La Cuarentena De Los Necios · Vida Moderna

Los sextos compases del escritor

Los compases del escritor empezaban a entonar el son del final. Paradójicamente, estos no hacían amago de rebajar su intensidad o suavizar su tempo, sino que el rumor era cada vez más ensordecedor y el ritmo parecía imprimido por el diablo. Todo parecía indicar que de un momento a otro ocurriría el estruendo que antecede al silencio, a la calma y a la paz que todo escritor necesita para proseguir con su carrera hacia ningún lugar. No es que me asustara una vida bailando la danza del impostor, pero si pretendía alargar el baile tendría que volver a hilar palabras y enhebrar historias para dilatar el beneficio de la duda. Tras un proceso de años fantaseando con escribir una novela, planificando, redactando, aderezando, batallando, corrigiendo, puliendo, mandándola a la basura, amándola, odiándola, sugestionándome acerca de su calidad, buscando editorial, despachando y publicando, el ruido me había arrebatado cualquier atisbo de creatividad. En todo aquel proceso no había germinado ni una historia en mi mente. Tampoco recordaba haber plantado una semilla. Los compases del escritor me habían secado el cerebro.

Antes del silencio me aguardaba una doble cita. La presentación de la novela en la capital tendría lugar mientras a escasos metros se celebraba la gala del certamen literario De Madrid al cielo, en la que una de mis composiciones había sido seleccionada finalista. A continuación se festejaría un banquete por todo lo alto en honor a los premiados, el jurado, acompañantes, poetas apátridas y otros personajes de relajada calaña. Las bases de la convocatoria eran firmes, el reconocimiento exigía la asistencia presencial. Para cualquier persona con un mínimo de raciocinio la alternativa era clara: asistir a un evento o al otro. Sin embargo, a aquellas alturas, mi raciocinio ya debía estar de vacaciones. Las circunstancias merecían una resolución de mayor envergadura. Asistiría a ambas celebraciones. Para ello, la estratagema más sensata era buscar un ente que me suplantara. Total, muy poca gente del ambiente conocía mi verdadera identidad, más allá de mi gusto por las camisas floreadas. Un parado, un indigente, un preso que estuviera de permiso o un opositor emergían como las opciones más seguras. Probablemente ninguno fuera a hacerlo por amor a la literatura y quisieran esquilmarme parte de los beneficios, máxime si se vendían muchos libros o si me alzaba con el primer premio y su consiguiente dotación económica.

De esta forma, pensé que lo mejor sería fabricar una especie de títere que se hiciera pasar por mí. Cierto es que mi relación con las artes plásticas se podía resumir en mi padre apoderándose de mis tareas para que mi torpeza no mancillara el honorable apellido Guadalmedina o en la profesora de dibujo artístico llevándome a la psicóloga porque intuía que sufría algún tipo de desequilibrio. Unos periódicos viejos, un poco de escayola y cartón bastaron para levantar una suerte de espécimen humano. Con restos de plastilina y unos bolígrafos de colores le perfilé el rostro y le infundí un estilo refinado. La dificultad de hacerlo hablar sería solventada por una faringitis o por la locuacidad de mis compañeros. Estaba satisfecho con el resultado, pero era lógico sospechar que alguien podría darse cuenta de la farsa. Necesitaba una prueba fehaciente de la credibilidad del pelele. Así pues, llevé el muñeco a la empresa y lo senté frente al ordenador, como yo hacía todas las mañanas. A las pocas horas recibí una mensaje del director del proyecto. Temía que mis ínfulas como escritor personificadas por el títere hubieran entrado en conflicto con mi trabajo. No obstante, el director me felicitaba por mi productividad y el buen talante que mostraba. Supongo que sin pasar horas conspirando junto al resto de la plantilla, no echando la siesta borreguera encerrado en el cuarto de baño y no yendo a la cafetería diez veces, mi muñeco había conseguido ser mucho más eficiente que su creador. También mandé al muñeco a una conocida discoteca de la capital. El sufrido lector me disculpará por omitir dicha subtrama, ya que no pretendo abocar a este relato al abismo del erotismo más pecaminoso, así como no generar un debate sobre la unión entre humanos y muñecos imitadores de humanos.

Eufórico por el éxito de mi plan, me encontré con el problema de adónde enviar al muñeco: a la gala o a la presentación de la novela. Ambas opciones ofrecían pros, contras y sendos calentamientos de cabeza que estaban a punto de hacerme colapsar. Así pues, me decanté por la solución más sencilla. Fabriqué un segundo pelele. Descansaría de presentaciones y certámenes literarios y reservaría mis esfuerzos para mostrar mi mejor versión en la cena y posterior celebración rodeado de otros escritores de postín y personas influyentes del mundillo. El nuevo títere resultó idéntico al primero, salvo por el detalle de que al quedarme sin escayola, tuve que perfilarle unas piernas muy finas y cortas. Cuando llegó la tarde en cuestión, los enfundé en sus respectivas camisas florales de mercadillo y los envié a la incierta tarea de representarme en ambos eventos.

Mientras mis títeres llevaban a cabo su función, volví a sentarme en el escritorio para buscar sosiego y alumbrar un relato decente. Cafeteras que querían transformarse en teteras, olivos que se rebelaban contra sus aceituneros y un dictador vegano que mandaba sin piedad a todos los carnívoros a campos de exterminio fueron algunos de los argumentos que me vinieron a la cabeza. Todas aquellas ocurrencias me parecían tan brillantes que temía que se echaran a perder al rozar la tinta y el papel. El bloqueo se tornó en nerviosismo y después en frustración. No tenía más remedio que recurrir a la consabida fórmula de dar vida a un nuevo monigote y dejar que él se encargara de escribir por mí. Fabricado e instruido el tercer pelele, me retiré por fin a disfrutar de la verdadera vida de escritor. Me pegué una siesta de tales dimensiones que al despertar no sabía muy bien en qué siglo me encontraba. Por entonces el muñeco llevaba varias páginas escritas y parecía sumamente concentrado en su tarea. Así pues, me enfundé una camisa floreada y me enfilé a asaltar el banquete.

Llegué a la vez que la marabunta procedente de la gala hacía acto de presencia en las inmediaciones del restaurante. Para mi asombro, mi pelele se había granjeado cierta popularidad entre el resto de escritores. Iba en volandas mientras la muchedumbre le jaleaba sus ocurrencias y secundaba cánticos inventados por este. «Epíteto, epíteto, epíteto, hemos venido a figurarnos y el relato nos da igual», gritaban excitados. Por un instante pensé que quizá aquella euforia fuera fruto de haber vencido el certamen De Madrid al cielo o que quizá algún agente literario quisiera reclutarme para su plantilla. A continuación me interné entre la multitud y conseguí arrancar al títere, lanzarlo al contenedor y alzarme sobre las masas para suplantar su identidad. Debió ser cosa del peso o de la falta de olor a pegamento, pero mi presencia disipó el entusiasmo de un plumazo.

Creí que sería acertado reponer fuerzas antes de despachar con el resto de literatos. Lo bueno de moverse en un círculo artístico es que el alcoholismo, el ansia por los canapés rancios y otros trastornos obsesivos compulsivos se camuflan con suma facilidad. No es que la comida ni la bebida fueran para tirar cohetes, pero si uno está en primera línea de batalla puede compensar la calidad con la cantidad. Repuestas las energías e impulsado por la euforia del vino peleón, me lancé a la socialización. Lo fundamental de este tipo de eventos es equilibrar la obligación de hacerse de notar con el sentido del ridículo. Además, uno debe aprovechar los altibajos de la conversación para introducir una pequeña falca sobre su obra, sin caer en la pesadez, despertando el interés de forma natural. Por si el interés cuajaba, me había hecho acompañar de una mochila con una decena de ejemplares de mi novela.

Sin embargo, mi incursión en los diferentes círculos resultó estéril. «Nunca hay que leer libros de autores primerizos. Y mucho menos por compromiso. De hecho, no hay que leer nada que se haya escrito después de 1876», me confesó Camila Acostarte, ganadora de la edición anterior. «Los escritores de verdad son los que no se dejan seducir por la publicación. Publicar se ha convertido en un acto obsceno, pornográfico, un insulto al buen sentido estético. Me flipa la prosa de Tomás de Tomás, un autor inédito que vive en una cueva de las afueras», afirmó Cayetano Benjumea, miembro del jurado y editor de un afamado sello comercial. «A mí toda historia que no se pueda sintetizar en diez o doce palabras me parece un abuso de confianza. No soy capaz ni de retener mi propia orina, imagínate una historia larga», dijo Lorena Miranda, quien se había alzado con el galardón de De Madrid al cielo por un relato sobre una escueta y sobria narración acerca del proceso de reproducción de las células eucariotas, copiando sin disimulo a la Wikipedia.

De repente se armó una pequeña trifulca en el salón. Al parecer, mi pelele había regresado de los escombros y exigía su cota de protagonismo y alcohol barato. Uno de los camareros se había olido la jugada y exigía explicaciones a la organización por tener a dos seres arrasando el banquete al precio de uno. Antes de que la situación se volviera insostenible y mi reputación se mancillara aún más, escapé de la fiesta. Al salir del restaurante, el muñeco me abordó por la espalda. «Oye, tú, déjame los libros que has traído. Ya verás como cuando todos estos escritores del tres al cuarto vayan como mecederas, los coloco en un santiamén. Eso sí, yo me llevo un 75% y tú un 25%. Es lo justo. Ah, por cierto, no te lo dije, pero tu relato quedó tercero. No está mal para ser un pelele. No me esperes despierto, hay una poetisa jubilada que se acaba de poner dentadura nueva. Y ahora, vete y no vuelvas por aquí».

Aunque acababa de constatar que me había convertido en el títere de un títere, estaba feliz. No sólo la gala había salido a pedir de boca, sino que el muñeco que me había suplantado en la presentación de la novela también lo debía haber hecho razonablemente bien. Tenía varios mensajes de mi editor que apuntaban a la preparación de una segunda edición y una nueva ronda de presentaciones. Seguramente el segundo muñeco estuviera en algún subterráneo o alcantarilla bailando alegremente los compases del escritor. El inevitable silencio debería esperar uno o dos bises.

Cuando llegué al establo que tenía por hogar, me topé con el muñeco que había dejado escribiendo. Agotado por el esfuerzo, se acercó hacia mi posición y me deslizó su composición. Tras leer unas líneas, descubrí que el pelele no había entendido ni una palabra de la trama que le había propuesto. El nudo se mezclaba con el desenlace y el desenlace con el planteamiento. Además, la redacción era enrevesada, el léxico apuntaba una grandilocuencia que ponía en tela de juicio el elevado número de errores gramaticales. Quizá unos muñecos pudieran suplantarme en el circo de la literatura. No obstante, suplantar la habilidad de escribir una historia y trasmitir emociones resultaba aún una quimera.

*Cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad

*Esta es la sexta parte de Los primeros compases del escritor
*Esta es la sexta parte de Los segundos compases del escritor
*Esta es la sexta parte de Los terceros compases del escritor
*Esta es la sexta parte de Los cuartos compases del escritor
*Esta es la sexta parte de Los quintos compases del escritor

14 respuestas a “Los sextos compases del escritor

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