Relatos

Trabajos Nocturnos

Hubo una época oscura en la que no tenía trabajo ni esperanzas. Vagaba por las calles cargado de currículums, buscando algún rincón donde esparcirlos. Licenciaturas de cómo perder el tiempo, cursos de especialización en el escaqueo y una amplia experiencia en el campo de la resaca adornaban mi carta de presentación. A medida que caía la tarde, me dejaba vencer por la resignación. Abandonaba el montón de copias dentro de un contenedor y me acercaba al parque a disfrutar de las cálidas historias de vagos y maleantes.

Una noche, El Pálido, un quinqui fascinado por las novelas de Bram Stoker, me comentó que la empresa de su familia buscaba a alguien. Al haberse quedado sin dientes, El Pálido había dejado de trabajar de cara al público para ocuparse de atención al cliente. La empresa necesitaba sangre fresca para el turno de noche. Bastó un encuentro con el director, tío abuelo de El Pálido, para ser contratado. El jefe ostentaba también el título de conde. A pesar de su noble origen, el Conde era una persona cercana. Con paciencia me explicó los pormenores de mi cometido. Cada día me entregaba un listado de personas a las que debía visitar mientras dormían. Sigilosamente, me debía acercar por un costado, morderles y absorber la mayor cantidad de sangre. No era el trabajo de mi vida, pero era mejor que nada.

Tras algunos despropósitos fruto de la inexperiencia, fui mecanizando el trabajo hasta convertirme en un meticuloso e infalible chupasangre. Las largas jornadas me dejaban exhausto como para hacer otra cosa. No tenía apenas días de descanso, vacaciones y el sueldo era poco más que el mínimo. Reclamé al Conde mejores condiciones. A pesar de estar satisfecho con mi rendimiento y con el flujo de sangre conseguido, aludió a la crisis del sector y los recurrentes problemas judiciales para no satisfacerme. Con la tasa de desempleo que tenía el país, bastaba un chasquido de dedo para conseguir otro desesperado que estuviera dispuesto a succionar cuellos desconocidos a cambio de una miseria.

Así pues, me despedí del Conde y el vampirismo profesional. Por fortuna, poco después, empecé en un sector más honrado. Trabajo en una sucursal de un gran banco. Sin embargo, todavía hoy, de vez en cuando me levanto con la boca empapada de sangre.

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Relatos

Demasiada Candidez

Era aún demasiado cándido para el amor. Tenía catorce años. Mientras mis compañeros perseguían traseros, yo pensaba en jugar al fútbol y, de vez en cuando, en clases de física y matemáticas. Conforme se acercaba el 14 de febrero, una excitación embriagaba el instituto. Se formaban parejas artificiales con tal de sentirse querido por unos días. Aquel año, me tocó a mí. Sara, una de las chicas más populares, me escogió. No podía negarme. De repente, sentí que me había hecho mayor.
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Relatos

Anda suelto Satanás

Conseguir la salvación que anuncian las sagradas escrituras es una tarea repleta de peligros e improvistos, pero altamente estimulante para el anecdotario.
Como cada domingo, me atavié con mis mejores galas un mono embadurnado de aceite industrial y unos zapatos de payaso para asistir a misa de primera hora. Entre cabezada y cabezada meditaba acerca del dineral que debían invertir los hombres lobo en fotodepilación, de los que se habla más bien poco, cuando unas palabras del sermón me sacudieron. “Ronda por las calles una terrible amenaza. Desprende un azufre que corroe los valores que Dios legó a los hombres. Tened cuidado porque, a pesar de tener rabo, cuernos y tridente, sabe cómo seducir. Os hablará de orgías, drogas, banquetes y otros placeres superfluos. Hermanos, anda suelto Satanás”. El cura continuó con su intensa verborrea, aconsejando cómo combatir la presencia del diablo. Sin embargo, mi capacidad de atención era demasiado reducida para seguir escuchando. Por suerte el mensaje de alerta ya había penetrado en mis sentidos. Mi firmeza ante el enemigo sería infranqueable.

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Relatos·Vida Moderna

El Rey de las Tabernas

Hasta entonces no sabía cuál era el verdadero nombre del ‘Rey de las Tabernas’. Acudía puntual a la hora en que abrían los bares y desaparecía cuando estos echaban el cierre. Un traje elegante de color negro, una corbata sobria y un juego de zapatos relucientes componían su inamovible vestimenta. Al concluir su consumición, abonaba su cuenta y la del resto de parroquianos. Nunca supimos a qué se dedicaba, si estaba casado o dónde vivía. No acostumbraba a hablar de sí mismo. El Rey prefería dirigir la conversación hacia el último partido del Valencia, las golferías del hijo del alcalde o la fluctuación del valor de la chufa.

Allá donde acudiera, había un séquito que lo rodeaba para escuchar sus análisis sesudos o sus desternillantes ocurrencias. Siempre tenía opinión o palabra sobre cualquier temática. Algunos, los más fieles, lo seguíamos hacia otros bares con, además de sed, admiración. Con el tiempo, le fueron atribuidas algunas obras quizá más fruto de la ebriedad que de la realidad. Dicen que en cierta ocasión se desató una plaga de gonorrea en el barrio y que curó a los enfermos untando vino tinto en sus miembros. Yo mismo lo vi multiplicar cañas por tapas de chorizo entre vítores y aplausos.
Paulatinamente, los restaurantes refinados y los bares vintage de camareros ataviados como trapecistas de circo inundaron las calles del barrio. Aunque el Rey se mantenía fiel a los tugurios, no era persona de mentalidad cerrada y un día accedió a probar un restaurante afamado: La Jerusa. Junto a él acudimos un grupo de trece discípulos. Nada más entrar, una camarera nos pidió que nos dirigiéramos a la barra y que, si queríamos permanecer en el local, no nos acercáramos al resto de clientes. A pesar de la bravuconería, el Rey nos indicó que tomáramos asiento en los taburetes y rompió el silencio sepulcral para pedir cerveza y su habitual cáliz de vino. La misma camarera le espetó informándole que el local tenía un sistema por turnos. El Rey templó los nervios y asumió con resignación aquellas modernas costumbres. Tras media hora de espera, nos sirvieron las bebidas y aguardamos al siguiente turno para pedir la que se anunciaba como especialidad de la casa: croquetas Jerusa, un alimento casero según rezaba la bolsa en la que venían congeladas. El último caso de confiscación y venta de agua bendita por parte de la guardia civil centró esa noche el sermón del Rey. En cierto momento, agarró su copa y la alzó pronunciando unas palabras que aún resuenan en mi mente: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi melopea, melopea de la alianza nueva y eterna”.
Sin previo aviso, otros discípulos hicieron acto de aparición en el bar. La camarera más simpática les invitó a irse aludiendo falta de sitio. El Rey, que le gustaba rodearse y no era exquisito con el espacio, hizo señas para que estos se acercaran mientras nos pedía al resto que dejáramos hueco. Sus gestos supusieron un terrible desafío para la camarera, quien insistió a los nuevos congregados a que se marcharan y emitió una desairada crítica desafiante hacia el Rey. Este, que era persona pacífica y honesta, se acercó a la chica para resolver el malentendido. Sin embargo, fue de nuevo reprendido y expulsado entre empujones e insultos. Al salir, dolido por la ofensa, el Rey agachó la cabeza y susurró hacia sus adentros: “Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Tras este incidente, nunca más volví a ver al Rey. Los taberneros estaban preocupados por su desaparición y consiguiente descenso de ingresos. Nadie sabía dónde buscarle. Sus discípulos sentíamos el vacío de su ausencia y la forma en que llenaba las jarras. Al tercer día, ocurrió el milagro: Sanidad cerró La Jerusa. Sobre la puerta metálica colgaba una nota informativa explicando los motivos. En la parte inferior se podía leer unas palabras escritas a mano: “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva había resucitado y ascendido a mejores tascas. En alguna humilde barra anda invitando a nuevos parroquianos, obrando beodos milagros y predicando las bondades de la fermentación.
Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.


Relatos

La matanza del artista

Me revolvía entre la gloria y la decadencia sobre un lecho de escombros y pomposidad. La ensoñación de entregar mi existencia al arte tocaba a su fin cuando un halo de realidad certero me atravesó.
Con mi última exposición se me antojaba haber alcanzado el culmen de mi carrera. Creía que hasta el más ignorante en la especialidad podría valorar la contundencia y el riesgo de mi obra. Recreé con barro todas las vísceras del cerdo: corazón, pulmones, esófago, gañotes, sesos, riñones, hígado y bazo. En mis tallas pretendía dejar patente un fondo maduro, un estilo reconocible y a la vez salvaje. Excepto el día de la inauguración, a la que acudieron algunos indigentes atraídos por los chuscos de pan y el vino peleón del piscolabis, sólo se congregaron un puñado de visitantes engañados por la guía de ocio local. No hubo ni rastro de galeristas, coleccionistas, curiosos, ladrones de arte, jubilados o excursiones escolares.

No me asustaba la crítica atroz o el halago superficial. Lo que más me dolía era la indiferencia. Con treinta y tres, mis padres creían que era un bala perdida al que debían asegurar una paga para no acabar durmiendo en una sucursal del BBVA. A las pocas amistades que conservaba les importaba un rábano la forma en que utilizara la tierra y la piedra con el propósito de describir la magia de la cotidianeidad. En cambio, debía contribuir religiosamente a sus bautizos, bodas, comuniones, cumpleaños, recitales de poesía, recopilatorios de relatos, campeonatos de pádel, inauguraciones de bares, outlets de contrabando de ropa vietnamita u otros variopintos disparates. Mi última pareja huyó despavorida porque no era capaz de comprender el torrente creativo que corría por mis venas. Quizá influyó el pavor que le causaban los bustos de filósofos griegos tallados sobre cocos, los cuales atestaban nuestro minúsculo loft de diez metros cuadrados. Si alguna vez alguien se interesó por mis penes de ballena esculpidos en mármol, o por el conjunto de manos de simio hechas de arena, fue para jugar con la ilusión del artista y birlarle las pocas monedas que guardaba en sus agujerados bolsillos.
Tenía que admitirlo. Hasta entonces mi obra había sido una burda fantochada y una fuente inagotable de mediocridad. Aun así, albergaba una última oportunidad. Como un marrano en día de matanza, anudé mis brazos con sogas y me colgué del techo con la mirada perdida. Un punzón se clavó en mi cuello liberando un manantial de sangre, con el cual elaboraría morcillas con la esperanza de servirlas en los tugurios que despachan emoción. Me rajé el torso para ofrecer mis propias vísceras, la creación más pura y original que jamás podría crear. Finalmente, me entregué a los rastrojos en llamas para quemar el pelaje. Lo sé, el filo entre la genialidad y la vergüenza ajena es demasiado fino, polos enfrentados donde no hay lugar para la indiferencia. Será esta matanza la que dé lugar a la nueva vida del artista. O no será.



*Relato leído y corregido en el Taller de Bibliocafé.
*La imagen corresponde «La última caricia». Ilustración de Narciso Méndez Bringa
Relatos·Vida Moderna

Monstruos

Se pueden adormecer, enjaular o anestesiar, pero los monstruos que atesoramos en el interior no mueren jamás. Todo ocurrió en la noche de nuestro octavo aniversario de boda. Adrián absorbía todo el tiempo y consumía cualquier expectativa más allá de trabajar, vestirlo, asearlo, llevarlo y traerlo de urgencias y comprobar cada diez minutos que dormía o que seguía con vida.
Calculo que por aquel entonces hacía unos cinco años que había encerrado a mi monstruo bajo llave. Lo tenía recluido en una prisión de máxima seguridad, alejado de tentaciones, frenesí y gasolina que pudiera despertarlo. Nunca protesté por ello y lo asumí con una resignación a la que decidí catalogar como madurez. De hecho, quien se empeñó en salir a celebrar el aniversario fuiste tú. Yo me conformaba con retozar en el sofá y zampar pizza viendo un documental sobre el apareamiento de las pelusas. Nunca nos habíamos separado del niño hasta aquella vez y llamamos a tu madre para que hiciera de niñera. Mientras terminabas de acicalarte, observaba el dibujo de Adrián que habíamos colgado en la nevera. En él, nuestro hijo me tildaba, con una caligrafía ininteligible, de ser inteligente. Bendita esa candidez infantil que les cobija de la oscura realidad.
Cenamos en uno de los gastrobares de moda que te habían recomendado en clase taichí o en la de mindfulness. Era un local moderno, decorado con sumo gusto, de amplias cristaleras, luces tenues y camareros de imponentes tatuajes con doctorados en Oxford y Cambridge. Aun así, un torrezno en la taberna de la esquina resultaba un manjar comparado con los platos de nombre rimbombante que probamos. Nuestra conversación giraba en torno a Adrián hasta que las burbujas del vino espumoso comenzaron a hacer un efecto que tenía olvidado. Entonces, en un fugaz descuido de su carcelero, el monstruo que habita en mí despertó y encontró la puerta de su jaula medio entornada. Éste salió impulsado por el olor a alcohol y se lanzó a buscar su amargo sabor.
Confieso que hacía tiempo que no te encontraba tan apetecible. Sonreías de forma sugerente, te acercabas y rozabas mis piernas levantando mis instintos más salvajes. Deseé volver a casa para recordar cómo se hacía uso del matrimonio y ver amanecer entre gemidos y relinchos. Sin embargo, preferiste pasear por las calles de la ciudad cogidos de la mano. Nos detuvimos para besarnos en los portales y chocar contra los postes de la luz como si fuéramos dos lobos hambrientos. Al pasar por la puerta de un club nocturno, me invitaste a entrar. Sabías que no era ningún prodigio del movimiento corporal, pero que con unas copas podría suplir mi falta de ritmo y coordinación con la gracia de un chimpancé en carnavales. Bailamos un tango pegado con una cadencia tan acelerada que saltamos de la elegancia de Gardel a una bachata obscena. Por un momento temí que el ritmo de la pelvis pudiera dejarte encinta. Mientras tanto, el monstruo no sólo revoloteaba desafiante y exigía bañarse con más gasolina, sino que ya se había adueñado de mí buscando una mecha.
De repente, una mujer de edad madura apareció de entre la muchedumbre y me invitó a bailar. Comentaban que se hacía llamar La Marquesa, debido a que decía que era pariente lejana de un noble. Lucía un vestido de bordados que nada dejaba a la imaginación. Su principal obsesión era ser por siempre joven. Algunos decían que su secreto era morder a un muchacho y beber de su sangre. Otros que se inyectaba lágrimas de estornino. Los más realistas que vivía anestesiada por las anfetaminas. En medio de la pista, La Marquesa no se frotaba contra un padre de familia que celebraba su aniversario de casado, lo hacía contra el cuerpo de un animal salvaje que no podía ser domado. No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántas canciones bailamos. Tampoco recuerdo si aún estabas allí, si me buscaste o te fuiste ante semejante espectáculo. A partir de esos momentos todos mis recuerdos son difusos. Tengo la sensación de que el monstruo me manejaba como a un títere.
A la mañana siguiente, desperté sobre la arena de la playa. Un grupo de amables ingleses me pinchaban con un palo apremiándome a dejarles hueco para que pusieran su toalla. No había rastro del monstruo. En la jaula dejó una nota que firmaba como El Marqués.
Sé que tarde o temprano regresará arrastrado pidiendo perdón. Él no es nada sin mí. Cuando vuelva lo encerraré y me juraré que será para siempre hasta que volvamos a oler gasolina. Entre tanto, después de este razonado, arrepentido y creíble alegato, ¿podría volver a casa como si nada de esto hubiera sucedido?


Relatos

El Vuelo Del Vencejo

Ayer mi agenda había una cita marcada en rojo. Como aspirante a malabarista de las palabras, acostumbro a hacer acopio de certámenes literarios en los que presentar mi candidatura. A pesar de la torpeza y la falta de talento, he cosechado una colección de historias que adapto a conveniencia de las bases. Sin embargo, hay una modalidad alternativa que también ocupa mi tiempo y descarría mis esfuerzos: los certámenes de temática específica o también conocidos como la selva. En ellos anidan elefantes, hienas, leones, chimpancés, oasis y excursionistas incautos como yo. Un ejemplo ilustrativo es el concurso de microrrelatos convocado por una multimillonaria petrolera para concienciar sobre el cambio climático y la desigualdad; o el certamen de relatos para patrocinar el jamón de Teruel, cuyo premio consiste en adoptar a un cerdo vietnamita.

A las doce de la noche menos un minuto se cerraba el plazo para participar en el certamen que señalaba mi agenda. Se pedía no superar las doscientas palabras y escribir en Franklin Gothic 12. El reclamo para el ganador era una excursión a las cuevas encantadas de un pueblo de Extremadura perdido –disculpen la redundancia–, unos pases para la feria del ganado, un festín a base de productos locales y la impresión de un centenar de ejemplares del relato, los cuales se donarían al hogar del jubilado para que los ancianos pudieran secarse los zapatos en los días de lluvia. Como joven e inexperto aspirante, estaba ávido de demostrar mi talento, luchar hasta la muerte por granjearme el reconocimiento de mis colegas y, como no, zampar embutidos y beber mistela hasta reventar. Sin tener en cuenta la posible competencia –aunque uno siempre tiende a pensar que serán orangutanes con tirantes– y que los concursos literarios concursos son –con los caprichos de los jurados y posibles injerencias políticas o de corte erótico-lúdico-festivo–, la empresa de al menos intentarlo se antojaba sencilla.
Dejé de lado mi propósito de crear una civilización con las pelusas de debajo de mi cama y me centré en escribir. Repasando la convocatoria del concurso, encontré una dificultad añadida. La temática propuesta era el apareamiento del vencejo siberiano. Para ser honesto, no tengo idea de ornitología, más allá de las veces que haya podido pasar por buitre o ganso, y no me queda muy claro donde situar Siberia en el mapa. Las cuestiones de apareamiento las tenía más frescas debido a mi pasado como encargado de cruzar gallos de pelea con tiernas codornices. A pesar de mi desconocimiento en el tema, no desesperé. Comencé por utilizar la clásica estrategia para llamar a las musas: tomar una siesta sin poner la alarma. Cuando desperté, dos horas restaban para la medianoche. El sueño no sólo no me había aportado idea alguna, sino que me había hecho dudar en qué siglo estaba. Entonces, me decanté por la opción más sencilla para inspirarme. Escribí en YouTube “apareamiento del vencejo siberiano” y, tras un par de visualizaciones infructuosas, los caprichos algorítmicos me llevaron a vídeos de adolescentes surcoreanas practicando twerking.
Por descontado, adivinar qué tipo de relato esperaba el comité del concurso era una quimera. Quizá el humor fuera demasiado frívolo para aquellos bichos o el drama muy arriesgado para un animal que tenía un graznido estruendoso. A falta de diez minutos para el cierre llegó una idea a mi rescate. Escribí una historia de terror sobre un vencejo que se iba de vacaciones a Siberia y era confundido con Michael Jackson. Para dejar patente mi grandilocuencia, utilicé matices del estilo bizantino y pasé por la coctelera un hipérbaton, dos hipérboles y una sinestesia, sin tener muy claro qué significaba nada de ello. En mi cabeza se me antojó una propuesta brillante. Sobre el papel resultó penoso. Dado el más que probable caso de que algún miembro del jurado se hubiera pasado con las anfetaminas, aposté por enviarlo.
Esta mañana he visto revolotear sobre mi casa a una bandada de vencejos. Me han dejado el portal como si se tratara de los baños de un canódromo un sábado por la mañana. Creo que he captado el mensaje. Me centraré únicamente en escribir odas sobre mis corvas.


Imagen tomada prestada de National Geographic 
Este relato es una segunda parte de Sobre Concursos Literarios
Relatos

Haters y Mendigos

La primera vez que lo vi aparecer, supe que había llegado mi fin. Dicen que la carrera de todo artista tiene un momento de esplendor creativo máximo, llamado culmen, el cual precede al declive paulatino, la vergüenza ajena y la muerte. No necesariamente se suceden en ese orden. En el caso de Saramago fue la novela ‘Todos los nombres’, en el de Radio Futura su primer ensayo y en el de Gregorio Esteban Sánchez Fernández, más conocido como ‘Chiquito de la Calzada’, fue ‘Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera’.
En mi caso, que por aquel entonces no era más que un pintor amateur con ínfulas de Andy Warhol y la sed de Chavela Vargas en una noche de farra, mi culmen fue la aparición de un inesperado ser. Previamente, había presentado parte de mi obra sobre mesas de billar en algún tugurio de mala muerte. También había compartido exposiciones con la vanguardia del elenco bohemio del pueblo y en contadas ocasiones había colado obras a algún que otro trasnochado bañado en alcohol, soberbia y estupidez. Aun así, los ingresos eran ínfimos y sobrevivía gracias a la caridad cristiana, las sobras de los supermercados y un talento innato para engañar al hambre.
Un buen día llegó mi gran oportunidad: una sala en la galería municipal, en la cual presentaría una colección basada en retratos impresionistas de pelusas. La inauguración se desarrolló mucho mejor de lo previsto. Mis compañeros del gremio se afanaban en camuflar su envidia a base de alabanzas forzadas. Galeristas, autoridades locales y otros bocachanclas me acorralaban con elogios desmedidos y amables palabras, dejando a las claras que no sabían qué demonios había dibujado en los lienzos. Entre tanto, me tenía que emplear a fondo con otros curiosos y anónimos para repartirnos el escaso piscolabis. Vivía el despegue de un sueño y mi mediocre talento parecía atisbar un horizonte esperanzador con una comida al día y una botella de vino en lugar de cartón.
A la mañana siguiente, toda mi fantasía se derrumbó al abrir la prensa local: el crítico de arte, un señor argentino llamado Diego Armando, me ponía de vuelta y media. No le faltaba razón al señalar que mi obra era un disparate, que adolecía de originalidad y que mis trazas irregulares las podría haber hecho un niño pequeño o un perro con Parkinson. Sin embargo, las alusiones a mi afición por orinar en el jardín público o a robar sillas de plástico en el bar de la plaza me indicaban que había algo más que cuestiones artísticas en aquella reseña. Asombrosamente, el efecto del artículo fue justamente el contrario al deseado por su autor: la galería estaba abarrotada día tras día y las obras se fueron vendiendo en poco tiempo hasta agotar toda la colección.
Encantados con el éxito de la muestra municipal, algunos galeristas de la región contactaron conmigo para montar otra exposición a toda prisa. Me empleé a fondo para tener un material que presentar con decencia, que superase el anterior y sorprendiera al gran público. Pasaba todo el día encerrado en un improvisado estudio de cuatro metros cuadrados sin ventanas, tratando de convertir el mundo cotidiano en sesudos cuadros: paredes con gotelé, escaleras de mármol, grifos roídos por la cal, inodoros sin taza, bidés… A la inauguración acudió Diego Armando, el crítico argentino. Quizá fue fruto de la casualidad, pero vestía calcando la imagen que yo mismo lucía: camisa de rayas, tirantes, bombín, pantalón de pana y chanclas de ir a la playa. Intenté provocarle para que después escribiera el artículo más hiriente posible: le tiré una copa encima, alabé a Pelé, le dije que por su acento me parecía uruguayo y le pregunté si en realidad era psicólogo.
Un día después, abrí el periódico y no había rastro del artículo de Diego Armando o de mi exposición en la sección de cultura, ni tampoco en la de sucesos. La galería canceló mi exposición a las tres semanas, intentando que yo costease el sueldo del agente de seguridad. Mis cuadros acabaron recostados sobre un contenedor, a la espera del suicidio en el vertedero o de una reconversión en tablero. Así pues, tomé la decisión de buscarme la vida con un oficio honrado lo más alejado posible de cualquier traza de arte: vendedor de perritos calientes. Por lo que respecta a Diego Armando, hoy he leído una crítica suya sobre la película del Joker: la detesta por lenta y previsible. Quizá mañana lo encuentre disfrazado de payaso.
Relatos·Vida Moderna

Deudas Sanas

Siempre he escuchado tópicos como “la edad pasa factura” o “los años no perdonan” con una actitud burlona, casi desafiante. Hace no tanto, atravesaba las noches sin apenas dormir. Regaba mis vísceras con gasolina, mis piernas danzaban sobre un mar de adrenalina y llegaba fresco a la mañana siguiente para labrar campos de almendros, ordeñar diez granjas de vacas, correr una maratón o atravesar el Estrecho de Gibraltar a nado. No sé en qué momento reciente todo cambió: los primeros plazos del crédito de salud que creía infinito habían vencido y mi cuerpo decidió empezar a saldar cuentas pendientes.

Tras una noche de frenesí, noté una sensación desconocida sobre la espalda y que casi paralizaba mi hombro izquierdo. No sabía de qué se podía tratar, quizá un tatuaje que me hubiera hecho en medio de la vorágine de la locura nocturna. Consulté desesperadamente con mis allegados e insistí, casi entre lágrimas, a los que tenían algún tipo de relación con la medicina. Como si fuera una cosa baladí me diagnosticaron los síntomas de una luxación o una tendinits y me recomendaron aplicar cremas de frío y tomar analgésicos. ¿Qué quería decir analgésico? ¿Se introducía por donde los supositorios? ¿La crema de frío tenía que estar en la nevera? ¿Lo dispensarían los camellos de los polígonos?, cavilaba contrariado, pues entre el vino, el confeti y la máscara de caballo no veía ninguno de esos productos. Lo mejor que encontré fue una bolsa de judías congeladas, que guardaba como una reliquia de coleccionista desde hacía años, pero no conseguí atajar el dolor. Así pues, un día me encontré yendo a la farmacia, andando a duras penas, deambulando por las calles, dándome cuenta que el tópico sobre los años y la salud era cierto.
Sin embargo, las deudas nunca vienen solas, pues se suelen conceder con unos ciertos intereses más posibles recargos por atraso. Era una noche de verano cuando desperté con un terrible dolor de estómago. ¿Quién podía sospechar que me iba a sentar mal una cena a base de fritos, pasta con huevo crudo, medio litro de cerveza y un delicioso tiramisú de la ‘Osteria Della Dolce Morte’? Me miré en el espejo y comprobé que estaba hinchado como un globo aerostático. Me asusté, pues con ese artefacto incrustado en mi estomagó temía que pudiera echar a volar e incluso implosionar. Volví a la cama contrariado y no conseguí conciliar el sueño. Tumbado el dolor se agudizaba y adopté una posición a medio recostar para tratar de no fenecer. Pasaban las horas, el dolor no remitía y vi amanecer. Me convencí de que habría sido una indigestión y que se acabaría pasando.
Pero mi panza, en su versión más revanchista y usurera, optó por extender el desafío por un periodo indefinido. Casi todo lo que comía me sentaba como una patada. Por tanto acudí a la sabiduría de las redes y supliqué para que la prima del cuñado de un conocido casi desconocido, que había sido médica en un circo ambulante, encontrara solución o que me buscara un estómago de segunda mano a precio módico. Ella estaba segura de que se trataba de gases y me recomendó una medicación sin receta. Insistentemente, me repetía que no me preocupara. Claro, como no eres tú la que te vas a morir por unos gases, la recriminaba para mis adentros. El tiempo pasaba y las deudas de salud me asfixiaban. No podía dormir, no podía vivir y mi estómago seguía de vacaciones en alguna playa de Cancún. Decidí llevar a cabo dietas milagro que encontré en un blog titulado ‘Come Salud y Caga Vida’, desintoxicaciones forzosas que recomendaba el youtuber ‘Dr. Death’, fui a un curandero que me fregó un buen puñado de cuartos y hasta le recé a Dios, Alá, Buda y Superman, por si alguno de ellos se apiadaba de mí.
Al final, sin saber muy bien cómo ni por qué, volví a la normalidad. Parece que había pagado parte de mis deudas, pero ahora soy consciente de que los años no perdonan y que un día, en el más mínimo descuido, volverán para reclamarme lo que es suyo.
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Sobre Concursos Literarios

El joven que escribía pensó que sería buena idea presentar sus torpes palabras a un certamen literario. Quería que sus historias volaran hacia ojos críticos, medir su ego con el de otros desconocidos que también se manchaban por afición las manos de tinta y si el camino le repercutía un pellizco, una comilona o una entrevista, mucho mejor. Tras una búsqueda concienzuda, dio con un concurso que convocaba el ayuntamiento de un pueblo perdido entre olivos y almendros. El tema era libre, así que compuso un texto sobre un sanguinario pirata que se quedaba repentinamente en paro y se reciclaba como monitor de comedor escolar.

Le añadió una pizca de picante y sal a la historia y metáforas de tres al cuarto, sin pasarse pues los paladares de los jurados de hoy en día se habían vuelto tibios, siendo alto el riesgo de salar, empalagar o amargar. El joven que escribía pasó noche y día escribiendo, mientras en su casa se amontonaban los cartones de pizza y el papel de aluminio de kebab que conformaban su único método de supervivencia. Después lo repasó una y otra vez, lo pulió, intercambió el final con el principio diez veces. El pirata se transformó sucesivamente en payaso, mafioso, cura, león y de nuevo pirata. Casi cuando estaba por mandarlo, se lo dejó ver a dos o tres amigos de su confianza. Le dijeron que era lo mejor que se había escrito desde ‘El Alquimista’, por lo tanto supo que todo estaría mal, el tema manido y el final previsible. Finalmente, aburrido de leer y releer, se decantó por entregarlo.


Cuando fue a enviarlo, el mismo día que finalizaba el plazo de presentación, dio cuenta de que debía rellenar veinte formularios, una cesión de derechos, enviar una autobiografía, completar una plica, adjuntar el libro de familia, su calendario de vacunas y un jeroglífico egipcio resuelto. Una vez estaba toda la documentación en su correo, comprobó que el tiempo había expirado. Maldita sea, gritó junto a ciento veinticinco improperios más. Incluso pensó en el suicidio con una nota dedicada al jurado del concurso.

Finalmente, sereno, consultó la fuente donde había encontrado el certamen y descubrió que había un millón más. Ahora su historia esta en manos de una ganadería vacuna, la cual elegirá al relato ganador según sea la intensidad del bramido en aprobación de su ternero Eufrasio, aficionado a devorar pastos frescos y las páginas de ‘Crepúsculo’ y ‘Cincuenta Sombras de Grey’.


Segunda parte en el El Vuelo Del Vencejo
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Así En El Cielo

Os presento un nuevo relato ‘Así En El Cielo’, relato incluido para el especial Fin Del Mundo del boletín literario valenciano Papenfuss. En dicho especial se recoge un espectacular plantel de escritores que han escrito unos relatos impresionantes. Pinchando este enlace podéis acceder a la versión digital del número especial. También podéis leerlo en las siguientes lineas…

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Despedida En La Granja

Este pasado fin de semana estuve en mi primera despedida de soltero. Se trataba de la protagonizada por uno de mis grandes amigos: Oso Jones, al cual conocí cuando ambos cursábamos económicas en la universidad. Él había venido en un programa de intercambio entre osos pardos de Alaska y colibrís locales que iban a aprender inglés en sus gélidas praderas. Tras probar nuestro suave clima y el salmorejo, el rebujito y las fiestas flamencas, Oso Jones se enamoró de una muchacha de por aquí, fue correspondido y decidió establecerse definitivamente por estos lares.

Vaya por delante que no me convencía la idea de celebrar el adiós a un mero estado civil, pero la ocasión de reunirnos un buen puñado de viejos amigos me parecía suficiente buena excusa. Además de mí mismo, completaban la jauría un delfín refugiado de la guerra de Siria, un chimpancé caribeño, un cocodrilo de Jaén que ejercía de dentista y un majestuoso halcón que acababa de abrir su propio centro de yoga. A priori éramos un grupo muy heterogéneo, pero sentados en la terraza de un bar podíamos llegar a ser asombrosamente compactos.
Tiempo antes del evento, decidí tomar las riendas y comencé a organizar las actividades que conformarían el inolvidable fin de semana que pasaríamos en una ciudad de mar. No queríamos ser convencionales, por tanto apostamos por disfrazar al novio de Oso Polar, su gran competidor, meterlo en el maletero de un coche y dar vueltas por la ciudad sin ningún tipo de dirección ni sentido, mientras en el exterior se alcanzaban los 40ºC. Quería que mi gran amigo Oso extrajera de esta experiencia una metáfora sobre su futura vida de casado, asfixiante y quizá claustrofóbica, pero a cambio casi sufrió una lipotimia que lo manda al otro barrio.
Después de regar nuestros sedientos gaznates con unos vermús, cervezas, licores y vinos con el estómago vacío, fuimos a un escape room. La mecánica de este tipo de salas es la de dejarte atrapado durante un tiempo y tener que superar una serie de pruebas para escapar, las cuales requieren de todo tipo de pericias y astucias. De nuevo, había una metáfora implícita: el matrimonio está lleno de trampas y atajos, los cuales requieren de tu máxima capacidad para sortearlos y salir con vida. La experiencia no pudo ser más desastrosa: Delfín se enojaba ante la falta de humedad, Cocodrilo empezó a masticar los decorados, Chimpancé estaba tan ebrio que se durmió y Halcón volaba la sala de punta a punta emitiendo unos ensordecedores graznidos y lanzando sus excrementos sobre Oso. A los diez minutos conseguimos escapar: nos habían expulsado y nuestra fotografía, ataviados con collares hawaianos, descansaba en la entrada con el fin de que no nos volvieran a dejar entrar nunca más.
Para comer habíamos reservado uno de esos restaurantes de comida exótica que presumían de una puntuación desorbitada. El local estaba impoluto y decorado con sumo gusto, los camareros demostraban una dicción extraordinaria y en el fondo se situaba un escenario donde un joven elefante interpretaba ‘Somewhere Over The Rainbow’ con ukelele. El menú estaba compuesto de koala australiano en pepitoria, estofado de tigre con lentejas, quiche de ratón persa frito y tarta cremosa de tiburón blanco. Todo resultó delicioso. Discutíamos sobre anécdotas que cada uno de nuestros cerebros había trastocado arbitrariamente, contábamos chismes sobre los que no habían venido y, entre tanto, nuestros estómagos feroces no paraban de pedir más raciones, postres, combinados y masajes en los pies, patas, colas y aletas. Nuestro humor cambió súbitamente cuando al pagar dimos cuenta de la triste realidad: Delfín se tendría que quedar toda la tarde y la noche a fregar platos.
Por la tarde, teníamos previsto el plan estrella: visita al zoo y una sorpresa que nadie podía esperar. Paseamos entre leones, debatimos sobre la actualidad del Partido Flamenco con un grupo de garzas y bailamos en la carpa de las nutrias ritmos tradicionales subsaharianos. En cierto momento de éxtasis, vendamos los ojos y las manos a Oso, lo sentamos en una silla, y apareció una preciosa jirafa que protagonizó un elegante y refinado striptease. Esta actividad no contenía ningún símil más allá de la diversión y depravación gratuita, así como la máxima que dice que en las despedidas no hay ley. Durante el baile, Oso se agitaba en su asiento de forma inquietante, su rostro parecía hincharse y adquirir una coloración rojiza intensa. Cuando la jirafa estaba a punto de quitarse la exigua vestimenta, quitó la venda al novio y éste descubrió la sorpresa. Entonces, Oso bramó como un descosido y se zafó violentamente de la bailarina: sufría una alergia a las jirafas que podía ser mortal. Se levantó y desapareció corriendo del lugar rumbo al hospital más cercano.
A partir de ese momento, tengo muy vagos recuerdos de lo sucedido. Debí de pasar por la zona de las serpientes, de las hienas y de los buitres, pues al día siguiente me levanté en medio de un descampado, con la ropa totalmente destrozada por mordiscos, arañazos, la piel succionada en cada rincón y un mapache entre mis brazos al que no quise despertar mientras roncaba con semblante feliz.
Hace un rato, me ha llamado Oso Jones para recordarme que este fin de semana tenemos una nueva despedida de soltero que él mismo está supervisando muy cuidadosamente. ¿Cuál?, he preguntado extrañado, a lo que me ha contestado: la tuya, Cerdo vietnamita con tirantes.

Relatos·Vida Moderna

La Ciencia de la Vergüenza Ajena

Ir de congreso es una aventura comparable a convivir con una tribu de la selva africana.
Cargado de ilusión, con ganas de aprender y compartir mi humilde conocimiento, empaqué mi petate y crucé medio país y parte del extranjero en avión, tren, autobús, blablacar y, finalmente, autostop en un camión cargado de ganado porcino. Al llegar a la ciudad del evento, diluviaba a cántaros y el lujoso hotel que me había reservado la organización, estaba localizado en lo alto de una colina, a una media hora de distancia a pie. Completamente empapado entré en la recepción. Allí me indicaron que, a pesar de contar con unas encantadoras vistas de la frondosa región, mi habitación estaba situada en el sótano debido a un percance de última hora. Además, me avisaron de que como el armario de mantenimiento estaba situado en mi habitación, el conserje, el jardinero y el servicio de limpieza podrían entrar a cualquier hora del día o de la noche a mi habitación. El cuartucho no tenía ventanas y no cesaba el estruendo de los comensales revoloteando por el salón. El colchón estaba tan vencido que me recordaba a una de las colchonetas donde saltaba de niño en la feria de mi pueblo.

Sin embargo, no había motivo para el lamento, debía sentirme afortunado: alguien había considerado que era lo suficientemente interesante como para hablar en un congreso de física nuclear. Por la tarde estaba citado para atender a los medios locales. Me puse mis mejores galas mientras repasaba una serie de frases elocuentes para explicar mi investigación a un público general. Sin embargo, la periodista no parecía estar muy interesada en la ciencia y prefirió abordarme sobre cuestiones relacionadas con extraterrestres, teorías de la conspiración y su relación con los nazis. Por la tarde leí la entrevista publicada en versión digital. Poco o nada tenía que ver con mis palabras, bajo el titular: “Albert Einstein era un pirata sanguinario que venía de un planeta llamado Madaga. La teoría de la relatividad es una estafa auspiciada por los nazis“, declara el Dr. Guadalmedina.
A la noche acudí a la cena de gala, en la que la organización había prometido que probaríamos los productos típicos de la región. Resultaron ser hamburguesas y patatas fritas de bolsa a medio descongelar. Mientras disfrutábamos de la velada, decidí sumergirme tímidamente en el alcohol, pero parecía que alguien había pensado que dos botellas de vino peleón eran suficiente para las treinta personas congregadas. Al menos, no era de cartón, pensé para mis adentros. Intenté socializar con mis colegas, a los que prácticamente no conocía, pero ellos parecían decantarse por mirar al techo, hacerse pasar por mudos o fingir que estaban sufriendo un ataque al corazón antes que hablar conmigo.
En esas situaciones es cuando recuerdo por qué hay veces que las personas sentimos la necesidad de resolver nuestros desbarajustes y frustraciones con una copa, o dos. Inesperadamente, a una de las viejas eminencias parecía haberle caído en simpatía. El tipo me emplazaba a charlar de forma tranquila mientras tomábamos un destilado en algún tugurio. Después de unos licores, mojitos, gintonics y tequilas, empecé a tambalearme desorientado, pero el profesor insistía en que fuéramos a agitar el esqueleto. Alrededor de las cinco de la mañana, me di cuenta de que estaba completamente borracho, bailando reggaetón encima de una tarima con un señor mayor que acababa de conocer en una discoteca vacía, cuando debía estar descansando para dar una charla decente al día siguiente.
Prácticamente tuve el tiempo justo de pasar por el hotel a ducharme rápidamente, enjuagarme la boca diez veces y salir pitando para la conferencia, aún con el hedor a resaca en mi boca y en mi cabeza. Nada más sentarme, caí profundamente dormido. Por suerte, en una de las cabezadas comprobé que el resto de los asistentes también lo hacía o jugaban al solitario en sus teléfonos móviles. En cierto momento me despertaron una serie de gemidos lascivos. Provenían del ordenador de uno de los catedráticos más prestigiosos, que además tenía fama de ser extremadamente religioso. No podía silenciarlo y los aullidos pornográficos se clavaban como puñales en la sala. El congreso proseguía, pero el mal ya estaba hecho.
Al final de la mañana, era mi turno. Tras la presentación, descubrí mis transparencias proyectadas en la pantalla y me pregunté: ¿de qué venía a hablar yo? ¿En qué idioma era esto? Por suerte mi boca se avanzaba a mis preocupaciones y empecé a hilvanar un discurso que me pareció coherente. A los pocos minutos, descubrí que prácticamente nadie seguía mi soflama acerca de potenciales que saltan, energías que explotan y partículas que se atraen como dos jóvenes en celo. Para refrenar mi presentimiento, se me ocurrió decir que acababa de descubrir que la Tierra era plana, a lo que un estudiante de doctorado joven asintió de forma rotunda. Al acabar mi intervención, la gente aplaudió emocionada. Después, alguien con sed de protagonismo me lanzó una pregunta que no logré tan siquiera descifrar. Así pues, respondí que la pregunta era brillante, pero que no podía revelarle la respuesta a menos que no le matase delante de todo el público. Acto seguido, se escuchó alguna carcajada y yo respiré aliviado mientras el sudor bañaba mi espalda. Acababa de evitar un ridículo mayor.
Terminado el congreso, salí escopetado de regreso a casa. Estaba sano a salvo y mi escasa reputación permanecía casi intacta. Me juré que si me volvían a invitar a otro congreso desconocido, declinaría la propuesta.
Sin embargo, hace un rato, he recibido un correo con una invitación para participar en un workshop sobre “Simulaciones Casi Electromagnéticas” en un pueblo perdido de la República Checa, repleto de preciosos castillos e idílicos paisajes. La organización promete colmarnos de cerveza, salchichas de ciervo y enseñarnos a bailar el típico baile regional. Habrá que…


Relatos·Vida Moderna

Me Enamoré De Una Instagramer

Sin saber muy bien cómo, me enamoré de una instagramer. Supongo que cuando menos lo esperas, la vida te propone retos con la única intención de, después de dejarte en ridículo, aprender a esquivarlos y conformarte con tu cotidianidad y una bolsa de cacahuetes rancios.
Todo comenzó en la feria de ganado del pueblo, en la que año tras año nos reunimos pastores, ganaderos, artesanos, parados, fisgones, vagabundos, aficionados a la zoofilia y gente de bien en general. Dejo mi condición al criterio del lector perspicaz. Para incentivar la asistencia de las masas, al ayuntamiento se le ocurrió organizar una caseta en la que invitar a personalidades de relumbrón: una becaria de ‘Caza y Pesca’, el último ligue del concejal de festejos, un tipo que llegó al casting final de ‘Granjero Busca Esposa’, una vaca que en su juventud hizo de la ‘Vaca que ríe’ y, la estrella de la presente edición, una instagramer rural.
Se llamaba Sonia de los Almendros y Ovejos y era conocida por dedicar toda su vida a hacerse fotos entre campos, maquinaria, cortijos y bestias para después publicarlas en Instagram. Celebres eran sus evocadores posados junto a un par de gorrinos apareándose o un ternero recién parido aún envuelto en su placenta; su sonrisa luminosa entre las aguas revueltas del río tratando de pescar una trucha con las manos; su manera de seducir a la cámara con una sierra mecánica en brazos; o luciendo un provocador conjunto de lencería mientras daba palos a los olivos junto a un grupo de rudos temporeros.

En este tipo de casos, es difícil contener el empuje del pequeño sociólogo que todos aguardamos en nuestro interior. Así pues, empecé a tragarme las publicaciones de Sonia de forma compulsiva, además de sus fotos, selfies, vídeos, stories y retos. Recuerdo muy emocionado cómo Sonia se grabó pisando uva disfrazada de Elvis mientras cantaba ‘Suspicious Mind’; o cómo declamaba poemas de Bécquer con polvorones en la boca segando trigo con un tractor o sus debates sesudos sobre la pobreza infantil con un marrano pata negra de cerca de cien kilos al que cariñosamente llamaba Huesitos. Aunque la línea entre la genialidad y la vergüenza ajena a veces se tornaba invisible, había quedado atrapado en sus redes y no podía hacer otra cosa más que dejarme arrastrar por sus delirios y encantos.
La fecha de la feria del ganado se acercaba a la misma velocidad que mi enganche cibernético adquiría tintes de romanticismo y delirio enfermizo. Me despertaba soñando con el olor de los huertos que abonaríamos de la mano, fantaseaba con el momento en que tomaría las ubres de nuestras cabras y las ordeñaríamos hasta que no quedase ni una gota de leche e, incluso, había empezado a sondear la compra de un cortijo que sirviera de castillo para mi princesa campestre.
Necesitaba un golpe de efecto, levantarme entre la legión de followers y erigirme como un pretendiente serio para Sonia, o cuanto menos que supiera de mi existencia y de mis nobles intenciones. Y fue en ese momento cuando la inspiración se adueñó de mis dedos y esbocé una suerte de poesía sensible en una de sus fotos: “Sonia, después de recoger un banasto de higos, quiero que seas la breva de mi higuera”. A los pocos segundos, recibí la señal: un like que me supo tan dulce como una paila de choto al ajillo.
No sé si fueron las mariposas por conocer a Sonia o el cubo de ciruelas que me cargué a mediodía, pero en el trascurso de la feria del ganado tenía un horrible dolor de estómago que me obligaba a dividirme entre el puesto de piensos para conejos y los baños químicos. Al filo del anochecer haría la ansiada aparición la instagramer en la caseta de celebrities. Aunque se hizo de rogar tanto que empecé a pensar que los esfínteres me jugarían una mala pasada, Sonia se presentó en el pueblo radiante, con un vestido largo y prieto que acentuaba sus generosas caderas y que resaltaba su exuberancia indómita. La caseta estaba atestada de gañanes armados de sus respectivos palillos en boca, que vociferaban las bondades físicas de la influencerrural con picardías de distinguido calado lírico como “Ay Omá qué rica”, “Mae mía qué zagala más apañá” o “Te voy a sacar hasta los calostros, moza”.
No pasé por alto la nada sutil insinuación de mi amada: su vestido estaba estampado con una especie de dibujos que en mi imaginación tenían forma de breva. No era un sueño, no parecía un espejismo: mi amor era correspondido y aquella noche prenderíamos todos los troncos de olivo secos que hiciesen falta. Una vez terminado el acto, que resultó ser una excusa rastrera para publicitar un vigorizante para gallos de corral, me acerqué envalentonado a declararme en el turno de fotografías. Sonia me dios dos besos a la vez que me embriaga con su olor, una mezcla perturbadora de rosas silvestres y sudor animal. Antes de poder soltar palabra, la instagramerse apoderó de mi móvil y posó guiñando un ojo a la par que sacaba la lengua como el que ficha en el trabajo. Disparó una ráfaga de instantáneas mientras yo trataba de articular un discurso emocionante sobre el sabor de las brevas y la robustez de la higuera. Ella parecía asentir alegre, pero la realidad es que ya despachaba al siguiente gañán. Esperé con paciencia a que finalizara el acto para sacar a relucir la poco honrosa estrategia del rastrillo, pero Sonia salió escopetada de la caseta junto a su séquito y se introdujo en una limusina que poco tenía de humilde.
Con las lágrimas a punto de brotar y el corazón encogido, me retiré de la feria totalmente devastado. No entendía qué podía haber salido mal, visionaba de nuevo sus fotos y sus vídeos preguntándome por qué Sonia no me había entregado ni una arroba de su amor. Entonces, lo entendí todo: era uno más, una oveja del rebaño, una almendra anónima entre el montón, una amapola que había regalado sus pétalos. Sonia de los Almendros y Ovejos era el pastor que hacía servir sus redes sociales a modo de perros para guiar al redil. A ella sólo le interesaba alimentar su alma a costa de redoblar la voluntad y exprimir el cuerpo de sus seguidores, y para ello no vacilaría en sacrificar a las cabezas de ganado que no le sirvieran para su fin.
Recientemente, he sabido que para la feria agrícola del pueblo de al lado van a invitar a una youtuber especializada en quesos. Husmeando su canal, he visto que se graba rodeada de lácteos, prueba quesos de colores estridentes disfrazada de Peter Pan y acude a las queserías a presentar al gran público las últimas novedades. Con este panorama me han entrado unas ganas terribles de atiborrarme a Camembert y vídeos de YouTube.


Foto de @marinalbk. La usuaria es totalmente ajena al relato.
Relatos

La Convicción Del Convicto

Nada más salir del juzgado, el condenado se refugió en el primer bar que encontró. Su boca era una mezcla pastosa de incomprensión y frustración que ansiaba regar. Bebió una cerveza tras otra mientras trataba de convencerse de que todo había sido fruto de un error, que no era él el culpable. Una sucesión desordenada de imágenes sacudía su cabeza sin que pudiera darle un sentido lógico. ¿Seguro que había sido él?, se preguntaba sin cesar. De forma desesperada necesitaba demostrarse que era incapaz de un hecho tan atroz.

Intentando disimular una repentina melopea, solicitó al tabernero un cuchillo sin dar mayores explicaciones. Éste se le quedó observando frente a frente un instante y sin más dilación se dispuso a satisfacer la demanda de su cliente, ajeno a que aquel gesto de cortesía podría ser la firma de su propia pena de muerte. Bajo la barra, el condenado acariciaba el filo del arma como lo hubiera hecho cariñosamente sobre el lomo de su perro. La sangre que borbotaba a través de la yema del dedo pulgar le indicó que estaba listo para enfrentarse a su incertidumbre. Mientras el camarero le ofrecía la espalda, empuñó el arma e hizo ademán de apuntarlo. Sin embargo, cuando el cuchillo se lanzaba a atravesar la piel de su presa, el condenado decidió tirarlo al suelo y huir del lugar a toda prisa.
Tras salir del local, se sumergió entre las sombras de la ciudad para buscar un atisbo de lucidez solitaria. El frío desaconsejaba a los peatones andar a aquellas horas intempestivas y como resultado las calles parecían un desierto. El corazón del condenado se aceleraba a medida que la incomprensión sobre los sucesos se agrandaba. Recordaba las luces tenues, la sensación de desorientación, el sabor a alcohol destilado y de repente un estruendo en forma de sirenas, el amanecer dentro del calabozo, una abogada alocada, el juez impasible y, a la postre, su nueva condición. Aunque no llegaba a entender los entresijos judiciales, tampoco le importaba. El condenado no quería una respuesta a las preguntas de la sociedad, sólo ansiaba la respuesta a su pregunta. Entonces, en el techado de un portal cualquiera, encontró a un par de vagabundos que se refugiaba de la gélida noche entre cartones. Una mezcla de fuego y gasolina sería suficiente para llevar a cabo su propósito, pensó. En una gasolinera cercana se hizo de un pequeño bidón. Las cerillas fueron a costa de su adicción al tabaco y su aversión hacia los mecheros. A pocos pasos de los sintecho, derramó el contenido del recipiente de gasolina y empapó los cartones sin más preámbulos. Cuando se disponía a encender una cerilla, las manos del condenado empezaron a temblar descontroladamente. Ante el amago de defensa por parte de los indigentes, decidió escapar de la escena del crimen interrumpido.
Una sensación sofocante de frustración recorría los nervios del condenado. Se debatía en si aquellos pasajes transcurrían en el presente o si formaban parte del algún pasado, cuando topó con una hilera de coches aparcados. En un visto y no visto se introdujo en uno de ellos, desoxidando sus conocimientos de mecánica. Arrancó el motor y puso rumbo incierto. En la radio sonaba una canción de ritmo galopante y una batería estridente. Subió el volumen hasta saturar los altavoces y bajó la ventanilla de los cristales mientras el coche se enfilaba por largas avenidas a medio iluminar. En la cabeza del condenado seguía el desfile de gritos asustados, sangre derramada contra el suelo, un proyecto de cadáver a medio terminar y miradas de incredulidad que pretendían encañonarle. A pesar de haber tomado una forma irrefutable, el condenado seguía negando cualquier evidencia pasada y buscaba la prueba definitiva. En ese momento, un motorista emergió de entre las sombras y le adelantó por el carril derecho. El condenado vio en el desconocido su última oportunidad de salir de dudas. Sería demasiado fácil, un golpe certero y desaparecer sin dejar rastro. Aceleró hasta que el morro de su coche se sitúo en paralelo a la rueda trasera del motociclista. Cuando el brusco volantazo estaba trazado en sus manos, chocó contra un árbol sin que la moto se inmutara.
Mientras llegaban los coches de policía para detenerlo, el condenado sintió un gran alivio: ya tenía la respuesta que buscaba. Cuando ingresó en el penal, la idea de no ser culpable terminó de convencer al condenado.