Relatos · Vida Moderna

Todos los caminos (Parte I)

Probablemente, la curiosidad sea el motor que impulsa al ser humano con mayor determinación. Ha sido la curiosidad capaz de motivar los principales descubrimientos científicos, así como esbozar las obras de arte más maravillosas que se hayan podido nunca imaginar. En un nivel más cotidiano, tiene el poder de desarrollar el carácter y el conocimiento de todos los seres vivos, impresionarlos cuando sienten el desafío de lo desconocido y engañar al hambre del alma. Sin embargo, un arma tan potente como la curiosidad puede desencadenar los mayores desastres, arruinar felices y tranquilas existencias, herir los cuerpos lozanos, enfermar a los saludables o, en la peor de las coyunturas, matar despiadadamente. En mi humilde caso no sé dilucidar si la curiosidad optó por destruirme o si acudió a tiempo a mi rescate. Los relatos no saben juzgar por sí solos. Es la interpretación del lector la que tiene la potestad de hacerlo.

Todo se desató en la celebración de mi treinta aniversario. En el coqueto chalé que mis padres tenían a las afueras, nos reunimos familiares, amigos y compañeros de trabajo en torno a una pata de jamón de bellota, unas ascuas sobre las que se asaba un cordero segureño y una selecta variedad de fermentados y destilados. Por aquel entonces ejercía como profesor de física y química en el instituto público del barrio, lo cual me proporcionaba un bienestar nada despreciable y, como solía decir mi abuela Hortensia, una vida resuelta. Disponía de una vivienda modesta con dos habitaciones y un cuartucho que hacía las veces de aseo, baño y sala de baile. No estaba ubicada muy lejos del centro. La adquisición contó con el beneplácito de un banco que había creído a mi posición social merecedora de una hipoteca. En el acuerdo figuraba mi nombre junto al de mi esposa, Valeria, con la cual acababa de contraer matrimonio en una ceremonia en la que no había tenido voz ni voto. Mis suegros habían exigido que nos casara Don Eutiquio, el mismo párroco que ofició su casamiento décadas atrás; mis padres que el convite se celebrara en Venta La Seca, lugar al que acudíamos todos los domingos a comer bocadillo de blanco y negro desde que tenía uso de razón; y Valeria que aprovecháramos la luna de miel para subir los dieciocho picos de más de 1200 metros que atesoraba nuestra provincia.

Mi mujer poseía ciertas excentricidades que la hacían especial. Coleccionaba paraguas que encontraba en los contenedores, se pasaba horas buscando el ángulo perfecto para retratar su corva izquierda y le encantaba dormir adoptando la forma de una mesa de la época victoriana. Aunque también poseía la habilidad innata de asestarme la frase exacta para sacarme de mis casillas, pasado el tiempo puedo afirmar que me amaba sinceramente y que yo le correspondía como buenamente podía. En aquella época habíamos decidido dar el paso de saciar nuestros instintos reproductivos, trazando un riguroso calendario de prácticas conyugales que constantemente bordeaba el límite de la inanición.

Además de trabajo estable, un sofá donde estirar las piernas y un matrimonio aparentemente bien avenido, contaba con un flamante utilitario que nos permitía disfrutar de escapadas en un hotel de La Manga del Mar Menor o un apartotel en las faldas de Sierra Espuña. Sobre el papel, se podía decir que lo tenía todo y que el futuro me deparaba repetir sistemáticamente aquel esquema de ensueño y tranquilidad con tres o cuatro retoños, una pareja de perros de raza y un gato rasgándome la espalda y la tapicería del diván. No obstante, la idea de bucear en el abismo infinito, de que todo lo que tenía que ver y descubrir hubiese quedado anclado en el pasado, me carcomía por dentro.

Jamás había flirteado con otra mujer distinta a Valeria. Tampoco había tenido una escaramuza judicial que me hiciera apreciar el significado de la libertad. Pagaba todos mis recibos puntualmente y acudía a misa en las fiestas de guardar para, llegado el momento, estar en paz con Dios. Nunca había perdido el control de mí mismo y tampoco había amanecido en una cama desconocida. No recordaba ningún exceso, ni salirme un centímetro del tiesto. Si alguien hubiera querido consultar mi biografía, le habría llevado apenas un minuto. No había hecho una aportación relevante a la humanidad. Tampoco había escrito un puñado de palabras que mereciera la pena leer, ni tallado una obra de arte. Mi faceta de científico y docente se limitaba a pasar desapercibido y esperar felizmente la jubilación.

Podía visualizar la previsible inscripción de mi lápida: «Fue un buen hombre, pero nunca se atrevió a hacer nada». Aun obcecarme en mirar hacia otro lado, engañarme a mí mismo y abrazar a la autocomplacencia como un soldado que se despide de su amada en el muelle antes de partir a la guerra, durante aquella fiesta de cumpleaños la frustración se empeñó en darme una bofetada de realidad. Quizá el calor de la hoguera donde las chuletas se doraban, la emoción de la reunión o las burbujas del champagne precipitaran los acontecimientos.

Justo en el momento en que debía soplar las velas de una tarta de merengue y pensar un deseo a la altura de mi madurez —un pleno al quince, un apartamento en Torrevieja o disponer de televisión por cable—, apareció mi amigo Sebastián. Tal fue el asombro provocado que apagué las llamas sin decantarme por ningún deseo. El Sebastián que estaba allí representaba todo lo opuesto a mí. No se le conocía oficio, ni tenía intención de conseguir uno. Se dedicaba a viajar donde lo mecían los caprichos de las corrientes oceánicas; recorría las rutas de los camioneros que tenían a bien en rescatarlo de los arcenes; lo atraían y lo repelían las pasiones y tormentos de amores fugaces cosechados de norte a sur; y las refriegas con jueces vengadores y fiadores de medio pelo le habían otorgado el poder de volatilizarse sin dejar rastro.

Según contaba, Sebastián había sido cooperante de una pequeña ONG en una aldea de Ruanda, levantando escuelas y luchado contra la desnutrición infantil. Había participado en virulentas manifestaciones contra el cambio climático que le habían llevado tensos enfrentamientos con las fuerzas policiales y un fugaz retiro entre rejas. También había escalado el Annapurna sin material, ataviado de bermudas y chanclas; le había escrito versos a Joaquín Sabina y había inspirado novelas a Isabel Allende; había corrido en taparrabos delante de feroces leones y luchado contra osos pardos en bosques boreales; y la princesa de una tribu caníbal se había enamorado locamente de él. Es posible que en sus palabras corriera cierta dosis de exageración y fantasía, pero no cabía duda de que Sebastián era un personaje que dejaba a la altura del betún a Phileas Fogg o al mismísimo Robinson Crusoe.

Sus planes para el futuro inmediato pasaban por acondicionar y habitar una isla de plástico, buscar al verdadero Elvis Presley en un pueblo de Kazajistán y montar una barbería en uno de los cráteres de la Luna. Una vez repasada la lista de aventuras y propósitos, Sebastián pronunció unas palabras que todavía hoy resuenan en mi cabeza:

—No te puedes imaginar el mundo que hay ahí fuera —me dijo señalando el horizonte—. Es un desperdicio perdérselo y resignarse a vivir esperando la muerte.

Esa frase terminó por prender la hoguera colmada de yesca en forma de dudas y me sumió en un incendio vital. Durante varios días no acudí al instituto a dar clase. No dormía, ni comía. Tampoco podía articular palabra. El médico descartó cualquier afección. Mi mujer pidió una segunda opinión al curandero que copaba la televisión local a medianoche y este recomendó un ungüento de esperma de tigre para curar un posible mal de ojo.

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Este relato fue Tercer premio IV Concurso de Relatos Breves Ecoparque de Trasmiera

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2 respuestas a “Todos los caminos (Parte I)

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