Bocachancladas

Chernobyl, Anguita y la ley del silencio

Ayer terminé de ver la miniserie dedicada a la catástrofe nuclear de Chernobyl. Al mismo tiempo, en un hospital de Córdoba fallecía Julio Anguita. Precisamente, algunas de las reflexiones de Anguita acerca de la sociedad que quedará tras la pandemia tienen vasos comunicantes con el desastre soviético.

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No tenemos nada

Percibo que de la incertidumbre de los tiempos empieza a aflorar el miedo. Las previsiones cambian día a día trazando una tendencia que se debate entre el colapso o el apocalipsis. Los héroes de barro se deshacen ante la tormenta, mientras que de la tierra emergen otros nuevos que en pocos días desaparecerán por la alcantarilla.

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Nuevos creyentes

En el transcurso del Viejo Mundo, las calles deberían estar repletas de pasos, saetas y capirotes en estos días. Aunque la realidad les haya invitado a tomar un descanso, observo como personas de mi entorno se agarran a la fe. Entre ellos permanecen los devotos de siempre, a los cuales respeto por su ejemplo de constancia y determinación. Sin embargo, algunos que hasta hace poco se jactaban de no saber rezar, también empiezan a abrazar la divinidad.

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¿Solidaridad o caridad?

En estos días observo que la palabra solidaridad es más utilizada que de costumbre. A mitad de mi cuarentena leí noticias de algunos saqueos fruto de la desesperación o iniciativas populares para proteger a colectivos desfavorecidos. Participé en alguna campaña, tratando de cubrir de ayuda a todas las personas que pudiera. Me preguntaba si aquello era un acto de solidaridad o caridad. Todavía no tengo una respuesta clara.

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Pedagogía Sobre Impuestos

Durante la recta final de campaña los partidos aceleran y ponen en marcha toda la maquinaria en busca de ese último voto indeciso. Indeciso, obviamente, porque en cuatro años ha estado tan ocupado que no ha tenido ni un solo segundo para encender la radio, leer la prensa, ver la televisión, navegar por internet, salir a la calle a por el pan o, en el mejor de los casos, porque tuvo la fortuna de ganar un sorteo para pasar la legislatura entera en una isla desierta con un collar hawaiano al cuello y poniéndose tibio de mojitos.
Algunos políticos, después de un período de encierro forzoso sudando la gota gorda por levantar el presente y futuro del país, discutiendo permanentemente entre ellos y llegando a acuerdos vitales, accesibles al eludir un despreciable murete de asesores, guardaespaldas o pantallas de plasma, se lanzan a las calles y descubren los beneficios de la luz solar a diferencia de la de los focos y del aire fresco en detrimento del acondicionado. Luego, pasa lo que pasa: el desconocimiento de la calle entraña ciertos peligros.

En la tesitura de tratar de convencer al sufrido y confuso elector, los políticos no vacilan en mostrarse como verdaderas estrellas de rock dejando que el ciudadano se fotografíe con ellos en modo selfie, muestran que poseen intactos ciertos rasgos de la condición humana como el de tener sentimientos, juegan al pin pon en el ente público dentro del palacete de una estrella de la ranchera en el panorama internacional, bailan coreografías que suponen un nuevo desafío a las leyes de la gravedad y el clásico, cómo no, prometer hasta meter. En esta última parte, el confiado votante, de buena fe, muestra una inteligencia felina al obviar la segunda parte del dicho, aunque sería arriesgado descartar la amnesia debido a las vacaciones paradisiacas.
Esta semana tuve el placer de percatarme por mí mismo cómo funciona la infranqueable maquinaria de los partidos y cuán convincente es. Recorría tranquilo las calles del centro de la ciudad cavilando la secreta estrategia con la que las anchoas se habían apoderado de los campos de olivos hasta meterse dentro de las aceitunas cuando de repente me vi sorprendido por un tumulto de gente que se agolpaba alrededor de un stand teñido de una tonalidad azulada. Se trataba del partido azul, una organización tradicionalmente política caracterizada por defender los valores de la gente de bien que se había reconvertido en una organización de caridad activa. Dicha organización también se caracterizaba por defender la concepción de la vida, las tradiciones religiosas y los intereses de la familia: el interés del primo que tenía una empresa de construcción en edificar en una arboleda milenario que no daba rendimiento, el del cuñado que ideaba unos productos financieros de mayor rentabilidad que un plazo fijo sin riesgo apreciable y el del sobrino rebelde que había encontrado un puesto de trabajo en una empresa que subcontrataba el ayuntamiento.
Independientemente de esas nobles convicciones, celebré emocionado el paso del partido a la acción social, que a través de sus simpatizantes repartía dulces navideños a los ciudadanos de a pie y gorros y globos para los más pequeños, impregnando al pueblo de un poco de espíritu de navideño. Una lágrima emocionada surcaba por mis mejillas, los votaré en las elecciones, pensé, y hasta trataré de convencer a mis círculos para que me sigan.
De esta forma, como humilde ciudadano, me dirigí a los responsables para poder reclamar mi dulce navideño, mi globo azulado, unos folletos informativos y, si podía ser, un póster a tamaño real del candidato de mi circunscripción para poner en el salón, encima de la televisión. Los presentes, ataviados con prendas sencillas que recogían las sensibilidades de un orden de diez o doce razas de animales distintos en forma de piel, se mostraron encantados y me pidieron a cambio un pequeño favor: una firma para reclamar la supresión del impuesto sobre sucesiones y donaciones. Sin pensármelo dos veces, firmé y en unos segundos estaba devorando el exquisito mazapán ataviado con un gorro de Papá Noel azul, sujetando el globo con la otra mano y un centenar de folletos entre mis piernas mientras un popurrí de villancicos embriagaba mis oídos y la alternancia de luces de los negocios se reflejaban en mis ojos de elector decidido.
Malditos burócratas que cosen a la gente humilde con impuestos absurdos y, en este caso, recurrentes, reflexioné tratando de no atragantarme. Lo único que están consiguiendo es ahogar a las familias trabajadoras y de esta forma reducir el consumo con la consecuente ruina del empresariado del país, motor de la recuperación económica y baluarte de la prosperidad y el desarrollo. Además, para mi fortuna y la de mis compatriotas, pude constatar que el partido azul no sólo se lanzaba a las calles para encabezar la presión popular contra los impuestos absurdos, sino que prometía bajarlos todos.


Horas después, mientras dormía, me sentí terriblemente indispuesto: tenía un extraordinario dolor de barriga que se propagaba con violentas sacudidas en el abdomen y una intensa calentura inusual. Heroicamente, llegué al servicio de urgencias sobre mis dos piernas y apoyándome de vez en cuando con los dos brazos en el suelo. Allí, después de un par de terribles horas de espera, expuesto a mortales infecciones, me atendieron de aquella manera y me despacharon rápidamente diciendo que sufría los síntomas de una intoxicación alimentaria y que se iría naturalmente al expulsarlo con previsibles síntomas de colitis aguda. ¡Menudo diagnóstico, menuda atención! Sin duda, la sanidad de este país estaba hecha unos zorros.
Indignado, me fui a las urgencias del médico de pago y en unos minutos, sin colas y sin riesgo de desarrollar ninguna enfermedad adicional, tras rellenar una serie de solicitudes, acreditar mis datos bancarios, dar las huellas de los dedos de mis manos y de los dedos de mis pies, el centro procedió a hacerme unos exámenes con rayos, un escáner, un electro, un blanqueamiento dental y una buena manicura. Después de completar el proceso rutinario, me dieron el verdadero diagnóstico: dolor de panza, cagalera de campeonato y un par de muelas picadas. Feliz por haber burlado a la muerte con estoica entereza, pagué la factura y pedí cita para la cuestión dental.

Cuando creía saberlo todo, la vida me había dado una gran lección: la salud no tiene precio. Aunque es probable que tenga que aguantar el mes reduciendo lujos que no me puedo permitir, sin vivir por encima de mis posibilidades, he de recalcar que eso sí que era un dinero bien invertido y no ese que inútilmente se iba para impuestos.
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Estudio En Naranja

En mi particular cruzada por compartir y debatir ideas sobre política y las elecciones que tenemos a la vuelta de la esquina, desde un clima de respeto y una posición abierta, he topado con un perfil que, imagino fruto de la casualidad, se repite sistemáticamente. Por supuesto, puede leerlo con tranquilidad, estoy seguro de que usted no responde al perfil planteado. No soy sociólogo y he de advertir que soy considerado frecuentemente como bocachancla, pedante e irrespetuoso, con lo cual es posible que mi estudio sea erróneo, hiera ciertas sensibilidades o tenga unas terribles ganas de mandarme a freír espárragos. Por anticipado os pido que aceptéis mis disculpas, no lo hago con maldad.
El perfil presentado en cuestión responde a una persona de sexo indiferente y una edad joven/media. Normalmente, cuenta con una formación media/avanzada, perteneciente a una clase social de perfil media/baja, tiene cierto interés en la política nacional y confiesa que votará en los comicios del domingo. Para preservar el anonimato de las personas que responden a este perfil, no revelaré el partido al cual tienen decidido emitir su voto, por tanto, a partir de ahora, nos referiremos a esta opción como Partido Naranja y a su líder y candidato Alberto Arroyo, nombres totalmente ficticios.


 La experiencia del estudio, nos revela que el perfil analizado responde a las siguientes características:

i) Afirma que las razones para votar al Partido Naranja se basan en la coherencia de su líder, Alberto Arroyo, la buena presencia del mismo, así como la postura estoica frente a temas vitales en su día a día como la independencia de Catalunya, la voluntad de firmar un pacto de Educación, la supresión del Senado y Diputaciones y, por supuesto, que garantiza su libertad y seguridad al tener una posición férrea contra la terrible y latente amenaza del yihadismo. Una parte pequeña, confiesa haber votado en el pasado a otros partidos que considera caducos, pero sostiene satisfecho que hay que avanzar hacia la regeneración y dar paso a la política nueva.


ii) Al ser cuestionado por otras medidas del Partido Naranja, como el contrato único o el complemento salarial, responde que deben ser buenas porque son apoyadas por un sinfín de economistas de postín, los cuales no sabe citar, y que se aplican en países tales como Dinamarca, ejemplo de desarrollo y prosperidad. El diálogo revela que el sujeto no sabe citar detalles concretos de la medida tales como indemnizaciones por despido, diferencias con la Reforma Laboral actual o la forma en que se aplicaría. Aun así, reafirma que es la mejor medida y que acabará con el paro.

iii) Cuando se plantea la remota posibilidad de que ese tipo de reformas pudiera implicar la desprotección del trabajador y aumentar la temporalidad, sostiene que los empresarios deberían tener más herramientas para hacer y deshacer ya que ellos son los que, claramente, traen la prosperidad al país y los que nos sacarán de la crisis.

iv) Al reconocer que desconocen más medidas propuestas por el Partido Naranja, sin ser estimulados para hacerlo, sonríen y de forma enérgica muestran una loable habilidad en el cambio de tema de conversación para hablar de otro partido, el cual también concurre a las elecciones, al cual llamaremos Partido Morado y a su líder le llamaremos Paolo Chiese.

v) En su encendida crítica contra el Partido Morado emplean argumentos de peso, perfectamente ensamblados y madurados, que revelan que dicho partido apoya dictaduras tales como la de Venezuela, que en su cúpula existen corruptos como Juan Carlos Cartera, que han sido financiados por países como Venezuela e Irán, que tampoco piensan pagar la deuda y que pretenden dar “paguitas” a todo el mundo.

Aunque no suele ser habitual, un pequeño reducto que responde a este perfil, añade que el Partido Morado no condena la violencia de ETA, que inundará las calles de inmigrantes –a los cuales no está del todo claro que merezcan tener el trato de igual–, que sostiene políticas que han llevado a la ruina a países como Venezuela, la extinta URSS o que califican que Paolo Chiese sostiene el totalitarismo y no puede ser un presidente serio ya que se recoge el pelo con una coleta.

Para ello, no vacila en defender y apoyar a terroristas por el honor que supone ser opositores al gobierno venezolano –aunque muestran un objetivo desconocimiento sobre la situación social, política y económica, y eluden dar más detalles sobre la situación de dicho país que no sean calificados como ruina o desastre–, defender el legítimo derecho que tienen los acreedores del país a recibir el pago de sus deudas aunque fuesen reconocidas internacionalmente como irregulares, dar un perfil mayoritario de holgazán a las personas que reciben una prestación social, cuestionar la legitimidad democrática de la II República y salvaguardar los intereses empresariales de multinacionales que declaran millones de beneficio. Para mi sorpresa, el sujeto no afirma poseer una empresa que facture millones o tener una vinculación clara con la misma.

vi) Al ser preguntado por fuentes que sostengan las informaciones citadas, suele recurrir a expresiones como “he leído no sé dónde…”, “he escuchado en…”, “me han contado que…”, incurriendo, en rarísimas ocasiones, en algún error de puntualización. En este punto, el sujeto suele ensalzar que es una persona crítica, que lee, escucha o sintoniza varios medios de comunicación de distintas índoles, contrasta información, es independiente y jamás nadie podría manipularlo.

vii) Por último, se produce un silencio que se prolonga en el tiempo. En este punto el perfil se bifurca en dos: prolongar el silencio o redundar en los puntos iv), v) y vi) del estudio en bucles arbitrariamente prolongables.


Insisto, como dije en el comienzo, que usted no responde a este perfil y que es muy probable que haya una cierta componente de fantasía en él.