Microrrelatos

Malos relatos

No soy un teórico de la escritura, con lo cual no tengo muy claro cómo debe ser un buen o un mal relato. Cuando escribo intento que el animal creado llegue al hábitat que me parece que pretende indicar. Hace unos meses los compañeros de Leer en la nube, el club de lectoras y lectores de las bibliotecas municipales de Leganés, organizaron el certamen La pezuña de plata, en el cuál buscaban el peor relato. Errores gramaticales, tramas sin sentidos, lenguaje pomposo, cierres que arruinan el resto del texto… ¿Qué pensáis que debe contener un mal texto? Aquí mis dos aportaciones en forma de microrrelato.

La desdicha del universal trovador

Era una mañana de finales de mayo en la que una luz primorosa brillaba como el fulgor de un diamante que nunca ha visto la luz. El célebre poeta, Jorge Luis Borges, abstraído en los platos que componían el menú diario del Ventorrillo Sebastián, observaba la magnanimidad, y magnificencia a la par, del amanecer mientras defecaba con una maestría inusual para un señor mayor que sólo se alimentaba de hígados humanos. De repente, ocurrió un hecho extraordinario, de esos que vale la pena narrar humildemente para engrosar los anales de la historia universal. Súbitamente y contra todo pronóstico, Jorge Luis tomó una bocanada de aire compuesta de oxígeno, dióxido de carbono, hidrógeno, nitrógeno, neón, helio en menor medida y versos de mancebos poetas. «Se me acabó el papel, la reconcha de su madre», vociferó Borges. Y el universal poeta pasó todo el día en el excusado esperando ser rescatado hasta que un duende con forma de berenjena le proporcionó un libro de poemas de Mario Benedetti. El muy pelotudo se lo leyó y, así, el poeta, con la bragueta abierta, Jorge Luis Borges murió.

El glorioso regreso de Jaimito

Después de muchos años recluido en el anonimato, estaba decidido a reaparecer. Jaimitio, protagonista del 74% de los chistes que se contaban en la España de los ochenta y noventa, se construyó un chalé en la sierra con piscina, jardín, monos mayordomos, urracas bailarinas, tigres y aeropuerto. Los ahorros se esfumaron y la juventud se le escapó. Rechazó grandes propuestas como hacer un documental sobre su vida o enrollarse con una vedette venida a menos y copar las portadas de la prensa rosa. Así pues, Jaimito se armó de valor, completó su escueto currículum y fue seleccionado para trabajar como cajero en Mercadona. Daba correctamente el cambio y sonreía sin propasarse a las clientas. Iba a tomar café con sus compañeros y dejaba propina. Puso un cuadro con la impronta de su jefe, fundador del imperio Mercadona, sobre su cama. Y así fue cómo Jaimito aprendió que la vida no era un chiste, sino una tómbola. La vida es una tómbola tom tom tómbola, de luz y de color, de luz y de color. ¡Tómbola!

13 respuestas a “Malos relatos

    1. Creo que es un reto interesante. Más o menos tenemos referencias de qué es escribir bien o cómo nos gustaría escribir. Ahí emerge una única dirección en la que adentrarse, pero escribir mal, ¿qué es? Cualquiera sabe. Una vez leí un libro de un tal A. Espinosa, que no revelaré para preservar su identidad. Total, que el Albert. E éste tenía una escritura muy regular y encima se lo monta bien, ¡qué rabia!

      Un fuerte abrazo, compañero. Adelante!

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    1. Uno intenta hacer buenos relatos y se queda a mitad; uno intenta hacer malos relatos y se queda más lejos todavía. Las posibilidades son infinitas para fracasar, para convencer el elenco no es tan amplio. Si te contara las juergas que me he corrido con Jaimito me darían para llenar un libro con el que quedarme a la mitad 😉 Un fuerte abrazo, compañera. Adelante!

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  1. Ese ejercicio de escribir mal o maldades, camino a la perfección, de errores y horrores divertidos, y no hablo de este caso, de ellos estamos hechos y los trajinamos en el camino del aprendizaje diario. Bueno y divertido este ejercicio.

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