Vida Moderna

Tú eres Francesco Caruso

Mi regreso a Cosenza ha coincidido con las elecciones municipales y regionales. No es que tenga un particular interés en la vida política de la ciudad que me acoge temporalmente, sino que, como aficionado a la sociología, me parece interesante conocer la humanidad a través de sus fiestas, ritos y el folclore popular.

A pesar de ser la región más pobre de Italia, la campaña electoral no reparó en gastos. Además de los carteles que empapelaban las paredes y cubrían el suelo, la ciudad estaba repleta de sofisticados paneles electrónicos con propaganda electoral, furgonetas con el rostro del candidato y oficinas vacías que se habían reconvertido en centro electoral. Las diez televisiones de ámbito regional y local rellenaban su programación con insufribles entrevistas y reportajes, privando a los fieles espectadores de la enésima reposición de una película de Monicelli, Villagio o Pietri.

La noche del cierre de campaña decidí dar un garbeo y palpar de primera mano la fiesta. En el parking de una iglesia se reunían los simpatizantes de un candidato independiente cuyo discurso se basaba en repetir que él no era político. El acto de la candidatura de centroizquierda se decantaba por un DJ que pinchaba música electrónica, mientras que a cien metros un concierto clausuraba el mitin del movimiento populista donde la candidata cantaba himnos del rock patrio. Entre ambos actos apenas se contaba una veintena de personas. Aun ser respaldado por un total de ocho listas distintas, no había rastro del aspirante de la derecha. El sistema de elección italiano se articula en una serie de listas cívicas, movimientos y partidos que apoyan a un determinado candidato. Algunos aspirantes optan por inventar un sinfín de listas ficticias para aparentar que gozan de mayor respaldo popular. Por ejemplo, Damiano Civitelli era apoyado por listas como ‘Jubilados con Civitelli’, ‘Civitelli con el colectivo LGTBI’, ‘Hagamos la revolución por Civitelli’ y ‘Mujeres barbudas y pitonisas con el alcalde Civitelli’. Como era de esperar, Civitelli cosechó menos votos que el número de nombres figurantes en las listas.

Una semana después de la fiesta de la democracia, nada había cambiado en Cosenza. Los partidos seguían pidiendo el voto, los camiones con los rostros de los candidatos seguían entorpeciendo el tráfico, las papeletas volaban de los parabrisas y los carteles atestaban la acera tras las copiosas lluvias de comienzos de octubre. Al parecer, ningún candidato había alcanzado la mayoría absoluta y debía disputarse una segunda vuelta dos semanas después entre el candidato de la derecha y el candidato del izquierda, con sus respectivas listas y guateques.

El día de antes de la segunda votación observé el rostro de ambos candidatos. De un lado estaba Francesco Caruso, un cincuentón, canoso, de aspecto relajado y cercano, que posaba con media sonrisa y un traje elegante pero informal. Del otro lado estaba Francesco Caruso, un cincuentón, canoso, de aspecto relajado y cercano, que posaba con media sonrisa y un traje elegante pero informal. Además del soporte visual, se intuía que los equipos de campaña se habían devanado los sesos en construir un eslogan convincente. “Francesco Caruso eres tú” era el eslogan de Caruso, mientras que Caruso se había decantando por “Tú eres Francesco Caruso”.

Al comienzo no conseguí unir las pistas, pero tras un empacho de spaghetti alla carbonara y una generosa siesta lo entendí todo: pasara lo que pasara, Francesco Caruso derrotaría a Francesco Caruso y éste se convertiría en el nuevo alcalde. Mi teoría era refrendada por todas las encuestas y los tertulianos de las diez cadenas de ámbito local. Se trataba pues de la jugada maestra de la democracia, la forma de recordarnos que da igual el candidato pues el resultado será siempre el mismo.

Minutos después de cerrar las urnas, las proyecciones respaldaban la victoria de Caruso frente a Caruso por un ajustado margen. Los medios cercanos al candidato vencedor titulaban «Francesco Caruso vence heroicamente a Francesco Caruso”, mientras que los cercanos al perdedor se decantaban por “Amarga derrota de Francesco Caruso frente a Francesco Caruso». Confirmados los resultados, me quité mi pijama de aficionado a la sociología y me vestí con el traje de novelero. Elegante pero informal. A cinco minutos de casa encontré la sede de Francesco Caruso, la cual parecía el funeral de un defraudador. El propio Francesco Caruso se acercó hasta mi posición para pedirme un donativo a la causa, pero hábilmente lo esquivé y me dirigí hacia la sede de Francesco Caruso. Patrullas de carabinieri acordonaban el centro de operaciones de Francesco Caruso, en el cual la multitud cantaba y bailaba el ‘Bella Ciao’ y el ‘Despacito’. Los militantes descorchaban champagne francés y las bandejas de pizza volaban. En la esquina de la sede, unos señores de aspecto añejo, ataviados con multitud de cadenas de oro, gafas de sol y camisas ochenteras, repartían billetes de 200€ a cambio de dar una dirección. Una congregación de monjas y párrocos alzaban al cielo la imagen de un Francesco Caruso con una aureola sobre la cabeza.

Sin embargo, no había rastro del victorioso Francesco Caruso. El balcón estaba preparado para que saliera y dirigiera unas palabras a sus seguidores. A lo lejos, me pareció escuchar a un periodista que estaba al caer. Ajeno a los quehaceres de Caruso, me propuse acercarme a la multitud para brindar por la democracia y de paso salir cenado. Conforme iba llegando, las cámaras se giraron hacia mi posición, despertando un atronador coro de aplausos y vítores. Un grupo de simpatizantes se abalanzó para saludarme, besarme y abrazarme. Seguidamente, una ráfaga de flashes me cegó. Mientras trataba de razonar qué estaba pasando, fui engullido por un túnel de asesores y buitres que me condujo hasta el balcón.

Cuando recuperé la visión, pude atisbar la emoción y la esperanza en los ojos de los congregados. No podía fallarles. Una asesora tiraba de mi brazo para que tomara la palabra. Cogí una bocanada de aire y noté todo el peso del servicio público y la democracia sobre mi espalda. Con tono serio pronuncié: “Compañeros, vosotros sois Francesco Caruso”.

9 respuestas a “Tú eres Francesco Caruso

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