Relatos

Haters y Mendigos

La primera vez que lo vi aparecer, supe que había llegado mi fin. Dicen que la carrera de todo artista tiene un momento de esplendor creativo máximo, llamado culmen, el cual precede al declive paulatino, la vergüenza ajena y la muerte. No necesariamente se suceden en ese orden. En el caso de Saramago fue la novela ‘Todos los nombres’, en el de Radio Futura su primer ensayo y en el de Gregorio Esteban Sánchez Fernández, más conocido como ‘Chiquito de la Calzada’, fue ‘Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera’.
En mi caso, que por aquel entonces no era más que un pintor amateur con ínfulas de Andy Warhol y la sed de Chavela Vargas en una noche de farra, mi culmen fue la aparición de un inesperado ser. Previamente, había presentado parte de mi obra sobre mesas de billar en algún tugurio de mala muerte. También había compartido exposiciones con la vanguardia del elenco bohemio del pueblo y en contadas ocasiones había colado obras a algún que otro trasnochado bañado en alcohol, soberbia y estupidez. Aun así, los ingresos eran ínfimos y sobrevivía gracias a la caridad cristiana, las sobras de los supermercados y un talento innato para engañar al hambre.
Un buen día llegó mi gran oportunidad: una sala en la galería municipal, en la cual presentaría una colección basada en retratos impresionistas de pelusas. La inauguración se desarrolló mucho mejor de lo previsto. Mis compañeros del gremio se afanaban en camuflar su envidia a base de alabanzas forzadas. Galeristas, autoridades locales y otros bocachanclas me acorralaban con elogios desmedidos y amables palabras, dejando a las claras que no sabían qué demonios había dibujado en los lienzos. Entre tanto, me tenía que emplear a fondo con otros curiosos y anónimos para repartirnos el escaso piscolabis. Vivía el despegue de un sueño y mi mediocre talento parecía atisbar un horizonte esperanzador con una comida al día y una botella de vino en lugar de cartón.
A la mañana siguiente, toda mi fantasía se derrumbó al abrir la prensa local: el crítico de arte, un señor argentino llamado Diego Armando, me ponía de vuelta y media. No le faltaba razón al señalar que mi obra era un disparate, que adolecía de originalidad y que mis trazas irregulares las podría haber hecho un niño pequeño o un perro con Parkinson. Sin embargo, las alusiones a mi afición por orinar en el jardín público o a robar sillas de plástico en el bar de la plaza me indicaban que había algo más que cuestiones artísticas en aquella reseña. Asombrosamente, el efecto del artículo fue justamente el contrario al deseado por su autor: la galería estaba abarrotada día tras día y las obras se fueron vendiendo en poco tiempo hasta agotar toda la colección.
Encantados con el éxito de la muestra municipal, algunos galeristas de la región contactaron conmigo para montar otra exposición a toda prisa. Me empleé a fondo para tener un material que presentar con decencia, que superase el anterior y sorprendiera al gran público. Pasaba todo el día encerrado en un improvisado estudio de cuatro metros cuadrados sin ventanas, tratando de convertir el mundo cotidiano en sesudos cuadros: paredes con gotelé, escaleras de mármol, grifos roídos por la cal, inodoros sin taza, bidés… A la inauguración acudió Diego Armando, el crítico argentino. Quizá fue fruto de la casualidad, pero vestía calcando la imagen que yo mismo lucía: camisa de rayas, tirantes, bombín, pantalón de pana y chanclas de ir a la playa. Intenté provocarle para que después escribiera el artículo más hiriente posible: le tiré una copa encima, alabé a Pelé, le dije que por su acento me parecía uruguayo y le pregunté si en realidad era psicólogo.
Un día después, abrí el periódico y no había rastro del artículo de Diego Armando o de mi exposición en la sección de cultura, ni tampoco en la de sucesos. La galería canceló mi exposición a las tres semanas, intentando que yo costease el sueldo del agente de seguridad. Mis cuadros acabaron recostados sobre un contenedor, a la espera del suicidio en el vertedero o de una reconversión en tablero. Así pues, tomé la decisión de buscarme la vida con un oficio honrado lo más alejado posible de cualquier traza de arte: vendedor de perritos calientes. Por lo que respecta a Diego Armando, hoy he leído una crítica suya sobre la película del Joker: la detesta por lenta y previsible. Quizá mañana lo encuentre disfrazado de payaso.
Relatos·Vida Moderna

Deudas Sanas

Siempre he escuchado tópicos como “la edad pasa factura” o “los años no perdonan” con una actitud burlona, casi desafiante. Hace no tanto, atravesaba las noches sin apenas dormir. Regaba mis vísceras con gasolina, mis piernas danzaban sobre un mar de adrenalina y llegaba fresco a la mañana siguiente para labrar campos de almendros, ordeñar diez granjas de vacas, correr una maratón o atravesar el Estrecho de Gibraltar a nado. No sé en qué momento reciente todo cambió: los primeros plazos del crédito de salud que creía infinito habían vencido y mi cuerpo decidió empezar a saldar cuentas pendientes.

Tras una noche de frenesí, noté una sensación desconocida sobre la espalda y que casi paralizaba mi hombro izquierdo. No sabía de qué se podía tratar, quizá un tatuaje que me hubiera hecho en medio de la vorágine de la locura nocturna. Consulté desesperadamente con mis allegados e insistí, casi entre lágrimas, a los que tenían algún tipo de relación con la medicina. Como si fuera una cosa baladí me diagnosticaron los síntomas de una luxación o una tendinits y me recomendaron aplicar cremas de frío y tomar analgésicos. ¿Qué quería decir analgésico? ¿Se introducía por donde los supositorios? ¿La crema de frío tenía que estar en la nevera? ¿Lo dispensarían los camellos de los polígonos?, cavilaba contrariado, pues entre el vino, el confeti y la máscara de caballo no veía ninguno de esos productos. Lo mejor que encontré fue una bolsa de judías congeladas, que guardaba como una reliquia de coleccionista desde hacía años, pero no conseguí atajar el dolor. Así pues, un día me encontré yendo a la farmacia, andando a duras penas, deambulando por las calles, dándome cuenta que el tópico sobre los años y la salud era cierto.
Sin embargo, las deudas nunca vienen solas, pues se suelen conceder con unos ciertos intereses más posibles recargos por atraso. Era una noche de verano cuando desperté con un terrible dolor de estómago. ¿Quién podía sospechar que me iba a sentar mal una cena a base de fritos, pasta con huevo crudo, medio litro de cerveza y un delicioso tiramisú de la ‘Osteria Della Dolce Morte’? Me miré en el espejo y comprobé que estaba hinchado como un globo aerostático. Me asusté, pues con ese artefacto incrustado en mi estomagó temía que pudiera echar a volar e incluso implosionar. Volví a la cama contrariado y no conseguí conciliar el sueño. Tumbado el dolor se agudizaba y adopté una posición a medio recostar para tratar de no fenecer. Pasaban las horas, el dolor no remitía y vi amanecer. Me convencí de que habría sido una indigestión y que se acabaría pasando.
Pero mi panza, en su versión más revanchista y usurera, optó por extender el desafío por un periodo indefinido. Casi todo lo que comía me sentaba como una patada. Por tanto acudí a la sabiduría de las redes y supliqué para que la prima del cuñado de un conocido casi desconocido, que había sido médica en un circo ambulante, encontrara solución o que me buscara un estómago de segunda mano a precio módico. Ella estaba segura de que se trataba de gases y me recomendó una medicación sin receta. Insistentemente, me repetía que no me preocupara. Claro, como no eres tú la que te vas a morir por unos gases, la recriminaba para mis adentros. El tiempo pasaba y las deudas de salud me asfixiaban. No podía dormir, no podía vivir y mi estómago seguía de vacaciones en alguna playa de Cancún. Decidí llevar a cabo dietas milagro que encontré en un blog titulado ‘Come Salud y Caga Vida’, desintoxicaciones forzosas que recomendaba el youtuber ‘Dr. Death’, fui a un curandero que me fregó un buen puñado de cuartos y hasta le recé a Dios, Alá, Buda y Superman, por si alguno de ellos se apiadaba de mí.
Al final, sin saber muy bien cómo ni por qué, volví a la normalidad. Parece que había pagado parte de mis deudas, pero ahora soy consciente de que los años no perdonan y que un día, en el más mínimo descuido, volverán para reclamarme lo que es suyo.
Relatos

Sobre Concursos Literarios

El joven que escribía pensó que sería buena idea presentar sus torpes palabras a un certamen literario. Quería que sus historias volaran hacia ojos críticos, medir su ego con el de otros desconocidos que también se manchaban por afición las manos de tinta y si el camino le repercutía un pellizco, una comilona o una entrevista, mucho mejor. Tras una búsqueda concienzuda, dio con un concurso que convocaba el ayuntamiento de un pueblo perdido entre olivos y almendros. El tema era libre, así que compuso un texto sobre un sanguinario pirata que se quedaba repentinamente en paro y se reciclaba como monitor de comedor escolar.

Le añadió una pizca de picante y sal a la historia y metáforas de tres al cuarto, sin pasarse pues los paladares de los jurados de hoy en día se habían vuelto tibios, siendo alto el riesgo de salar, empalagar o amargar. El joven que escribía pasó noche y día escribiendo, mientras en su casa se amontonaban los cartones de pizza y el papel de aluminio de kebab que conformaban su único método de supervivencia. Después lo repasó una y otra vez, lo pulió, intercambió el final con el principio diez veces. El pirata se transformó sucesivamente en payaso, mafioso, cura, león y de nuevo pirata. Casi cuando estaba por mandarlo, se lo dejó ver a dos o tres amigos de su confianza. Le dijeron que era lo mejor que se había escrito desde ‘El Alquimista’, por lo tanto supo que todo estaría mal, el tema manido y el final previsible. Finalmente, aburrido de leer y releer, se decantó por entregarlo.


Cuando fue a enviarlo, el mismo día que finalizaba el plazo de presentación, dio cuenta de que debía rellenar veinte formularios, una cesión de derechos, enviar una autobiografía, completar una plica, adjuntar el libro de familia, su calendario de vacunas y un jeroglífico egipcio resuelto. Una vez estaba toda la documentación en su correo, comprobó que el tiempo había expirado. Maldita sea, gritó junto a ciento veinticinco improperios más. Incluso pensó en el suicidio con una nota dedicada al jurado del concurso.

Finalmente, sereno, consultó la fuente donde había encontrado el certamen y descubrió que había un millón más. Ahora su historia esta en manos de una ganadería vacuna, la cual elegirá al relato ganador según sea la intensidad del bramido en aprobación de su ternero Eufrasio, aficionado a devorar pastos frescos y las páginas de ‘Crepúsculo’ y ‘Cincuenta Sombras de Grey’.


Segunda parte en el El Vuelo Del Vencejo
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Así En El Cielo

Os presento un nuevo relato ‘Así En El Cielo’, relato incluido para el especial Fin Del Mundo del boletín literario valenciano Papenfuss. En dicho especial se recoge un espectacular plantel de escritores que han escrito unos relatos impresionantes. Pinchando este enlace podéis acceder a la versión digital del número especial. También podéis leerlo en las siguientes lineas…

Sigue leyendo “Así En El Cielo”
Relatos

Despedida En La Granja

Este pasado fin de semana estuve en mi primera despedida de soltero. Se trataba de la protagonizada por uno de mis grandes amigos: Oso Jones, al cual conocí cuando ambos cursábamos económicas en la universidad. Él había venido en un programa de intercambio entre osos pardos de Alaska y colibrís locales que iban a aprender inglés en sus gélidas praderas. Tras probar nuestro suave clima y el salmorejo, el rebujito y las fiestas flamencas, Oso Jones se enamoró de una muchacha de por aquí, fue correspondido y decidió establecerse definitivamente por estos lares.

Vaya por delante que no me convencía la idea de celebrar el adiós a un mero estado civil, pero la ocasión de reunirnos un buen puñado de viejos amigos me parecía suficiente buena excusa. Además de mí mismo, completaban la jauría un delfín refugiado de la guerra de Siria, un chimpancé caribeño, un cocodrilo de Jaén que ejercía de dentista y un majestuoso halcón que acababa de abrir su propio centro de yoga. A priori éramos un grupo muy heterogéneo, pero sentados en la terraza de un bar podíamos llegar a ser asombrosamente compactos.
Tiempo antes del evento, decidí tomar las riendas y comencé a organizar las actividades que conformarían el inolvidable fin de semana que pasaríamos en una ciudad de mar. No queríamos ser convencionales, por tanto apostamos por disfrazar al novio de Oso Polar, su gran competidor, meterlo en el maletero de un coche y dar vueltas por la ciudad sin ningún tipo de dirección ni sentido, mientras en el exterior se alcanzaban los 40ºC. Quería que mi gran amigo Oso extrajera de esta experiencia una metáfora sobre su futura vida de casado, asfixiante y quizá claustrofóbica, pero a cambio casi sufrió una lipotimia que lo manda al otro barrio.
Después de regar nuestros sedientos gaznates con unos vermús, cervezas, licores y vinos con el estómago vacío, fuimos a un escape room. La mecánica de este tipo de salas es la de dejarte atrapado durante un tiempo y tener que superar una serie de pruebas para escapar, las cuales requieren de todo tipo de pericias y astucias. De nuevo, había una metáfora implícita: el matrimonio está lleno de trampas y atajos, los cuales requieren de tu máxima capacidad para sortearlos y salir con vida. La experiencia no pudo ser más desastrosa: Delfín se enojaba ante la falta de humedad, Cocodrilo empezó a masticar los decorados, Chimpancé estaba tan ebrio que se durmió y Halcón volaba la sala de punta a punta emitiendo unos ensordecedores graznidos y lanzando sus excrementos sobre Oso. A los diez minutos conseguimos escapar: nos habían expulsado y nuestra fotografía, ataviados con collares hawaianos, descansaba en la entrada con el fin de que no nos volvieran a dejar entrar nunca más.
Para comer habíamos reservado uno de esos restaurantes de comida exótica que presumían de una puntuación desorbitada. El local estaba impoluto y decorado con sumo gusto, los camareros demostraban una dicción extraordinaria y en el fondo se situaba un escenario donde un joven elefante interpretaba ‘Somewhere Over The Rainbow’ con ukelele. El menú estaba compuesto de koala australiano en pepitoria, estofado de tigre con lentejas, quiche de ratón persa frito y tarta cremosa de tiburón blanco. Todo resultó delicioso. Discutíamos sobre anécdotas que cada uno de nuestros cerebros había trastocado arbitrariamente, contábamos chismes sobre los que no habían venido y, entre tanto, nuestros estómagos feroces no paraban de pedir más raciones, postres, combinados y masajes en los pies, patas, colas y aletas. Nuestro humor cambió súbitamente cuando al pagar dimos cuenta de la triste realidad: Delfín se tendría que quedar toda la tarde y la noche a fregar platos.
Por la tarde, teníamos previsto el plan estrella: visita al zoo y una sorpresa que nadie podía esperar. Paseamos entre leones, debatimos sobre la actualidad del Partido Flamenco con un grupo de garzas y bailamos en la carpa de las nutrias ritmos tradicionales subsaharianos. En cierto momento de éxtasis, vendamos los ojos y las manos a Oso, lo sentamos en una silla, y apareció una preciosa jirafa que protagonizó un elegante y refinado striptease. Esta actividad no contenía ningún símil más allá de la diversión y depravación gratuita, así como la máxima que dice que en las despedidas no hay ley. Durante el baile, Oso se agitaba en su asiento de forma inquietante, su rostro parecía hincharse y adquirir una coloración rojiza intensa. Cuando la jirafa estaba a punto de quitarse la exigua vestimenta, quitó la venda al novio y éste descubrió la sorpresa. Entonces, Oso bramó como un descosido y se zafó violentamente de la bailarina: sufría una alergia a las jirafas que podía ser mortal. Se levantó y desapareció corriendo del lugar rumbo al hospital más cercano.
A partir de ese momento, tengo muy vagos recuerdos de lo sucedido. Debí de pasar por la zona de las serpientes, de las hienas y de los buitres, pues al día siguiente me levanté en medio de un descampado, con la ropa totalmente destrozada por mordiscos, arañazos, la piel succionada en cada rincón y un mapache entre mis brazos al que no quise despertar mientras roncaba con semblante feliz.
Hace un rato, me ha llamado Oso Jones para recordarme que este fin de semana tenemos una nueva despedida de soltero que él mismo está supervisando muy cuidadosamente. ¿Cuál?, he preguntado extrañado, a lo que me ha contestado: la tuya, Cerdo vietnamita con tirantes.

Relatos·Vida Moderna

La Ciencia de la Vergüenza Ajena

Ir de congreso es una aventura comparable a convivir con una tribu de la selva africana.
Cargado de ilusión, con ganas de aprender y compartir mi humilde conocimiento, empaqué mi petate y crucé medio país y parte del extranjero en avión, tren, autobús, blablacar y, finalmente, autostop en un camión cargado de ganado porcino. Al llegar a la ciudad del evento, diluviaba a cántaros y el lujoso hotel que me había reservado la organización, estaba localizado en lo alto de una colina, a una media hora de distancia a pie. Completamente empapado entré en la recepción. Allí me indicaron que, a pesar de contar con unas encantadoras vistas de la frondosa región, mi habitación estaba situada en el sótano debido a un percance de última hora. Además, me avisaron de que como el armario de mantenimiento estaba situado en mi habitación, el conserje, el jardinero y el servicio de limpieza podrían entrar a cualquier hora del día o de la noche a mi habitación. El cuartucho no tenía ventanas y no cesaba el estruendo de los comensales revoloteando por el salón. El colchón estaba tan vencido que me recordaba a una de las colchonetas donde saltaba de niño en la feria de mi pueblo.

Sin embargo, no había motivo para el lamento, debía sentirme afortunado: alguien había considerado que era lo suficientemente interesante como para hablar en un congreso de física nuclear. Por la tarde estaba citado para atender a los medios locales. Me puse mis mejores galas mientras repasaba una serie de frases elocuentes para explicar mi investigación a un público general. Sin embargo, la periodista no parecía estar muy interesada en la ciencia y prefirió abordarme sobre cuestiones relacionadas con extraterrestres, teorías de la conspiración y su relación con los nazis. Por la tarde leí la entrevista publicada en versión digital. Poco o nada tenía que ver con mis palabras, bajo el titular: “Albert Einstein era un pirata sanguinario que venía de un planeta llamado Madaga. La teoría de la relatividad es una estafa auspiciada por los nazis“, declara el Dr. Guadalmedina.
A la noche acudí a la cena de gala, en la que la organización había prometido que probaríamos los productos típicos de la región. Resultaron ser hamburguesas y patatas fritas de bolsa a medio descongelar. Mientras disfrutábamos de la velada, decidí sumergirme tímidamente en el alcohol, pero parecía que alguien había pensado que dos botellas de vino peleón eran suficiente para las treinta personas congregadas. Al menos, no era de cartón, pensé para mis adentros. Intenté socializar con mis colegas, a los que prácticamente no conocía, pero ellos parecían decantarse por mirar al techo, hacerse pasar por mudos o fingir que estaban sufriendo un ataque al corazón antes que hablar conmigo.
En esas situaciones es cuando recuerdo por qué hay veces que las personas sentimos la necesidad de resolver nuestros desbarajustes y frustraciones con una copa, o dos. Inesperadamente, a una de las viejas eminencias parecía haberle caído en simpatía. El tipo me emplazaba a charlar de forma tranquila mientras tomábamos un destilado en algún tugurio. Después de unos licores, mojitos, gintonics y tequilas, empecé a tambalearme desorientado, pero el profesor insistía en que fuéramos a agitar el esqueleto. Alrededor de las cinco de la mañana, me di cuenta de que estaba completamente borracho, bailando reggaetón encima de una tarima con un señor mayor que acababa de conocer en una discoteca vacía, cuando debía estar descansando para dar una charla decente al día siguiente.
Prácticamente tuve el tiempo justo de pasar por el hotel a ducharme rápidamente, enjuagarme la boca diez veces y salir pitando para la conferencia, aún con el hedor a resaca en mi boca y en mi cabeza. Nada más sentarme, caí profundamente dormido. Por suerte, en una de las cabezadas comprobé que el resto de los asistentes también lo hacía o jugaban al solitario en sus teléfonos móviles. En cierto momento me despertaron una serie de gemidos lascivos. Provenían del ordenador de uno de los catedráticos más prestigiosos, que además tenía fama de ser extremadamente religioso. No podía silenciarlo y los aullidos pornográficos se clavaban como puñales en la sala. El congreso proseguía, pero el mal ya estaba hecho.
Al final de la mañana, era mi turno. Tras la presentación, descubrí mis transparencias proyectadas en la pantalla y me pregunté: ¿de qué venía a hablar yo? ¿En qué idioma era esto? Por suerte mi boca se avanzaba a mis preocupaciones y empecé a hilvanar un discurso que me pareció coherente. A los pocos minutos, descubrí que prácticamente nadie seguía mi soflama acerca de potenciales que saltan, energías que explotan y partículas que se atraen como dos jóvenes en celo. Para refrenar mi presentimiento, se me ocurrió decir que acababa de descubrir que la Tierra era plana, a lo que un estudiante de doctorado joven asintió de forma rotunda. Al acabar mi intervención, la gente aplaudió emocionada. Después, alguien con sed de protagonismo me lanzó una pregunta que no logré tan siquiera descifrar. Así pues, respondí que la pregunta era brillante, pero que no podía revelarle la respuesta a menos que no le matase delante de todo el público. Acto seguido, se escuchó alguna carcajada y yo respiré aliviado mientras el sudor bañaba mi espalda. Acababa de evitar un ridículo mayor.
Terminado el congreso, salí escopetado de regreso a casa. Estaba sano a salvo y mi escasa reputación permanecía casi intacta. Me juré que si me volvían a invitar a otro congreso desconocido, declinaría la propuesta.
Sin embargo, hace un rato, he recibido un correo con una invitación para participar en un workshop sobre “Simulaciones Casi Electromagnéticas” en un pueblo perdido de la República Checa, repleto de preciosos castillos e idílicos paisajes. La organización promete colmarnos de cerveza, salchichas de ciervo y enseñarnos a bailar el típico baile regional. Habrá que…


Relatos·Vida Moderna

Me Enamoré De Una Instagramer

 
Sin saber muy bien cómo, me enamoré de una instagramer. Supongo que cuando menos lo esperas, la vida te propone retos con la única intención de, después de dejarte en ridículo, aprender a esquivarlos y conformarte con tu cotidianidad y una bolsa de cacahuetes rancios.
 
Todo comenzó en la feria de ganado del pueblo, en la que año tras año nos reunimos pastores, ganaderos, artesanos, parados, fisgones, vagabundos, aficionados a la zoofilia y gente de bien en general. Dejo mi condición al criterio del lector perspicaz. Para incentivar la asistencia de las masas, al ayuntamiento se le ocurrió organizar una caseta en la que invitar a personalidades de relumbrón: una becaria de ‘Caza y Pesca’, el último ligue del concejal de festejos, un tipo que llegó al casting final de ‘Granjero Busca Esposa’, una vaca que en su juventud hizo de la ‘Vaca que ríe’ y, la estrella de la presente edición, una instagramer rural.
Se llamaba Sonia de los Almendros y Ovejos y era conocida por dedicar toda su vida a hacerse fotos entre campos, maquinaria, cortijos y bestias para después publicarlas en Instagram. Celebres eran sus evocadores posados junto a un par de gorrinos apareándose o un ternero recién parido aún envuelto en su placenta; su sonrisa luminosa entre las aguas revueltas del río tratando de pescar una trucha con las manos; su manera de seducir a la cámara con una sierra mecánica en brazos; o luciendo un provocador conjunto de lencería mientras daba palos a los olivos junto a un grupo de rudos temporeros.

En este tipo de casos, es difícil contener el empuje del pequeño sociólogo que todos aguardamos en nuestro interior. Así pues, empecé a tragarme las publicaciones de Sonia de forma compulsiva, además de sus fotos, selfies, vídeos, stories y retos. Recuerdo muy emocionado cómo Sonia se grabó pisando uva disfrazada de Elvis mientras cantaba ‘Suspicious Mind’; o cómo declamaba poemas de Bécquer con polvorones en la boca segando trigo con un tractor o sus debates sesudos sobre la pobreza infantil con un marrano pata negra de cerca de cien kilos al que cariñosamente llamaba Huesitos. Aunque la línea entre la genialidad y la vergüenza ajena a veces se tornaba invisible, había quedado atrapado en sus redes y no podía hacer otra cosa más que dejarme arrastrar por sus delirios y encantos.
La fecha de la feria del ganado se acercaba a la misma velocidad que mi enganche cibernético adquiría tintes de romanticismo y delirio enfermizo. Me despertaba soñando con el olor de los huertos que abonaríamos de la mano, fantaseaba con el momento en que tomaría las ubres de nuestras cabras y las ordeñaríamos hasta que no quedase ni una gota de leche e, incluso, había empezado a sondear la compra de un cortijo que sirviera de castillo para mi princesa campestre.
Necesitaba un golpe de efecto, levantarme entre la legión de followers y erigirme como un pretendiente serio para Sonia, o cuanto menos que supiera de mi existencia y de mis nobles intenciones. Y fue en ese momento cuando la inspiración se adueñó de mis dedos y esbocé una suerte de poesía sensible en una de sus fotos: “Sonia, después de recoger un banasto de higos, quiero que seas la breva de mi higuera”. A los pocos segundos, recibí la señal: un like que me supo tan dulce como una paila de choto al ajillo.
 
No sé si fueron las mariposas por conocer a Sonia o el cubo de ciruelas que me cargué a mediodía, pero en el trascurso de la feria del ganado tenía un horrible dolor de estómago que me obligaba a dividirme entre el puesto de piensos para conejos y los baños químicos. Al filo del anochecer haría la ansiada aparición la instagramer en la caseta de celebrities. Aunque se hizo de rogar tanto que empecé a pensar que los esfínteres me jugarían una mala pasada, Sonia se presentó en el pueblo radiante, con un vestido largo y prieto que acentuaba sus generosas caderas y que resaltaba su exuberancia indómita. La caseta estaba atestada de gañanes armados de sus respectivos palillos en boca, que vociferaban las bondades físicas de la influencerrural con picardías de distinguido calado lírico como “Ay Omá qué rica”, “Mae mía qué zagala más apañá” o “Te voy a sacar hasta los calostros, moza”.
No pasé por alto la nada sutil insinuación de mi amada: su vestido estaba estampado con una especie de dibujos que en mi imaginación tenían forma de breva. No era un sueño, no parecía un espejismo: mi amor era correspondido y aquella noche prenderíamos todos los troncos de olivo secos que hiciesen falta. Una vez terminado el acto, que resultó ser una excusa rastrera para publicitar un vigorizante para gallos de corral, me acerqué envalentonado a declararme en el turno de fotografías. Sonia me dios dos besos a la vez que me embriaga con su olor, una mezcla perturbadora de rosas silvestres y sudor animal. Antes de poder soltar palabra, la instagramerse apoderó de mi móvil y posó guiñando un ojo a la par que sacaba la lengua como el que ficha en el trabajo. Disparó una ráfaga de instantáneas mientras yo trataba de articular un discurso emocionante sobre el sabor de las brevas y la robustez de la higuera. Ella parecía asentir alegre, pero la realidad es que ya despachaba al siguiente gañán. Esperé con paciencia a que finalizara el acto para sacar a relucir la poco honrosa estrategia del rastrillo, pero Sonia salió escopetada de la caseta junto a su séquito y se introdujo en una limusina que poco tenía de humilde.
Con las lágrimas a punto de brotar y el corazón encogido, me retiré de la feria totalmente devastado. No entendía qué podía haber salido mal, visionaba de nuevo sus fotos y sus vídeos preguntándome por qué Sonia no me había entregado ni una arroba de su amor. Entonces, lo entendí todo: era uno más, una oveja del rebaño, una almendra anónima entre el montón, una amapola que había regalado sus pétalos. Sonia de los Almendros y Ovejos era el pastor que hacía servir sus redes sociales a modo de perros para guiar al redil. A ella sólo le interesaba alimentar su alma a costa de redoblar la voluntad y exprimir el cuerpo de sus seguidores, y para ello no vacilaría en sacrificar a las cabezas de ganado que no le sirvieran para su fin.
 
Recientemente, he sabido que para la feria agrícola del pueblo de al lado van a invitar a una youtuber especializada en quesos. Husmeando su canal, he visto que se graba rodeada de lácteos, prueba quesos de colores estridentes disfrazada de Peter Pan y acude a las queserías a presentar al gran público las últimas novedades. Con este panorama me han entrado unas ganas terribles de atiborrarme a Camembert y vídeos de YouTube.

 

 
 
 
Foto de @marinalbk. La usuaria es totalmente ajena al relato.
 

Ilustración cortesía de Papenfuss.

Relatos

La Convicción Del Convicto

Nada más salir del juzgado, el condenado se refugió en el primer bar que encontró. Su boca era una mezcla pastosa de incomprensión y frustración que ansiaba regar. Bebió una cerveza tras otra mientras trataba de convencerse de que todo había sido fruto de un error, que no era él el culpable. Una sucesión desordenada de imágenes sacudía su cabeza sin que pudiera darle un sentido lógico. ¿Seguro que había sido él?, se preguntaba sin cesar. De forma desesperada necesitaba demostrarse que era incapaz de un hecho tan atroz.

Intentando disimular una repentina melopea, solicitó al tabernero un cuchillo sin dar mayores explicaciones. Éste se le quedó observando frente a frente un instante y sin más dilación se dispuso a satisfacer la demanda de su cliente, ajeno a que aquel gesto de cortesía podría ser la firma de su propia pena de muerte. Bajo la barra, el condenado acariciaba el filo del arma como lo hubiera hecho cariñosamente sobre el lomo de su perro. La sangre que borbotaba a través de la yema del dedo pulgar le indicó que estaba listo para enfrentarse a su incertidumbre. Mientras el camarero le ofrecía la espalda, empuñó el arma e hizo ademán de apuntarlo. Sin embargo, cuando el cuchillo se lanzaba a atravesar la piel de su presa, el condenado decidió tirarlo al suelo y huir del lugar a toda prisa.
Tras salir del local, se sumergió entre las sombras de la ciudad para buscar un atisbo de lucidez solitaria. El frío desaconsejaba a los peatones andar a aquellas horas intempestivas y como resultado las calles parecían un desierto. El corazón del condenado se aceleraba a medida que la incomprensión sobre los sucesos se agrandaba. Recordaba las luces tenues, la sensación de desorientación, el sabor a alcohol destilado y de repente un estruendo en forma de sirenas, el amanecer dentro del calabozo, una abogada alocada, el juez impasible y, a la postre, su nueva condición. Aunque no llegaba a entender los entresijos judiciales, tampoco le importaba. El condenado no quería una respuesta a las preguntas de la sociedad, sólo ansiaba la respuesta a su pregunta. Entonces, en el techado de un portal cualquiera, encontró a un par de vagabundos que se refugiaba de la gélida noche entre cartones. Una mezcla de fuego y gasolina sería suficiente para llevar a cabo su propósito, pensó. En una gasolinera cercana se hizo de un pequeño bidón. Las cerillas fueron a costa de su adicción al tabaco y su aversión hacia los mecheros. A pocos pasos de los sintecho, derramó el contenido del recipiente de gasolina y empapó los cartones sin más preámbulos. Cuando se disponía a encender una cerilla, las manos del condenado empezaron a temblar descontroladamente. Ante el amago de defensa por parte de los indigentes, decidió escapar de la escena del crimen interrumpido.
Una sensación sofocante de frustración recorría los nervios del condenado. Se debatía en si aquellos pasajes transcurrían en el presente o si formaban parte del algún pasado, cuando topó con una hilera de coches aparcados. En un visto y no visto se introdujo en uno de ellos, desoxidando sus conocimientos de mecánica. Arrancó el motor y puso rumbo incierto. En la radio sonaba una canción de ritmo galopante y una batería estridente. Subió el volumen hasta saturar los altavoces y bajó la ventanilla de los cristales mientras el coche se enfilaba por largas avenidas a medio iluminar. En la cabeza del condenado seguía el desfile de gritos asustados, sangre derramada contra el suelo, un proyecto de cadáver a medio terminar y miradas de incredulidad que pretendían encañonarle. A pesar de haber tomado una forma irrefutable, el condenado seguía negando cualquier evidencia pasada y buscaba la prueba definitiva. En ese momento, un motorista emergió de entre las sombras y le adelantó por el carril derecho. El condenado vio en el desconocido su última oportunidad de salir de dudas. Sería demasiado fácil, un golpe certero y desaparecer sin dejar rastro. Aceleró hasta que el morro de su coche se sitúo en paralelo a la rueda trasera del motociclista. Cuando el brusco volantazo estaba trazado en sus manos, chocó contra un árbol sin que la moto se inmutara.
Mientras llegaban los coches de policía para detenerlo, el condenado sintió un gran alivio: ya tenía la respuesta que buscaba. Cuando ingresó en el penal, la idea de no ser culpable terminó de convencer al condenado.
Relatos

Una Sombra En La Oscuridad

Desde que el cabello negro pobló su cara, Juan Canaca lucía bigote y patillas pobladas. Había sido este un anhelo desde bien pequeño. Por entonces miraba el retrato en blanco y negro de su padre, uniformado y espada en mano, y se prometía que cuando fuese mayor adoptaría su aspecto rudo y su desafiante rostro. Más allá de aquella fotografía, apenas pudo conocerle. Una mañana sombría de invierno el Almirante Canaca partió a hacer la guerra a Cuba y nunca más regresó.

La generosa barriga de Juan Canaca parecía generar una poderosa atracción entre los vecinos del pueblo. En especial cuando se enfundaba su traje de baño de rayas blancas y negras y se dejaba ver por la playa. Los ancianos lo miraban con recelo, los niños murmuraban entre risas, mientras que algunos jóvenes se atrevían a piropearle con sorna. Pocos sabían que en su más cándida niñez, Juan Canaca pasó hambre. Tras la desaparición del padre, su madre quedó postrada a la cama. No quería levantarse, tampoco tenía apetito, ni tan siquiera era capaz de pronunciar palabra. El médico dijo que padecía una enfermedad incurable, el cura que se debía rezar por su alma y el curandero que su alma estaba muerta. Cuando finalmente falleció, la suerte de Juan Canaca no cambió. Entró en un internado religioso, regentado por unos monjes pícaros a la par de austeros. La comida se convertía en una batalla por la supervivencia de los internos, en la que el hijo del almirante se veía resignado a ser un eterno perdedor. Uno de aquellos días estaba tan hambriento que comenzó a ver borroso y a sufrir alucinaciones. De repente, se tropezó y del golpe abrió la puerta de una alacena sumida en la penumbra. En ella se amontonaba una cantidad de víveres desproporcionada respecto a las raquíticas raciones que se repartían entre los niños. Sin vacilar, Juan Canaca devoró hasta que vio apagada su hambre perenne. Aunque no fuese de los alumnos más espabilados del curso, ideó un sistema para aprovisionarse y vender alimentos entre el resto de compañeros. Cuando salió del centro, bien crecido e hinchado como una patata, el joven Canaca tenía suficientes ahorros como para subsistir por un tiempo.
Juan Canaca era hombre de muy pocas palabras. No le gustaba emplear más de las estrictamente necesarias para cerrar un trato, no frecuentaba las tertulias y saludaba a sus vecinos con un gesto tan sutil que era prácticamente inapreciable. De bruces contra la realidad, sin familia, con un futuro incierto, sin sueños que cumplir, se hizo de un burro y una carreta y comenzó a sustraer la producción sobrante de una azucarera cercana. Vendía el kilo a un real más bajo que el precio de mercado, lo que le permitía subsistir junto a su creciente barriga. Cuando los dueños de la industria se enteraron del negocio, le propusieron sofisticar el método y redoblar la venta para evadir controles e impuestos. En poco tiempo, Juan Canaca pasó de trapichear con azúcar a vender en la sombra aceite, legumbres y cereales. A pesar de las ingentes cantidades que se embolsaba, no se daba ningún capricho más que el de mantener su curva línea.
Nadie supo de qué estaba hecho el corazón de Juan Canaca. Unos decían que estaba cubierto de bondad y otros que estaba corrompido por la avaricia. Ni él mismo lo había logrado descifrar, aunque no le preocupara especialmente. Una noche de luna nueva, las sombras vinieron a reclamarlo y desapareció en la oscuridad. Nunca más se le volvió a ver, a pesar de que Juan Canaca jamás se fue.

Relato incluido en El Duelo del Boletín de Papenfuss.
Relatos

La Salvación Milagrosa

Como todos los domingos, acudí a misa con una firme convicción. No voy por tradición, ni por escuchar el sermón, ni mucho menos a flirtear con el resto de feligresas: voy a ganarme mi plaza en el Cielo. No es esta una cuestión baladí, pues se dice que el Paraíso está más que atestado tras siglos de desenfreno y política de puertas abiertas. A esto se le une una flagrante crisis de valores, lo que está convirtiendo la selección en un proceso restrictivo, del cual no se conocen atajos. Como también es de sobra conocido, los poderosos y los acaudalados siguen teniendo su plaza asegurada, entre los cuales no me encuentro. Aun así, siempre he confiado en que mi insistencia pueda ablandar el corazón del Todopoderoso.
Entre bostezos y cabezazos, tras una noche que llegó hasta el amanecer, escuché unas palabras pronunciadas por el cura que me despertaron súbitamente y se quedaron grabadas en mi cerebro: “Los que comparten y aman al prójimo serán los elegidos para ir al Cielo”. No soy una persona que se distinga por amar –aparte de a mí mismo–, ni por hacer ninguna clase de bien a la comunidad –además de obsequiarle mi presencia–. Con esas premisas tenía complicada mi ansiada entrada por las puertas que custodiaba San Pedro, por tanto necesitaba una acción que dejara huella en la humanidad, un milagro. Después de la misa, consulté al párroco qué podía hacer, pero él se centró en la idea de echar unas monedas al cepillo de la parroquia semanalmente y que rezara con fe. ¿Qué clase de insulto a mi inteligencia era ese? Dios ya está pelado de dinero, no necesita más limosnas, ni más meapilas que le adulen. Imperiosamente, precisaba de otro tipo de acciones más eficaces.
Cuando salí de la iglesia, me topé con un grupo de chavales que bebía cartones de vino peleón a pleno sol. Reían sin aparente preocupación, vociferaban expresiones indescifrables que poco tenían que ver con la fe o la divinidad y bailaban melodías estrafalarias. Eran ovejas descarriadas que necesitaban de un pastor que les recondujera por el buen camino. ¿Acaso no podía ser yo su maestro y redentor?, pensé envalentonado.
En pocos minutos me presenté entre la muchedumbre con unas botellas de coca cola y les anuncié a viva voz que Dios había sido misericordioso con ellos. Sus rostros de extrañeza e ira se tornaron en admiración cuando cogí uno de sus vasos de plástico, hecho con una botella de plástico rajada, y mezclé el vino con coca cola. Tras la degustación y aprobación del que parecía el líder, el resto de jóvenes empezaron a mezclar y absorber el brebaje. En ese momento disponían justamente del doble de mejunje del que tenían instantes antes. Poco después, la plaza comenzó a llenarse de más chavales atraídos por la dulce y robusta mezcla. Había obrado el milagro del kalimotxo y los chavales, comenzaron a aclamar con júbilo.
Ahora que ya dispongo de mi billete al Cielo, puedo seguir defraudando tranquilo a Hacienda, lanzar escombros por la ventana y pasearme desnudo en caballo por mi edificio y parques públicos. Tampoco creo que vuelva a la iglesia, pues he encontrado mi propio camino de la fe que me conducirá a la salvación. El Señor esté también con vosotros. Y con vuestro espíritu. Podéis ir en paz. Amén.
Relatos

Las Agujas De Prisa

Sentía cómo se le escurría el tiempo entre los dedos. Cerraba las manos con ahínco para atrapar todos los segundos, pero se le derramaban ríos de minutos que desembocaban en mares de horas.
Lo que más detestaba Enrique Prisa era que su tiempo no fuera productivo. Cuando se tumbaba a descansar en el sofá, las tardes de domingo o fiestas de guardar, le atacaban los remordimientos por no estar corriendo una maratón o plantando abetos en medio del desierto. Se lamentaba también al ver una serie sobre bomberos alienígenas mientras podría estar releyendo un clásico de Dostoievski. Si iba a la playa, se quejaba amargamente de no estar haciendo nada útil y se dedicaba a construir mezquitas de arena recreando con precisión sus respectivos arcos, bóvedas y minaretes.

Por una cuestión de principios, Enrique Prisa nunca cocinaba, le resultaba más eficiente pedir comida a domicilio. Siempre escogía la misma pizza en el mismo restaurante para ahorrar tiempo en pensar y llamar. Después devoraba el manjar frente a la pantalla del ordenador, disfrutando de una ópera de Chaikovski o de una obra de Shakespeare. Jamás había considerado ver dichos espectáculos en el teatro, pues no estaba dispuesto a perder un minuto esperando el autobús, comprando las entradas o aplaudiendo hasta que el resto de la audiencia se diera por satisfecha.
Sólo si era estrictamente necesario, Enrique Prisa tomaba el transporte público y aprovechaba los trayectos para repasar la contabilidad de su hogar unipersonal y estudiar sus múltiples inversiones. Cuando se desplazaba al trabajo en coche estudiaba idiomas utilizando una colección de casetes. Después de haber acabado los cursos de inglés, sueco, euskera, polaco y catalán de Puigcerdà, se había decantado por aprender nepalí, ya que le resultaría útil si algún día decidía escalar el Everest.
Había enterrado la posibilidad de ampliar su estructura unipersonal con una pareja o una mascota, ya que pensaba que podrían llegar a convertirse en ocupaciones que a la larga le restarían independencia y sobre todo su amado tiempo, su único compañero. Poco a poco había aminorado el contacto con su familia hasta reducirlo a visitas en Navidad, funerales y su fiesta de aniversario cuando ésta caía en año bisiesto, en la que se dejaba ver el rato suficiente para recibir las felicitaciones y apagar las velas. Se había hecho la firme promesa de que nunca acudiría a ninguna boda, bautizos o comuniones, aunque tampoco se había visto en la situación de recibir ninguna invitación.
Aun así, Enrique Prisa se decía para sus adentros que podría hacer mucho más, que tenía demasiados proyectos en liza que requerían su atención. ¿Dónde estaba su trilogía sobre la invasión de los tartessos a El Turuñuelo, provincia de Badajoz? ¿Por qué no había aprendido todavía a hacer ganchillo tunecino? Según sus cálculos se estaba retrasando varios meses a la hora de terminar su decimocuarta diplomatura universitaria. El árbol genealógico de la familia Prisa, que él mismo había construido, todavía se remontaba a unas ridículas diez generaciones. Decididamente tenía que hacer más, se repetía, ¿pero cómo hacerlo sin doblar las manecillas del reloj?
Abrumado por la falta de tiempo, en medio de la madrugada, se detuvo a observar la imponente colección de relojes que colgaba de las paredes de su casa. Los había con brillantes péndulos y con cucos tallados en madera. Algunos tenían grabadas las horas en estridentes números romanos y otros adolecían de cualquier símbolo. Los tic tac conformaban una orquesta precisa que atravesaba el silencio y martilleaba la mente de Enrique Prisa. Las agujas se clavaban en su pecho y estaban a punto de dejarle sin respiración.

En un alarde de lucidez, creyó saber cómo zafarse de las redes del tiempo. Había urdido un plan maestro, una estratagema para asestar un golpe definitivo en pos de la más absoluta eficiencia y productividad: no dormiría nunca más.
Al día de su entierro, no apareció ninguna persona a despedirse de Enrique Prisa. Tan sólo el tiempo acudió a su encuentro, al que en algún momento de insensatez pensó haber derrotado, y ahora éste lo observaba insignificante dentro de su féretro. No había nadie que recordara sus contribuciones, ni sus hitos, ni tan siquiera si existió aquel hombre preso de las manecillas del reloj. Es más, creo que ya le hemos dedicado mucho más tiempo del que merece Enrique Prisa.

Gracias a la gente del Taller Escríbeme Mucho por la inspiración.
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El Hombre Perdido

Una vez un hombre perdido quiso encontrar una vía para encontrarse y se perdió en medio de unas frondosas montañas. Convirtió un refugio de pastores abandonado en su hogar y adoptó el estilo de vida más austero que le permitiera sobrevivir. Bebía de un abrevadero castigado por el paso del tiempo y se alimentaba de los frutos que estaban esparcidos por el suelo.


Pasaba el día y la noche solo. Repasaba los miedos y las inseguridades que lo atormentaban como si fueran martillos que le golpeaban sin descanso. Recreaba los sueños que alguna vez había imaginado lograr y que la realidad le había arrebatado de un plumazo, como el de ser un genuino imitador de Elvis Presley y bailar rock&roll todas las noches. Reproducía las caras de las personas que le tenían cierto aprecio y había dejado atrás, como el panadero y un primo del pueblo que visitaba una vez al año. Se decía a sí mismo entre susurros que era un cobarde, un inútil, un ingenuo, que su existencia no había sido más que un error. Gritaba con todas sus fuerzas, estremeciendo a las montañas perdidas y a los pocos seres que las habitaban, y después sentía un alivio reparador.
Pero todo cambió un día que paseaba por una zona poblada de granjas. El hombre perdido entró a un terreno en el que pastaba el ganado vacuno y se acercó hasta un grupo de vacas de piel parda. Todas las reses se espantaron rápidamente, excepto una de ellas, que tenía manchas blancas alrededor del morro. Aquella vaca se quedó estática mirando fijamente al hombre y este le tendió la mano a la altura de la boca. De manera tímida, el animal sacó la lengua y lamió la mano. Un repentino cosquilleo invadió el cuerpo del hombre y por unos instantes pareció levitar sobre aquel fangal.
Día tras día, el hombre visitaba a su nueva amiga. Se pasaba horas hablándole y acariciándole el lomo pardo. Lo mismo le podía ofrecer una clase magistral de repostería con microondas que recitarle versos de Neruda o narrarle los hitos más relevantes de la Batalla de Trafalgar, su preferida. La vaca observa absorta al hombre perdido y se mantenía en la misma posición durante horas, salvo en el momento que hacía sus necesidades con un sutil desparpajo. Al dormir, el hombre sentía su corazón latir muy rápido y mariposas en el estómago. Quizá fuera amor, se preguntaba mientras cerraba los ojos e imaginaba las curvas de su vaca estimada.
Con vistas a consolidar la relación y a que algún toro no se le adelantara, el hombre dio un paso adelante y empezó a pasar las noches en la granja junto a su amada. Una noche, mientras dormían abrazados contemplando las estrellas, el hombre perdido le confesó al oído que la amaba y le dio un tierno beso. La vaca emitió un leve “muuuu” que él entendió como que su amor era correspondido.
Reparado y con una vitalidad desbordante, el hombre tomó la determinación de reprender su antigua vida en la ciudad junto a su nuevo amor. Quería darle una vida mejor que pastar sin rumbo y ser exprimida cada mañana, quería ser el único ser que la ordeñase. Había pensado que la vaca podría encargarse de las tareas del hogar y que con el tiempo podría encontrar un trabajo de reponedora en un supermercado o de acomodadora en los cines. Entonces fue a buscar al granjero y le explicó la situación, así como sus nobles sentimientos. Aunque el granjero no podía salir de su asombro, aprovechó la coyuntura para pedir una cantidad desorbitada por la libertad de su res que el enamorado pagó sin rechistar. Por fin, el hombre perdido se había encontrado.
Se trasladaron a la ciudad y, aunque con algunas dificultades como todas las parejas, fueron felices y comieron pienso y perdices.
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El Club de los 27

Se agotaba mi tiempo. Estaba cerca de alcanzar el punto crítico, de perder el último tren, de convertirme en el novio plantado frente al altar o la mujer a la que se le pasa el arroz. Tenía veintisiete años y acababa de darme de bruces con una realidad devastadora: mi existencia no había brindado ni una mísera contribución destacable a la humanidad. Es más, se podría afirmar que mi persona era totalmente prescindible, fruto de esa extraña convención de dejar vivir sin pedir nada a cambio.

Es de todos conocida la creencia popular de que los grandes mueren a los veintisiete años: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Aunque su genio y espíritu revolucionario es indiscutible, la muerte prematura aumentó el brillo de su legado hasta catapultarlo al estatus de mito. Mi humilde objetivo de vida siempre había sido que mi recuerdo permaneciera entre ellos. Ni por encima, ni por debajo, a su altura.


Tras conseguir las sustancias que me darían una muerte tortuosa y a la vez memorable, comencé a repasar mi biografía para confeccionar mi candidatura. El hito más relevante que encontré era un dibujo que había hecho en mi más tierna infancia, galardonado por una empresa de venta de enciclopedias que regalaba videoconsolas de dudosa calidad. A pesar de que mi lienzo era enternecedor –un oso tratando de comerse a un león con cuchillo y tenedor–, quizá no pudiera ser considerado un mérito suficiente como para transgredir a un nivel respetable.
Tras esta primera decepción, no me desanimé y decidí recurrir a la sabiduría de mi progenitor. Mi lucha y repentina ambición le conmovieron, pero me sugirió que quizá fuera mejor idea asentar la cabeza, terminar el bachillerato, irme de casa, encontrar un trabajo y empezar a devolverle la fortuna que le había ido robando a lo largo de los años. Amablemente, me pidió que me cambiara de apellido para que nadie pudiese relacionarle conmigo y que no le volviera jamás a molestar con tamañas estupideces. Los consejos de mis dos exmujeres, tres hijos reconocidos, abogado, psiquiatra, excompañeros de prisión, párroco y camello de confianza tampoco pudieron mitigar el fracaso inesperado de mi empresa.
Sin embargo, sumido en la más absoluta y desgarradora desesperación, una noche me invadió la clarividencia como por arte de magia. A partir de ese mismo momento, ya no tendría veintisiete años, volvería a los veintiséis. Lo anunciaría a bombo y platillo, iría al registro a solicitar el cambio de edad, daría una fiesta de pierdeañosy me comportaría como un joven alocado que tiene toda la vida por delante para triunfar y ser eternamente recordado. De esta forma, disponía de más de un año para ingresar de manera triunfal en el Club de los 27. De hecho, era tanto el tiempo que lo primero que hice fue echarme una larga siesta. Ya vendría a buscarme la inspiración genuina que me lanzaría al estrellato y a la muerte.
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Odas a Simba: Buen Perro, Mejor Persona

Esta entrada es un poco especial. Se trata de una tripleta de composiciones acuñadas como odas, pero lo cierto es que no siguen ningún patrón poético ortodoxo. Los tres versan sobre un buen amigo mío que hace poco nos dejó, Simba, un animal muy humano con el que tuve la suerte de compartir una breve parte de nuestras existencias. La primera fue compuesta en el momento en que nos separamos tras acogerlo unos meses, la segunda cuando fui a visitarlo unos meses después y la última sobre su reciente muerte. El lenguaje y las expresiones son muy espontáneas y poco formales, pero rebosantes de emoción y sinceridad.

Amigo, eres tan especial que “tienes la extraordinaria habilidad de ser el único ser capaz de inundarme el lagrimal“. Estés donde estés, no te olvido, “que la tierra o el aire te sea leve“. Gracias por tanto con tan poco.

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Oda de la despedida


Simba, ya te has ido
dejándonos el corazón vacío.

Nunca conviví con un perro,
disculpa si te miré con recelo.
Te acogimos triste y maltratao,
ahora eres un grana pasao.


Dormías dieciséis horas al día
y despierto le dabas a la lejía.
Aunque me diera asco recogerlas,
compartías sin pudor tus grandezas.
Te encantaba morder el mando a distancia,
encender la tele para ver alguna extravagancia.

Discutíamos sobre filosofía y política
me acusabas de ser un superficial podemita.
Después, hablábamos de tonterías,
descubrí que detestabas las estrías.

Te echaremos en falta buen amigo,
aunque dicen que con tu padre me hice un abrigo.
Simba, aunque eres buena gente, ¡a fregar!
no te me conviertas en un personaje vulgar.



Oda del reencuentro y del adiós

Acudí con la bici nervioso y excitado,
temía que de mí te hubieras olvidado,
pero me reconociste a larga distancia,
moviendo el rabo con tu singular vagancia.


Te lanzaste a mí sin ningún tapujo
obsequiándome con tu suave aliento perruno,
y te saludé como se hace a un hermano
chocándote la pata con mi mano.

Me confesaron que estás envejeciendo
aunque te esfuerces en seguir sonriendo,
y que de vez en cuando miras por la ventana
para ver si aparezco y salimos a quemar Granada.

Debatimos de política, féminas canes y ciencia,
engañando a tus lagunas de memoria con inteligencia.
Te burlaste de mí por haber querido asaltar los cielos
sin tener el beneplácito de los medios y del dinero.

Me recomendaste que fuera a un buen peluquero,
yo te recordé que el tuyo un destrozo te había hecho.
Preguntaste por el final de Juego de Tronos
y si al final se casaba Cersey con Hodor.

Cuando me despedí de ti ladraste con rabia,
mientras de espaldas disimulaba una lágrima.
Con tristeza asumimos que no nos volveríamos a ver
sabíamos que esta podía ser nuestra última vez.

Aunque seas un maldito bastardo
por haberte pasado a Ciudadanos,
tienes mi cariño y amistad infinita
y en mi corazón tu nombre grabado a tinta. Simba.




Oda de la muerte

Ayer, de repente te has marchado
sin romper el silencio de lo amargo.
Viniste debatiéndote entre la vida y la muerte
y te acogimos hasta aprender a ser fuerte.

Supimos que nuestro reencuentro alegre
llevaba implícito un hasta siempre,
que tu camino a este lado estaba hecho
que sólo quedaba encontrar el último lecho.

Ya no podremos discutir si Errejón es un mingafría,
o si Iglesias tiene que regresar a la guardería,
ni reírnos sospechando que Rajoy es un mutante
o si Soraya debe cambiar urgente de laxante.

Espero que en el cielo perruno alguien te cante por bulerías,
te toquen las palmas y vuelvas a menear el rabo por alegrías,
que allí conozcas a otros pasaos y otras perras
y así entierres tus miedos, tapujos y vergüenzas.

No sé bien por qué tienes esa singular habilidad
de ser el único ser que sabe inundarme el lagrimal.
Simba, que la tierra o el aire te sea leve
a fuego te llevo en la piel, corazón y mente.



Simba and Rafalé, Granada en febrero 2016.

Relatos

Desnudo

Entre desconocidos, despojado de caretas, vanidades y falsas humildades, me presento tal como soy, desnudo. Con la excitación de la primera vez y la inquietud de saber si habrá una nueva oportunidad, discurre en mí una mezcla alborotada de vergüenza, miedo y curiosidad.
Casi no puedo alzar la sonrisa en la mirada, ni esbozar un brillo entre mis labios cortados, pero una corriente frenética discurre por las venas que termina cristalizando primero en el bolígrafo y después en la garganta en forma de palabras. De ella nace un torpe hilo de voz que busca fenecer en oídos ajenos a cambio de efímero calor y sorbos de otros chorros de voz, de los que calan los huesos e inundan el alma.
Ofrezco mis manos vacías de todo y llenas de borrones de tinta, ávidas de ser cubiertas con expresiones que sólo ellas son capaces de comprender. Espero al complejo enredo de dedos, hundirme entre heridas que encierran batallas libradas al anochecer y vencidas al albor de ver amanecer.
Mis pies tiemblan al intuir miles de caminos y apuntan cada uno hacia una incertidumbre distinta. Los intento fijar en este punto, en la imaginaria realidad. Estoy acostumbrado a burlar a la verdad, la mentira y si es preciso a mí mismo. Entre tanto, mis vergüenzas se erizan sin discreción y me recuerdan que nunca las pude encerrar entre rejas de razón.
Descubro en mi recorrido, lunares abandonados, cicatrices que creí cerradas y bellos rincones que al olvidarlos se transformaron sin avisar. Es en ellos donde vuelvo a recobrar la fe en mí y en este maravilloso caos, donde me vuelve a fascinar el infinito universo que encierra un cuerpo tan insignificante y tan pequeño.
El papel inerte se impregna de retazos de vida, lamentos que buscan la manera de inmolarse, deseos que se desangran por convertirse en realidad, pasiones ocultas que adolecen valor y mentiras que aspiran a ser verdad. Los retazos encadenados a la imperfección conforman una apariencia cobarde a la espera del implacable juicio de extraños que les situé entre la vulgaridad y la trascendencia, enterrarse debajo la piel o permanecer bajo el suelo, entre la vida y la muerte.

Y es entonces, cuando le encuentro el gusto a estar desnudo entre desconocidos, pues, aunque destartalada, desorganizada y no llegue a taparme del todo, siempre me cubre una manta de palabras.