Relatos

Mientras Duermes

Mientras duermes yo te escribo; a ratos, me giro hacia atrás para observar si todavía estás o si, cuanto menos, quedan las cenizas de tu recuerdo sobre la cama. Creo ver tu cuerpo revolotear suavemente entre las sabanas y en la lejanía infinita diviso un rostro tierno deslumbrado por los reflejos de paraísos artificiales a los que sólo tú sabes cómo llegar.

Desenfundo mi exigua valentía ante el caudal de un río oscuro y denso que impregna cada uno de mis pensamientos, invitándome a surcar sus curvas, remolinos y cascadas con la promesa incierta de desembocar sobre el jergón de tus sueños. Me engalané para nuestro encuentro con delicada seda; escogí un perfume capaz de implorar a gritos tu presencia; y forcé hasta la extenuación la comisura de los labios. En cambio, el camino de pluma y tinta me va despojando de atuendos con los que cubrir mi esencia, las espinas de zarzales se incrustan en mi piel dejando correr pequeños afluentes de intenso rojo que emana vida y mis pies se hunden una y otra vez bajo el cenagal haciéndome caer, recordándome que no existe límite para mi torpeza y mediocridad. Mírame, soy despojo, soy pedazos que se arrastran hacia ti.

Y así, con el cuerpo abierto en jirones y el alma a punto de quebrar, me voy a dejar engullir por un torrente que no supe remontar. Por fortuna, me consuelo, moriré sobre la tierra de la que eres reina sin trono ni corona, esparciendo mis huesos en un cálido rincón situado en lo más profundo de tu olvido.

De repente, a lo lejos, una luz emerge para alumbrar el desaliento y sepultarme bajo la inevitable oscuridad. Una figura poderosa se acerca con sigilo y, sin atisbo de duda, empapa de tinta su vestido blanco hasta la altura de sus pechos igual que lo hacen los labios en los besos. Sumido en la confusión de quien intuye cerca su final, me somete a una mirada penetrante de la que no logro escapar. Siento cómo al rozarme con sus dedos se desata una energía desmedida que me empuja violentamente contra su piel. La dama eterna y el vulgar trovador, el comienzo y el final, el sueño y la realidad se funden para, por un instante, ser uno solo.

De nuevo, compruebo desorientado, me he quedado dormido tratando de alcanzar tus sueños en la noche y desde ellos, al amanecer, has despertado para quedarte conmigo.



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Fuentes de Inspiración: 

A La Luz De Una Sonrisa – Gritando En Silencio (canción).
Siempre Que Quiera – Muchachito Bombo Infierno (canción).
Catedrales – La Maravillosa Orquesta Del Alcohol (canción).

Relatos

Turrón Duro

Una mañana de diciembre, Ramón se levantó de la cama empapado en sudor. Tenía el estómago revuelto y la respiración agitada. Estaba inquieto, algo más de lo habitual. No recordaba qué había soñado, sólo tenía la sensación de que algo malo le aguardaba. Enchufó su fiel transistor, la única compañía que le quedaba. Las noticias del día se entremezclaban con el rumor del agua corriendo sobre el lavamanos. El gobierno insistía en la recuperación económica mientras la corrupción carcomía todos los estamentos de la administración; los grandes estados preparaban una nueva estratagema con la que usurpar el petróleo de las naciones productoras; las fuerzas y cuerpos de seguridad expulsaban a montones de desgraciados que se habían jugado la vida en atravesar el estrecho… Nada nuevo, del sumidero al grifo y vuelta a empezar, caviló. El espejo reflejaba el rostro de un anciano cansado, colmado de arrugas y de mirada marchita. No se vislumbraban esperanzas, ni tan siquiera ganas de vivir.

En aquellas fechas, un año atrás, Dios le había reclamado a Marga, su Marga. Se había ido para siempre, de repente, sin signos de enfermedad, pero con el corazón corroído por la pena. Se fue sin darle la oportunidad de despedirse, sin dejar que le recordara que la quería, sembrando en él una amarga y eterna incertidumbre. Su ausencia le había producido un vacío que lejos de cerrarse crecía con el paso de los días. Cuando la recordaba quería maldecirla por haberle dejado solo, más solo, pero no podía. En el fondo sabía que había sido lo mejor, que era la única manera de descansar de tanta angustia. A Ramón le estremecía verla sufrir de aquella manera. Tuvo que aprender a esquivar sus pensamientos, sus desvelos, sus ojos y su presencia si quería continuar una lucha que empezaba a carecer de sentido.


Al cerrar el agua del grifo, Ramón escuchó con claridad el anuncio de una noticia de última hora. Al parecer, una reyerta entre radicales de dos equipos de fútbol había dejado dos fallecidos, decenas de heridos y centenares de arrestados. Se especulaba con la posibilidad de que ambos grupos se hubieran citado previamente o que los seguidores radicales del equipo local hubieran tendido una emboscada al otro grupo. Ramón, descompuesto, apagó la radio y se dirigió raudo hacia su dormitorio. Trató de vestirse rápido y salir de allí, pero al observar las fotos expuestas sobre la cómoda se derrumbó en el suelo. Las lágrimas inundaron los surcos de su rostro, los cuales nunca se habían llegado a secar.

De entre todas las imágenes, una de ellas llamaba con fuerza su atención. Ramón, todavía con algo de pelo y una sonrisa radiante, portaba sobre sus hombros a un niño rubio de semblante angelical. Los dos estaban ataviados con camisetas y bufandas del equipo de la ciudad, su equipo del alma. Ramón siempre había soñado con tener un niño al que llevar al campo de fútbol y revivir los recuerdos que tenía junto a su padre en el Metropolitano. Aquel día cumplió su sueño, fue la primera vez que llevó a su hijo al Manzanares. Ahora, veinte años después, le encantaría retroceder hasta ese momento para enmendar cada uno de los errores que le habían condenado, que los habían condenado. A Toni, a Marga y a él mismo.

En un soplo de serenidad, Ramón se recompuso de sus recuerdos y emprendió rumbo a comisaria. Por desgracia, no le resultaba desconocido aquel lugar de oscuridad y desdicha. Tras una tensa espera y una sucesión de desagradables imágenes, se confirmaron sus presagios. Uno de los policías presentes le informó que su hijo había sido detenido por su implicación en los sucesos. No le reveló más datos, la información del caso era confidencial. Ramón pidió que le dejaran ver. Sin embargo, el mismo agente le indicó que no era posible y le recomendó que se marchara a casa. Ramón no cejó en su empeño y de nuevo le pidió al agente que se lo dejara ver, pero éste, con mayor contundencia, le ordenó que se fuera de allí y añadió que qué clase de padre habría podido criar a semejante monstruo. Aunque hubiera deseado gritar y descargar toda su rabia, Ramón calló y se retiró engullendo toda la humillación, dispuesto a asimilar un nuevo sinsabor, una derrota más.

Las palabras de aquel policía retumbaban en su mente una y otra vez. Como cuchillas afiladas, se clavaban en su maltrecho corazón hasta hacerlo jirones. Un sinfín de imágenes se sucedían en su memoria: la alegría que había supuesto para Marga y Ramón el nacimiento de Toni, su primer hijo; los domingos felices en la sierra jugando al fútbol con el niño y degustando el picnic que había preparado su mujer; celebrando los goles de su equipo con Toni, llorando de emoción con las victorias y consolándose mutuamente en un abrazo tras las derrotas; el día en que Toni les dijo que prefería ver los partidos con una peña a verlos junto a él; el disgusto que supuso que dejase los estudios; las noches y los días en vela sin noticias de su hijo; una llamada al amanecer informándoles que Toni había sido detenido acusado de diversos hurtos y posesión de estupefacientes; el desconsuelo de Marga hasta sumirse en un mar de tristeza que la volvió invisible y la propia impotencia de Ramón por no saber qué hacer. Había resistido a todas las embestidas que la vida le había reservado, pero esta vez las fuerzas podían no ser suficientes.

Pasó toda la tarde acostado en su cama, sin poder pegar ojo, mirando por la ventana tratando de responder una pregunta: ¿qué había hecho mal? Había trabajado de sol a sol desde los catorce años, había sido un esposo fiel y cariñoso con su esposa. Ambos criaron a su hijo con verdadera pasión, se sacrificaron para que Toni fuera a los mejores colegios y se convirtiera en un hombre de provecho. Forjaron una estrecha relación basada en la confianza y el amor que creían indestructible. ¿En qué momento se quebró? ¿Por qué no se dieron cuenta a tiempo? Se lo habían dado todo, se habían sacrificado hasta hacer polvo sus huesos. Habrían entregado su vida por él, pero él no había devuelto nada más que disgustos y dolor. Por un instante a Ramón pensó en abandonarlo en el olvido, de no preocuparse por él nunca más, de romper esa cadena que le cortaba la respiración. Pensó en volver a vivir, pero no podía. No podía.

De repente, la puerta de la casa gruñó con fuerza cortando el silencio. Alguien tocaba la puerta. No obstante, Ramón no se inmutó, no quería ver a nadie. Insistieron varias veces más hasta que el visitante dijo “Papá, soy yo”. En ese momento el corazón de Ramón dio un vuelco y se dirigió veloz hacia la puerta. Era Toni, acompañado por un hombre desconocido de buena apariencia. Desde el entierro de Marga, Ramón no había vuelto a ver a su hijo ni a tener noticias de él. La criatura calzaba botas negras, un pantalón vaquero desgastado, sudadera de color negra y la cabeza completamente rapada. Su rostro apenado estaba marcado por varios moratones y sobre el labio lucía una herida aún fresca de un intenso color rojo.
–Hijo mío –dijo Ramón con la voz partida, abrazándose a su hijo–, ¿estás bien? ¿Qué te han hecho?
–Estoy bien, papá. Ha sido solo una pelea, no te preocupes –contestó el muchacho, con aplomo–. Éste es mi abogado, –añadió, mientras éste saludaba a su padre.
–No hay de qué preocuparse, su hijo no es ningún delincuente peligroso, ni nada parecido –interrumpió el abogado–. Pero mientras se sucede la investigación, haría usted bien en guarcerlo en su casa y alejarlo de cualquier lío. La situación de su hijo es un tanto delicada.
–Toni, dime por Dios santo que no has hecho nada –cortó Ramón.
–No papá, sólo estaba ahí en medio. Ya sabes cómo es la poli, nos pillaron a todos, pero no tengo nada que ver, te lo juro. Puedes estar tranquilo.
Inesperadamente, aquellos trágicos sucesos en los que se había visto involucrado Toni, habían devuelto a Ramón a su único hijo. Convivían con calma, como si el pasado se hubiera evaporado. Toni parecía sereno, comedido y atento con su padre. Escuchaba con atención sus anécdotas, rememoraban tiempos mejores y charlaban sobre el brillante discurrir de su equipo de fútbol. Además, Toni le había prometido centrarse y alejarse de aquel oscuro mundo de peleas, drogas, robos y malas compañías.

Ramón, por su parte, flotaba en una burbuja de alegría. Ilusionado, se había propuesto encontrarle un empleo con el que comenzar una nueva vida. Aunque últimamente no se prodigase mucho por la calle, Ramón era un hombre muy respetado en el barrio. En la carnicería de toda la vida le comentaron la posibilidad de un puesto libre para Navidad. Ramón había recuperado su radiante sonrisa y estaba tan contento que decidió volver a poner el árbol de Navidad y el belén. Hacía muchos años que Marga detestaba celebrar las fiestas navideñas, pero aquellas serían distintas, especiales, teñidas de esperanza. Tenían algo que celebrar. Decidió también preparar una cena de campanilla por Nochebuena. Cocinaría pavo trufado, encargaría langostinos frescos, compraría botellas de vino del bueno e invitaría a sus hermanos y a los hijos de éstos para que los acompañaran. Serían de nuevo una familia, reirían, beberían, cantarían villancicos y no quedaría lugar para más lamentaciones ni más tristezas.
A mitad de una gélida noche, el frío desveló a Ramón. Fue a la cocina a hacerse un vaso de leche caliente y allí encontró a Toni, quien fumaba un cigarro, ensimismado en sus pensamientos.
–No sé cómo puedo agradecerte todo lo que estás haciendo por mí, papá.
–Sabes cómo puedes hacerlo. No te preocupes por todo lo que haya pasado, sólo nos queda lo que venga.
–Ya, pero mira lo de mamá, tú… Todo por mi culpa –sollozó. Ramón abrazó a su hijo tratando de consolarle, al igual que había hecho tantas noches cuando Toni era sólo un niño y no podía dormir porque tenía miedo de la oscuridad.

Toni volvió a experimentar la maravillosa sensación de sentirse amado, de ocupar un lugar indeleble bajo la piel de quien le había dado la vida. Toni volvió a ser hijo. Por muy profundo y cenagoso que fuera el agujero donde cayera y se enterrase su existencia, su ángel siempre estaría allí para guiarlo. Cuando Ramón se despidió para regresar a su cuarto, Toni maldijo con rabia la fragilidad de aquel momento.
A la mañana siguiente, dos días antes de Nochebuena, Ramón fue a por todo lo necesario para su cena de postín. Al entrar en la carnicería le dieron la noticia, su hijo empezaría a trabajar como aprendiz al pasar la Nochebuena y con suerte podría quedarse allí al pasar la Navidad. Una vez hecha la compra, Ramón corrió a casa emocionado para darle la gran noticia a Toni, pero éste no se encontraba en casa. Habría ido a dar una vuelta, pensó, y encendió el transistor para que le hiciera compañía. En todas las emisoras los niños de San Ildefonso cantaban los números de la lotería. Mientras tanto, Ramón ordenaba la ostentosa compra: queso de cabra, jamón y lomo ibérico, trufas, langostinos frescos, cava, vino rosado y un pavo de granja de más de cinco kilos. En ese momento, la locutora interrumpió la programación para dar una noticia importante: la policía había detenido a los presuntos asesinos de la reyerta entre seguidores radicales. Un total de cinco responsables habían sido enviados a prisión incondicional a la espera de juicio. A pesar de que su hijo le había jurado que no había tenido nada que ver, Ramón no podía evitar tener esa sensación de inquietud, la respiración acelerada y el corazón a punto de salirse del pecho. Las noticias relacionadas con aquel caso le afectaban especialmente.

Ramón apagó el transistor y se retiró a su dormitorio a descansar, donde un nuevo sobresalto le esperaba. Los cajones estaban revueltos y la cama deshecha, alguien había estado allí rebuscando. El sobre que Ramón guardaba entre los dos colchones de la cama, con el dinero de su pensión, estaba vacío. Aquel hombre había perdido la cuenta de las veces en que se había producido aquella situación. A diferencia de las anteriores, el sobre contenía una nota que rezaba “Siento defraudarte, papá”. La burbuja de alegría en la que había vivido Ramón durante los últimos días acababa de reventar. Sus paredes quizá eran demasiado finas como para mantenerse o quizá tan sólo eran fruto de ese delirio que nace cuando en el horizonte solo hay desesperación. Ramón se quedó inmóvil, no era capaz de sentir rabia, frustración, ingratitud o ira. Nada. Se echó sobre las sabanas revueltas y cerró los ojos deseando no volver a abrirlos.

Toni había pasado varias noches en los calabozos, sin embargo, conciliar el sueño en la cárcel era una tarea mucho más ardua. Tras pasar un día por el módulo de ingresos, Toni había sido asignado a una celda compartida del módulo de preventivos. Un hombre mayor, con la piel carcomida y la voz consumida, roncaba en el otro colchón ajeno a sus cavilaciones. No le preocupaba el juicio, ni las falsas promesas de su abogado, ni el reguero de cámaras de televisión que le habían grabado esposado. Tampoco tenía miedo a su destino en la cárcel, ni al tiempo total que le esperaría allí. No le importaba si él no había tocado el machete que le acusaban de haber empuñado, ni tampoco que el resto de implicados se hubieran conchabado para echarle el muerto sobre sus espaldas. En aquella celda, en la noche de Nochebuena, sus pensamientos estaban dirigidos todos para su ángel, su padre, Ramón. En aquel preciso instante, su débil y gastado corazón podría haber dicho basta a varios kilómetros de aquella prisión. Sin ese aliento vivo, él también moriría.

La Navidad era especialmente triste en aquella prisión. No había hueco para la alegría para los hombres privados de libertad. Una mezcla de resignación y cólera impregnaba las estancias. Los muros callaban, el aire se tornaba gélido y ríos de lágrimas se derramaban sin ver la luz. Toni pasaba las horas sin salir de su pequeña estancia, dándole vueltas a la forma en que su padre habría digerido su detención, a su sufrimiento, a su decepción. Estaba agitado. Su intuición auguraba que el fatal desenlace estaba a la vuelta de la esquina. Tras meditarlo, tomó la decisión de preparar su despedida definitiva, nada tenía sentido. Se consolaba convenciéndose de que ese viaje, el último y definitivo, le llevaría a rememorar el último abrazo y reconciliarse con su padre en otro mundo. No fue complicado conseguir una soga gastada capaz de suspender su delgado cuerpo en el aire. Sería al oscurecer, después de la cena, al apagar las luces. En un abrir y cerrar de ojos todo habría acabado.

Los funcionarios intentaban que el día de Navidad fuese algo apacible. El comedor estaba adornado de guirnaldas, espumillón y un abeto de plástico repleto de luces y adornos. La megafonía del centro repasaba los villancicos habituales. Toni esperaba en silencio su turno en la cola para entrar. De sus ojos emanaba vacío. Apenas había probado el pollo y las patatas cuando dio por finalizada la cena. Al dejar su bandeja en el carro, un funcionario se le acercó y le pidió que lo acompañase con gesto serio. No eran habituales aquellas citas después de la cena.

El funcionario le condujo a una pequeña habitación anexa al comedor. El hombre uniformado le pidió que esperase un momento la llegada de un segundo que debía darle una comunicación. Sus presagios estaban a punto de confirmarse, pensó. Un nuevo funcionario hizo entrada en la habitación. Toni percibió el despreció que había en sus ojos. No había rastro de condescendía en aquellos momentos, ni un ápice de compasión.

–He visto grandes tragedias aquí –comenzó a decir–. He visto hombres que se diluían como azucarillos, otros que buscaban y encontraban una muerte rápida. He visto miradas impasibles, muchas cegadas antes de entrar y algunas, por desgracia pocas, que recuperaban aquí algo de brillo. Pero eso, a este lado de las rejas, no es nada comparado con lo de ahí fuera –dijo el funcionario con pesar–. La teoría es que las penas están hechas para criminales, pero en la práctica son los inocentes quienes las cumplen. Tienes suerte de tener un padre como el que tienes, muchos ya se hubieran rendido. Tu padre se ha pasado todo el día convenciendo a los compañeros para que te dieran esto –sacó del bolsillo de su cazadora un paquete rectangular–. Hemos hecho una excepción, y créeme que me puede llevar disgustos, pero nunca había visto una persona con tanta fuerza y con tanta fe.

Toni se fue directo a la celda, quedaban pocos minutos para apagar las luces. Abrió el paquete y descubrió una caja de turrón duro, el mismo que comía entre villancicos cuando era un crío junto a su madre, Marga, y su padre, Ramón. Tomó un pedazo y lo degustó mientras las lágrimas le cubrían la cara. El paquete contenía una pequeña nota, de caligrafía irregular, con unas pocas palabras que rezaban: “Nunca te abandonaré, hijo”. Turrón duro y aquel corazón latiendo fuera de las rejas. No necesitaba nada más.


Relato Presentado al III Concurso Navidades Peculiares de ¡¡Abretelibro!!
Relatos

La Hermandad Del Cálamo y El Chico Que Soñaba Con La Perpetuidad

Copas con restos de champagne y marcas de rojo carmín, confeti esparcido por el suelo y retazos de poesía marchita entre la ceniza anunciaban que la fiesta había terminado. Aunque intuía en qué condiciones, no sabía cómo había acabado detrás de la barra, ni tampoco cuánto tiempo llevaba durmiendo allí. Una fuerte resaca nublaba mis pensamientos. Y es que nunca aprendo, la suficiencia y la modestia no se pueden mezclar. No quedaba ni un alma y el salón estaba sumido en el silencio. Un cartel de colores anunciaba los ganadores del último concurso, evocándome la decepción que había sufrido al no estar entre los elegidos. Paulatinamente, fui rememorando los aplausos, los discursos, las felicitaciones y el desbarre.

Durante la gala, la mayoría de hermanos pasaron ante mí comentado que les había encantado mi creación, que tenía traza y una brillante carrera ante mí. En cambio, tan solo uno, el hermano iluminado de alas arqueadas, aquél que había creído ver cosas en mi texto que ni yo misma imaginé, me había dado su aprobación en forma de voto. De esta forma, no tuve más remedio que proyectar mi frustración tratando de agotar las reservas de licor presentes. Al no ser inmune a sus efectos, tras repetir la palabra enhorabuena con una lengua que se transformaba en trapo, mi verborrea se centró en una encarnizada crítica a los literatos de masas que inspiraban las obras galardonadas, alejándose del propósito de reinstauración clasicista del galardón. Mi actitud levantó ciertos recelos y una de las hermanas jueces tuvo que salir a poner paz justificando la holgura del concepto clasicista. Desesperada, ante la poca efectividad de sus argumentos, decidió enseñar un pecho para acallar el revuelo. Al fin y al cabo, aunque somos gente de exquisito paladar, a nadie le amarga un dulce.


Poco después, el hermano robot de hojalata, uno de los ganadores, tuvo la bondad de ponerme al corriente de la situación. Al parecer, la hermandad estaba a punto de ser vendida a una editorial famosa y había seleccionado las obras más comerciales. Para colmo, al hermano robot me confesó que le dieron el chivatazo media hora antes de cerrar el concurso para conseguir ceñirse al propósito. Después, me invitó, por privado, a pasar la noche de gloria junto a él en un retiro erótico-lúdico-festivo que decliné. No es que tenga miedo a sentir su frío metal en las profundidades de mi piel, pero no me suelo conformar con tercerones, yo nací para aspirar a la gloria. No conseguí recordar nada después de aquella escena, aunque el hecho de encontrar mi tanga de leopardo sobre la manivela del aseo no auguraba nada bueno, o sí, quién sabe.

Todavía aturdida, decidí dar un paseo por las diferentes estancias del templo, la sede de la hermandad, donde todos los hermanos residíamos en calidad de internos. En realidad, nuestra estancia en el templo era voluntaria, sin embargo, una vez obtenido el estatus de hermano, nadie quería retornar a sus casas y enfrentarse a su vida real. Un día te dejas sin limpiar el polvo de casa, al otro sin recoger a tus hijos y después tratas de convertir a tu familia a la hermandad. Ése era el caso de la hermana bacteriana, quien había introducido a su marido, el hermano Silencio de Invierno, un antiguo trabajador del triángulo verde, que además había donado todos sus bienes a la hermandad. He de admitir que no nos trataban mal. Los chuscos de pan eran decentes, los camastros acogedores y teníamos la seguridad plena de sentirnos realizados. Nuestras grandes creaciones se divisaban en el horizonte, pero ante el miedo de que finalmente prosperaran y se convirtieran en best seller de cariz imperfecto, preferíamos que permanecieran solo en el horizonte de nuestra imaginación.
En una sala de vivos colores, divisé una multitud de hermanos sentada sobre alfombras que escuchaba el último relato de una de las hermanas más vetustas.
– Calafatear, o no calafatear, he aquí la cuestión –dijo la hermana Dublín mientras acariciaba una bola de pelo. La multitud respondió con asombro ante la revelación y un hilo de alabanzas inundó la estancia.
– Oh, poderosa y amada profeta –interrumpió el hermano Mael–. ¿Acaso tu infinita bondad me permitiría leer un humilde pasaje influenciado por el legado de Stephen King dedicado a su excelencia?
La hermana aprobó la petición y se procedió a la lectura. Tras secarse las lágrimas de emoción y repasar todas las fórmulas que la lengua castellana pemitía dar las gracias, la hermana Dublín se despojó de su bata roja y se entregó a su discípulo. Al final, al hermano Mael le había merecido la pena haber presentado obras similares inspiradas en Saramago, Poe, Vargas Llosa y otros cien autores del gusto de su profeta. El resto de hermanos formaron un corro que rodeaba la pareja, comentando lo perfeccionista y estética del hacer amatorio de la hermana.

Proseguí mi paseo por la biblioteca del templo. Millones de libros poblaban las estanterías, aunque la mayoría eran repetidos para poder llevar a cabo multitudinarios miniclubs de lectura que los hermanos invisibles realizaban con frecuencia. Existía una sección de diccionarios, abandonada desde el hallazgo de referenceword, en la que se ocultaban libros prohibidos por la cúpula de la hermandad. De este modo, los hermanos Rana y Simkin podían leer libros sobre highlanders sin miedo a represalias. En las mesas de producción estaba sentada la hermana Vívine, quien había comenzado a redactar el relato para el concurso de dentro de dos años. Sin duda, era una hermana previsora, le gustaba escribir con calma y releer el relato no menos de un millar de veces. Sorprendentemente, la hermana Carduelis, esmerada y deslumbrante creadora, no la acompañaba. Después de relatar su visita en el pueblo de Noceda y tugurios varios donde aparecen cabezas parlantes, había decidido dotar a sus historias de cierta verosimilitud y viajar a Armada en busca de la cicatriz.

En los exteriores del templo solían encontrarse dos tipos de hermanos desligados de los aspectos académicos y entregados al equilibrio entre mente y cuerpo: los hermanos divinos y los hermanos animales. La hermana Asteroidea recitaba poesía impregnada de heroína, mientras que la hermana Diosa de Oro se dedicaba a la clasificación de los distintos componentes que formaban el humor. Se decía que además de cojonero, descojonante, con un par y placebo, estaba a punto de demostrar la existencia del elemento definitivo. En los huertos del templo se solía ver al hermano topo trabajar la tierra, quien últimamente se mostraba obcecado en la plantación de sandías meloneras. Me extrañó no ver al hermano Chucho vagar sin rumbo con su recién estrenada banda de ganador. Era adorable, tenía el don de tocar las narices con una precisión y un mimo envidiables.

De repente, el rumor de unos pasos apresurados llamó mi atención. Una pareja de ancianos corrían por el pasillo hacía mi posición. Ella era mujer de avanzada edad que irradiaba juventud por toda su piel, él un hombre maduro de poco pelo armado con una escobilla. Sin lugar a duda, se trataba de Don Eristiardo y Doña Margarita, protagonistas de dos brillantes historias presentadas al último concurso y desechadas por las hermanas jueces. En sus cuerpos había numerosas marcas de golpes y desprendían un olor bastante repugnante. Por lo que me comentaron, habían conseguido escapar del aposento, un lugar del templo del cual desconocía su existencia, donde habían sido apresados, torturados y privados de higiene y alimentos. Les indiqué por donde debían salir y ellos a cambio me explicaron cómo se entraba al aposento. Por último, me confesaron que alquilarían una casita en la playa y se dedicarían a ver pasar la vida por el día y a darse un último gusto al cuerpo.

Según las indicaciones recibidas, el aposento era una minúscula habitación situada en la parte superior del templo, donde habitaba la cúpula de la hermandad. Una de las puertas del aposento estaba situada en la mesa de recepción, donde entregábamos a nuestras creaciones en los períodos de concurso. Por fortuna, debido a la excitación compositora casi demencial que había en la hermandad, estaba abierto el plazo para la recepción de nuevos trabajos cuyo tema debía ser los hermanos. Es decir, que podía entregar una historia en la que la protagonista fuese yo misma y de ese modo acceder al aposento. Escribí durante veinte minutos una historia genuina sobre enredos de faldas entre hermanos que desembocaba en una oleada de asesinatos. Además de la menda que hacía de protagonista embutida en un disfraz de Elvis Presley, decidí incluir a los hermanos Tolomito, Murciélago y Boikot en el papel de sicarios a sueldo, el hermano Misso como experto en incontinencias y emergencias, a la hermana Feliz en la de chica fatal y al hermano Elprimero como un sacerdote integrista que en sus ratos libres era el proxeneta de la hermana Pulpa. Fui pulcra en la puntuación, inserté diez aovillados y doce níveos para embellecerlo, le di un giro a la historia apoteósico despistando al lector y escritor y puse una frase aludiendo a la bondad, belleza y sabiduría del jurado. Comprobé que la historia tuviese las palabras exactas, pero como se pasaba en el número de páginas ajusté los márgenes hasta su inexistencia y después reduje el tamaño de letra hasta que cupo. Anexé la plantilla de derechos firmada, mi documento de identidad y las gafas de Rompetechos para conservar la vista del jurado.

La hermana juez Lifencia revisó la creación, confirmó mi participación y nos introdujo al deseado aposento. La habitación tenía una luz tenue y estaba atestada de jaulas en las que se encontraba un variopinto entramado de personajes. Pude reconocer a Jonás Remolque al borde de la locura repitiendo para sí mismo una y otra vez la palabra crisis; Dettmar Gansler tocaba una armónica espacial, mientras Earnie Shawn le descifraba partituras; y Paulo Coelho robaba retazos sin terminar del hermano Raúl que pronto se convertirían en superventas de la sección de ciencia ficción del triángulo verde. Casualmente, en las jaulas no localicé a Anselmo, ni al hombre que devoraba las cartas escritas a Piedad, ni tampoco había rastro de los tripulantes del Aquitania o de Andrés y su filosofía existente, las estrellas de las obras galardonadas en el último concurso. Fuera de las jaulas, a nuestro lado, esperaban el resto de personajes que protagonizarían otros relatos con temática de hermanos. Era curioso verse a una misma repetida tantas veces, contemplar la diversidad de papeles con los que otros hermanos me habían metido en sus historias: de enfermera cachonda, de bombera potente, de conejita playboy, de pilingui… No creo que mi comportamiento diese motivos para ello, pero era como para replantearse qué imagen estaba dando.

En un abrir y cerrar de ojos conseguimos liberar a todos los personajes de las celdas e incluso mediamos para que Saturnino se reconciliase con su amada entrada en carnes de visión neblinosa y conociese a su señora madre. Pero mi deber no era solo el de liberar a aquellas celebridades maltratadas que habíamos creado con cariño y un poco de ilusión, originalidad y paciencia, que nos habían hecho reír, llorar o maldecir en arameo al correspondiente hermano por tan gustosa tortura; sino que mi deber era el de esclarecer cuales eran las intenciones de la cúpula para con el futuro de la hermandad y asegurar así su digno propósito de salvaguardar la pureza de la palabra y el encanto infinito de sus formas. Le pedí al resto de protagonistas de los relatos del concurso que me aguardasen en el aposento y abrí una puerta que me llevó hasta una nueva sala.

Allí pude ver a las hermanas sor Lucía y sor Julia ensimismadas con la tarea de encontrar un nuevo anunciante para el templo. Sor Lucía estaba revisando páginas de encuentros y cribando cuáles eran decentes y cuáles no. Sor Julia, por su parte, hacía un estudio riguroso del léxico que utilizaban estas páginas y en su libreta apuntaba el significado de palabras como blowjob, hairypussy o creampie,  no sin antes gritar escandalizada. Sin previo aviso, apareció por mi espalda un grupo con formas poco amistosas. Eran el hermano Chucho, acompañado de su can Anselmo y Armando, el herrero, quien empuñaba una escopeta de cañones recortados en la diestra y le acompañaba un cabreo cojonudo. Me pidieron de buenas pulgas que les siguieras mientras Armando me sugestionaba gentilmente con el arma. Qué valiente es un hombre armado, pensé. Entretanto, las hermanas sor Lucía y sor Julia estaban tan absortas en su labor, que ni siquiera se dieron cuenta de qué estaba pasando.

Los tres, junto al can, entramos en un despacho abarrotado de tomos estampados con el mismo sello: Sex Barril, la editorial por excelencia de los autores mediáticos y altamente repudiada la hermandad. Un hombre de pelo corto aguardaba al otro lado de la mesa, ofreciéndonos su espalda. Su fragancia se me antojó familiar, excesiva diría.

–Adorada y bella hermana Brisca, tu saga Invocatium va a ser una bomba –dijo aquel hombre, mientras se volvía hacia nosotros–, como nuestro encuentro de anoche…
–¿Eres tú, hermano David, el que está detrás de todo esto? –pregunté sorprendida por la doble noticia.
–Bueno, ya sabes, ¿quién podría sospechar del chico más deseado de la hermandad? Trabajo en esto desde hace mucho tiempo, y sí tenéis mucho talento, pero os falta ese toque de visión comercial, saber qué es lo que le gusta a la gente, cómo llegar al corazón y a la sonrisa. No puedo permitir que cualquier creación de la hermandad sea elegida para la gloria. Por eso creé el aposento, o como a mí me gusta llamarlo el apagado de bombillas, donde el hermano Chucho maquilla vuestras creaciones a base de amor y ternura antes de que las hermanas juezas las vean. Como el gobierno, tratamos de generar confianza a los peces gordos. En breve, firmaremos el acuerdo y el templo se convertirá en un taller de negros. ¿Te imaginas la nueva obra de Elvira Lindo escrita por la hermana Rutina o a la hermana Ayre trabajando mano a mano con Donna Tart? Y lo mejor, ¿te ves a ti recogiendo el premio Flameta el próximo año? Solo necesito tu colaboración y su silencio…

– Debo pensarlo…–dije notando de nuevo, el cañón de la escopeta de Armando–. Está bien, aceptaré, pero antes dime, ¿cómo pudiste burlar al resto de hermanos si las creaciones son publicadas y comentadas por todo el mundo?
– No seas ingenua, querida Brisca. ¿Crees que alguien vuelve a prestar algún tipo de atención a su creación tras haberla repasado tantas veces? Y, ¿no has pensado alguna vez por qué nadie comprende todos los matices perfectamente hilados de tus historias?

De esta manera y gracias al embelesamiento de Sor Lucía y Sor Julia con las maravillas de las artes eróticas, la hermandad se convirtió en el sueño del hermano David, que pasó a denominarse Eros Atenea, el dios infinito de la sexualidad y la sabiduría, al cual había que rendirle culto una vez al día. En cuanto a mí, un año después salió publicada mi novela y fue galardonada con el premio Flameta. Lástima que fuera Matilde Asensí y no yo la que subiera a recogerlo, vendiera millones de copias y se tradujese hasta en catalán. Su premio Nobel estaba en camino decían los periódicos. En cualquier caso, estaba exultante. El hermano David supo recompensarme deformando el resto de relatos con temática de hermanos reduciendo sus argumentos a zafios asesinatos, humor de inapreciable finura y haciendo que el hermano Chucho destrozase sus argumentos a placer en las tertulias, dejándome así que fuese la primera ganadora del concurso de hermanos. Eso además de su cuerpo cálido y suave noche tras noche.


Relato Presentado al Concurso de Kekos de ¡¡Abretelibro!!
Los protagonistas de este relato son los escritores y sus propios personajes creados en diferentes concursos. Este es mi pequeño homenaje a todos ellos por enseñarme tanto sobre la escritura y valorar con criterio mis textos.
Relatos

El Día Del Amor Romántico

Nada más introducirme en la cápsula, reconocí la preciosa melodía que sonaba por los altavoces. Era nuestra canción, la que tantas veces habíamos cantado mirándonos a los ojos. Su pausada rítmica me transportaba a ella, mi amada. Un aroma a rosas frescas, combinado sutilmente con hipnóticos, inundó el habitáculo. En pocos instantes los somníferos hicieron su efecto y volé a ras de un sueño. Allí estaba ella, sonriéndome como un ángel, invitándome a acariciar sus delicadas manos, a embriagarme de su divina esencia. Rozaba su fina cara con delicadeza y en mí brotaba un sentimiento de ternura y felicidad. Nos miramos apasionadamente y sentí el calor recorrer mi cuerpo. Asintió para indicar que por fin podía. Yo era el hombre de su vida, el primero y el único que podría tomarla, confesó. Se posó sobre mí y me susurró hazme tuya, mientras su presencia se difuminaba entre mis brazos.
Tras un viaje de cuatrocientos kilómetros en poco más de cuarenta y un segundos, abrí los ojos aturdido. Previsiblemente por la incomodidad de los asientos de la clase subinfraeconomy, tenía el cuerpo completamente dormido de cintura para abajo, salvo la entrepierna, donde se vislumbraba una potente y fallida erección. Un par de operarios de la estación se presentaron entre gritos y abrieron las puertas de la cápsula. Mientras uno de ellos, desconocedor absoluto de la palabra higiene, me desabrochaba los cinturones que inmovilizaban todo mi cuerpo; el otro, catedrático de la melopea, se afanaba torpemente en suministrarme por vía todo tipo de estimulantes que me hicieron espabilar de golpe.
–Toma pringao, aquí tienes el servicio de catering que has contratado –explicó uno, sacando de uno de los bolsillos de su mono azul un par de píldoras blancas–. Menuda suerte, una de bocadillo de jamón de bellota y la otra de tortilla de setas –dijo mostrando los dudosos manjares sobre sus manos tiznadas de grasa.
–Gracias, caballero –contesté estrujando hasta destruir las pastillas–. Disculpen, ¿serían tan amables de indicarme dónde puedo reclamar el importe de mi billete por el retraso? Hemos llegado con dos segundos de demora según el horario previsto.
–¡No me cuentes tu vida, chaval! Aquí tiene la guita –me dijo el otro, acercando un cheque por valor correspondiente a tres viajes en red capsular–. Si quieres pillar, aquí mi colega y yo proveemos cosa fina. Te va a hacer falta chaval, que esto es la capiy aquí se va muy fuerte.
Desde que el nuevo gobierno noocrático-militar había nacionalizado la red de transporte, salvo aislados retrasos y una atención mejorable, el servicio funcionaba a la perfección y generaba, además, astronómicos beneficios. Muchos tertulianos de televisión, considerados semidioses, remarcaban la eliminación de burocracia y la contratación de personal de ínfima cualificación claves de su éxito. Otros, en cambio, alababan la importancia de la fusión del Servicio Nacional de Transporte con el Suministro Interprovincial de Estupefacientes y Derivados. Era indiscutible que las dos administraciones habían salido beneficiados del acuerdo, ya que se complementaban a la perfección en la búsqueda de su principal objetivo: viajar a toda pastilla.
Me sumergí entre la marabunta de la estación en busca de mi amada, Susana. El aspecto de la terminal distaba mucho del esplendor esperado para tratarse de la capital del MegaEstado. Las tiendas permanecían cerradas, los tableros informativos apagados, el suelo estaba lleno de desperdicios y de los lavabos rezumaba una materia fecal impregnada de muerte. Aun así, la gente no parecía inmutarse lo más mínimo. Tímidamente, traté de preguntar dónde se situaba el apeadero de las cápsulas que provenían de Villatocino, la metrópoli natal de Susana, pero nadie me hizo caso. Todos andaban de un lado para otro, deprisa, sin interactuar con nadie, sin expresión en la cara, con su correspondiente mp27 o iamphone conectado a la salida USB de su cuello. Reconozco que recargar cualquier aparato electrónico con tan sólo medio litro de sangre y diez mil neuronas al día era bastante cómodo, pero yo empezaba a sentirme algo fuera de esa modernidad.
Sumido en la confusión, una fragancia sublime me deslumbró. Era el inconfundible olor de chorizo de Cuececulebras, la metrópoli vecina a Villatocino. Una señora de avanzada edad salía de los apeaderos cargada de grageas con sabor a chorizo de Cuececulebras. La abordé y tras soportar estoicamente lecciones magistrales sobre la elaboración, envasado, transporte y suministro de dicho producto, me confirmó que las cápsulas provenientes de Villatocino habían llegado ya, pero que en ellas no había visto a ninguna joven que pudiera encajar con el perfil de Susana. Según la anciana, sólo había visto allí a las arpías y chochas representantes de los suspiros indigestos de longaniza de Villatocino, su feroz competencia. Después de una nueva colección de disertaciones soberbias sobre lo adulterado y dañino que eran éstos, me despedí de la amable señora. Sin duda, era admirable el amor de aquellas ancianas por su oficio, pero, quizá, eso de hacer trabajar al personal hasta su lecho de muerte se debía replantear. Recuerdo, de niño, a mi tatarabuela contar que la suya disfrutó de unas vacaciones llamadas jubilacióna la tierna edad de noventa años, en plena flor de la vida. Está bien eso de tener derechos, ¡pero tampoco hay que pasarse!
Como no sabía a qué hora llegaría la próxima remesa de cápsulas desde Villatocino, busqué un hueco en el que sentarme. Por mi amada, hubiese esperado toda la vida si hiciese falta. Mentalmente repasé el plan que nos aguardaba en la capital, el cual estaba monopolizado por la celebración del Día Mundial del Amor Romántico, que en el año 2344 se celebraba por primera vez en nuestro humilde MegaEstado. Dicha festividad se remonta a dos siglos atrás, cuando el amor libre era un modelo tiránico, discriminando sin impunidad las relaciones herméticas entre dos personas. Aunque hoy en día sigue causando recelo, ser monógamo en aquella época era una condena al ostracismo social que contaba con el beneplácito del gobierno. Por ese motivo, cientos de parejas decidieron rebelarse contra la autoridad polígama en la ciudad de Old New York, perteneciente al MegaEstado de Rusiamércia, para reclamar los derechos de la comunidad monógama, así como la equiparación con el resto de opciones sexuales. Rememorando el espíritu de aquellos luchadores, cada año reivindicamos nuestra condición como mejor sabemos hacerlo: manifestando nuestro puro y romántico amor.
De hecho, mi convicción monógama era incluso más firme dada mi trayectoria juvenil, en la que fui una oveja más descarriada y embriagada de libertinaje. Siempre funcionaba de la misma forma: llegaba a un bar, tomaba una copa y a los diez minutos yacía con una o diez mujeres a la vez; o con tres hombres, un chimpancé y un par de yeguas. Era un simple acto mecánico, meter, sacar y eyacular. A veces no llegaba a conocer los nombres, edades, razas o linaje de mis compañeros de correrías. No había opción de entablar mayor nexo o cultivar un sentimiento, y en mí se desarrolló un frío que poco a poco me consumía. Todo hasta que la conocí a ella, por casualidad, sin esperar nada más. Susana había sido educada con rigidez en valores tradicionales, comúnmente conocidos como medievales. De hecho, tenía padre y madre –algo extraordinariamente excepcional–, los cuales se amaban y practicaban el amor romántico. Aquel fervor me contagió hasta calar bajo los huesos. Sus hermosas curvas y sus espectaculares pechos también influían, claro, pero en ella no veía un hermoso cuerpo o un dulce rostro, sino la prolongación de mi ser, mi principio y mi final.
Pasaron tres horas más y por la estación solo hubo rastro de representantes de comprimidos de blanquillo de Villatocino, esencias de butifarra de Cuececulebras, píldoras de morcón de Hocico Real y fragancias de chistorra de Venta El Gordo, además del redil de operarios y sus trapicheos. Los dispositivos de localización de Susana aparecían desconectados. Incluso había probado a tocar al timbre de su casa mediante telequinesis, pero el dispositivo debía estar estropeado puesto que lo único que conseguía era atrasar sistemáticamente la hora un par de minutos haciendo interminable la espera. En ese momento pensé que Susana podría estar esperándome en el nidito de amor que habíamos reservado. Sin más dilación me dirigí al hotel, el cual nos había preparado una habitación discreta y de tenue luz, situada en la planta vigésima del subsuelo. Al menos la calefacción sería natural. Tampoco hubo rastro de ella allí. Comprobé que nuestras dos camas estuvieran lo suficientemente separadas para que la pasión no se interpusiera entre los designios de nuestro amor casto y fui en busca de Carmen y Luís, infatigables compañeros de la resistencia romántica.
Daba gusto verlos, se les iluminaban los ojos al hablar el uno del otro, sus sonrisas brillaban al mirarse y su concepto de amor era tan puro como intenso. Luís fue compañero mío de presubgrado post-universitario –etapa esencial de sobreformación superflua–, y también gozó de una reconversión similar a la mía. Carmen era íntima conocida de Susana, cercana al grado de amiga. A diferencia de nosotros, ellos ya habían dado el paso de formalizar su relación y convivir juntos. De esta forma, según los dogmas románticos, tenían la potestad de fornicar como si el mundo estuviera a punto de explotar. Me moría de envidia al contarme lo felices que eran sin tener que despegarse el uno del otro ni para ir al excusado, cómo a ella le fascinaba emborracharse viendo interminables maratones deportivos junto a él o lo que él disfrutaba ayudándola a probarse vestidos y zapatos que jamás compraría.
En aquel momento, llegó un vídeomensaje de Susana. En él se veía a Susana con la cara tapada, acostada sobre una cama mientras un par de operarios de la red capsular, enfundados con sus monos azules, le trabajaban el cuerpo con caricias y lametones subidos de tono. Susana explicaba que sin querer había cometido un desliz en la estación, luego otro y después alguno más hasta perder la noción del tiempo. Entre gemidos, añadió lo equivocada que había sido apoyando las tesis del amor romántico, que ella ahora estaba muy abierta a otras posturas. Concluía, muy honrada, que no era por mí, que yo era un sol, pero que no podía continuar esta relación. Se despidió regalándonos un sentido orgasmo que hizo retumbar las paredes.
Desconocía lo complicado que era afrontar el desenlace de una relación, tan hermosa y sincera en su comienzo y tan dolorosa en el final como ésta. Por suerte, contaba con el apoyo de Carmen y Luis, quienes, ante el primer indicio de gimoteo, no dudaron en administrarme un sinfín de somníferos y antidepresivos que dieron con mi cuerpo en el suelo. Cuando desperté, a la mañana siguiente, pude comprobar el extenso y pasional amor que se tenía la pareja. Allí estaban, retozando con gozo. Intuí que aquello sería el polvo de buenos días, de cuya existencia había oído algo y del cual siempre creí que podría disfrutar algún día con mi extinta amada. Así pues, fingí que seguía durmiendo en el suelo, cual mascota, hasta que finalizasen. Pasadas diez horas, carraspeé levemente y luego comencé a hacerlo descaradamente, pero no se dieron por aludidos. Repasados el Kama Sutra, el Koka Shastra y el Ananga Ranga versión manga, opté por levantarme y probar a unirme. Mi inocente propuesta fue respondida por una sacudida violenta por parte de Carmen, siendo yo acusado de desviado y traidor a la causa. Los contuve argumentando que aún estaba afectado y aturdido por la desafortunada ruptura y juntos fuimos a desayunar obviando el lance.
–¿A qué hora parte tu cápsula? –preguntó Carmen, saboreando unas lágrimas de concentrado de pomelo light.
–¿Partir? –contesté extrañado.
–Sí, debes reposar el luto de un abandono en la más estricta soledad –comentó Luis, degustando sus proteínas de insecto ecológicas–. No sería bueno que te dejaras ver en los festejos.
–Éste es un acontecimiento histórico. Decidme, ¿cuándo volveré a tener la oportunidad de celebrar el Día Mundial del Amor Romántico? –pregunté desafiante–. Yo creo fielmente en el mensaje de amor verdadero y como tal me voy a manifestar.
–Nadie puede demostrar amor romántico sin tener pareja, es metafísicamente imposible –gritó exaltada Carmen–. También he oído que puede haber comecorazones. Estarías en serio peligro de…
–¿Comecorazones? ¡Eso es un cuento! –interrumpí de forma violenta–. Sus últimas apariciones datan de la Revuelta del Caramelo, hace más de un siglo, donde fueron brutalmente exterminados. Además, las fuerzas armadas megaestatales acabarían con el comecorazones más terrible en cuestión de segundos.

De esta forma, decidí ir a los actos solo. No necesitaba a Carmen ni a Luís, tampoco a Susana. Empuñé mi pancarta de “La promiscuidad es enfermedad, la monogamia es sabia” y caminé orgulloso de mi coraje. A mi alrededor multitud de parejas paseaban de la mano, se hacían carantoñas, sonreían y se besaban una y otra vez. Las había de todas las edades, razas y condiciones sexuales, con el denominador común de estar pegadas con una cola de contacto que no les permitía distanciarse más de unos milímetros. Parecía que fuera de su minúsculo entorno no concibieran más mundo. Estaba rodeado de millones de personas y a la vez completamente solo. Para colmo, nuestra canción atronaba por megafonía, haciéndome temblar y sudar. Ese olor, a soledad, debió delatarme puesto que levanté las miradas y susurros de varias parejas a mi alrededor. Resignado, y completamente bañado en sudor, decidí huir y refugiarme en las calles, pero para entonces era ya muy tarde.
Una muchedumbre que marchaba a paso firme me perseguía por la espalda. Vestían camisetas con corazones estampados y frases del tipo Nadie es perfecto, hasta que te enamoras de él o Felicidad se escribe: estar a tu lado. También sostenían con fuerza la mano de sus respectivas parejas y de sus ojos irradiaba un amor cegador. Como me había advertido Carmen, eran sin duda comecorazones. Los comecorazones era la facción más radical de los activistas del amor romántico. Se definían como fanáticos de Romeo y Julieta y herederos naturales de Los Amantes de Teruel. Su fin era el de proclamar su mensaje por cualquier medio. Se decía que identificaban la soltería como un símbolo de poligamia enmascarada y que se dedicaban a la caza de solteros para arrancarles el corazón, privándoles no sólo de la capacidad de amar, sino de sentir. Sus víctimas acababan sus días como auténticos zombis vivientes. En teoría habían sido erradicados, sin embargo, se rumoreaba una posible reorganización y que recababan fondos a través del contrabando de flores, bombones y ositos de peluche.
Eché a correr, pero no conseguí distanciarlos. Su condición de amantes del eterno paseo romántico les otorgaba un tono físico indestructible. Entonces, vislumbré un distribuidor de espirituosos y narcóticos abierto y entré en él como una exhalación. La taberna-dispensario estaba repleta de individuos sin emparejar, a los que sin conocer había condenado. Subí a la segunda planta del local y contemplé con estupor cómo los comecorazones arrancaban uno a uno los corazones solitarios. Su sed de venganza era insaciable. Sorprendentemente, en aquellos solteros no se apreciaba mayor diferencia en su mirada y ánimo. Quizá no fuera tan distinto vivir sin corazón, quizá ya lo hubiéramos perdido a cambio de una vida sin tabúes y placeres de fácil y rápido acceso. Vivir sin sentir no tendría por qué ser un drama, pensé tratándome de consolarme y asumiendo mi destino.
Al mismo tiempo que los comecorazones subían por las escalas, un olor familiar me fascinó. Era la fragancia paradisiaca que desprendía el chorizo de Cuececulebras y su anciana representante. La miré fijamente a sus agrietados ojos y sin vacilar, con dulzura, fundí mi boca con la suya, degustando el salvaje regusto a pimentón abrasador. La turba romántica se detuvo expectante ante aquella escena de amor espontáneo. La intransigente y congruente moral de los comecorazones podía aprobar la unión entre una anciana y un joven, pero jamás que en alguno de éstos hubiera un resquicio de interés o falsedad. De este modo, crecido ante el devenir de los acontecimientos, redoblé mi apuesta en busca de su beneplácito absoluto.
–Cariño mío, ¿me harías el hombre más feliz del mundo casándote conmigo? –le pregunté hincando la rodilla en el suelo, mostrándole el anillo que tenía pensado para pedirle la mano a Susana.
–Claro que sí. He esperado este momento durante más de un siglo y medio –contestó mi flamante prometida, con la emoción a flor de piel.
María, que así se llamaba, encarnaba el vivo retrato de toda una generación que había probado miles de hombres y mujeres diferentes, que había exprimido la libertad de ser eternamente independientes, que había criado a sus hijos con total autonomía, pero que, como todas, añoraba a un príncipe o una princesa con el que envejecer, discutir acerca de banalidades y ver reposiciones de películas clásicas. Todos los comecorazones sollozaban ante aquella tierna escena y se disculparon por haberme confundido con un zafio soltero cuando, según ellos, podría ser el profeta del movimiento que durante tanto tiempo habían esperado.
Debió ser por la emoción de los preparativos de la boda o porque sus arterias dijeron basta a tanta concentración de sucedáneos de grasa porcina, pero la inagotable María murió poco antes de celebrar la ceremonia. Me confesó que aunque sabía que yo lo hacía por gratitud, había hecho vivir por primera vez a su corazón y hacerle a ella disfrutar de un placer, el amor, que pensó era cosa de cuentos. En herencia me dejó la responsabilidad de mantener a las grageas de chorizo de Cuececulebras como primer complemento alimenticio ibérico universal, ultrajar sobre la calidad de los suspiros de longaniza de Villatocino y un consejo que jamás olvidaré: Amar, a una, a uno, o a miles a la vez; por un momento o para toda la vida, pero amar.


Relato Presentado al I Concurso Oficial de Humor de Abretelibro.
Relatos

¿Amigos?

Decidieron follar porque no cabía otra posibilidad. Decidieron follar porque no podían aguantar más.

Salieron a devorar la noche con la cuadrilla de siempre: una tribu esclavizada por el matrimonio, los hijos y el trabajo. Después de la cena y alguna copa de más, se fueron quedando solos. Ella, la mujer desbordante, hablaba sin parar. Él, el hombre dócil, escuchaba con una atención que se desvanecía entre divagaciones manidas. No quedaban garitos donde ir, tampoco excusas que inventar. Caminaron sin rumbo aparente, dejándose llevar por la intuición. Con disimulo engañaron al azar y sus pasos acabaron en el portal del apartamento de ella. Tras una mirada sin fin, se hizo el silencio eterno de la despedida. Empujada por el alcohol y ese fuego que le prendía antes de ir a dormir sola, le pidió que la besara y que subiera.

Al quitarle el sujetador, el improvisado amante recordó su cuerpo de niña, espigado y frágil. La había visto crecer, cómo se habían formado aquellos pechos redondos, pequeños, que ahora reclamaban sus cuidados. De ellos sobresalían unos pezones rosados, abultados, erizados por la excitación. Evocó la decepción que había experimentado al escuchar, años atrás, a alguien que presumía de haberlos degustado. Había imaginado su forma, su tacto, su aroma, tantas veces que no podía creer que su saliva los empapara. Aunque le temblaban las manos, se esforzaba por acariciarle las tetas con delicadeza una vez y otra vez, avivando en su amiga una mezcla de expectación e impudicia.


Cuando sintió que los labios danzaban sobre su cuello, la hembra salvaje bramó liberando una sensación de alivio. Nunca había fantaseado de forma especial con él, pues era sólo su refugio, su fiel desahogo. En cambio, sentía que era suyo, que ella era la única mujer que podía juguetear con él. Estaba convencida de que ese polvo era inevitable, una cuenta pendiente entre amigos que antes o después, cuando ella dispusiera, tendrían que saldar. La aspereza de aquel tacto viril se deslizaba por sus delicados muslos y el cosquilleo se propagaba cálidamente hacia el centro de su pelvis. Respiraba cada vez con más intensidad y se contoneaba en la cama con dulzura. Le encantaba que las miradas se derritieran por su cuerpo, le excitaba que la observaran desnuda.

A  tientas probó a arrebatarle las bragas, pero ella, como un resorte, le apartó la mano. Le pidió que se tumbase y así poder sentir toda su piel. Se miraron fijamente y el caballero inseguro descubrió que ella ansiaba más placer. Quizá no podría darle lo que quisiera, quizá no estuviera a la altura, pensó. Se le abalanzó poseída y enseguida sintió cómo una lengua bulliciosa recorría su cuerpo. Con destreza ella liberó su pene del calzoncillo. Estaba completamente erguido, con el glande al descubierto. No quería abrir los ojos y encontrarla allí. No podía concebir que su amiga tuviera aquella maestría y esmero con la boca. Para él no tenía secretos, sin embargo, no se recreaba contándole sus destrezas en la cama. De repente, le pidió que parara, estaba a punto de correrse.

A la dama dominante le ponía muy caliente comprobar que sus técnicas eran infalibles. En un alarde de ternura, se apegó a él sonriente, cogió su mano y la guió despacio hasta meterla debajo de sus bragas. Mordió su oreja susurrándole que era su turno, que estaba muy cachonda. Como sospechaba, no era especialmente ágil con los dedos. Le tomó la mano y juntos, con suavidad, esbozaron círculos alrededor de su clítoris. Siempre había hecho de maestra para su amigo, desde hacer una raíz cuadrada hasta cómo preparar una buena tortilla, desde que llevaban babis hasta ahora que estaban completamente desnudos.

Le costaba tiempo aprender, pero luego el inocente alumno era capaz de superarla en exámenes o cocinar platos más sabrosos. Masturbarla no fue una excepción. Se congratulaba al escuchar sus furiosos gemidos, al verla retorcerse en espasmos, al comprobar que podía dominarla con tan sólo dos dedos. Por primera vez, se sentía cómodo y el delirio lo desbordaba. Sus esfuerzos se propagaban también por otros rincones, haciendo notar la humedad de su pene por la cintura. Lanzado, le arrancó las bragas y contempló con fascinación el pubis de su amiga. Estaba desierto, como la última vez, cuando descubrieron juntos que los niños y las niñas no tenían la misma entrepierna. Sus labios protuberantes, colorados, incitaban a adentrarse en su  vagina.

La fiera sedienta le pidió que le metiera un dedo. Tras comprobar que estaba dilatada y húmeda, le urgió a meter otro y a frotarlos con fuerza hacia dentro, hacia fuera, y que presionara las paredes. Gemía descontrolada mientras buscaba en su mesita un preservativo. En ese instante, miró a su amigo y no lo encontró. Era un desconocido, un fulano. Uno más. Había pasado a formar parte de su colección, la de tipos que se rendían a sus directrices del deseo y luego desaparecían para siempre. Desobedeciendo su máxima de disfrutar el momento, empezó a pensar en el después de aquel polvo. Amantes, amigos, enemigos, esposos, novios o desconocidos, el abanico era extenso.

Le arrebató el preservativo a su amiga y se lo puso como una exhalación. Su erección era imponente, pero, sobre todo, sincera. El imparable cautivador se asombraba de sus propios progresos. Había conseguido asumir de manera práctica lo que tantas veces ella le había aconsejado: vivir el presente sin miedo, hacerlo antes de arrepentirse, ser uno mismo y obviar el juicio de los demás. Se posó de nuevo sobre sus pechos, preparado para penetrarla, y descubrió en el rostro de ella un sentimiento que conocía a la perfección: la inseguridad.


–¿Amigos? –dijo ella con voz temblorosa conteniendo su pene.
Relatos

I.N.R.I.F.

Era una maravilla de la especie humana, un prodigio de la naturaleza, un crisol de bondades físicas y psicológicas, pero todas del revés. De la misma forma que encontrar a una persona que roce la perfección en todas sus facetas es un hito extraordinario y bello, el aunar todas las taras y calamidades habidas y por haber también resulta primoroso y poético.
Quizá influyó en su carácter temeroso el haber disfrutado de los veranos recluido en un oscuro aposento que el hombre del saco rondaba cada noche, quizá. Pudiera ser que sus inseguridades se fortalecieran por las burlas de compañeros y profesores del colegio, pudiera ser. Tal vez su salvaje fragancia corporal se viera afectada por los baños en turbios abrevaderos para ganado, tal vez. Es posible que su cojera, tartamudez, estrabismo, alopecia prematura y joroba; sus alergias, intolerancias y afecciones fueran un cruel regalo de Dios; pero el no haber recibido el más mínimo interés por aliviarlos, sin duda, convirtió a Bartolo en una maravilla monstruosa. Es posible.

De pequeño, sus padres se esforzaron por buscarle un buen porvenir tratando de encasquetarlo al primer postor. Cada mañana lo dejaban en la entrada del pueblo con un cartel colgado al cuello que rezaba “me cambian por un tractor con arado”. Más tarde redujeron sus pretensiones a una hornilla, un marrano, un transistor y un San Pancracio, hasta llegar a ofrecer sus propios huertos por ver feliz a su hijo lo más lejos posible. A pesar de que el chico no suponía un gran gasto –se alimentaba a base de restos de pienso y vestía con retales de sacos de patatas–, la familia estaba empeñada en albergar un burro en la cuadra que hacía las veces de cuchitril para Bartolo.


Cuando el circo llegó al pueblo, el matrimonio vio la gran oportunidad para su hijo. Sobornaron a la mujer barbuda y ésta les dejó pasar a la zona de las bestias. Metieron a Bartolo en la jaula de los tigres hambrientos, pero nada más contemplarlo, éstos se aferraron a las rejas tratando de alejarse del monstruo.

La siguiente tentativa fue la de dar a Bartolo una vida al servicio de Dios en un monasterio de clausura. Concluido el período de prueba, los monjes decidieron rechazarlo debido a su carácter agitador. Al parecer, la mayoría de imágenes se habían dado a la fuga, dejando así desérticas las obras de arte religiosas. Hasta cuatro Cristos se habían descolgado de sus respectivos maderos al olfatear al muchacho.

Tras la negativa del gremio de vagabundos y al ser la esclavitud una práctica controvertida, los padres de Bartolo, desesperados y abatidos, se dieron por vencidos. De esta forma, optaron por aceptarlo y quererlo tal y como era, con sus virtudes y defectos, aunque careciese de las primeras. Después de veinte años, volvieron a abrazarlo y a sentir la caricia de su piel escamosa. En ese momento, la madre sintió un gran alivio. El juanete que la martirizaba durante décadas había desaparecido. El padre gritaba de emoción, sus almorranas se habían volatilizado y notaba una agradable brisa recorrer su ano. Anonadados por el prodigio, pidieron a Bartolo que abrazara al gato, el cual era afónico y no tenía movilidad en sus dos patas traseras. Inesperadamente, el felino entonó una alegre canción mientras bailaba animado un twist levantado sobre sus dos patas traseras.

El rumor de los poderes de Bartolo se extendió por la región y el viejo cortijo de la familia empezó a recibir centenares de visitas que buscaban desesperados un milagro. Todo el mundo se lanzaba a los brazos del engendro, dejando atrás sus enfermedades y penurias. Desde reumas hasta hernias, pasando por incontinencias urinarias, infertilidades o fracturas óseas encontraban su cura. También había hueco para sanar fobias variopintas, olor de pies, calvicies galopantes, el mal de amores e incluso la pereza crónica.

En unos días se formaron colas kilométricas para visitar al chico. En vista del éxito, la familia decidió dar al asunto un tinte lucrativo. Los visitantes inundaban con billetes y joyas el cepillo, compraban enloquecidos estampas con la imagen divina del monstruo, además de camisetas, lapiceros, ceniceros, encendedores, tazas, libretas, llaveros y otros trastos inútiles. El modesto cortijo dio paso a un opulento palacio y los padres de Bartolo tomaron el gusto por ampliar horizontes. Entretanto, el muchacho trabajaba a destajo, aunque por las noches se permitía ciertas licencias, como la de engullir barras y barras de mortadela o la de redimir a rameras de su equivocado camino.

Tras un año de viaje, los padres de Bartolo regresaron a su hogar para recabar un poco más de presupuesto y, secundariamente, comprobar que el negocio –y por ende su hijo– continuara bien. Al llegar encontraron a la gente alterada y enfurecida, tampoco había rastro de Bartolo. Una procesión compuesta por cientos de personas ataviadas con batas blancas discurría hacia el monte. Los padres de Bartolo corrieron hacia la cima entre insultos y zarandeos. En la cima, un par de prostitutas lloraban al lado de la cruz de la que colgaba el cuerpo de Bartolo. En lo alto relucía una placa que rezaba I.N.R.I.F.: Imbécil, Nunca Retes a la Industria Farmacéutica. Los padres de Bartolo exigieron hablar con el responsable. Un tipo, vestido de traje y armado con cabás, se presentó. A continuación de una tensa negociación, firmaron el acuerdo, bajaron de la cruz a Bartolo y una ambulancia lo trasladó urgentemente a un hospital.

Unos meses más tarde, Bartolo regresó a casa radiante: dentadura nueva, implante de pelo, cirugías estéticas y plásticas varías, rinoplastia, aumento de pene y pecho… Por contra, su divinidad se había secado. Restablecido y alegre, con el dinero que sus padres no habían dilapidado aún, montó un negocio familiar honrado, algo con lo que verdaderamente pasar inadvertido: especulación y blanqueo de capitales. Y así, Bartolo se convirtió en uno más, y junto con sus padres fueron por siempre felices.

Segundo Premio del concurso de Verano de Abretelibro.


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Fuentes de Inspiración:

Parca Miseria – Albatross (relato).
La Vida De Brian (película).
Sin Noticias De Gurb – Eduardo Mendoza (libro).
Amanece Que No Es Poco – José Luis Cuerda (película).
Relatos

Sangre Roja

El día que los periódicos anunciaron el asesinato de su padre, Anna sintió una mezcla de tristeza y alivio. Era cuestión de tiempo que encontraran su escondite y lo liquidaran, tal y como habían hecho con tantos otros disidentes. Al despedirse por última vez, su padre le rogó desconsolado que le perdonara por haberla traído a este mundo. Era todavía una niña cuando Anna tuvo que escapar de su tierra y atravesar el crudo invierno tentando a la suerte. Desde entonces, había hecho de la huida su forma de vida. En un país distinto cada vez había dado cuenta de los atentados y suicidios que habían acabado con el resto de su familia.

Trataba de no arraigarse en demasía a las ciudades a las que llegaba. No solía entablar más relación de la necesaria para subsistir. Sólo con los enlaces que la cobijaban se permitía una palabra de más, pero, con el tiempo, Anna constató que cuanto más se alejaba de su tierra, los contactos se volvían menos fiables. En un par de ocasiones había desaparecido en medio de la noche a punto de ser entregada por un supuesto compañero. De esta forma, Anna creyó que era hora de comenzar a vivir y Florencia, donde se encontraba escondida desde hacía un par de semanas, parecía una ciudad idónea. La pareja de ancianos que la había hospedado en la ciudad aprobó la idea. Conocedor de sus prácticas, el anciano le comentó que el Régimen perseguía a los familiares de sus enemigos para suscitar su entrega, por lo que Anna, con su padre asesinado, no debía tener miedo. A fin de cuentas, no era más que una joven desterrada sin indicios de haber sido nunca una amenaza.


Por intermediación de la pareja, Anna comenzó a trabajar en casa de los Fallaci, una familia acomodada y con arraigo en la región. A pesar de que su nombre y acento delataban su procedencia, ningún Fallaci le preguntó cómo había llegado hasta Florencia. El trato de los señores era respetuoso y se limitaba a que la muchacha se sintiera cómoda. Por la mañana, Anna se encargaba de las tareas de la casa, donde destacaba su mano para remendar los vestidos de la señora. Por la tarde bajaba a despachar en el comercio que la familia tenía en los bajos del edificio. En él se suministraban alimentos de la zona minuciosamente seleccionados por el señor Fallaci. Anna disfrutaba de su cometido, pues gozaba de la confianza del señor, que la dejaba sola a cargo del turno vespertino. También palpaba el cariño de los vecinos, sentimiento que le había sido negado durante años.

En cambio, Anna todavía era reticente a crear lazos más allá de los laborales. Antes de oscurecer, cuando cerraba el negocio, regresaba sin más demora a su nuevo hogar. Si aún quedaba luz, paseaba con los dos canes de la familia por la vera del río, entregándose a sus pensamientos. Por su pálida tez surcaban las lágrimas al ver su soledad reflejada en las aguas cristalinas.
Cuando Igor entró al comercio de los Fallaci por primera vez, Anna tuvo la certeza de que su vida estaba a punto de dar un vuelco. El joven se zambulló en los estantes contemplando las viandas como si se tratasen de verdaderas obras de museo. Desde el mostrador, Anna vigilaba cada uno de sus movimientos mientras despachaba acelerada al resto de clientes. Tras haber finalizado con ellos, Igor se acercó hacia la joven provocándole un cosquilleo que recorrió todo su cuerpo.

–Perdona, ¿tienes pecorinoy un poco de orégano? –preguntó el joven. Anna se estremeció al comprobar que el italiano de aquel desconocido se entrelazaba con el acento de su tierra.
–Sí, enseguida –le respondió, intentando ocultar que el pulso estaba a punto de salirle por la boca. La muchacha percibió cómo la desnudaba con la mirada mientras preparaba el pedido. Le resultaba divertido aquel juego que le reconciliaba con su intimidad.
–Me llamo Igor.
–Encantada, aquí tiene su  pedido. Gracias –le contestó Anna cortante.

A pesar de la decepción por la respuesta, Igor volvía al comercio cada vez con más frecuencia. Anna, por su parte, continuaba obsequiándole con su frialdad, pero una hoguera prendía en su interior con una intensidad que cada vez le resultaba más complicada de disimular.

Una tarde de primavera el sol aún brillaba cuando Anna salió a pasear con los perros a la vera del río. Igor surcaba cada ola de su mar de pensamientos y quizá, pensó, era el momento de rendirse a los deseos que durante tanto tiempo había reprimido. De repente, se percató de que alguien la observaba desde el otro lado del río. Allí se encontraba la inconfundible estampa de Igor, a la que Anna se dirigió desbocada. Una corriente de pasión y nerviosismo corría ferviente por sus venas. No sabía bien qué decirle, ni cómo debía actuar, sólo se dejaba guiar por el delirio. Cuando llegó hasta él, le acarició la cara para comprobar si era real y lo besó como si fuese el último segundo de su vida. A Igor, el atrevimiento de la joven le pilló desprevenido. Después de visitarla día a día, después de cientos de inocuas respuestas, después de seguirla durante un sinfín de tardes, después de todo, se había quedado prendada de él.

En cada encuentro entre ambos, Ana se vaciaba por completo relatando los pormenores de sus años de silencio. Igor la apremiaba con su comprensión, con su pecho abierto para secar las lágrimas. Al echar la persiana del comercio, se entregaban a la pasión con furia y generosidad. Todo se asemejaba a un cuento de hadas de la vieja Rusia, en el que el rojo es el color de la sangre.
–Gran trabajo, Kirov, aunque yo de ti vigilaría el cuello. Si en el Kremlin supieran que andas con la hija de Vrotsky, el siguiente serías tú. Y bien, ¿dices que no sabe nada?
–Así es, Nikolaev. Sólo conoce la versión oficial, piensa que su padre murió asesinado–contestó Igor–. No tiene contacto con Vrotsky, ni con ninguno de los suyos.
–Esa maldita cucaracha nos está haciendo perder demasiado tiempo –bramó Nikolaev–. Acaba con ella, Kirov, yo avisaré a Moscú para que la noticia llegue a todos los rincones del mundo. Hazlo rápido, no quiero más sobresaltos.
–Esta misma tarde lo haré –confirmó Igor impasible.
Cuando reunió el valor suficiente para cargar el arma con dos balas, las lágrimas que Igor Kirov había derramado sobre el retrato ya se habían secado. En él se veía a Anna con los perros de la familia Fallaci, tratando de esbozar una sonrisa que nunca más podría volver a ver. El mismo Igor había tomado la fotografía en uno de sus innumerables paseos de la mano por el río, en uno de los momentos donde dejaban volar la felicidad. Juntos habían creído en el amor, desafiando a los cuentos de la vieja Rusia, en los que al final el amor resulta siempre una quimera.

Nada más verlo entrar en la tienda, Anna contempló los ojos de un hombre distinto del que se había enamorado. A diferencia de su gesto cautivador habitual, el rostro de Igor reflejaba una seriedad aterradora. Se dirigió a la muchacha callado, esforzándose en acentuar el eco de sus pasos.

–Anna, tienes que venir conmigo ahora.
–No puedo Igor, aún me queda un rato –contestó nerviosa–. Te noto muy extraño, ¿qué te ocurre?

Súbitamente, Igor saltó el mostrador, la rodeó con los brazos, la levantó y salió con ella de la tienda. Anna quiso gritar, pero las manos de Igor tapaban su boca. No había nadie alrededor que la pudiera socorrer, el joven sicario había esperado el momento preciso. En la puerta les esperaba un coche con un hombre al volante. Después de un par de kilómetros de tensión, junto a un descampado cercano a la estación, Igor pidió al conductor que parara el coche. Cogió a Anna y juntos desaparecieron. Tras unos minutos, dos disparos, espaciados en unos segundos, rompieron el aire de Florencia.

Nikolaev, quien había seguido la escena con recelo desde su coche, se desesperaba, y tras consultar al chófer de Igor Kirov, salió disparado a buscarlo. Sobre el puente de la estación, Igor acariciaba con ternura la foto de Anna cuando sintió el cañón de una pistola posarse sobre su nuca.

–No podía –susurró Igor con un hilo de voz.
–Maldita sea, Kirov, algo me decía que no lo harías.
–Ya no me queda nada. Haz los honores, camarada.

Sin más dilación, Nikolaev apretó el gatillo y arrojó el cuerpo de Igor a las vías del tren. Tal y como le había sucedido con el padre, Nikolaev había fracasado en su misión de acabar con Anna Vrotsky.

Al escuchar el disparo, Anna perdió toda esperanza de reencontrarse con su amado. Durante todo el trayecto, la muchacha lloró desconsolada pensando cómo aquel amor de cuento de hadas se había esfumado entre sus manos, cómo aquel sicario a sueldo del Kremlin la había hecho sentirse viva y cómo después había derramado su sangre por salvarla. Siguiendo el plan que Igor le había explicado antes de despedirse para siempre, se bajó en la parada indicada, un pequeño pueblo de los Alpes, donde la esperaban para, de nuevo, emprender rumbo al ostracismo.

Relato Presentado al concurso (no oficial) de Mayo de Abretelibro.


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Fuentes de Inspiración:

Leon Trotsky (político soviético).
Gran Purga (represión soviética de 1936-1956).
Iván – La Polla Records (canción).
Nikolai – Seiskafés (canción).
Relatos

Luz Entre La Sombra

Envuelto en la oscuridad de medianoche, sumido en el susurro de la brisa de verano, embriagado por el elixir de la soledad, agarra las sogas para flagelarse la alegría, dejando que el porvenir se desangre hasta la extinción. Su piel rugosa libera placer al palpar el cuero gastado, su mente frágil se colma de alivio al notar el metal oxidado desgarrar dolor. Frunce el ceño y aprieta los dientes para sofocar esa sensación abrasiva que tan solo él es capaz de aguantar.

Desgrana la pena en recuerdos empolvados y esperanzas marchitas. Airea en murmullos entrecortados la angustia que lleva clavada en el alma. “No hay mayor desgracia que la que Dios me ha dado a sufrir. No hay mayor desgraciado que yo”, cavila acelerado.

El sudor empapa las arrugas que brotan de la frente, calando la camisa acartonada y los pantalones desechos que cubren una mustia desnudez. Sus ojos se agitan descontrolados y sus piernas marcan el ritmo de la locura. Los pensamientos corren frenéticamente, reproduciendo y expirándose a cada instante, apuntando hacia una única dirección: la muerte, la única salvación posible.


Con esmero repasa el plan con el que tantas veces ha fantaseado, puliendo hasta el más ínfimo detalle. Acaricia suavemente el filo de un gastado cuchillo, evocando una caricia tierna de cuando aún sabía amar. Ensaya el vaivén que dará con el acero en el pecho. Una larga bocanada recorre sus pulmones mientras siente el mango en su piel. El descanso eterno, la paz ansiada, está a escasos minutos.

Enciende un cigarro y saborea la intensidad del humo de la despedida, imaginando cómo será el día después. Ante él se iluminan portadas de periódico e informativos de televisión relatando su desenlace. Describen cómo fue su vida, incluyendo testimonios de vecinos y curiosos que ensalzan cuán educado y ejemplar había sido. El barrio que le había visto nacer y crecer desprendía incredulidad y consternación. Aquel día, las tabernas brindarían por mantener vivo su recuerdo, en los corrillos no se pronunciaría otro nombre más que el suyo, tampoco se derramaría una lágrima que no fuera por su ausencia, los rezos pedirían por el reposo eterno de su alma, el negro haría olvidar al resto de colores. Las banderas ondearían a media asta, en los campos de fútbol se guardaría un minuto de silencio y se propondría construir una estatua conmemorativa o bautizar con su nombre una avenida comercial, a un nuevo polideportivo o incluso al aeropuerto. “Nunca más seré olvidado”, se dice a sí mismo poseído.

Tras una larga calada, la malicia se posa sobre su sonrisa. Recuerda a sus amigos, aquellos que le han abandonado como si de un perro se tratase, arrastrándolo al filo de este precipicio. Por siempre cargarán con el peso del remordimiento hasta verse abocados a las llamas del mismo infierno. Disfruta fantaseando con sus rostros desencajados ante su féretro, con el sentimiento de culpa cortándoles la respiración, secándoles la garganta, quemándoles las entrañas, reventándoles el pulso. “Que ardan sus conciencias con mi presencia grabada como único testigo”, brama enfurecido.

En un instante de súbita decisión sostiene el arma con ambas manos. Sereno, esconde sus ojos, mostrando unos párpados de tonalidades moradas. En su interior, una vela va menguando su luz entregándose a las sombras. Resopla y mueve los brazos hasta formar un ángulo recto con la espalda. Apresuradamente, impulsa el movimiento que apunta al corazón. El golpe resulta sordo, su cuerpo vibra con violencia y el aliento escapa anhelando libertad.

Al abrir los ojos vislumbra sus manos temblorosas fundirse con sus costillas, sin que el acero ni la sangre se hayan llegado a unir, sin que la muerte haya sido capaz de apagar por completo su vela. Alza la mirada y descubre el reflejo de la luna brillar sobre el cuchillo tirado en el suelo. Aún aturdido, alcanza a escuchar un leve gruñido que viene de la puerta, dejando tras él unos pasos que se alejan inquietando al silencio.

La adrenalina fluye ferviente por sus venas, el pálpito aúlla por salir del pecho y el aire entra y sale disparado sin parar. Como un resorte, sale desbocado en busca del imprevisto salvador. La rabia, el odio y la tristeza se han extinguido, y el alma trepa a tientas por la liana de la vida. Bajando las últimas escaleras atisba una figura sinuosa que reposa bañada por el resplandor de las farolas. Ella, mujer de cabellos dorados, esbelta figura y carita de armonía, cubierta por un vestido blanco. Ella, la vida entre la muerte, la alegría entre la pena, la caricia entre la cuchillada. Ella, la luz entre la sombra.

Sin poder articular palabra, se acerca torpemente hasta su posición, sacudiéndose el miedo con una sonrisa que rápido encuentra complicidad en un gesto dulce. Un beso florece de sus labios cortados, ansiando reposar en aquel rostro de terciopelo. Mueve las piernas con pausa para saborear el cúmulo de sentimientos que recorre su piel. Uno de ellos, la alegría, había sido desterrado hace años de su elenco. En su interior, la vela ha dado paso a una hoguera que abrasa y ciega.

Nada más degustar el arrebatador perfume que desprende su salvadora, instintivamente le propina un violento empujón desplazándola varios metros hacia atrás. Un estruendo que quiebra la noche lo despoja de consciencia y sus huesos dan contra el suelo. Un río de sangre y lágrimas discurre por la calle apagando paulatinamente cualquier atisbo de luz.
Familiares y amigos del difunto reciben la noticia del infortunio con sorpresa. Junto a su cuerpo, comparten pena y palabras vacías de recuerdo. “No somos nadie. Estaba en la flor de la vida“, murmuran. Ya no habrá cargos de conciencia entre aquellos que le abandonaron, tal y como había planeado en un principio, ni su voz retumbará amenazante en sus memorias. Sólo un frágil lamento por esa maceta que reclamaba no alterar el destino. La ignorancia combinada con el tiempo es una droga tan sutil que resulta imposible diferenciar la sobredosis de su extrema necesidad.

Tras dar el último adiós, todos se disponen a retornar a rutinas que no incluyen tiempo para pensar. Repentinamente, las nubes ahogan el sol, tiñendo el cielo de tinieblas. Una aparición luminosa levanta incesantes cuchicheos entre los rezagados. Vestida de blanco radiante, aquella mujer de suaves facciones esquiva miradas camino al reencuentro a quien había salvado de la muerte y después había muerto en sus brazos evitando que ella corriera su suerte final.

Se aferra junto a la lápida, descubriendo nombre y apellidos, y susurra emocionada. “Escapaste de entre la sombras para convertirte en luz”.

Dedicado con cariño a mi buen amigo Pito Espí.



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Fuentes de Inspiración:

El Último Pecado – Los Suaves (canción).
Siempre Igual – Los Suaves (canción).
Muerte Ven – Tahúres Zurdos (canción).
Relatos

Delirios De Estraperlo

Una noche más, te encontré sumergida en la serenidad de mis sábanas. Desnuda, yacías en la guarida que nuestra pasión había ido forjando, un punto de encuentro para caminos divergentes, una manera de callar a la rutina y dar voz al placer. Allí los pesares desaparecían hasta el momento en que fuera consciente de que volveríamos a separarnos. Aquella noche, perdóname, llegué más tarde de lo habitual y para entonces el sueño se me había adelantado en tu conquista.
En silencio, me posé a tu lado y vislumbré cómo rincones de tu frágil cuerpo se asomaban para el disfrute de estos ojos de tonalidades lascivas. El destello de farolas hacía brillar tus muslos, los que con su penumbra esconden tu fruto prohibido, mi único alimento. Tu espalda, esa pradera infinita de suave tacto, reposaba curvada a la espera del frenesí de mis dedos. Aunque dormida, no podías borrar de tu rostro la ansiedad con la que anhelabas dejarte llevar por el más feroz de mis instintos, ése que ahoga mi angustia y desata tu bienestar. Tu boca entreabierta confiaba en prender la yesca que envuelve mis entrañas, avivando el calor que ferviente correría por mis venas. Aunque callada, tu actitud desafiante me pedía a gritos fenecer arrollada por el tren que mis caderas debían impulsar, ese que silba al entrar y salir del túnel, ese que espira blanca niebla al llegar a tu estación.

A diferencia de otras veces, no enloquecí mientras me quitaba la ropa. Enjaulé al animal que desea devorarte sin compasión y liberé a ese otro desconocido que sobrevuela tus carnes desplegando un batir majestuoso. Quería conquistar los paraísos que aún desconocía del mapa de tu cuerpo, surcarte sin que apenas pudieras notar el balanceo de las olas. Quería encontrar el reposo sobre tu vientre liso, enredarme entre el pelirrojo de tus cabellos, escalar tus pechos tiernos sin temor a caerme, divisarte sedosa desde tus afilados pezones, barrer tus muslos con mi saliva y después saciar mi sed en tus labios, los de arriba y los de abajo, perderme entre tus nalgas firmes, bailar sobre las plantas de tus pies, bañarme en la humedad que emana de tu poza, cubrir a tu cuello con los impulsos de mi lengua, hacer de tu ombligo mi nido y abrigarme con el fuego que habita tu piel.
Esa noche me vacié por desvanecer a tus sentidos, me desviví por exprimir uno a uno tus deseos, me desangré para que hacerte el amor fuese pura poesía.
Sé que lo sentiste. Sé que en algún momento saltaste de tu sueño a mi delirio. Tus piernas comenzaron a temblar con el deslizar de mi sexo impetuoso, tus ojos se nublaron al son de mis respiraciones aceleradas, una capa de sudor nos fundió en un mismo ser. El silencio se teñía de dulces gemidos y del relinchar de ese viejo somier. La pared proyectaba una película de sombras que batallaban enzarzadas en movimientos salvajes. La explosión estaba cerca, pero seguías aparentando que aquello no era del mundo real.
Empapado de placer y embriagado de la más sublime de las sensaciones, alojé mis agotados huesos cerca de los tuyos. Clavé mis ojos en tu sonrisa reparadora y deje caer por ella un beso profundo que distrajo a las agujas del reloj por un instante que pareció infinito. Me incorporé para vestir a mi desnudez. Encima de la mesa encontré el sobre que cada noche solías darme en mano. Dentro de él descubrí un cheque que rezaba mi nombre, tu firma desgarbada y una cantidad que debía fijar como recompensa a los servicios prestados. No lo hice. Contemplé por última vez tu cuerpo y sentí cómo la emoción se convertía en lágrima. En el dorso del papel te escribí con torpe caligrafía: En ocasiones, los deseos no deben despertar de su letargo, pues sólo allí se hacen realidad. En el mío, mi amor duerme a tu espera.


Relatos

Pasiva Complicidad

Siempre sospeché que la vida era un engaño. Ahora que voy por los seis años, puedo constatar que las sospechas se han convertido en realidad.
Con rabia e impotencia doy cuenta de que estos pasos son los últimos, de que la muerte pasea desafiante tras la puerta, de que el verdugo se muestra sin careta ni pena. No hay posibilidad de huir de esta cárcel, ni valentía para organizar un motín, sólo el deseo de que llegue el momento y que el primer balazo sea el certero. Irremediablemente ellos son los dueños del todo, rescribieron las leyes para erigirse en la cúspide y condenarnos a los demás a la esclavitud, a entregarnos como su alimento y su sustento, a ser un producto pegado a un precio y un código de barras.

Recuerdo a mi madre, su calor en las noches de frío, los paseos a su lado sobre el verde de los campos, el blanco de las nubes que como manchas pululaban por el azul del cielo. Recuerdo a mis hermanas mayores, su cariño y protección, al aire puro que extrañan mis pulmones, al agua fresca que dejó de correr por mi boca y al silencio que dejé de escuchar. Mi padre no sé cuál de todos fue, ni tan siquiera si llegó a conocerme o si por un casual pudo reconocerme. Fui feliz hasta aquella mañana de lluvia que ellos tiñeron de horror. No olvido la fuerza de las garras con las que me arrancaron de mi tierra, con las que cortaron mis raíces. A través de sus rejas conocí el progreso, un camino de alquitrán que conducía a un paraíso triste cubierto de nubes grises. Nada más llegar, me condujeron a mi nuevo hogar, un cercado de suciedad y hedor, relegando a la libertad a ser un mero anhelo.
Al poco tiempo mi cuerpo comenzó a hincharse y las atenciones hacia mí se multiplicaron. Notaba cómo una vida emanaba dentro de mí, una oportunidad de brindar el amor del que había sido privada. Tras horas de sufrimiento, escuálida y aturdida hizo su bienvenida al mundo mi cría. Vi sus pequeños ojos y en los míos una lágrima floreció. Brotó en mi una emoción burbujeante, un estallido de alegría, una ternura con la que necesitaba cubrirla. Aún exhausta por el esfuerzo, me acerqué despacio hasta ella. Fue entonces cuando de nuevo volví a sentir aquellas garras con las que me arrancaron otra vez, separándome por siempre de mi fruto, privándome de criarla de la misma forma que mi madre hizo conmigo y apresándome con cadenas que colgaban de mis tetas. Mi espacio se hizo todavía más pequeño, el cercado no me dejaba tan siquiera ya moverme. A izquierda y derecha habían otras como yo, exprimidas sin descanso, con la mirada perdida y el destino vacío. Habían abrazado a la resignación, habían abandonado a la esperanza, no eran más que muertos en el reino de los vivos.
No recuerdo el momento preciso, pero yo también me convertí poco a poco en un cadáver en vida más. El automatismo de ser ordeñada y engullir pienso sólo era interrumpido para notar el punzón de una aguja atravesarme o para sentir unas garras suaves palparme el lomo. En un alarde de lucidez, caí en la cuenta de que si comía menos, mis ubres daban menos leche. Valiente emprendí la huelga e intenté convencer al resto de la granja para que hiciera lo mismo. Caso error, nadie me siguió, ni tan siquiera sé si alguien me entendió. Ellos, por su parte, afilaron sus garras para que desistiera. Me abandoné a su voluntad, a obsequiarles con la leche destinada a amamantar a mis crías, a seguir pariendo crías sin madre para engordar sus frigoríficos y sus bolsillos. Todavía tenemos que agradecer nuestra suerte, me dijo la más longeva de todas, pues a nosotras no se nos llevan siendo terneras. El único aliciente que quedaba era adivinar cómo sería aquel lugar, cuándo te convertirías definitivamente en inservible para ellos. De esta forma, el resto de mi estancia pasó rápido. El no pensar te libera de sentir, por eso los muertos se vuelven insensibles al sufrimiento.
Ahora, colgada en el aire de una pata, con la cabeza mal tiroteada, con el cuello a medio abrir, desangrándome el pensamiento, veo el camino al resplandor iluminarse y a uno de los vuestros sumergirse cobarde en la oscuridad. Sólo puedo desear que por mis salchichas y hamburguesas de tenderete barato corra el fuego, el miedo y la angustia, que mi cuero se pudra antes de abrigar al cómplice y que mi leche no sacie a los hijos de la pasividad.

Relatos

Pantaleón y Las Visitadoras – Mario Vargas Llosa

Perdido entre un mar de libros que algún coleccionista descartó de su armario, me topé con la oportunidad de estrenarme con Mario Vargas Llosa, todo un Premio Nobel de Literatura, lo cual ya de primeras impresiona y hasta llega a asustar. Pantaleón y Las Visitadorasnos remonta a mayo de 1973, donde el floreciente escritor desempolva su pluma apuntando directamente al Ejército peruano y su abastecimiento de prostitutas. Todo un entramado mordaz de enredos moralistas, rencillas familiares, secretos y mentiras, e idas y venidas de los principales entorchados militares. Un relato basado en la propia experiencia del autor, durante sus viajes a la selva peruana entre 1958 y 1964.

 
De primeras, una marabunta en forma de conversaciones entrecruzadas descubre un estilo muy diferenciado a la narrativa usual, lo cual hace de los primeros pasajes del libro toda una aventura tediosa a la que se resiste la posibilidad de encontrar luz. En este sentido, Vargas Llosa se prodiga con una amalgama de recursos que van desde las conversaciones citadas, pasando por cartas formales, radiaciones de locutores, documentación oficiosa y pequeños estribos narrativos. Tras lidiar con el sello pesado de los primeros capítulos, el lector conseguirá hacerse con el hilo argumental sin problemas.
El argumento arranca con la oferta al general Pantaleón Pantoja de encargarse de formar un equipo de visitadoras, prostitutas, estimulando así el trabajo de las bases del Ejército en la Amazonía. El fin, mejorar el rendimiento de las tropas como pretexto formal, y reducir el número de violaciones, como pretexto informal. Aunque con recelo, el general Pantoja acepta la afrenta con secretismo, extendiéndose rápidamente el éxito del servicio, a la vez que la involucración de éste. Conforme avanza los capítulos vislumbramos el trazando de un camino que indiscutiblemente llevará a la ruina a ambas secciones. Por otro lado, el mensaje de una nueva congregación religiosa, los hermanos del Arca, va tomando fuerza, así como el fanatismo desbocado entre sus fieles. Entre tanto suceden divertidas escenas esculpidas con punzón afilado, sin derramar gota de sangre.
A medida que se van destapando secretos y apariencias, la voz de las calles, envenenada por el interés de los medios de comunicación y la falsa ética, clama con una ventolera de críticas que consigue enterrar el servicio de visitadoras, así como la carrera del general Pantoja. Una vez dicho esto, queda hacerse la pregunta mágica. ¿Vale un sinfín de violaciones el silencio mediático que mantenga el buen honor del Ejército? ¿Hasta qué punto las apariencias dictan los designios del quiénes somos y a dónde vamos?
Historia distante a nuestro tiempo, en buena medida gracias al avance educativo de la sociedad, pero preguntas que todavía guardan una clara resonancia con estos tiempos. En definitiva una obra entretenida, distinta, rebosante de ironía y personajes variopintos, que a buen seguro merece una relectura que ayude a vislumbrar todos esos rincones que de pasada permanecieron ocultos.
Reseñar, por último, las dos adaptaciones cinematográficas de la obra. La primera española, de 1975, con la participación de José Sacristán como protagonista, y el propio Vargas Llosa en las labores de dirección. Una versión muy criticada, hasta tal punto que Vargas Llosa declararía recientemente: “es una película que no hay que ver de ninguna manera, que si se cruza en su camino y ustedes me tienen en alguna estima, por favor no vean, porque además actúo. Es una película espantosamente mala y todo es culpa mía“. La segunda, por el contrario, fue rodada en 1999 con la dirección del peruano Francisco Lombardi, obteniendo esta vez una notable crítica.

 

 
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Ficha Técnica:
Título: Pantaleón y Las Visitadoras.
Autor: Mario Vargas Llosa.
Páginas: 309.
Editado por: Seix Barral.
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Frenéticos Desconciertos

Frenética Confusión
De nuevo rechazado y abandonado, decidí acudir solo a aquel garito perdido por un mar de calles desiertas de un polígono industrial a medianoche. Un grupo de jóvenes que sorbían una litrona en las escaleras me puso en sobreaviso de que ése debía ser el lugar del concierto. Nada más entrar me di cuenta del error. Las banderas que colgaban de las paredes estaban repletas de águilas bicéfalas, cruces celtas y demás parafernalia completamente opuesta a la que yo estaba acostumbrado. Entre el gentío que abarrotaba la sala predominaba el pelo rapado, las botas militares y algún que otro tirante. Por suerte, nadie dio cuenta de mi confusión. Tenía que salir de allí antes de que mi miedo llegara a alguna de aquellas narices afiladas.
En ese momento, un cuarteto armado de guitarras, bajo y batería saltó al escenario brazo en alto al son de un himno indescifrable que el gentío berreó mientras correspondían al saludo. Enfilé mi rumbo hacia la salida, pero un tipo del tamaño de un armario ropero me agarró y tiró de mi brazo derecho hacia arriba reprobando mi desconcierto. No tenía más opción que aparentar si pretendía salir de allí de una pieza. En acabar el himno, el batería dio una fuerte sacudida a la caja y noté como un violento impulso me empujaba al centro de la sala, donde aquellos skins se cobraban golpes animales. Intenté zafarme, apartarme de allí, pero en uno de los violentos movimientos mi chaqueta se abrió y apareció mi casaca de Reincidentes, que desgatada lucía la hoz y el martillo.
Como un resorte cerré la chaqueta confiando en que nadie se hubiera percatado. A mi derecha un individuo susurraba a otro mientras me señalaba con un semblante poco amistoso. En un acto felino entré por una puerta que conducía a una habitación oscura, consiguiendo atrancarla. La infernal música dejó de sonar y los golpes contra la madera se multiplicaron hasta que la puerta se vino abajo. Milagrosamente, en el último instante, encontré una ventana que reventar y conseguí salir justo a la misma calle donde mi coche me esperaba. Con el corazón a punto de explotar pude ver a través del retrovisor cómo varios de ellos corrían inútilmente tras de mí.
De nuevo rechazado y abandonado, maldije mi suerte y a los caprichos del rocanrol.
Frenético Amor
Perdido entre un mar de crestas, cadenas de pinchos metálicos y correajes de canes la conocí y, acto seguido, me enamoré. Ella escupía rabia a través de sus cuerdas vocales, agitándose violentamente por acción de riffs sangrantes y melodías crudas. Su aspecto se movía entre lo grotesco y lo salvaje, lo siniestro y la sensualidad, el infierno y el cielo. Su despellejada camiseta dejaba entrever la bondad de una curva que un pezón rígido y oscuro vislumbraba desde la cima. Sus finas piernas se ocultaban en unas botas negras que suspiraba arrancar y su falda corta de estampados animales sugería unos labios que deseaba comer.
Sin darme cuenta, el concierto había llegado al descanso. Ella, junto al resto de fieras que hacían de instrumentistas, desapareció del escenario. Aproveché la tregua para amorrarme al pilón y hacer desaparecer una sequedad que no me dejaba apenas balbucear. Busqué mi rostro en un espejo sucio y partido, encontrando en él el impulso y el descaro que necesitaba mi afrenta.
Regresé entre el embriagado tumulto mientras ella se posaba de nuevo junto al micrófono. En ese instante clavó sus ojos en mí y me regaló una leve sacudida con la lengua que incendió mis bajos, hundiéndome en una ardiente fantasía que ya alcanzaba la realidad. Se retorcía en el escenario a la par que nublaba la vista dejándose llevar por el placer que alumbraba su cara. Noté cómo la humedad corría ya por mi entrepierna, cómo la manguera luchaba contra el fuego descontrolado. Sin previo aviso, sus dedos revestidos de cuero me invitaban a subir al escenario.
Postrado a su izquierda, contemplé de cerca aquel delgado, frágil y ya semidesnudo cuerpo que no paraba de incitarme a la locura. El ruido de las guitarras y el estallido de la batería resultaba un hilo angelical para nuestro amor floreciente. Los latigazos sangrantes de la voz de mi amada eran susurros lascivos, enfermizos, para mi ser. Me tendió la mano, invitándome a adentrarme en el mar de sus deseos. Descubrí que sentía una desmesurada ternura por nuestra relación, que su sangre corría impaciente por hacerse dueña de mi piel, que ansiaba posar su puntiaguda cabellera rojiza en mi pecho mientras contemplábamos desnudos cómo aparecía y desaparecía la luna, que suspiraba por amamantar a unos hijos que también serían los míos y que siempre pregonaría a los cuatro vientos que lo nuestro sería inagotable como el fuego de esta primera pasión.
Súbitamente la música se detuvo y mi nube esponjosa se deshizo en polvo oscuro. Mi chica empuñaba el micrófono gritando “Cerdo, baboso, tu merecido está cerca”, mientras todos los presentes coreaban el estribillo de la canción más emblemática de aquel grupo de punk hembrista. Como un resorte abandoné a mi amada y corrí hacia la salida, no sin antes recibir una somanta de tortas, empujones, insultos, amenazas, patadas, botellazos, silbidos, escupitajos, pinchazos y algún que otro tirón de pelo en respuesta a mi atrevida conquista.
A pesar de la humillación recibida, a pesar de que ella me hubiese utilizado para exhibirme como un cerdo baboso, a pesar de los castigos físicos, mis sentimientos se mantenían intactos y estaba convencido de que nuestro amor limpio y puro se impondría por encima de todo. Estaba dispuesto a perdonarla, a empezar de nuevo, a olvidar el tortuoso incidente, a hacer de ella mi inseparable luz del camino y a hacer de mí su fiel escudero. Me hice un hueco en la acera, encendí un cigarro que con furia fui exprimiendo y aguardé paciente un reencuentro que, cómo supuse, nunca tuvo lugar.
No pierdo la esperanza, pero sí la vida en cada bocanada.


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Fuentes de Inspiración:
Me Gusta Ser Una Zorra – Las Vulpess (canción).
Juegos Ocultos – Barricada (canción).
La Chica Del Batzoki – Betagarri (canción).
Soy Una Punk – Aerolíneas Federales (canción).
Relatos

El Cajón De Las Pasiones

Invisibles para la mirada superficial, se reservan sus encantos para el sexo humeante. Concebidas para un arrebato de placer solitario, te seducen desde la esquina de un borrón ficticio. Hijas del fulgor hecho suspiro y la vesania ebria de lucidez, se retuercen caprichosas como la más puta de todas las doncellas, enigmáticas como la más estrecha de las plebeyas, sólo reales en un cajón que nadie cercó de fronteras. Un rincón que embriaga a cloaca y apesta a elegancia, con tacto de lija y envoltura de seda. Una guarida engalanada por los remates anárquicos y un orden que reina despiadado, donde los contrastes dan sentido a la vida y la muerte luce con alegría, de oscuridad al amanecer y madrugadas de claridad, de sombras que se tornan color y tintes que en tiniebla nacen. En ese demencial agujero, veo brotar la salida hacia mí y la entrada hacía ellas, noto cómo escapa el terciopelo y cómo se queda la aspereza. Allí, juego a domar el sueño y hacer salvaje la realidad, ironizo con lo falso  y me sobrecoge lo que cuentan que es verdad, trato de adivinar lo que algún día fue y a teñir de cierto lo que nunca vendrá.
Al notar la primera luz del día, me empujan sin compasión para que talle el refugio que siempre habitarán. Me disparan hasta que les funda en mi embrujo, me fuerzan a recorrer sus cuerpos desnudos tratando de excitarlas, a que susurre disparates que las calienten, a que las adorne con lentejuelas y espejos, a que las enloquezca a la espera, a que las torture con ternura. Te incitan a la demencia voraz, te sumergen en la emoción clandestina, te persiguen hasta situarte en esa estrecha línea que separa la plenitud del vacío. Al borde del filo, se masturban hasta extraer del amor una cuchillada y del odio una caricia, gimen desbocadas al encontrar un equilibrio que no se sostiene y un descontrol que sucede a la perfección, y terminan por explotar en un alarido cortante si se ve a la mentira disfrazada de verdad y a la realidad en cueros mostrando lo irracional.
Trago saliva, respiro hondo y le entrego cautivo mi mano y mi sudor. Me esfuerzo por ser generoso y no muy pretencioso. Intento que las demás no marchiten, que no encelen a la desespera, que no sientan el abandono forzado, que los grilletes con los que decidí apresarlas no las lastimen. Espero que el polvo que las va sumiendo no las aparte de mi memoria, que el polvo que nos prometimos brindar no sea un trámite más, y que si alguna de ellas ha dejado de ser pura, encañone a una de las santas y se cuelgue la aureola de virgen. No quiero saber de su pasado, ni de las plumas que ya la han cepillado, me contenta el engaño de ser el primer y su único amo. Suspiro al dejarme llevar por la elegida y le prometo al oído que será hasta la última consecuencia. En ese momento me siento igual que el esclavo al que los latigazos avivan, como el beso que por ser último se hace eterno y como ella cuando se acuerda de estos labios.
Al final cedo derrotado por el placer, victorioso ante el sufrimiento, exhausto de embustes y hastiado de saber. La repaso con la mirada en silencio mientras reposa en mi pecho. Palpo sus poros todavía líquidos, percibo su respiración acelerada, me derrito ante las curvas imperfectas que mi torpeza lamió, la cabellera que indómita cae con mil reflejos, su culo casi redondeado, sus tetas amoldadas al tamaño de mis dedos, su espalda que sinuosa sugiere amparo, sus labios, los de arriba y los de abajo, que anhelan por el siguiente ímpetu. “No puedo más”, me digo. Me levanto y me visto, me acerco a su cara y conteniendo la emoción le murmullo: “me voy para siempre. Eres libre del cajón de las pasiones”.


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Fuentes de Inspiración:

La Vida Es Bella – Roberto Benigni (película).
Y Sin Embargo – Joaquín Sabina (canción).

Las Musas – La Fuga (canción).
Palomas – D’Callaos (canción).
A La Luz De Una Sonrisa – Gritando En Silencio (canción).
Drip Pop – La Cabra Mecánica
(canción).

Relatos

La Adúltera

Desatado por la adrenalina, aún convaleciente por el esfuerzo de pelvis y glúteos, Juan se ajustaba los pantalones con una torpeza inusual en él. Tras diez años ejerciendo el noble oficio de vendedor de enciclopedias a domicilio, por fin había logrado experimentar en primera persona la fantasía por excelencia de todo buen profesional del sector. No sólo los vendedores, sino también los butaneros, los repartidores, los revisores del agua, los electricistas, los fontaneros, los instaladores de aire acondicionado, los mecánicos de televisores y hasta los testigos de Jehová han soñado alguna vez con quedar atrapados bajo las sabanas de alguna clienta en un efímero y placentero suspiro de lascivia. Sólo unos pocos eran los elegidos para romper la rutina del puerta a puerta, del rechazo en rechazo, para encontrar una respuesta de calor y pasión a una indecente e inocente proposición. Ahora Juan era uno de ellos.
Sus movimientos rápidos e inconexos, tratando de ajustarse la camisa a la vez que los zapatos, eran observados con diversión por su efímera, y ya extinta, amante, la cual yacía desnuda sobre la cama. Sus carnes caían onduladas por todo su cuerpo rosado, mostrando la salvaje naturaleza de una señora de las que se dice de bien, de las que aguardan las distancias con pudor y se distinguen por el saber estar en sociedad. Pero, de las que muerden y aúllan en distancias sólo salvables por la piel. Ya vestido e incorporado, Juan se acercaba con sigilo al borde del lecho para despedirse definitivamente, cuando ésta instintivamente saltó poseída.
–¡Es el ascensor!– bramó alertada por el traqueteo del motor–. Mi marido está a punto de llegar. Sal corriendo y entretenlo con alguna paparruchada mientras me visto.
El rostro de Juan se tornó súbitamente pálido y con un sonido entrecortado salió disparado del dormitorio en busca de la puerta. Nada más salir de la casa, su corazón se paralizó ante el señor que salía del ascensor. Su aspecto era imponente, formal, en contraposición a su alegre semblante.
–Buenos días– dijo mostrando una sonrisa reparadora.
–Buenos días– contestó apresurado Juan–. Esto… ¿por un casual no le gustaría adquirir una enciclopedia Larousse? Puede pagar a cómodos plazos y le regalaríamos una colección completa de videos acerca de la reproducción de mamíferos, aves y peces, además de un televisor que lleva incorporado un sistema de lectura de videos.
–Una oferta tentadora, no se crea. Pero no, gracias– volvió a sonreír gentilmente el señor–. Por cierto, disculpe la indiscreción, pero debería usted probar a vender esas enciclopedias con la bragueta cerrada.
–Perdóneme, ha sido un descuido– asintió más avergonzado Juan.
–Que pase usted un buen día.
Aquella sonrisa y aquella amabilidad sincera le ardían en la boca del estómago  hasta tal punto de asfixiarle. “Para una vez que pesco, me cortan la caña”, pensaba. Intentaba imaginar cual habría sido la escena posterior a su huida, si el hombre habría sospechado de aquel vendedor nervioso con la cremallera bajada, o si la señora se habría derrumbado al ver de nuevo a su marido. Estaba convencido de que lo había arruinado todo, de que aquella pareja respetable sería la comidilla de un sinfín de tertulias de la alta esfera. Ella sería despreciada y marginada por su condición de adúltera, y él perdería amistades, posición o incluso el trabajo por su condición de cornudo. En cambio, Juan seguiría rondando portales, amas de casa desprotegidas ante sus encantos, con una alta probabilidad de caer rendido ante oscuros encantos y beber de los rincones prohibidos, desmoronando así más vidas felices. No podía vivir con ese lastre mucho más.
–Padre, le confieso que he tenido relaciones con una mujer casada y que esta situación ha sido fruto de una estratagema planificada durante muchos años de deseo carnal ante toda clienta.
–¡Oh, Dios mío! Has sucumbido ante uno de los pecados más terribles que existen, Juan, el adulterio. ¿Te puedes hacer cargo de lo que eso significa? – preguntó el cura con un aire vengativo.
–Sí, Padre. Soy el culpable de la destrucción de aquella familia distinguida. La señora será desterrada de aquel lujoso palacio, viéndose obligada a practicar la mendicidad, o acogerse a oficios de moral laxa, como María Magdalena. ¡Qué desgracia! Y él, el señor perderá su trabajo y no tendrá más remedio que vivir en cajeros o suicidarse, y todo por mi culpa.
–No seas exagerado Juan. Olvida lo que hiciste y piensa en cómo redimir tu sacrilegio para con Dios.
–Padre, rezaré todos los días los padrenuestros que hagan falta, seré el primero en misa e incluso me puedo convertir en monaguillo, en sacerdote, en obispo o en el mismísimo Papa de Roma si hiciera falta– prometió con voz épica Juan.
–No hace falta llegar a esos estribos. Pero date cuenta que no sólo has ofendido a Dios, sino que has ofendido a los santos, a los ángeles, a los arcángeles, a los profetas, a las vírgenes y hasta el Niño Jesús. Hasta en el infierno dan cuenta de tu desdicha, Juan. Tendrás que esforzarte algo más… –estipula con astucia el párroco.
–Es cierto, Padre. Haré una generosa aportación para las arcas de la Iglesia.
–Muy bien hijo. Cristianos como tú de buen corazón y compromiso ferviente es lo que necesita esta parroquia. Dios te absuelve de todos tus pecados.
A pesar de haberse reconciliado con Dios y, tal vez, con su alma, Juan no dejaba de pensar en aquella pareja rota. Tenía la necesidad de intermediar entre ambas partes, de ser el que curase las heridas, de sostener la ira, la indefensión, la rabia, la decepción, la angustia de ambos, pero a la vez de ser partícipe del perdón, del amor y la calma que reconcilie a los señores. Descartó por razones obvias el acercarse a la señora, pudiendo agravar más si cabe el entuerto. Tras mucho meditar, un rayo de luz clara, una bocanada de aire fresco, se adentró en su cuerpo. Enseguida buscó unos zapatos brillantes y sus mejores galas para salir a la calle.
Una floristería con esencias a naturaleza viva y color de esperanza eterna, fue la primera parada. Una docena de rosas de un rojo intenso y perfume embriagador daban cuenta de la firme voluntad de Juan. Más tarde, encargó a la pastelería más exquisita de la ciudad los bombones más dulces y la envoltura más delicada que un paladar y un tacto hubieran rozado. Su pesar había desaparecido casi tan rápido como los pocos ahorros que le quedaban, limpiando así sus remordimientos a la par que la ilusión de poder salir de la ciudad en vacaciones.
A la entrada de aquel lujoso portal, aguardaba Juan vestido de rigurosa etiqueta, sosteniendo en las manos los pasteles y las flores. Se mostraba seguro, confiado de que volvería a dar aire aquel matrimonio que ahora se retorcía en el abismo. Prácticamente a la misma hora que en la anterior ocasión, apareció aquel señor imponente de radiante sonrisa. Juan se deslizó tranquilamente hacia él, mientras llamaba su atención agitando el ramo de flores.
–Perdone, ¿se acuerda de mí?– preguntó Juan.
–Claro que sí, amigo vendedor de enciclopedias. ¡Qué alegría verle por aquí! No hay quien le reconozca con ese traje tan elegante y además con la cremallera subida– contestó risueño el señor–. ¿Qué se le ofrece?
–Pues verá. Cómo le ha contado su mujer, el otro día mantuvimos relaciones extramatrimoniales…
–¿Perdón? ¿Cómo dice?– interrumpió el hombre sin perder la compostura.
–Verá fue todo un incidente, no fue premeditado, y no creo que hubiera amor, al menos por mi parte… El caso es que sé que usted lo está pasando mal y me había dicho ¿qué puedo hacer yo por usted? Creo, amigo, si me permite la confianza, que no debería darle tanta importancia a estos detalles. Su mujer le quiere, y al fin y al cabo, ¿qué importa lo demás? Por eso le he comprado estos detalles– comentaba Juan mientras le entregaba el ramo y los bombones–, compártalos con ella. Me he tomado la molestia de escribirle una carta. Ya verá como cuando la lea, amigo, todo vuelve a ser como antes.
–Le agradezco el detalle, buen hombre– confirmó el señor–. No hay duda que es usted un caballero y sabe tratar a las mujeres y a sus maridos. Muchas gracias– fundiéndose en un abrazo.
–Muchas gracias Miguel por las rosas y los bombones– le susurra la señora tendida en la cama medio desnuda.
–No hay de qué mi amor– le contesta mientras le tiende un beso en la mejilla el hombre imponente–. No te lo creerás, pero hoy he conocido a uno de tus amantes. No hay duda de que el tiempo no pasa por ti y cada vez los escoges más deficientes a los pobres. El de hoy me ha venido a pedir perdón y me ha dado las rosas y los bombones.
–¡Oh, qué romántico!– cuchichea mientras se retuerce bajo las sabanas–. ¿Y quién de todos era? ¿El ebanista? ¿El frutero? ¿El tendero?
–No, era el vendedor de enciclopedias…
–¡Shh, calla!– brama la señora poseída–. ¡Es el ascensor! Mi marido está a punto de volver, corre vístete, te tienes que ir.
Miguel, el señor imponente, cruza raudo el pasillo mientras acaba de abotonarse la camisa y ajustarse la corbata. Tras sentir en la espalda la puerta cerrar, encuentra a un hombre bajito, arrugado, con un aspecto cansado, bajar del ascensor.
–Buenos días– musita Miguel sin atreverse a mirarle.
–Buenos días– contesta amablemente el señor recién llegado–. ¿Ahora que me vas a vender? ¿Aquella maldita aspiradora? ¿Un descalcificador? ¿O aquel maldito alargador de penes? Sea lo que sea, no te queda ninguna vergüenza, ni a ti, ni a ninguno.



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Fuentes de Inspiración:

Todos Mirando – Barricada (canción).
El Misterio De La Cripta Embrujada – Eduardo Mendoza (obra).

El Laberinto De Las Aceitunas – Eduardo Mendoza (obra).

Relatos

Hasta Entonces, Hasta Nunca

Me siento cobarde al escribirte de nuevo. El fracaso se apodera de mi ser y por una vez resulta más fácil aceptar la derrota que rechazar el engaño. Sé que te he dejado guardada, abandonada a tu suerte y olvidada en un rincón donde no puedo verte y donde sólo el polvo cubre tu tiempo. Aún por terminar, te dejé marchitar mientras te debatías entre lo más sublime que han esculpido estas manos de seda y lo más tosco que ha escupido esta mente enfermiza. Sin ser nada, reservé un hueco para que reposaras eternamente en el paraíso y ahora mendigas clemencia a las puertas del infierno.
Aún caldea en mi memoria la delicadeza de tus delgadas piernas, hechas con el grueso tronco de un árbol que un cuchillo sin filo serró, pulidas una y otra vez por los dedos rugosos que te escriben, brillantes al trasluz del barniz de mi lengua gastada. No puedo olvidarme de tu fruto prohibido, que escondí con recelo entre tus muslos, dispuesto para el tacto esponjoso y censurado para el batir animal. Tampoco puedo hacerlo de tus blancos pechos, forjados de un marfil que a punta de pistola robé al más sanguinario de todos los cazadores, los cuales resplandecen con fulgor en mi cabeza y nublan el pensar. Y menos todavía de la temple caricia de tu espalda, esa que arrebata mi respirar y ahoga la angustia. Te di el cuerpo, te empujé al borde de un precipicio de placer.
Créeme si te digo que mientras duermo un aguijón me atraviesa las entrañas recordando este maravilloso esperpento, esta aterradora preciosidad, haciendo de cada punzada un placer más irresistible que el anterior, haciendo de cada pinchazo un dolor más dulce que el posterior. Todas las noches me prometo recogerte al día siguiente, terminar de perfilarte la cara con ternura, sonrosarte de obscenidad los pómulos, buscar el color que ilumine el iris de tus ojos, hacer de tu labio una curva que ondule entre lo prohibido y lo celestial, regalarte la sonrisa que caliente mi sentir, insuflarte vida y conducirte a la gloria.
Pero, cuando me acerco al rincón donde posar te dejé, una montaña se descubre y me hace recordar que la distancia entre tú y yo es inalcanzable, que la línea que une al deseo y al sueño se hace invisible para el andar de mis pies. La he intentado escalar, la he intentado cortar, la he intentado volar y la he intentado enterrar. He caído de sus escarpadas laderas, me he pinchado con sus afiladas piedras, me he perdido entre sus vírgenes bosques y me ha conseguido sepultar en un agujero del que no conseguí escapar y del que ya no quiero salir. Aprenderé a sobrevivir aquí, a luchar contra la ferocidad del lobo y el veneno de la serpiente, a buscar mi alimento entre las zarzas y los cardos, a encontrar en el fuego el agua que sacie mi sed y, en la oscuridad de las cuevas, la luz que me haga recobrar de nuevo la cordura. 
Aunque no tengas vista, me gustaría que pudieras ver este desastre en el que me has sumido. Aunque no tengas oído, me encantaría que escucharas estos quejidos que has desatado. Aunque no tengas corazón, disfrutaría si por una vez sintieras esta aflicción que me corroe, me consume y me carcome la piel. A pesar de que nos separe el infinito, sé que cuando te haya olvidado volverás. Sabes que cuando ya no seas el centro de estas líneas, cuando los quebrantos no salgan de mi garganta, cuando sea capaz de saltar la montaña, cuando mi felicidad ya no tenga que ver contigo, te sentirás vacía y volverás para que te acabe, para que te enmarque y que te exponga, para que te hagan el amor uno detrás de otro mientras encuentras en mis ojos la complicidad. No quiero que suene a rencor, pero te odio en este instante. No quiero que suene a despedida, hasta entonces, hasta nunca.

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Fuentes de Inspiración:
La Teoría – La Vela Puerca
(canción).
Estúpidos En Siberia – Eskorzo (canción).