La Cuarentena De Los Necios · Vida Moderna

Los terceros compases del escritor

La vida de un escritor primerizo está llena de constantes sube y bajas. Tan de pronto un desconocido afirma que le está encantando tu obra para hacerte la pelota y las mieles del éxito obstruyen tus arterias, como al siguiente instante estás enterrado en la más absoluta miseria porque un conocido ha dado una interpretación distinta a la tuya respecto al color del cielo que describe la página 187. No existe el término medio en la publicación y eso es algo que convierte a la de escritor en una ocupación sumamente agotadora.

Firmadas y enviadas las primeras copias por la editorial, me guardé un puñado de ejemplares para todos aquellos lectores que no encontraran nada decente entre las millones de propuestas del mercado. Mi primo, el que hacía décadas que la familia daba por desaparecido tras un naufragio, había dado señales de vida y reclamaba comprobar con sus propios ojos si yo sería el que sacaría a los Guadalmedina del anonimato. Me acerqué a una oficina de Correos para enviar su ejemplar y otro a uno de los críticos más destacados del país, Chacho Melabea, el del semanario Bobolia. Había conseguido la dirección de Melabea gracias al buen hacer de otro escritor primerizo. 150€ me había costado el chivatazo bajo el aviso de que «Reseña uno de cada cien libros que le llegan. No tienes nada que perder. Melabea fue el que descubrió a Espido Freire», me confesó.

Mientras indicaba la dirección de los envíos a la funcionaria, terminé de redactar las dedicatorias sobre la mesa. A mi primo le recordé aquella vez en que jugamos al escondite y este me encerró en la cuadra de los conejos durante toda una calurosa mañana de agosto; mientras que con Melabea quise ser un poco más enigmático y le señalé que en el fondo todos los literatos éramos hermosas crías de caimán que terminaríamos por crecer, ser arrojadas al retrete y quedar atascadas hasta obstruir las cañerías del edificio.

—¿Has escrito este libro? —interrumpió la empleada de Correos. Era evidente que el idiota que había en la solapa del libro era yo, pero, como buen impostor, preferí hacerme le interesante.
—Pues sí, pero no se lo digas a los paparazzis. Prométeme que este será nuestro secreto, encanto —contesté con una sonrisa de extremada suficiencia.
—Ah, qué bien, ¿y de qué va?
—¿No querrás uno? Llevo en la mochila la última copia de la primera edición —Por supuesto era mentira. Tenía la mochila repleta de ejemplares por si podía colocárselo a algún anciano desprevenido, algún testigo de Jehová o me encontraba a don Arturo Pérez Reverte paseando a un leopardo.
—Venga, dame uno —contestó ella mientras raudo metí la mano en la mochila. Disfrutaba de aquella sorpresa como si se tratara de una tajada de chorizo en una paila de migas, cuando la funcionaria me pidió que la acompañara—. Te cambio tu libro por uno de mis poemarios y una antología de relatos.

Me las había prometido muy felices, no obstante, el cazador acababa de ser cazado. Sin apenas tiempo para pensar qué hacer, ya contaba en mis manos con un volumen de Muy adentro de mí y otro de Cuentos para que reflexiones dedicados por Menta Poleo, que así se hacía llamar la funcionaria en el argot de la publicación. La estética de ambas portadas era muy parecida, difiriendo en la combinación de colores: rosa y blanco para la poesía y azul y blanco para los relatos. Abrí el libro por curiosidad y encontré una foto de Menta Poleo con la cabellera revuelta y con un gesto que apenas daba lugar a la imaginación. Había ido a Correos a por lana y había salido merecidamente trasquilado.

Antes de despedirnos, Menta comentó que estaba buscando una buena editorial para publicar su nuevo recopilatorio de relatos, al que quería titular Susurros de un abeto solitario, el cual auguraba que iba a suponer un antes y un después en el género corto. Al parecer la relación con su antigua editorial se había roto por ciertas desavenencias económicas: le habían exigido el pago de 2000€ por cada publicación y ni siquiera había llegado a la librería del barrio. Para tratar de consolarla le comenté que la mía me había pedido 3000€ y que el aliento de mi editor desprendía tufo a vino peleón. Finalmente, salí de la oficina de Correos prometiendo encontrar una nueva para los siguientes envíos. Supongo que, al igual que yo hice, mi compañera encontraría en mi novela un bonito calzador para la lavadora.

Con la lección aprendida acerca de los peligros que entrañaba relacionarme con otros escritores apátridas, me dispuse a pasar mi primer fin de semana como una emergente estrella de la literatura. Lo que sería mi primera desconexión del circo literario. Teníamos programado un encuentro en un camping con los amigos de toda la vida para celebrar que el Franchu, tras quince años en la universidad, por fin había terminado el grado de Administración y Dirección de Empresas. Aunque pretendiera desconectar de mi yo escritor, decidí llevarme una caja de libros por si surgía el más que previsible tema de conversación y mis amigos quisieran asegurarse un buen regalo para Navidad y la comunión de sus hijos.

Como en una buena noche de acampada que se precie, nos dedicamos a templarnos con aguardiente mientras asábamos medio marrano en las ascuas. Después de veinte años de amistad, bodas, hijos y algún que otro divorcio, mis amigos continuaban con sus historias sobre ligues inventados, jugando a adivinar la talla de sujetador de nuestras antiguas compañeras de clase o dando por míticas las veces que nos echaron de la discoteca por pagar con dinero del Monopoly. Aun poner toda mi atención en sus relatos, no podía evitar mirar el teléfono móvil para comprobar si algún lector se había manifestado en redes o si algún famoso agente me había escrito para lanzarme al estrellato. La fiesta terminó cuando la familia de alemanes que había en la parcela contigua se quejó de nuestros berridos entonando por enésima vez lo de «La Ramona es una chica, la más gorda de mi pueblo Ramona, te quiero».

Al segundo día ninguno de mis amigos sacó el tema del libro, lo cual empezó a molestarme. Entendía que el Franchu era el protagonista de la celebración, pero convenía también alegrarse por los éxitos ajenos y dejarse de envidias y rabietas infantiles. De esta forma acabé por lanzar una serie de indirectas que ninguno de ellos captó «Este año el Planeta ha estado reñido. Porque estaba Carmen Mola, sino lo mismo estabais delante del puto premio Planeta», «Franchu, ¿qué? ¿Alguna novela interesante que haya salido hace poco?», «Joselillo, ¿has estado últimamente por la librería del barrio? Ay que ver cómo vienen las novedades en ficción, ¡gloria bendita!» Pero no había manera y transitábamos de nuevo por la historia de cómo el Franchu estuvo a punto de perder la virginidad con su prima la Francha.

Finalmente, cuatro botellas de ron mediante y la otra mitad del cerdo asado en la lumbre, dejé de hacerme el digno y saqué el dichoso tema de conversación de la publicación de mi novela.

—Ya está, ¡el escritor! —dijo el Franchu—. Venga, tan escritor que eres, lee el primer capítulo de esa bazofia y déjanos emborracharnos a gusto y ya.
—¡Qué lo lea, qué lo lea, qué lo lea! —le secundó el resto entre vítores y aplausos. Aunque probablemente me arrepentiría durante mucho tiempo, fui al coche, cogí uno de los libros, lo abrí y declamé ante mis amigos.
—Érase una vez un niño llamado Franchu. De pequeño, usaba pañales cuando aún tenía diez años porque no sabía controlar sus esfínteres. No sólo los niños del colegio, sino que hasta los profesores se burlaban de su condición. El profesor de lengua y literatura le apodó cariñosamente ‘el pañales’. Afortunadamente, creció y dejó atrás sus pequeños problemas de evacuación. Como siempre fue un niño de papaíto, se metió en la universidad y repitió un curso tras otro porque se dedicaba todo el tiempo a salir de fiesta. Tuvo más de cien novias, todas se morían por estar con Franchu, pero ninguna de sus relaciones pasó el mes de vida. Sus amigos se casaban, tenían hijos o publicaban libros mientras que él sostenía «En septiembre acabo ya la carrera. Me quedan dos». Ahora está a punto de cumplir cuarenta años, está alopécico perdido y sigue viviendo en casa de sus padres. Su única motivación es irse de camping con sus colegas y continúa siendo un pedazo de capullo. Fin. ¿Os ha gustado?

Contra todo pronóstico, todos mis amigos aplaudieron la narración, Juanchu incluido. En pocos minutos había despachado la caja que había traído al camping y pude relajarme sin estar todo el rato a la defensiva por la indiferencia. No sólo no era un autor prometedor, sino que además me había granjeado el apoyo incondicional de los míos. ¿Qué más podía pedir un escritor?

*Esta es la tercera parte de Los primeros compases del escritor
*Esta es la tercera parte de Los segundos compases del escritor
*Cuarta parte en Los cuartos compases del escritor

Cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad

15 respuestas a “Los terceros compases del escritor

  1. ¡Adelante, Rafalé! Ya sabes que mientras el nivel de las camisas no baje la meta (¿cuál es? 🙂 está más cerca.
    Me encantan estos compases, porque ya estoy llegando al punto de tu libro en que uno empieza a mirar y a medir con los deditos el volumen de lo que queda, con la pena de terminarlo. Y estos ‘bonus track’ me sirven para dilatarlo… Abrazo (y dile a Franchu que lo siento :-).

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  2. Rafalé, recibí tu libro ayer. Muchísimas gracias por la dedicatoria. Leer un libro con la sonrisa en la cara continuamente es algo que hacía tiempo no experimentaba. Me encanta. Se lee rápido. Aún no lo he terminado y ya quiero otro. Gracias por estos «terceros compases». Un abrazo compañero.
    Pd. Felicidades por este primer «hijo».

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    1. Me alegra muchísimo, compañero. Ya me contarás si sobrevives a este dislate. No soy muy de recomendar a nadie, pero en este caso aconsejo siempre tener una palangana al lado de la posición de lectura. Además de evitar la extinción de una especie tan noble, puede ayudar a hidratar la garganta, refrescar la nuca y qué sabe nadie cuántas ventajas 😂
      Te agradezco enormemente el apoyo y el entusiasmo.
      Un fuerte abrazo. Adelante!

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