Microrrelatos

Enredos

Se enredan con inocencia jugando a arriesgar su libertad, con la torpeza de creer que volverán a su estado natural en un sencillo golpe de manos. Con el frenético abandono y a base de relativizar, se estiran formando enredos que encuentran el equilibrio imposible. Un día, desenredando un enredo todo se enreda en una nueva red que aprisiona el fondo sin treta que la pueda deshacer. El abismo asoma, los cables aprietan, la verdad y la mentira penden de un hilo y las tijeras hace tiempo que dejaron de cortar.
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Lo Invisible

Desde lo alto del trono, afila la lengua confiado en evitar la caída. No se ha encontrado tesoro ni prominencia que le arranque la más mínima lisonja de la boca. Castrada la razón, desposeída toda condición y cosida una frágil ilusión, una legión parece sostenerle jurando admiración. Pero, al rebanarse la garganta, se ahogan las palabras, el pedestal cede sin lastimar ningún hombro y el suelo entrega el beso de barro prometido. Aunque se ruborice el hundido ante la constatación de la nada, no es cosa vana levitar lo invisible.
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Silencio

No recuerda cuándo, pero hace tiempo que notar aquellas garras hundiéndose en su piel, la sangre fundirse con el sudor, se convirtió en algo habitual. Callaba. Sabía que era mejor no decir nada y así descubrió cierto alivio placentero. Pasó por alto que aquellas manos quedaran permanentemente grabadas en su cuello conduciéndole a la asfixia. No había palabras. Debía aguantar todas las envestidas de su amo con agradecimiento. Le abofeteaba y le escupía mientras le recordaba con furia que no era más que otra puta a su servicio. Aquellos ojos brillaban al ver su cuerpo maltrecho y doblegado a la voluntad poderosa. Silencio. Si no era él, otro estaría dispuesto a enmudecer. Silencio.

Silencio del que se aprende a gritar.
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La Revolución

El viejo régimen había sido derrocado. Las plazas estaban abarrotadas de banderas que anunciaban el triunfo de la revolución. De las miradas brotaba la ilusión desvanecida y la sinceridad desbordaba los abrazos y los besos.

Al día siguiente, la junta revolucionaria promulgó la ansiada reforma: bajo pena de arresto, quedaba prohibido ser un cobarde que espera la muerte.
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El Muerto Viviente

Balbucea convencido proclamas babosas para camelar a la mayoría. Camina arrastrando la muerte, parándose a estrechar sus frías y flácidas manos a ancianos y meapilas orgullosos. Su escuadrón de guardias lo protege inyectando miedo en sus dominios. Vestidos de inofensivos bufones, sus aduladores recitan odas en la corte capaces de reblandecer cerebros que le serán servidos como alimento. A excepción de la habilidad de esconderse y derramar el tiempo, no se le conoce virtud. Carece de cualquier emoción, sin contar su pasión por ver arrastrarse un mísero balón. Con humildad confiesa que no sabe nada del pasado, es un muerto y los muertos no tienen recuerdos, aunque su lengua serpentea la solución a todos los problemas, incluidos los que carecen de ella.

Cuando cae la noche, el muerto viviente regresa a su hermético palacio y emite una risotada atronadora que hiela las paredes. Las encuestas son rotundas: mientras seguís durmiendo plácidamente, el muerto viviente continuará siendo vuestro presidente.
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La Burbuja

No logró rozarla sin apenas deformar su curvatura. Tampoco pudo arrancársela para que echara a volar lejos. Sabía que no era posible explotarla sin que el jabón empapase la cara de su prisionera. Cuando se armó de valor e intentó que estallara, la pompa lo repelió lanzándolo varios metros hacia atrás. Claudicó mascullando que la burbuja que la envuelve sólo teme a la aguja que contiene.
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El Ciclo

Se derritió la pasión dejando tras de sí el cenagal que empantana los huesos. Se evaporó el tiempo para dar lugar a tormentas que ensombrecen los pensamientos. Se cristalizó la desesperación en el genio que fugazmente se es capaz de atesorar. Y antes de terminar, en el mismo lugar, en el instante preciso, de igual forma, el ciclo ha vuelto a comenzar.
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Inocencia

Sobre la mesa donde solía trabajar, encontraron la foto de Albert partida por la mitad entre tachones y fórmulas inteligibles. Pobre muchacho, musitó el viejo profesor al enterarse del terrible desenlace. Aún recordaba cuando, años atrás, tuvo la inocente ocurrencia de compararlo públicamente con el mismísimo Einstein.
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Llenar El Vacío

Desesperadamente, quería encontrar algo que llenara su vacío. Probó con la meditación, la religión, el deporte, la literatura, el sexo, las drogas, la televisión, el cine, la costura, la cocina, la filantropía y por último la licantropía. Sin embargo, nada satisfizo sus expectativas y el vacío se expandía en su interior. Se ha prometido que, en vez de llenarse de fuera, probará a vaciarse por dentro.
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Ración De Cenizas

Fugaz y letal

Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar, después de arrancarme el corazón y pisotearlo sin piedad. Nos enamoramos en el autobús en un arrebato delirante, cuando en una curva cerrada sostuve tu cuerpo delicado y, arriesgando mi vida de forma jamás vista, te salvé de caer al suelo. Al incorporarte di cuenta en tu sonrisa de que el floreciente amor era correspondido. En tus ojos brillaban noches de pasión, nuestra boda en la playa, hijos preciosos y un envejecer juntos. Acto seguido, te giraste y en la siguiente parada desapareciste para siempre. Ahora apiádate y, al menos, déjame olvidarte.
Nociones de navegación

Acuérdate de lanzar mis cenizas al mar, Isabel, en aquella zona donde solíamos pasear en barca y pasábamos horas charlando, riendo y besándonos. Si no pudieras hacerlo, avisa a Cristina, Beatriz, Pilar, Laura, la criada o tu hermana. Entre otras habilidades, también tienen alguna noción de navegación.


Microrrelatos presentados a Relatos En Cadena de Cadena Ser.