La Cuarentena De Los Necios · Vida Moderna

Los segundos compases del escritor

Superada la euforia inicial de la publicación, las primeras dedicatorias y la transformación de la noche a la mañana en escritor, era momento de hacer promoción de la novela. Sé que el verdadero trabajo del autor acaba cuando la novela está enviada, aceptada y corregida. Pero ya que uno se pone a jugar a ser escritor, gusta tener lectores aparte de pareja, padres, chismosos y algún que otro despistado. En otras palabras, que esas cajas abarrotadas de ejemplares no se conviertan en alimento del polvo. Creí que con el trabajo de la editorial, el boca a boca y un par de posts en RRSS bastaría. No obstante, no caí en la cuenta de que la cantidad de vídeos de políticos bañándose en whisky distraerían al mundo entero de la genialidad de mi obra.

El postureo es condición necesaria para dar relevancia a la novela, pero al poco tiempo uno descubre que no es suficiente. Tracé un exigente calendario de actividades con el que suplicar a mis contactos que compren mi libro: que si una foto en el probador con camisa de escritor, que si entrar en una foto de una leona leyendo un ejemplar, que si un vídeo replicando la Torre de Pisa con los libros o acosar al mismísimo Juan y Medio para pedirle una fotografía posando junto al libro. Las reacciones entusiastas se contaban por cientos, pero las ventas continuaban a cero. Aun así, uno no pierde la esperanza de que algún día uno de esos acérrimos seguidores se dé un golpe en la cabeza sobre el móvil y de la interacción entre la sangre y la pantalla se encargue un ejemplar dedicado.

A pesar de contar con la chapa de escritor —la literal y la metafórica por ser más claros—, no conseguí que me echaran del trabajo. Asombrosamente, es ahí donde un escritor encuentra nicho de mercado. Compañeros que hasta ahora no conocían mi nombre o superiores que me miraban con desdén se acercaban a mi despacho pidiendo copias e interesándome por mi emergente carrera. «A ver si vamos a tener al nuevo Posteguillo aquí», dijo mi compañero de despacho o «No hace falta que madrugues ni vengas sobrio, Guadalmedina. La empresa te apoyará en todo lo que precise tu carrera como novelista. Lo mismo hasta podemos pedir una buena subvención», sugirió el jefe. Son copias tiradas a la basura, ventas por compromiso, páginas que no van a ver la luz del sol y rebajar tu obra a la categoría de un número en la lotería de Navidad. No obstante, un verdadero escritor no debe juzgar a sus lectores. Bastante es que existan.

El siguiente sector al que dirigí mis esfuerzos fue el de los medios de comunicación. Al firmar el contrato, la editorial me aseguró que tenía buenos contactos con la prensa, televisiones y radios locales. A la hora de la verdad, la estrategia de difusión que me propusieron fue la del atosigamiento con disimulo. Esta consistía en presentarme a la horas del comienzo de la grabación en la puerta de los estudios o probar a asaltar a los redactores en alguna cafetería próxima a la redacción. Con el día pedido en el trabajo a causa de la promoción del libro, encontré a Santiago Sabater en una churrería, locutor del programa ‘A mediodía, buen rollo y alegría’. Pasé a su lado y con un hábil movimiento introduje en su taza de chocolate un verso manuscrito que rezaba tal que así:

Toda la ciudad rebosa emoción
por la publicación de un libro chispeante.
Su autor está a tu entera disposición
para entrevista o disfrazarse de mutante.

Lo sé. El poema era lamentable, pero fue lo suficientemente convincente como para que Santiago Sabater me llamara por teléfono y habláramos de la publicación de mi novela. He de precisar que habló él, ya que cuando me dio paso sonaron las señales horarias y comenzó el boletín informativo. Sin embargo, el objetivo estaba logrado. Habíamos entrado en los medios de masas y era cuestión de segundos que las ventas se multiplicaran. En efecto, las predicciones se cumplieron. Es la magia que tiene multiplicar por cero.

Mientras esperaba la llamada de Sabater, me dediqué a pasear por las librerías del barrio. Todo escritor primerizo es consciente de que su obra no abarrotara las estanterías ni los escaparates, pero quiere ver a sus retoños codeándose con autores consagrados como Pérez-Reverte, Máximo Huerta, Blue Jeans o ElRubius. El caso es que no encontré ni una copia de mi novela en ninguna de las librerías. En una de ellas el librero me juraba que había vendido mi libro el día del Corpus Christi, dos años antes, y que incluso se acordaba de que la compradora fue una anciana aficionada a la literatura erótica. Otro librero con más interés buscó la referencia del libro y me aseguró que pediría una decena para colocarlas en un lugar bien visible. Añadió que la foto de autor no me hacía justicia y me dejó una nota con su teléfono y un mensaje cuyo significado no he conseguido identificar: «Me lo trago todo».

Mareado por la espiral de imposturas, llegó el ansiado momento de la primera presentación. Treinta y dos años esperando a aquel acontecimiento y me di cuenta de que no sabía muy bien qué debía hacer o qué se suponía que debía decir. Consulté los tutoriales de EscritorPetándolo74 y apunté un par de ideas: ser breve y no leer ni un fragmento de la novela, pues al hacerlo se disiparía la duda de que realmente se trataba de una copia de copias, repleta de patadas al diccionario y al gusto. Para acudir al evento tuve que tomar el autobús público, pues justo se acababan de averiar la limusina y el helicóptero de la editorial. En ese trayecto apunté varias ideas con las que podría llamar la atención en mi discurso «El libro tenía el tamaño perfecto para calzar la lavadora» y «Aunque todos los asistentes eran analfabetos, mi novela los trasformaría en seres de luz».

A mi llegada, el bar estaba cerrado. Cuando llegó el dueño, me pidió que le ayudara a improvisar un escenario, montar una mesa con la venta de libros, preparar el piscolabis, fregotear los vasos sucios, ordenarlos, limpiar el local y pasear a su galgo. Unos minutos antes de la hora del comienzo llegó el editor y Juanfran Michavila, el autor que habíamos convencido para que presentara el acto. El editor me saludó efusivamente y me sugirió que fuéramos sirviendo el piscolabis. En un par de minutos había engullido más de la mitad. «¿Has probado estas croquetas? Están divinas. ¿Y qué me dices de los bocaditos de cangrejo? Están que te mueres. Joder, tenía muchas ganas. Ya ni me acuerdo de la última vez que cené caliente», me aseguró.

Además del tabernero, el de la librería, el editor y Michavila, a la hora del comienzo del acto sólo habían acudido mi tita Rosarito y mi tito Miguel, quienes portaban una pancarta y habían confeccionado una camiseta con mi cara para la ocasión. Miré el teléfono móvil por si en aquel tiempo se había desencadenado el apocalipsis, pero sólo encontré decenas de mensajes de invitados que excusaban su asistencia «Lo siento, Rafalé, pero mi tostadora me ha secuestrado», «Me encantaría estar ahí, loco, pero me ha llamado el cirujano para practicarme una vasectomía de urgencia» y «Tío, me ha entrado el bajón y creo me voy a subir el Aconcagua del tirón», fueron algunos de estos.

El tabernero, quien ya me había advertido que raro sería que vinieran más de tres personas, contaba con un plan infalible que levantara la fiesta. Para ello llenó el local con un grupo de indigentes y otro de adolescentes que solían cohabitar un parque cercano. El kalimotxo era su punto de unión. Acomodados los presentes, Michavila realizó un discurso en la que calificó a mi novela como transgresora, rigurosa, profunda y de una sensibilidad arrolladora. Mi intervención se redujo a una suerte de monólogo en el que, no sé muy bien cómo, terminé hablando de la ropa interior como elemento de represión. Al terminar el acto pude conversar con Michavila en un tono amable y cercano. No sólo descubrí que el máximo referente de las letras de la ciudad no había leído mi obra, sino que todo el rato había pensado que yo era Juan Gómez-Jurado. No tuve tiempo de advertirle del error, pues Michavila escapó raudo. Todavía le quedaba la presentación de un poemario y una antología de relatos esa misma tarde.

Mientras compartía confidencias con Michavila, mi editor y el público había arrasado el piscolabis. Se habían venido tan arriba que habían organizado un torneo improvisado de pulsos entre vítores y berridos más propios de una granja que de la presentación de un libro. Cuando todo parecía indicar que la puesta de largo de mi novela había sido un auténtico fracaso, se me acercó uno de aquellos jóvenes desconocidos. Afirmaba que, aparte de un terrible mono, mi discurso le había originado una gran curiosidad por leer. Aunque intuí que no tenía intención de pagarlo, le firmé una sentida dedicatoria mientras le narraba con todo lujo de detalles el proceso de creación y el trasfondo que había detrás. Este asentía como si estuviera hipnotizado, con las pupilas agrandándosele por momentos, y se despidió con un abrazo que jamás olvidaré. De nuevo y, a pesar de los pesares, me sentía un verdadero escritor.

*Esta es la segunda parte de Los primeros compases del escritor
*Continúa con Los terceros compases del escritor

Cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad

4 respuestas a “Los segundos compases del escritor

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