Relatos

Tinta en espera

A falta de media hora para las dos, José Saravago despierta. En comparación con el resto de días, podría afirmarse que el escritor ha madrugado. No es para menos, Saravago se ha propuesto rematar su ansiada ópera prima, titulada El dulce crepitar de las pelusas. A decir verdad, las musas le susurraron primero el título y después tomó prestada una trama cualquiera.

Antes de sentarse a retorcer palabras y a perfilar el carácter de sus personajes, toma un café revisando sus redes sociales. Dispone de una legión de seguidores compuesta por lectores fieles, escritores con ínfulas y alguno de renombre. A juicio de Saravago, estos últimos gozan de una celebridad inmerecida fruto del amiguismo o la mercadotecnia. En un alarde de ingenio cavila una revelación con la que reivindicar su talento. «Buen día amiguis de las letras. Un reto: escribir un microrrelato de terror psicológico con la palabra torrezno», publica en una plataforma de mensajes cortos.

Aunque debería centrarse en terminar la novela con la que traspasará los anales de la literatura universal, la consecución de varios certámenes literarios, ventas millonarias y la aclamación de crítica y público, José Saravago opta por colocar más yesca en la hoguera de la apariencia. Toma el recopilatorio del IV Concurso sobre el gruñido del cerdo turolense, en el que resultó finalista por el texto La desdicha del gorrino cantarín, posa junto a él y sube la instantánea a Instagram.

Debido a la extenuación, pasada media hora de las dos, José Saravago da por fructífera la mañana de trabajo. Pide un kebab mixto mediante una aplicación de comida a domicilio y se sirve una copa del champagne que gorroneó en la presentación de la última novela de Miguel de Ovejuno. Saravago le ha dado varias oportunidades a La melopea del eremita, pero la encuentra falta de ritmo, sostenida por un argumento simplón y un final previsible, por no hablar de su grandilocuencia forzada y su gusto pueril. No entiende porqué se alzó con el Premio de Prosa del Municipio de Fuertecalufo. «Malditos jurados corruptos», brama mientras coloca el libro, con dedicatoria manuscrita por Ovejuno, para apuntalar una pata del sofá. En su blog, no obstante, se deshizo en elogios procurando cultivar una amistad para nada interesada. «…Ovejuno encarna la clarividencia de Cervantes, la profundidad de Galdós y el estilismo de Cela…», escribió desconociendo la obra de dichos autores.

Terminada la digestión y una siesta generosa, Saravago se siente rebosante de energía y lucidez para emprender la redacción. El borrador inconcluso de El dulce crepitar de las pelusas está colmado de anotaciones del estilo de «Maravilloso», «Qué derroche alegórico» o «Las palabras flotan como una pluma al viento, ¡qué vello!» Diez minutos después recibe una llamada. Es un número desconocido. A Saravago le inquieta que sea el casero reclamando las mensualidades atrasadas. «Estoy esperando cobrar las regalías de la novela. Te pagaré cuando las tenga y luego dejaré este cuchitril que desmerece la presencia de un futuro Nobel», berrea. Sin embargo, se trata del periodista encargado de la sección cultural de El Fisgón, el noticiario local. Quiere entrevistar a Saravago y de paso aclarar por qué éste ha atestado su buzón de correo suplicando atención.

Súbitamente, Saravago adopta un tono cortés para profundizar en su carrera y legado. Cuando el reportero da por concluida la conversación, el escritor desliza una exclusiva: «Hay grandes editoriales interesadas en mi nueva obra. Humildemente pienso que supondrá un antes y un después, la expiración del tedio y la monotonía que ensombrece a la literatura patria». Tras colgar, Saravago cuenta en sus redes que se muere de ganas por soltar una bomba informativa. Aprovecha para comprobar que sus publicaciones han cosechado cientos de likes y respuestas. Las rehúye para que no se atrevan a influenciarle.

La mente de Saravago parece agotada. La dedicación a la literatura merece un descanso. Mañana, a falta de media hora para las dos, José Saravago despertará y, si las musas lo encuentran, la tinta consumará la espera.

Relatos finalista de la IX edición del certamen Madrid Sky.

6 respuestas a “Tinta en espera

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