Madrid·Microrrelatos

Reflejo de nieve

La nieve tiene el don de reflejar lo que somos. Al caer los copos, la muchedumbre, ávida de estímulos, corea la novedad y se echa a las calles con el propósito de consumir todo el líquido blanco antes de que otros lo agoten. Al poco tiempo, la nieve comienza a incomodar. Resbalones, coches atrapados, supermercados vacíos y la imposibilidad de pedir pizza a domicilio hacen que nuestras costumbres se tambaleen. Cuando la nieve se transforma en hielo, brota la frustración y la rabia, recordándonos que en algún momento sacrificamos la capacidad de adaptación a cambio de lavavajillas y secadora. Si de un juguete se tratara, bajaríamos al trastero y encerraríamos a la nieve para siempre. En su última fase, emerge el gusto por la autodestrucción y el bochorno, mientras participamos en sesudos debates en busca de culpables o sobre teorías que desafían la termodinámica.

Quizá los restos de nieve reflejen nuestro porvenir. En ellos sólo florece basura.

Microrrelatos·Navidad

Regalos para el ego

He pasado toda la mañana en busca de regalos. Como buen procrastinador lo he fiado todo a la inspiración del último momento. A decir verdad, el único regalo que me faltaba era el de mi querido ego, al cual bauticé como Salustiano Petulante. Aunque siempre me repite que no le hace falta nada, luego se pone hecho una furia si Santa Claus no se acuerda de él.

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Microrrelatos

La disyuntiva

Día tras día me persigue la misma disyuntiva. Aunque no emplea técnicas de persuasión, tarde o temprano obliga a tomar una de sus dos alternativas. Algunos ya lo hicieron y ahora disfrutan o maldicen su decisión. Los primeros pasean con gesto de suficiencia. Me observan como si fuera transparente y mis palabras apenas consiguen rozarles. Los segundos se mueven atropelladamente, angustiados por la crudeza del reloj y despotricando contra su propia finitud. Se juran que un día cambiarán de decisión. Sin embargo, nadie ha podido redoblar la disyuntiva.

Paseo sobre las lindes de la disyuntiva. Me debato entre ser acunado por los brazos del cinismo o resistir y acabar devorado en cualquier callejón. Entonces, cuando estoy a punto de decidirme, me pinto la cara y me enfundo el disfraz de payaso. Me acerco al parque, me alzo sobre un banco y grito: “Hoy no voy a decidir, mañana ya veremos”. Momentáneamente, la disyuntiva desaparece.

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El otro Diego Armando

Se hacía llamar Diego Armando. Lo conocí cuando era un chaval. No era una persona cualquiera, era un hombre pegado a una bota de cuero. En ella maceraba un brebaje mágico compuesto por restos de latas, botellines y cartones que encontraba por el suelo. Aunque decían que era de Chiclana, gastaba un marcado acento porteño. Paseaba por el barrio luciendo una peluca de rizos negros y un chándal roído por el tiempo y el genio. Acostumbraba a detenerse frente a las cuadrillas de chavales a pedir priva. A cambio rememoraba algunos pasajes de su célebre existencia. Narraba con emoción aquella vez en que Dios le ayudó a eliminar a Inglaterra en el Mundial. Después echaba a correr por el césped y daba un enérgico brinco para celebrar su gesta. También solía hablar de sus visitas a Fidel Castro, al que se refería como el profeta, confesando que éste era capaz de convertir el agua en vino y devolver la visión a los ciegos. Se despedía abruptamente con la excusa de que tenía que ir a entrenar a Boca o comentar un partido para la televisión.

Las últimas veces que topé con Diego Armando estaba muy venido a menos. Acompañado de su inseparable bota de cuero, se quejaba del trato que le daba la prensa, de sus desengaños amorosos y de las facturas que le estaban pasando los excesos. Repetía que sólo quería descansar y reunirse con el de arriba. Desde ayer, los dos Diego Armando corren la banda izquierda del Cielo bajo la atenta mirada de Dios.

Microrrelatos

Cinco horas de autobús

Cinco horas de autobús es el peaje más económico para viajar de Granada a Madrid. En vez de un tributo, me gusta tomármelo como una inversión.

Aprisionado en el asiento 43, con el ordenador sobre mis rodillas, celebro que el algoritmo de la compañía haya dejado el 44 vacío. Sobre él reposa mi optimista nómina de quehaceres: una carpeta de documentos urgentes que la pereza me impide revisar; un eBook con cuatro clásicos abandonados en el primer capítulo; una cantimplora de la que, por motivos de salud, está terminantemente prohibido beber; un panfleto que explica la creación del universo según los testigos de Jehová; y una libreta que siempre me acompaña para hacérmelas de interesante. Escribo: “El narcisismo está deforestando el bosque de la humanidad. Somos caminantes solitarios en el desierto”. Desde Iznalloz hasta Bailén repito el extracto en voz alta mientras me imagino alzando el Nobel de la Paz o el Roland Garros.

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cuarentena·Microrrelatos

Pesadillas pandémicas

Como de costumbre, salí a la calle para dirigirme al trabajo. Enseguida noté que la gente con la que me cruzaba me observaba y cuchicheaba. De repente, un desconocido se abalanzó sobre mí y me increpó: “Maldito terrorista, deberías andar preso”. En un ágil movimiento me zafé de sus enormes brazos y conseguí subir a un autobús que pasaba. Sin embargo, al verme, el conductor se alteró violentamente y no me dejó pasar. Consternado, busqué una calle donde refugiarme y pensar. Me miré en el reflejo de un escaparate y di cuenta de que no llevaba mascarilla. Quise volver a casa a toda prisa, pero ya era demasiado tarde. Diversas patrullas de policías se dirigían hacía mí cerrando cualquier escapatoria, incluido un helicóptero que exigía que me entregara. Me pudriría en la cárcel por haber olvidado la mascarilla.


En aquel momento, sentí unos golpes en la espalda y desperté. Todo había sido una horrible pesadilla. Me había quedado dormido en mitad de una reunión con unos inversores asiáticos. Era mi turno. Me levanté para intervenir y descubrí que estaba desnudo. Horrorizado, me llevé una mano a la boca y respiré aliviado. Por fortuna, llevaba mascarilla.

Microrrelatos

Fauna salvaje

Las gaviotas me observan de reojo. Son conscientes de que soy un extraño en su territorio. Sobrevuelan el mar aprovechando las corrientes de aire en búsqueda de alimento. Apenas se observan peces en la orilla. Repentinamente graznan y con disimulo se van acercando hacia mi posición. Con temor de convertirme en su presa, les pregunto qué piensan comer. Entonces, el líder de la bandada, el más longevo de todas las aves, me acerca unas monedas. Amablemente, pide que me acerque al chiringuito y les traiga papas fritas y cola fresca. La fauna salvaje ya no es lo que era.

Microrrelatos

Veranos andaluces

Los veranos andaluces son como una noria que nunca deja de girar. Desde la salida del sol hasta la puesta, busco refugio en el sofá. El abrazo de calor produce una somnolencia que empapa cualquier actividad. Intento leer el ‘Romancero gitano’ y en medio párrafo sueño que García Lorca y yo estamos brindando con rebujito sobre la barra de cualquier tugurio.

Me despierto e intento cocinar salmorejo mientras me refresco con un trago de Palo Cortado y suena ‘La leyenda del tiempo’ de Camarón. Dejo el salmorejo reposar y cuando me dispongo a engullirlo compruebo que se ha evaporado. Aun hambriento, me dejo arrastrar por la sagrada hora de la segunda siesta. Me quedo incrustado entre los cojines del diván y he de pedir un rescate a los bomberos como si fuera una ballena que ha varado en la costa.

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Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

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Microrrelatos

Sonrisas inalterables

Hoy he hecho una entrevista para el trabajo de mis sueños: payaso de circo ambulante. Pasé a la fase final entre multitud de grandes candidatos, algunos formados en las mejores escuelas de bufones y otros de nobles familias circenses. Aunque me temblaban las manos, mi actuación ha salido mejor que en los ensayos. He comenzado con el truco de la flor que lanza agua,. Después, he montado en monociclo haciendo malabares con caniches y finalmente he contado unos chistes sobre temas banales de humor blanco, como los disturbios raciales.

El director del circo reía y aplaudía ensimismado cada una de mis tropelías. Cuando creía que me iba a ofrecer el puesto, me ha preguntado: ¿muchacho cómo mejorarías el circo? Tras diez minutos de propuestas, el hombre ha cambiado radicalmente de semblante. Al final ha escogido al primo del contorsionista. No creo que sea tan divertido como yo, pero tiene una clara ventaja: es mudo.

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Arroz Congrí

En ocasiones, el hambre feroz precede a un empacho de terribles consecuencias. Ella desprendía el aroma que sólo los fogones experimentados pueden exhalar después de preparar potaje. Su sabor era el de un mango en el punto exacto de maduración, empapando de almíbar su tez pajiza. El dulzor físico contrastaba con la acidez que envolvía a su exótica personalidad. El día después de conocerla, me sorprendió con un mensaje que decía “además de instructora de meditación, soy detective aficionada y quiero descubrir cómo combinan tus especias con las mías”. Sólo la falta de alimento para el alma podría explicar el desliz, la sed insaciable para la cual no existe jugo que la calme.
Algo en mí suplicó resistirme a los encantos de la gastronomía cubana, pero el estómago se encargó de acallar la incertidumbre. El aperitivo se sirvió sobre sus largas piernas mientras el aguacate se abría tímidamente. Después, el puerco asado se pegó sobre sus generosas caderas. Sin hastiar, me sirvió su postre de dulces guayabas. Como colofón a la velada quedó el regusto a piña que emanaba del daiquirí. Me las prometía muy felices viendo los restos desnudos del banquete sobre la cama cuando la puerta interrumpió la digestión. Un comensal inesperado de color mulato y espléndidas proporciones entró en la habitación mientras yo escapaba por el balcón. Muerto de frío me lamenté, ¡qué terrible indigestión!

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Microrrelatos

Sueños fritos

Ayer soñé que era una croqueta de puchero. Estaba hecho de hilos de pollo, tropezones de garbanzos y restos de tocino. Mi creador, el que me había cocinado en una sartén de aceite hirviendo, me servía en una bandeja junto con otros hermanos croquetas. Mi aspecto era inconfundible: tenía el cuerpo cubierto de costras negras por haberme frito de más. Con preocupación observé cómo el resto de croquetas desaparecían entre gritos de horror y yo permanecía sobre la bandeja. Nadie me comió y acabé en la nevera tiritando de frío. Cuando desperté del sueño, no sabía si meter mi cabeza en el microondas o lanzarme al contenedor de residuos orgánicos.

Por eso, en solidaridad con su terrible destino, he tomado una decisión: lloraré de cínica rabia cuando vuelva a devorar a una de mis deliciosas compañeras.

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Viajar pegados

Perdone, pero se ha sentado usted en mi asiento“, me dijo una señora desconocida de voz amable. Me mostró su billete y ambos comprobamos que habíamos sido asignados en el mismo asiento. La tripulación apremiaba a los pasajeros a sentarse, por tanto optamos por la opción más sensata: me senté en las piernas de la señora. Tras un viaje de cuatro horas, descubrimos que nos habíamos quedado pegados el uno al otro. Probamos médicos, alquimistas y magos, pero ninguno consiguió separarnos.

Sentados, en un nuevo viaje, un nuevo desconocido nos ha interrumpido: “Perdonen, pero se han sentado ustedes en mi asiento“.
Microrrelatos

Fama Fantasma

Desde que me mudé de casa, he sido víctima de los antojos y extravagancias de una familia de muertos. La vivienda era modesta y los techos de basta altitud remarcaban su antigüedad. Además de la cercanía al centro y al puesto donde calentaba el culo, al que entre mis allegados me refería como trabajo, me atrajo su ínfimo precio. Al parecer la vivienda llevaba vacía diversos años y los intentos por buscar inquilinos habían sido infructuosos, desatando la frustración y el enojo entre dueños e inmobiliarias.
Una vez superados los trámites legales e instalado junto a mis pertenencias –un cortaúñas, un abrelatas y una bolsa de agua caliente–, descubrí la verdad sobre el alojamiento: en sus ventanas habitaban una serie de espíritus que se dejaban reflejar en los espejos con forma de fantasma. He de decir que, a pesar del estupor inicial, conmigo tuvieron un comportamiento exquisito. Se trataba de la familia de antiguos propietarios, ya extinta, que al ser de un convencimiento conservador y actitud recelosa, vigilaba que la casa donde habían nacido, crecido y muerto generaciones enteras se mantuviera decente. Al principio, me resultó grata la compañía, intercambiábamos impresiones banales, narrábamos bellos recuerdos y discutíamos con energía sobre la actualidad política, economía, técnicas de cultivo o sobre las novedades de la escena trap. Tiempo después, se tornaron insoportables: me daban órdenes sobre cómo vestir, con quien ir, que comer, y se empecinaban en que emprendiera una serie de reformas estructurales de la casa que me dejarían en la ruina.
Así pues, no tuve más remedio que llamar a los mismísimos Cazafantasmas. Les pedí que fumigaran la casa y así expulsar a la colección de espíritus y apariciones. Después de meses de espera, cruces de llamadas y una factura a todas luces abusiva, se han dejado al fantasma de la abuela. Esta, ya sin la supervisión del resto de miembros, no cesa de lanzarme piropos y picardías. Una vez más queda demostrado que se cumple el tópico: coge fama, y échate a dormir con la abuela.