Relatos · Vida Moderna

Zóster

Hace algunas semanas apareció en mi cara una serie de erupciones. Al comienzo no le di mayor importancia, supuse que sería fruto de una pubertad mal curada o el efecto previsible de un atracón de langostinos con chocolate. No obstante, empecé a notar que mi cara despertaba miradas y murmullos por la calle. Una señora ataviada de toquilla negra me abordó para rezar un Ave María. Sostenía un rosario entre las manos mientras clavaba su lengua en mis sarpullidos. «Es el ataque de la culebrilla, zagal, ten cuidado o perderás la vista, el oído y el olfato. Deja que te sane, zagal, deja que te rece”. Salí espantado por si se trataba de alguna especie de timo o un intento de secuestro. Me refugié en una farmacia. Para no levantar sospechas, pedí que me despacharan una caja de preservativos y un chupete. Entre tanto la farmacéutica observaba detenidamente mi cara. «Muchacho, ¿alguien te ha mirado esos granos? Ve a urgencias y que te receten algo fuerte. Si no vas a tener que pensar en comprar un parche o un ojo de cristal».

Aunque me tentaba la opción de convertirme en pirata, decidí acercarme al hospital. Era la primera vez que visitaba urgencias a cuenta de mi propia salud. Por si la espera se demoraba me llevé un ejemplar de Guerra y paz. En media hora disponía de diagnóstico: herpes zóster, una manifestación de la varicela que ocurre cuando las defensas están bajas. El facultativo me recetó un tratamiento de antivirales que sería capaz de suavizar a un león. También me recomendó un santero, pues aunque no hay evidencia científica, en las facultades de medicina está extendida la creencia de que el zóster es un virus enviado por Lucifer. Por último, me pidió que no me encariñara con las erupciones, pues se habían detectado casos de hospedadores entregado a la voluntad de sus visitantes. Debí haberle hecho caso.

Esa misma noche inicié la ingesta de antivirales. En pocos minutos caí rendido en el sofá. Al amanecer unas voces enérgicas me despertaron. Parecía como si vinieran del interior de la casa. Registré la cocina, el baño y la terraza, pero no había rastro de ninguna presencia. En el espejo descubrí que las voces procedían de las espinillas que poblaban mi cara. Estas mantenían una discusión sobre la conveniencia de cocinar con o sin cilantro. Uno de ellos, Guillaume, sostenía que había trabajo como cocinero de un restaurante alsaciano y que el cilantro era el culmen del sabor; otro, Jacques, le rebatía abduciendo que era crítico gastronómico en un diario de nombre impronunciable y que las hierbas aromáticas resultaban una vulgaridad para el paladar; el tercero, Jérôme, un veterano militar de la guerra del Peloponeso, vociferaba que tenía ganas de desayunar un capuchino y tortitas con sirope de arce. Sin interceder en la polémica, me dirigí a la cocina y preparé un desayuno para los huéspedes. Los granos devoraron con avidez las tostadas, el zumo y el café. Ignoraron mi presencia y prosiguieron su fiesta contratando a dos leones marinos para que lucharan en el salón hasta la muerte.

Al principio no se preocuparon en integrarme al grupo. Me conformaba con el ruido de fondo y que este me permitiera ahorrar en pilas para la radio. Pronto me acostumbré a la presencia de los granos y a sus impredecibles discusiones, extravagancias y exigencias. Guillaume era un fumador empedernido y se ponía especialmente violento si se le acababa el tabaco. Una madrugada me sacó de la cama y me obligó a buscar un estanco donde comprar puros dominicanos. Por su parte, Jacques se empeñaba en que lo llevara a la biblioteca del círculo de masones. Pretendía demostrar que era descendiente directo de Napoleón y demandar a la casa Bonaparte para obtener algún tipo de pensión vitalicia. A Jérôme, el veterano militar, le obsesionaba la idea de encargar descendencia. Así que tuve que acompañarle a decenas de citas con mujeres cubiertas de granos. Previamente, mi zóster las había contactado mediante una aplicación móvil específica para espinillas.

A mitad de semana la medicación hizo efecto y las erupciones se fueron secando. Conscientes de su destino, la actitud de los granos se dulcificó. Intentaron convencer a una curandera para que me visitara y abandonara mi tratamiento, pero entre los tres apenas sumaban un puñado de francos y maravedíes. Finalmente, llegaron a la conclusión de que la única posibilidad de sobrevivir era suplicar clemencia. Las voces impetuosas de Guillaume, Jacques y Jérôme se fueron apagando hasta convertirse en hilillos inaudibles.

Hoy he tomado la pastilla que completa el tratamiento. He superado el herpes zóster. He salvado mi vista y oído y no he dilapidado mis ahorros en curanderos y santeros. Ahora me invade la soledad y no sé si en urgencias tendrán algún remedio.

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5 respuestas a “Zóster

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