Microrrelatos

Sueños fritos

Ayer soñé que era una croqueta de puchero. Estaba hecho de hilos de pollo, tropezones de garbanzos y restos de tocino. Mi creador, el que me había cocinado en una sartén de aceite hirviendo, me servía en una bandeja junto con otros hermanos croquetas. Mi aspecto era inconfundible: tenía el cuerpo cubierto de costras negras por haberme frito de más. Con preocupación observé cómo el resto de croquetas desaparecían entre gritos de horror y yo permanecía sobre la bandeja. Nadie me comió y acabé en la nevera tiritando de frío. Cuando desperté del sueño, no sabía si meter mi cabeza en el microondas o lanzarme al contenedor de residuos orgánicos.

Por eso, en solidaridad con su terrible destino, he tomado una decisión: lloraré de cínica rabia cuando vuelva a devorar a una de mis deliciosas compañeras.

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Viajar pegados

Perdone, pero se ha sentado usted en mi asiento“, me dijo una señora desconocida de voz amable. Me mostró su billete y ambos comprobamos que habíamos sido asignados en el mismo asiento. La tripulación apremiaba a los pasajeros a sentarse, por tanto optamos por la opción más sensata: me senté en las piernas de la señora. Tras un viaje de cuatro horas, descubrimos que nos habíamos quedado pegados el uno al otro. Probamos médicos, alquimistas y magos, pero ninguno consiguió separarnos.

Sentados, en un nuevo viaje, un nuevo desconocido nos ha interrumpido: “Perdonen, pero se han sentado ustedes en mi asiento“.
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Fama Fantasma

Desde que me mudé de casa, he sido víctima de los antojos y extravagancias de una familia de muertos. La vivienda era modesta y los techos de basta altitud remarcaban su antigüedad. Además de la cercanía al centro y al puesto donde calentaba el culo, al que entre mis allegados me refería como trabajo, me atrajo su ínfimo precio. Al parecer la vivienda llevaba vacía diversos años y los intentos por buscar inquilinos habían sido infructuosos, desatando la frustración y el enojo entre dueños e inmobiliarias.
Una vez superados los trámites legales e instalado junto a mis pertenencias –un cortaúñas, un abrelatas y una bolsa de agua caliente–, descubrí la verdad sobre el alojamiento: en sus ventanas habitaban una serie de espíritus que se dejaban reflejar en los espejos con forma de fantasma. He de decir que, a pesar del estupor inicial, conmigo tuvieron un comportamiento exquisito. Se trataba de la familia de antiguos propietarios, ya extinta, que al ser de un convencimiento conservador y actitud recelosa, vigilaba que la casa donde habían nacido, crecido y muerto generaciones enteras se mantuviera decente. Al principio, me resultó grata la compañía, intercambiábamos impresiones banales, narrábamos bellos recuerdos y discutíamos con energía sobre la actualidad política, economía, técnicas de cultivo o sobre las novedades de la escena trap. Tiempo después, se tornaron insoportables: me daban órdenes sobre cómo vestir, con quien ir, que comer, y se empecinaban en que emprendiera una serie de reformas estructurales de la casa que me dejarían en la ruina.
Así pues, no tuve más remedio que llamar a los mismísimos Cazafantasmas. Les pedí que fumigaran la casa y así expulsar a la colección de espíritus y apariciones. Después de meses de espera, cruces de llamadas y una factura a todas luces abusiva, se han dejado al fantasma de la abuela. Esta, ya sin la supervisión del resto de miembros, no cesa de lanzarme piropos y picardías. Una vez más queda demostrado que se cumple el tópico: coge fama, y échate a dormir con la abuela.
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Malos Tiempos

La evolución está extinguiendo una serie de tradiciones que han perdurado en el dilatado paso del tiempo. El hombre ya no vive en cuevas, los sacrificios humanos bajo el pretexto de algún credo han cesado y la esclavitud es una práctica casi extinguida. Otro que se ha visto abocado al ostracismo es el Espíritu Santo. Con la aparición del test de paternidad no hay duda posible: ya no quedan señoras que han sido inseminadas de forma aleatoria por la gracia de Dios. 

Son estos malos tiempos para pamplinas.
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Personajes Oscuros

En cierta ocasión, un personaje oscuro se dio cuenta de que su vida no tenía ningún sentido. Astutamente, decidió buscarse un enemigo. Una vez lo encontró, comenzó a adoptar costumbres y opiniones opuestas a las de éste. El personaje oscuro frecuentaba los cafés y las tertulias para despotricar contra él sin piedad, alertando al resto de los peligros que entrañaban los pensamientos y las futuras acciones que llevaría a cabo su adversario. Aunque nunca coincidió con el blanco de sus iras, los rumores apuntaban a que él también era vorazmente vilipendiado. Eso le irritaba profundamente y le hacía ensañarse cada vez con más energía y rabia, hasta el punto de centrar todos sus esfuerzos contra su antagonista.
Aunque pudiera parecer que lo odiaba con toda su alma, en el fondo lo amaba. La existencia de un enemigo le había dado un penoso, pero ansiado, sentido a su vida.
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La Revelación Del Fuego

Hubo una vez un hombre atrevido que declaró haber inventado el fuego. Una multitud exaltada lo vilipendió por mentiroso, mientras que algunos individuos consideraron que quizá fuera creíble su declaración. Resguardado entre el escarnio y la indiferencia, su hazaña corrió como la pólvora y poco a poco el extravagante personaje se convirtió en un héroe.
Ayer salió por televisión, en un programa de máxima audiencia, contando cómo había descubierto la rueda.
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El Secreto Pretencioso

Como una confesión que no debería revelarse nunca más nació el secreto que nos ocupa. Pasaba su vida celosamente arrinconado en la memoria y trataba de ocultarse de la luz y de las voces humanas. Cansado de su monótona vida y amenazado por caer en el olvido, salía de su escondrijo para asombrarse con el exterior. Cierto día, el secreto comenzó a sufrir una fiebre muy alta y se agitaba descontrolado de un lado para otro hasta que llegó a la punta de la lengua y se precipitó hacia un oído desconocido.
Paulatinamente, fue entrando en otras mentes provocando sorna, envidia, crítica e indiferencia. El secreto dejó de ser enclenque y tímido, engordaba por momentos y ansiaba entrar en nuevos escondites y desencadenar más sentimientos. En una de sus múltiples indiscreciones, topó con la persona que le había dado la vida y a la que había prometido no revelarse nunca. En ese instante, el secreto reventó y dejó de ser secreto. Dicen que deambula por las calles del olvido y que duerme entre cartones mugrientos, que se ha convertido en un chisme vulgar que nadie quiere escuchar.
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La Huida

Hubo una vez un tipo que se propuso huir de sí mismo. Caminaba sin rumbo fijo, intentaba correr más rápido que el viento y se escondía en lugares recónditos. Sin embargo, al comprobar si había logrado su propósito, descubría que la persona de quien trataba de escapar se mantenía impasible junto a él.

Cansado de intentos fallidos y estratagemas imposibles, engañado por profesionales de la huida que prometían golpes perfectos, urdió un plan que creía infalible. Aunque ya poco pueda importarle, si estuviera vivo se sentiría decepcionado

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La Ley Invisible

La euforia de concluir su primera obra se desvaneció al leerla. Un reguero de incertidumbres le paralizaba y la ilusión de crear dio paso al espanto. El joven escritor se lamentaba por haber sido tan diáfano y se angustiaba al preguntarse si su historia podría molestar a alguien. Se odiaba por haber sido él mismo.
Al poco tiempo optó por escribir una historia de amor entre la hija de una familia noble y el jardinero de la casa. No hubo lugar a la controversia y la obra fue galardonada en varios certámenes, la crítica lo adoraba y su editor se frotaba las manos. Mientras tanto su genuina creación aguarda en silencio cubierta de polvo.
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Humildad y Realidad

Hubo una vez un soñador que abrió un negocio que dispensaba humildad. En las tertulias de la ciudad se alababa la idea, muchas personas reconocían que no les iría mal hacerse con un poco de modestia y en la tienda se concentraban cientos de curiosos.
Después de meses, resignado y arruinado, el ingenuo dueño se vio obligado a cerrar. Ahora vende tazas, camisetas, chapas y libretas con frases como “No te creas más que nadie, ni te creas menos que alguien”. Le va bien, dicen.