Relatos

El despegue del niño torpe

Uno de los defectos que más cuesta reconocer es la torpeza. Dicen que cuanto antes se asuma una carencia, antes se podrá poner remedio o reunir el aplomo suficiente como para afrontarla. En mi caso, fui consciente de que era torpe en el parvulario, a los cinco años. Fue en una clase donde aprendíamos las formas de los polígonos cuando la maestra me pidió que citara uno. “El círculo”, contesté sin atisbo de duda. “¿El círculo, niño? Un curso entero llevamos con los polígonos y dices el círculo. ¡El círculo no tiene lados!”, respondió ella y enseguida me puse colorado como un tomate maduro. Quizá no lo hiciera con tal intención, pero aquellas palabras se hartaron de sobrevolar mi cabeza de crío. Aún hoy escucho su eco cuando creo perder los pies del suelo.

Conocedor de mis limitaciones, almibaradas por el tacto no sutil de los niños, ingresé en primaria convencido de que repetiría curso. La maestra que nos custodiaba era nueva. Se trataba de la señorita Pilar. Ahora se discute si el término señorita usado para dirigirse a una maestra es machista, pero por aquel entonces sólo repetíamos lo que los mayores decían. El aspecto de la señorita Pilar imponía: vestía telas anchas con colores vivos que cubrían un cuerpo voluminoso, se expresaba en un tono de voz extremadamente agudo e intenso, cuyo acento me resultaba extraño, y lucía una melena larga de cabellos plateados.

Aquel comienzo de curso no fue sencillo. Mi colegio fue escogido por la televisión local para filmar un reportaje sobre la vuelta a las aulas tras las vacaciones de verano. La señorita Pilar nos pidió que coloreáramos una ardilla y que nos esforzáramos, pues el telediario iba a sacar las más bonitas. Mientras salía al patio alcancé a escuchar a los reporteros mofándose de los trazos que sobresalían de mi ardilla. Por la noche mis pobres habilidades plásticas no encontraron hueco en la pequeña pantalla. “No pasa nada, es que soy muy torpe”, consolé a mis padres, quienes buscaban explicación en algún fallo de realización o algún capricho angular del plano.

Sin embargo, no me quedé atrás gracias a la mano tendida de la señorita Pilar. No había atisbo de cansancio ante la duda o el error de sus pupilos. Siempre tenía preparada una sonrisa para su clase de primero de primaria. Aunque me costó varias semanas, noté como si mi cerebro hiciera magia cuando aprendí a distinguir la derecha de la izquierda en un santiamén. No sé cómo lo hizo, ni en qué se basaban sus habilidades pedagógicas, pero en poco tiempo la señorita Pilar consiguió que olvidara mi condición de niño torpe. En una clase en la que sumábamos números de dos cifras, se acercó por mi espalda y me dijo en voz baja. “Lo estás haciendo muy bien, chico. Sigue así”.

La señorita Pilar era persona de convicciones recias. Una tarde descubrió que con seis años aún no sabía atarme los cordones y que entre mi madre y el velcro lo hacían por mí. Entonces, la maestra me pidió que dejara de lado los ejercicios de caligrafía, me sentó junto a su mesa y sacó un trozo de cartulina con forma de zapatilla que tenía unos cordones atados. “Primero se hace un nudo como éste. Ahora un lazo. Luego rodeas el lazo con el otro cordón. Pasa el cordón por debajo del lazo y estira fuerte”, explicaba vivazmente la señorita Pilar una y otra vez. Aquella tarde llevé más deberes de lo habitual, pero había aprendido una lección que jamás olvidaría.

Dentro de esa extraña percepción que tienen los niños del tiempo, un día la señorita Pilar dejó de ser nuestra maestra. A comienzos del curso de tercero de primaria apareció una docente de distinta. La señorita Pilar volvía a primero para encargarse de atender a los recién llegados a primaria. Aunque la torpeza es una compañera para toda la vida, en aquel momento ya me había dado cuenta de que no era más torpe que el resto de mis compañeros.

Años más tarde, acabado el colegio, me crucé con la señorita Pilar en Benidorm. Ésta, con la energía intacta y el rostro rebosante de emoción, abandonó al grupo de señoras con el que paseaba y se acercó veloz hacia nuestra posición. La timidez adolescente hizo que me escondiera detrás de mis padres y apenas la saludara con unas palabras mordidas. La señorita Pilar anunció que se había jubilado y que disfrutaba del descanso bailando y yendo a la playa con otros ancianos. Mi rostro brillaba en los ojos de la maestra.

Nunca supe más de ella. Me gusta pensar que detrás de mis excesos de confianza y la creencia de que todas las barreras se pueden saltar continúa viva mi señorita Pilar.

#MaestrosInolvidables

Así es como recuerdo a la señorita Pilar

13 respuestas a “El despegue del niño torpe

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