Microrrelatos

Arroz Congrí

En ocasiones, el hambre feroz precede a un empacho de terribles consecuencias. Ella desprendía el aroma que sólo los fogones experimentados pueden exhalar después de preparar potaje. Su sabor era el de un mango en el punto exacto de maduración, empapando de almíbar su tez pajiza. El dulzor físico contrastaba con la acidez que envolvía a su exótica personalidad. El día después de conocerla, me sorprendió con un mensaje que decía “además de instructora de meditación, soy detective aficionada y quiero descubrir cómo combinan tus especias con las mías”. Sólo la falta de alimento para el alma podría explicar el desliz, la sed insaciable para la cual no existe jugo que la calme.
Algo en mí suplicó resistirme a los encantos de la gastronomía cubana, pero el estómago se encargó de acallar la incertidumbre. El aperitivo se sirvió sobre sus largas piernas mientras el aguacate se abría tímidamente. Después, el puerco asado se pegó sobre sus generosas caderas. Sin hastiar, me sirvió su postre de dulces guayabas. Como colofón a la velada quedó el regusto a piña que emanaba del daiquirí. Me las prometía muy felices viendo los restos desnudos del banquete sobre la cama cuando la puerta interrumpió la digestión. Un comensal inesperado de color mulato y espléndidas proporciones entró en la habitación mientras yo escapaba por el balcón. Muerto de frío me lamenté, ¡qué terrible indigestión!

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Sueños fritos

Ayer soñé que era una croqueta de puchero. Estaba hecho de hilos de pollo, tropezones de garbanzos y restos de tocino. Mi creador, el que me había cocinado en una sartén de aceite hirviendo, me servía en una bandeja junto con otros hermanos croquetas. Mi aspecto era inconfundible: tenía el cuerpo cubierto de costras negras por haberme frito de más. Con preocupación observé cómo el resto de croquetas desaparecían entre gritos de horror y yo permanecía sobre la bandeja. Nadie me comió y acabé en la nevera tiritando de frío. Cuando desperté del sueño, no sabía si meter mi cabeza en el microondas o lanzarme al contenedor de residuos orgánicos.

Por eso, en solidaridad con su terrible destino, he tomado una decisión: lloraré de cínica rabia cuando vuelva a devorar a una de mis deliciosas compañeras.

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Viajar pegados

Perdone, pero se ha sentado usted en mi asiento“, me dijo una señora desconocida de voz amable. Me mostró su billete y ambos comprobamos que habíamos sido asignados en el mismo asiento. La tripulación apremiaba a los pasajeros a sentarse, por tanto optamos por la opción más sensata: me senté en las piernas de la señora. Tras un viaje de cuatro horas, descubrimos que nos habíamos quedado pegados el uno al otro. Probamos médicos, alquimistas y magos, pero ninguno consiguió separarnos.

Sentados, en un nuevo viaje, un nuevo desconocido nos ha interrumpido: “Perdonen, pero se han sentado ustedes en mi asiento“.
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Fama Fantasma

Desde que me mudé de casa, he sido víctima de los antojos y extravagancias de una familia de muertos. La vivienda era modesta y los techos de basta altitud remarcaban su antigüedad. Además de la cercanía al centro y al puesto donde calentaba el culo, al que entre mis allegados me refería como trabajo, me atrajo su ínfimo precio. Al parecer la vivienda llevaba vacía diversos años y los intentos por buscar inquilinos habían sido infructuosos, desatando la frustración y el enojo entre dueños e inmobiliarias.
Una vez superados los trámites legales e instalado junto a mis pertenencias –un cortaúñas, un abrelatas y una bolsa de agua caliente–, descubrí la verdad sobre el alojamiento: en sus ventanas habitaban una serie de espíritus que se dejaban reflejar en los espejos con forma de fantasma. He de decir que, a pesar del estupor inicial, conmigo tuvieron un comportamiento exquisito. Se trataba de la familia de antiguos propietarios, ya extinta, que al ser de un convencimiento conservador y actitud recelosa, vigilaba que la casa donde habían nacido, crecido y muerto generaciones enteras se mantuviera decente. Al principio, me resultó grata la compañía, intercambiábamos impresiones banales, narrábamos bellos recuerdos y discutíamos con energía sobre la actualidad política, economía, técnicas de cultivo o sobre las novedades de la escena trap. Tiempo después, se tornaron insoportables: me daban órdenes sobre cómo vestir, con quien ir, que comer, y se empecinaban en que emprendiera una serie de reformas estructurales de la casa que me dejarían en la ruina.
Así pues, no tuve más remedio que llamar a los mismísimos Cazafantasmas. Les pedí que fumigaran la casa y así expulsar a la colección de espíritus y apariciones. Después de meses de espera, cruces de llamadas y una factura a todas luces abusiva, se han dejado al fantasma de la abuela. Esta, ya sin la supervisión del resto de miembros, no cesa de lanzarme piropos y picardías. Una vez más queda demostrado que se cumple el tópico: coge fama, y échate a dormir con la abuela.