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Juan Carlos y el cóndor real

Me proponía escribir un artículo genuino sobre la huida del Rey Juan Carlos. Además de una rigurosa documentación y un fino enjuiciamiento metafórico, ofrecía alguna anécdota secreta, como la vez en que me lo encontré en una discoteca al amanecer y el monarca, todavía en el cargo, me pidió que fuéramos juntos a un after frecuentados por bohemios, inadaptados y doncellas de moral relajada. Sin embargo, he entrado en Internet y he sido arrollado por un tsunami de comentarios, columnas de opinión y editoriales en medios y redes sociales. Quizá tengamos más alma de opinólogos que de lectores.

Por eso, he optado por escribir sobre la migración del cóndor real hacia el Caribe. ¿Sabíais que al encontrar un animal muerto, desplaza a los otros buitres que se congregan alrededor de la carroña debido a su gran tamaño y su pico fuerte? El único animal que lo puede desplazar es el cóndor andino.

El Rey Juan… Perdón, el majestuoso cóndor real.
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Chernobyl, Anguita y la ley del silencio

Ayer terminé de ver la miniserie dedicada a la catástrofe nuclear de Chernobyl. Al mismo tiempo, en un hospital de Córdoba fallecía Julio Anguita. Precisamente, algunas de las reflexiones de Anguita acerca de la sociedad que quedará tras la pandemia tienen vasos comunicantes con el desastre soviético.

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Nuevos creyentes

En el transcurso del Viejo Mundo, las calles deberían estar repletas de pasos, saetas y capirotes en estos días. Aunque la realidad les haya invitado a tomar un descanso, observo como personas de mi entorno se agarran a la fe. Entre ellos permanecen los devotos de siempre, a los cuales respeto por su ejemplo de constancia y determinación. Sin embargo, algunos que hasta hace poco se jactaban de no saber rezar, también empiezan a abrazar la divinidad.

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¿Solidaridad o caridad?

En estos días observo que la palabra solidaridad es más utilizada que de costumbre. A mitad de mi cuarentena leí noticias de algunos saqueos fruto de la desesperación o iniciativas populares para proteger a colectivos desfavorecidos. Participé en alguna campaña, tratando de cubrir de ayuda a todas las personas que pudiera. Me preguntaba si aquello era un acto de solidaridad o caridad. Todavía no tengo una respuesta clara.

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El Orgullo De Ser De Letras

Camaradas de letras del mundo, ¡uníos y luchad! No temáis si alguna vez sois infravalorados, no os disculpéis por vuestra loable condición, no penséis que vuestra formación está agujereada o que sois menos capaces que otros. No tengáis miedo, no estáis solos en esta lucha. Somos la mayoría y tenemos la razón olvidada en un rincón. A expensas de gritarlo a los cuatro vientos, recibiremos la merecida rendición universal. Nuestra revolución empieza por asumir el hecho, que no por tópico, adolece de credibilidad: no somos de ciencias, somos de letras y estamos injustamente subestimados. Sirva mi humilde caso como una sólida e irrefutable muestra de reafirmación colectiva.

Tuve claro que nunca sería de ciencias desde el momento en que oí aquella misma frase pronunciada por unos labios sinceros. Entonces, una especial conexión sacudió mi cuerpo y vi reflejado el estatus que el destino me había reservado. Recuerdo haber vivido aquel pasaje a una edad tan temprana que no descarto la posibilidad de que constituyera una experiencia non nata. De esta forma, estoy seguro de que mi tortuosa relación con la aritmética y mi amor por la palabra colmó las células progenitoras que me alumbraron, siendo éste un carácter en mí irreducible. Entendiendo que las teorías del destino puedan dar lugar a controversia, he trazado una sólida argumentación que prueba mi predisposición como una combinación de circunstancias externas e imposible de revertir. Tal es su grado de exactitud que podría acomplejar a las más sólidas teorías de la geometría, álgebra o a la mismísima relatividad.
He de comenzar por reseñar la genética, ente claramente no susceptible a la transformación. La composición heredada de mis padres –buena gente y mejores personas– no destacaba por su predisposición a los números. De hecho, mis padres pertenecen a ese colectivo invisible de alumnos que aprobaban el examen de quebrados gracias a los milagros de la patrona del pueblo, la caridad de los maestros y alguna que otra tajáde tocino sacada de los cerdos del cortijo familiar. Por supuesto, para mí, reclamar ayuda en casa para hacer los deberes de matemáticas quedó descartado nada más pasar de sumas y restas de números de dos cifras. Recuerdo los sudores fríos que recorrían la frente de mi padre al ver una división con decimales; o también los clásicos “No ves que estoy planchando… No ves que estoy desplumando el pavo… No ves que estoy sacándole brillo a la maquinaria del calentador” de mi santa madre, ante los cuales tuve que claudicar.

Del resto de mi familia, el mayor baluarte de la ciencia se reduce al tito Nicasio. Mi tío regentaba un humilde almacén de tornillos, clavos y roscas que disponía de una barra donde se dispensaban los mejores licores y embutidos de estraperlo del pueblo. El tito demostraba un apabullante dominio de los números al sacar a ojo el precio de un saco con miles de tornillos y clavos de diferentes tamaños entrelazados en el caos. A esto se le debe sumar la dificultad no banal de lidiar con una melopea creciente que transformaba su voz cortante en una serie de gruñidos inteligibles. Cierto es que el estraperlo producía más beneficios que el férreo, pero no se debe descartar a la ligera que por las venas de mi tío discurriera, además de orujo de contrabando, sangre euclídea o pitagórica.

Como segundo y último vínculo científico está mi primo Filiberto, que logró la nada desdeñable hazaña de licenciarse en empresariales en menos de los diez años que, según él, se sitúa la media. En Navidad siempre nos deleitaba con sus pugnas con las feroces matemáticas y los catedráticos elitistas que escupen fuego y orinan agua bendita, de las que consiguió salir airoso al cuarto intento y con nota, después de pagar a un amigo para que se presentara al examen. Años más tarde, su olfato de lince para los negocios le llevó al estrellato al abrir un negocio de migas y gachas campestres con servicio a domicilio, que cuenta con una app y anuncios en la televisión local pasada la medianoche. En un futuro no muy lejano pretende abrir un carromato andante de migas y gachas alrededor de la Torre Eiffel y uno fijo en la última planta del Big Ben, a la par que una retahíla indescifrable desborda su cuenta corriente. Del resto de mis consanguíneos se aprecia un poso latente de arte. De hecho, mi abuelo Torcuato aprendió a tocar la corneta en la mili, mi abuelita Elpidia solía sacar las castañuelas cuando la botella de anís comenzaba a evaporarse y mi tío abuelo Sandalio llegó a ser célebre por recitar versos alejandrinos, a la par que picarones, a las señoras en la salida del metro. En cualquier caso, es claro que mi predisposición genética era lo suficientemente adversa para la correcta absorción de la ciencia.

Por otro lado, se debe analizar el inestimable factor educativo. Desde bien pequeño cualquier asignatura que contuviera el más mínimo atisbo de abstracción resultaba una completa tortura. Podría alegar que quizá puse poco empeño o que la vocecilla non nata del ser de letras atronaba a cada minuto en mi mente, pero eso sería restarle parte de la responsabilidad que tuvieron mis profesores de ciencias. No querría suavizar el fracaso absoluto de una parte del sistema educativo. Como persona crítica y harta responsable con la sociedad coetánea, no puedo ser cómplice. Y es que no conozco a nadie que en su sano juicio afirme haber tenido un buen profesor de física o química. Si existe algún susodicho que desafíe esta regla o bien siente una devoción que traspasa los límites de las ecuaciones –familiaridad, enamoramientos platónicos o afición al sadomasoquismo–, o bien miente de forma vil. Los profesores que se cruzaron en mi camino eran especialmente malos, además de siniestros y con un desconcertante olor a lejía barata. Sin ningún tipo de disimulo, denotaban carecer de ninguna capacidad docente, empatía por sus sufridos y desvalidos discípulos y, en algunos casos, se pudiera dudar de que atesoraban los conocimientos impartidos.

Recuerdo la espantosa angustia mental que se despertaba en mí al tener que ser obligado a memorizar las tablas de multiplicar, las fórmulas de resolución de ecuaciones o las identidades trigonométricas. Más tarde, la angustia se transformaba en un insoportable dolor en la muñeca al tener que rescribirlas infinidad de veces por castigo del supuesto enseñante. Resulta una osadía de tendencia autoritariatener que obligar a memorizar conocimientos, susceptibles de ser incomprendidos e/o inútiles, bajo atroces prácticas de tortura, que ni el mismo enseñante es capaz de motivar con una explicación sencilla. Me pregunto, ¿por qué el alumno es capaz de interiorizar la filosofía de Kant, la obra de Cervantes o las causas de una guerra mundial y se muestra incapaz de hacerlo con las bases del electromagnetismo? Lo fácil sería hacer algo de autocrítica, pero lo cierto –y más fácil aún– es que la culpa reside en esos intentos de alquimistas, brujos y taumaturgos que se ocultan bajo una bata de profesor y una caligrafía ilegible.

Otro motivo por el cual uno comienza a desconfiar de la validez de las ciencias son sus verdaderos valedores: los científicos que han pasado a la historia de la humanidad. Si uno tuviera que elegir a las celebridades que definen los designios de cada siglo, probablemente se deberían llenar varios folios hasta llegar a su primer representante entre multitud de literatos, políticos, músicos, militares, pintores, líderes religiosos y gente de bien. Quizá en el siglo pasado quepa destacar la figura del Albert Einstein. Pero, seriamente, ¿quién sería capaz de explicar su contribución en un par de frases elocuentes? Silencio, vacío, perplejidad o titubeos en el mejor caso.

Y es más, ¿a qué se dedica la ciencia en la actualidad? Aceleradores de partículas, ondas gravitacionales o bosones de Higgs que inundan páginas de periódicos que ni sus propios creadores, encerrados en salas oscuras y en zonas invisibles, saben muy bien para qué sirven, sin ningún tipo de contribución social. Mientras tanto, reclaman más y más dinero porque claro, con la excusa de manejar conocimiento inalcanzable para el resto de mortales, debe resultar, cuanto menos, importante.

Llegados a este punto, embarrado hasta las cejas de derivadas e integrales, con las piernas anquilosadas por el peso de la gravedad, mareado por los vapores de la formulación inorgánica y crucificado sobre la proyección de dos vectores perpendiculares, la vocación adormecida por las humanidades despertó con furia y la temprana dispersión del conocimiento académico se encargó del resto. Es ahí cuando uno se empapa de la verdadera sabiduría, se agarra como a un clavo ardiendo a las declinaciones del latín, le deslumbra hasta la belleza del pórtico post-vanguardista de la granja familiar por donde entran y salen churras y merinas, y se embriaga de versos y prosa hasta casi levitar. El sueño se torna infinito, el colorido desborda al lienzo hasta hacerlo desfallecer y las letras se convierten en la única sombra de la verdad.

Camaradas de las letras, os imploro unión, orgullo y entereza para derrumbar la tiranía científica. Que ardan paralelepípedos, que las funciones sientan el miedo en su argumento, que las distribuciones se anulen hasta desaparecer. Somos la fuente del conocimiento, somos la palabra que arrodillará a la eternidad. Somos el punto y final.


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La Abolición De La Autocrítica

Cada día que pasa se hace más evidente un secreto diabólico: la R.A.E. ha borrado de su diccionario la palabra autocrítica. Según sus miembros, la institución, que “tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes”, ha procedido a eliminar el término al haber quedado en desuso. Fuera del debate de si es o no una buena decisión a nivel lingüístico por aquello de conservar la identidad y riqueza del idioma, lo cierto es que la supresión de la autocrítica supone un alivio para una gran parte de la ciudadanía, independientemente de su condición social. De esta forma, no sólo se permite, sino que está bien visto afilar el morro sin ningún tipo de pudor para disparar dardos dialécticos contra todo y todos.

Aunque existe un despreciable riesgo de molestar a otras personas con reproches bienintencionados, infundios sin malicia o cariñosos insultos, no hay que perder de vista que todos los cambios se hacen para bien y éste no podía ser menos. Metiendo el dedo en el ojo de los demás, señalando sus errores, cuestionando decisiones sensibles, conseguimos disimular las miserias propias, ventilar la mierda del de enfrente para que la nuestra parezca eau de rochas y lo mejor de todo: pasar por seres pluscuamperfectos que nunca se equivocan, que fueron tocados por una varita divina en algún momento de sus ejemplares vidas y que aguardan turno para la beatificación o ascender al mismísimo Olimpo.
Nada más levantarme de la cama, enciendo la radio y en menos de un minuto ésta ofrece gentilmente un botón de muestra. El programa matinal entrevista a un humilde representante de una agrupación política honrada. A la pregunta de qué opinión le merece el último caso de generosidad manifiesta de su partido en forma de donaciones a unos necesitados, el entrevistado elude la cuestión y se centra en los casos de generosidad del partido contrario. Durante su intervención, muestra un manejo superlativo de la tercera persona en sus formas singular y plural, así como un amplio rango de adjetivos descalificativos. Prosigue con los sólidos argumentos del no porque no, la herencia recibida y el no había más remedio, para finalizar con una minuciosa y objetiva interpretación de datos que avalan su gestión. Aunque me congratula la oratoria del representante, y hasta podría decir que nace en mí cierta empatía al dar cuenta del linchamiento al que el pobre hombre se ve sometido, me siento vacío. Parece como si faltara algo, como si el acto comunicativo de la entrevista no estuviera completo. Acaba la intervención y es entonces cuando lo entiendo: la periodista ha formulado todas sus preguntas de forma errónea. Debería haber incidido menos en el sufrido invitado y haberse centrado en los demás. ¿Es que acaso la muy ilusa esperaba arañar un ápice de autocrítica?
Pese a patinar de vez en cuando, el estamento periodístico también celebra con fervor la abolición de la innombrable palabra. Mientras en el coche remarco sutilmente con mi nuevo claxon –el tercero de este mes– la inutilidad manifiesta de la mayoría de conductores, compruebo la versatilidad que ofrece el boletín de noticias. Según la conveniencia del financiador del medio, se relativizan ciertas informaciones, magnifican otras que afectan al rival, eluden las que hablan de ellos mismos y crean realidad más propia de una novela de ficción. Sin ir más lejos, cuando acabo de reprender educadamente a un imprudente conductor que no se aparta para dejarse adelantar por el arcén, el locutor interrumpe la programación con voz solemne para anunciar una exclusiva de impacto. Resulta que un destacado miembro del gobierno –el mismísimo encargado de servirle los cafés al subsecretario de pesca con mosca– compra pan donde suele hacerlo un miembro de una banda criminal que trafica con armas, mujeres, drogas y gatos chinos de la suerte. Una anciana, clienta habitual de la panadería, vio con sus propios ojos cómo dicho político le dirigió un buenos días al delincuente. Queda así demostrada la estrecha conexión entre el Gobierno y la banda. La radio anuncia que la entrevista con la anciana testigo se prolongará durante toda la mañana. Por su parte, ante los graves sucesos, la tertulia reclama encendida una tajante condena de todo el Gobierno, la disolución del partido que lo apoya y que el destacado miembro, acusado y juzgado, arda en una hoguera en la plaza mayor. En el improbable caso de errar, debido a la solidez de la información y la fiabilidad de las fuentes, no dudo en que la trascendental práctica de la pesca ocuparía horas de debate y consumiría ríos de tinta estableciendo sesudas conexiones que desacrediten al partido.
Más tarde, a la llegada al instituto me encuentro con el director. Me muestra su preocupación por las quejas que le trasmiten los alumnos en cuanto a mi forma de impartir clase y las pésimas notas obtenidas en el último examen. Pobre iluso, el apartarse de la docencia le hace ignorar dónde radica el problema. Argumento la falta de motivación de los jóvenes, lo mal que vienen preparados y que, aun así, demasiado esfuerzo hacemos con gente que empobrece la calidad del oxígeno que respiramos el resto. El director asiente ante mis irrefutables argumentos, se disculpa y se retira a echar la siesta matutina a su despacho. Yo por mi parte, envalentonado, le mando al carajo cordialmente y me anoto mentalmente llegar cinco minutos más tarde para no encontrarme con él. Ya en clase pongo todo mi empeño en la formación de los jóvenes: insisto en su nula capacidad, les advierto de sus inexistentes posibilidades y les aconsejo, de forma sincera, que se busquen un agujero donde esconderse eternamente. Durante los últimos cinco minutos repasamos algún que otro autor. Como es de esperar, los muchachos demuestran no tener la más remota idea. A pesar de mi férrea voluntad, así es imposible.
Salgo de la agotadora jornada del instituto, paso por el bar a tomar unos tragos y llego a casa molido. Me desnudo y me tumbo en el sillón del jardín a leer. Dentro de mis variadas diversiones,  destaca la de devorar grandes clásicos mientras una brisa acaricia todo mi cuerpo. Tras unos minutos de tranquilidad, la hipocresía me interrumpe súbitamente. Los vecinos que pasan por delante de la casa me contemplan y se quejan de mi libre e inofensiva forma de disfrutar de mi tiempo de asueto. Soy incapaz de entender ese tipo de críticas. No soporto a la gente que defiende la libertad individual y no respetan que cada uno viva su vida de la mejor forma que estime.
Pero lo más macanudo ocurre después, cuando mi señora esposa llega a casa y comienza a cuestionar el por qué la casa está hecha un desastre, por qué el jardín parece una jungla, por qué llevo sin arreglar la puerta del garaje más de dos años y por qué voy desnudo. ¡Qué fácil es criticar a los demás sin mirarse a uno mismo!, le contesto. Pero, ¿qué hay de la cena sin hacer, la ropa limpia humedeciéndose en la lavadora o la tarjeta de crédito al descubierto en la primera semana del mes? De manera educada le pongo a mi mujer en situación y ella me manda al carajo. Grita enfurecida una serie de improperios que no merece la pena repetir y en cierto punto comienzo a asentir sistemáticamente. Relajadamente le explico que no pasa nada por equivocarse, que hay que aceptar la crítica sin más y pensar en mejorar. Fuera de sí, ella me manda al cuerno de nuevo. Con gente que ni tan siquiera se plantea encontrar sus errores no merece la pena discutir. Desolado ante la falta de crítica que veo a mi alrededor, me cuestiono si la sociedad no se habrá equivocado al eliminar de su vocabulario la palabra autocrítica y si la R.A.E. no habrá tomado su decisión a la ligera.

En cuanto a mí, firme defensor y practicante de la autocrítica, sólo puedo decir que soy una persona de lo más normal, consciente de mis errores, como los demás. Acepto que no soy perfecto, al igual que todo el mundo. Soy una víctima más del injusto sistema. Celebro y critico a partes iguales, por tanto, la abolición de la autocrítica.

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El No Porque No

Como símbolo de cambio y ondeada por brisas de aire fresco, se alza la bandera del diálogo y la pedagogía. Son estos los pilares sobre los que se asienta un nuevo período, un período de prosperidad e ilusión que, se espera, enterrará las desavenencias y los errores pasados. Los que ensalzan este talante afirman que resulta enriquecedor el intercambio de ideas y argumentarlas con rigor, ser profundo a la vez que conciso y tratar, en la medida de lo posible, de cimentar un criterio coherente. Para dar validez a los juicios emitidos, emerge la valía de la información objetiva y contrastada por fuentes fiables, no dejarse engatusar por titulares tendenciosos y ajustar el tono y las formas a lo políticamente correcto, al sosiego y al respeto.
Por si esto no fuera suficiente, es imprescindible atender a opiniones diferenciadas con una actitud abierta y empática. No basta mostrar cierto interés por las posiciones ajenas, asintiendo repetidamente en silencio con una sonrisa cortés a la espera del turno de réplica; sino que también hay que interiorizar las nuevas opiniones por disparatadas que estas sean, confrontarlas a las nuestras con espíritu crítico en pos de encontrar el camino de la verdad y la razón. Un camino del que los más optimistas del lugar, rozando la utopía, se atreven a describir como el único posible para alcanzar el sueño de la libertad.
Pues bien, a todos los creyentes de esas teorías y a los que pretenden convertirse a ellas para adaptarse a los nuevos tiempos, ya sea por inercia, aburrimiento o placer, he de advertirles con toda la humildad que me contempla, el respeto que siento por sus convicciones y el noble sentimiento de justicia moral que me embriaga, que son ustedes unos meros ilusos, que no tienen ni pajolera idea de nada, que sus cándidas intenciones han sido prostituidas para engañarles vilmente. Además, sin ánimo de ofender, les aconsejaría que se arrodillasen ante mí y que abrazaran la doctrina verdadera y el único camino a la felicidad y el bienestar individual: el no porque no.


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Para ilustrar esta idea y acabar de convencerles –aunque intuyo que las incontestables razones expuestas hasta este punto debieran ser suficientes– les voy a narrar las aventuras y desventuras de l’Alfred Menys, un joven idealista educado férreamente en los principios del no porque no. Su épica historia evidencia el asombroso poder de la negación absoluta para la conquista de las metas que uno se proponga, aunque sean severamente lejanas o aunque la torpeza colme de virtud al individuo. Queda constatada también la inoperancia del diálogo, la deferencia, la cesión o la empatía, actitudes de las cuales espero que el peso del tiempo acabe enterrando en lo más profundo del olvido.
Por voluntad expresa de su padre, el Francesc Menys, l’Alfred vino al mundo en la masía que la familia tenía ubicada en un majestuoso paraje de l’Empordà. Lo primero que sintió l’Alfred en vida fue el agua del Llobregat bullir dentro de la caldera metálica que había visto nacer a diez generaciones de Menys. El Francesc Menys y su esposa, la Teresa d’Orts, no podían ser más felices. La mujer, ya entrada en años, había cumplido su sueño de ser madre y así poder devolver una parte de todo su amor, satisfaciendo las aspiraciones de un marido que le había dado todo cuanto podía desear. De esta forma, el Francesc se aseguraba la sucesión del negocio familiar, el cual había comenzado a dirigir recientemente. Estaba convencido de que su hijo sería el eslabón que pondría a Tèxtils Menys en primera línea mundial y en ello centraría todos sus esfuerzos.
Desde bien pequeño, l’Alfred fue consciente de que algún día sería un hombre importante. A cambio sólo debía acatar las órdenes de su padre. Éste le inculcaría la rectitud, la disciplina y la cultura del esfuerzo empleando las mismas herramientas que, de forma astuta, había utilizado su padre con él mismo: el no porque no y el sí porque sí. No porque no a jugar en el parque con otros niños, a dibujar tumbado en el suelo, a ensuciarse la ropa, a repetir las tonterías que le hacían gracia, a reír a carcajada limpia. No porque no a ser un niño. Sí porque sí a ir a misa los domingos, a llevar la raya en el lado derecho, a callar cuando hablaban las personas mayores, a asistir a clases de idiomas, conservatorio, ajedrez, entrenamiento de tenis, equitación, kárate, campamentos con scouts y en los tiempos libres a repasar el Misalito y leer la colección entera de El Barco de Vapor. Sí porque sí a ser un gran Menys.
Por su parte, la Teresa se deshacía en atenciones hacia l’Alfred. Le cantaba, lo bañaba, le sonreía, lo abrazaba, lo besaba, lo mimaba y le acariciaba hasta casi desgastarlo. También le constentía algún que otro capricho sin importancia como pedir un helado justo antes de comer, instalar una televisión en su cuarto, cocinarle todo lo que a él le gustaba, no ir a clase porque tenía unas décimas de fiebre, comprarle la tecnología más moderna y más cara, tirar petardos en el inodoro o ir montado a caballo al colegio. En poco tiempo, la Teresa se percató de que ya no podría decirle que no a l’Alfred, ya que éste encolerizaba, se hinchaba a llorar y a gritar, con la cara enrojecida y la respiración agitada, haciéndole pedazos su delicado corazón.
En aquel tiempo las cosas iban mejor que nunca en la fábrica: habían comprado una maquinaría extranjera que doblaba la producción con la mitad de capital humano. Sin embargo, el Francesc no se contentaba, quería más, más y más, así que pidió diversos créditos para expandir el negocio. También aprovechó la ocasión para comprar un palacete en la zona más cara de la ciudad, un par de coches de lujo y un yate. L’Alfred cambió de colegio para ir al mejor de la ciudad, y por tanto el más caro, al que asistían hijos de futbolistas, políticos, nobles, toreros, famosetesy los hijos de la gente de bien en general. Mientras tanto, el saldo de la tarjeta de crédito de la Teresa aumentaba de la misma forma que el tiempo que pasaba de compras o haciendo vida social, gintonic en mano. Solía reunirse con mujeres de bien que charlaban sobre temas de bien tales como la pereza y la bajeza social del servicio doméstico, cotilleos de altas esferas o joyerías, boutiques y centros de estética para gente de bien.
Todo marchaba a las mil maravillas, pero el Francesc quería más, más y más y se le metió entre ceja y ceja la idea de aumentar la familia a toda costa, poder así reforzar la imagen de cabeza de una gran familia y disponer de nuevos y robustos brazos que sostuvieran el negocio. A pesar de las reservas de la Teresa, que bordeaba los límites impuestos por la biología, no había forma de decir que no a nada que el Francesc se propusiera. De esta forma, hacían el amor religiosamente todas las noches sin ningún tipo de pudor, compasión, consideración, ni tacto. En uno de aquellos actos, la Teresa se dio cuenta de que odiaba con todas sus fuerzas a aquel oso peludo y sudoroso que tenía por marido. Descubrió que le repugnaba que la tocara con sus despiadadas garras, sentir la humedad de sus codiciosas babas y comenzó a meditar un plan para escapar junto a l’Alfred y emprender una nueva vida en un país distinto.
Cuando todo estaba listo para la huida, con l’Alfred rebosante de ilusión por conocer las pistas de esquí de Grandvalira, de repente la Teresa empezó a sentirse muy débil y a sufrir unas náuseas que no podía contener. Abrazada a la taza del wáter advirtió que estaba embarazada y maldijo su suerte, al futuro retoño, pero sobre todo al Francesc. Con aquel panorama, la independencia debía esperar un tiempo. Finalmente, el embarazo se tradujo en dos niños y una niña: Lucía, una niña de mofletes graciosos y aficionada a la siesta; León, un niño frío y amante de las morcillas de cebolla y arroz; y Aarón, un chico robusto con predisposición para las jotas. Los nombres habían sido impuestos por el Francesc que, de paso, decidió aprovechar la visita al registro para cambiar el suyo y rebautizarse como Francisco. Creía que de aquella forma se haría respetar en las altas esferas donde cada vez estaba más y mejor valorado. Además, interpretando la frialdad y la hostilidad creciente de laTeresa, Francisco tomó la iniciativa de cederle mayor autonomía e ingresarle más crédito en sus cuentas.
Entretanto, ajeno a aquellas asperezas, los valores del no porque no se asentaban en la cabeza de l’Alfred Menys. Influido por un grupo de jóvenes descarriados, pedía a sus padres que le dejaran salir de fiesta hasta altas horas de la madrugada. Tentado por las diabólicas curvas de sus compañeras, quería quedar con otras chicas para ir al cine, pasear, cenar y descargar su pubertad. Corrompido por las estridentes melodías de guitarras eléctricas, sugirió que le permitieran ir a conciertos de música rock. Y, por último, seducido por la modernidad y la popularidad que daba lucir piercings y tatuajes, l’Alfred comentó la posibilidad de hacerse un tatuaje en el brazo con un corazón que tenía inscrito “Amor de la meva mare” y un piercing en el glande. Pero se encontró el no como respuesta, apostillados por sendos porque no, acompañados de una merecida tunda en función de la inmadurez de sus propuestas.
Consciente de las necesidades y los deseos de su hijo mayor de edad, procurando garantizarle lo mejor, Francisco matriculó a l’Alfred en una de las business schools más prestigiosas, y por tanto más caras, de los EEUU. Al haber obtenido unas pésimas calificaciones durante un bachillerato aprobado mediante sobornos, además de pagar los varios centenares de miles de matrícula, el empresario tuvo que abonar un extra como compensación de admisión tras las mediaciones de un contacto en el ministerio, el embajador, el obispo y un par de jóvenes exuberantes que bailaban de forma sensual en la barra del bar que Francisco solía visitar tras la jornada laboral.
En su época de estudiante en los States, l’Alfred eligió la vida que siempre había deseado tener y nunca le habían permitido: salía todas las noches a quemar las discotecas, bebía hasta olvidar quién era, iba a salvajes conciertos de punk, heavy, metal y hardcore, follaba hasta que se le caía a trozos, se quedaba dormido en portales, se hizo varios tatuajes con frases trascendentes como “Fuck Love” o “Only God Can Judge Me”, calaveras incendiarias y símbolos divinos de los cuales desconocía su significado o procedencia. También se agujereó orejas, nariz, cejas, labios, lengua, glande y testículos, aunque este último se lo tuvo que cerrar debido a una severa infección. L’Alfred era más feliz que nunca, era el puto amo, nadie lo podía parar. Nadie le podía decir que no.
Mientras tanto, la familia Menys-d’Orts se resquebrajaba. El déficit galopaba descontrolado por las cuentas de Tèxtils Menys, amenazando con sumir en la bancarrota al negocio. Los despidos y las huelgas se habían ido sucediendo, mientras que los acreedores y los clientes comenzaban a estar hartos de las falsas promesas de Francisco. Gran parte de aquella situación era debida a la insostenible expansión del negocio y al sueldo astronómico de su líder, del cual su mujer disponía de un 3% extra. A expensas de su marido, el cual hacía la vista gorda a la comisión, laTeresa enviaba este dinero a un paraíso fiscal, el cual le serviría para afrontar su fuga definitiva junto a un banquero de aquel país del que se había enamorado de la noche a la mañana, recobrando la ilusión de vivir. Francisco, completamente frustrado y desesperado, se pasaba las horas encerrado en un club esperando a que las cosas volvieran a su cauce normal sin hacer gran cosa. Estaba convencido de que su hijo sabría cómo gestionar aquella crisis y que todo se solucionaría cuando llegara de EEUU y aplicase sus conocimientos. Lucía, León y Aarón crecían abandonados a su suerte, yendo sucios y con la ropa despedaza al colegio, rebuscando entre los contenedores de una conocida empresa de comida rápida para subsistir. Lucía, la aparentemente más espabilada, empezó a echarle las culpas a su madre que, además de no trabajar y pasarse el día de compras, nunca se había preocupado por ellos. El resto de hermanos asintieron y se desencadenó una animadversión irreversible hacia su propia madre.
Aunque, sin lugar a dudas, lo peor de que las cosas vayan mal es que puedan ir todavía a peor. De esta forma, todo estalló cuando Francisco recibió una carta en la que se le advertía que su hijo llevaba sin presentarse a clase durante dos cursos y que, con todo el dolor de su corazón, debían expulsarlo. El sufrido padre enfureció y trató de reclamar el importe de los estudios, pero le respondieron que, con todo el dolor de su corazón, en virtud de las estrictas normas de la business school, aquello resultaba imposible. Como compensación, le devolvieron una gran parte en acciones de un valor seguro: Lehman Sisters.
Poco después de que su padre le cortara el grifo, l’Alfred no tuvo más remedio que volver a casa y aceptar que debía afrontar sus responsabilidades. Fue en el largo trayecto de vuelta en barco –ya que no disponía de dinero para tomar otro medio– cuando el joven urdió su plan maestro: se independizaría. A pesar de su nivel de enfado y frustración, así como la dura reprimenda que tenía preparada, la noticia hizo pedazos a Francisco. Sereno, sin disimular la rabia, le contestó que aquel niñato en el que había invertido tantos esfuerzos, dinero y tiempo no tenía ningún derecho a proponer, ni decidir, ni casi hablar sobre su futuro. Su futuro, bramó, lo decidiría él. Para más inri, aunque sólo fuera por hacerle la puñeta a su marido, la Teresa apoyaba con todas sus energías al muchacho y estaba convencida de que esa era la única forma de poder ser libre. Aprovechando un momento de flaqueza de Francisco, quien estaba al borde del infarto, anunció que ella también se independizaba. No quería saber más de la familia. Consecuentemente, presentó un documento en el que renunciaba a sus derechos como madre y la demanda de divorcio.
Para Francisco, divorciarse de aquel carcamal no suponía ningún problema, sino más bien un alivio. En cambio, no podía permitir que su hijo se marchara justo en ese delicado momento y dividiera a la familia. Todavía conservaba esperanzas de poder introducirlo como currela en la fábrica y que algún día heredara el negocio. Además, tenía la sartén cogida por el mango: l’Alfred era un completo inútil, no encontraría trabajo y no disponía de ni un céntimo para independizarse. Sabía que el reto que le estaba proponiendo era ficticio. Así que, empleando la efectiva retórica del no porque no, destruyó sus planes alegando un supuesto decreto inviolable entre padres e hijos. Prosiguió anunciándole que al día siguiente se incorporaría a la plantilla de Tèxtils Menys y que gran parte de su sueldo iría a parar a la familia. L’Alfred bramaba en silencio y su sangre hervía. No podía rechazar las condiciones de su padre, ya que así lo establecía el supuesto decreto, pero su pulso separatista no se había visto mermado, sino que había resultado fortalecido.
Ya sin la Teresa, Francisco y su no porque no se erigieron como modelo para el resto de sus hijos, quienes se habían posicionado de su parte. Esta actitud se agravó con el tiempo cuando l’Alfred tomó la postura de criticar deliberadamente a su padre al espoliarlo y repartir el dinero que ganaba con el sudor de su frente entre el resto de sus hermanos, los cuales no producían ningún beneficio para la casa. Por otro lado, el negocio familiar tuvo un inesperado golpe de suerte. Unos inversores alemanes compraron la fábrica, haciéndose cargo de todas sus deudas y asegurando su viabilidad. A cambio, Francisco, en su papel de presidente títere, debía gestionar un fuerte número de despidos, rebajar los sueldos de los afortunados trabajadores, abaratar el coste de los productos y recortar la calidad de las materias primas. La plantilla llevó a cabo una serie de protestas violentas contra Fransico, al que incluso agredieron cuando paseaba por el centro de la ciudad, que fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas y cuerpos de seguridad de Francisco. De este modo, con la fuerza del terror, la fábrica se convirtió en un lugar seguro y apacible.
El despido de l’Alfred era de los más económicos, pero ser el hijo del jefe le bastó para continuar en plantilla. Aunque de carácter reivindicativo e implicados en las protestas, también habían conservado su puesto l’Oriol Fanegues i l’Antonio Cupaire. Ambos se convirtieron en compañeros inseparables de l’Alfred. Cada uno a su manera, comenzaron a demostrarle que conseguir el derecho a la autodeterminación era más sencillo de lo que creía. Según comentaban, el supuesto decreto no era más que una falacia que oprimía a los individuos que anhelan su propia libertad. Los dos trabajadores aconsejaron a l’Alfred que debía marcharse de casa y buscar un nuevo empleo. L’Oriol creía que debía dejar claro a su padre los motivos de la independencia sin redoblar su pensamiento e iniciar una desconexión progresiva con sus lazos familiares; mientras que l’Antonio argumentaba que debía independizarse por las bravas puesto que su padre era un explotador y un opresor al que no le debía nada, y nunca podría alcanzar una personalidad propia y plena junto a él. Aquellas tesis calaron hondo en l’Alfred, quien las repetía para sí mismo una y otra vez hasta que se convenció de que eran su única salvación.
A finales de año, los tres se independizaron a un piso viejo de un barrio popular. Dejaron el trabajo en la fábrica para emprender un humilde negocio de camisetas con mensajes reivindicativos, después lo transformaron en uno de moda importada de Asia y finalmente lo traspasaron a un kebap donde los tres trabajan ahora felices. En la consecución de la soberanía, l’Alfred empleó sutilmente el abanico argumental del no porque no de la misma forma que le habían enseñado. Por su parte, Francisco era feliz con el anhelo de que los alemanes conseguirían llevar a Tèxtils Menys a la cima, mientras se convencía de que era un padre ejemplar y de que sus hijos crecían felices, a pesar de todas las calamidades que habían sufrido. La Teresa también era feliz, a pesar de que su amante la había abandonado adueñándose legalmente de sus ahorros y de que su exmarido le había demandado por haberle tomado el 3% de comisión. Por suerte era demasiado anciana como para temer ir a la cárcel. Se contentaba con las noticias que recibía de su hijo Alfred, que de vez en cuando le escribía contándole que aquello de la independencia había resultado un éxito y que pronto la empresa podría desbancar a la de su padre, además de otras heroicas hazañas.
Así que como conclusión, la historia de l’Alfred Menys muestra que el no porque no resulta una doctrina efectiva para alcanzar los objetivos que cualquier persona se pueda plantear en la vida. Independientemente de que haya un conflicto de intereses, la aplicación para cada una de las partes de dicha estrategia acarrea el éxito para las mismas. Sin malgastar saliva, sin perder el tiempo, sin calentar la mente, sin frustraciones, sin gotas de sudor que arden por la espalda, sin incoherencias, sin molestar a nadie, sin fisuras, sin miedos y sin vergüenzas. Basta decir noy si preguntan, contestar porque no.


Corrección de Lis Gaibar.
Bocachancladas·Navidad

No Te Lo Perdonaré Jamás

Como colofón a la Navidad, ese período en el que se conmemora el nacimiento de nuestro Señor, es tradición celebrar la adoración de los tres Reyes Magos. Tal y como precisan de manera rigurosa las sagradas escrituras, el trío viajó en camello desde Oriente a Belén para obsequiar al recién nacido hijo de Dios con mirra, incienso y oro, con la precisa guía de una estrella que les marcaba el camino. Años más tarde, rebosantes de ese espíritu navideño de generosidad para con los demás y cargados de buenos propósitos, con las arterias desobstruyéndose por la ingesta de jamón de pata negra, los niveles de ácido úrico tornando a la normalidad y el sacacorchos resoplando ante el esfuerzo de días sin descanso, se conmemora el evento en forma de cabalgata que tanto esperan los más pequeños y también los más grandes.
En el desfile, los Reyes Magos se abren paso subidos a enormes carrozas mientras su séquito reparte un poco de ese espíritu carente en nuestra sociedad a base de caramelos de sabores. Entretanto, el pueblo se lanza a las calles en masa y muestra ese arrojo de fraternidad navideña rivalizando por preciosas muñecas, balones de playa de prósperas y caritativas firmas comerciales o sosteniendo un paraguas invertido para poder amontonar un mayor número de caramelos que finalmente, fundidos al calor de su envoltorio de plástico, verán la luz de su contenedor y no la del de otro vecino. No se trata solo de una cuestión de júbilo, puesto que de la rigurosidad de la recreación se sustentará la ilusión cándida de los pequeños. Seres que llevan todo el año eludiendo rabietas hasta casi quedarse sin respiración, obedeciendo sin rechistar las feroces indicaciones de sus malvados padres y conteniendo hacia dentro todo tipo de improperios y palabrotas para ser dignamente obsequiados por la gracia de los Reyes Magos. Para que puedan sentir, rodeados de útiles enseres y estimulantes entretenimientos de plástico, la misma sensación de humildad y bondad que el mismo Niño Jesús sintió en su pesebre de paja bajo la atenta mirada de los Reyes Magos.

El caso es que la hermosa tradición era así hasta este año, año en el que la costumbre ha sido brutalmente desmantelada. Año en el que compruebo horrorizado que nuestra sociedad se aproxima sin pudor y de forma vertiginosa al fondo del precipicio. Año de la estocada cobarde a esos valores que han sido fundamentales para el desarrollo y el asentamiento de nuestra sociedad. Año que quedará grabado en los anales de la historia de nuestro país como el comienzo del desastre y que yo no se lo perdonaré jamás.
Aunque todos los años me juro que nunca más lo haré, no hay día cinco del mes de enero a eso del mediodía que no dé cuenta de que aún no he hecho la religiosa contribución a los Reyes. De esta forma, cogí el coche como alma que lleva el diablo y me sumergí en un atasco que no avanzaba en ninguna dirección mientras entraba en un bucle que consistía en cavilar nerviosamente en qué comprar y relajarme con la idea de que los escaparates de las tiendas me inspirarían. Después de dar vueltas al centro hasta casi vaciar el depósito y aparcar el coche en la calle de atrás de mi casa, entré bañado en sudor en una superficie comercial de cultura y tecnología. Las oleadas de personas discurrían como escuadrones en guerra que lidiaban para hacerse con los últimos ejemplares de las repisas. No había tiempo que pensar, así que para mi padre escogí el libro más vendido sobre erotismo nepalí; para mi madre un flamante recopilatorio de música dance; para mi hermana la primera temporada de una serie de zombies náufragos; para mi novia un personal paquete con regalo sorpresa; y para mi primo, el del pueblo, una radio AM-FM analógica con la esperanza de que la modernidad no le abrumara. Por falta de tiempo y recursos, decidí regalarme a mí mismo una dosis de austeridad y rezar para que el resto de reyes no hubieran imitado mis pasos.
Cuatro horas después, tras una majestuosa revisión de los tratados de la envoltura de regalos en la cual se apreciaban figuras que desafiaban las leyes de la geometría, una marea de gente que circulaba a contracorriente me aprisionó. Era evidente la fuerte presencia de niños pequeños con el semblante iluminado por la expectación y la felicidad que desprende la cabalgata. No pude evitar emocionarme al recordar mis tiempos de niño, en el que mis padres me llevaban de la mano hacia las primeras filas del desfile, le daban unas monedas al primer mendigo que encontraban para que cuidara de mí y una vez pasadas varias horas de la llegada del cortejo real, abandonado y al borde de la hipotermia, volvían para recogerme. Nostálgico y con la ilusión a punto de llenarme el lagrimal, me sumí en el populacho para ver el paso de sus majestades.
Fue en ese momento cuando pude comprobar la barbarie en mis propios ojos. No había rastro de camellos, animales sagrados en la tradición cristiana y vanagloriados en diversos pasajes de la Biblia; los villancicos habían sido sustituidos por música y danzas de países innombrables, imponiendo de manera sectaria las costumbres de pueblos inferiores a las nuestras. Para colmo, la aportación de dulces de las empresas patrocinadoras era escasa y el rugido de mis tripas comenzaba a ser ensordecedor. Pero lo peor estaba por llegar, la herejía hecha realidad, las llamas del infierno iluminando las calles: Melchor, Gaspar y Baltasar ataviados con trajes que bien podrían pasar por cortinas de baño de un outlet o indumentarias propias de juerguistas obesos en Las Vegas. A todas luces, aquel bochornoso carnaval distaba kilómetros de la tradición conservada durante siglos y suponía una cruel burla a los valores de la fe mayoritaria.

Multitud de niños torcieron el rostro incrédulos y gran parte de estos comenzaron a llorar desconsolados, con la ilusión resquebrajada al ver que aquellos fantoches no eran más que unos malditos impostores que se hacían pasar por sus majestades, magos que estaban a punto de emprender un viaje por medio mundo en camello repartiendo regalos en cada una de las casas de los niños que habían sido buenos, que pararían para devorar sus galletas y saciar su sed con sus vasos de leche y que, además, en ese momento desfilaban en varios miles de cabalgatas al mismo tiempo.
Sin duda, aquello era un sacrilegio fruto del odio a las tradiciones, un acto que no merecía justificación, una actitud que bien suponía el comienzo del final de nuestra identidad como pueblo, una muestra de la crisis de valores de nuestra sociedad actual, un desliz premeditado para mofarse de las creencias ancestrales que merece una contestación contundente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Hacer procesiones con vírgenes en minifalda o que el Ramadán sea financiado con fondos públicos? Las tradiciones son para respetarlas, no para reinventarlas, ni para adaptarlas a los tiempos, porque como su propio nombre indica son eso, tradiciones. Con absoluta rotundidad, he de reiterar que mis pensamientos son conclusiones de mi propia experiencia, la cual nunca jamás fue corrompida ni influenciada por las reposadas labores informativas de los medios de comunicación, a los cuales como persona crítica y formada tomo en consideración de forma minuciosa, aunque, de tanto en tanto, me permita la consideración de echar un ojo a sus encabezados para formarme un juicio profundo y libre. 

Mientras esgrimo estas líneas de justicia y respeto para mi creencia, por otro lado necesarias, de las que confío se genere un debate sosegado y bien argumentado para acabar con la dictadura del odio, doy cuenta de que ahora comienza mi tiempo de disfrutar de los frutos de la tradición: jugar hasta que se me caigan los ojos al videojuego que los reyes consiguieron rebañar para mí de las barricadas del centro comercial ayer por la noche.

Bocachancladas

Pedagogía Sobre Impuestos

Durante la recta final de campaña los partidos aceleran y ponen en marcha toda la maquinaria en busca de ese último voto indeciso. Indeciso, obviamente, porque en cuatro años ha estado tan ocupado que no ha tenido ni un solo segundo para encender la radio, leer la prensa, ver la televisión, navegar por internet, salir a la calle a por el pan o, en el mejor de los casos, porque tuvo la fortuna de ganar un sorteo para pasar la legislatura entera en una isla desierta con un collar hawaiano al cuello y poniéndose tibio de mojitos.
Algunos políticos, después de un período de encierro forzoso sudando la gota gorda por levantar el presente y futuro del país, discutiendo permanentemente entre ellos y llegando a acuerdos vitales, accesibles al eludir un despreciable murete de asesores, guardaespaldas o pantallas de plasma, se lanzan a las calles y descubren los beneficios de la luz solar a diferencia de la de los focos y del aire fresco en detrimento del acondicionado. Luego, pasa lo que pasa: el desconocimiento de la calle entraña ciertos peligros.

En la tesitura de tratar de convencer al sufrido y confuso elector, los políticos no vacilan en mostrarse como verdaderas estrellas de rock dejando que el ciudadano se fotografíe con ellos en modo selfie, muestran que poseen intactos ciertos rasgos de la condición humana como el de tener sentimientos, juegan al pin pon en el ente público dentro del palacete de una estrella de la ranchera en el panorama internacional, bailan coreografías que suponen un nuevo desafío a las leyes de la gravedad y el clásico, cómo no, prometer hasta meter. En esta última parte, el confiado votante, de buena fe, muestra una inteligencia felina al obviar la segunda parte del dicho, aunque sería arriesgado descartar la amnesia debido a las vacaciones paradisiacas.
Esta semana tuve el placer de percatarme por mí mismo cómo funciona la infranqueable maquinaria de los partidos y cuán convincente es. Recorría tranquilo las calles del centro de la ciudad cavilando la secreta estrategia con la que las anchoas se habían apoderado de los campos de olivos hasta meterse dentro de las aceitunas cuando de repente me vi sorprendido por un tumulto de gente que se agolpaba alrededor de un stand teñido de una tonalidad azulada. Se trataba del partido azul, una organización tradicionalmente política caracterizada por defender los valores de la gente de bien que se había reconvertido en una organización de caridad activa. Dicha organización también se caracterizaba por defender la concepción de la vida, las tradiciones religiosas y los intereses de la familia: el interés del primo que tenía una empresa de construcción en edificar en una arboleda milenario que no daba rendimiento, el del cuñado que ideaba unos productos financieros de mayor rentabilidad que un plazo fijo sin riesgo apreciable y el del sobrino rebelde que había encontrado un puesto de trabajo en una empresa que subcontrataba el ayuntamiento.
Independientemente de esas nobles convicciones, celebré emocionado el paso del partido a la acción social, que a través de sus simpatizantes repartía dulces navideños a los ciudadanos de a pie y gorros y globos para los más pequeños, impregnando al pueblo de un poco de espíritu de navideño. Una lágrima emocionada surcaba por mis mejillas, los votaré en las elecciones, pensé, y hasta trataré de convencer a mis círculos para que me sigan.
De esta forma, como humilde ciudadano, me dirigí a los responsables para poder reclamar mi dulce navideño, mi globo azulado, unos folletos informativos y, si podía ser, un póster a tamaño real del candidato de mi circunscripción para poner en el salón, encima de la televisión. Los presentes, ataviados con prendas sencillas que recogían las sensibilidades de un orden de diez o doce razas de animales distintos en forma de piel, se mostraron encantados y me pidieron a cambio un pequeño favor: una firma para reclamar la supresión del impuesto sobre sucesiones y donaciones. Sin pensármelo dos veces, firmé y en unos segundos estaba devorando el exquisito mazapán ataviado con un gorro de Papá Noel azul, sujetando el globo con la otra mano y un centenar de folletos entre mis piernas mientras un popurrí de villancicos embriagaba mis oídos y la alternancia de luces de los negocios se reflejaban en mis ojos de elector decidido.
Malditos burócratas que cosen a la gente humilde con impuestos absurdos y, en este caso, recurrentes, reflexioné tratando de no atragantarme. Lo único que están consiguiendo es ahogar a las familias trabajadoras y de esta forma reducir el consumo con la consecuente ruina del empresariado del país, motor de la recuperación económica y baluarte de la prosperidad y el desarrollo. Además, para mi fortuna y la de mis compatriotas, pude constatar que el partido azul no sólo se lanzaba a las calles para encabezar la presión popular contra los impuestos absurdos, sino que prometía bajarlos todos.


Horas después, mientras dormía, me sentí terriblemente indispuesto: tenía un extraordinario dolor de barriga que se propagaba con violentas sacudidas en el abdomen y una intensa calentura inusual. Heroicamente, llegué al servicio de urgencias sobre mis dos piernas y apoyándome de vez en cuando con los dos brazos en el suelo. Allí, después de un par de terribles horas de espera, expuesto a mortales infecciones, me atendieron de aquella manera y me despacharon rápidamente diciendo que sufría los síntomas de una intoxicación alimentaria y que se iría naturalmente al expulsarlo con previsibles síntomas de colitis aguda. ¡Menudo diagnóstico, menuda atención! Sin duda, la sanidad de este país estaba hecha unos zorros.
Indignado, me fui a las urgencias del médico de pago y en unos minutos, sin colas y sin riesgo de desarrollar ninguna enfermedad adicional, tras rellenar una serie de solicitudes, acreditar mis datos bancarios, dar las huellas de los dedos de mis manos y de los dedos de mis pies, el centro procedió a hacerme unos exámenes con rayos, un escáner, un electro, un blanqueamiento dental y una buena manicura. Después de completar el proceso rutinario, me dieron el verdadero diagnóstico: dolor de panza, cagalera de campeonato y un par de muelas picadas. Feliz por haber burlado a la muerte con estoica entereza, pagué la factura y pedí cita para la cuestión dental.

Cuando creía saberlo todo, la vida me había dado una gran lección: la salud no tiene precio. Aunque es probable que tenga que aguantar el mes reduciendo lujos que no me puedo permitir, sin vivir por encima de mis posibilidades, he de recalcar que eso sí que era un dinero bien invertido y no ese que inútilmente se iba para impuestos.
Bocachancladas

Estudio En Naranja

En mi particular cruzada por compartir y debatir ideas sobre política y las elecciones que tenemos a la vuelta de la esquina, desde un clima de respeto y una posición abierta, he topado con un perfil que, imagino fruto de la casualidad, se repite sistemáticamente. Por supuesto, puede leerlo con tranquilidad, estoy seguro de que usted no responde al perfil planteado. No soy sociólogo y he de advertir que soy considerado frecuentemente como bocachancla, pedante e irrespetuoso, con lo cual es posible que mi estudio sea erróneo, hiera ciertas sensibilidades o tenga unas terribles ganas de mandarme a freír espárragos. Por anticipado os pido que aceptéis mis disculpas, no lo hago con maldad.
El perfil presentado en cuestión responde a una persona de sexo indiferente y una edad joven/media. Normalmente, cuenta con una formación media/avanzada, perteneciente a una clase social de perfil media/baja, tiene cierto interés en la política nacional y confiesa que votará en los comicios del domingo. Para preservar el anonimato de las personas que responden a este perfil, no revelaré el partido al cual tienen decidido emitir su voto, por tanto, a partir de ahora, nos referiremos a esta opción como Partido Naranja y a su líder y candidato Alberto Arroyo, nombres totalmente ficticios.


 La experiencia del estudio, nos revela que el perfil analizado responde a las siguientes características:

i) Afirma que las razones para votar al Partido Naranja se basan en la coherencia de su líder, Alberto Arroyo, la buena presencia del mismo, así como la postura estoica frente a temas vitales en su día a día como la independencia de Catalunya, la voluntad de firmar un pacto de Educación, la supresión del Senado y Diputaciones y, por supuesto, que garantiza su libertad y seguridad al tener una posición férrea contra la terrible y latente amenaza del yihadismo. Una parte pequeña, confiesa haber votado en el pasado a otros partidos que considera caducos, pero sostiene satisfecho que hay que avanzar hacia la regeneración y dar paso a la política nueva.


ii) Al ser cuestionado por otras medidas del Partido Naranja, como el contrato único o el complemento salarial, responde que deben ser buenas porque son apoyadas por un sinfín de economistas de postín, los cuales no sabe citar, y que se aplican en países tales como Dinamarca, ejemplo de desarrollo y prosperidad. El diálogo revela que el sujeto no sabe citar detalles concretos de la medida tales como indemnizaciones por despido, diferencias con la Reforma Laboral actual o la forma en que se aplicaría. Aun así, reafirma que es la mejor medida y que acabará con el paro.

iii) Cuando se plantea la remota posibilidad de que ese tipo de reformas pudiera implicar la desprotección del trabajador y aumentar la temporalidad, sostiene que los empresarios deberían tener más herramientas para hacer y deshacer ya que ellos son los que, claramente, traen la prosperidad al país y los que nos sacarán de la crisis.

iv) Al reconocer que desconocen más medidas propuestas por el Partido Naranja, sin ser estimulados para hacerlo, sonríen y de forma enérgica muestran una loable habilidad en el cambio de tema de conversación para hablar de otro partido, el cual también concurre a las elecciones, al cual llamaremos Partido Morado y a su líder le llamaremos Paolo Chiese.

v) En su encendida crítica contra el Partido Morado emplean argumentos de peso, perfectamente ensamblados y madurados, que revelan que dicho partido apoya dictaduras tales como la de Venezuela, que en su cúpula existen corruptos como Juan Carlos Cartera, que han sido financiados por países como Venezuela e Irán, que tampoco piensan pagar la deuda y que pretenden dar “paguitas” a todo el mundo.

Aunque no suele ser habitual, un pequeño reducto que responde a este perfil, añade que el Partido Morado no condena la violencia de ETA, que inundará las calles de inmigrantes –a los cuales no está del todo claro que merezcan tener el trato de igual–, que sostiene políticas que han llevado a la ruina a países como Venezuela, la extinta URSS o que califican que Paolo Chiese sostiene el totalitarismo y no puede ser un presidente serio ya que se recoge el pelo con una coleta.

Para ello, no vacila en defender y apoyar a terroristas por el honor que supone ser opositores al gobierno venezolano –aunque muestran un objetivo desconocimiento sobre la situación social, política y económica, y eluden dar más detalles sobre la situación de dicho país que no sean calificados como ruina o desastre–, defender el legítimo derecho que tienen los acreedores del país a recibir el pago de sus deudas aunque fuesen reconocidas internacionalmente como irregulares, dar un perfil mayoritario de holgazán a las personas que reciben una prestación social, cuestionar la legitimidad democrática de la II República y salvaguardar los intereses empresariales de multinacionales que declaran millones de beneficio. Para mi sorpresa, el sujeto no afirma poseer una empresa que facture millones o tener una vinculación clara con la misma.

vi) Al ser preguntado por fuentes que sostengan las informaciones citadas, suele recurrir a expresiones como “he leído no sé dónde…”, “he escuchado en…”, “me han contado que…”, incurriendo, en rarísimas ocasiones, en algún error de puntualización. En este punto, el sujeto suele ensalzar que es una persona crítica, que lee, escucha o sintoniza varios medios de comunicación de distintas índoles, contrasta información, es independiente y jamás nadie podría manipularlo.

vii) Por último, se produce un silencio que se prolonga en el tiempo. En este punto el perfil se bifurca en dos: prolongar el silencio o redundar en los puntos iv), v) y vi) del estudio en bucles arbitrariamente prolongables.


Insisto, como dije en el comienzo, que usted no responde a este perfil y que es muy probable que haya una cierta componente de fantasía en él.