Microrrelatos · Vida Moderna

Mundo imbécil

Es increíble lo bien que rota el planeta Tierra con la cantidad de imbéciles que lo habitan. Me despierto y tomo un café mientras la radio desliza las noticias. Pregonan una nueva extinción, la última ya no la mencionan. Corro a la parada del autobús, pero el conductor decide pasar de largo regándome con el agua embarrizada de un charco. Entro en la oficina un minuto más tarde del horario previsto. Mi compañero hace como que trabaja y me restriega que pasó el fin de semana en un parador a cuerpo de rey, mientras recuerdo que lo más emocionante que hice fue olvidar el teléfono móvil en la lavadora. El jefe me llama a su despacho furioso por el retraso. Además no le gusta mi anterior informe y me exige uno nuevo de forma urgente. Le pido amablemente que señale qué análisis están errados o con qué puntos no está de acuerdo. No lo ha leído, confiesa con una sonrisa, pero sostiene que disfruta torturándome.

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Abrazado a los lobos

Dicen que el último pensamiento despierto es el que se propagará a lo largo del sueño. Es por ese motivo que suelo dejar sobre la mesilla de noche algunos materiales que me proporcionen un plácido descanso. Entre ellos, libros que cimentaron la literatura universal, postales de playas paradisíacas y algún que otro recuerdo de tiempos mejores en forma de fotografía.

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Huyendo de mí

Siempre estoy huyendo. No sé muy bien desde cuándo. Es mi estado natural. No mirar atrás, dejarlo todo a medias y convencerme de que un poco más adelante estará lo que buscaba. Hay personas que opinan que es una forma de encontrarse, pero yo creo que escribir también es una forma de huir. Mi mente se llena de pensamientos regados por la cotidianeidad y la ironía desafiante, mi bolígrafo corre más que yo y el ordenador los inmortaliza. No importa que no sea lo que me conviene, ni que siga estancado en el mismo punto que hace diez años, que sea un mediocre en el trabajo, tampoco que esté procrastinando hasta que llegue la muerte.

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Malos relatos

No soy un teórico de la escritura, con lo cual no tengo muy claro cómo debe ser un buen o un mal relato. Cuando escribo intento que el animal creado llegue al hábitat que me parece que pretende indicar. Hace unos meses los compañeros de Leer en la nube, el club de lectoras y lectores de las bibliotecas municipales de Leganés, organizaron el certamen La pezuña de plata, en el cuál buscaban el peor relato. Errores gramaticales, tramas sin sentidos, lenguaje pomposo, cierres que arruinan el resto del texto… ¿Qué pensáis que debe contener un mal texto? Aquí mis dos aportaciones en forma de microrrelato.

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Nueva civilización

Oigo un rumor incesante procedente del baño. Desconcertado, registro cada rincón y cada enser. Al coger el cepillo de dientes se intensifican los murmullos. Observo una superficie compacta de tono verdoso sobre el cabezal. En él se ha fundado una nueva civilización de bacterias. Su minúsculo líder se acerca hasta mi posición y, tras una leve reverencia ante su creador, inicia un discurso en el que promete paz, trabajo, igualdad y prosperidad. Sonriente, asiento con la cabeza. Es hora de cambiar el cepillo.

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Si eso

Pasados los cuarenta, me acabo de dar cuenta de que no he hecho nada. Nada que merezca la pena, se entiende. Bueno… ¡Miento! He honrado a la autocomplacencia y a la procrastinación como nadie nunca lo había hecho. Creí que el tiempo era infinito y que podría culminar mis objetivos más adelante, cuando me asaltaran las musas, me abrazara al sosiego y me susurrara la inspiración. Pero, nunca es buen momento. Quizá he sido un poco optimista. O tampoco tanto, sólo me propuse generalizar la teoría de la relatividad, escribir una novela que traspasara las fronteras de la literatura universal, formar una gran familia y hacer carrera en un partido político para transformar la realidad.

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De pajas y vigas

Juanma Montes es un hombre que se desvive por los demás. Como cada mañana, se asoma a la ventana y observa los movimientos del vecino de enfrente mientras refunfuña. «¡Habrase visto semejante descaro! A éste lo que le pasa es que está embrutecido. Con el dinero que gana y tiene la casa que parece una leonera». Una sucesión de taconeos sobre su cabeza capta súbitamente su atención. “Ya está, la que faltaba para el duro”, se dice Juanma Montes con tono derrotado. “Ésta seguro que viene de hacer la noche. Desde aquí huele a rímel y cipote. ¡Córtate un poco, carayegua!”, grita con el cuello retorcido hacia arriba. A continuación, ve pasar en la calle a un grupo de chicos subsaharianos que van hacia la escuela. “Qué asco de gentuza. Entre estos, los chinos, los panchitos y los moros se están cargando el barrio. Y además a éstos les mantenemos nosotros con nuestro dinero. ¡Putos traidores que tenemos en el gobierno!”

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Cervezas belgas

Antes de que caiga el atardecer es tradición en Gante regar el gaznate con zumo espumoso. Grupos de ancianos, jóvenes y parejas se reúnen en terrazas, plazas y los márgenes del río a brindar por la existencia y olvidar penas. Algunos beben del envase de vidrio, otros de vasos que describen las formas más inverosímiles para realzar el amargor, el aroma a cebada o el dulzor del tostado, según la cerveza.

Después de una ingesta generosa de rubias, negras y morenas, entro al aseo a aliviar la vejiga. Me topo con el espejo y encuentro a una suerte de asno, con mirada perdida, dos orejas colgantes y unas palas que quieren salirse de la boca. Vuelvo a la planta principal, en la mesa de al lado hay dos perros que miran sus cervezas de reojo y bajo mi mesa hay un cochino que se revuelca en la cerveza que ha caído de las jarras. Un cocodrilo llena cervezas sin parar ajustando la proporción de espuma. Me debato entre volver a mi pensión o seguir la juerga con el riesgo de acabar nadando desnudo en el canal. Decidido, rebuzno hacia el cocodrilo. «Camarero, póngame una alpaca de paja para acompañar».

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La paz de las uñas

Mis manos acarician el metal envuelto de una frialdad reminiscente. La hoja superior del objeto describe circunferencias concéntricas empujado por la acción de mis dedos, mientras que la inferior se decanta por una pasividad desafiante. El punto de unión es una afilado saliente que dibuja una sonrisa maliciosa. Al voltear la parte superior y apretarla, los labios se cierran con un mordisco que amenaza la integridad de mi piel. Los dientes del objeto mantienen una perenne voracidad.

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Microrrelatos · Vida Moderna

El mundo real

Juanín Solente viaja en cueros en el metro. Ningún pasajero advierte su desnudez, pegados éstos a las pantallas de sus teléfonos móviles. Juanín Solente medita cuál será su próximo reto, el que evidencie que a nadie le importa el mundo real. Desangrarse en una plaza concurrida bajo la atenta indiferencia parece buena idea.

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El pasado siempre vuelve

El pasado siempre vuelve. Hoy, al volver a casa, me he encontrado a mi yo de dieciocho años tumbado en el sofá. Estaba famélico y apestaba a aguardiente. Tenía los pies descalzos y vestía con un saco de patatas remendado. Con lo que quedaba en la nevera, unos huevos caducados, una lata de callos en conserva y un plátano ennegrecido, le he preparado un revuelto de supervivencia.

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cuarentena · Microrrelatos

Control proverbial

El carné de identidad y el billete temblaban en mis manos. Una hilera de policías custodiaba el acceso a los andenes.

—¿Hacia dónde se dirige, caballero? —inquirió un agente con tono autoritario.

—Mmm… Eh… —comencé a titubear. ¿Cómo no haber pensado un discurso convincente? Entonces recordé una cita que había leído en el aseo de un tugurio de mala muerte—. «Nadie es dueño de su destino, sólo somos polvo en suspensión esperando echar a volar».

—Adelante, ¡tenga buen viaje!

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San Valentín en la dehesa

Siempre había detestado San Valentín hasta que conocí a Amanda. Junto a varios centenares de ejemplares uniformes de nuestra especie, habitábamos hacinados en una granja enclavada en las profundidades de un bosque de encinas y alcornoques. Amanda era especial. Se contoneaba por la dehesa con movimientos refinados y demostraba una voracidad excepcional en otoño, durante la época de bellotas.

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