Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #2

Lee La gran noticia #1

“Estás ardiendo. ¡Ay, Dios, que has cogido la covid! Corre a hacerte un test de antígenos”. Aunque la conjetura de mi novia fuera cierta, ¿es que acaso no podía irme a dormir al sofá y hacer la prueba la mañana siguiente? Ningún artículo científico ha apuntado aún que el virus pueda coger la puerta e irse de vacaciones. ¿En qué momento habíamos perdido la capacidad de soportar la incertidumbre unos minutos? Hemos evolucionado, desde luego, pero en las cosas más básicas a peor. A mi pareja la llevo conociendo un tiempo y por fin empiezo a darme cuenta de qué guerras no merece la pena librar. En nuestros comienzos hubiera disfrutado de una buena contienda por ver quién de los dos es más cabezón, de la lucha dialéctica y ver la sangre del enemigo correr bajo mis barricadas, de las batallas con forma de discusión, de los retrocesos de líneas mediante silencios, de la retirada para rearmarse de razones y, en último lugar, de firmar un placentero armisticio con los cuerpos desnudos y bañados de lujuria y redención. Así pues, me incorporé en un lado de la cama sin saber muy bien si estaba en casa o si aún seguía rodeado de la muchedumbre del sueño con el tipo de la capa negra acechando. “Claro que sí, cariño, hazme el test y todo lo que tú quieras”, contesté fingiendo dulzura. Mi pareja es una persona de altas capacidades, entre las que destaca la saña con la que maneja la prueba de antígenos. Si se lo propone, es capaz de introducir el hisopo con tal precisión que con él puede acariciarte los pulmones, los riñones o el tuétano. En cuestión de segundos las gotas de reactivo mezclado con la muestra de mis fosas nasales y garganta estaban siendo analizadas en una carcasa de plástico de fabricación china. Al pasar la mano por la frente comprobé que estaba ardiendo y una masa viscosa taponaba mi nariz. El resultado, sin embargo, fue inequívoco: negativo.

Aquel imprevisto terminó por desvelarme. Miles de imágenes manadas por mi inminente cambio de vida chocaban en mi mente. Entre ellas me veía a mí mismo con aires de suficiencia paseando a un cerdo voluminoso por medio de una calle comercial; tumbado en una hamaca mientras leía libros de recetas de cocina y hacía anotaciones con frases motivacionales; yendo a jugar al pádel con los sobrinos del alcalde y los raperos locales; conduciendo uno de esos coches con los que se puede mirar por encima del hombro a los demás; y bañándome en una piscina llena de cava y trufas blancas. Todas aquellas escenas presagiaban una vida cómoda y tranquila, con un horizonte donde no cabían preocupaciones ni penurias.

De repente en mis pensamientos se coló el extraño de capa negra que me miraba inquietamente en el anterior sueño. “No cantaría tan pronto victoria. Tener la vida resuelta no es necesariamente algo bueno”, dijo mientras caminaba hacia mi posición y su mirada se hacía cada vez más penetrante. “Ahora que has recibido la gran noticia, ¿qué te queda ya? ¿Esperar paciente a la muerte? Eres joven y la espera puede ser muy larga y aburrida. Olvídate de eso y vente conmigo. Saldremos todos los martes por la noche, trabajaremos en restaurantes de comida rápida, haremos pequeños robos en los supermercados, bailaremos desnudos en la calle, fundaremos un podcast donde alabaremos a los poetas sin talento, seremos jóvenes y despreocupados por siempre”. A pesar de que aquellos pensamientos pudieran ser consecuencia de los temblores y sudores fríos, las palabras de aquel intruso que lo mismo le daba por colarse en mis sueños que en mis pensamientos podían tener cierta razón. Ahora que había conseguido mi objetivo vital, flotaría por siempre en el abismo infinito. La única forma de escapar de él sería inventarme otra meta. Y, si alguna vez la conseguía, tendría que encontrar más. Entonces envidié a aquel que se pasa toda la vida esperando a hablar con Dios y, aunque no lo consiga, es capaz de preservar su fe.

Los rayos del sol empezaron a entrar por la ventana sin que hubiera dormido más de una hora en toda la noche. Me levanté notando todo el peso de la resaca y fui a serenar las ideas bajo la ducha. Al salir la calentura y los mocos habían remitido y el café consiguió que mi aspecto pasara por medio normal, que era lo máximo a lo que habitualmente podía aspirar. “Ha debido ser el frío que cogimos anoche. Quizá no me abrigué bien. En invierno es normal coger algún catarro”, traté de convencer a mi novia. Cuando uno es preso de una teoría, es asombroso la manera en que la cabeza ensambla cualquier argumento que la respalde por estúpido que éste sea. Nos vestimos y salimos a la calle a proseguir con el segundo de los tres días que componían el programa de festejos sin saber que sería el último.

Conocida mi pasión por su cultura e historia, a los amigos de mi cuadrilla les había prometido un banquete de comida cubana en El paladar del asere. La difusión del evento debió derivar en una especie de teléfono loco pues cuando llegamos al local había cerca de una cincuentena de personas esperándonos. Me extrañó ver tanta gente. Siempre he procurado ser una persona generosa, pero intento imponerme cierta austeridad en lo que a amistad se refiere. Uno de mis colegas había traído a su abuela de noventa y siete años, la cual se abalanzó sobre mí besándome por toda la cara. “Ay, mi niño, qué alegría nos has dado”, decía emocionada con una voz quebradiza. También vino el abusón de la clase, el cual, como si nunca me hubiera metido la cabeza en el wáter o mandara órdenes explícitas para que nadie me invitara a ningún cumpleaños, se me acercó y me dijo “Eh, tú, qué bien… No, en serio, enhorabuena por eso y también por lo otro. Joder, pero qué máquina…” Otro amigo aprovechó la ocasión para traer a la familia del pueblo y celebrar el banquete de comunión de su primo pequeño. Eso sí, tuvieron la cortesía de venir con el niño comulgado. La escritora Lucía Etxebarria, acostumbrada a gorronear en guateques y camerinos televisivos, también hizo acto de aparición, pero aquello ya me pareció abusar de mi generosidad y la ignoramos hasta que se retiró a sus quehaceres. Una vez sentados, nos atendió el mismísimo dueño de El paladar del asere, quien alternaba la descripción del menú con una disertación socarrona sobre su país. “Nosotros no somos el tercer mundo, somos el cuarto mundo. Qué penita mi Cuba, allí apenas hay libertad y aquí la sirven hasta en los tiradores de cerveza. Tendrían que derribar la Revolución y todos los rollos armados para poner un rey, al emérito mismito”.

Me decanté por una deliciosa ropa vieja y un plato de arroz congrí combinado con yuca frita. “Así que por fin te casas”, dijo uno de mis colegas. “¿Pero qué dices, merluzo? No, que no se casa, que le acaba de tocar un pellizco en la lotería”, agregó otro. “¿La lotería? No os enteráis de nada, payasos. Le acaban de implantar un segundo pene. ¡Doble sabrosura!”, estableció un tercero. No me sorprendió lo más mínimo que nadie supiera el motivo que estábamos celebrando. Por unos instantes estuve tentado de levantarme y arrancarme con un “Señoras y señores, estoy celebrando mi primer día de libertad. Me cargué a un cura y me metieron en el talego. Allí me limpié a un carcelero, escapé y la verdad es que no me importaría volver a hacerlo con cualquiera de vosotros. Sólo disponemos de una vida y al final uno tiene que hacer lo que más le guste”. No lo hice. Hay ocasiones en que no merece la pena desvelar la evidencia.

Al terminar el banquete, el niño de la comunión cortó su tarta con la espada protocolaria y brindamos con una ronda de mojitos y daiquirís que se transformó en una segunda y una tercera. Enseguida noté una flojera que se prolongaba por todo mi cuerpo, como si éste no pesara y en cualquier momento fuera a echar a volar. Lo achaqué al no haber dormido, a la nueva borrachera que se asentaba sobre la vieja resaca y seguí brindando entre amigos y extraños. No recuerdo haber pagado en el acto, pero entre mis transacciones encontré un concepto titulado “Viva Cuba Libre, Díaz Canel singao” por valor de 1959’01€, que si bien desconocía su significado, daba por saldaba mi deuda.

Al salir del paladar cubano, un nutrido grupo con la nonagenaria a la cabeza, al cual se había unido la celebración de una jubilación y un grupo de testigos de Jehová, nos dirigimos a un club cercano de música latina. En general no tengo ninguna gracia ni ritmo moviendo las caderas, pero en este tipo de situaciones procuro ser una persona comprometida con la fiesta y suelo ofrecer números memorables que bordean la genialidad y la vergüenza ajena. Cambié la mascarilla quirúrgica por una que apenas dejaba traspasar el aire, me acerqué a mi pareja, la cogí de las manos y la conduje hasta el centro de la pista. El efecto de los mojitos comenzó a contrarrestar la incipiente flojera y entregué mis caderas a la salsa, el chachacha, la bachata y la cumbia que pinchaba Dj Papichulo. Mi temperatura corporal se disparó hasta empapar mi camisa y me empezó a picar la garganta, lo cual pensé que sería fruto de la mascarilla. La abuela de mi amigo se acercó y me pidió un baile. En dos minutos me había dejado baldado. Cuando quise darme cuenta, todos los colegas del banquete nos rodeaban jaleando nuestra actuación. Entre ellos distinguí al intruso de la capa negra que se había colado en mis sueños y mis pensamientos. Sostenía una copa de ron en la mano y sonreía dejando ver unos dientes donde predominaban las tonalidades amarillentas.

Sin saber muy bien cómo, el club de baile había desaparecido y estaba sentado en un gran teatro junto a mi pareja. En el escenario estaba el tipo de la capa negra, quien dejaba lucir un cabello plateado y un sombrero de copa. A su izquierda había una chica joven con gesto de inquietud. El desconocido se frotaba la frente mientras manipulaba una baraja de cartas. “Necesito silencio absoluto. Muy pocos magos se han atrevido a hacerlo y ninguno de ellos lo ha logrado. ¿Aseguras que te llamas Bad Girl 96? Entonces, ¡tienes exactamente 267 seguidores en Instagram!”, dijo a la chica, quien asintió generando una inmediata ovación entre el público. El sudor me había pegado a la butaca y yo me balanceaba nervioso tratando de liberarme. La tos aseveraba y apenas podía respirar por la nariz. Intenté llamar la atención de mi novia para decirle que me encontraba fatal y que quería irme a casa, pero de mi boca apenas salió un inaudible hilo de voz y tampoco tenía fuerzas para mover los brazos. “Y ahora que suba el caballero que está de celebración”, dijo el mago señalándome. Miré hacia otro lado por si algún espectador ávido de protagonismo salía. Sin embargo, como si fuera arrastrado por un imán, me elevé por encima de las butacas y volé hacia el escenario junto al mago de la capa negra. “Ajá, ya eres mío. Ahora, de verdad, necesito toda la concentración del mundo. Voy a revelar la gran noticia que le han dado a este zopenco”. A continuación, se hizo el silencio y el mago clavó sus ojos en los míos mientras se aproximaba. De pronto el mago se giró hacia el público y de su boca salió una voz femenina que me resultó familiar: “Es positivo, es positivo”, repetía. El público se levantó de sus asientos y aplaudió con fervor.

Al abrir los ojos ya no estaba en el teatro. Tampoco en la sala de música latina. Me encontraba en la cama de casa envuelto en un nórdico y un par de mantas. Los ojos del intruso de la capa habían dado paso a los de mi novia. “Es positivo, es positivo. Ni frío, ni resaca, ni cansancio, ni la venida del Espíritu Santo, tienes una covid como una catedral. Te tienes que aislar ya”, me apremió. Entonces observé una prueba de antígenos cuya raya inferior brillaba tan intensamente que parecía querer escapar de las dos dimensiones. La última jornada del programa de festejos debía cancelarse, la cual incluía comer con mis padres y una fiesta de disfraces con los compañeros del trabajo. Ya no había café ni ducha que disimulara el origen de mi cansancio y calenturas. Era positivo. Nuestra habitación pasó a ser mi centro de reclusión. Mi pareja se despidió rauda y cerró la puerta de la habitación. Quedaba así inaugurada la protocolaria semana de aislamiento, una semana para continuar en soledad la celebración con motivo de la gran noticia.

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