Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #3

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La última vez que caí enfermo contaba con cinco años de edad, hace más de un cuarto de siglo. Creo recordar que fue a causa de un brote de gripe que se difundió por medio colegio y estuve entrando y saliendo de la cama alrededor de una semana. Puede, no obstante, que mi memoria haya deformado dicho acontecimiento pues aquel recuerdo está situado en el filo del comienzo de mi memoria. A decir verdad todos los recuerdos que tengo cercanos a esa edad, como asombrarme por ver una ciudad espléndida desde la ventanilla del coche de mi padre o agacharme dentro de la bañera para que mi madre recorriera mi cuerpo con la esponja, no sé si en realidad ocurrieron o son una paulatina deformación de mis recuerdos. El caso es que desde aquel momento jamás había faltado al colegio, al instituto, a la universidad, a ninguna de mis variopintas maneras de ganarme la vida, a una acampada o a un concierto aludiendo por motivo una enfermedad. No ha habido anginas, tos, afonía, circuncisión o resaca que haya conseguido derribarme. Ahora, una carcasa de plástico me obligaba a pasar una semana encerrado en una habitación.

Dispuse al fin de una noche reparadora. En mis sueños ya no volvió a aparecer el misterioso hombre de la capa negra y retomé la senda de los sueños que no creo que tengan un significado especial, como las carpas de circos que se hunden sobre mi cabeza, los ascensores que suben y nunca alcanzan el piso infinito o los ángeles que montan huelgas en el Cielo para protestar contra el carácter tirano de Dios y San Pedro. Al despertarme no estaba aquejado de ninguna molestia, ni había atisbo de cansancio muscular, a excepción de unos mocos y una ligera afonía. Mi pareja, desde el otro lado de la puerta, se volcó e ideó un programa de eliminación veloz del virus. Si ya había algunas veces que me costaba distinguir a mi madre de mi pareja, esta situación eliminaba alguna de las últimas barreras entre ambas. Entre meditaciones, automedicaciones y bastas ingestas de agua que me requerían evacuar cada veintisiete minutos, debía practicar una serie de lavados nasales con agua salada. Mirándome de frente al espejo esnifaba el líquido por la nariz. En unos segundos éste me acariciaba la garganta y salía despedido por la boca retirando la mucosa infecta. Después cogí la taza de café con leche que mi pareja había preparado y proseguí el encierro.

Tenía todo el domingo por delante para aprovecharlo de verdad. Podía dormir, visionar un documental sobre perezosos en Bolivia, bailar desnudo o probar a ver qué tal me sentaban los trajes de mi novia sin que nadie me echara cuentas. Pero no fui capaz. No soy capaz. Mientras sorbía el café un aluvión de planes de carácter productivo anidó en mi mente. No soy capaz de relajarme ni cuando estoy enfermo. Nos pasamos media vida implorando un poco de tiempo para nosotros mismos, alguien te regala un cheque con 168 horas en las que no tienes que ir a trabajar, hacer la compra, coger el autobús, cocinar o tan siquiera hacer deporte para aparentar y tú dices “Mira no, es que sienta mal descansar”. Habitualmente me gusta coger una hoja sucia y elaborar una lista de tareas. Debe ser por mis orígenes andaluces, pero en general exagero con la proporción entre mis capacidades y mi propia noción del tiempo. El listado con los propósitos acaba convirtiéndose en una soga en el cuello que termina por asfixiarme cada vez que la repaso. Por eso, aquella vez opté por la opción de que cualquier cosa que hiciera estaría bien, o lo que es lo mismo no me rasgaría las vestiduras por utilizar o desperdiciar el tiempo.

Cuando había validado mis discusiones sobre el aprovechamiento del tiempo, mi pareja tocó a la puerta. Habían pasado cuatro horas encerrado con mis disquisiciones y era ya la hora de comer. Mi novia me había dejado en la puerta una bandeja con un brebaje a base de caldo de huesos y verduras, cuyo sabor y potencia haría resucitar al mutualismo. Por la tarde me abordaron recuerdos difuminados de la fiesta del día anterior y, en particular, mis bailes con la abuela nonagenaria de mi colega. ¿Y si la había contagiado? ¿Y el resto de invitados y autoinvitados a mi celebración? ¿Y los de El paladar del asere? ¿Y los de Le bistrot des lépreux? ¿Y mi colega junto a los parroquianos con los que habíamos brindado en el bar de Ferlosio? Ni lecturas, ni películas, ni trasvestismo. Mi contagio requería avisar a decenas, quizá hasta cientos, de personas de mi estado. Así que, con la inestimable ayuda de mi novia, reconstruí mis pasos sobre el delirio febril y fui avisando a todos bicho al que me había acercado. Según mi pareja, después del club de música latina habíamos acudido al teatro a ver un espectáculo de monólogos. El cartel estaba conformado por monologuistas desconocidos y Ernesto Sevilla, ejerciendo de maestro de ceremonias. En mitad de la actuación de Ernesto Sevilla, había subido al escenario y le había arrebatado el micrófono al monologuista. “Hay un hombre con una capa negra que se está acercando a mí. Me mira mal. Creo que puede ser muy peligroso. Algo trama. Os rondará y os mirará mal. Debéis estar alerta o…”, era, más o menos, mi intervención hasta que la seguridad consiguió reducirme, echarme del teatro y mi novia llevarme a rastras hasta casa. Desconozco si mi fugaz incursión en el mundo de la comedia levantó alguna carcajada o tan sólo compasión.

Decidí que me estiraría con el mensaje sobre mi estado. Les deleitaría con una poesía personalizada. Cuando llevaba un poema y medio y había consumido cerca de tres horas, me decanté por enviar la misma composición a todos.

“Estimado compañero de fiesta,
Un infortunio de tu incumbencia
amenaza tu imponente fortaleza,
del cual soy emisor de su esencia.

Celebrando la ansiada gran noticia
he sido atrapado por la dichosa plaga.
No quisiera haberte pegado malicia,
ojo al parche durante esta semana”

En pocos minutos recibí multitud de mensajes que me hicieron sospechar que quizá había comprometido en demasía el mensaje respecto a su belleza. “Sí es que eres un máquina, cabeza”, “Olé, olé, olé, que los gitanos no van al cole”, “Qué maravilla, la lluvia en Sevilla y la tortilla con morcilla” fueron algunas de las respuestas acompañadas de emoticonos y otras filigranas. Al menos, me alegró saber que la abuela de mi amigo, la cual poseía un canal de Twitch llamado ‘TCG: The Coach Grandma’, estaba retrasmitiendo una sesión de entrenamiento en la que la nonagenaria hacía cien burpees, doscientas flexiones y medio centenar de push-ups mientras revelaba algunos secretos que solía utilizar para satisfacer a los hombres. Cuando me quise dar cuenta, mi pareja me había puesto un plato con estofado en la puerta como cena y al terminarlo caí devorado por el agotamiento.

Destiné el siguiente día a resolver todos los trámites burocráticos que subyacían del contagio. Mi jefe, muy amablemente, me informó que claro que podía tomar la baja, pero que al volver tendría que cumplir con todos los compromisos pendientes. En otras palabras, que cogiera la baja si quería, pero que él ni nadie iba a sacar adelante mi trabajo y que si con Internet podía encontrar un océano infinito de entretenimiento banal, comprar un chimpancé congoleño o hablar con un robot en chino mandarín, también podía producir enfermo desde mi cama. De forma cortés, me confirmó que le había llegado a sus oídos la gran noticia y me felicitó efusivamente, aunque eso obligara a redefinir mi posición como último mono de la empresa. De un plumazo, todo el tiempo que la covid me había regalado para mí se había evaporado como el agua de un cazo hirviendo.

El resto del día lo desperdicié tratando de localizar a un médico o una enfermera, pero todas las líneas estaban saturadas y la próxima cita disponible por el sistema telemático era para diez días después. Cuando me quise dar cuenta era mediodía y mi pareja me había dejado unas gachas con panceta y torreznos deliciosas. Decepcionado con el mundo y su obcecación con estrangular cualquier ilusión, traté de sacar fuerzas de flaqueza de la gesta que unos días atrás había alcanzado. Cuando me volví a dar cuenta era ya de noche y, secuestrado por el cansancio de no hacer nada, tan siquiera llegué a escuchar que la cena estaba lista.

Al tercer día de aislamiento me desperté extraordinariamente pronto. Aún era de noche, pero mi cuerpo no necesitaba más descanso. Desde el otro lado de la puerta escuché que mi pareja deambulaba por la casa y emitía una sucesión de jadeos airados. “Es positivo, es positivo”, pude escuchar. Aquella frase puso fin a mi aislamiento y a mi trato de enfermo como si perteneciera a la familia real británica. Abrí la puerta y nos fundimos en un abrazo sentido mientras la ciudad aún dormía. Mi novia apenas tenía síntomas más allá de la voz tomada, pero al parecer una extraña mujer de capa negra se había estado paseando por sus sueños y pensamientos de los dos últimos días.

Cuando me quise dar cuenta, había acabado mi aislamiento y la vuelta a la rutina me apremiaba. Por enésima vez, había desperdiciado una semana de vida. No había hecho nada que se pudiera considerar destacable, aunque me consolaba recordando que mi gesta aún me daba varios meses, tal vez años, de margen. Quizá la vida en aislamiento no sea muy diferente a la vida por la que normalmente transitamos. O quizá ya viviéramos aislados desde hace mucho tiempo y nunca hayamos reparado en tal circunstancia.

Se preguntará el lector cuál era esa gran noticia que dio lugar al comienzo y que luego sirvió para alicatar el desarrollo de esta historia. No ha sido un despiste del autor que dicho detalle haya sido omitido durante todo este tiempo. A veces los relatos y las novelas son como animales salvajes que, cuando menos lo esperas, viran su camino en busca de hábitats colmados de manantiales de agua cristalina y presas jugosas. Otras veces no y cuando te quieres dar cuenta la narración encalla en lodazales densos o desiertos áridos. Sea como fuere, el animal siempre llega a un destino. Sea como fuere el caso de esta gran noticia, he de apuntar que tampoco era para tanto y que esta serie de torpes palabras ha llegado a su fin.

11 respuestas a “La gran noticia #3

  1. Lo de menos ha sido todo, y ese todo, más que mucho, ha sido nada en comaparción con el resto… Yo no sé lo que digo, pero por suerte tú sí. Qué dominio no solo de la palabra sino también del equilibrio y de lo que es un final comprometido con la esencia de su historia.

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    1. He de confesar que este texto ha sido confeccionado de una forma totalmente distinto a lo que suelo hacer. Normalmente, tengo varias ideas que empujan al relato pero generalmente no tengo muy claro dónde. Esta vez ha sido al revés, quería que el relato llegara a ese final y el animal ha ido eligiendo la forma de hacerlo. Me alegra que hayas llegado hasta aquí, compañero. Un fuerte abrazo, adelante!

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