Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #1

Hace unas semanas se confirmó una gran noticia. Una noticia que llevaba esperando varios años y que por fin iba a darme el ansiado y definitivo rumbo en mi vida. No cabía en mí de la satisfacción y de la emoción. Los esfuerzos y las penurias por conseguir el objetivo se habían reducido a meras anécdotas que sólo servirían para agrandar la gloria. Enseguida llamé a mis padres y a mi pareja para comunicarles la buena nueva y compartir la emoción desbordante. Redacté un escueto mensaje de WhatsApp que deslicé entre varios familiares y amigos cercanos. “Enhorabuena, fiera”, “El esfuerzo siempre tiene su recompensa”, “Que Dios te bendiga, muchachito”, “No sé quién eres, pero me alegro de lo tuyo” fueron algunas de las réplicas. Aquel día concluí la jornada laboral antes de lo que marca mi contrato y me dispuse a disfrutar de la celebración con la que había fantaseado miles de veces.

Cuesta creer, pero cuando consigues algo que has deseado con ahínco, te invade un vacío desalentador. Me sentía como si aquello no me hubiera ocurrido a mí, sino a alguien que guardaba un asombroso parecido a mí y por el cual me alegraba tanto como para fingir una sonrisa, pero sin pasarse. Era como si todo aquello fuera ajeno, como si estuviera en una sala de cine viendo una película en la cual yo era el protagonista y no fuera capaz de recordar el rodaje. Nunca me he caracterizado por ser demasiado expresivo. No sé llorar, ni tampoco diferencio bien la alegría de la tristeza. Me cuesta reír si no es por medio de los chistes más burdos. Supongo que estoy idiotizado con tanto estímulo, que al final he dejado que mis sentimientos converjan a una insípida tibieza.

Más allá de las disquisiciones sobre la expresividad y los tiempos, tenía claro que aquello no iba a empañar la necesaria celebración. En mi particular diccionario, y en el de medio país, celebración es sinónimo de bebida y comida. Lo curioso de esta relación es que no es recíproca. Se puede beber y comer en menesteres tan dispares como la depresión, la soledad, la ansiedad o la simple subsistencia. En unos minutos tenía organizado un programa de festejos que mantendría a mi estómago, hígado y cartera ocupados durante varios días. Ningún invitado me dijo que no. Es sorprendente la capacidad de atracción que tienen los buenos momentos.

Mi primera parada era el bar de Ferlosio, en el que había quedado con un colega que había hecho en la capital. Pedí una botella de sidra y brindamos hasta acabarla. El resto de los parroquianos se unió a la fiesta improvisada y decidí que aquella ocasión bien se merecía invitar a todo el bar a una ronda. Cuando aparcamos el motivo que nos animaba a beber, mi amigo sacó el tema de la covid como si se tratara de un formalismo burocrático. “No la he pasado”, le confesé orgulloso. “Yo tampoco”, refrendó él y brindamos por semejante hazaña. Envalentonado por la euforia y las burbujas decidí confiarle mi secreto. “Me ha rondado en más de una ocasión, pero lo he debido asustar y ha preferido mirarme de reojo. El truco está en mantener el gaznate enjuagado en alcohol. Por la mañana un chupito de anís; al mediodía un trago de pacharán; y para dormir un buchito de ron. Si te reúnes con más personas, bebe todo lo que haya encima de la mesa. El alcohol es desinfectante y el virus por ahí no pasa. Es como el ajo para los vampiros”, proseguí victorioso. “A grandes males, grandes remedios”, sentenció mi amigo pidiendo otra botella a Ferlosio.

Tras abandonar el bar, me dirigí hacia la siguiente parada del programa. Como celebración más íntima había reservado una mesa en Le bistrot des lépreux, un restaurante que se anunciaba valedor de la Nouvelle cuisine e ideal para parejas que buscan un ambiente romántico y distinguido. En un bazar pakistaní me detuve y compré unos chicles para paliar el aliento a cloaca. No obstante, no pude mitigar el hedor a fritanga y taberna rancia al que mi ropa se había aferrado. Imaginé que la emoción del notición me disculparía frente a mi novia. El restaurante distaba de lo que Internet había prometido. Las mesas no estaban decoradas con velas, ni había luz tenue y se colaba un ruido ensordecedor de los comensales de alrededor. Era un puesto de un viejo mercado municipal, situado entre un bar que ofrecía copas baratas a estudiantes Erasmus en plena happy hour y un puesto de pescado que desprendía un fuerte hedor a lejía perfumada. Un camarero con parche en el ojo nos atendió y pidió que siguiéramos sus recomendaciones si no queríamos hacerle enfadar. No sabría definir muy bien qué cené aquella noche. Soy de ese tipo de personas que necesita que alguien le diga que está comiendo huevos fritos con patatas para poder disfrutarlo y no confundirlo con entrecot o con brócoli al vapor. Me refugié en el vino mientras mi pareja no paraba de repetir lo contenta que estaba por mí y por ella. “No sabes las veces que he soñado con este momento, mi amor. Soy tan dichosa que si me pusiera a vender felicidad podría hacer que Amazon quebrase”, insistía. Ella sí dio cuenta del banquete de excentricidades y grandilocuencias gastronómicas y el camarero con semblante de pirata optó por amenizar la velada tocando un vals con un violín que gruñía como un marrano en celo. Después de pagar, el camarero exigió, apuntándome con un garfio, que antes de abandonar el local dejara una reseña indicando que había pasado una velada fantástica y que Le bistrot des lépreux era el lugar más romántico de cuantos había visitado. La fama no sale de la nada, pensé.

Tras una tarde y noche engullendo y pimplando, cabía redondear la primera jornada de festejos en la cama con un polvo salvaje. Bueno, con un polvo a secas era suficiente. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero mientras me quitaba la ropa me quedé dormido como un lirón y mis ronquidos rivalizaban con los de mi compañera, como si fueran el preludio de una batalla entre un búfalo y una leona. Recuerdo soñar que estaba en medio de un vasto campo de olivos, solitario, descalzo y vestido solo de unos calzones blancos. A lo lejos se adivinaban unas montañas nevadas cuya temperatura era transportada por una gélida brisa. Escogí una dirección y comencé a andar entre los olivos tan rápido como mis piernas y las zarzas que se clavaban en mis plantas de los pies me lo permitían. No obstante, el paisaje parecía dilatarse por momentos y las cumbres se alejaban de mi posición. Paré a descansar y pensar. ¿Cómo puede pensar uno en sueños? El frío apretaba y la oscuridad se iba adueñando de la tarde. Mi cuerpo comenzó a emitir violentos espasmos y una serie de escalofríos me atravesaban de los dedos del pie hasta el cuero cabelludo.

De repente, escuché un eco que paulatinamente crecía. Un tumulto de personas se acercaba por todas direcciones, armados con bengalas, tocando tambores con ritmos festivos y emitiendo gritos de júbilo. Enseguida me rodearon y algunos extraños se acercaron hasta mí. Todos me felicitaban por mi hazaña. Entre las personas que pude reconocer estaba el presidente del Gobierno, el Rey y la Reina, Leo Messi, el Papa Francisco, Rafa Nadal, Julio Iglesias, el propietario de Mercadona, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Joe Biden, Vladimir Putin, el Dalái Lama​, Michael Schumacher, Lola Flores, Diego Armando Maradona, Frida Kahlo, el Che Guevara, Albert Einstein, Emma Goldman, Aladdin, don Quijote, el Joker, la rana de Smaggs, el muñeco de Michelín y Don Limpio. Todos me abrazaban y me jaleaban. Todos me citaban a reuniones importantes y conferencias boyantes donde debería revelar mis secretos y exponer la historia de superación y constancia que me había llevado al éxito. Entre la muchedumbre distinguí a un tipo que iba embutido en una capa negra con capucha por la que apenas dejaba adivinarle los ojos. Con gesto serio me miraba fijamente y trazaba una sonrisa maliciosa. Aunque la temperatura había traspasado la barrera de los cero grados y aún seguía en calzones, el frío corporal dio paso a un calor sofocante. El desconocido de la capa negra se dirigió hacia mí con pasos lentos mientras yo rompía a sudar. Agitado, desperté del sueño. La almohada y las sabanas chorreaban. “Llevas una hora dando las gracias solemnemente. Pareces un político en campaña, ¿qué coño te pasa?”, dijo mi compañera. Al comprobar mi estado, no dudó un segundo y lanzó un diagnóstico certero.

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19 respuestas a “La gran noticia #1

  1. Tío!!!! está intrigante!!! ¿Qué mierdas ha logrado el personaje????? :OOOOO ya avisarás para la siguiente parte! si no te fuera molestia, ¿puedes etiquetarme en tuiter cuando lo compartas? Un abrazo! espero que estés bien! me gustaría hablar contigo un rato un día de estos. Adelante!

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    1. Ei, compañero. Me alegra verte por mis dominios. Puedo etiquetarte, claro, faltaría más. También hay una opción de wordpress que te permite que te avise por reader de las novedades de los blogs que desees.

      Cuando gustes. Será un placer charlar. Un fuerte abrazo, compañero. Adelante!

      Le gusta a 1 persona

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