Relatos

La Adúltera

Desatado por la adrenalina, aún convaleciente por el esfuerzo de pelvis y glúteos, Juan se ajustaba los pantalones con una torpeza inusual en él. Tras diez años ejerciendo el noble oficio de vendedor de enciclopedias a domicilio, por fin había logrado experimentar en primera persona la fantasía por excelencia de todo buen profesional del sector. No sólo los vendedores, sino también los butaneros, los repartidores, los revisores del agua, los electricistas, los fontaneros, los instaladores de aire acondicionado, los mecánicos de televisores y hasta los testigos de Jehová han soñado alguna vez con quedar atrapados bajo las sabanas de alguna clienta en un efímero y placentero suspiro de lascivia. Sólo unos pocos eran los elegidos para romper la rutina del puerta a puerta, del rechazo en rechazo, para encontrar una respuesta de calor y pasión a una indecente e inocente proposición. Ahora Juan era uno de ellos.
Sus movimientos rápidos e inconexos, tratando de ajustarse la camisa a la vez que los zapatos, eran observados con diversión por su efímera, y ya extinta, amante, la cual yacía desnuda sobre la cama. Sus carnes caían onduladas por todo su cuerpo rosado, mostrando la salvaje naturaleza de una señora de las que se dice de bien, de las que aguardan las distancias con pudor y se distinguen por el saber estar en sociedad. Pero, de las que muerden y aúllan en distancias sólo salvables por la piel. Ya vestido e incorporado, Juan se acercaba con sigilo al borde del lecho para despedirse definitivamente, cuando ésta instintivamente saltó poseída.
–¡Es el ascensor!– bramó alertada por el traqueteo del motor–. Mi marido está a punto de llegar. Sal corriendo y entretenlo con alguna paparruchada mientras me visto.
El rostro de Juan se tornó súbitamente pálido y con un sonido entrecortado salió disparado del dormitorio en busca de la puerta. Nada más salir de la casa, su corazón se paralizó ante el señor que salía del ascensor. Su aspecto era imponente, formal, en contraposición a su alegre semblante.
–Buenos días– dijo mostrando una sonrisa reparadora.
–Buenos días– contestó apresurado Juan–. Esto… ¿por un casual no le gustaría adquirir una enciclopedia Larousse? Puede pagar a cómodos plazos y le regalaríamos una colección completa de videos acerca de la reproducción de mamíferos, aves y peces, además de un televisor que lleva incorporado un sistema de lectura de videos.
–Una oferta tentadora, no se crea. Pero no, gracias– volvió a sonreír gentilmente el señor–. Por cierto, disculpe la indiscreción, pero debería usted probar a vender esas enciclopedias con la bragueta cerrada.
–Perdóneme, ha sido un descuido– asintió más avergonzado Juan.
–Que pase usted un buen día.
Aquella sonrisa y aquella amabilidad sincera le ardían en la boca del estómago  hasta tal punto de asfixiarle. “Para una vez que pesco, me cortan la caña”, pensaba. Intentaba imaginar cual habría sido la escena posterior a su huida, si el hombre habría sospechado de aquel vendedor nervioso con la cremallera bajada, o si la señora se habría derrumbado al ver de nuevo a su marido. Estaba convencido de que lo había arruinado todo, de que aquella pareja respetable sería la comidilla de un sinfín de tertulias de la alta esfera. Ella sería despreciada y marginada por su condición de adúltera, y él perdería amistades, posición o incluso el trabajo por su condición de cornudo. En cambio, Juan seguiría rondando portales, amas de casa desprotegidas ante sus encantos, con una alta probabilidad de caer rendido ante oscuros encantos y beber de los rincones prohibidos, desmoronando así más vidas felices. No podía vivir con ese lastre mucho más.
–Padre, le confieso que he tenido relaciones con una mujer casada y que esta situación ha sido fruto de una estratagema planificada durante muchos años de deseo carnal ante toda clienta.
–¡Oh, Dios mío! Has sucumbido ante uno de los pecados más terribles que existen, Juan, el adulterio. ¿Te puedes hacer cargo de lo que eso significa? – preguntó el cura con un aire vengativo.
–Sí, Padre. Soy el culpable de la destrucción de aquella familia distinguida. La señora será desterrada de aquel lujoso palacio, viéndose obligada a practicar la mendicidad, o acogerse a oficios de moral laxa, como María Magdalena. ¡Qué desgracia! Y él, el señor perderá su trabajo y no tendrá más remedio que vivir en cajeros o suicidarse, y todo por mi culpa.
–No seas exagerado Juan. Olvida lo que hiciste y piensa en cómo redimir tu sacrilegio para con Dios.
–Padre, rezaré todos los días los padrenuestros que hagan falta, seré el primero en misa e incluso me puedo convertir en monaguillo, en sacerdote, en obispo o en el mismísimo Papa de Roma si hiciera falta– prometió con voz épica Juan.
–No hace falta llegar a esos estribos. Pero date cuenta que no sólo has ofendido a Dios, sino que has ofendido a los santos, a los ángeles, a los arcángeles, a los profetas, a las vírgenes y hasta el Niño Jesús. Hasta en el infierno dan cuenta de tu desdicha, Juan. Tendrás que esforzarte algo más… –estipula con astucia el párroco.
–Es cierto, Padre. Haré una generosa aportación para las arcas de la Iglesia.
–Muy bien hijo. Cristianos como tú de buen corazón y compromiso ferviente es lo que necesita esta parroquia. Dios te absuelve de todos tus pecados.
A pesar de haberse reconciliado con Dios y, tal vez, con su alma, Juan no dejaba de pensar en aquella pareja rota. Tenía la necesidad de intermediar entre ambas partes, de ser el que curase las heridas, de sostener la ira, la indefensión, la rabia, la decepción, la angustia de ambos, pero a la vez de ser partícipe del perdón, del amor y la calma que reconcilie a los señores. Descartó por razones obvias el acercarse a la señora, pudiendo agravar más si cabe el entuerto. Tras mucho meditar, un rayo de luz clara, una bocanada de aire fresco, se adentró en su cuerpo. Enseguida buscó unos zapatos brillantes y sus mejores galas para salir a la calle.
Una floristería con esencias a naturaleza viva y color de esperanza eterna, fue la primera parada. Una docena de rosas de un rojo intenso y perfume embriagador daban cuenta de la firme voluntad de Juan. Más tarde, encargó a la pastelería más exquisita de la ciudad los bombones más dulces y la envoltura más delicada que un paladar y un tacto hubieran rozado. Su pesar había desaparecido casi tan rápido como los pocos ahorros que le quedaban, limpiando así sus remordimientos a la par que la ilusión de poder salir de la ciudad en vacaciones.
A la entrada de aquel lujoso portal, aguardaba Juan vestido de rigurosa etiqueta, sosteniendo en las manos los pasteles y las flores. Se mostraba seguro, confiado de que volvería a dar aire aquel matrimonio que ahora se retorcía en el abismo. Prácticamente a la misma hora que en la anterior ocasión, apareció aquel señor imponente de radiante sonrisa. Juan se deslizó tranquilamente hacia él, mientras llamaba su atención agitando el ramo de flores.
–Perdone, ¿se acuerda de mí?– preguntó Juan.
–Claro que sí, amigo vendedor de enciclopedias. ¡Qué alegría verle por aquí! No hay quien le reconozca con ese traje tan elegante y además con la cremallera subida– contestó risueño el señor–. ¿Qué se le ofrece?
–Pues verá. Cómo le ha contado su mujer, el otro día mantuvimos relaciones extramatrimoniales…
–¿Perdón? ¿Cómo dice?– interrumpió el hombre sin perder la compostura.
–Verá fue todo un incidente, no fue premeditado, y no creo que hubiera amor, al menos por mi parte… El caso es que sé que usted lo está pasando mal y me había dicho ¿qué puedo hacer yo por usted? Creo, amigo, si me permite la confianza, que no debería darle tanta importancia a estos detalles. Su mujer le quiere, y al fin y al cabo, ¿qué importa lo demás? Por eso le he comprado estos detalles– comentaba Juan mientras le entregaba el ramo y los bombones–, compártalos con ella. Me he tomado la molestia de escribirle una carta. Ya verá como cuando la lea, amigo, todo vuelve a ser como antes.
–Le agradezco el detalle, buen hombre– confirmó el señor–. No hay duda que es usted un caballero y sabe tratar a las mujeres y a sus maridos. Muchas gracias– fundiéndose en un abrazo.
–Muchas gracias Miguel por las rosas y los bombones– le susurra la señora tendida en la cama medio desnuda.
–No hay de qué mi amor– le contesta mientras le tiende un beso en la mejilla el hombre imponente–. No te lo creerás, pero hoy he conocido a uno de tus amantes. No hay duda de que el tiempo no pasa por ti y cada vez los escoges más deficientes a los pobres. El de hoy me ha venido a pedir perdón y me ha dado las rosas y los bombones.
–¡Oh, qué romántico!– cuchichea mientras se retuerce bajo las sabanas–. ¿Y quién de todos era? ¿El ebanista? ¿El frutero? ¿El tendero?
–No, era el vendedor de enciclopedias…
–¡Shh, calla!– brama la señora poseída–. ¡Es el ascensor! Mi marido está a punto de volver, corre vístete, te tienes que ir.
Miguel, el señor imponente, cruza raudo el pasillo mientras acaba de abotonarse la camisa y ajustarse la corbata. Tras sentir en la espalda la puerta cerrar, encuentra a un hombre bajito, arrugado, con un aspecto cansado, bajar del ascensor.
–Buenos días– musita Miguel sin atreverse a mirarle.
–Buenos días– contesta amablemente el señor recién llegado–. ¿Ahora que me vas a vender? ¿Aquella maldita aspiradora? ¿Un descalcificador? ¿O aquel maldito alargador de penes? Sea lo que sea, no te queda ninguna vergüenza, ni a ti, ni a ninguno.



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Fuentes de Inspiración:

Todos Mirando – Barricada (canción).
El Misterio De La Cripta Embrujada – Eduardo Mendoza (obra).

El Laberinto De Las Aceitunas – Eduardo Mendoza (obra).

Relatos

Hasta Entonces, Hasta Nunca

Me siento cobarde al escribirte de nuevo. El fracaso se apodera de mi ser y por una vez resulta más fácil aceptar la derrota que rechazar el engaño. Sé que te he dejado guardada, abandonada a tu suerte y olvidada en un rincón donde no puedo verte y donde sólo el polvo cubre tu tiempo. Aún por terminar, te dejé marchitar mientras te debatías entre lo más sublime que han esculpido estas manos de seda y lo más tosco que ha escupido esta mente enfermiza. Sin ser nada, reservé un hueco para que reposaras eternamente en el paraíso y ahora mendigas clemencia a las puertas del infierno.
Aún caldea en mi memoria la delicadeza de tus delgadas piernas, hechas con el grueso tronco de un árbol que un cuchillo sin filo serró, pulidas una y otra vez por los dedos rugosos que te escriben, brillantes al trasluz del barniz de mi lengua gastada. No puedo olvidarme de tu fruto prohibido, que escondí con recelo entre tus muslos, dispuesto para el tacto esponjoso y censurado para el batir animal. Tampoco puedo hacerlo de tus blancos pechos, forjados de un marfil que a punta de pistola robé al más sanguinario de todos los cazadores, los cuales resplandecen con fulgor en mi cabeza y nublan el pensar. Y menos todavía de la temple caricia de tu espalda, esa que arrebata mi respirar y ahoga la angustia. Te di el cuerpo, te empujé al borde de un precipicio de placer.
Créeme si te digo que mientras duermo un aguijón me atraviesa las entrañas recordando este maravilloso esperpento, esta aterradora preciosidad, haciendo de cada punzada un placer más irresistible que el anterior, haciendo de cada pinchazo un dolor más dulce que el posterior. Todas las noches me prometo recogerte al día siguiente, terminar de perfilarte la cara con ternura, sonrosarte de obscenidad los pómulos, buscar el color que ilumine el iris de tus ojos, hacer de tu labio una curva que ondule entre lo prohibido y lo celestial, regalarte la sonrisa que caliente mi sentir, insuflarte vida y conducirte a la gloria.
Pero, cuando me acerco al rincón donde posar te dejé, una montaña se descubre y me hace recordar que la distancia entre tú y yo es inalcanzable, que la línea que une al deseo y al sueño se hace invisible para el andar de mis pies. La he intentado escalar, la he intentado cortar, la he intentado volar y la he intentado enterrar. He caído de sus escarpadas laderas, me he pinchado con sus afiladas piedras, me he perdido entre sus vírgenes bosques y me ha conseguido sepultar en un agujero del que no conseguí escapar y del que ya no quiero salir. Aprenderé a sobrevivir aquí, a luchar contra la ferocidad del lobo y el veneno de la serpiente, a buscar mi alimento entre las zarzas y los cardos, a encontrar en el fuego el agua que sacie mi sed y, en la oscuridad de las cuevas, la luz que me haga recobrar de nuevo la cordura. 
Aunque no tengas vista, me gustaría que pudieras ver este desastre en el que me has sumido. Aunque no tengas oído, me encantaría que escucharas estos quejidos que has desatado. Aunque no tengas corazón, disfrutaría si por una vez sintieras esta aflicción que me corroe, me consume y me carcome la piel. A pesar de que nos separe el infinito, sé que cuando te haya olvidado volverás. Sabes que cuando ya no seas el centro de estas líneas, cuando los quebrantos no salgan de mi garganta, cuando sea capaz de saltar la montaña, cuando mi felicidad ya no tenga que ver contigo, te sentirás vacía y volverás para que te acabe, para que te enmarque y que te exponga, para que te hagan el amor uno detrás de otro mientras encuentras en mis ojos la complicidad. No quiero que suene a rencor, pero te odio en este instante. No quiero que suene a despedida, hasta entonces, hasta nunca.

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Fuentes de Inspiración:
La Teoría – La Vela Puerca
(canción).
Estúpidos En Siberia – Eskorzo (canción).

Relatos

De Entre Los Restos

Agotado, tras un intenso día de trabajo que vislumbraba el fin, Germán cogió con desgana el carro metálico y se enfiló raudo hacia el almacén. Era la última tarea, su preferida. El rostro se le iluminó al ver el rincón donde reposaba el cargamento que debía transportar. Había latas de conserva, hortalizas, fruta, barras de pan, pescado, carne y envases que jamás entrarían en el juego de la transacción. Algunos eran rechazados por estar abollados, otros por lucir manchas sospechosas o por haber rebasado la línea de lo no apto. La política del supermercado era tajante. Aquellos productos debían ser retirados al cierre, durante la noche, con la misma discreción con la que un mafioso esconde un cadáver caliente, con el sigilo de un ladrón que entra en la caja fuerte de un banco, con la frialdad de un pistolero que dispara a bocajarro a un rehén maniatado.
Con el carro rebosante salió a la calle hacia la oscura esquina en la que habitan los contenedores. Antes de llegar, Germán atisbó el tumulto que, día a día, paciente, esperaba la mercancía. Una mezcla de repugnancia y odio le invadió súbitamente, desatando un placer animal que le excitaba. Los había de todos los colores, negros, blancos, rosados y anaranjados; de todas las procedencias, del sur, del este, de aquí y de allá; de todos los tamaños y complexiones, pequeños, gordos, altos, corpulentos y desgarbados; de todas las edades, jóvenes, ancianos, maduros e imperecederos. Cada uno de aquellos individuos tenía en su haber una historia diferente, la cual versaba en ese instante en torno al hambre, a la necesidad angustiosa de llevarse algo a la boca. Sus estómagos no entendían de fechas de caducidad, ni sus orgullos de controles de calidad o salubridad. Sólo esperaban ansiosos a que se desatara el festín, a que aquel Dios cruel les brindara una pizca de compasión que ellos agradecerían con el fervor de un fiel discípulo y el miedo de un esclavo a su amo.
La ceremonia estaba preparada para comenzar cuando Germán los fulminó con una mirada gélida, penetrante, abrumadora, sobrehumana. No sentía lástima, ni esbozaba gesto de condescendencia. El único destello de cercanía a lo humano era la exigencia de no abalanzarse antes de tiempo, que nadie osara a tocarle durante el banquete. Todos los presentes sabían que era una norma inquebrantable. Las consecuencias de saltarse el procedimiento eran tan terribles como el tamaño del agujero que sus vientres albergarían. Como si se tratase de un ritual, Germán se separó un metro del carro, tomo aire y le propinó una patada que marcó el comienzo del caos. El metal dio contra el suelo esparciendo por el asfalto el sinfín de alimentos que se confundían con otras tantas manos desesperadas. No había tiempo ni espacio para elegir, las hambres bregaban sin compasión por los desperdicios. Los brazos se entrecruzaban luchando por decidir el dueño de unos garbanzos estropeados o el gaznate que saborearía la piel marrón de una manzana roja.
Mientras observaba el espectáculo que había desatado, Germán sonreía al imaginar en cómo contaría sus hazañas como rey mago del contendor, como profeta de la legión de vagabundos, como Robin Hood del supermercado. Le encantaba alardear delante de su cuadrilla, contar los entresijos de la batalla, describir a la calaña que se había rendido ante su poder. Probablemente no tendría el mejor trabajo, ni los mejores estudios, ni el mejor horario, ni tan siquiera el mejor sueldo, pero pocos tenían la ocasión de enfundarse en la piel de un semidiós a diario. Fue entonces cuando despertó de su fantasía, y sacó de su bata la ofrenda final. Se trataba de una tripa de salchichón con la funda de plástico ligeramente abierta. El manjar de los manjares, vuestro caviar, anunció mientras la empuñaba bien alto. Con un sutil movimiento de muñeca el fiambre se suspendió en el aire dando vueltas hasta que unas manos pararon el vuelo. Se trataba de un anciano de pelo cano, altura menuda, algo encorvado y expresión seria. Instintivamente clavó sus ojos negros en los del reponedor, silenciando de golpe el griterío, desafiando la inquebrantable autoridad, deteniendo el transcurso del tiempo.
En un instante la sonrisa desapareció del rostro de Germán. Una punzada fría le recorrió todo el cuerpo, acribillando uno por uno sus cinco sentidos, temblando estremecido hasta casi perder el conocimiento. El corazón repiqueteaba sin control dispuesto a salir escupido del pecho, su expresión parecía paralizada, completamente pálida, como si acabara de ver un fantasma. En un resquicio de cordura, cogió el carro espantado y salió disparado hacia el supermercado bajo las miradas de un tumulto que comenzaba a dispersarse tras el festival. Los había quienes habían conseguido salvar de nuevo a la penuria, burlar su hambre y el de su familia, y los había quienes salían derrotados, esperando un milagro dentro de otro contenedor. El anciano de pelo cano también desapareció entre las sombras del ocaso, interiorizando aquella escena que acababa de protagonizar.
Apagadas las luces, concluida la jornada, Germán se montó en el coche. A través del cristal certificó que no quedaba nadie alrededor de los contenedores, sólo unas cajas vacías revoloteadas y unos gatos callejeros que habían llegado tarde. En su mente, Germán rememoraba una y otra vez la profundidad de aquella mirada, la oscuridad de esos ojos negros, la serenidad de aquel rostro, las canas que sobresalían de aquella frente arrugada, la trayectoria de aquel vuelo que había despegado de sus manos y había aterrizado en las de aquel anciano. ¿Por qué él precisamente?, se preguntaba. Trataba de convencerse que no, que aquello no podía ser verdad y que si realmente lo era, ¿cómo no podía haberse dado cuenta antes?
Repentinamente pisó el frenó, detuvo el coche y salió hacia fuera. El lagrimal comenzó a inundarse de gotas cargadas de rabia y desconsuelo. Se sentó encima del capó y fijó su mirada en el cielo para tratar de ahogar la aflicción, tratando de encontrar el destello de alguna estrella. Recordaba, siendo niño, sentarse a escuchar las historias que su abuelo le contaba sobre el cielo, la galaxia y las constelaciones. Evocaba aquellas noches de verano en las que esperaba ansioso a contemplar una estrella fugaz, encontrarla y olvidarse, de nuevo, del deseo que había pensado pedir. Una vez, su abuelo le contó que las estrellas que más brillaban contenían la luz de las personas que tenían el corazón más limpio. Siempre que se acordaba de aquella leyenda, buscaba atento la que correspondería a la de su abuelo, que de buen seguro sería de las más relucientes. En cambio, se dijo a sí mismo, la mía dudo que alguna vez llegue a brillar.
De nuevo en el coche, Germán emprendió una nueva dirección. El trasiego de las luces de la ciudad y el repique del aire contra el cristal acompañaron el trayecto. En un oscuro portal pulsó al timbre y dijo, soy yo, soy Germán. Se hacía duro subir las escaleras de nuevo después de tanto tiempo. Rumiaba mientras tanto una frase para presentarse y una cara que no fuera circunstancial. Finalmente, cuando llegó a la tercera planta atisbó aquella presencia familiar. En el marco de la puerta estaba perfilado un anciano de pelo cano, ojos negros, altura menuda y algo encorvado. Permanecieron mirándose unos instantes, ignorando a conciencia su encuentro en los contenedores. Esta vez la felicidad del rencuentro lucía en el rostro del anciano. ¿Cómo tú por aquí?, dijo. Hace tiempo que no venía a verte abuelo, respondió emocionado Germán.
Al entrar a casa, Germán se espantó al cerciorar las condiciones en las que vivía su abuelo, maldiciendo no haberse dado cuenta antes, haber pensado que aquello no podía pasar tan cerca de él. ¿Tienes hambre? Yo estoy a medio cenar, dijo el anciano. Claro que sí abuelo, contestó el nieto. Juntos estuvieron cenando, dejando correr la noche y los temas banales con sosiego, disfrutando el uno del otro. Encima de la mesa, como testigo, estaba aquel salchichón que había salido de la bata de Germán, al que troceaba con cierto reparo. Es el manjar de los manjares, nuestro caviar, dijo el abuelo emulando una voz épica. Estoy trabajando en un supermercado, a partir de ahora voy a traerte la compra todos los días. El sitio donde vas no parece muy allá, dijo Germán apurado. Para despedirse, se fundieron en un abrazo infinito, intenso, reparador.
Al día siguiente, agotado tras la jornada, el reponedor esperó paciente a que el carro de los restos se hubiera repartido lo más dignamente posible. Germán no se volvió a enfundar el disfraz de semidiós, lo había lanzado a otro contendor, deseando que jamás nadie lo rebuscara de entre los restos.
Los restos, materiales y humanos, nunca estuvieron lejos de nosotros, solo fueron inquietantemente ignorados.



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Fuentes de Inspiración:
La Calle
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Amaina Suit – La Vida Se Escapa (canción).

Relatos

La Fuga

De nuevo volvía a la vida. Aquellas bocanadas corrían aceleradas por mi pulmón, devolviéndome una sensación olvidada, la sensación de vivir.
Sumida en la oscuridad vi pasar los días, angustiada bajo el olvido fui absorbiendo una noche tras otra. Mientras tanto, trataba de asomar el ojo a través de una línea de luz que delgada caía por la puerta. Por ella veía su dormitorio, casi siempre vacío y desordenado, sus calzoncillos esparcidos por el suelo, la cama revuelta y aquel libro que siempre permanecía anclado en la misma página. En ocasiones, también le veía a él. Le veía dormir, unas veces sólo y otras solamente acompañado; le observaba vestirse de etiqueta y desvestirse sin ella; a la noche le oía romper el silencio y a la mañana acurrucarse ante él. El más mínimo movimiento era alimento de mi pesar, un nuevo motivo que alargara el celo que me mantenía despierta.
Él sabía de mi presencia y no escatimaba esfuerzos por esquivarme la mirada. Disfrutaba buscando mis ojos cuando estaba con otras, saboreando con gusto mi rabia, tratando de hacerme recordar que yo también era una más de esas, de ansiar aún más el momento en que volveríamos a fugarnos. Tenía el control de la situación, y en consecuencia me tenía en su poder, sentía ser prisionera de su jaula de cristal. No podía replicar ninguna de sus acciones o chistar su impasible actitud. Sólo cuando él estimara oportuno yo tendría que estar allí, a su vera, dispuesta a satisfacer sus peticiones, a alimentar nuestro juego del gato y el ratón. Era una situación desesperante, sentía punzante en mi piel el dominio al que me sometía, pero a la vez ese vacío del abandono prolongado, ese ostracismo que te consume sin compasión.
El día que me devolvió a la vida era de frío intenso y lluvia salvaje. Escuchaba, detrás de la puerta, el violento repiqueteo de las gotas de agua contra el cristal de la habitación. En silencio fui comprendiendo cómo la negra oscuridad podía convertirse en un refugio seguro, concibiendo la fragilidad bajo el amparo de la luz cegadora, descubriendo cómo la calma y el miedo pueden permutar en un sólo instante. Ahí estaba él, empapado y sediento frente a mí. Con un rápido movimiento me sorprendió y me tomó contra su cuerpo. Con desesperación me llevó a su boca y lentamente noté cómo se avivaban todos mis sentidos aletargados. Mis carnes se endurecían con cada beso, mis labios abultaban firmes, mi piel radiaba tersa mientras un torpe temblor hinchaba mi alma vacía.
En un fugaz meneo me lanzó encima de la cama y en seguida noté su pecho descubierto apretando el mío. A pesar de haber deseado ese momento, quise gritarle con todas mis fuerzas que no quería más, que me dejara escapar, desaparecer de su alcance para siempre, pero no conseguí articular más que un suspiro entrecortado. Excitado me murmuraba que le pertenecía y que todo lo hacía por mi bien, que ya no estaba para estos juegos y que poco a poco me había convertido en un estorbo, en un trasto inútil. Quise llorar, aplacar su deseo con toda la impotencia acumulada, pero no pude, permanecí completamente inmóvil y callada. Entonces fue cuando se despojó de una vez, se abalanzó sobre mí y me cogió del trasero dispuesto.
De repente una violenta sacudida atravesó todo mi cuerpo. Se trataba de una fuga en el trasero, una boca por donde la vida se me escapaba. En cuestión de segundos todo el aire que había hecho de mí una figura flexible, resistente e irresistible había desaparecido, convirtiéndome en un montón de plástico apilado. Él bramó airado, sentenciando con un puñetazo en el colchón, y me apartó de la cama. Se enfiló hacia el armario para sacar otra como yo, una más de ésas, a la que devolver a la vida como había hecho conmigo. A pesar de mi deplorable estado, saqué fuerzas para observarle, mientras en mi lengua se derretía una mezcla de amargor y dulzor, saboreando la muerte y el alivio.
Al caer la noche, sentí la aspereza de los arañazos que acompañarían mi caduco destino, el tacto desgastado de lo inservible, el olor del abandono, las gotas de agua que se colaban por el resquicio del contenedor, el frío de las paredes de un vagón que camina parado hacia el fin y una voz familiar que despedía por siempre a su muñeca.



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Fuentes de Inspiración:
Donde Habita El Olvido – Joaquín Sabina
(canción).
Amor de Contenedor – La Fuga (canción).
Mi Novia Robot – Dr. Sapo (canción).

Muñeca Hinchable – Orquesta Mondragón
(canción).
Ahora Que No Me Ves – Despistaos
(canción).

Relatos

Vacío

No es impotencia. No es el sentimiento rabioso que fluye sin control por tus venas, no es la sensación que enerva tu cabeza, tampoco el rechinar de dientes ni la fuerza con la que cierras el puño y golpeas el fracaso. No es nada de nada. No es la desesperación frente a lo desconocido, no es la envidia del volar del pájaro libre, tampoco el anhelo de felicidad, ni el ansiado sueño que desaparece al despertar y que luego desearías recordar.

Es indiferencia. Es el dolor que te observa y no eres capaz de sentir, la tristeza que ansias tener y no encuentras, el insípido sabor de un beso que nadie te dio, el intento de fuga a un abrazo que no sabes corresponder. Es algo invisible, algo silencioso. Es el gusto por estar sólo, es el disgusto de haberte conocido y estar ahora contigo, el placer de callar y tan siquiera escuchar, la falsa promesa de una corriente que te llevará a la orilla.

No es pesar. No es la dura carga que te empuja hacia el suelo, no es la angustia de ser la ficha de un puzle que nadie hará, tampoco la desorientación prolongada ni el polvo que va cubriendo una ilusión. No es nada de nada. No es la contradicción de este presente, no es la incerteza con la que dibujas el pasado ni la certeza con la que olvidas el futuro, tampoco es la preocupación sobre mí, ni sobre ti, ni sobre nadie.

Es frialdad. Es el muro que oprime el pálpito de este corazón, es el cálido disfraz como guardián de las emociones, la frustración que como bálsamo se derrite en la piel, la herida que curas con sal. Es algo nocivo y a la vez adictivo. Es la respuesta a esa pregunta que nunca te contesté, es la melodía de la canción que no consigo entender, el firme apoyo que nadie ancló, el espejo que te mira y no refleja nada.

Es el vacío, la lágrima que quisieras llorar.



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Fuentes de Inspiración:
Que Te Quiero – Medina Azahara
(canción).
Y Sin Embargo – Joaquín Sabina (canción).
Buscando En La Basura – La Fuga (canción).

A La Luz De Una Sonrisa – Gritando En Silencio
(canción).
Cuando Los Sueños Se Van – Los Suaves
(canción).

Puesto – Sínkope
(canción).
Relatos

Juegos De Autobús

Marcha Atrás

Como cada mañana, al despertar los primeros claros del día, entré puntual en el autobús que va a la universidad. Tomé asiento en la parte trasera y saqué de la mochila la última obra que había publicado Mendoza. Instantes después, al pasar de página, mi lectura se vio interrumpida. Sentía como unos ojos desconocidos me observaban, un fino hilo al que estaba conectada. Levanté con disimulo la vista y rápidamente movió la cabeza hacia otra dirección. Se trataba de un tipo arreglado, lucía una vestimenta estilosa y, a juzgar por sus canas, era un hombre mucho mayor que yo. Su atractivo semblante y sus ojos azules me deslumbraron de tal forma que un caluroso cosquilleo me cautivó. Esquivando la repentina excitación, intenté refugiarme de nuevo bajo las páginas del libro. Él, por su parte, volvió a centrar su atención en mi cuerpo en cuanto me creyó distraída. Lentamente su mirada recorría cada recoveco, atravesando la estrecha barrera que cubría cada centímetro de mi piel. Fue entonces cuando, sin previo aviso, respondí atrevida clavando mis ojos en los suyos. A diferencia de antes, respondió al envite con una sonrisa maliciosa aumentando la tensión que nos unía. Se creía victorioso, sabedor de haber despertado en mí un deseo que su chocante descaro, el infranqueable silencio y el inquietante misterio avivaban por momentos.

Al llegar a nuestro destino, confeccioné la estrategia. Demoré la salida y aguardé su reacción mientras custodiaba su aturdida reacción. Con torpeza se paró antes de bajar y comenzó a rebuscar en el maletín un enser que maldecía haber olvidado. Bajamos del autobús a escasos centímetros el uno del otro ignorando el cúmulo de emociones que habíamos destapado, esperando con ansia a que uno hiciese el gesto que desatara la guerra. De repente, sus pasos se detuvieron invitándome a hacer lo mismo. Desafiante le miré mientras buceaba para encontrar la palabra exacta. Cuando creí tenerla, una chica joven apareció por nuestra espalda y se lanzó violentamente a besar con furia a mi fallido conquistador. Ajena a la escena y mi implicación con la misma, reanudé la marcha con una calma que de un plumazo mi cabeza se encargó de borrar. Una mezcla de bochorno y rencor ardía por todo mi cuerpo impulsándome a maquinar una venganza fugaz, limpia y sobre todo hiriente. Apreté con fuerza los dientes y cerré los puños a la vez que recordaba furiosa aquella estúpida sonrisa que antes me había cautivado y que ahora quería hundirle en el alma como un punzón. Me di la vuelta, le apunté y, en un acto reflejo, volvió a esquivarme. Satisfecha, me invadió una reparadora sensación de alivio y orgullo que en seguida me hizo sentir estúpida. Pero que tonta soy, pensé, riéndome de mí misma.

Efecto Reflejo

Restaban dos paradas para llegar a mi destino cuando ella montó en la concurrida línea 36. Era menuda, delgada y con una caballera rizada de tonalidades morenas. Saludó con una radiante sonrisa al chófer, pasó con delicadeza el bonobús por el lector y buscó con sus ojos marrones un hueco entre el tumulto donde estaba yo. Para mi desgracia, al llegar, ignoró mi presencia y me dio la espalda. Constaté para mi deleite como aquellos ajustados pantalones vaqueros realzaban el esplendor de su firme trasero, formando una pronunciada curva que se extinguía como por arte de magia bajo lo prohibido. Durante la parada anterior a la mía, aproveché el trasiego de viajantes para instalarme sin reparos delante de ella. Pude admirar como su fina piel, su pequeña nariz y sus apetecibles labios formaban un conjunto ante el cual un hombre como yo no podía hacer otra cosa más que sucumbir. Fue entonces cuando cayó a mis manos y sentí su delicado tacto sobre el mío, el roce de sus sugerentes pechos contra el mío, el olor de aquella fragancia que me embriagó hasta casi perder el sentido. Mis brazos la sostenían con suavidad cuando abrió los ojos y penetró en mí su mirada evocadora. Percibí como por un instante mis latidos dejaban de sonar, como de golpe el tiempo se paraba junto a ella mientras el resto del autobús observaba con envidia nuestro apasionado amor. Vislumbré las puestas de sol, los paseos de la mano, las noches de sexo inagotable, su vestido blanco, el dulzor de la miel de nuestra luna, una legión de niños que con furia traeríamos al mundo, las rencillas que apagaríamos sin ropa, la mecedora en la que tejería mi abrigo y hasta el roble con el que fabricarían el ataúd donde para siempre descansaríamos.

En cuanto el autobús acabó de tomar la curva, ella se recompuso impulsivamente, premiando mi heroico gesto con un tímido gracias y volviendo a ofrecerme la perspectiva de su espalda como si nada hubiera ocurrido. La acababa de salvar de caer a ese suelo asqueroso, de ser el hazmerreír de todo el autobús. Me había apiadado de su frágil complexión, había ofrecido mi fornido cuerpo para amortiguarla, había arriesgado mi existencia por alargar la suya. Por unos momentos había sido mía y así me lo hacía pagar, sorbiendo el amargo cáliz del olvido. Al llegar a mi parada, dejé abatido el autobús. Escupí a mi suerte mientras a través del cristal veía como la ingrata desaparecía de mi vista. Ahora busco un hueco hondo dentro de mi mente donde poder enterrar su recuerdo aún caliente junto al de todas las demás..



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Fuentes de Inspiración:
Juegos Ocultos – Barricada
(canción).
Quiero Perderme – Barricada (canción).
Solo Quiero Tu Boca – Barricada (canción).
Relatos

Las Puntadas Del Disfraz

No puedo evitar sentirme intimidado cuando me miras. No tengo más remedio que agachar la cabeza y esquivar tu mirada aunque te siga escuchando. Desde el momento en que te conocí, tengo la sensación de que para ti soy uno de esos libros de aventuras en el que el malo es muy malo y en el que el bueno no lo es tanto, del que ya sabes quién ganará por lo previsible de la historia. Aunque no lo parezca, me esfuerzo en hacer que el protagonista se imponga por sus virtudes y su victoria no sea sólo fruto de las bajezas del rival. Me resulta tan difícil conseguirlo que me conformo con alargar el cuento una línea más, con estirar una intriga que nunca existió, para mantenerte embelesada, o para deleitarme mientras te lo haces.

He de confesarte que todas las noches enhebro la aguja para bordar el mejor disfraz, y cuando creo que lo tengo, lo dejo tirado sin doblar en el ropero. Los colores que escogí me parecen ridículos, la delicada textura que me vendieron se ha vuelto afilada y araña mi piel, y, si me apuras, hasta se me olvidó hacerle las mangas. Aún así, me sigue dando reparo pensar en tirarlos, consumirlos lentamente o cortarles unos retales y probar a hacerme un calzoncillo. Prefiero que el polvo y las polillas los devoren bajo mi atenta mirada. Aunque suene a vanidad, disfruto alimentando a esos seres invisibles y silenciosos. Tengo claro que, por ahora, el carnaval es mi hábitat natural, el recoger la tela gastada, cortarla sin pensar y luego repasarla por la máquina. No quiero confección de postín, no la entiendo, y de hacerlo bien sólo sería fruto de una mentira más grande que ésta. Tampoco pretendo cambiar nada, casi todo me parece estar bien como está. Como ya te habrás dado cuenta, tan sólo imito un corte por allá, tomo prestado un botón por acá y el índice y el pulgar se encargan de dar las puntadas que impulsivamente invento.

Entre puntada y puntada he intentado hacer algo que se parezca a un vestido. No quiero que receles, pero nunca pensé en ti para lucirlo. Siempre que creo que es el suyo, tímido se lo ofrezco, lo acepta, y cuando descubro su cara me doy cuenta de que he vuelto a errar. Podría haberles hecho remiendos, ensancharlos o ceñirlos al gusto, transformarlos en un pijama o en un redondo sostén, pero me dije que no, que para la siguiente habría otro nuevo hasta que por azar algún día acierte. Últimamente, el esmero ha desaparecido de la traza de los vestidos. Las tonalidades vivas y los arreglos brillantes que solía utilizar se han convertido en oscuridad y sobriedad. Quizás me haya vuelto demasiado permisivo, o tal vez haya aceptado a lo pequeño como triunfo y a la nada como consuelo. No tengo prisa ni ansiedad, ni voy a esbozar a la vez los patrones de dos, lo suyo me cuesta no pincharme tejiendo uno.

No desesperes, para ti también aguardo algo, diferente, único y especial. No espero sorprenderte, ni tan siquiera pellizcar, sólo quiero que avives la luz del candil que alumbra este trasnochar de costura, sólo quiero cargarme de razones para esquivarte la mirada y agachar esta cabeza. Ya sólo queda encontrar el celofán, pues el lazo que lo envuelve lo acabo de bordar.



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Fuentes de Inspiración:
Sorprendente – Leño
(canción).
Relatos

Pasión Compartida

Cada noche, con la primera fresca, mis labios devoraban su piel rugosa. Acostado sobre la hierba húmeda, ella me correspondía con dulces caricias que se derretían lentamente sobre mi lomo. Cada uno de sus gestos borraba todo signo de temor, calmaba el picor de las heridas que marcaban mi cuerpo maltrecho. Sus manos agrietadas llevaban a mi paladar aquel sustento que derretía con la saliva. Después, guiaba mi boca al encuentro del manantial donde me amamantaba hasta calmar toda mi sed. La contemplaba callado mientras tanto y atisbaba en sus ojos el placer. Una vez saciado, lamía su cara y susurraba alguna cosa en muestra de mi eterna gratitud. Disfrutaba tanto de su compañía que en el transcurso del último roce ya ansiaba nuestro próximo encuentro.

En acabar conmigo, repetía el mismo ritual con todos y cada uno de mis compañeros. No hacía distinción de aspecto, de color, de olor, de tamaño, ni tan siquiera de sexo. No le importaba el tiempo que pasara, sus tiernos movimientos no denotaban prisa alguna, ni tampoco que alguno pudiera sobrexcitarse en la espera, ella tenía atenciones para todos. Se empleaba con una energía inagotable. La felicidad brillaba en su cara al ver en la nuestra una tranquilidad y una satisfacción que aportaba algo de sentido a nuestro vagar, una débil luz a nuestra oscuridad. Finalmente, aunque colmados, el desánimo se cernía sobre el jardín cuando ella se despedía hasta el siguiente día.

La espera hasta el reencuentro se hacía tan larga que en algún momento de mi existencia decidí seguir sus pasos por el día. Solía agazaparme frente a la clínica a la que acudía todas las mañanas, a sabiendas del riesgo que suponía para alguien de mi especie. Estaba acostumbrado a esquivar los continuos zarandeos y las amenazas de la muchedumbre que por allí pasaba. Sin embargo, mi resistencia se veía recompensada cuando la volvía a ver. Siempre vestía el mismo harapo negro y sus cabellos alborotados custodiaban un rostro al que se le advertía el largo pasar del tiempo. Después de permanecer unos minutos dentro de aquel centro, salía sujetando dos bolsas de importante tamaño. En alguna ocasión, mi torpeza hizo que me divisara, pero antes de que pudiera acercarse ya había huido por alguna callejuela, confiando en que me hubiese confundido con otro.

Con algo más de discreción la seguía por un itinerario que difícilmente cambiaba. Por la mañana recorría descampados, casas abandonadas, alguna obra y jardines, donde su fiel clientela la esperaba con ansia. Tal y como lo hacía con nosotros, aplacaba la sed, el apetito y el abandono de aquellos necesitados con sus deliciosas atenciones. Mi paladar se deshacía al ver en aquellas caras ese cúmulo de sensaciones, lo que me tentaba a hacerme pasar por uno de ellos. Nunca lo hice, sabía que aunque fuésemos muchos, ella podría diferenciarnos perfectamente.

De vez en cuando, con rubor e impotencia tenía que ver cómo su labor era increpada por algún vecino molesto que no dudaba en imponerse con violencia o con llamar a la policía. Ella, indefensa y asustada, huía arrastrando su petate, con el amargor de haber dejado a medias su labor. De los que no la recriminaban recogía el azote del silencio, la marginación y la burla. No puedo comprender cómo el ser humano era capaz de repudiar a un corazón capaz de reconfortar a tantos.

A la hora en que el sol brillaba en lo más alto del cielo, se guarecía en un bloque de pisos situado cerca de nuestro hogar. El portal del edificio estaba completamente destrozado, atestado de vidrios rotos, escombros y un hedor a putrefacción que envolvía toda aquella zona y que casi me hacía perder el sentido. Deambulando por allí debía extremar mi cuidado. No sólo tenía que preocuparme de sortear jeringuillas o cristales de botellas, sino que además debía ser prudente con la gente que por allí acechaba. A uno de mis compañeros le cortaron el rabo unos jóvenes del barrio. El único motivo, el puro divertimiento, la fascinante sensación de someter al débil a las garras del poder, el aplastamiento como emblema del miedo. Tras divisar aquella triste realidad donde habitaba mi sustento, regresaba al jardín.

Una de aquellas tardes, con la primera fresca, nuestra impaciencia parecía desbordarse ante la idea de no reencontrarla. Agitábamos con violencia nuestra cola, como si se nos escapara la vida. Cuando llegó al jardín, me percaté de sus torpes movimientos al andar. Observé sus pómulos salpicados por el color morado y sus labios donde lamía los rastros de sangre de un profundo corte. Sin embargo aquellos golpes no mermaron la alegría de su semblante al repartir el pienso que devorábamos y el agua cristalina con la que refrescábamos nuestros gaznates. Tras una sesión de mimos más larga de lo habitual, se perdió entre las sombras mientras las lágrimas surcaban su rostro marchito. La pesadumbre de haber consumido nuestro último encuentro se adueñó de mí y comencé a llorar desconsolado.

Así fue. Al día siguiente no apareció ante la puerta de la clínica veterinaria, ni tampoco pasó a dar de comer a otros callejeros como yo. Aquel día no recibió ninguna mirada de rechazo, ni nadie la echó a empujones de su jardín. No entró al portal donde apenas subsistía, ni se mezcló con el hedor que la embriagaba. No fue nadie a preguntar cómo murió o quien la mató, ni mucho menos a despedirla. Nadie pensó en si tendría algún enser por reclamar. Sólo los gatos acudimos a decirle el último adiós. Sólo en nuestras mentes vive aún su recuerdo. Sólo en nuestra piel caldea aún su ternura.


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Fuentes de Inspiración:
Experiencia.

Todos Los Gatos – Txarrena
(canción).
Relatos

El Deseo Del Yo

Por un momento, me gustaría no pedirle a la máquina que concede los deseos, suponiendo que exista, una novia de buen ver, ni una casa enorme con establos. Me encantaría malgastar dicha oportunidad para ver cómo sería yo si no hubiera conocido nunca a nadie a mi alrededor, sin leer una opinión que cambie mi parecer, sin recordar una melodía que conmocione mi sensibilidad. Me encantaría saber cómo se hubiera desarrollado mi personalidad por sí sola, deambulando por el edén como un Adán sin su Eva y sin un Dios que le diga que es el bien y que es el mal.
Sería curioso comparar esta personalidad genuina y anacoreta con la que tengo ahora, saber en qué medida la sociedad y sus herramientas han intercedido en nuestra evolución personal. Saber si soy realmente yo, lo que el destino más puro tenía reservado para mí, o si tal vez estoy viviendo en la piel de un producto que poco a poco se ha ido limando con el contacto exterior. Quisiera saber si sería más feliz, si estaría más pleno, o si por el contrario me sentiría más cómodo luciendo este disfraz que entre todos eligieron por mí.
Como es gratis pedir, también me gustaría que el proceso no fuese artificial, que no se realizara dentro de una probeta, para dar un toque humano a la cuestión, y que cerca de mí hubiese más humanos como yo, deshumanizando el toque. Ellos camparían a sus anchas sin que pudiese verlos, sin escuchar sus voces, sin notar sus pasos, sin que me toquen, sin que tengan la ocasión de alterar mi interior, ése que entre todos han sepultado bajo tierra a una distancia tan grande que se me aventura imposible comenzar a excavar.
Aunque pensándolo bien, si contemplamos el principio del experimento y consideramos el período de gestación de mi nueva y solitaria personalidad, ¿recibiría algún patrón de conducta en el cálido vientre materno? ¿Por el cordón umbilical fluiría algo más que el rojo de mi sangre? Es más, ¿aquel día que mi padre acaricie el vientre descubriré alguna emoción que no estuviera intrínseca en mi desarrollo? Demasiadas pequeñeces que adulteran el objetivo, no puedo arriesgar ahora que estoy a tiempo. Tendré que imponer un reinicio de la personalidad en el momento de salir al exterior, olvidar todos y cada uno de los devaneos incontrolables e insalvables del útero.
Antes de que mi verdadera personalidad comenzara a expandirse, me deberían depositar en algún lugar donde pueda ser libre, un lugar lleno de vida y que evite el contacto directo con todo lo que huela a humano. El bosque será un gran lugar donde desarrollarme pleno. No estaría de más pedir la equidad de las tonalidades que dan color al bosque, ya que cualquier inclinación hacia un color en concreto sería fatal para el experimento. Un predominio del verde haría que mi sentido de la realidad, la objetividad plena, estuviera enturbiada por un ligero destello de positividad y energía que tal vez no estaba en mi carga inicial. O tal vez, un predomino de los tonos rojizos me convirtiera en un ser excesivamente pasional e idealista, y aunque estuviera en mi destino serlo, vería al resto de colores con una perspectiva previamente subjetivizada. Tampoco creo que fuese una buena idea que se me arrebatase la visión o que sólo existieran el blanco y el negro, quiero asimilar todas las posibilidades que nos ofrece este mundo. Así pues, en el bosque tendría que haber un reparto preciso en cuanto a gamas de colores, dando por cierto que lo haya y se pueda llevar a cabo. No quisiera meterme en planteamientos tan avanzados cuando el mío se trata de un juego tan inofensivo y simple.
Imagino que por un razonamiento análogo, la cuestión de los colores habría que extenderla también al reparto de especies animales y especies vegetales; el número de machos y el número de hembras; días de calor y días de frío; horas de luz y horas de oscuridad; días de lluvia, días de viento, días de nieve y días de sol… Todo sea por lograr un entorno completamente objetivo que me permita crecer en plenitud con la única guía del uno mismo, de lo que realmente se es, de lo que verdaderamente soy.
Ahora que pienso, supongo que para un bebé tan pequeño e indefenso, no será fácil mantenerse en el bosque, puede ser en cualquier instante pasto de las crueles garras de las fieras. Además, ¿cómo se alimentaría? Sinceramente, no veo a mi ser bebé cazando a una bestia, despellejándola y después asarla al fuego. Si el hombre tardó la tira de años en inventar útiles de caza y el fuego, ¿cómo demonios iba a hacerlo un bebé en sus primeros días? Menudo despropósito de ocurrencia, tendremos que reiniciar la personalidad en un punto donde la persona tenga la capacidad y la madurez para valerse por sí misma. ¿16 años? ¿25 años? ¿40 años? ¿De dónde sacaremos la capacidad y la madurez para ponérsela a mi ser recién nacido de interior? ¿Seremos capaces de elegirlo de manera que no le modifiquemos?
Que complicado es todo, no puedo hacer el experimento desde el comienzo de una manera pura, ni tampoco usando el reinicio de la personalidad. Lo  peor de todo es que si tenía alguna esperanza de lograrlo escribiendo, creo que he vuelto a naufragar. Yo mismo me habré cambiado un poco más mientras escribía, y no sé si desde mi interior o desde el exterior. No sólo hay que luchar con mujeres embarazadas, bosques y técnicas de reinicio de personalidad, sino que ya no te puedes fiar de ti mismo…
En fin, creo que tendré que conformarme con pedir que la temperatura del mar donde habita esta gota de agua sea cálida y que las olas que lo mecen la lleven a las orillas de una isla llena de sirenas, que aunque me alteren, seguro que lo hacen para bien.




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Relatos

La Beatriz Nunca Fue A La Escuela

La Beatriz, la hija del Raimundo “El Colorao”, no fue nunca a la escuela. Cuando era niña, la oscuridad y el hambre se instalaron en la realidad que vivía. No quedaba tiempo ni pensamiento para el futuro, tan sólo para la subsistencia del día a día. Antes de salir a la calle a jugar con las demás zagalas del pueblo, su madre le advertía que no debía juntase con la Rosario, la hija del Juan “El Tieso”, y que si alguien le preguntaba por su padre, “El Colorao”, dijese que lo mataron en la guerra, que por eso vestía aquel destartalado vestido de riguroso color negro.

La Beatriz, aún chica, no sabía que en realidad su padre estaba más cerca de lo que creía. Raimundo “El Colorao”, como tantos otros, estaba escondido en la cueva de la Alacea, en plena sierra, a unos kilómetros del pueblo. Desde allí, aquellos hombres desposeídos trataban de buscar con la mirada el pueblo del que habían huido, la familia que habían abandonado, las ovejas que sin su protección habían devorado el hambre, el frío y los lobos, la aceituna y la almendra que habían dejado sin recoger ese año, el anterior y el anterior. Entre los compañeros de Raimundo “El Colorao” se encontraban Emilio “El Malasombra” o el que hubiera sido el maestro de la Beatriz, don Faustino.

Desde que don Faustino desapareció, nadie se había hecho cargo de la escuela, claro que, tampoco se había quejado ningún vecino. Los más acaudalados habían mandado a sus hijos a un internado, a un convento o a un seminario lejos del pueblo. Los demás tenían suficiente con callar y tuvieron que mandar a sus hijos a echarle de comer a los animales, a traer el agua del río, a quitar tallos, a limpiar broza, o, como el caso de la Beatriz, a vagar por la calle. Antes de la guerra, su familia tenía un modesto cortijo, con dos corrales, unos bancales con olivos y unos huertos. Después no les quedó nada, habían tenido que ir a vivir con la abuela. Sus pertenencias pasaron sin miramientos a manos de las nuevas fuerzas del orden, entre las que destacaba el nuevo alcalde, la máxima autoridad y a quien todos sus enemigos temían, Juan “El Tieso”.

Una de aquellas mañanas de invierno, la madre de la Beatriz tendía la ropa en las peñas mirando de reojo la sierra. Estaba inquieta, no sabía si el paquete que le dio a la mujer del Emilio “El Malasombra” le habría llegado ya a su marido. El pico más alto de la sierra estaba completamente blanco, y pensaba que sí en el pueblo hacía un frío que cortaba, en la sierra debía ser espantoso. Temblaba, pero no de frío, sino al recordar la última visita de Juan “El Tieso” a casa. Llegó apestando a licor y con una atroz sed de venganza. La arrinconó contra la pared y le dijo que ya sabía que el maricón de su marido estaba jugando al escondite por la sierra, y que muy pronto lo cazarían. Le susurró, mientras le acariciaba los pechos sin poder oponer resistencia, que estaba a tiempo de contarle donde estaba “El Colorao” y ofrecerle así un mejor futuro para la Beatriz y sus otras dos hijas. Para rematar, le juró que si colaboraba con las fuerzas de la ley y el orden, esas tierras, que sin más remedio les tuvieron que quitar, podrían volver a ser suyas.

En ese momento de escalofrío, escuchó las voces de la Beatriz, quien corría disparada hacia ella. Era aún pronto, no era la hora de comer, y sus hermanas no habían llegado todavía. Cuando llegó a las peñas, la Beatriz comenzó a gritar que sabía dónde estaba su padre, que estaba en la sierra. Inmediatamente su madre la espetó para que callara, por suerte no había nadie allí, y fueron a la casa. La Beatriz contó que su padre, Raimundo “El Colorao”, estaba en la cueva de la Alacea, que se lo había dicho la Trini, la hija del Emilio “El Malasombra. Al parecer éste último se lo había dicho a su mujer por carta, y ésta a la Trini. La madre de la Beatriz hizo un gesto de preocupación por la revelación de su hija, y le pidió que bajo ningún concepto lo debía mentar por la calle, porque sino los hombres de Juan “El Tieso” irían a buscar a su padre para matarlo. La Beatriz, a pesar de ser muy chica y de no haber ido nunca a la escuela, entendió perfectamente que cualquier revelación podría ser fatal, como la que le había hecho a la Rosario, su mejor amiga, la hija del Juan “El Tieso”, antes.

Tras la revelación de la Beatriz, su madre se fue derecha a la herrería, a ver a la mujer del Emilio “El Malasombra”. Allí encontró a Paco “El Herrero”, un hombre rudo e inmensamente gordo, quien estaba calentando el hierro en la forja. En seguida apareció su hermana, la mujer del Emilio “El Malasombra”, y se dirigieron hacia la casa de ésta. La madre de la Beatriz comenzó a gritar enfurecida, diciendo que no se podía jugar con algo tan serio, que no le podía decir nada a las zagalas, que eran muy chicas y podrían cascarlo, como ya había hecho la Trini con la Beatriz, y como ignoraban, que lo había hecho la Beatriz a la Rosario. La mujer del “Malasombra” le prometió que tendría más cuidado, le contó que el paquete había llegado bien a su destino, y le dio una carta, era de Raimundo “El Colorao”, su marido.

En la carta, le contaba que el frío y el hambre no habían llegado a acabar con él, pues el calor del recuerdo de ella, su amada, le daba fuerzas para seguir hasta el final. Le decía que se iban a unir a un grupo que había al otro lado de la sierra, ya en la parte de Jaén, para reconquistar el pueblo más pronto que tarde. Enseguida, la madre de la Beatriz se derrumbó y comenzó a llorar, descargando en su compañera toda la tensión, la soledad y el miedo que había acumulado durante este tiempo atrás.

Ya a la noche, en un fugaz instante, la emoción de la Beatriz y de su madre se transformó en el mayor de los terrores. Un instante tan fugaz como el que tardó Juan “El Tieso” en dar una patada a la puerta y abrir la casa de la abuela de la Beatriz. En ese momento, la Beatriz, la niña que nunca fue a la escuela, se acurrucaba entre sus dos hermanas. Su corazón dio un vuelco al oír la voz ronca del padre de la Trini, el Juan “El Tieso”, quien reclamaba a su madre. Sabía que a esas horas tan oscuras no podía tratarse de nada bueno, y se metió debajo de las mantas tapándose los oídos mientras las lágrimas cubrían su rostro.

Al otro lado, Juan “El Tieso”, completamente borracho, se tambaleaba eufórico frente a la madre de la Beatriz. Entre carcajadas contó que habían capturado al cobarde del “Colorao” en la cueva de la Alacea, en todo lo alto de la sierra, que lo tenía en el ayuntamiento junto al resto de rojos que estaban con él, y que como en el fondo era muy bueno venía para darle la posibilidad de estar un rato con él. En un movimiento reflejo, la madre de la Beatriz se revolvió, y echó a correr hacia el ayuntamiento.

Antes de llegar, en la plaza, un tumulto de gente la zarandeó mientras la escupían y le gritaban que era una roja y una atea. Un impulso de coraje, hizo que se zafase de las garras de aquella gente y consiguió entrar al ayuntamiento. Allí, su corazón se detuvo bruscamente. Tirados en el suelo yacían ocho hombres, todos con numerosas marcas de disparos y con sus camisas manchadas de sangre. Entre ellos reconoció a don Faustino, el que hubiera sido el maestro de la Beatriz, Emilio “El Malasombra”, quien estaba custodiado por su mujer, quien aullaba de dolor, y por Paco “El Herrero”, quien trataba de consolarla. No había rastro de su marido, Raimundo “El Colorao”.

En ese momento, Juan “El Tieso” la cogió y le dijo que pasara a la sala que tenía a su derecha. Por un momento su corazón volvió a latir a un ritmo vertiginoso. Pensó que Juan “El Tieso” le había dado la oportunidad de ver a su marido, y que en breves momentos podría estar con él, abrazarle, acariciarle y besarle por fin. Pero no hubo abrazos, ni caricias, ni tampoco besos, solo el amargo sentimiento que produce ver al ser querido muerto a tus pies, mientras descubres que su captor, el hombre que lo mató, te acaba de clavar en el alma la más cruel de las burlas, la más punzante de las cuchilladas, mientras ríe y se jacta diciendo que aquel colorín ya no podría volar nunca más.

Al día siguiente, la Beatriz, sus dos hermanas, su abuela y su madre, la única familia que le quedaba a Raimundo “El Colorao”, fueron a dar tierra aquella vida arrebatada, aquel cuerpo apaleado. No hubo misa, ni oración, ni pésames, sólo tristeza, lágrimas e impotencia, mucha impotencia. Tampoco hubo lápida, sino una marca en el suelo que la lluvia y el tiempo se encargarían de borrar. A unos metros, el mismo procedimiento fúnebre tenía lugar en torno al cuerpo del Emilio “El Malasombra”. Aún se podían considerar afortunados, pues a los otros seis nadie los reclamó y una hoguera de rencor transformó sus molidos huesos en polvo.

La Beatriz nunca supo nada sobre la macabra broma que el padre de la Rosario, su mejor amiga, le hizo a su madre. Pero, la Beatriz, sí que entendió que nada de eso hubiera pasado si no le hubiera contado nada a la Rosario, si no le hubiera dicho que su padre, Raimundo “El Coloroao”, no estaba muerto, como le había advertido su madre, sino que estaba escondido en la cueva de la Alacea y que le ehcaba mucho de menos y que lo que realmente quería era verle. La Beatriz tampoco supo que su amiga, la Rosario, le pidió a su padre, Juan “El Tieso”, que ayudara a la Beatriz a reencontrarse con su padre, que la cueva de la Alacea no estaba tan lejos y que él podría bajarle. La Beatriz tampoco supo que Juan “El Tieso” prometió a su hija que sí que lo haría, que el mismo se encargaría de que muy pronto se pudieran ver padre e hija. La Beatriz tampoco supo que Juan “El Tieso” le juró a su hija que cuando encontraron a Raimundo “El Colorao” ya estaba muerto, de frío, que él no lo mató.

La Beatriz, la hija del Raimundo “El Colorao”, nunca fue a la escuela. Nunca supo leer, ni escribir, ni contar, ni la interminable lista de los reyes godos. Después de la muerte de su padre, antes de salir a la calle, su madre le advertía de que no debía de juntarse con la Rosario, la hija del Juan “El Tieso”. Pero la Beatriz, todavía chica, no necesitó saber de muchas cosas, ni de escuelas, ni las advertencias de su madre, para que al llegar a la plaza, tras recibir la inocente condolencia de su amiga la Rosario, volvieran a jugar como si nada hubiera pasado, como si todo lo que nunca supieron fuera tan frágil como la vida, como si todo el odio que rezumaban sus familias fuera tan ligero como para volar y desaparecer por siempre.

Amar es perdonar, pero no olvidar.
A mis abuelas y abuelos, y a todas aquellas historias olvidadas…


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Relatos

Mick Mokorock

Mick Mokorock se da cuenta de que su feliz letargo acaba de llegar a su fin. Todavía retumba en su cabeza la reciente decisión de Keith, Ron y Charlie, su fiel artillería, de dejar la banda que hacía diez años habían formado, Mokorock. Los constantes delirios de Mick habían precipitado una situación que hacía tiempo que se mascaba dentro y fuera del grupo.

Al comienzo se trataba de un simple entretenimiento, recoger los restos del éxtasis que otras bandas habían trazado en forma de línea, sentir el cosquilleo del cuerpo antes de salir a matar, cortar el sudor con un cuchillo. La falta de talento y técnica musical de los tres músicos fue suplantada por la salvaje impronta de Mick. El cantante, y compositor, amasaba la rabia punzante y el arrojo feroz en temas de no más de dos minutos que consiguieron conectar con un público que buscaba desesperadamente un mesías con el que rellenar su existencia.

Hoy, queda muy poco de lo que fue, tan sólo le acompaña la misma fachada: una cresta puntiaguda de color amarillo, los imperdibles oxidados que cuelgan de sus orejas, la insignia de Mercedes que sobresale de su deshecha chupa de cuero y unas botas negras con restos de barro y mierda. Mira en el local de ensayo las fotos de los primeros tiempos, las portadas de sus primeros álbumes. La pose desafiante y el vigor que delataba su rostro en las imágenes confrontan con su titubeante actitud y las arrugas que florecen en su cara. Busca agobiado en el bolsillo una papelina que le alivie de este pesar.

Mick recuerda el primer bolo de Mokorock. Fue en un garito cochambroso, sin aire que respirar y con un equipo renqueante que sonaba a puro infierno. Todos sus colegas habían acudido a la cita y Mick se había sentido esa noche en la más absoluta de todas las cimas. Las miradas entre los cuatro jóvenes eran cómplices y las hostias se mezclaban con la felicidad debajo del improvisado escenario. Cuando acabó el concierto recogieron los trastos y se pimplaron uno a uno todos los bares de mala muerte que encontraron a su paso. 

Mick no olvida el último bolo de Mokorock, anoche. La actuación comenzó dos horas más tarde de lo previsto. Sus fieles seguidores estaban muy calientes, pero aguardaron su ira ante la tambaleante aparición de Mick, una más. Las cuerdas de Mick estaban destrozadas, no podía apenas vocalizar y cuando parecía que se entonaba confundía las letras. El resto de músicos adivinaron el huracán que venía, aunque no tuvieron tiempo de reaccionar. De repente una piedra impactó en la cabeza de Mick, la música dejó de sonar y todos corrieron a resguardarse en el camerino. Se guarecieron de las piedras, pero no de los gritos y las amenazas que se colaban por debajo de la puerta. El autobús de Mokorock fue quemado, la sala fue arrasada y en unos minutos apareció la policía para brutalmente cargar contra todos los asistentes. Curioso destino para un grupo que cantaba: “Colgad a los putos maderos, de los huevos. Machacar el sistema policial, a base de fuego”.

No puede soportar el pensamiento, busca una dosis mayor que le haga volar. En seguida le viene el recuerdo de Janis, su primera novia. La conoció en una de sus primeras actuaciones fuera de la provincia. Aunque eran ya cientos los que venían a sus conciertos, eran todavía pocas las que ardían por conocer a Mick. No supo muy bien que decirle, al bajar del escenario perdía esa seguridad que le caracterizaba y se trababa al hablar. Después de cuatro años de relación, Janis sabía que Mick la estaba destruyendo. Su amor era tan fuerte que podía asumir que la engañara noches tras noche, drogarse al mismo nivel que él, pero no podía aceptar que la tratase como una más. Una noche apareció ahorcada en su casa presa del miedo y el desamparo. Mick no acudió al entierro, y aquella noche pareció aliviado con la compañía de otras dos Janis.

Los recuerdos flotan a su alrededor a una velocidad vertiginosa, clavan sus garras en su ser haciéndolo trizas. En su piel la sangre corre a borbotones y el aire parece escapársele por momentos. Intenta correr desvalido, escapar de las zarpas de la muerte. Un intenso fogonazo le sorprende en la huida, sus huesos dan contra el suelo. Ya no habrá dosis ni consuelo para este juguete roto.


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Relatos

Caminos Inescrutables

Mi extinguida vocación se cultivó en los albores de la infancia, en el ir y el venir de una familia tradicional de campo, amamantada por un fuerte fervor cristiano. La educación religiosa que recibí siguió con firmeza cada uno de los pasos que marcan los sacramentos. Me bautizaron en la cuna, tomé la comunión de niño y al final de mi adolescencia ingresé en el seminario, camino del porvenir del servicio al altísimo.

El vivir instalado en un ambiente tan marcado y sumamente complacido, recibir una formación estricta y el miedo y rechazo frente a lo prohibido, no me permitieron cuestionar a fondo el sentido de la creencia, y tan siquiera el de mi propia existencia. Así, supongo, pensaban mis abuelos, y así querían mis padres que lo aceptara yo. De esta forma labré mi compromiso, forjado con el celibato, mi unión con Dios, hasta que un día cambié el ostracismo seminarista y un plácido futuro como párroco por las clases de historia en un colegio de secundaria que la orden tenía en la capital.

De entrada tuve que aceptar la reciente irrupción del personal laico en el profesorado, en clara respuesta al escaseo vocacional de los jóvenes de mi generación. Algo más de esfuerzo me llevó quitarme el recelo que me causó el encontrar una compañera. La profesora emborronaba con una dulce caligrafía pizarras enteras con fórmulas trigonométricas y propiedades geométricas. Tenía un aspecto angelical, se la intuía decidida e inteligente. Era recatada al vestir. Recuerdo su falda larga y las tonalidades castañas de su largo pelo, firmemente fijado por una coleta. Su rostro era agradable y su sonrisa era capaz de iluminar la tormenta más negra. Esas tiernas facciones custodiaban una caja de sorpresas de la que yo iba a tener la oportunidad de ver, tocar e incluso paladear.

En mis primeras semanas, mi carácter retraído y el temor que siempre acepté naturalmente hacia el sexo femenino me apartaron de ella. Los tímidos encuentros en el pasillo me incomodaban, me alteraba sin premeditación y esquivaba como un resorte su mirada tras un insustancial hola y adiós. Aprendí con el tiempo a prever y evitar los fugaces momentos en los que coincidíamos, para alejar la tensión que me consumía. En los claustros, afortunadamente, no le cedía más de un asentamiento con la cabeza. Al contrario de lo establecido, mi plan de aislamiento corporal fue un impulso definitivo para que mis pensamientos se agitaran peligrosamente.

Al acabar de comer, tenía por costumbre bajar a un aula vacía para preparar las clases del día siguiente, revisar exámenes pendientes o recibir las siempre inoportunas dudas de los alumnos. En una de aquellas tardes, una intensa lluvia se apoderó del cielo, mientras en mí piel sentía una penetrante sensación de frío seco. De repente, mi corazón dio un vuelco al ver la entrada de una mujer toda empapada. Pensé que se trataba de la madre de algún alumno, pero rápidamente la reconocí. Su cabello liso había dejado paso a un indomable mar de rizos, y su rostro inocente dio paso a una sonrisa maliciosa, descarada, que se deleitaba cada vez más ante mi inseguridad. Quedé completamente paralizado, sin reacción, exhausto, con una sofocante, y hasta ahora desconocida, sensación de calor de la que me atrevo a reconocer como placentera. No opuse ningún tipo de resistencia, sus manos ya se deslizaban por mi cuerpo y su boca despedazaba sin compasión la mía. Sin haber mediado ninguna palabra, inmóvil, y aún temblando, la vi desaparecer del aula.
Esa misma tarde renuncié a mi puesto en el colegio y comencé un período de búsqueda en mí mismo que derivó en el abandono de mi ocupación religiosa.

En cuanto a ella, pensarás, cambió la compañía de los sacerdotes por la de las monjas. Cuando llevo a los niños al colegio, maldita coincidencia, recuerdo aquellos cabellos que ahora su hábito esconde mientras recibo cortante su indiferencia en respuesta a mi perspicaz sonrisa.

Visto lo visto, tendré que aceptar que el inescrutable camino marcado por Dios no siempre conduce hacia él.

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Fuentes de Inspiración:
Cuéntame Como Pasó
(serie).
Dolores Se Llamaba Lola – Los Suaves
(canción).
Imaginación, demasiada…
Relatos

Una Historia Incompleta

Vencido por el infranqueable designio del destino, el joven Salvador es ahora consciente de que estos minutos probablemente sean los últimos. Su triste suerte no altera la serenidad que, desafiante, clava en los ojos del guarda que porta su nombre escrito en plomo. A diferencia de sus compañeros de viaje, el joven no siente miedo, ni pena, ni tan siquiera odio. Nada es capaz de sentir, su corazón se fue secando a la espera.
Atisbando el espectro del penal, recuerda a Miguel, su querido profesor, y hasta ayer camarada. La pasada medianoche yacía sentado en el mismo lugar que ahora lo hace Salvador, camino de la tierra que da cobijo a sus huesos. Al bajar de la camioneta, el maestro se retorció horrorizado pensando en que había arrastrado a su alumno predilecto a un cruel final, muy alejado de los pregones de libertad e igualdad con los que le había seducido en tiempos pasados. En el último resuello, se preguntaba si la carta que había escrito llegaría a las manos de su destinatario, si conseguiría asimilar a tiempo todo lo que hasta ahora le había ocultado. Ahora, muerto, aguarda respuesta en una solitaria fosa el desgraciado reencuentro.
La densa niebla y la negra oscuridad ocultan la camioneta de los hombres privados, ahogando sus pensamientos, despedazando sus historias, todavía incompletas. Salvador ignora que una de las piezas que le faltan para completar la suya, la pieza más importante, está custodiada por el guarda al que firmemente sostiene la mirada. El frío sacude todos sus huesos y el latido de su pecho se apaga a la espera. Mientras tanto, las robustas manos del guarda acarician la carta de Miguel mientras debate la posibilidad de dársela al joven antes del fusilamiento.
El traqueteo del motor se detiene en un páramo que apesta a sangre derramada y a sed de venganza. Empujados por una retahíla de soldados armados, uno a uno los hombres marcados van bajando del viaje final. Todos menos uno. El cuerpo de Salvador yace apoyado en la barreta del habitáculo. Su cabeza se inclina hacia delante, apuntando al suelo con los ojos entornados y la boca entreabierta. Su corazón dejó de esperar, no conocerá el plomo que lleva su nombre. Rápidamente el guarda se adelanta y sube a zarandearlo, sin recibir respuesta alguna. La mano que acariciaba el papel le arde tan intensamente como el miedo de privarle de su lectura, el temor de que la espera del joven se haya agotado.
Acto seguido, dos soldados portan el delgado y maltrecho cuerpo de Salvador, siguiendo el asustado deambular del guarda. Con la débil luz de un candil busca la zanja donde reposa quien antes de morir le dio el escrito que ahora le quema en el bolsillo. Al llegar al lugar, la mano abrasadora del guarda se desliza sobre el pecho helado de Salvador, dejando la carta cerca de su corazón. Súbitamente, los ojos de Salvador se abren de nuevo brillantes por un instante, penetrando por última vez en la mirada del guarda. De un seco empujón el cuerpo del alumno se posa encima del profesor, de su camarada, mientras el barro sepulta por siempre el agujero del amargo reencuentro, dejando para el olvido una historia por completar.
Relatos

El Espejo de Laura

Laura se mira en el espejo asustada. De nuevo en la cama tendrá la sensación de vagar a la deriva, de estar maniatada a una cadena a la que nunca opuso resistencia. La crueldad de los grilletes marca, y marcará, su marchito rostro, su cuerpo espigado y un alma oscura, que jamás será coloreada por el esperanzador pincel.
Laura se mira en el espejo contrariada. No dará marcha atrás, pero la incertidumbre la invadirá, apuntando el alto riesgo de caer del estrecho hilo. Quizás, piensa, mientras acaricia su malogrado pecho, aguantará para dejar que la marea la lleve a un nuevo puerto, limpiando las heridas con agua y sal, o se quitará el antifaz que tanta veces deseó quemar.
Laura se mira en el espejo decidida. Empuñará las tijeras y emulará el viraje que va a atravesar el corazón de quién un día fue sol, y en devastadora tormenta se convirtió. Sonreirá poseída, no tendrá miedo. Marcará su decisión recortando su descuidada cabellera, esperando a que vuelvan a brotar las ganas de sentirse bella.
Laura se mira en los miles de fragmentos del espejo que acaba de destrozar enloquecida. No volverá a sentir el escalofrío mientras se deja follar por él, no tendrá que escuchar sus repugnantes gritos, ni soportar sus disculpas sobre su sangrante rostro. Está decidida, tampoco irá mañana a despedirle en su entierro. Sujetará con fuerza las tijeras para cambiar de su filo el castaño desgarbado por un intenso color rojo.
Laura se vuelve a mirar al espejo vacía, un nuevo y sucio espejo. Lentamente se acostumbrará al hedor de su nueva habitación; comprenderá los delirios de sus compañeras; y hasta adaptará su gusto a la maltrecha bandeja y el funesto sabor.
Jamás volverá a ver la esperanza en el espejo, jamás volverá a ser ella. Laura.

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Fuentes de Inspiración:
Elisa K – Judit Colell i Jordi Cadena
(película).
Echa A Correr – Barricada
(canción).
Marta Dibuixa Ponts – Carles Cortés (libro)
Cosmofobia – Lucía Etxebarría
(libro).
Penadas Por Ley – Boikot
(canción).
Grita – MalSujeto
(canción).