Reseñas

El desierto de los tártaros — Dino Buzzati

Supongo que hay un momento de toda existencia en que cabe plantearse cuál es el rumbo. En la mayoría de casos no hay respuesta, si acaso una mera ilusión que la suplante con solvencia. Algunos, consciente o inconscientemente, se esquivan a sí mismos y tratan de correr sin mirar atrás. Es comprensible abrazarse a la anestesia producida por la pasividad y la indiferencia, pues con tan sólo mentarla te lanza a un abismo infinito y angustioso. Vengo observando que, consumida la juventud y obligados a caminar sin guías, el enfrentamiento a nuestra propia existencia es capaz de asfixiar. En medio de esta vorágine, he leído El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, un auténtico bofetón de realidad en forma de fina metáfora.

La obra narra la vida de Giovanni Drogo, un joven teniente destinado a la ficticia fortaleza Bastiani. Ésta se sitúa frente a un espléndido desierto que solía ser la antigua línea de defensa contra las invasiones de los tártaros. Al comienzo Drogo se muestra reticente a permanecer en el bastión, aislado de cualquier vida social y con una férrea disciplina militar. No obstante, paulatinamente va aceptando su destino bajo la promesa de que algún día estallará la guerra contra el enemigo y tendrá la oportunidad de convertirse en héroe, justificando toda su existencia. El tiempo pasa, la gloria no llega y una monotonía cómoda, pero que carcome, se adueña de la vida de Drogo hasta extinguirla. El ataque de los tártaros jamás llega y la existencia, fiada a ese suceso externo, queda entregada a las garras de la muerte.

El desierto de los tártaros es una novela repleta de sutiles figuras, descripciones subjetivas que evolucionan a medida que la visión de Drogo se entrega a la apatía y la indolencia. Sin forzar la ambientación, la tristeza y la soledad se adueñan de la narración. El tiempo, y en concreto cómo éste se escapa de las manos sin apenas hacerse notar, es un elemento que adquiere categoría de protagonista. Al comienzo de la historia de Drogo, y de cualquier otra, el tiempo es una fuente de esperanza que parece inagotable, capaz de traer dichas y felicidad. Un día, por sorpresa, se escapa y éste se convierte en el peor enemigo. Entonces, sólo queda lamentarse por la traición infligida.

No sé si hay alguna forma de frenar la fuga del tiempo, pero lo que Dino Buzzati deja a las claras en su epopeya es que ésta no mengua por sí sola. El desierto de los tártaros tampoco contiene respuestas sobre si se debe disfrutar del momento, renunciar a pensar o apostar a un número fijo en la lotería. Si las contuviera, probablemente no estaríamos hablando de una de las obras más leídas e influyentes de la literatura italiana. No obstante, para no pasar la vida esperándoles, voy a buscar quiénes son mis tártaros y en qué desierto se esconden.

5 respuestas a “El desierto de los tártaros — Dino Buzzati

  1. Es que el tiempo es un zorro viejo. Durante la juventud se nos muestra como un rico aliado que todo nos da; pero luego se manifiesta en su verdadera forma: un verdadero usurero. Tal vez no podamos luchar contra él, pero sí relentizarlo intentando dilatar los buenos momentos; que podamos decir algo así como: «anda que no he vivido lo mío durante aquellos años» y no caer en: «pero, si tengo tal edad y todavía no he empezado a vivir». Si conseguimos eso, quizas ese viejo zorro no lo tenga tan fácil.
    Muchas gracias por tus profundos comentarios tan cargados de humanidad.
    Un abrazo.

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    1. Lo cierto es que me gustaría saber cuál es la forma de vencer el tiempo. Vengo observando que los que presumen de extensa biografía, acaban diciendo me perdí esto y aquello, mientras que otros que su biografía apenas ocupa un par de líneas no le echan tantas cuentas al tiempo. Quién sabe cuál es la recete perfecta, si la indiferencia es la mejor consejera o si el tiempo es sólo un invento.

      Te agradezco la visita, compañero. Eres bienvenido siempre que quieras. Un fuerte abrazo, adelante!

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