Bocachancladas · Madrid

La ley del león

Tras un año y medio residiendo en la capital, por fin sucumbí al musical de El Rey León. Tengo varias excusas, a cada cual más barata, para justificar una nueva deshonra a mis principios.

En primer lugar, lo hice en homenaje a mi condición de provinciano. Es casi imposible que la gente de provincias pase por Madrid sin hacer el combo de paseo por el Retiro, Museo del Prado, bocadillo de calamares en Plaza Mayor, vermú del que rasca a precio de oro, cola para comprar un décimo en Doña Manolita y El Rey León. También lo hice por insistencia de mi pareja, quien había venido a Madrid a pasar conmigo un finde romántico y le daba vergüenza regresar y revelar que no había visto a Mufasa y Simba. Supongo que mis reticencias por los fenómenos mainstream son dignas de estudio. Dejé de ver Juego de Tronos por la insistencia de la maquinaria comunicativa, abandoné a Rosalía después de que publicara su primera maqueta y no he querido saber nada de Elvira Sastre desde que dio el salto de los blogs a las grandes editoriales. No obstante, la edad me ha hecho no ser esclavo de mis propias estupideces y así, junto a mis reticencias y prejuicios, fuimos al Teatro Lope de Vega a ver El Rey León como dos enamorados. Ahora entiendo a todos los que dicen que es un espectáculo increíble. Incluso doy la razón a los más entusiastas. Yo también pagaría por ver el show una y otra vez.

Sobra decir que compramos las entradas más baratas. Somos de ese tipo de gente que no quiere perderse nada, pero sin pagar ninguna fortuna. Somos de esas personas cuya vida se ha convertido en un producto de saldo, de las que ha aceptado sin oposición la moral low cost, divertirnos por cuatro duros y hasta follar de la forma más económica. Lo queremos todo, pero barato.

Llegamos veinte minutos antes de que empezara el espectáculo. Lo primero que me llamó la atención eran las colas que se formaban alrededor del bar de la entrada. Además de la cola, el combo de palomitas y dos bebidas a 15€ me disuadió de la idea de contribuir todavía más a la ley del león capitalista. Así pues, mi pareja y yo nos dirigimos a buscar nuestras butacas. En cada planta había situado un bar que también dispensaba bebida y palomitas. Por supuesto, las colas eran inferiores, pues el ansia del espectador y el miedo a lo que demonios sea lo que el resto quiere comprar se agote son incompatibles con una distribución homogénea. Al sentarme en mi butaca, escorada en la parte derecha de la antepenúltima fila de la última platea, me arrepentí de no haber traído el telescopio.

En pocos segundos pude comprobar que nuestros vecinos también eran de fuera. Agudizando el oído aprecié acentos de Andalucía, Murcia, Valencia, Extremadura, Canarias, Asturias, Colombia y Puerto Rico. Todos iban cargados de su cubo de palomitas junto a sus respectivos refrescos, adornados con la simbología y los colores de El Rey León. «Malditos esclavos del capitalismo», dije para mis adentros en tono burlón. No obstante, el crujido de las palomitas y los sorbidos generosos se colaron lentamente en mi cerebro. De pronto comencé a notar que mis piernas traqueteaban y un río cálido recorría mi frente y mi espalda. Lo siguiente que recuerdo es estar haciendo cola en el bar y pedir palomitas y bebida. «Por 1€ más, te llevas otra bebida, campeón», me dijo el camarero. Por supuesto acepté. En realidad tuve suerte. Aquel tipo me hubiera vendido lo que hubiera querido.

Cargado con mis palomitas recalentadas y los refrescos me dispuse a disfrutar de El Rey León. No niego la espectacularidad de la puesta en escena, ni el realismo que desprende la caracterización de los animales de la sábana, ni lo lograda que está la adaptación, ni el derroche de talento vocal de los actores. No obstante, el verdadero espectáculo, el verdadero espíritu de la jungla no está sobre el escenario, está en las gradas y en la fauna humana. Cantaba Rafiki aquello de “Nants ingonyama bagithi baba”, cuando incliné mi espalda unos diez grados respecto a la vertical de la butaca y enseguida sentí una mano que reclamaba mi atención. «Perdona, es que si te pones así no veo», me dijo una espectadora situada detrás de mí. Me hubiera encantado responder «Es normal que no veas, yo tampoco. El que quiere ver paga el doble y puede hasta beberse el sudor de Mufasa». En lugar de eso, callé y me recliné sobre la butaca cinco grados.

Quizá el único detalle que no me convenció de El Rey León es que Timón, el suricato, sea andaluz y se pase toda la historia haciendo chistes que de no ser por el acento no tendrían gracia. Ya está bien con el tópico de que todos los andaluces somos de Cádiz, la siesta, las palmas y la gracia al abrir la boca. Lo peor de todo no es que el actor que interpreta a Timón sea en realidad catalán, sino que a cada chiste los actores interrumpen la escena hasta que cesan las carcajadas del público y el bochorno de los contadísimos íntegros.

Pasada la hora y media de función, con el cadáver de Mufasa caliente y el joven Simba adaptándose a la filosofía del Hakuna Matata, empecé a temer que aquel musical durase una eternidad. Por suerte, los organizadores del show lo tenían todo previsto. Se decretó un descanso de veinte minutos para que los asistentes pudieran estirar las piernas, orinar sus refrescos y, lo más importante, comprar más palomitas, bebidas y peluches de Simba. En esta ocasión, habiendo descubierto el espectador que existen más bares y que no han de agolparse en la primera cola que vean, camareros y consumidores se habían ya distribuido equitativamente. El capitalismo sabe que saber medir el ansia maximiza el beneficio.

Prometo que luché con todas mis fuerzas, pero finalmente mientras Simba luchaba contra Scar y recuperaba el trono, caí rendido en mi butaca. El reloj pasaba de la una de la madrugada. Con el elenco aplaudido, los espectadores emprendieron la retirada. No me gustan las aglomeraciones y una vez comprobado que el espectáculo residía en las gradas, aguardamos unos minutos sobre los asientos. Allí vi multitud de niños pequeños durmiendo entre los brazos de sus padres., multitud de cubos de palomitas abandonados a medio terminar y las tarjetas de crédito brillando en cada rincón.

Efectivamente, El Rey León es uno de los mejores espectáculos que he visto en mi vida. Con los títeres en las gradas y el verdadero león imponiendo su ley con crueldad. Se me ocurre que quizá no sea tan mala idea lo de organizar una estampida de ñus para derrocar al rey. Lástima que en caso de poder hacerlo, seguramente haya que comprárselos al león de turno.

4 respuestas a “La ley del león

  1. Pero qué razón tienes. Yo no he ido a ver ese musical, ni ninguno de los que hacen en Madrid, debemos quedar pocas… pero sí he ido a alguno de Disney en patines cuando mi hija era pequeña y tuve las mismas impresiones que tú. También me comí muchas de mis palabras y pasé por el aro, para mi vergüenza y mi propio asombro😬

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