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Responsables en Navidad

Llevo semanas trazando una estratagema para Navidad. Respetando las medidas sanitarias, mi idea era pasar las fechas señaladas con mis padres, hacer la protocolaria visita a la familia política y reunirme con viejos amigos para ponernos al día sobre antiguos trapicheos y futuras escaramuzas. Algunos de ellos no sé si siguen vivos o murieron durante este trágico año, pero el espíritu navideño también es interesarse por quien realmente no te importa.

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Bocachancladas·Vida Moderna

Adictos a la inmediatez

En ocasiones me divierto repasando obra y milagros de personajes decadentes. Supongo que es una forma de decirme “en comparación con ese cadáver andante, no estoy tan mal”. No existen paliativos para calificar esta práctica: es patética. Una diana recurrente son mis antiguos compañeros de colegio. Espío sus perfiles en redes sociales y encuentro consuelo en las barrigas que cuelgan de sus antiguos cuerpos atléticos, selfies portando a sus churumbeles en cementerios de neumáticos ardiendo o que el gamberro que machacaba al profesor de literatura se haya convertido en poeta de bragueta. Probablemente, ellos hagan algo parecido conmigo. La hipocresía es una sustancia que conviene compartirla en lugar de acapararla.

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Desorientados

No conozco mejor forma de combatir el aburrimiento que perderse. Comencé a practicar esta actividad cuando dejé el nido y emprendí un periplo incierto de cambiar de ciudad cada dos o tres años. Algunas tardes, tras calentar la silla o el sofá según convenía mi horario laboral, echaba a andar sin rumbo, tomaba autobuses y trenes al azar buscando un punto en el que jamás hubiera estado antes. Solía aparecer en suburbios perfectos para ser raptado a placer, poblaciones fantasma y parajes donde los infieles empañaban los cristales del coche. Mi diversión consistía en regresar a casa tratando de adivinar cuál sería el camino más eficiente.

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Basura y bocachanclas

Una de mis actividades favoritas es bocachanclear. No dejo pasar reuniones con amigos y abordo a desconocidos por la calle para conversar sobre cuestiones de las que no tengo la más mínima noción. La curvatura de la superficie de Venus, el creciente fanatismo de los gatos callejeros por las religiones politeístas o la influencia de la figura de Kant en el mundo del trap figuran en mi lista de cruzadas dialécticas. Barras de tugurios, celebraciones familiares y entierros suelen ser los lugares más propicios en el desempeño de esta noble afición. Tras los desencuentros, enfados y melopeas subyacentes, los participantes se retiran, mientras que los argumentos, delirios y descalificativos empleados desaparecen por el sumidero sin posibilidad de que vuelvan a reflotar.

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Capacidad de adaptación y animales de costumbres

Dicen que el ser humano ha dilapidado su capacidad de adaptación, que se ha vuelto un animal de costumbres. Es posible que así sea, pues somos demasiados como para preguntar a todo el mundo y extraer alguna certeza sobre esta apasionante cuestión o la idoneidad de practicar la masturbación con velas aromáticas.

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Tendencias de la incertidumbre

La incertidumbre no ofrece certezas, pero marca tendencia hacia ellas. Esta mañana, me he acercado al banco a solicitar la devolución de un depósito. Hacía años que no pisaba una sucursal, tantos como los que resuelvo mis desaguisados económicos pulsando un botón o pasando una tarjeta. Al llegar a la oficina de la esquina, he descubierto un cartel que advertía que la oficina estaba cerrada y la recomendación de acudir a otra situada a unos diez minutos, de la cual desconocía su existencia.

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Miedo a lo desconocido

La valentía nunca ha formado parte de mi escasa lista de virtudes. Desde que tengo uso de razón, temo por igual al silencio y al ruido, por eso siempre tengo encendida la radio como si fuera un murmullo. Cuando me topo con animales y personas desconocidas en la calle, procuro cambiarme rápidamente de acera, lo que convierte a mis paseos en figuras que desafían los axiomas de las geometrías conocidas. Me alimento tan sólo de insípida molla de pan y agua, pues me aterran los sabores picantes, amargos, ácidos, salados y, especialmente, los dulces. Podría decirse que lo conocido es el único refugio donde me siento seguro, aunque rara vez se manifiesta voluntad por extenderlo. Sin entrar en precisiones médicas, cabría diagnosticar un severo cuadro de fobia a lo desconocido.

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Juan Carlos y el cóndor real

Me proponía escribir un artículo genuino sobre la huida del Rey Juan Carlos. Además de una rigurosa documentación y un fino enjuiciamiento metafórico, ofrecía alguna anécdota secreta, como la vez en que me lo encontré en una discoteca al amanecer y el monarca, todavía en el cargo, me pidió que fuéramos juntos a un after frecuentados por bohemios, inadaptados y doncellas de moral relajada. Sin embargo, he entrado en Internet y he sido arrollado por un tsunami de comentarios, columnas de opinión y editoriales en medios y redes sociales. Quizá tengamos más alma de opinólogos que de lectores.

Por eso, he optado por escribir sobre la migración del cóndor real hacia el Caribe. ¿Sabíais que al encontrar un animal muerto, desplaza a los otros buitres que se congregan alrededor de la carroña debido a su gran tamaño y su pico fuerte? El único animal que lo puede desplazar es el cóndor andino.

El Rey Juan… Perdón, el majestuoso cóndor real.
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Nuevos creyentes

En el transcurso del Viejo Mundo, las calles deberían estar repletas de pasos, saetas y capirotes en estos días. Aunque la realidad les haya invitado a tomar un descanso, observo como personas de mi entorno se agarran a la fe. Entre ellos permanecen los devotos de siempre, a los cuales respeto por su ejemplo de constancia y determinación. Sin embargo, algunos que hasta hace poco se jactaban de no saber rezar, también empiezan a abrazar la divinidad.

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¿Solidaridad o caridad?

En estos días observo que la palabra solidaridad es más utilizada que de costumbre. A mitad de mi cuarentena leí noticias de algunos saqueos fruto de la desesperación o iniciativas populares para proteger a colectivos desfavorecidos. Participé en alguna campaña, tratando de cubrir de ayuda a todas las personas que pudiera. Me preguntaba si aquello era un acto de solidaridad o caridad. Todavía no tengo una respuesta clara.

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El Orgullo De Ser De Letras

Camaradas de letras del mundo, ¡uníos y luchad! No temáis si alguna vez sois infravalorados, no os disculpéis por vuestra loable condición, no penséis que vuestra formación está agujereada o que sois menos capaces que otros. No tengáis miedo, no estáis solos en esta lucha. Somos la mayoría y tenemos la razón olvidada en un rincón. A expensas de gritarlo a los cuatro vientos, recibiremos la merecida rendición universal. Nuestra revolución empieza por asumir el hecho, que no por tópico, adolece de credibilidad: no somos de ciencias, somos de letras y estamos injustamente subestimados. Sirva mi humilde caso como una sólida e irrefutable muestra de reafirmación colectiva.

Tuve claro que nunca sería de ciencias desde el momento en que oí aquella misma frase pronunciada por unos labios sinceros. Entonces, una especial conexión sacudió mi cuerpo y vi reflejado el estatus que el destino me había reservado. Recuerdo haber vivido aquel pasaje a una edad tan temprana que no descarto la posibilidad de que constituyera una experiencia non nata. De esta forma, estoy seguro de que mi tortuosa relación con la aritmética y mi amor por la palabra colmó las células progenitoras que me alumbraron, siendo éste un carácter en mí irreducible. Entendiendo que las teorías del destino puedan dar lugar a controversia, he trazado una sólida argumentación que prueba mi predisposición como una combinación de circunstancias externas e imposible de revertir. Tal es su grado de exactitud que podría acomplejar a las más sólidas teorías de la geometría, álgebra o a la mismísima relatividad.
He de comenzar por reseñar la genética, ente claramente no susceptible a la transformación. La composición heredada de mis padres –buena gente y mejores personas– no destacaba por su predisposición a los números. De hecho, mis padres pertenecen a ese colectivo invisible de alumnos que aprobaban el examen de quebrados gracias a los milagros de la patrona del pueblo, la caridad de los maestros y alguna que otra tajáde tocino sacada de los cerdos del cortijo familiar. Por supuesto, para mí, reclamar ayuda en casa para hacer los deberes de matemáticas quedó descartado nada más pasar de sumas y restas de números de dos cifras. Recuerdo los sudores fríos que recorrían la frente de mi padre al ver una división con decimales; o también los clásicos “No ves que estoy planchando… No ves que estoy desplumando el pavo… No ves que estoy sacándole brillo a la maquinaria del calentador” de mi santa madre, ante los cuales tuve que claudicar.

Del resto de mi familia, el mayor baluarte de la ciencia se reduce al tito Nicasio. Mi tío regentaba un humilde almacén de tornillos, clavos y roscas que disponía de una barra donde se dispensaban los mejores licores y embutidos de estraperlo del pueblo. El tito demostraba un apabullante dominio de los números al sacar a ojo el precio de un saco con miles de tornillos y clavos de diferentes tamaños entrelazados en el caos. A esto se le debe sumar la dificultad no banal de lidiar con una melopea creciente que transformaba su voz cortante en una serie de gruñidos inteligibles. Cierto es que el estraperlo producía más beneficios que el férreo, pero no se debe descartar a la ligera que por las venas de mi tío discurriera, además de orujo de contrabando, sangre euclídea o pitagórica.

Como segundo y último vínculo científico está mi primo Filiberto, que logró la nada desdeñable hazaña de licenciarse en empresariales en menos de los diez años que, según él, se sitúa la media. En Navidad siempre nos deleitaba con sus pugnas con las feroces matemáticas y los catedráticos elitistas que escupen fuego y orinan agua bendita, de las que consiguió salir airoso al cuarto intento y con nota, después de pagar a un amigo para que se presentara al examen. Años más tarde, su olfato de lince para los negocios le llevó al estrellato al abrir un negocio de migas y gachas campestres con servicio a domicilio, que cuenta con una app y anuncios en la televisión local pasada la medianoche. En un futuro no muy lejano pretende abrir un carromato andante de migas y gachas alrededor de la Torre Eiffel y uno fijo en la última planta del Big Ben, a la par que una retahíla indescifrable desborda su cuenta corriente. Del resto de mis consanguíneos se aprecia un poso latente de arte. De hecho, mi abuelo Torcuato aprendió a tocar la corneta en la mili, mi abuelita Elpidia solía sacar las castañuelas cuando la botella de anís comenzaba a evaporarse y mi tío abuelo Sandalio llegó a ser célebre por recitar versos alejandrinos, a la par que picarones, a las señoras en la salida del metro. En cualquier caso, es claro que mi predisposición genética era lo suficientemente adversa para la correcta absorción de la ciencia.

Por otro lado, se debe analizar el inestimable factor educativo. Desde bien pequeño cualquier asignatura que contuviera el más mínimo atisbo de abstracción resultaba una completa tortura. Podría alegar que quizá puse poco empeño o que la vocecilla non nata del ser de letras atronaba a cada minuto en mi mente, pero eso sería restarle parte de la responsabilidad que tuvieron mis profesores de ciencias. No querría suavizar el fracaso absoluto de una parte del sistema educativo. Como persona crítica y harta responsable con la sociedad coetánea, no puedo ser cómplice. Y es que no conozco a nadie que en su sano juicio afirme haber tenido un buen profesor de física o química. Si existe algún susodicho que desafíe esta regla o bien siente una devoción que traspasa los límites de las ecuaciones –familiaridad, enamoramientos platónicos o afición al sadomasoquismo–, o bien miente de forma vil. Los profesores que se cruzaron en mi camino eran especialmente malos, además de siniestros y con un desconcertante olor a lejía barata. Sin ningún tipo de disimulo, denotaban carecer de ninguna capacidad docente, empatía por sus sufridos y desvalidos discípulos y, en algunos casos, se pudiera dudar de que atesoraban los conocimientos impartidos.

Recuerdo la espantosa angustia mental que se despertaba en mí al tener que ser obligado a memorizar las tablas de multiplicar, las fórmulas de resolución de ecuaciones o las identidades trigonométricas. Más tarde, la angustia se transformaba en un insoportable dolor en la muñeca al tener que rescribirlas infinidad de veces por castigo del supuesto enseñante. Resulta una osadía de tendencia autoritariatener que obligar a memorizar conocimientos, susceptibles de ser incomprendidos e/o inútiles, bajo atroces prácticas de tortura, que ni el mismo enseñante es capaz de motivar con una explicación sencilla. Me pregunto, ¿por qué el alumno es capaz de interiorizar la filosofía de Kant, la obra de Cervantes o las causas de una guerra mundial y se muestra incapaz de hacerlo con las bases del electromagnetismo? Lo fácil sería hacer algo de autocrítica, pero lo cierto –y más fácil aún– es que la culpa reside en esos intentos de alquimistas, brujos y taumaturgos que se ocultan bajo una bata de profesor y una caligrafía ilegible.

Otro motivo por el cual uno comienza a desconfiar de la validez de las ciencias son sus verdaderos valedores: los científicos que han pasado a la historia de la humanidad. Si uno tuviera que elegir a las celebridades que definen los designios de cada siglo, probablemente se deberían llenar varios folios hasta llegar a su primer representante entre multitud de literatos, políticos, músicos, militares, pintores, líderes religiosos y gente de bien. Quizá en el siglo pasado quepa destacar la figura del Albert Einstein. Pero, seriamente, ¿quién sería capaz de explicar su contribución en un par de frases elocuentes? Silencio, vacío, perplejidad o titubeos en el mejor caso.

Y es más, ¿a qué se dedica la ciencia en la actualidad? Aceleradores de partículas, ondas gravitacionales o bosones de Higgs que inundan páginas de periódicos que ni sus propios creadores, encerrados en salas oscuras y en zonas invisibles, saben muy bien para qué sirven, sin ningún tipo de contribución social. Mientras tanto, reclaman más y más dinero porque claro, con la excusa de manejar conocimiento inalcanzable para el resto de mortales, debe resultar, cuanto menos, importante.

Llegados a este punto, embarrado hasta las cejas de derivadas e integrales, con las piernas anquilosadas por el peso de la gravedad, mareado por los vapores de la formulación inorgánica y crucificado sobre la proyección de dos vectores perpendiculares, la vocación adormecida por las humanidades despertó con furia y la temprana dispersión del conocimiento académico se encargó del resto. Es ahí cuando uno se empapa de la verdadera sabiduría, se agarra como a un clavo ardiendo a las declinaciones del latín, le deslumbra hasta la belleza del pórtico post-vanguardista de la granja familiar por donde entran y salen churras y merinas, y se embriaga de versos y prosa hasta casi levitar. El sueño se torna infinito, el colorido desborda al lienzo hasta hacerlo desfallecer y las letras se convierten en la única sombra de la verdad.

Camaradas de las letras, os imploro unión, orgullo y entereza para derrumbar la tiranía científica. Que ardan paralelepípedos, que las funciones sientan el miedo en su argumento, que las distribuciones se anulen hasta desaparecer. Somos la fuente del conocimiento, somos la palabra que arrodillará a la eternidad. Somos el punto y final.


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La Abolición De La Autocrítica

Cada día que pasa se hace más evidente un secreto diabólico: la R.A.E. ha borrado de su diccionario la palabra autocrítica. Según sus miembros, la institución, que “tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes”, ha procedido a eliminar el término al haber quedado en desuso. Fuera del debate de si es o no una buena decisión a nivel lingüístico por aquello de conservar la identidad y riqueza del idioma, lo cierto es que la supresión de la autocrítica supone un alivio para una gran parte de la ciudadanía, independientemente de su condición social. De esta forma, no sólo se permite, sino que está bien visto afilar el morro sin ningún tipo de pudor para disparar dardos dialécticos contra todo y todos.

Aunque existe un despreciable riesgo de molestar a otras personas con reproches bienintencionados, infundios sin malicia o cariñosos insultos, no hay que perder de vista que todos los cambios se hacen para bien y éste no podía ser menos. Metiendo el dedo en el ojo de los demás, señalando sus errores, cuestionando decisiones sensibles, conseguimos disimular las miserias propias, ventilar la mierda del de enfrente para que la nuestra parezca eau de rochas y lo mejor de todo: pasar por seres pluscuamperfectos que nunca se equivocan, que fueron tocados por una varita divina en algún momento de sus ejemplares vidas y que aguardan turno para la beatificación o ascender al mismísimo Olimpo.
Nada más levantarme de la cama, enciendo la radio y en menos de un minuto ésta ofrece gentilmente un botón de muestra. El programa matinal entrevista a un humilde representante de una agrupación política honrada. A la pregunta de qué opinión le merece el último caso de generosidad manifiesta de su partido en forma de donaciones a unos necesitados, el entrevistado elude la cuestión y se centra en los casos de generosidad del partido contrario. Durante su intervención, muestra un manejo superlativo de la tercera persona en sus formas singular y plural, así como un amplio rango de adjetivos descalificativos. Prosigue con los sólidos argumentos del no porque no, la herencia recibida y el no había más remedio, para finalizar con una minuciosa y objetiva interpretación de datos que avalan su gestión. Aunque me congratula la oratoria del representante, y hasta podría decir que nace en mí cierta empatía al dar cuenta del linchamiento al que el pobre hombre se ve sometido, me siento vacío. Parece como si faltara algo, como si el acto comunicativo de la entrevista no estuviera completo. Acaba la intervención y es entonces cuando lo entiendo: la periodista ha formulado todas sus preguntas de forma errónea. Debería haber incidido menos en el sufrido invitado y haberse centrado en los demás. ¿Es que acaso la muy ilusa esperaba arañar un ápice de autocrítica?
Pese a patinar de vez en cuando, el estamento periodístico también celebra con fervor la abolición de la innombrable palabra. Mientras en el coche remarco sutilmente con mi nuevo claxon –el tercero de este mes– la inutilidad manifiesta de la mayoría de conductores, compruebo la versatilidad que ofrece el boletín de noticias. Según la conveniencia del financiador del medio, se relativizan ciertas informaciones, magnifican otras que afectan al rival, eluden las que hablan de ellos mismos y crean realidad más propia de una novela de ficción. Sin ir más lejos, cuando acabo de reprender educadamente a un imprudente conductor que no se aparta para dejarse adelantar por el arcén, el locutor interrumpe la programación con voz solemne para anunciar una exclusiva de impacto. Resulta que un destacado miembro del gobierno –el mismísimo encargado de servirle los cafés al subsecretario de pesca con mosca– compra pan donde suele hacerlo un miembro de una banda criminal que trafica con armas, mujeres, drogas y gatos chinos de la suerte. Una anciana, clienta habitual de la panadería, vio con sus propios ojos cómo dicho político le dirigió un buenos días al delincuente. Queda así demostrada la estrecha conexión entre el Gobierno y la banda. La radio anuncia que la entrevista con la anciana testigo se prolongará durante toda la mañana. Por su parte, ante los graves sucesos, la tertulia reclama encendida una tajante condena de todo el Gobierno, la disolución del partido que lo apoya y que el destacado miembro, acusado y juzgado, arda en una hoguera en la plaza mayor. En el improbable caso de errar, debido a la solidez de la información y la fiabilidad de las fuentes, no dudo en que la trascendental práctica de la pesca ocuparía horas de debate y consumiría ríos de tinta estableciendo sesudas conexiones que desacrediten al partido.
Más tarde, a la llegada al instituto me encuentro con el director. Me muestra su preocupación por las quejas que le trasmiten los alumnos en cuanto a mi forma de impartir clase y las pésimas notas obtenidas en el último examen. Pobre iluso, el apartarse de la docencia le hace ignorar dónde radica el problema. Argumento la falta de motivación de los jóvenes, lo mal que vienen preparados y que, aun así, demasiado esfuerzo hacemos con gente que empobrece la calidad del oxígeno que respiramos el resto. El director asiente ante mis irrefutables argumentos, se disculpa y se retira a echar la siesta matutina a su despacho. Yo por mi parte, envalentonado, le mando al carajo cordialmente y me anoto mentalmente llegar cinco minutos más tarde para no encontrarme con él. Ya en clase pongo todo mi empeño en la formación de los jóvenes: insisto en su nula capacidad, les advierto de sus inexistentes posibilidades y les aconsejo, de forma sincera, que se busquen un agujero donde esconderse eternamente. Durante los últimos cinco minutos repasamos algún que otro autor. Como es de esperar, los muchachos demuestran no tener la más remota idea. A pesar de mi férrea voluntad, así es imposible.
Salgo de la agotadora jornada del instituto, paso por el bar a tomar unos tragos y llego a casa molido. Me desnudo y me tumbo en el sillón del jardín a leer. Dentro de mis variadas diversiones,  destaca la de devorar grandes clásicos mientras una brisa acaricia todo mi cuerpo. Tras unos minutos de tranquilidad, la hipocresía me interrumpe súbitamente. Los vecinos que pasan por delante de la casa me contemplan y se quejan de mi libre e inofensiva forma de disfrutar de mi tiempo de asueto. Soy incapaz de entender ese tipo de críticas. No soporto a la gente que defiende la libertad individual y no respetan que cada uno viva su vida de la mejor forma que estime.
Pero lo más macanudo ocurre después, cuando mi señora esposa llega a casa y comienza a cuestionar el por qué la casa está hecha un desastre, por qué el jardín parece una jungla, por qué llevo sin arreglar la puerta del garaje más de dos años y por qué voy desnudo. ¡Qué fácil es criticar a los demás sin mirarse a uno mismo!, le contesto. Pero, ¿qué hay de la cena sin hacer, la ropa limpia humedeciéndose en la lavadora o la tarjeta de crédito al descubierto en la primera semana del mes? De manera educada le pongo a mi mujer en situación y ella me manda al carajo. Grita enfurecida una serie de improperios que no merece la pena repetir y en cierto punto comienzo a asentir sistemáticamente. Relajadamente le explico que no pasa nada por equivocarse, que hay que aceptar la crítica sin más y pensar en mejorar. Fuera de sí, ella me manda al cuerno de nuevo. Con gente que ni tan siquiera se plantea encontrar sus errores no merece la pena discutir. Desolado ante la falta de crítica que veo a mi alrededor, me cuestiono si la sociedad no se habrá equivocado al eliminar de su vocabulario la palabra autocrítica y si la R.A.E. no habrá tomado su decisión a la ligera.

En cuanto a mí, firme defensor y practicante de la autocrítica, sólo puedo decir que soy una persona de lo más normal, consciente de mis errores, como los demás. Acepto que no soy perfecto, al igual que todo el mundo. Soy una víctima más del injusto sistema. Celebro y critico a partes iguales, por tanto, la abolición de la autocrítica.