cuarentena · Reseñas

Donde descansan los sueños — Ignacio Gómez

Esta es una reseña de idas y vueltas. Durante la época de la universidad algunos de mis colegas alicantinos se iban a estudiar a Valencia. Entre ellos Chupa, el cual, gracias a un extraordinario don de gentes, enseguida se adentró en la fauna autóctona y se convirtió en una especie de mito de la ciudad. Las leyendas cuentan que, al terminar su periplo universitario, su colegio mayor mandó construir un busto en su honor y colocarlo en la sala de billares y futbolines. Era frecuente que Chupa regresara a Alicante acompañado de alguna de sus nuevas amistades, despertando cierto recelo entre los que nos habíamos quedado en casa para ir a la universidad. En contadas ocasiones subíamos a Valencia adentrándonos en el ecosistema de compartir piso, recalentar el kebab para desayunar y no saber si era martes o sábado. Tengo por ahí extraviada una librera toja con notas en las que recogí algunas de las increíbles anécdotas de Chupa sobre la supervivencia universitaria que darían para un volumen que ya quisiera Planeta o Anagrama para su catálogo.

Uno de aquellos personajes al que conocimos fue ‘el Cellano’, el cual debía su apelativo al gentilicio de su pueblo. Recuerdo su característico acento turolense, sus carcajadas generosas y una vitalidad que amedrentaba a los pazguatos como yo. Con los años, Chupa y Cellano concluyeron su periplo valenciano, hicieron su petate y se establecieron en Ámsterdam el primero y el segundo dio vueltas entre Londres, Oporto y Castellón. Yo, en cambio, acabé en Valencia. En una ocasión que Chupa vino a dar conmigo con ocasión de la gira reencuentro de La Polla, salimos a homenajear la noche por Blasco Ibáñez y terminamos en una fiesta de música balcánica. Entre las variopintas presencias, incluida la nuestra, nos llamó poderosamente la atención un tipo que danzaba salvajemente ataviado con una máscara de perro. Nos acercamos y resultó ser ‘el Cellano’, quien también había acudido al concierto de punk. Pasamos la noche intercambiándonos la máscara de perro y descubrimos el poder de ocultarnos entre las sombras. De hecho, al día siguiente pasamos la resaca viendo la película homónima protagonizada por Jim Carrey, la cual jamás había visto. A los pocos meses llegó la pandemia y no volví a saber más de los pasos de ‘el Cellano’.

Pasado el confinamiento, en una quedada vespertina con los colegas alicantinos, Chupa me apartó del grupo misteriosamente y me dijo que tenía un regalo para mí. Sacó un fino volumen titulado Donde descansan los sueños que firmaba un tal Ignacio Gómez. Extrañado por no conocer el título ni el autor, abrí sus páginas y encontré una dedicatoria manuscrita que firmaba ‘el Cellano’, así como su retrato en la contraportada y un dibujo a mano en una de las primeras páginas. Me quedé anonadado. ¿Desde cuándo ‘el Cellano’ era poeta? El subtítulo del volumen lo aclaró todo: poesía confinada. Reconozco que al inicio sentí cierto reparo y un recelo motivado por la envidia. Era una sensación desconcertante, como si alguien se hubiera colado en mi terreno y me hubiera pillado desnudo. Qué tontería, ni que yo repartiera carnés de escritor por tener un blog en las que de tanto en tanto escribo alguna idiotez. Y quizá ese atrevimiento poético es lo que defina a Ignacio Gómez ‘el Cellano’, la diferencia entre ser un poeta de verdad y un celoso con ínfulas. Según Alejandro Zambra en Poeta chileno, poeta es todo aquel que ha editado poesía.

Demoré la lectura del poemario hasta que me viera capacitado y éste viajó conmigo por Granada, Madrid, Alicante, Tenerife, Roma y Calabria, hasta que esta semana pensé que, en lugar de barruntar, debía celebrar el arrojo del poeta con máscara de perro. Donde descansan los sueños está compuesto por cerca de una cincuentena de composiciones líricas de carácter interiorista, dentro del carrusel de emociones que todos experimentamos en los días que veíamos resquebrajarse los cimientos del sistema tumbados en el sofá de casa. Ignacio retrata sin ambages la soledad de aquellos días, la melancolía difuminada en alegría o tristeza, sus recuerdos descarnados y los picos de éxtasis optimista. Me ha sorprendido gratamente las reiteradas alusiones al mar y el simbolismo que Ignacio construye con sus elementos. En varios pasajes se atisba el arrojo y la candidez del que acaba de estrenar un lápiz.

Al ser ambos de edad similar y ser parejos en cuanto a gustos y ambientes, se percibe un maremágnum de influencias generacionales. Entre ellas destaca la influencia de la música rock, tanto a nivel de estilo como de recursos. Aparecen implícita o explícitamente El Puchero del Hortelano, Desakato, Iratxo, Extremoduro, Residente o La Pulquería, bajo un cierto aroma a Joaquín Sabina y algunos de sus aforismos. De hecho, si no me equivoco, la primera vez que vi a Cellano fue en un concierto de Los Delinqüentes en la nave de un polígono industrial. Las páginas avanzan con agilidad y dejan un recuerdo emotivo para Michael Robinson, Julio Anguita por partida doble y el décimo aniversario del 15M.

Sin ser amante especial de la métrica ni de la rima, Donde descansan los sueños es una obra consistente que va atrapando por la desnudez honesta de Ignacio, la cual le otorga personalidad y autenticidad. Y no es más que esto lo que se espera de un poeta y su primer poemario. El poeta de la máscara de perro ya se enfila para nuevas y mejores idas y vueltas.

5 respuestas a “Donde descansan los sueños — Ignacio Gómez

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