Reseñas

El hijo del chófer — Jordi Amat

Fui un niño pedante. A pesar de serlo, la forma en que descubrí aquel término ponía en tela de juicio mi carácter. Fue una clase de religión de finales de curso, con el Nuevo Evangelio a medio repasar, a la profesora se le ocurrió un juego inocente: describir a los compañeros con un adjetivo en una cuartilla que íbamos pasando de unos a otros. Cuando por fin volvió a mis manos el papel con mi nombre la palabra pedante se repetía de forma clara. En un primer lugar me sentí triunfante, pues aquella palabra tan retorcida debía significar algo grandioso. Cuando la encontré en el diccionario, una vez terminada la clase, me molesté. ¿Qué clase de psicópatas tenía por compañeros de religión? Con el tiempo acepté que la descripción me venía al pelo, aunque quizá listillo fuera más apropiada. Corregir a profesores en público, no dejar que mis compañeros copiaran mis deberes y, sobre todo, tener la sensación de que lo que me contaban en clase formaba parte de una cantinela cientos de veces repetida eran algunas de mis cualidades.

Aunque descubrí a tiempo, o más bien me hicieron descubrir, lo infinita de mi ignorancia, algo queda en mi yo lector de aquel niño pedante. Aborrezco las historias que me parecen haber leído anteriormente. Esa sensación me ha embargado en la lectura de El hijo del chófer de Jordi Amat, una radiografía del entramado mediático de la España postfranquista hasta nuestros días. Un análisis por unos sabido y señalado como trasnochado por otros. En particular, la obra se centra en la biografía de Alfons Quintà, uno de los primeros periodistas que se dio cuenta de que los medios de comunicación son un elemento necesario para la existencia del sistema y que, por ende, los directivos de medios ejercen un poder similar al de políticos y grandes empresarios. Por desgracia, nuestro antihéroe se pasó de frenada y olvidó que el poder de las facciones política, mediática y empresarial no se puede manejar, sino que requiere el impulso hacia la inercia de la perpetuación.

En ese sentido, Quintà inicia una debacle espoleada por la sed de venganza hacia quien le había aupado hasta la dirección de TV3, Jordi Pujol. Jordi Amat deja a las claras el mesurado equilibrio entre los poderes, cómo los medios de comunicación tratan de acialar la opinión pública, cómo los partidos políticos ejercen su influencia en estos y cómo la ambición desmedida es una de las armas más destructoras en manos del hombre. Con un estilo periodístico aséptico plagado de frases certeras y cortas, la lectura de El hijo del chófer se vuelve una auténtica delicia.

Lo que más le molesta a ese niño pedante es que parece que gran parte de la clase conozca este proceder y les siga dando igual, que pasemos el día sumidos en debates efímeros y estériles, que hayamos renunciado a ejercer el poder popular y refrendemos el sistema de forma casi religiosa. Lo mismo por eso, aunque moleste a los niños pedantes, hay que repetir la cantinela y lo mismo por eso siguen siendo tan útiles aportaciones como la de El hijo del chófer.

3 respuestas a “El hijo del chófer — Jordi Amat

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