La Cuarentena De Los Necios · Vida Moderna

Los cuartos compases del escritor

La mayor parte del trabajo de un escritor no se centra en la palabra, sino en la apariencia. Antes de convertirme en un autor publicado creía que la proporción debía oscilar sobre las tres cuartas partes. Ahora que he sido engullido por la ola de la impostura y el autoconvencimiento, mis estimaciones alcanzan el noventa y nueve por ciento, con un pequeño margen para el error. A nadie le importa tu obra, ni su forma, ni mucho menos su fondo. Por no importarle, no le importa ni a tu editor, ni a tu familia, ni a tu pareja, ni a ti mismo. Los libros, como tantos otros productos, son instrumentos que poco tienen que ver con la creatividad, el arte o la emoción. Son meros intermediarios de vanidades y facilitadores de una posición social que sólo vive en el sueño más ingenuo. Es por eso que la mayor parte del tiempo de un autor ha de invertirse en la construcción de su apariencia, de fomentar el engaño, de la reafirmación de algo que no eres. Y lo digo yo, que no soy más que un alter ego de nombre impronunciable que luce un disfraz que cada día me queda más grande.

La segunda presentación de la novela fue en Alicante, la ciudad que me había visto crecer y a la que asiduamente viajo para visitar a mis padres y a viejos colegas. Era consciente de que dicho evento era el más peligroso del calendario, pues mi faceta como escritor y la personal se retarían por ver cual prevalece. Debería esforzarme si no quería que se me cayera el disfraz. Tendría que decidir si aún era un aspirante o si bien mi ínfulas iban en serio. Algo noté en el tren, cuando, a la altura de Albacete, hice una visita al vagón restaurante para refrescar el gaznate. No sabía si decantarme por tomarme un cortado con un bocadillo de jamón y queso o unas piedras de whisky junto a un cubo de torreznos. Finalmente, mezclé el café con el licor escocés y dejé que los sucesos eligieran mi propio destino.

Tras media hora abandonado como un don nadie, mi madre me recogió en la estación.
—Ahora te ha dado por ser escritor, eh. Cuántas veces te he dicho que lo que tienes que hacer es sacarte una oposición. De subalterno u ordenanza. O de conserje del psiquiátrico. Una oposición: O-P-O-S-I-C-I-O-N —recordó enfatizando la gravedad.

Lo más normal en estas situaciones es dejarse llevar por la frustración, calentarse porque los más cercanos no se tomen en serio la obra del autor y entrar al trapo redoblando los decibelios. No obstante, adopté un tono reposado y tiré de madurez.
—Madre, antes de emitir cualquier juicio sobre mi carrera literaria, recuerda que voy a ser yo el que pague la residencia donde pases tus últimos días. Creo que, en la medida de nuestras posibilidades, a ambos nos interesa llevarnos bien.

Después de mi intervención, recuperamos el ambiente propio de una familia feliz y conversamos sobre cómo se estaban alargando los días, la repentina llegada del calor, el maldito tráfico que colapsaba el centro y la subida del precio de la horchata.

A la llegada a casa encontré una caja repleta de libros que la editorial había enviado para la presentación. Un total de treinta y seis copias de mi ópera prima. Enseguida llamé a la editorial pidiendo explicaciones. «Dijimos dos cajas, no una. ¡Aquí no hay ni para empezar! Esto no es profesional, ¿qué os creéis que estáis tratando con un Manuel Jabois de la vida?», grité enfurecido. El editor me explicó que aquel número era la previsión más optimista. «Me estáis ninguneando como si fuera un poeta de bragueta, como si de la noche a la mañana me hubiera hecho escritor. Pero esto se acabó. A la próxima llamo a Anagrama. Ya está bien de editoriales del tres al cuarto. Os arrepentiréis».

Había pensado darle un toque de informalidad al evento y de nuevo repetir la fórmula de un antro a media tarde y asegurar el apoyo del círculo cercano. La presentación corría a cargo de la escritora Maribel Santaolalla y el periodista Joaquín Sacacorchos. La primera era una de las escritoras más prolíficas del entorno local, con más de una veintena de obras publicadas en los últimos tres años sobre temas muy variados como el abuso de estupefacientes por parte de los franciscanos o la coprofilia en Somalia, además de ser íntima de mi madre y conocerme desde niño. Las intervenciones de Santaolalla se centraron en introducirme a la audiencia.

—Rafalete era muy buen crío. Recuerdo como si fuera ayer cuando íbamos a la playa. Desde que le conté que se lo podía comer un tiburón, le dio mucho apuro meterse en el agua y se quedaba jugando en la arena. Le animaba a construir castillos de arena con el cubo y las palas, pero él hacía unas birrias nefastas. Desde bien pequeño se apreciaba su mediocridad y su falta de talento. Cuando había acabado, yo misma destruía sus castillos a patadas y disfrutaba escuchando sus lloriqueos. Sin duda, esto le animó a mejorarlo y esto lo ha convertido en la persona que es hoy en día. Me siento como una especie de instigadora del genio, como la descubridora de la personalidad de Rafalete… —prosiguió enumerando todos los traumas infantiles que me había causado. Después se enfrascó a repasar cada una de sus novelas, pasando de puntillas por la que se había comprometido a presentar.

Sacacorchos, por su parte, era el responsable de la sección de deportes del diario digital ChismesInfundados.es y antiguo compañero de la facultad. Consiguió acabar la carrera sin pisar un aula universitaria. El turno de este se limitó a narrar algunas de nuestras peripecias durante los jueves universitarios. En la parte donde más se extendió fue en cómo me había utilizado de escudo para ligar con otras muchachas, bestias y otros personajes de la noche. Finalmente, como periodista de raza, entró a valorar la novela.

—Está muy bien escrita. Se nota que mi amigo Guadalmedina es un máquina, un puma, un titán de la literatura española. Los personajes son la hostia. Me gusta mucho el protagonista, porque al final tiene como carisma y bueno… El final… ¿Qué decir del final? ¡Madre mía, qué final! Qué tiemble el Cervantes ese —concluyó.

Cuando por fin fue mi turno de palabra y procedía a explicar los pormenores del proceso de creación, guiar algunas interpretaciones y un par de chistes con Jaimito de protagonista, el tabernero intervino para apremiarnos a terminar pues en una hora tendría lugar la celebración de un curso de adiestramiento de cotorras. Por fortuna, el local estaba abarrotado de amigos, conocidos y curiosos que agradecieron la llegada del final. He de confesar que en este tipo de actos me cuesta especialmente reparar en la audiencia. Prefiero mirar al infinito. Es como si al mirar a algún ser conocido tuviera miedo de que se me fuera a caer el antifaz de escritor, como si mi personaje no resistiera su enfrentamiento al mundo real.

La sinceridad de mi padre me reveló que, a pesar de las excentricidades de los presentadores, el acto se podía considerar todo un éxito.
—Hijo, es la primera vez en mi vida que no me siento abochornado por ti —me dijo mientras me daba un largo abrazo.
—¿Eso quiere decir que estás orgulloso de mí, padre? —repliqué emocionado.
—No, hombre, tanto no.

A pesar de todo, el ambiente entre los asistentes era distendido y estos se volcaron comprando bastantes ejemplares. Mientras el público daba cuenta del piscolabis que el tabernero había preparado a base de chóped, mortadela y cabeza de cerdo, en una mesa fui recibiendo a cuantos querían una copia dedicada. De pronto una chica desconocida, de un aspecto angelical y con un tono suave, se presentó ante mí.

—Hola, Rafa, ¿te acuerdas de mí? Soy Sara, íbamos juntos a la guarde y luego fuimos al cole del barrio. Bueno, claro, hace muchos años…
—Mmm… La verdad es que… Eh, pues… Verás… Eh, ahora no caigo —acerté a decir. Podría parecer un tanto sobrado, pero hay veces que es casi imposible adivinar quien está al otro lado del libro y sostener el bolígrafo al mismo tiempo.
—Sí, claro que te acuerdas. Tú y el resto de la clase me llamabais Sarita ‘la ratita’—. Con esas señas la identifiqué en un instante. De niña Sara tenía un aspecto desgarbado, un cuerpo canijo y dos paletas separadas. Quizá yo mismo le había puesto ese mote, lo cual probablemente le hubiera brindado ciertos complejos, entregarla a la marginalidad y quién sabe cuántos problemas psicológicos derivados. Veinte años después Sara se había convertido en una mujer atractiva y rebosante de simpatía. Para sacarme del apuro se presentó por allá la escritura.
—Creo que te confundes de persona, Sara. No fui compañero tuyo del colegio, ni de la guardería. Y ahora si no te importa tengo que firmar libros, es mi presentación, la gente ha venido para estar con el escritor…
—¿Qué dices, chalado? Me acuerdo perfectamente de ti y cómo te burlabas de mí.
—No, yo soy Rafalé Guadalmedina, un alter ego. Soy escritor, un artesano de la palabra, un contador de cuentos, alguien que utiliza la escritura para dar vida a historias que nadie necesita leer. Tú te estás refiriendo a la persona que hay detrás del alter ego. Vaya, el alter ego del alter ego, el que tiene DNI, lugar de nacimiento y responsabilidades legales y penales. No obstante, esto es literatura, Sara. Tienes que separar al autor del narrador, a la persona del personaje, a la realidad de la ficción. Quiero decir que sí, que soy yo, hay cosas que se parecen a mí o que están inspiradas en mi yo real, pero en el fondo no soy yo. Es algo sutil, Sara.
——Creo que sigo sin entenderlo. Bueno, qué más da. ¿Me firmas la nalga derecha? Porfa, di que es con amor para Sarita ‘la ratita’.

Aunque fuera contra todos mis principios, accedí a estampar mi nombre con rotulador permanente en la tersa piel de mi compañera de la infancia. Ella se subió la falda y se apartó la ropa interior con total naturalidad delante del resto de la audiencia. No se trataba de una cuestión de pudor por mancillar una parte tan íntima, sino porque detesto que me dicten que he de escribir en la dedicatoria. Una nueva prueba de que nadie me tomaba en serio y aquello empezaba a tocarme la moral.

A falta de unos minutos para que empezara el curso de adiestramiento de cotorras y las aves atestarán la taberna, uno de mis amigos me mostró una conversación de WhatsApp. En ella se apreciaba una fotografía de la presentación a la que un tal Alonso había replicado con el mensaje «Cualquiera es escritor». Se trataba de Alonso Sanmartín, nuestro profesor de lengua y literatura de bachillerato, el mismo que había tenido la osadía de introducirnos en la lectura obligándonos a leer El alquimista, El guardián entre el centeno y Dios vuelve en una Harley. Aquel mensaje, aunque probablemente correcto en cuanto a que cualquiera puede escribir diez frases y editar un libro, pago mediante, me enfureció. Somos incapaces de alegrarnos por los éxitos de los demás, cualquier victoria es sinónimo de recelo y nos armamos de argumentos para desprestigiarlo y convencernos de que todo fue una cuestión de suerte. Así que tomé el teléfono móvil y apreté el botón de grabar un audio.

—¿Qué tal, Alonso? ¡Cuánto tiempo! Sí, fíjate, cualquiera es escritor ya. No obstante, me gustaría que supieras que esto no ha sido un capricho momentáneo, que llevo años fantaseando con la idea de publicar un libro. He invertido mucho tiempo en escribir, corregir y buscarle un acomodo editorial. Además, ha sido una apuesta del sello arriesgada y hay que valorar que… —En ese momento detuve aquel discurso plagado de autoconvencimiento hacia ningún lugar. Mi yo escritor podía detenerse a suplicar lecturas, a reforzar su imagen o a arrastrarse por un segundo de fama. Sin embargo, mi verdadero yo estaba exhausto y decidió tirar por la tangente. Así pues, borré el audio precedente y preparé uno nuevo—. ¿Sabes lo que te digo, Alonso? Que sí, que llevas razón, que cualquiera puede escribir un libro. Pero, ¿sabes qué? Que cualquiera me puede comer los huevos.

Acababa de renunciar de un plumazo a la apariencia. Tantos años de trabajo duro, promoción y zurcir mi disfraz de impostor se habían ido al garete por un arrebato infantil. Para celebrarlo tomé un vaso de cerveza caliente y me refugié entre los domadores y las cotorras. Esa misma noche llamaría a la editorial para cancelar el resto de presentaciones. Además, compraría los manuales para preparar la oposición de conserje. A los pocos minutos, el mismo amigo de antes volvió hacia mi posición para reclamar mi atención.

—Dice Alonso Sanmartín que le firmes dos ejemplares. Y que le escribas eso de que cualquiera puede comerle…

La presión me había desnudado sin apenas esfuerzo. Los volúmenes de la caja habían desaparecido. Sin embargo, ahora disponía de mucho más espacio en la maleta para reprender el camino de este escritor hacia ningún lugar.

*Cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad

*Esta es la cuarta parte de Los primeros compases del escritor
*Esta es la cuarta parte de Los segundos compases del escritor
*Esta es la cuarta parte de Los terceros compases del escritor
*Quinta parte en Los quintos compases del escritor

Sólo nos queda la pose
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9 respuestas a “Los cuartos compases del escritor

  1. Siempre es un gusto leerte. Espero que te vaya bien en el mundo editorial… si eso es posible. Sea como sea, si tienes éxito espero que sepas campearlo bien y si no es así, pues lo mismo. Al final las cosas son como uno se las toma y tienen la importancia que uno les da.

    En fin, la literatura es hermosa, lo que se hace con ella quizá no tanto. Como decía el viejo Sturgeon: «Es cierto que el 90% de la ciencia ficción es basura, pero no es menos cierto que el 90% de todo es basura.» Creo que ese porcentaje hoy es mayor aún, pero bueno siempre quedarán algunas líneas buenas por ahí escondidas. Como por ejemplo en tu blog.

    Y si el talento literario desaparece del todo, cosa que cada vez me parece menos imposible, siempre nos quedarán los maestros del pasado. O eso espero.

    Salga como salga la cosa, que te vaya lo mejor posible. ^^

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    1. Efectivamente, en todo ese proceso histérico de postureos y apariencias donde lo menos importante es la literatura, todo cambia respecto a la propia consideración de uno mismo. Aparte de estas palabras, me gusta pensar que salgo sin expectativas para curarme de una eventual frustración.

      Mil gracias por tus ánimos y amables palabras, compañero. Un fuerte abrazo. Adelante!

      Le gusta a 1 persona

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