Autobombo·cuarentena

‘La cuarentena de los necios’ llega a su fin

Toda cuarentena tiene un final, la estupidez no. Huang y yo nos vamos de vacaciones a una isla del Nuevo Mundo donde sólo hay cocoteros y botellas de ron. Aprovecharemos para repasar y engalanar La cuarentena de los necios. Mientras tanto, podéis encontrar un primer borrador en el siguiente enlace. Se admiten sugerencias y comentarios. Ha sido un placer compartirlo con todos vosotros. Estamos muy agradecidos por el recibimiento. Volveremos. Adelante!

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Bienvenidos al Nuevo Mundo (Cuarentena XXXI)

Comenzar resulta más sencillo que terminar. Un comienzo genera expectativas que, con independencia de que se cumplan, calientan y alientan a cuantos su techo pueda cobijar. El fin es una forma de constatar que las expectativas fueron meras ilusiones, de certificar el fracaso o de arrepentirse por el tiempo empleado. Terminar es un acto cruel y despiadado, el cual pone de manifiesto la nimiedad del ser humano y lo que lo rodea. La posibilidad de huir y dejar un final a medias es tentadora, pero sólo retrasa lo inevitable. El nacimiento es producto de una serie de azares que rozan la magia, mientras que la muerte es un trámite comparable a sacar la basura. No existen finales perfectos. Lo que existe son comienzos que albergan la duda. Es por ello que ante el miedo a un final, algunas historias optan por concluir con un comienzo.

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La revuelta de los necios (Cuarentena XXIX)

La historia está plagada de ejemplos que demuestran que el progreso es una constante lucha entre dos fuerzas: la que desea avanzar y la que quiere quedarse donde está. De la iteración entre ambas han surgido los eventos más estudiados: guerras, conquistas, expresiones culturales, proyectos económicos y políticos. La primera facción asume que un cambio generará mejores condiciones de vida e intenta acelerarlo, provocando fricciones y contradicciones. La segunda se limita a negarlo, entorpecerlo o crear espejismos, convencida de que la transformación, al menos para ella, será a peor. La abolición de la esclavitud, la aceptación de la homosexualidad, la mitigación de la explotación laboral y la integración de la mujer son claras muestras de que la corriente se puede detener o retroceder puntualmente, pero, tarde o temprano, pacífica o trágicamente, el desarrollo resulta imparable y encuentra cauces como lo hace un río hasta desembocar en el mar. Cuando las puertas del confinamiento se abrieron, los avances encontraron la oposición de antiguos diques con aspecto de vanguardia.

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Espejismos de posibilidades (Cuarentena XXIX)

En determinadas ocasiones sólo vemos lo que deseamos ver. Excluyendo posibles trastornos oculares, las causas pueden ser múltiples o una combinación de éstas: deformación de la composición observada; venda impuesta para dificultar la visión parcial o total; apresuramiento que deriva en falta de atención o comprensión; o enajenación transitoria fruto de una ingesta de comprimidos artificiales sin procesar. Vivir en un espejismo se convirtió en una tónica en el Viejo Mundo, así como hacer de la posibilidad una realidad. Aunque la pandemia se encargó de disuadir cualquier atisbo de ilusión óptica, los mayores ciegos, los que no querían ver, consiguieron sobrevivir construyendo su propio mundo.

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Democracia al gusto (Cuarentena XXVIII)

El Viejo Mundo se regía según las normas de un sistema llamado democracia. A grandes rasgos, ésta consistía en tomar una decisión según el criterio mayoritario por medio de una votación en cierta igualdad. Como consecuencia de revoluciones, guerras e invasiones, multitud de países habían adoptado la democracia como forma de elegir a sus gobiernos y representantes, convirtiéndolo en una creencia casi divina. No sólo la política empleaba dicha herramienta, sino que la adicción al consenso había proliferado entre los ciudadanos. El cabeza de familia ya no decidía por sí solo si la familia iría a pasear o al cine el sábado por la tarde, sino que había que respetar la voluntad de los hijos por quedarse en casa a ver Frozen por decimoquinta vez seguida; el profesor ya no impartiría las enseñanzas de Kant porque el grupo de Whatsapp de padres había acordado que sería mejor estudiar a Rafael Santandreu, adalid de la autoayuda y la psicología de los maravedíes; y el párroco dejaría de leer la Primera carta a los corintios puesto que los feligreses habían decidido sustituirlo por la lectura de Cincuenta sombras de Grey. Fiel a su cita, la estupidez había hecho su pequeña pero notoria contribución.

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Vida low cost (Cuarentena XXVII)

Uno de los milagros que obró el Viejo Mundo fue el de los panes y los peces. Mediante un sueldo mísero podías alimentarte, vivir entre cuatro paredes carcomidas, socializar en tugurios con glamour y bañarte en jofainas de gintonic, vestir a la penúltima, comprar un utilitario de 100.000 km, hacerte selfies en el sudeste asiático, esperar a que el cartero te abasteciera con el último artefacto tecnológico, estar suscrito a quince plataformas de streaming y donar lo restante a una organización benéfica que acogiera corocoros abandonados en Surinam. El milagro era de tal magnitud que ningún científico había conseguido explicarlo sin recurrir a la brujería o al misticismo. Algunos teólogos lo achacaban a la llegada de un nuevo profeta que todavía no había sido identificado. Nadie quería renunciar a tenerlo todo, pero la pandemia se empeñó en demostrar que menos puede ser suficiente.

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Carrera hacia ningún lugar (Cuarentena XXVI)

Nacíamos, corríamos y moríamos. No importaba el destino ni el camino, lo importante era no detenerse. Multitud de corredores abarrotaban las calles, chocaban entre sí, avanzaban a ritmos dispares o adelantaban por márgenes y vericuetos. Algunos se convencían de que habían nacido para alcanzar el infinito, fingían cara de concentración y actuaban como si el cuerpo fuera a aguantarles por siempre. Otros nos limitábamos a correr tras una liebre y, una vez superada, buscábamos una nueva. Las trampas del camino obligaban a escoger entre retirarse a tiempo o morir por agotamiento. Aunque hubo quien se resistió, la pandemia obligó a suspender la carrera hacia ningún lugar. Entre los gritos de horror e histeria, el virus imploraba que todo parase.

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Carrusel deportivo (Cuarentena XXV)

En el Viejo Mundo existía una tradición profundamente arraigada: vivir en el carrusel deportivo. El deporte, que tenía sus orígenes en el ejercicio físico, la competición respetuosa y un estilo de vida saludable, se había convertido en un espectáculo que encarnaba los valores contrarios. Aunque se presentaba en varias disciplinas, la casualidad intencionada había escogido al fútbol como único representante. El espectador podía pasarse todo la semana viendo partidos sin despegarse del sillón. En las tertulias nocturnas grupos de doctos debatían sobre el tamaño del periné del delantero centro del Atlético Antoniano o polemizaban por los motivos que habían llevado al colegiado Méndez Menéndez a comprar criadillas de jabalí en la carnicería de su barrio antes de arbitrar el clásico.

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El virus de la ignorancia (Cuarentena XXIV)

El tiempo pasaba tan rápido y la sucesión de acontecimientos era tan frenética que corríamos el riesgo de olvidar cómo era el Viejo Mundo. Dicen que las sociedades que ignoran sus errores, están condenadas a repetirlos. Enmascarados con denominaciones modernas y camuflados bajo líderes de atractiva presencia, las enfermedades del odio, la discriminación y la avaricia estaban desatadas. Como el asesinato, la esclavitud o la guerra eran prácticas controvertidas, éstas se habían adaptado a la modernidad y las herramientas usadas por el sistema era tan refinadas que éste nos pedía permiso para poder ejecutar su estratagema. Multitud de valientes aplacaban las injusticias de forma separada, cuando el enemigo era sólo uno y el combate exigía unión. Como la pandemia, su invisibilidad y la levedad de sus síntomas lo convertían en un virus letal.

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Los milagros no existen (Cuarentena XXIII)

Todo tiene una explicación. Desde el origen del universo hasta el asesinato de John F. Kennedy, pasando por el innecesario afán de agotar el petróleo o extinguir salvajemente a todas las especies animales. Dependiendo de las circunstancias que la envuelven, la verdad puede ser revelada, manipulada a traición o aún desconocida. En el último caso, el ser humano da cuenta de su propia torpeza y se enfrenta a una implacable disyuntiva: reconocerla o inventar una falacia. Asumir la ignorancia debería ser un comportamiento tan natural como respirar o beber agua cuando no hay vino. La imaginación es una herramienta tan potente que, en ausencia de la verdad, es capaz de obrar milagros. Si un monje de la Edad Media pudiera encender una bombilla, pensaría que se trata de la luz del Creador. Hoy, algunos atrevidos observan el cielo y sostienen que somos víctimas del engaño, ya que para ellos la Tierra tiene forma de pizza cuatro quesos. Más allá de la ficción, los milagros no existen. Lo que existe es la ignorancia.

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Cenizas de la humanidad (Cuarentena XXI)

Recién aterrizado en el Viejo Mundo, pude recordar cada uno de sus valores. Sus creencias estaban tan arraigadas que habían convertido a nuestros amigos y vecinos en fervientes devotos, como si fueran bravos templarios participando en una cruzada. A falta de escudo o espada, luchaban empuñando el egoísmo y la ignorancia, ajusticiando al enemigo cuando se presentara la más mínima ocasión. Como en toda guerra, la lucha era de forma despiadada y las primeras víctimas resultaban ser las más débiles. A diferencia de otras contiendas, no había un adversario al que batir. Todos nos enfrentábamos contra todos. Todavía hoy me pregunto quién movía los hilos de un ejército tan disciplinado y obediente. Quizá no haya respuesta.

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De regreso al Viejo Mundo (Cuarentena XXI)

El tránsito hacia el Nuevo Mundo no fue lineal. Tampoco el sosiego o la lógica fueron conceptos inherentes al proceso. El ser humano es un ente tan inestable, que tras dar un paso hacia delante, lo más probable es que dé diez hacia atrás. Para más inri, al señalarle el error, éste lo negará o, en el mejor de los casos, dirá que ha sido inevitable, a causa de una tercera persona o fruto de una conspiración. El día que regresé a mi país después de un mes de confinamiento, emprendí también un viaje hacia un pasado que había dado por superado.

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La delgada línea (Cuarentena XX)

La pandemia no sólo desnudó las carencias de los sistemas sanitarios, económicos y sociales del mundo entero. A cada uno de nosotros nos puso de frente a nuestras miserias y se afanó en demostrar que nuestras creencias eran tan exiguas como un puñado de lentejas con hambre. En mi caso, mientras disfrutaba del falso advenimiento del Nuevo Mundo en casa de Daría, un vaso de vino fraternal y un bocado de salumi libertario, llegó una noticia que removió mi conciencia. Dicen que con el estómago lleno, todas las teorías funcionan. En la práctica, las convicciones e ideas no alimentan.

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La teoría de la uniformización (Cuarentena XIX)

En el Viejo Mundo comenzó a fraguarse un proceso silencioso: la uniformización. Si la biología señalaba un origen común a todos los seres vivos, el ser humano había desarrollado las bases de un sistema que inevitablemente nos haría converger en el mismo punto. A pesar de vivir en burbujas aparentemente aisladas, en algún momento habíamos interiorizado la idea de realizarnos, alcanzar la felicidad y que éramos únicos y especiales. Mientras tanto, en el bolsillo guardábamos el último modelo del iPhone, bailábamos el ‘Despacito’ —aunque nos esforzáramos en repetir que en realidad éramos de jazz y música clásica—, vestíamos pantalones vaqueros made in Bagladesh  y la emisión de los capítulos de Juego de Tronos paralizaba el planeta. Los días que fui okupa de casa de Daría, descubrí que la cuarentena había acelerado la evolución hacia la uniformidad.

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