Reseñas

El emperador de los helados — Jorge Morcillo

Últimamente vivo con demasiado ruido a mi alrededor. Es un sonido tan constante que se ha tornado inapreciable. No tengo muy claro que este entre mediante el oído, más bien diría que se ha clavado en mi cerebro. Juro que en alguna ocasión he pensado reducirlo, pero siempre encuentro algo mejor que hacer y acabo posponiéndolo a mañana, después del verano o tras el apocalipsis, según me dé. A veces me contento con tener consciencia de la existencia del ruido. Desconozco si soy el único que lo aprecia o si el del resto de personas es más intenso o agudo. Con ese alboroto de fondo me he atrevido a leer El emperador de los helados, mi primera aproximación a la obra de Jorge Morcillo, publicado por la editorial Niña Loba. Entre el ruido y lo indómito de la propuesta, desconfío de mis impresiones.

Conocí a Jorge Morcillo, alias Cálamo y autor del blog Las ruinas del cálamo, mediante RRSS. En estas, el autor gaditano trasmite un aura de misterio y erudición que genera curiosidad entre el resto de compañeros. La portada de El emperador de los helados, con la representación del burlón Falstaff de Shakespeare, acrecienta las expectativas. La obra recopila una serie de relatos estructurados en tres partes bien diferenciadas, con especial predilección por retratar satíricamente a los personajes que deambulan por el mundillo de la cultura. El esperpento y la originalidad cimentan el eje de las narraciones.

En estas cabe destacar el uso predominante del recurso epistolar y una suerte de escritura aparentemente automática. Los narradores lanzan una verborrea ilimitada y espontánea, fluida, que engancha a las pocas páginas y que consigue entablar una relación cercana con el lector. Una familiaridad tan cercana que, a pesar del ruido, en ciertas ocasiones temía que los personajes se escaparan de las páginas y se me aparecieran en las más insospechadas situaciones. Después de conseguir embelesar en los primeros relatos, fue en Escribir o escarbar —obra cumbre del volumen— donde empecé a preguntarme si estaba frente a un genio o a un loco, si lo que estaba leyendo era una tomadura de pelo o algo que mi torpeza lectora no era capaz de asimilar. Reconozco que ese filo tan delgado y, al que todo buen escritor que se precie aspira al menos acariciar, es muy incómodo de soportar para todos los que somos presas de la inmediatez y la dureza de mollera.

Pasado el ecuador de El emperador de los helados, se suceden relatos que muestran un sello narrativo heterogéneo, pero cuya coherencia respecto al resto del conjunto se me hace difícil de encuadrar. De nuevo el ruido acudió para mi desesperación y despaché las sucesivas lecturas sin tener muy claro qué era lo que había leído. A esto contribuye la predilección por estructuras no lineales o, en ocasiones, la amalgama de personajes que aparecen en pocas páginas. Un elemento común a los relatos ambientados en el entorno artístico es la cantidad de referencias clásicas, con menciones a Bernhard, Rulfo y Montaigne en el caso de la literatura.

Por último, otro aspecto que llama especialmente la atención de El emperador de los helados es su profundo carácter reivindicativo. Se desprende una crítica total al sistema, tanto a nivel político, como social y económico. Como genial contrapunto emerge el mismo protagonista de Escribir o escarbar, un cineasta que se refugia en un castillo del éxito y la estupidez que tiene secuestrado al populacho. No obstante, si bien hay arrojo y potencia en las formas, se me antoja que el fondo, con permiso del ruido, se decanta inconscientemente por la generalidad y la monotonía.

Es El emperador de los helados una de las obras más arriesgadas que han pasado por mis manos y, probablemente, Jorge Morcillo uno de los autores más auténticos. Brindo por el entusiasmo que desprende su obra. Lástima no disponer de un botón de silenciar.

11 respuestas a “El emperador de los helados — Jorge Morcillo

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