Reseñas

De juzgados y sombras – Víctor Ayllón

En alguno de nuestros encuentros, le comenté a Alejandro Santiago —editor de Nazarí— que los autores del sello debíamos hacer un poco de corporativismo. Si lo hacen las editoriales más relevantes, por qué no lo íbamos a hacer los modestos. Los escritorzuelos de medio pelo poseemos un talento innato para crear las excusas más bochornosas para granjearnos unas ventas y, con inestimable suerte, algunas lecturas. Conozco a alguno que del funeral de su madre se ha traído una urna con cenizas y una legión de fieles lectoras. Lástima, la mía goza de buena salud. He de admitir que cuando firmé con Nazarí no había leído ninguna de las más de doscientas obras que a lo largo de casi una década de actividad ha editado el sello granadino. Dicha singularidad puede ser un interesante tema de debate, pero prefiero omitirla y centrarme en redimirme cuanto antes. Para ello he hecho acopio de un puñado de novedades y la primera que he degustado ha sido De juzgados y sombras firmada por Víctor Ayllón. La trama arrima al lector hacia las grietas de la sociedad actual y, de rebote, lo hace en las grietas de cada cual.

Apenas me ha durado unos días la lectura. El estilo directo y la sucesión de capítulos efímeros ha despertado en mí un interés voraz. De juzgados y sombras cuenta en primera persona la historia de Daniel Dorado, un funcionario del juzgado de violencia de género que roza la cuarentena y se encuentra varado en el desierto entre la juventud y la madurez. Dentro de una espiral de autodestrucción espoleada por el alcohol y los estupefacientes, Daniel ultima un manuscrito que recoge algunas de las historias de agresiones y vejaciones más salvajes que la audiencia haya presenciado. A medida que avanza el relato, el protagonista comienza a escarbar en recuerdos de su juventud a modo de flashbacks.

Aunque en la recta final presente y pasado convergen en forma de reencuentro y se cimente una suerte de trama principal, no diría que el fuerte de De juzgados y sombras sea precisamente esta línea. La estructura de la novela permite articular un puzle con multitud de piezas que, además de radiografiar la histeria existencial, permiten radiografiar a esta sociedad sumida en lo efímero, la banalidad y la superficialidad, la falta de expectativas, el engaño de un sistema perpetuado en un infinito desconocido y, mi predilección, la pasividad de los actores que conformamos el paisaje.

Me ha entusiasmado la palabra llana de Víctor Ayllón, cómo ha conseguido empapar de la sapiencia y el carácter rural a sus personajes. No es de extrañar teniendo en cuenta su biografía. También he disfrutado especialmente de que la ciudad de Granada sea un personaje más, que Daniel Dorado camine de la Fuente de las Batallas a Plaza Gracia pasando por San Antón, que en la Chana y en el barrio de Pajaritos pase algo más que el tiempo.

No está mal eso de hacer un poco de corporativismo, ni de hurgar en nuestras grietas.

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