Microrrelatos

El Secreto Pretencioso

Como una confesión que no debería revelarse nunca más nació el secreto que nos ocupa. Pasaba su vida celosamente arrinconado en la memoria y trataba de ocultarse de la luz y de las voces humanas. Cansado de su monótona vida y amenazado por caer en el olvido, salía de su escondrijo para asombrarse con el exterior. Cierto día, el secreto comenzó a sufrir una fiebre muy alta y se agitaba descontrolado de un lado para otro hasta que llegó a la punta de la lengua y se precipitó hacia un oído desconocido.
Paulatinamente, fue entrando en otras mentes provocando sorna, envidia, crítica e indiferencia. El secreto dejó de ser enclenque y tímido, engordaba por momentos y ansiaba entrar en nuevos escondites y desencadenar más sentimientos. En una de sus múltiples indiscreciones, topó con la persona que le había dado la vida y a la que había prometido no revelarse nunca. En ese instante, el secreto reventó y dejó de ser secreto. Dicen que deambula por las calles del olvido y que duerme entre cartones mugrientos, que se ha convertido en un chisme vulgar que nadie quiere escuchar.
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La Huida

Hubo una vez un tipo que se propuso huir de sí mismo. Caminaba sin rumbo fijo, intentaba correr más rápido que el viento y se escondía en lugares recónditos. Sin embargo, al comprobar si había logrado su propósito, descubría que la persona de quien trataba de escapar se mantenía impasible junto a él.
Cansado de intentos fallidos y estratagemas imposibles, engañado por profesionales de la huida que prometían golpes perfectos, urdió un plan que creía infalible. Aunque ya poco pueda importarle, si estuviera vivo se sentiría decepcionado por el fracaso de su huida y la condena a seguir atado a sí mismo por toda la eternidad.
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La Ley Invisible

La euforia de concluir su primera obra se desvaneció al leerla. Un reguero de incertidumbres le paralizaba y la ilusión de crear dio paso al espanto. El joven escritor se lamentaba por haber sido tan diáfano y se angustiaba al preguntarse si su historia podría molestar a alguien. Se odiaba por haber sido él mismo.
Al poco tiempo optó por escribir una historia de amor entre la hija de una familia noble y el jardinero de la casa. No hubo lugar a la controversia y la obra fue galardonada en varios certámenes, la crítica lo adoraba y su editor se frotaba las manos. Mientras tanto su genuina creación aguarda en silencio cubierta de polvo.
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Humildad y Realidad

Hubo una vez un soñador que abrió un negocio que dispensaba humildad. En las tertulias de la ciudad se alababa la idea, muchas personas reconocían que no les iría mal hacerse con un poco de modestia y en la tienda se concentraban cientos de curiosos.
Después de meses, resignado y arruinado, el ingenuo dueño se vio obligado a cerrar. Ahora vende tazas, camisetas, chapas y libretas con frases como “No te creas más que nadie, ni te creas menos que alguien”. Le va bien, dicen.

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Pompas De Jabón

Del jabón diluido en agua nacen pompas que aspiran a echar a volar. Encierran bocanadas recónditas que la brisa ajena mece con misteriosa intención. La delicadeza del primer soplo establece la fragilidad de su envoltura. Su carácter translúcido atrae las miradas de propios y extraños, mientras que sobre ella se derrite una amalgama de colores que el ojo capta a su antojo. Suspendida en el aire, la pompa se aleja y por sí misma constata su fugacidad.

La tensión interna, la presión de las corrientes o un manotazo de realidad hace que lo inevitable acontezca. Mas nadie puede hacer nada por ella, su insignificante carga en el aire se disipa. Y la película jabonosa, junto con sus tonalidades caprichosas y su efímera fragilidad, calará para, en algún momento, secarse.
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Apocalipsis Bárbaro

Aunque intuido y, tal vez necesario, el Apocalipsis me pilló desprevenido. No me asombraron los montones de cadáveres apilados sobre el suelo, las llamas que arrasaban los edificios y el mobiliario urbano, ni el insoportable hedor a azufre que desprendían las calles. Lo verdaderamente desconcertante era comprobar cómo el mal se había perpetuado tras la hecatombe.


Puentes, museos y auditorios de diseños estrafalarios y discutibles justificaciones, que en el pasado se resquebrajaban, ahora se levantaban desafiantes. Los restos de vida superviviente, una legión infinita de cucarachas, guardianes de la fe, directores de eléctricas y petroleras, campechanos cazadores de elefantes y mangantes de traje y corbata, rendían pleitesía a su adalid, la extinta alcaldesa de la ciudad. Apoltronada a un vetusto sillón que desafiaba las leyes de la mecánica, la señora de cabello bañado en laca e innato collar de perlas rabiaba de felicidad. No sólo disfrutaba de su conocida afición al calor, sino que había convertido su sueño en realidad: convertirse en Lucifer. 

Presentado para Tomo y Lomo de Carne Cruda.
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Al Otro Lado

El lápiz con el que ella, cada mañana, se la dibujaba había desaparecido. Con una tranquilidad impropia de una niña que aún vestía babi de colores, Lucía lo rebuscó entre los juguetes que se amontonaban sobre el suelo, debajo de la cama y, por último, entre las prendas con aroma a suavizante fresco que colgaban en el armario. No había rastro del carboncillo deseado. Repentinamente, al otro lado de la pared un golpe seco cortó el silencio. Su madre emitió un grito, al que le sucedió un gimoteo amargo que encontró respuesta en un gruñido desalmado. Lucía no podía pintar sobre su piel a su paloma protectora. A diferencia de cada mañana, tendría que aprender a sorber la rabia y el miedo sola.
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Perplejidad

Hacen que queramos la comodidad, la rentabilidad, la puntualidad y la productividad. Nos venden las maravillas de la neutralidad, la centralidad, la religiosidad, la simplicidad y la estabilidad, inculcándonos la incapacidad, la temeridad, la vulnerabilidad, la inferioridad y la debilidad.

Para cuando queramos despertar seremos juguetes de la vulgaridad, la fragilidad, la inhumanidad y, finalmente, la invisibilidad sin haber mostrado un ápice de perplejidad.
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El Centro Del Hielo

Arde el bloque de hielo, se evapora la capa cristalina y se derrite la interna desconocida. Nubes transparentes se escapan ante la desesperación paulatina, entrelazándose con masas de negra mundanidad que forman tormentas de inquietud. Del vapor no queda constancia sobre su forma remota, ni tan siquiera si alguna vez la tuvo o existió. Ríos de vida muerta encharcan el suelo, atrayendo a su orilla a refinados señores y bestias salvajes. A lametazos le quitan la sed a sus instintos, sin preocuparse de que el fluido estancado alargue sus miserias o les arrebate toda condición.
Se apaga el incendio y el bloque, más pequeño, se alza con autoridad. No hay vapor, ni lluvias, los ríos han sido absorbidos, los cadáveres aumentan y no se conoce fuego que prenda. La película de hielo deja intuir tesoros encerrados en su interior: la materia prima jamás explotada, la virginidad eterna, el pensamiento sin ser palabra, la vida antes de nacer, una conciencia sin corromper, un corazón que no ha aprendido a latir. Exhalar un aliento cálido, picar las paredes heladas, masticar escarcha para llegar al centro del hielo.
Presa de las manos no merecedoras, la emoción y la felicidad se disipan rápido ante el estupor y la incomprensión. Han sobrexplotado la materia prima, no queda rastro de virginidad, el pensamiento se ha convertido en palabra imperfecta, ha nacido una vida, se ha corrompido la conciencia y el corazón late desbocado. Y mientras tanto, el centro del bloque de hielo se ha derretido al calor de las manos.
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Cristales

De tanto sujetar el cristal, éste se rompió en mil pedazos que se incrustan en las carnes y desgarran el alma. En lugar de recogerlos y lanzarlos a los escombros del olvido, los cristales se esparcieron por los suelos y después volaron por el aire. Las calles se desangran, el miedo y el odio conviven en el reflejo, la piel se cubre de hierro y el silencio aprieta el cuello. En medio de la confusión, alguien aviva la hoguera con sangre para producir nuevos traslúcidos.
Al fin, el estruendo de cristales cesa. La calma sofoca el ambiente, se arrinconan los pedazos en un lado, las cicatrices se esconden y la voz emana como un temblor que se convierte en cotidiano. Y, entre tanto, alguien coloca otro cristal haciendo creer que podrá sujetar la paz.
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Recovecos

Tan cerca que atraviesa la piel sin dejar herida. Tan lejos que se olvida entre los recuerdos. Se sumerge tranquila en mares de sangre, rastrea con emoción la tierra que albergó batallas perdidas y aspira el viento desconocido que le da la vida. Suaves olas mecen la fragata hacia islas desiertas en las que clavar su bandera y deleitarse con la fauna salvaje. Mientras tanto, el sol, que parece no agotarse nunca, baña la supuesta inmensidad.

Al cernirse la tormenta, se hunde la frágil embarcación y el miedo se apodera de la conquista. Encuentra refugios temporales en inhóspitos recovecos que albergan tesoros. La oscuridad y el silencio comparten espacio en cofres abandonados. Abrir o sellar; gritar o callar; saber o ignorar; huir o permanecer; saltar o caer. La disyuntiva pesa, la respuesta vuela y los recovecos se cierran. Y otra vez, tan cerca y a la vez tan lejos.
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Infinita Nada

Siempre tuvo el mismo proceder: cuando tenía uno, quería otro y al tener ambos, deseaba otros tantos. Un día creyó tener tal cantidad inabarcable que fijó su anhelo en hacerse dueño del infinito. Aunque el gremio de expertos en aritmética y la cuadrilla de ambiciosos sin alma le advirtieron de los insalvables obstáculos teóricos y prácticos, no paró hasta conseguir su propósito.

Orgulloso de su hazaña, creía ver bajo su control un ente ilimitado que jamás nadie había ostentado. Mientras aún aspira a incrementar la ilusión despedazada, hace tiempo que en sus dominios sólo crece la infinita nada.
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La Chispa

Mientras el pueblo parecía sumido en el letargo, sus protectores, que se habían erigido también como terratenientes, se dedicaban a lanzarles sus propios excesos. Un día fue el aumento de la jornada laboral, otro que se les pudiera despedir sin casi indemnizarles, mientras les repetían una y otra vez que eran tiempos difíciles, que debían entenderlo y hacer un considerable esfuerzo. Aunque hubiera sido medianamente fácil taparles la boca, no hacía falta, puesto que se habían acostumbrado a aguantar aquel peso y nadie sentía ni veía ningún lastre sobre sus gastadas espaldas.
Un día una chispa brotó y el pueblo se entregó a las llamas. Habían soportado un vertedero maloliente, pero hasta que no comenzó a arder nadie había dado cuenta de su existencia.

Microrelato seleccionado para Tomo y Lomo de Carne Cruda.
Se puede escuchar su radiación en este poadcast