manuscrito, El misterioso caso del hombre que hablaba a las patatas, espera respuesta”. Aunque el gesto de la muchacha no había cambiado un ápice, di el mensaje por mandado. Seguidamente, repetí la escena en las casetas de Planeta, Penguin Random House, Seix Barral, Alfaguara y Páginas de Espuma. A día de hoy sólo he recibido un folleto de Carrefour con descuentos en la sección de tubérculos.

Entre tanto, comencé a investigar cuáles eran los autores estrella de la feria. Las colas se amontonaban ante las firmas de Noemí Casquet, quien había editado un libro de temática erótica titulada Zorras, y un tal Blue Jeans, frente al cual se agolpaban centenares de adolescentes. El afamado autor, con la barrera de la cuarentena generosamente traspasada, lucía gafas de sol, una gorra negra que rezaba su pseudónimo y una chupa de cuero. Con ese aspecto, no sería extraño pensar que la policía lo hubiera confundido en alguna ocasión con un depravado sexual. Sospecha que podrían refrendar la temática de sus libros. No obstante, lo más sorprendente del caso de Blue Jeans es que lo encontré firmando en tres carpas distintas al mismo tiempo.

A mitad del paseo se situaba un bar donde los agotados lectores se avituallaban con cerveza mientras degustaban sus flamantes adquisiciones. En una de aquellas mesas se sentaban Mario Vargas Llosa e Isabel Presley, quienes apuraban un Bitter Kas y miraban el horizonte con resignación, como las parejas que ya no tienen nada que decirse. Al verme, Mario levantó el brazo y me hizo señas para que me sentara junto a ellos. Fingí que no le había visto y me refugié en la muchedumbre. No iba arruinar una preciosa tarde a cambio de escuchar penosos autoconvencimientos sobre postulados liberales, el cuento de cómo los científicos inyectaban comunismo a través de las vacunas, que la democracia consiste en votar bien o la célebre anécdota de cómo García Márquez había aprovechado una siesta de su compañero peruano para pasarle los genitales por la cara.

En otro puesto me sorprendió encontrar a un escritor irlandés que se hacía llamar John Banville. Aunque frente a él había decenas de obras con su nombre, no había ni un alma esperando. Debía ser que no sale por la televisión. También me crucé a Rodrigo Cortés, al que, tapándome con la capa, alcancé a gritarle: “Dedícate a vender melocotones, impostor”. No se debió dar por aludido, pues siguió entretenido jugando con su teléfono móvil. Paradójicamente, la lectura no era la actividad más extendida para matar el tiempo entre escritores, editores y libreros. Las únicas excepciones eran padres y madres, quienes sobreactuaban la interpretación de los cuentos que acababan de comprar a sus sobreestimuladas criaturas.

En el resto de casetas se concentraban autores nóveles con resultados variopintos. Estaban los optimistas, como Virginia Laloba cuyo cartel aseguraba que estaría cuatro horas firmando ejemplares, aunque no acudió nadie; los autores de larga tradición familiar, como Ángel Torrezno, quien había contratado un autobús con el que traerse a su familia y a todo Villalgordo, ya había agotado todas las copias y celebraba su éxito tratando de agarrar un gorrino untado en manteca; o los que tenían complejo de comercial, como Paloma Punto y Coma. Ésta, al pasar a dos metros de su carpa, me tiró del brazo y con un tono de voz estridente se refirió a mí. “Holi, caracoli. ¿Te gusta la lectura, mozuelo?” Le quise confesar que no, que mi única intención de visitar la feria era la de ampliar mi círculo social y granjearme un poco de reconocimiento en el gremio. Antes de poder responder, Paloma Punto y Coma me había vendido y dedicado una montaña de obras suyas, entre las que destacaban Conócete por dentro y orina mejor, El desodorante para camuflar tu vida de mierda y Todo lo que nunca te contaron sobre coprofilia ancestral y necesitas saber antes de salir de casa.

Quería escapar después de toda la vorágine consumista y narcisista de la feria, cuando topé con un remolino de gente que se agolpaba alrededor de lo que intuí sería un autor de prestigio. Todo el mundo aclamaba al famoso, pedía autógrafos y fotos. Como colega, debía enterarme de quien se trataba y presentarme. Tras diez minutos de cola, accedí al centro del tumulto. Allí, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y general del ejército imaginario de la libertad, puso su brazo sobre el mío y posó con gesto de triunfalismo bochornoso. En apenas un segundo tenía una justa recompensa a mi derroche de estupidez.

Tras aquel infortunio, decidí huir del recinto. Antes de cruzar el arco de acceso, un desconocido me detuvo tirándome de la capa. En primera instancia supuse que sería un joven admirador que quería hablar de El misterioso caso del hombre que hablaba a las patatas. Me equivoqué. “¿Juan?”, preguntó tímidamente. “¿Juan Gómez Jurado? ¿El puto Juan Gómez Jurado?”, insistió. Sin que pudiera tan siquiera contestar, comenzó a agolparse a mi alrededor un sinfín de extraños que me lanzaban a la cara sus volúmenes de Reina roja, Loba negra o Rey blanco. Sin otro plan mejor, me puse a la tarea de firmar libros hasta el amanecer. Una pequeña confusión entre nombres de autor no iba a impedirme disfrutar de una tarde inolvidable en la feria del libro. Eso sí, no creo que me deje ver hasta dentro de cinco años.

20 respuestas a “Lo de la feria del libro

      1. Coincido plenamente, vivimos en la mierda por estandarte y lo mejor si razonas y tienes diferentes puntos de vista al dominante eres negacionista… pon el adjetivo según el momento. Un saludo. Este es un circo donde sobran demasiados pseudo payasos

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    1. Será un placer, compañero. Creo que para entonces iré disfrazado de pirata e iré haciéndome con un botín de libros de autoayuda y de literatura romántica para adolescentes que acabarán siendo pasto para marranos 😜 Encantado de parecer incisivo. Un fuerte abrazo, compañera. Adelante!

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    1. Llegué a la conferencia, aunque menudo viajecito me dieron mis compañeros. Pero esa es otra historia. Creo que los cerdos tienen un gusto más puro que los humanos, menos influenciables y más dados a la literatura clásica. Me alegra despertar tantas preguntas, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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