Relatos

La Convicción Del Convicto

Nada más salir del juzgado, el condenado se refugió en el primer bar que encontró. Su boca era una mezcla pastosa de incomprensión y frustración que ansiaba regar. Bebió una cerveza tras otra mientras trataba de convencerse de que todo había sido fruto de un error, que no era él el culpable. Una sucesión desordenada de imágenes sacudía su cabeza sin que pudiera darle un sentido lógico. ¿Seguro que había sido él?, se preguntaba sin cesar. De forma desesperada necesitaba demostrarse que era incapaz de un hecho tan atroz.

Intentando disimular una repentina melopea, solicitó al tabernero un cuchillo sin dar mayores explicaciones. Éste se le quedó observando frente a frente un instante y sin más dilación se dispuso a satisfacer la demanda de su cliente, ajeno a que aquel gesto de cortesía podría ser la firma de su propia pena de muerte. Bajo la barra, el condenado acariciaba el filo del arma como lo hubiera hecho cariñosamente sobre el lomo de su perro. La sangre que borbotaba a través de la yema del dedo pulgar le indicó que estaba listo para enfrentarse a su incertidumbre. Mientras el camarero le ofrecía la espalda, empuñó el arma e hizo ademán de apuntarlo. Sin embargo, cuando el cuchillo se lanzaba a atravesar la piel de su presa, el condenado decidió tirarlo al suelo y huir del lugar a toda prisa.
Tras salir del local, se sumergió entre las sombras de la ciudad para buscar un atisbo de lucidez solitaria. El frío desaconsejaba a los peatones andar a aquellas horas intempestivas y como resultado las calles parecían un desierto. El corazón del condenado se aceleraba a medida que la incomprensión sobre los sucesos se agrandaba. Recordaba las luces tenues, la sensación de desorientación, el sabor a alcohol destilado y de repente un estruendo en forma de sirenas, el amanecer dentro del calabozo, una abogada alocada, el juez impasible y, a la postre, su nueva condición. Aunque no llegaba a entender los entresijos judiciales, tampoco le importaba. El condenado no quería una respuesta a las preguntas de la sociedad, sólo ansiaba la respuesta a su pregunta. Entonces, en el techado de un portal cualquiera, encontró a un par de vagabundos que se refugiaba de la gélida noche entre cartones. Una mezcla de fuego y gasolina sería suficiente para llevar a cabo su propósito, pensó. En una gasolinera cercana se hizo de un pequeño bidón. Las cerillas fueron a costa de su adicción al tabaco y su aversión hacia los mecheros. A pocos pasos de los sintecho, derramó el contenido del recipiente de gasolina y empapó los cartones sin más preámbulos. Cuando se disponía a encender una cerilla, las manos del condenado empezaron a temblar descontroladamente. Ante el amago de defensa por parte de los indigentes, decidió escapar de la escena del crimen interrumpido.
Una sensación sofocante de frustración recorría los nervios del condenado. Se debatía en si aquellos pasajes transcurrían en el presente o si formaban parte del algún pasado, cuando topó con una hilera de coches aparcados. En un visto y no visto se introdujo en uno de ellos, desoxidando sus conocimientos de mecánica. Arrancó el motor y puso rumbo incierto. En la radio sonaba una canción de ritmo galopante y una batería estridente. Subió el volumen hasta saturar los altavoces y bajó la ventanilla de los cristales mientras el coche se enfilaba por largas avenidas a medio iluminar. En la cabeza del condenado seguía el desfile de gritos asustados, sangre derramada contra el suelo, un proyecto de cadáver a medio terminar y miradas de incredulidad que pretendían encañonarle. A pesar de haber tomado una forma irrefutable, el condenado seguía negando cualquier evidencia pasada y buscaba la prueba definitiva. En ese momento, un motorista emergió de entre las sombras y le adelantó por el carril derecho. El condenado vio en el desconocido su última oportunidad de salir de dudas. Sería demasiado fácil, un golpe certero y desaparecer sin dejar rastro. Aceleró hasta que el morro de su coche se sitúo en paralelo a la rueda trasera del motociclista. Cuando el brusco volantazo estaba trazado en sus manos, chocó contra un árbol sin que la moto se inmutara.
Mientras llegaban los coches de policía para detenerlo, el condenado sintió un gran alivio: ya tenía la respuesta que buscaba. Cuando ingresó en el penal, la idea de no ser culpable terminó de convencer al condenado.
Relatos

Una Sombra En La Oscuridad

Desde que el cabello negro pobló su cara, Juan Canaca lucía bigote y patillas pobladas. Había sido este un anhelo desde bien pequeño. Por entonces miraba el retrato en blanco y negro de su padre, uniformado y espada en mano, y se prometía que cuando fuese mayor adoptaría su aspecto rudo y su desafiante rostro. Más allá de aquella fotografía, apenas pudo conocerle. Una mañana sombría de invierno el Almirante Canaca partió a hacer la guerra a Cuba y nunca más regresó.

La generosa barriga de Juan Canaca parecía generar una poderosa atracción entre los vecinos del pueblo. En especial cuando se enfundaba su traje de baño de rayas blancas y negras y se dejaba ver por la playa. Los ancianos lo miraban con recelo, los niños murmuraban entre risas, mientras que algunos jóvenes se atrevían a piropearle con sorna. Pocos sabían que en su más cándida niñez, Juan Canaca pasó hambre. Tras la desaparición del padre, su madre quedó postrada a la cama. No quería levantarse, tampoco tenía apetito, ni tan siquiera era capaz de pronunciar palabra. El médico dijo que padecía una enfermedad incurable, el cura que se debía rezar por su alma y el curandero que su alma estaba muerta. Cuando finalmente falleció, la suerte de Juan Canaca no cambió. Entró en un internado religioso, regentado por unos monjes pícaros a la par de austeros. La comida se convertía en una batalla por la supervivencia de los internos, en la que el hijo del almirante se veía resignado a ser un eterno perdedor. Uno de aquellos días estaba tan hambriento que comenzó a ver borroso y a sufrir alucinaciones. De repente, se tropezó y del golpe abrió la puerta de una alacena sumida en la penumbra. En ella se amontonaba una cantidad de víveres desproporcionada respecto a las raquíticas raciones que se repartían entre los niños. Sin vacilar, Juan Canaca devoró hasta que vio apagada su hambre perenne. Aunque no fuese de los alumnos más espabilados del curso, ideó un sistema para aprovisionarse y vender alimentos entre el resto de compañeros. Cuando salió del centro, bien crecido e hinchado como una patata, el joven Canaca tenía suficientes ahorros como para subsistir por un tiempo.
Juan Canaca era hombre de muy pocas palabras. No le gustaba emplear más de las estrictamente necesarias para cerrar un trato, no frecuentaba las tertulias y saludaba a sus vecinos con un gesto tan sutil que era prácticamente inapreciable. De bruces contra la realidad, sin familia, con un futuro incierto, sin sueños que cumplir, se hizo de un burro y una carreta y comenzó a sustraer la producción sobrante de una azucarera cercana. Vendía el kilo a un real más bajo que el precio de mercado, lo que le permitía subsistir junto a su creciente barriga. Cuando los dueños de la industria se enteraron del negocio, le propusieron sofisticar el método y redoblar la venta para evadir controles e impuestos. En poco tiempo, Juan Canaca pasó de trapichear con azúcar a vender en la sombra aceite, legumbres y cereales. A pesar de las ingentes cantidades que se embolsaba, no se daba ningún capricho más que el de mantener su curva línea.
Nadie supo de qué estaba hecho el corazón de Juan Canaca. Unos decían que estaba cubierto de bondad y otros que estaba corrompido por la avaricia. Ni él mismo lo había logrado descifrar, aunque no le preocupara especialmente. Una noche de luna nueva, las sombras vinieron a reclamarlo y desapareció en la oscuridad. Nunca más se le volvió a ver, a pesar de que Juan Canaca jamás se fue.

Relato incluido en El Duelo del Boletín de Papenfuss.
Relatos

La Salvación Milagrosa

Como todos los domingos, acudí a misa con una firme convicción. No voy por tradición, ni por escuchar el sermón, ni mucho menos a flirtear con el resto de feligresas: voy a ganarme mi plaza en el Cielo. No es esta una cuestión baladí, pues se dice que el Paraíso está más que atestado tras siglos de desenfreno y política de puertas abiertas. A esto se le une una flagrante crisis de valores, lo que está convirtiendo la selección en un proceso restrictivo, del cual no se conocen atajos. Como también es de sobra conocido, los poderosos y los acaudalados siguen teniendo su plaza asegurada, entre los cuales no me encuentro. Aun así, siempre he confiado en que mi insistencia pueda ablandar el corazón del Todopoderoso.
Entre bostezos y cabezazos, tras una noche que llegó hasta el amanecer, escuché unas palabras pronunciadas por el cura que me despertaron súbitamente y se quedaron grabadas en mi cerebro: “Los que comparten y aman al prójimo serán los elegidos para ir al Cielo”. No soy una persona que se distinga por amar –aparte de a mí mismo–, ni por hacer ninguna clase de bien a la comunidad –además de obsequiarle mi presencia–. Con esas premisas tenía complicada mi ansiada entrada por las puertas que custodiaba San Pedro, por tanto necesitaba una acción que dejara huella en la humanidad, un milagro. Después de la misa, consulté al párroco qué podía hacer, pero él se centró en la idea de echar unas monedas al cepillo de la parroquia semanalmente y que rezara con fe. ¿Qué clase de insulto a mi inteligencia era ese? Dios ya está pelado de dinero, no necesita más limosnas, ni más meapilas que le adulen. Imperiosamente, precisaba de otro tipo de acciones más eficaces.
Cuando salí de la iglesia, me topé con un grupo de chavales que bebía cartones de vino peleón a pleno sol. Reían sin aparente preocupación, vociferaban expresiones indescifrables que poco tenían que ver con la fe o la divinidad y bailaban melodías estrafalarias. Eran ovejas descarriadas que necesitaban de un pastor que les recondujera por el buen camino. ¿Acaso no podía ser yo su maestro y redentor?, pensé envalentonado.
En pocos minutos me presenté entre la muchedumbre con unas botellas de coca cola y les anuncié a viva voz que Dios había sido misericordioso con ellos. Sus rostros de extrañeza e ira se tornaron en admiración cuando cogí uno de sus vasos de plástico, hecho con una botella de plástico rajada, y mezclé el vino con coca cola. Tras la degustación y aprobación del que parecía el líder, el resto de jóvenes empezaron a mezclar y absorber el brebaje. En ese momento disponían justamente del doble de mejunje del que tenían instantes antes. Poco después, la plaza comenzó a llenarse de más chavales atraídos por la dulce y robusta mezcla. Había obrado el milagro del kalimotxo y los chavales, comenzaron a aclamar con júbilo.
Ahora que ya dispongo de mi billete al Cielo, puedo seguir defraudando tranquilo a Hacienda, lanzar escombros por la ventana y pasearme desnudo en caballo por mi edificio y parques públicos. Tampoco creo que vuelva a la iglesia, pues he encontrado mi propio camino de la fe que me conducirá a la salvación. El Señor esté también con vosotros. Y con vuestro espíritu. Podéis ir en paz. Amén.
Relatos

Las Agujas De Prisa

Sentía cómo se le escurría el tiempo entre los dedos. Cerraba las manos con ahínco para atrapar todos los segundos, pero se le derramaban ríos de minutos que desembocaban en mares de horas.
Lo que más detestaba Enrique Prisa era que su tiempo no fuera productivo. Cuando se tumbaba a descansar en el sofá, las tardes de domingo o fiestas de guardar, le atacaban los remordimientos por no estar corriendo una maratón o plantando abetos en medio del desierto. Se lamentaba también al ver una serie sobre bomberos alienígenas mientras podría estar releyendo un clásico de Dostoievski. Si iba a la playa, se quejaba amargamente de no estar haciendo nada útil y se dedicaba a construir mezquitas de arena recreando con precisión sus respectivos arcos, bóvedas y minaretes.

Por una cuestión de principios, Enrique Prisa nunca cocinaba, le resultaba más eficiente pedir comida a domicilio. Siempre escogía la misma pizza en el mismo restaurante para ahorrar tiempo en pensar y llamar. Después devoraba el manjar frente a la pantalla del ordenador, disfrutando de una ópera de Chaikovski o de una obra de Shakespeare. Jamás había considerado ver dichos espectáculos en el teatro, pues no estaba dispuesto a perder un minuto esperando el autobús, comprando las entradas o aplaudiendo hasta que el resto de la audiencia se diera por satisfecha.
Sólo si era estrictamente necesario, Enrique Prisa tomaba el transporte público y aprovechaba los trayectos para repasar la contabilidad de su hogar unipersonal y estudiar sus múltiples inversiones. Cuando se desplazaba al trabajo en coche estudiaba idiomas utilizando una colección de casetes. Después de haber acabado los cursos de inglés, sueco, euskera, polaco y catalán de Puigcerdà, se había decantado por aprender nepalí, ya que le resultaría útil si algún día decidía escalar el Everest.
Había enterrado la posibilidad de ampliar su estructura unipersonal con una pareja o una mascota, ya que pensaba que podrían llegar a convertirse en ocupaciones que a la larga le restarían independencia y sobre todo su amado tiempo, su único compañero. Poco a poco había aminorado el contacto con su familia hasta reducirlo a visitas en Navidad, funerales y su fiesta de aniversario cuando ésta caía en año bisiesto, en la que se dejaba ver el rato suficiente para recibir las felicitaciones y apagar las velas. Se había hecho la firme promesa de que nunca acudiría a ninguna boda, bautizos o comuniones, aunque tampoco se había visto en la situación de recibir ninguna invitación.
Aun así, Enrique Prisa se decía para sus adentros que podría hacer mucho más, que tenía demasiados proyectos en liza que requerían su atención. ¿Dónde estaba su trilogía sobre la invasión de los tartessos a El Turuñuelo, provincia de Badajoz? ¿Por qué no había aprendido todavía a hacer ganchillo tunecino? Según sus cálculos se estaba retrasando varios meses a la hora de terminar su decimocuarta diplomatura universitaria. El árbol genealógico de la familia Prisa, que él mismo había construido, todavía se remontaba a unas ridículas diez generaciones. Decididamente tenía que hacer más, se repetía, ¿pero cómo hacerlo sin doblar las manecillas del reloj?
Abrumado por la falta de tiempo, en medio de la madrugada, se detuvo a observar la imponente colección de relojes que colgaba de las paredes de su casa. Los había con brillantes péndulos y con cucos tallados en madera. Algunos tenían grabadas las horas en estridentes números romanos y otros adolecían de cualquier símbolo. Los tic tac conformaban una orquesta precisa que atravesaba el silencio y martilleaba la mente de Enrique Prisa. Las agujas se clavaban en su pecho y estaban a punto de dejarle sin respiración.

En un alarde de lucidez, creyó saber cómo zafarse de las redes del tiempo. Había urdido un plan maestro, una estratagema para asestar un golpe definitivo en pos de la más absoluta eficiencia y productividad: no dormiría nunca más.
Al día de su entierro, no apareció ninguna persona a despedirse de Enrique Prisa. Tan sólo el tiempo acudió a su encuentro, al que en algún momento de insensatez pensó haber derrotado, y ahora éste lo observaba insignificante dentro de su féretro. No había nadie que recordara sus contribuciones, ni sus hitos, ni tan siquiera si existió aquel hombre preso de las manecillas del reloj. Es más, creo que ya le hemos dedicado mucho más tiempo del que merece Enrique Prisa.

Gracias a la gente del Taller Escríbeme Mucho por la inspiración.
Relatos

El Hombre Perdido

Una vez un hombre perdido quiso encontrar una vía para encontrarse y se perdió en medio de unas frondosas montañas. Convirtió un refugio de pastores abandonado en su hogar y adoptó el estilo de vida más austero que le permitiera sobrevivir. Bebía de un abrevadero castigado por el paso del tiempo y se alimentaba de los frutos que estaban esparcidos por el suelo.


Pasaba el día y la noche solo. Repasaba los miedos y las inseguridades que lo atormentaban como si fueran martillos que le golpeaban sin descanso. Recreaba los sueños que alguna vez había imaginado lograr y que la realidad le había arrebatado de un plumazo, como el de ser un genuino imitador de Elvis Presley y bailar rock&roll todas las noches. Reproducía las caras de las personas que le tenían cierto aprecio y había dejado atrás, como el panadero y un primo del pueblo que visitaba una vez al año. Se decía a sí mismo entre susurros que era un cobarde, un inútil, un ingenuo, que su existencia no había sido más que un error. Gritaba con todas sus fuerzas, estremeciendo a las montañas perdidas y a los pocos seres que las habitaban, y después sentía un alivio reparador.
Pero todo cambió un día que paseaba por una zona poblada de granjas. El hombre perdido entró a un terreno en el que pastaba el ganado vacuno y se acercó hasta un grupo de vacas de piel parda. Todas las reses se espantaron rápidamente, excepto una de ellas, que tenía manchas blancas alrededor del morro. Aquella vaca se quedó estática mirando fijamente al hombre y este le tendió la mano a la altura de la boca. De manera tímida, el animal sacó la lengua y lamió la mano. Un repentino cosquilleo invadió el cuerpo del hombre y por unos instantes pareció levitar sobre aquel fangal.
Día tras día, el hombre visitaba a su nueva amiga. Se pasaba horas hablándole y acariciándole el lomo pardo. Lo mismo le podía ofrecer una clase magistral de repostería con microondas que recitarle versos de Neruda o narrarle los hitos más relevantes de la Batalla de Trafalgar, su preferida. La vaca observa absorta al hombre perdido y se mantenía en la misma posición durante horas, salvo en el momento que hacía sus necesidades con un sutil desparpajo. Al dormir, el hombre sentía su corazón latir muy rápido y mariposas en el estómago. Quizá fuera amor, se preguntaba mientras cerraba los ojos e imaginaba las curvas de su vaca estimada.
Con vistas a consolidar la relación y a que algún toro no se le adelantara, el hombre dio un paso adelante y empezó a pasar las noches en la granja junto a su amada. Una noche, mientras dormían abrazados contemplando las estrellas, el hombre perdido le confesó al oído que la amaba y le dio un tierno beso. La vaca emitió un leve “muuuu” que él entendió como que su amor era correspondido.
Reparado y con una vitalidad desbordante, el hombre tomó la determinación de reprender su antigua vida en la ciudad junto a su nuevo amor. Quería darle una vida mejor que pastar sin rumbo y ser exprimida cada mañana, quería ser el único ser que la ordeñase. Había pensado que la vaca podría encargarse de las tareas del hogar y que con el tiempo podría encontrar un trabajo de reponedora en un supermercado o de acomodadora en los cines. Entonces fue a buscar al granjero y le explicó la situación, así como sus nobles sentimientos. Aunque el granjero no podía salir de su asombro, aprovechó la coyuntura para pedir una cantidad desorbitada por la libertad de su res que el enamorado pagó sin rechistar. Por fin, el hombre perdido se había encontrado.
Se trasladaron a la ciudad y, aunque con algunas dificultades como todas las parejas, fueron felices y comieron pienso y perdices.
Relatos

El Club de los 27

Se agotaba mi tiempo. Estaba cerca de alcanzar el punto crítico, de perder el último tren, de convertirme en el novio plantado frente al altar o la mujer a la que se le pasa el arroz. Tenía veintisiete años y acababa de darme de bruces con una realidad devastadora: mi existencia no había brindado ni una mísera contribución destacable a la humanidad. Es más, se podría afirmar que mi persona era totalmente prescindible, fruto de esa extraña convención de dejar vivir sin pedir nada a cambio.

Es de todos conocida la creencia popular de que los grandes mueren a los veintisiete años: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Aunque su genio y espíritu revolucionario es indiscutible, la muerte prematura aumentó el brillo de su legado hasta catapultarlo al estatus de mito. Mi humilde objetivo de vida siempre había sido que mi recuerdo permaneciera entre ellos. Ni por encima, ni por debajo, a su altura.


Tras conseguir las sustancias que me darían una muerte tortuosa y a la vez memorable, comencé a repasar mi biografía para confeccionar mi candidatura. El hito más relevante que encontré era un dibujo que había hecho en mi más tierna infancia, galardonado por una empresa de venta de enciclopedias que regalaba videoconsolas de dudosa calidad. A pesar de que mi lienzo era enternecedor –un oso tratando de comerse a un león con cuchillo y tenedor–, quizá no pudiera ser considerado un mérito suficiente como para transgredir a un nivel respetable.
Tras esta primera decepción, no me desanimé y decidí recurrir a la sabiduría de mi progenitor. Mi lucha y repentina ambición le conmovieron, pero me sugirió que quizá fuera mejor idea asentar la cabeza, terminar el bachillerato, irme de casa, encontrar un trabajo y empezar a devolverle la fortuna que le había ido robando a lo largo de los años. Amablemente, me pidió que me cambiara de apellido para que nadie pudiese relacionarle conmigo y que no le volviera jamás a molestar con tamañas estupideces. Los consejos de mis dos exmujeres, tres hijos reconocidos, abogado, psiquiatra, excompañeros de prisión, párroco y camello de confianza tampoco pudieron mitigar el fracaso inesperado de mi empresa.
Sin embargo, sumido en la más absoluta y desgarradora desesperación, una noche me invadió la clarividencia como por arte de magia. A partir de ese mismo momento, ya no tendría veintisiete años, volvería a los veintiséis. Lo anunciaría a bombo y platillo, iría al registro a solicitar el cambio de edad, daría una fiesta de pierdeañosy me comportaría como un joven alocado que tiene toda la vida por delante para triunfar y ser eternamente recordado. De esta forma, disponía de más de un año para ingresar de manera triunfal en el Club de los 27. De hecho, era tanto el tiempo que lo primero que hice fue echarme una larga siesta. Ya vendría a buscarme la inspiración genuina que me lanzaría al estrellato y a la muerte.
Relatos

Odas a Simba: Buen Perro, Mejor Persona

Esta entrada es un poco especial. Se trata de una tripleta de composiciones acuñadas como odas, pero lo cierto es que no siguen ningún patrón poético ortodoxo. Los tres versan sobre un buen amigo mío que hace poco nos dejó, Simba, un animal muy humano con el que tuve la suerte de compartir una breve parte de nuestras existencias. La primera fue compuesta en el momento en que nos separamos tras acogerlo unos meses, la segunda cuando fui a visitarlo unos meses después y la última sobre su reciente muerte. El lenguaje y las expresiones son muy espontáneas y poco formales, pero rebosantes de emoción y sinceridad.

Amigo, eres tan especial que “tienes la extraordinaria habilidad de ser el único ser capaz de inundarme el lagrimal“. Estés donde estés, no te olvido, “que la tierra o el aire te sea leve“. Gracias por tanto con tan poco.

—————————————–
  

Oda de la despedida


Simba, ya te has ido
dejándonos el corazón vacío.

Nunca conviví con un perro,
disculpa si te miré con recelo.
Te acogimos triste y maltratao,
ahora eres un grana pasao.


Dormías dieciséis horas al día
y despierto le dabas a la lejía.
Aunque me diera asco recogerlas,
compartías sin pudor tus grandezas.
Te encantaba morder el mando a distancia,
encender la tele para ver alguna extravagancia.

Discutíamos sobre filosofía y política
me acusabas de ser un superficial podemita.
Después, hablábamos de tonterías,
descubrí que detestabas las estrías.

Te echaremos en falta buen amigo,
aunque dicen que con tu padre me hice un abrigo.
Simba, aunque eres buena gente, ¡a fregar!
no te me conviertas en un personaje vulgar.



Oda del reencuentro y del adiós

Acudí con la bici nervioso y excitado,
temía que de mí te hubieras olvidado,
pero me reconociste a larga distancia,
moviendo el rabo con tu singular vagancia.


Te lanzaste a mí sin ningún tapujo
obsequiándome con tu suave aliento perruno,
y te saludé como se hace a un hermano
chocándote la pata con mi mano.

Me confesaron que estás envejeciendo
aunque te esfuerces en seguir sonriendo,
y que de vez en cuando miras por la ventana
para ver si aparezco y salimos a quemar Granada.

Debatimos de política, féminas canes y ciencia,
engañando a tus lagunas de memoria con inteligencia.
Te burlaste de mí por haber querido asaltar los cielos
sin tener el beneplácito de los medios y del dinero.

Me recomendaste que fuera a un buen peluquero,
yo te recordé que el tuyo un destrozo te había hecho.
Preguntaste por el final de Juego de Tronos
y si al final se casaba Cersey con Hodor.

Cuando me despedí de ti ladraste con rabia,
mientras de espaldas disimulaba una lágrima.
Con tristeza asumimos que no nos volveríamos a ver
sabíamos que esta podía ser nuestra última vez.

Aunque seas un maldito bastardo
por haberte pasado a Ciudadanos,
tienes mi cariño y amistad infinita
y en mi corazón tu nombre grabado a tinta. Simba.




Oda de la muerte

Ayer, de repente te has marchado
sin romper el silencio de lo amargo.
Viniste debatiéndote entre la vida y la muerte
y te acogimos hasta aprender a ser fuerte.

Supimos que nuestro reencuentro alegre
llevaba implícito un hasta siempre,
que tu camino a este lado estaba hecho
que sólo quedaba encontrar el último lecho.

Ya no podremos discutir si Errejón es un mingafría,
o si Iglesias tiene que regresar a la guardería,
ni reírnos sospechando que Rajoy es un mutante
o si Soraya debe cambiar urgente de laxante.

Espero que en el cielo perruno alguien te cante por bulerías,
te toquen las palmas y vuelvas a menear el rabo por alegrías,
que allí conozcas a otros pasaos y otras perras
y así entierres tus miedos, tapujos y vergüenzas.

No sé bien por qué tienes esa singular habilidad
de ser el único ser que sabe inundarme el lagrimal.
Simba, que la tierra o el aire te sea leve
a fuego te llevo en la piel, corazón y mente.



Simba and Rafalé, Granada en febrero 2016.

Relatos

Desnudo

Entre desconocidos, despojado de caretas, vanidades y falsas humildades, me presento tal como soy, desnudo. Con la excitación de la primera vez y la inquietud de saber si habrá una nueva oportunidad, discurre en mí una mezcla alborotada de vergüenza, miedo y curiosidad.
Casi no puedo alzar la sonrisa en la mirada, ni esbozar un brillo entre mis labios cortados, pero una corriente frenética discurre por las venas que termina cristalizando primero en el bolígrafo y después en la garganta en forma de palabras. De ella nace un torpe hilo de voz que busca fenecer en oídos ajenos a cambio de efímero calor y sorbos de otros chorros de voz, de los que calan los huesos e inundan el alma.
Ofrezco mis manos vacías de todo y llenas de borrones de tinta, ávidas de ser cubiertas con expresiones que sólo ellas son capaces de comprender. Espero al complejo enredo de dedos, hundirme entre heridas que encierran batallas libradas al anochecer y vencidas al albor de ver amanecer.
Mis pies tiemblan al intuir miles de caminos y apuntan cada uno hacia una incertidumbre distinta. Los intento fijar en este punto, en la imaginaria realidad. Estoy acostumbrado a burlar a la verdad, la mentira y si es preciso a mí mismo. Entre tanto, mis vergüenzas se erizan sin discreción y me recuerdan que nunca las pude encerrar entre rejas de razón.
Descubro en mi recorrido, lunares abandonados, cicatrices que creí cerradas y bellos rincones que al olvidarlos se transformaron sin avisar. Es en ellos donde vuelvo a recobrar la fe en mí y en este maravilloso caos, donde me vuelve a fascinar el infinito universo que encierra un cuerpo tan insignificante y tan pequeño.
El papel inerte se impregna de retazos de vida, lamentos que buscan la manera de inmolarse, deseos que se desangran por convertirse en realidad, pasiones ocultas que adolecen valor y mentiras que aspiran a ser verdad. Los retazos encadenados a la imperfección conforman una apariencia cobarde a la espera del implacable juicio de extraños que les situé entre la vulgaridad y la trascendencia, enterrarse debajo la piel o permanecer bajo el suelo, entre la vida y la muerte.

Y es entonces, cuando le encuentro el gusto a estar desnudo entre desconocidos, pues, aunque destartalada, desorganizada y no llegue a taparme del todo, siempre me cubre una manta de palabras.
Relatos

Caricias y Cuchilladas

Estremecen tus suaves caricias después de dejar un rastro de sangre y dolor. Reparan tus crueles cuchilladas que, con el tiempo, garantizan un instante de felicidad y levitar sobre la realidad. Gritan tus silencios cuando son capaces de iluminar al tedio en medio de la oscuridad, hasta aflorar de la nada una nueva oportunidad. Sosiegas la demencia frenética, la cual escondió el miedo evidente a querer ser y anestesió de podredumbre y mundanidad a los sueños con los que alguna vez fantaseé. El calor de tu mirada me congela y me abrasa el frío de tus palabras.
Aceleras el latido ante un simple roce de dedos, cargado de posibilidades marchitas antes de nacer. Congelas la respiración en una danza de cuerpos desnudos que escupe una mezcla de sudor ardiente y te quieros. Conviertes al surco de la última lágrima en el sendero de una flamante esperanza. A la sonrisa infinita la trasladas a los dominios de la muerte, pudres sus dientes, le das a probar el beso pestilente y reduces la alegría presente a un recuerdo en el olvido.
Vulgarizas la esencia genuina de la obra aclamada y unánime, mientras elevas a la categoría de maestría al instinto más repugnante.  Desprecias al rico que sólo sabe mirarse a sí mismo y lo castigas al merecido ostracismo. Al pobre le haces un hueco en tu mesa para compartir un poco menos que nada y planificar la estrategia de asaltar los firmamentos. Rechazas el olor a divino, aunque le pongas velas al milagro de fraternidad entre seres distintos. Críticas lo que por ignorancia es absoluto y no cejas en la ilusión de desnudar al desconocimiento. Le das sentido al desconcierto con el que nacimos.
Y así es como hacen el amor la verdad y la mentira, el todo y la nada, lo real y lo imaginario, el dolor y la alegría, la muerte y la vida. Así es como fundes en una sola palabra caricias y cuchilladas. Así me enseñaste a que soy un continuo contraste, ridículo, genial, torpe, valiente, tímido y, por ahora, de ti prendido. Vida.
Relatos·Vida Moderna

La Superficialidad

La superficialidad no es una ilusión que
aspira a ser verdad. La superficialidad es una mentira
que a la luz de la verdad se convierte en una cuchilla”.
Anónimo Pensador
Comienza una semana como comienzan todas para Ana. Despierta envuelta en su delicado pijama de lino rosa y enciende su teléfono. Una sucesión de avisos y mensajes enloquece al aparato, iluminando el rostro liso de la joven. Contesta con una ráfaga veloz de clicks a las notificaciones procedentes de las redes sociales y con una aleatoria elección de emoticonos a los mensajes personales salvo a los de Ramón, al que, generosa, le dedica dos de ellos. En su fuero interno, Ana se siente satisfecha y sonríe.
Se encierra en el aseo durante una hora para someterse a una ducha, sesiones de cremas, alisado de pelo, maquillaje y perfume. Entre tanto, se ha enfundado en un vestido verde ajustado que le realza la silueta y deja entrever sus pechos. Se fotografía mirando el espejo desde un ángulo previamente estudiado. Cuelga la instantánea a la red acompañada de un mensaje que reza “A por la semana con energía y alegría”. Mientras devora una deliciosa tostada integral de queso de untar light y pavo bajo en sal, el teléfono móvil de Ana vibra sin cesar. Al otro lado de las vibraciones se agolpa un tumulto de conocidos desconocidos que sueñan con acostarse con ella, amigas que bendicen la apasionante vida de Ana y enemigas que se mueren de envidia por ser ella.

Sigue leyendo “La Superficialidad”

Relatos

La Ciudad De Los Vuelos

Cuenta la leyenda que en las tierras del sur se encuentra la ciudad de los vuelos. Todo comenzó en uno de los primeros días de verano de hace muchos años. El intenso calor asolaba las calles, convirtiendo a estas en desiertos de la humanidad. Los ciudadanos más pudientes escapaban a las playas de otras ciudades cercanas, mientras que los que menos tenían se refugiaban en sus casas desde que asomaba el sol hasta que se ponía por completo.

Ante la falta de clientela, los comerciantes se veían abocados a cerrar sus negocios durante el estío y abandonarse a la ruina. Por su parte, los trabajadores del campo sufrían la ferocidad del verano, agravado por la falta de lluvias en invierno y primavera. La fruta estaba seca y carecía de cualquier tipo de sabor, las cosechas eran escasas y se preveía que las próximas no merecieran tan siquiera ser recogidas. También los animales de las granjas padecían en su piel la sequía y la constante lluvia de fuego. El canto de los pajarillos se había apagado en busca de otros lugares.


A la vista de la gravedad de la situación, el alcalde convocó a todos los vecinos a una importante reunión en el ayuntamiento para adoptar un plan extraordinario. Algunos especulaban con la posibilidad de que anunciara un sorteo para ir a la playa, otros con que instalara aire acondicionado en todas las calles y los más soñadores que de las fuentes comenzase a emanar vino blanco bien fresquito. Sin embargo, el alcalde dejó a todo el mundo boquiabierto: un grupo de ingenieros había instalado unos motores que permitirían a la ciudad echar a volar en ese mismo instante al encuentro de  condiciones climatológicas más amables.

Según anunció el alcalde, en verano viajarían al hemisferio sur a zonas de lluvia para poder regar los huertos y campos de alrededor, así como poder disfrutar de una temperatura que les dejara hacer vida normal. Todo los ciudadanos, incluidos los más soñadores, recibieron con entusiasmo la medida y salieron del ayuntamiento respirando el aire de una brisa sensiblemente más fría que de costumbre.

Una vez calmada la sequía, aprovechando su nueva capacidad de volar, la ciudad puso rumbo a playas paradisiacas de agua cristalina y arena fina. La gente estaba más animada, los vecinos se saludaban con efusividad y las calles se contagiaban de una alegría generalizada. Además, se crearon nuevos puestos de trabajo debido a la gran cantidad de turistas atraídos por la ciudad de los vuelos y los negocios funcionaban a pleno rendimiento. De los campos salían frutos más sabrosos que nunca, los animales de la granja sonreían y se reproducían más que de costumbre y una agradable algarabía de pájaros se erigía como música de fondo. En poco tiempo, la ciudad de los vuelos se había transformado en la ciudad de los sueños.

Al llegar el crudo invierno, la ciudad se dirigió hacia zonas templadas. Sin embargo, durante el viaje, el mecanismo de vuelo se detuvo por una avería y la ciudad se vio obligada a aterrizar en una zona desapacible. Se trataba de una aldea de características y costumbres muy distintas a las que la ciudad estaba acostumbrada. El hambre, la enfermedad, la falta de recursos y la pobreza se palpaba en la mirada de su gente, en la erosión del adobe de sus casas o en la extremada delgadez de sus reses. El alcalde recomendó a sus vecinos que se encerraran en sus casas y la desconfianza se arraigó en la ciudad de los vuelos. A través de las ventanas, sus habitantes miraban con inquietud y miedo a los aldeanos de aspecto desgarbado, lengua incomprensible y oscuros rituales.

El tiempo transcurría, los ingenieros se negaban a salir de sus casas para reparar el dispositivo y la ciudad de los vuelos se sumía en el absoluto caos y la falta de agua, alimentos y medicinas. Las cosechas se habían perdido y en vez del hermoso cantar de pajarillos, se oían los graznidos de buitres que acudían al festín en las granjas abandonadas.

Desesperados, algunos vecinos decidieron echarse a las calles para exigir una solución al alcalde, pero éste ya había huido aprovechando el encierro de sus vecinos. Conscientes de la situación crítica que atravesaban sus inesperados visitantes, los aldeanos se pusieron de acuerdo para poner a su disposición los pocos recursos con los que contaban. Mientras el motor de vuelo era reparado, la desconfianza y el miedo comenzaron a volar de la ciudad. Sin apenas entenderse, propios guiaban a extraños hacia pozos y fuentes, niños de pieles distintas jugaban juntos y a la noche todos se reunían para compartir danzas y canciones.

Finalmente, los motores volvieron a funcionar, los ciudadanos se despidieron agradecidos de los aldeanos y la ciudad voló al lugar que le correspondía para siempre. Aunque inapreciable de forma física, aquel vuelo contó con menos carga que los anteriores. Carga que había echado a volar en aquella aldea para no volver más.

Cuenta la leyenda que tras aquel suceso, todo forastero es bienvenido sin distinción de raza, cultura, creencia o lengua a la ciudad que, aun sin motores, es capaz de volar. La ciudad de los vuelos.


Cuento escrito en el magnífico Taller Escríbe Mucho.
Relatos

Casi Idóneos

Ryan CB2Z admiraba las vistas desde un habitáculo solitario de un flamante restaurante de suspensión transitoria. El medidor de emociones le indicaba que su nivel de regocijo estaba en un estatus supremo al contemplar los monumentos recién instalados en la megaciudad de New New York. En aquel momento el restaurante sobrevolaba a escasa velocidad la zona oeste, en la cual estaban situadas, temporalmente, la Torre de Pisa, proveniente de la Edad Media, la Torre Eiffel, de la Contemporánea, y la Torre de la Hecatombe, de finales de la Apocalíptica y comienzos de la Definitiva. Aquel escenario era el mejor posible para una cita de esas características. Estaba a punto de conocer a su verdadero amor y el medidor avisaba que su nivel de nerviosismo ascendía por momentos.
A sus 48 años, Ryan CB2Z había decidido dar el paso. Atrás quedaba su etapa de poligamia desaforada, en la que se había relacionado de manera efímera con multitud de féminas de carne y hueso y algunas otras robóticas de primera y segunda especie. Se sentía vacío, solo en el mundo y su única esperanza era la de pasar los últimos 75-76 años que le habían pronosticado en su anterior análisis con la misma compañía. Era esta una práctica casi extinguida, pero habitual en el humano antes de la Edad Apocalíptica.
Ryan había acudido a una de las sedes del OmniMinisterio de Relaciones Internas y Derivadas para someterse al test de idoneidad, previa extracción y análisis del hipotálamo y donación total del cabello. El resultado había arrojado una compatibilidad del 99,95% con la persona con la que se comprometía a pasar el resto de sus días, Darly LH96, la cual estaba a punto de hacer estallar su nivel de impaciencia. No se trataba de una tasa muy alta, pero estaba dentro del rango casi idóneo, recomendado para establecer una familia de tres hijos humanos y uno robot, asentarse en un apartamento de cerca de 40 metros cuadrados, así como comprar un utilitario en suspensión de mínimo dos siglos de antigüedad.
De repente, se atenuó la luz del habitáculo y comenzó a sonar una melodía de violines estridentes. Ryan apretó el botón de autoajuste del traje, aromatizó su boca con esencias de imitación de menta y tomó una bocanada de aire tratando de mitigar la creciente taquicardia. Un tipo ataviado con un traje idéntico al de Ryan hizo su entrada de manera segura. También tenía en común el tono de piel blanquecino, la escasez de cabello, la mediana altura y la marca, modelo y generación del medidor de sensaciones. Solo el color de los ojos era diferente: amarillo el derecho y rojo el izquierdo frente a amarillo y naranja rojizo.
–¿Ryan CB2Z? –preguntó sonriente.
–Sí, soy yo…–contestó sin esconder su extrañeza–. ¿Nos conocemos?
–No, hemos venido aquí para conocernos –dijo tendiéndole la mano–. ¿Qué tal? Soy Darly LH86, tu pareja casi perfecta, el resultado del test de idoneidad. En resumen, la compañía que vas a tener el resto de tu vida. Oh querido, eres mucho más atractivo de lo que había imaginado.
–Disculpa Darly, debe tratarse de un error. Soy…
–¿Unisexual? No te preocupes, a mí también me gustan las mujeres sin distinciones de especie. Pero el resultado del examen es inapelable, somos la pareja más idónea y en breve hemos de disponer nuestra unión. El funcionario temporal comentó que la próxima semana podría celebrarse la ceremonia.
–Sí… La tasa de error del test es ínfima, solo que… ¿Darly?
–Despierta, cariño, vives anclado en el pasado. En New New York la mayoría de seres tienen nombres unisex y uniespecíficos.
–Ya, pero siempre he pensado que serías una…
En aquel instante el restaurante se suspendió cerca de la Torre Eiffel, donde se proyectaba una imagen de ambos y un mensaje de felicitación por el encuentro y la futura unión. Acto seguido se reflejaron fuegos de artificio con las letras que componían sus respectivos nombres y códigos de identificación. En la mesa se abrió una trampilla por la que asomaba el festín: una colección de grajeas y comprimidos de manjares tales como esencia de caviar del Mar Lunar I, sucedáneo de chorizo de Pamplona y trufa de pelotero escarabajo cautivo. Dos gotas de concentrado de vino tinto completaban la velada. A pesar de que el ambiente era de su agrado y el banquete parecía apetitoso y en cantidad, Ryan no lograba apaciguar su decepción, que se encontraba en niveles cercanos al máximo medible.
Ajeno a los sentimientos de su prometido, Darly trató de romper el hielo mediante conversaciones banales. Con un carácter entusiasta, expuso su rechazo al espolio electromagnético del Cuásar 3C273, su conformidad en cuanto a la eutanasia robótica, además de su preocupación por las últimas subida de impuestos en el recibo del oxígeno. Aquella postura coincidía exactamente con la de Ryan. Ni él mismo hubiera sido capaz de explicarla mejor. Era una muestra pequeña, pero suficiente para que se sintiera más cómodo y así disipar la desilusión inicial.
–¿Por qué decidiste que era el momento de unirte a alguien? –inquirió Ryan.
–Estaba cansado de relaciones esporádicas, de limitar los sentimientos a apretar el botón de meter y sacar muy rápido y después no saber nada más de la otra u otras personas. Al final sientes la tristeza como una lágrima que cae en el océano…
–…azul marino, oscuro, el único color de los corazones sin esperanza. Eres la primera persona que conozco que sabe de ella. ¡Es mi obra favorita!
Fue entonces cuando Ryan tuvo pleno convencimiento de que sí estaba frente a su pareja idónea y un pitido le indicó que por primera vez se habían detectado pequeñas concentraciones de ternura en su mente, lo que los manuales extintos denominaban principio de amor. Mientras tanto, de la trampilla ascendía el postre: aromas a tarta de frambuesa. Se miraron a sus casi idénticos ojos degustando el silencio. Era casi perfecto, sobraban palabras.
Los años pasaron de forma fugaz. Gracias a los últimos adelantos quirúrgicos en materias reproductivas intersexuales, Darly había podido dar a luz a trillizas de color tostado, cabellera rubia y ojos de combinaciones del amarillo, rojo y naranja rojizo de sus padres. Ryan, por su parte, adoptó un macho robótico de la protectora para equilibrar el ambiente femenino del pequeño apartamento interfamiliar. Juntos fueron muy felices: hacían excursiones a las recreaciones temporales de parques y montañas de la Edad Contemporánea, veraneaban cerca de una playa recreada del sexto satélite de Júpiter y de tanto en tanto se despegaban de sus dispositivos electrónicos integrados para preguntar qué tal les iba y asentir cómo si estuvieran escuchando.
Cuando alcanzaron la mayoría de edad provisional, las trillizas decidieron marchar de casa y emprendieron una gira como cupletistas por áreas de servicio de itinerario de vuelo en alguna galaxia lejana. Aunque mandaban algún monosílabo afectuoso en forma de mensaje instantáneo, nunca más volvieron a saber de sus queridos padres. El robot masculino, cada vez más torpe y cansado, se acogió a la recién aprobada ley de eutanasia robótica y después fue vendido como chatarra a un amable mercader espacial.
Unos días antes de que su esperanza de vida fuera a esfumarse, el nivel de inquietud de Ryan se elevó repentinamente. De forma nerviosa, cavilaba vertiginosamente sobre sus pensamientos y recuerdos sin lograr encontrar el motivo de su desasosiego. La enfermedad lo había ido trasladando sigilosamente a las puertas del valle de la derrota y el olvido. Por fortuna, el flamante recordador que le había regalado Darly por su aniversario le ayudó a descifrar el objeto de inquietud.
–Nunca he entendido por qué falló el índice de compatibilidad. Está claro que era mucho mayor de lo que nos dijeron. Estábamos hechos completamente el uno para el otro. Darly, tú y yo éramos, somos y seremos idóneos.
–Claro, Ryan –respondió con un tono quebrado de emoción–. El problema es que en aquella época el test de idoneidad aún tenía una pequeña tasa de error.
–Sí, es posible –dijo mientras su medidor denotaba una desconfianza difícil de disimular–. Fuiste un gran compañero y amante. Te echaré de menos, Darly.
Ambos se fundieron en un beso lento, mientras de los lagrimales emanaba una humedad que se fusionaba para reflejar claridad. Dicen que son en los últimos besos cuando el tiempo se detiene y se logra ver el alma a través de unos labios.
Los restos mortales de Ryan CB2Z aguardaban a ser triturados y convertidos en un busto imperecedero, cuando Darly LH96 dejó sobre el cuerpo una copia física de aquel archivo maldito de setenta y cinco años atrás. En él, se informaba del error del test de idoneidad, dando el consentimiento oficial a anular la unión. Además, les entregaban los resultados correctos y el nombre de sus respectivas parejas, con índices de compatibilidad más elevados, prácticamente idóneos. Aunque las decenas de años de engaño pesaban como losas en la consciencia de Darly, no se arrepentía lo más mínimo de haber burlado a la razón de algoritmos y números, haber hecho caso al corazón y haber llevado a la eternidad su relación.

Finalizado el discreto acto de despedida de Ryan, con el busto en pie para recordarlo por siempre, Darly se dirigió al centro de descanso eterno asistido más cercano. Tal y como había leído en las novelas contemporáneas, apagó una vida que sin Ryan ya no podía volver a ser casi idónea.
Relatos

Vida Perra

Algunos de los pensadores más brillantes de todos los tiempos sostienen que la vida puede ser maravillosa. Sin embargo, muchos de ellos omiten que también la vida puede ser muy perra. Desde bien pequeños nos marcan una línea dirigida hacia el éxito y la felicidad, conceptos que vienen prefijados y encarnan acciones como estudiar una carrera, tener una pareja estable, hipotecarse, casarse, tener hijos, veranear en un cubículo minúsculo de Benidorm o Torremolinos y, finalmente, ser destripados por sus vástagos mientras el tiempo corre fuera de las ventanas de una paradisiaca residencia de ancianos, en el mejor de los casos. Nos dan unas pautas que se basan en el tener más y ser mejor que nadie, ¿pero qué hay acerca de la mediocridad y la frustración? Silencio, vacío. Nada.

Arístides Dichado sabía perfectamente lo que era la decepción profunda, vivir en desdicha continua y la lucha contra un enemigo invencible: la vida perra. Desde joven encaminó su existencia a ser un personaje grande. Entre algunos de sus proyectos estaba el de escribir libros trascendentales, ofrecer conferencias en universidades por todo el mundo, ostentar un cargo político de envergadura, perdurar por los siglos en los libros de historia, acostarse con modelos de generosos pechos, viajar a la luna, ir en bólido al trabajo y, como no, tener un mayordomo que le ayudara a vestirse por la mañana y que le masajease los pies a la noche.

Aunque Arístides dedicó gran empeño en formarse y proyectar una sólida imagen de sí mismo, los colmillos afilados de la vida fueron cortando las alas de aquellos sueños cándidos. Después de recibir numerosos rechazos para publicar una primera obra literaria más que prometedora, al cabo de unos meses fue publicada bajo el nombre de un célebre autor que vendió millones de copias. No hubo opción a pleito, pues el pobre Arístides Dichado confiaba en la honestidad de las editoriales y nunca registró la obra. Su carrera en la política fue más que efímera, al ser repudiado por los grandes partidos al aprobar el test de honradez. También probó suerte en la empresa privada, pero estaba sobrecualificado para cualquier puesto de becario, así que tuvo que falsear su currículum para trabajar de repartidor de pizzas en una conocida y deplorable multinacional. Su relación con las modelos exuberantes se reducía a un par de palizas recibidas a manos de simpáticos agentes de seguridad que habían disuadido cualquier pretensión sentimental de Arístides.

Durante el último año recibió una gran noticia: la Real Academia Española le había pedido una fotografía reciente para incluirla junto a las definiciones de fracasado y pringado en la nueva edición de su diccionario. Así pues, con la ilusión cubierta de babas de la perra vida, Arístides optó por aceptar su destino y hacer una vida mediocre sin ningún tipo de pretensión. A decir verdad, entre medias intentó suicidarse diversas veces, pero sus tentativas fueron en vano: tenía una infame habilidad para la cabuyería, la sobredosis de pastillas le produjo una colitis de campeonato, le fue denegado el permiso de armas y en su ciudad no habían puentes ni edificios altos.
Cierto día de verano, Arístides sudaba como un animal –sufría de hiperhidrosis aguda y no tenía dinero para operarse– mientras miraba a la gente pasar a través de la única ventana de su apartamento y maldecía su aparente felicidad. Cuando volvía de coger un paquete de ensaladilla del congelador y situarlo bajo la axila, encontró a una extraña presencia sobre su sofá. Era un tipo largo, escuálido, de cabello rojizo como el fuego y unos ojos enormes. Estaba desnudo y su rostro denotaba cierto divertimiento al ver a Arístides.

–Maldita sea, un pervertido. Lo que me faltaba –dijo Arístides, casi sin inmutarse–. ¡Lárgate o llamo a la policía!
–Tranquilo, colega. Soy El Karma, aunque mis colegas me llaman Kar.
–Pero, ¿qué dices, colgado? Si has venido a vender libros ya te puedes estar marchando.
–Tranquilo, tío, seré breve: revisando tu historial he encontrado que estás llevando una vida que no se corresponde con tu karma. Estabas destinado a ser un tío grande, a triunfar, a partir la pana. Así que si me firmas este documento, en el cual te comprometes a perdonar mi error y un par de cosillas más sin importancia, te devolveré a la vida que te correspondía. ¿Alguna pregunta, colega?
–¿Por qué vas desnudo?
–Soy El Karma y El Karma hace lo que le sale de los cojones.
Tras firmar los documentos, el apartamento de Arístides comenzó a dar vueltas y a proyectar cientos de colores en la pared. Al detenerse, los muebles de ocasión de Ikea dieron paso a unos elegantes de madera de zitán y su pequeña chabola se transformó en un apartamento con todos los equipamientos lujosos e innecesarios que existían en el mercado. Desde una de las habitaciones un par de bellas mujeres gritaron al ver a Arístides y tiraron de él entre risas mientras le frotaban sus senos. Antes de lanzarse al jacuzzi y descorchar una de las botellas de champán que había en el borde, un hombre trajeado entró en la sala a toda prisa.

–Señor, siento informarle que debe dejar sus menesteres personales con esas furcias y vestirse rápido. La policía ya está preparada para su traslado.
–¿Cómo? ¿De qué se me acusa?
–Sí claro, ahora hágase usted el sueco. De todo un poco: tráfico de influencias, malversación, cohecho, apropiación indebida, blanqueo de capitales, evasión fiscal… Menuda juerga se han dado, pero al menos lo han pasado bien. Le echaré de menos, señor ministro.
Desde un apartamento cochambroso, diez minutos antes de entrar a trabajar en la pizzería, El Karma miraba la televisión. Un Arístides conmocionado ingresaba en prisión entre abucheos y preguntas de cientos de medios de comunicación. Antes del intercambio, El Karma había hecho gestiones para que el módulo de Arístides dispusiera de una habitación individual, marisco de buena calidad, gimnasio con entrenador personal y derecho a vis a vis cada tres días. El presidente del gobierno tendría la deferencia de mandarle ánimos y asegurarle que saldría a la calle en unos meses, mientras una prestigiosa editorial le ofrecería publicar sus memorias asegurándole que sería éxito de ventas para las próximas navidades. Para tranquilidad del Karma, a Arístides Dichado no le costaría mucho habituarse a aquella vida perra.


Epílogo:
Encaramado a las tetas de la perra, la parte más dulce a la par que salvaje de la vida, Arístides Dichado saboreó por primera vez la verdadera libertad tras su reclusión. Habían sido meses de pena y amargura tan solo endulzados por el extenuante calor de las bañeras de agua termal, el agotamiento de los partidos de paddle contra el nuevo ministro, las pesadas presentaciones de su biografía por todo el continente junto a sus respectivas fiestas en grado de libertad sin apenas vigilancia. Pero, sin duda, lo peor de aquel cautiverio entre rejas había sido el ser esclavo de las artes de dudosa moral de unas mulatas despampanantes que nunca lo liberaban antes de ver amanecer.

Frente a las dependencias policiales, aguardaba El Karma ataviado con un taparrabos y luciendo una melena verdosa. Tras el intercambio, Kar había aprovechado su olfato can para los negocios emergentes para introducir un ingrediente secreto a las pizzas a medio descongelar que su empresa le mandaba despachar con la moto. Cada domingo, antes del amanecer, se acercaba al último muelle del puerto donde sus socios le entregaban un cargamento de hongos marroco-holandeses, sustituyendo así a los clásicos champiñones enmohecidos. No tardó en correrse la voz, las ventas se multiplicaron por mil entre la juventud y los ancianos, especialmente, y El Karma fue ascendido a responsable del teléfono, además de sus comisiones externas.

El Karma notó que Arístides había envejecido de forma inversa y hasta pudiera decirse que le pareció un poco menos incómodo para la vista que la última vez que lo vio. Instantes previos a que Arístides pudiera reconocerlo, Kar se abalanzó hacia él para abrazarle y le indicó sonriente que entrara a un lujoso monovolumen.

–Arranca, ¡a toda prisa! –Indicó el Karma a un hombre trajeado, para después dirigirse a Arístides–. No ha estado mal, ¿eh colega?
–¿Mal? ¡Ha sido la hostia! ¿Tú sabes la de…?
–Sí, sí… –interrumpió con brusquedad–. Su Majestad es una garantía para estos contratiempos. Verás, Arístides, no tengo mucho tiempo que perder. He vuelto a revisar tu historial y es rotundo: por más que te esmeres, no estás hecho para triunfar. Me equivoqué, lo siento. ¡Recuerda, cógete bien al manillar!

Entonces, El Karma rompió en pedazos el contrato que Arístides firmara meses atrás y todo su alrededor comenzó a girar a un ritmo frenético, dando lugar a una tormenta de colores y estrellas. Al acabar de girar, los asientos de cuero dieron paso a un sillín despedazado de una moto de reparto. Con la mente todavía nublada, instintivamente, Arístides sostuvo el manillar a la par que divisaba un control de la guardia civil a escasos metros, que le daba el alto de manera cortés.
Desde la celda de una mugrienta prisión, despellejado por las garras de la vida perra, despedazado por su mandíbula, roído por ese aliento abrasador, Arístides se abanica los sobacos empapados con un periódico de páginas amarillentas. En la portada se anuncia a bombo y platillo que el antiguo ministro, tras un paso por la cárcel que lo había transformado en un hombre nuevo, se postula como candidato a la presidencia del gobierno, siendo éste un fiel garante de la regeneración democrática que ejemplifica su partido. Las encuestas apuntan que el pueblo está con él.

Arístides no se lamenta por ser torpe para la cabuyería, ahora sólo le interesa la medicina veterinaria. Se especializará, piensa, en anestesiología de grandes animales.
Relatos

Singular Valérie

Los primeros rayos de sol se cuelan a través de la ventana para iluminar su figura bajo unas sábanas desgastadas que aparentan ser transparentes. Mira el reloj y sonríe: todavía quedan unos minutos para despertar. Tras una breve espera, las puertas del balcón se abren de par en par y aparece, como cada mañana, para dar los buenos días al mundo. Estira los brazos con dulzura realzando la firmeza de sus pechos mientras una brisa envuelve el resto de su torso desnudo. Un intenso color negro invade sus rizos salvajes propagándose por unas axilas pobladas y un sugerente pubis capaz de desquiciar a cualquiera. Hoy será un día maravilloso, parece musitar colmada de ilusión. Del tendedero recoge un uniforme blanco y unas bragas negras. Se viste y desaparece de mi vista.
No hace mucho tiempo que trabaja en el supermercado del barrio, sin embargo, Valérie pasa los productos a tal velocidad que los clientes no son capaces de embolsar la compra antes de informarles del importe. Aunque mantiene el tipo, se la intuye cierto nerviosismo cuando se forma una cola en su caja. En el desempeño de aquella tarea mecánica y rutinaria se la ve satisfecha. Se siente de utilidad y libre de preocupaciones innecesarias.
Puede que Valérie haya llegado a un sitio distante de lo que, quizá, indicaban los sueños de una joven con su potencial, pero el poder sobrevivir por sí misma ya debe considerarse un logro. Su trabajo en el supermercado no le deja mucho tiempo libre, ni un gran sueldo, pero sí el necesario para salir a tomar una copa de vez en cuando en los garitos de moda, desfogar su cuerpo sobre las pistas de baile y después, tal vez, exprimirlo contra otro cuerpo desconocido.
Valérie no suele prestar atención a las demás compañeras, lentas y cansadas, quienes apenas disponen de vitalidad para aguantar una hora de trabajo sin descansar y fumarse un cigarro. Tampoco hace caso a sus desprecios cortantes y sus críticas airadas por las que corre la envidia. Respeta a sus superiores e intenta preservar el buen nombre de la empresa, no obstante, ignora deliberadamente los posibles fraudes de los clientes. No quiere líos.
El trato de la muchacha es siempre amable y paciente. No se desespera ante el joven lampiño que se equivoca haciendo un recado, ni tampoco con la señora mayor que no sabe qué devolver por no tener suficiente dinero. Además, guarda las formas en intentos de conversación nimios de personas que reclaman la atención que no encuentran fuera y esquiva con suma delicadeza a aquellos que prueban a engatusarla. En el escaso intercambio de palabras, su voz destila un tono acaramelado que acompaña con una sonrisa complaciente que logra que el cliente se sienta reconfortado.
Ese juego, el de esquivar el anzuelo sin dar la sensación de rehuir despavorida del cebo, de vez en cuando no es bien comprendido por el incauto pescador. Es más, a pesar de que en términos de probabilidad cuantas más veces se lance y cuanto más grande sea el cebo, mayor será la probabilidad de que el pez pique; en el caso de Valérie las opciones de establecer un contacto más allá de enredos con bolsas de plástico, cambios mal dados y cupones de descuento continúan siendo nulas.
Uno de los aspectos que más turban de la joven, es sin duda la escasa familiaridad que percibe de los clientes habituales. Podría ser por la asepsia de su trato, la falta innata de habilidad para memorizar o bien la amnesia fruto de algún exceso, pero, aparentemente, Valérie no entabla ningún tipo de vínculo basado en la repetición. Una actitud opuesta a la de las personas que pasan por su caja, congratuladas de reencontrarse con la joven, con la falsa ilusión de que ella comparte su parecer.
–Buenas noches, bombón –dice el tipo al recibir la atención de Valérie.
–Hola, buenas noches, caballero –contesta ella devolviendo la mirada.
–Ya te queda poco para salir, ¿eh, guapa?
–Sí… Son 32,57 €. Gracias. ¿Desea usted pagar con tarjeta o en efectivo?
El tipo en cuestión es de tez blanquecina, ojos oscuros, mediana estatura y luce una camisa de cuadros informal. Recibe el cambio, su ticket y un afectuoso agradecimiento. Después de recoger su compra, se retira arrastrando la vista hacia la chica. Al salir del establecimiento, decide instalarse en la entrada ensimismado en sus pensamientos. Su semblante parece atesorar calma. De tanto en tanto lanza miradas furtivas para comprobar todos los movimientos que tienen lugar dentro del supermercado.
Nada más salir, el tipo se abalanza sobre Valérie con una seguridad inquietante. Ella se mantiene tranquila ante la repentina verborrea. Él mueve los brazos de manera ostensible mientras balancea el cuerpo de un lado a otro. Ella esboza una sonrisa, eleva las cejas y agita la cabeza ligeramente. No contento, el tipo toma la mano derecha de la joven insistiendo en su postura y ésta se despide con un lo siento. El abatimiento se cierne sobre el sujeto quien contempla cómo la chica desaparece entre las sombras de la noche a paso ligero.
Pasada la medianoche, Valérie tiende el uniforme en su terraza, se desprende de camisón y bragas y, como cada noche, deja que su precioso cuerpo sea por espacio de unos segundos bañado por la luz de la luna.
Fiel a su cita, Valérie acude a recibir el despertar del sol. Contonea sus generosas caderas en un movimiento que clama a la demencia al mismo tiempo que juega a dibujar espirales en su pelo con dos dedos. Parece divertida. Sus muslos redondeados conservan la tonalidad oscura de su piel. Sin previo aviso, la joven centra su atención en la ventana de en frente: se ha dado cuenta de que alguien la está mirando. Mas no se inmuta ante tal hallazgo y continúa atrapada en el giro de sus cabellos. Es plausible que no le importe ser observada y hasta pudiera agradarle. Una voz masculina la reclama desde dentro y en unos instantes la muchacha desaparece con el uniforme y unas bragas negras en la mano. Desde que la miro, es la primera vez que Valérie tiene a un hombre en su habitación. Aunque el reflejo del sol en el cristal resta claridad, se alcanza a ver cómo la pareja emprende una batalla corporal. Poco después, mientras tomo café, la voz de Valérie irrumpe con fuerza mediante un orgasmo sentido que se prolonga unos segundos.
A última hora, minutos antes de que cierre, vuelvo al supermercado. He de confesar que no tengo nada que comprar que no pudiera esperar unos días, pero quería volver a verla. Me he pasado todo el día rememorando los rincones de su cuerpo, recreando aquel orgasmo enérgico e imaginando sus artes sobre la cama. En su trato, no hay atisbo de que me haya relacionado con el suceso de la ventana. Cuando me voy a despedir de ella, aparece el mismo tipo de ayer. Salgo sin dar demasiada importancia a ese hecho, pero me invade la curiosidad y hasta cierto punto, he de reconocer, los celos ante cualquier detalle que haya dejado pasar inadvertido. De este modo, con cierto disimulo, sigo desde la calle una nueva tentativa estéril que Valérie acaba zanjando con aplomo.
Una vez emprendido el camino de regreso, observo cómo aquel tipo me sigue unos metros detrás. Acelero el paso nervioso, pero él se detiene en la esquina anterior. Guiado por el instinto, hago lo propio y espero medianamente oculto en un portal el devenir de los acontecimientos. Tras unos minutos, aparece Valérie y el tipo emerge de su escondite, la saluda y después de unas palabras caminan juntos. Para mi sorpresa, en lugar de seguir el recorrido hacia su casa, la muchacha toma otra dirección. Contemplo la escena desde una distancia prudencial desde la que soy incapaz de escuchar, pero distingo cómo la voz masculina monopoliza la conversación. En la puerta de una gran urbanización, Valérie decide parar y se despide apresuradamente. Parece alterada. No dispuesto a rendirse fácilmente, el tipo le implora que no se marche e insiste tomando su cintura. Intenta zafarse, pero al ver que no lo consigue emite un grito seco que logra liberarla. Ella entra a la urbanización y él se retira a punto de ser pasto de la rabia.
Vuelvo a casa contrariado: debería haber intervenido en la escena, o no. Quién sabe. Cuando estoy en el portal, Valérie aparece como una exhalación. Su respiración está agitada y su rostro desencajado. Sin mirarme directamente, me da las gracias por abrirle la puerta. Le pregunto si le pasa algo, ella lo niega con la cabeza y se dirige hacia su escalera. De nuevo, no parece haberme reconocido. Subo raudo las escaleras hacia casa y sin encender ninguna luz, ni hacer ningún ruido, me instalo de cuclillas en mi ventana aguardando a que aparezca, pero los minutos pasan y no hay rastro de ella. Tratando de conciliar el sueño, la imagino tan frágil, tan delicada, tan natural, tan hermosa, tan dulce y tan singular. Las horas pasan con un pensamiento clavado en mi mente: moriría por estar con ella.
A la mañana, Valérie no vuelve a asomar por su terraza. Las cortinas impiden ver su habitación. Se me hace extraño que no aparezca a nuestro encuentro, no concibo el día sin verla. Me pregunto hasta qué punto la experiencia de anoche la ha trastocado, el porqué de su reacción, el porqué se metió en aquella urbanización y si yo juego algún papel en ese puzle, en el que no soy ninguna pieza para ella. Quizá debería comprobar si está en casa, si necesita cualquier cosa o si quiere hablar. Pero, ¿qué puedo decirle? Mira, Valérie, te he seguido estas noches después del trabajo y he visto que otro tipo te sigue y trata de acosarte, además de contemplar con mucho gusto día y noche cómo te desnudas en la terraza y perturbas mis pensamientos. No, mejor no presentarse así. Puedo fingir haberme confundido de timbre o preguntarle si ha encontrado una carta extraviada. Sí. Me dirijo a su puerta, toco al timbre, pero nadie acude a mi llamada.
Necesito volver a verla, me he pasado el día pensando en ella. De esta forma, a la noche, acudo al supermercado. Hago una compra que no sea sospechosa de forma aleatoria: pepinillos de los gordos, lubricante, agua oxigenada y toallitas húmedas. Una vez en la caja, descubro a una Valérie ausente. No despacha más de un par de palabras con la voz apagada. A diferencia de otros días, no hay ningún cliente importuno detrás de mí. Concibo la posibilidad de aguardarla a la salida o fingir un encuentro casual en el camino, pero desisto por riesgo de profundizar en la herida.
Antes de llegar, descubro que el tipo que la persigue aguarda en el portal. ¿Qué hace allí? ¿Estará esperando a Valérie o tal vez a mí? Me propongo alertarla antes de que llegue, pero me encuentro otra vez en la coyuntura de no formar parte de este entuerto. Así que opto por lo más sensato habitual en mí: busco un buen lugar que me permita estudiar la acción sin ser visto y, a la vez estar alerta en caso de que las cosas se pongan feas. En cambio, la espera se dilata y la muchacha no hace acto de presencia. Hoy, sábado, Valérie debe estar disfrutando del frenesí de la noche parisina o pasando el trago con alguien de confianza. El tipo no parece inmutarse por la demora y se mantiene firme en su posición. A punto de retirarme a dormir, con poco menos de dos horas para ver amanecer, emerge una Valérie serena de entre la oscuridad. Aunque se percata de la presencia del tipo, su rostro no se altera lo más mínimo. Lo saluda con dos besos, conversan un rato en un tono distendido para, finalmente, invitarle a pasar dentro.
Desde mi ventana no consigo ver gran cosa, parece que hay luces que provienen del salón. Mientras doy cuenta de los pepinillos –cabe reseñar que no he cenado aún–, escucho cómo los gemidos escandalosos de Valérie se tornan en aullidos. No logro entender la situación, ni el comportamiento de mi vecina cajera. Tampoco puedo dormir. Me torturo con cada uno de sus suspiros furiosos de placer que se introducen en mí como navajazos que destrozan mi corazón. Para más inri, tengo la sospecha de que, con algo más de valentía y un poco de tacto, la suerte de aquel malnacido podría haber sido la mía.
Despierto bañado en sudor con el recuerdo vivo de una horrible pesadilla. Hacía un calor asfixiante y un desconocido no paraba de gritar. Mientras tanto, Valérie merodeaba la escena divertida, ajena a cualquier sufrimiento. Entretanto se acercaba a mí, me sonreía y me acariciaba con sosiego. La temperatura se disparaba hasta lo inhumano y los gritos perforaban mi tímpano. Por fortuna, tratando de recuperarme del susto, diviso a Valérie de nuevo en su terraza visiblemente relajada. A pesar del odio que he acumulado contra ella durante la pasada noche, no puedo evitar admirar su belleza innata y deslumbrarme con la magia de todas las curvas que conforman su cuerpo. Sus nalgas tostadas parecen indicar el camino a la perdición. En cierta forma, me alivia no vislumbrar rastro de aquel tipo. Desaparece junto a su emergente alegría sin saber yo que ésta es la última vez que tiene lugar nuestro tórrido encuentro. A los pocos días otra es otra mujer la que pasea por la terraza y, por desgracia, no tiene el magnetismo de Valérie, ni su naturalidad sobre el concepto nudista.
Tras un período sin visitar el supermercado para evitar verla y así airear mi enfado, acabo por volver y descubro que Valérie no está en su puesto. Podría haber cogido vacaciones o haber cambiado de turno, pero la realidad es que ya no trabaja allí. Con reservas me tengo que tragar mi orgullo para preguntar por su paradero. Dejó el trabajo, así de repente, me dijeron. Intento tirar un poco más de la lengua a una de las cajeras de rostro amargado, pero solo añade que no le quieren bien.
Tiempo después, me percato de que he bajado mucho de peso, sufro insomnio, se me cae el poco pelo que me queda y paso todo el día entre la inquietud y la pena. Miro una y otra vez su antigua terraza por si le da por volver, reproduzco en mi mente su figura, la cual comienzo a confundir. Aun no ser de esa clase de hombres, lamento profundamente no haberle hecho alguna foto o vídeo. Descartado que sea yo una especie de pervertido, es probable que responda al clásico cuadro clínico del enamoramiento estúpido. No sé cómo, pero debo encontrar a Valérie.
Pruebo a recabar información entre sus antiguos compañeros de piso, pero no saben dónde ha ido y no disponen de ningún tipo de contacto. Al parecer, no han tenido una relación fluida, ya que siempre fue una chica muy extraña, reservada con su intimidad, un alma indomable. La única alternativa que me queda es la de visitar todos y cada uno de los garitos del Barrio Latino, una zona de ocio nocturno en la que alguna noche me la he cruzado. Sin perder la esperanza y dilapidando mis escasos ahorros, me hago habitual entre las barras de aquellos bares. Me convierto, eso sí, en un experto catador de ginebras a la salud de una Valérie que se me escabulle. El tiempo pasa, las miradas de aprensión que me dirigen los jóvenes comienzan a incomodarme hasta el extremo y las cuantiosas resacas pasan una factura considerable a mi maltrecha salud.
Estoy a punto de desistir, cuando, paseando cerca del centro, la encuentro entrando a una pequeña tienda de perfumes ostentosos para señoras. Luce un elegante traje de chaqueta rosa y su inagotable sonrisa para atender a la clientela. Atrás ha dejado su presencia desgarbada: se ha alisado una larga melena, utilizaba maquillaje y ha reducido un poco su peso. Aun así, sigue siendo idénticamente hermosa. Escojo uno de los perfumes al azar y voy veloz hasta ella.
–Es…, un regalo… Para…, una amiga –le digo esquivando su asombro.
–Gran elección, caballero. Seguro que acierta –me responde con su tono dulce y reparador–. Son 219 €. Gracias. ¿Desea usted pagar con tarjeta o en efectivo?
Es evidente que en unas semanas recibiré notificaciones nada halagüeñas por parte de mi banco, pero ¿qué importa? Aprovechando que no hay nadie más en la tienda, procuro entablar una conversación con Valérie. Haciendo gala de su habilidad innata, rehuye con sensibilidad mis irresistibles poderes para la seducción y se excusa para retirarse a otros menesteres. De esta forma, comienza mi espera en la puerta hasta el cierre.
–Valérie, querida, tengo que hablar contigo –le asalto nada más verla salir.
–Dime –responde ella con complicidad.
–Pues… Mira…, resulta que yo… y tú. –He estado esperando tanto tiempo este momento que no puedo fallar. Tomo aire para sacudir los nervios y observo sus ojos brillantes–. Valérie, estoy enamorado de ti desde hace mucho tiempo. Una vez te perdí y he tenido que recorrer todo París hasta encontrarte. Sé que, aunque lo ocultas, tú también me deseas y huiste porque…
–Disculpa, creo que te confundes –interrumpe ella con total rotundidad. Su gesto se vuelve serio y se escapa veloz sin volver a mirarme. Soy consciente de que es una locura, pero esta es la última oportunidad. No la puedo dejar marchar.
–Valérie, por favor, ¡escúchame! –insisto a la vez que tomo su mano tratando de frenarla–. Podemos ser felices juntos, ¿es que acaso no nos lo merecemos?
Tras un leve forcejeo, grita y opto por dejarla marchar. No soporto verla sufrir de esa manera. En sus ojos he visto el miedo y en su cuerpo he sentido la fragilidad. Poco a poco desaparece Valérie de mi vista. Mi sueño se desvanece como un terrón de azúcar en medio del mar. Regreso dolido por haber emprendido una búsqueda estúpida, por haber tratado a Valérie como lo habría hecho un vulgar acosador y, especialmente, maldigo mi suerte.
Apenas unos metros antes de llegar, una imagen me sacude por dentro: Valérie espera frente al portal. Dudo por un momento en esconderme o dar la vuelta, no podría soportar someterme a sus ojos. Sin embargo, ya me ha divisado y parece indicar que vaya hasta allí. No se atisban posos de rencor o tristeza en su conducta.
–Perdona si antes me he comportado como una paranoica –me dice mostrando su arrepentimiento–. Lo siento… Una vez…, yo…
No hacen falta más palabras. En un ademán de suficiencia, la abrazo tratando de consolar su pena y le cedo mi pecho como paño para sus lágrimas. Sin más dilación, acepta mi invitación de subir a casa para charlar. Tristemente, compruebo que no tengo gran cosa que ofrecer: media botella de vino y unos pepinillos. Como un buen galán, dejo que desahogue y escucho paciente su relato. Su vida está enhebrada con quebrantos y sólo a base de coraje ha podido labrar su propia existencia sin ninguna ayuda. Paulatinamente, voy sintiendo los efectos del alcohol, quizá demasiado para ser media botella. Valérie, por su parte, se muestra cada vez más cercana y juguetona. De repente, se levanta del sofá y comienza a entonar Non, Je Ne Regrette Rien acompañado de un vaivén de caderas pausado, suave y letal. No hay forma de esconder mi excitación ante sus ojos, pero cuando estoy decidido a besarla, pide cerillas y un cigarro. Al volver con el recado, la encuentro desnuda ataviada únicamente con aquellas bragas negras y desbocada se abalanza sobre mí.
Degusto la humedad de su lengua a cada zarpazo de placer, mientras ella me desviste con furia y pide que la conduzca hacia la habitación. Me lanza sobre la cama y comienza a devorar todos los rincones de mi piel. Intento acariciar su cuerpo, pero ella apacigua mis ganas pidiéndome que espere.
–Ahora, vamos a jugar a un jueguecito… –me susurra en la oreja consiguiendo que se estremezca toda mi piel.
De su bolso saca un fular para vendarme los ojos y dos esposas que me encadenan a las rejas de la cabecera de mi cama. Me quita el calzoncillo y agarra mi pene erguido hasta introducirlo en su vagina. Aprieta las caderas y me embiste con fuerza una y otra vez. Ella gime sobre mí cada vez con más pasión hasta completar un orgasmo salvaje. Se aparta de mí y sus manos y su lengua incitan la excitación a través de un masaje que recorre mi pecho, vientre y muslos formando circunferencias y espirales deliciosas. Sin duda ha merecido la pena todos los tormentos y los desvelos para llegar hasta la singular Valérie. En cierto punto, para en busca de algo y retoma el juego con un aceite frío. Su olor es intenso y su tacto es ligeramente viscoso.
–Valérie, ¿qué crema es esa? –cuestiono ante un olor cada vez más fuerte.
–No te lo tomes como algo personal, es algo que hago con todos los que son como tú –responde retirándome el fular de los ojos. Mientras ella abandona la casa a toda prisa, las llamas se avivan alrededor del colchón. Estiro con fuerza de los grilletes, pero el esfuerzo resulta inútil y el fuego comienza a devorar mi cuerpo bronceado en gasolina.
Tal y como lo había soñado, el calor y los gritos se intensifican sin límite, y Valérie, la singular Valérie, recorre mis pensamientos con fervor.

Relato presentado a X Concurso de Primavera de ¡¡¡Abrete Libro!!!
Relatos

Mientras Duermes

Mientras duermes yo te escribo; a ratos, me giro hacia atrás para observar si todavía estás o si, cuanto menos, quedan las cenizas de tu recuerdo sobre la cama. Creo ver tu cuerpo revolotear suavemente entre las sabanas y en la lejanía infinita diviso un rostro tierno deslumbrado por los reflejos de paraísos artificiales a los que sólo tú sabes cómo llegar.

Desenfundo mi exigua valentía ante el caudal de un río oscuro y denso que impregna cada uno de mis pensamientos, invitándome a surcar sus curvas, remolinos y cascadas con la promesa incierta de desembocar sobre el jergón de tus sueños. Me engalané para nuestro encuentro con delicada seda; escogí un perfume capaz de implorar a gritos tu presencia; y forcé hasta la extenuación la comisura de los labios. En cambio, el camino de pluma y tinta me va despojando de atuendos con los que cubrir mi esencia, las espinas de zarzales se incrustan en mi piel dejando correr pequeños afluentes de intenso rojo que emana vida y mis pies se hunden una y otra vez bajo el cenagal haciéndome caer, recordándome que no existe límite para mi torpeza y mediocridad. Mírame, soy despojo, soy pedazos que se arrastran hacia ti.

Y así, con el cuerpo abierto en jirones y el alma a punto de quebrar, me voy a dejar engullir por un torrente que no supe remontar. Por fortuna, me consuelo, moriré sobre la tierra de la que eres reina sin trono ni corona, esparciendo mis huesos en un cálido rincón situado en lo más profundo de tu olvido.

De repente, a lo lejos, una luz emerge para alumbrar el desaliento y sepultarme bajo la inevitable oscuridad. Una figura poderosa se acerca con sigilo y, sin atisbo de duda, empapa de tinta su vestido blanco hasta la altura de sus pechos igual que lo hacen los labios en los besos. Sumido en la confusión de quien intuye cerca su final, me somete a una mirada penetrante de la que no logro escapar. Siento cómo al rozarme con sus dedos se desata una energía desmedida que me empuja violentamente contra su piel. La dama eterna y el vulgar trovador, el comienzo y el final, el sueño y la realidad se funden para, por un instante, ser uno solo.

De nuevo, compruebo desorientado, me he quedado dormido tratando de alcanzar tus sueños en la noche y desde ellos, al amanecer, has despertado para quedarte conmigo.



———————————————- 
Fuentes de Inspiración: 

A La Luz De Una Sonrisa – Gritando En Silencio (canción).
Siempre Que Quiera – Muchachito Bombo Infierno (canción).
Catedrales – La Maravillosa Orquesta Del Alcohol (canción).