Viajes

Un paseo por la memoria

Estos días he vuelto a pasear por las calles de Roma. Calles que en otra época fueron imperiales y ahora están sumidas en un letargo de decadencia y masificación turística. Los vaivenes de la casualidad me han permitido repetir estos paseos todos los años desde que por primera vez lo hiciera en el año 2014. Mis piernas han conocido a la capital de día y de noche, refugiada en su caos indescifrable o aguantando la respiración en los días de cuarentena. En esta visita, mis caminatas se han extendido por pasajes de mi memoria que creí haber olvidado y que cualquier esquina me hace evocar.

De camino al Colosseo, recuerdo que en mi primer día, apenas aterrizado y tratando de orientarme, una pareja de franceses me abordó para preguntarme dónde se situaba el anfiteatro levantado por Vespasiano. Sigue desconcertándome, pero aparentar ser un lugareño es una cualidad que la gente detecta al verme la cara. Atravesando la vía de los foros imperiales, me reencontré con el mítico guitarrista desgarbado que, años atrás, acabado su concierto repleto de versiones y falto de talento, se acercaba a vía Cavour a pedir cerveza entre los jóvenes que abarrotábamos la plaza despertando las quejas de los curas y monjes de la parroquia. De hecho, en una calurosa noche de verano, a uno de los párrocos se le ocurrió la idea de sacar una manguera y regarnos con agua. Por lo que el tiempo ha demostrado, no resultó ser agua bendita.

A pesar del tiempo transcurrido y haber asentado una fructífera amistad con tantos colegas italianos, continúo inventando la mitad de las palabras y las expresiones con un convencimiento meritorio. De hecho, así lo hice desde mi primer día. Sin haber asistido a ninguna clase, di por descontado que la actitud solventaría mis carencias lingüísticas. Compré una tarjeta con un número de teléfono italiano y empecé a comunicarme con los propietarios de las casas. “Claro che vado p’allá”, “Ci vediamo ahí, en la porta della casa, Luigi” “Tranquillo bambino, arrivo pronto”.

Tomando café, he rememorado aquella búsqueda de casa y cómo hacía tiempo en las cafeterías, refugiándome del frío y del diluvio. Después de deambular por la ciudad todo el día, había ingerido ocho o nueve de aquellas minúsculas tazas de caffè espresso. Cuando me acosté, en una abarrotada habitación de un albergue internacional, comencé a delirar y a proyectar en mi mente palabras que mezclaban el inglés, el italiano y el español. Mientras no paraban de entrar y salir otros huéspedes que venían de fiesta, yo estaba a punto de derretirme a causa de la fiebre. Al día siguiente no probé café, ni visité ningún piso, sino que me limité a descifrar la traducción de ibuprofeno, buscar una farmacia cercana y tratar de no fenecer en aquel albergue.

Un rasgo que se ha acrecentado en Roma es su decadencia, la cual muestra la basura que hay por todos los rincones y la progresiva degradación de las infraestructuras y los medios de transporte. De hecho, la primera impresión que tuve al llegar a Roma hace siete años es que paseábamos sobre plásticos, latas y cristales rotos. Al coger el metro, me acuerdo de la hora y media que tenía desde mi casa al trabajo. En esos trayectos me aprendí el nombre de todas las paradas, engullía novelas sin parar, observaba al resto de viajeros e inventaba todo tipo de disparatadas teorías sobre por qué las mujeres se maquillaban tanto, por qué el número de locos era sensiblemente tan alto en la capital o por qué las huelgas de transporte se convocaban los viernes. Siete años después, las tesis se han vuelto más sencillas, pues todos viajamos ensimismados en las pantallas del teléfono móvil.

Al entrar a Termini, descubro una librería de dos plantas y enseguida me viene a la mente aquella vez en que buqué allí obras relevantes de la literatura italiana. De repente mi concentración sobre los títulos se vio interrumpida por un tenue jadeo que provenía de mi lado izquierdo. Allí, un hombre con los pantalones bajados se masturbaba mientras me miraba esbozando una sonrisa. No compré ningún libro en ese momento y decidí que jamás lo haría. Avanzo por la terminal y atravieso los ríos humanos que esperan la partida de su tren, que corren desesperados ante la última llamada o buscan un andén fantasma. Una vez debía partir para Pisa y mi tren salía del binario 1 EST. Tras diez minutos dando vueltas y a punto de perderlo, encontré una pequeña indicación y corrí hacia ella. El andén 1 EST estaba a unos cuatrocientos metros, apreté el paso, salté al encontrar la primera puerta y conseguí entrar segundos antes de que el tren se pusiera en marcha.

Con la luz de la noche, busco un lugar donde cenar alguno de los platos típicos de la cocina romana. Me decanto por una cena ligera: como entrante una selección de fritos, supplì, arancino, fiori di zucca y oliva ascolana, y como plato principal una carbonara. Enseguida me viene a la mente la que preparan en Betto&Mary, un restaurante tradicional de las afueras al cual he fallado por primera vez. Acabada la cena, doy un garbeo por San Lorenzo. Los jóvenes se acumulan en las afueras del Bar dei brutti —el Bar de los feos—, un sitio al que acudía con los compañeros de calcietto a beber ron de garrafón por 2’5€. Tanto me gustaba aquel antro, que aquellos colegas me regalaron la camiseta del bar, la cual aún conservo como pijama de verano.

Antes de partir, con una ligera resaca y un poco de pesadez en el estómago, visito mi rincón favorito de Roma: L’Appia Antica, la calzada romana que conectaba la capital con Nápoles. Paso por la puerta de las catacumbas de San Sebastiano y San Calisto hasta adentrarme en el Parco della Caffarella, un bosque salvaje que divide en dos lenguas el sur de la ciudad. Siempre que recibía alguna visita me gustaba apartarla del ajetreo del centro histórico y conducirla a ese rincón apenas alterado por el paso del tiempo. No fueron pocas las veces que, tras una larga caminata y un largo rato de espera por el autobús, el visitante se dejaba llevar por la incomprensión y acababa enviando al carajo a mí, a la calzada romana y al parque.

Las agujetas hacen acto de aparición no sólo en las piernas, sino también en la memoria. Es hora de despedirse y partir a casa. Mientras el tren atraviesa a toda velocidad la periferia, miro por la ventana con cierta nostalgia y con la esperanza de muy pronto volver a pasear.

Autor con boina en Il Colosseo

11 respuestas a “Un paseo por la memoria

  1. Totalmente de acuerdo contigo en cuanto la decadencia de Roma y su descuido, igualmente Florencia. Después de unos años repetí visita y la última vez me quede impresionada. La Plaza de la Señoría estaba llena de basura. A pesar de todo Italia merece una, dos y tres visitas. Un saludo

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    1. Sí, es una mancha sistemática que se extiende por todo este bellísimo país. El sur, donde resido actualmente, también está plagado de una decadencia que se debate entre la belleza y la podredumbre. Agradecido por la lectura, compañera. Un fuerte abrazo. Adelante!

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  2. Hace tres años que no he vuelto a Roma y siento que esté tan decadente. Las dos veces que he estado me ha encantado y me he sentido de allí, no siéndolo. En mi blog tengo un post de mi viaje por Italia sobre Roma. Es un lugar que como dice la compañera merece dos, tres y cuatro visitas, sobre todo por la cantidad de arte, calles, iglesias, obeliscos, terrazas, como «La Montecarlo, en Campo de Fiori, la mejor pizzería que hay en Roma. Un abrazo, Rafalé, y como siempre, un placer leerte.

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