Vida Moderna

Críticas Traidoras

Esta semana he estado hospedado en un alojamiento de la plataforma HellBnb. Debía asistir a una feria agrícola para publicitar nuestro estiércol doblemente biodegradable. Dentro de su austera política de gastos, la empresa predispuso una cantidad exigua para pasar la noche y la recomendación de cenar a base de los contenedores cercanos a los puestos ambulantes de la feria. A pesar de ello, encontré una habitación de un apartamento que las críticas describían como bien equipado, cómodo y limpio. Además, los antiguos huéspedes decían que el anfitrión era atento, formal y brindaba al huésped multitud de pequeños detalles. Sin embargo, los sistemas de críticas me la volvieron a jugar.

Sigue leyendo “Críticas Traidoras”

Relatos·Vida Moderna

El Rey de las Tabernas

Hasta entonces no sabía cuál era el verdadero nombre del ‘Rey de las Tabernas’. Acudía puntual a la hora en que abrían los bares y desaparecía cuando estos echaban el cierre. Un traje elegante de color negro, una corbata sobria y un juego de zapatos relucientes componían su inamovible vestimenta. Al concluir su consumición, abonaba su cuenta y la del resto de parroquianos. Nunca supimos a qué se dedicaba, si estaba casado o dónde vivía. No acostumbraba a hablar de sí mismo. El Rey prefería dirigir la conversación hacia el último partido del Valencia, las golferías del hijo del alcalde o la fluctuación del valor de la chufa.

Allá donde acudiera, había un séquito que lo rodeaba para escuchar sus análisis sesudos o sus desternillantes ocurrencias. Siempre tenía opinión o palabra sobre cualquier temática. Algunos, los más fieles, lo seguíamos hacia otros bares con, además de sed, admiración. Con el tiempo, le fueron atribuidas algunas obras quizá más fruto de la ebriedad que de la realidad. Dicen que en cierta ocasión se desató una plaga de gonorrea en el barrio y que curó a los enfermos untando vino tinto en sus miembros. Yo mismo lo vi multiplicar cañas por tapas de chorizo entre vítores y aplausos.
Paulatinamente, los restaurantes refinados y los bares vintage de camareros ataviados como trapecistas de circo inundaron las calles del barrio. Aunque el Rey se mantenía fiel a los tugurios, no era persona de mentalidad cerrada y un día accedió a probar un restaurante afamado: La Jerusa. Junto a él acudimos un grupo de trece discípulos. Nada más entrar, una camarera nos pidió que nos dirigiéramos a la barra y que, si queríamos permanecer en el local, no nos acercáramos al resto de clientes. A pesar de la bravuconería, el Rey nos indicó que tomáramos asiento en los taburetes y rompió el silencio sepulcral para pedir cerveza y su habitual cáliz de vino. La misma camarera le espetó informándole que el local tenía un sistema por turnos. El Rey templó los nervios y asumió con resignación aquellas modernas costumbres. Tras media hora de espera, nos sirvieron las bebidas y aguardamos al siguiente turno para pedir la que se anunciaba como especialidad de la casa: croquetas Jerusa, un alimento casero según rezaba la bolsa en la que venían congeladas. El último caso de confiscación y venta de agua bendita por parte de la guardia civil centró esa noche el sermón del Rey. En cierto momento, agarró su copa y la alzó pronunciando unas palabras que aún resuenan en mi mente: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi melopea, melopea de la alianza nueva y eterna”.
Sin previo aviso, otros discípulos hicieron acto de aparición en el bar. La camarera más simpática les invitó a irse aludiendo falta de sitio. El Rey, que le gustaba rodearse y no era exquisito con el espacio, hizo señas para que estos se acercaran mientras nos pedía al resto que dejáramos hueco. Sus gestos supusieron un terrible desafío para la camarera, quien insistió a los nuevos congregados a que se marcharan y emitió una desairada crítica desafiante hacia el Rey. Este, que era persona pacífica y honesta, se acercó a la chica para resolver el malentendido. Sin embargo, fue de nuevo reprendido y expulsado entre empujones e insultos. Al salir, dolido por la ofensa, el Rey agachó la cabeza y susurró hacia sus adentros: “Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Tras este incidente, nunca más volví a ver al Rey. Los taberneros estaban preocupados por su desaparición y consiguiente descenso de ingresos. Nadie sabía dónde buscarle. Sus discípulos sentíamos el vacío de su ausencia y la forma en que llenaba las jarras. Al tercer día, ocurrió el milagro: Sanidad cerró La Jerusa. Sobre la puerta metálica colgaba una nota informativa explicando los motivos. En la parte inferior se podía leer unas palabras escritas a mano: “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva había resucitado y ascendido a mejores tascas. En alguna humilde barra anda invitando a nuevos parroquianos, obrando beodos milagros y predicando las bondades de la fermentación.
Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.


Vida Moderna

¡A por el bote, oé!

En la noche del domingo pasado, frente a la sede de un partido que se define como muy español, una masa excitada de seguidores gritaba “Un bote, dos botes, español el que no bote“. Tras dar cuenta del error de sintaxis, los cánticos se tornaron hacia un inquietante “A por ellos, oé“, en el cual no quedaba claro a quién querían hacer referencia con ellos. A pocos kilómetros de distancia, en la sede del partido ganador, el ambiente no difería mucho. Una multitud contenida de simpatizantes coreaba “Con el de la iglesia sí, con el veleta no“, mientras su líder trataba de acallarlos demostrando, más si cabe, una insólita pericia por evidenciar su torpeza.

Estos ejemplos ilustran a la perfección cómo la democracia, al menos en España y probablemente fuera, ha degenerado hasta convertirse en un espectáculo a la altura de un partido de fútbol, una carrera de caballos o un combate callejero entre gallos de pelea. No importa si el debate es acerca de impuestos, empleo, educación, política territorial o medio ambiente. Lo verdaderamente importante radica en tener una posición, para la que no se pide coherencia ni profundidad, con el único objetivo de vencer al rival por aplastamiento si es posible. Los argumentos y las ideas se reducen a meras soflamas del tamaño de un cántico o un tuit como máximo.
Mis sensaciones durante las pasadas elecciones no fueron muy distintas a las de un Barça–Real Madrid de casi final de liga. Cuando se acercaba el acontecimiento sentí algún cosquilleo. Después, durante el trascurso del recuento y los análisis, nervios y emoción. En un par de ocasiones me levanté del sofá para pedir explicaciones a los tertulianos por haber errado en sus previsiones e incluso llegué a reclamar el VAR cuando conjeturaban algún pacto imposible. Al final, conocido el resultado definitivo, sentí cierta alegría. Mi equipo se mantenía con opciones de entrar en puestos de Champions, mientras que los enemigos se mantenían fuertes pero alejados de las posiciones de privilegio.
Durante los días siguientes se sucedieron las predicciones de todos los colores. Los azules, que habían remontado posiciones, parecían desentenderse de responsabilidades y arremetían contra el resultado, los árbitros y el sistema. Los rojos afirmaban que buscarían el título de liga con los morados. A los morados ya les iba bien así porque era un equipo más humilde, acostumbrado a los campos de segunda división. En los puestos de descenso estaban los naranjas y por ello cambiarían a su entrenador. Practicando un juego ruin, rozando los límites del reglamento, los verdes habían dado la campanada y vislumbraban una formación de ensueño para la próxima temporada.
Si no hay sorpresa de última hora en los campos periféricos, es prácticamente un hecho que los rojos se alzarán con el título. Para algunos, entre los que me podría incluir, puede ser este un motivo de esperanza, mejora de las condiciones de vida, reivindicar los valores de justicia e igualdad y convertir este en un mundo mejor. Otros vaticinan el colapso económico, la destrucción nacional y el apocalipsis social. Sin embargo, cabe contener la euforia y el pesimismo, para recordar que, por suerte o por desgracia, también el gobierno está a la altura de un juego. Al terminar la temporada y repartirse los trofeos, volveremos a darnos cuenta del pequeño radio de acción de los políticos y su lejanía con aquellos que los jalean. Algunos darán por perdida la temporada para preparar la siguiente. Nosotros, los espectadores, continuaremos con nuestra vida, madrugando para ir a trabajar y expresando nuestros pensamientos en la barra de algún bar. Y como no podía ser de otra forma, he de terminar estas palabras plagadas de simplicidades, generalidades y banalidades coreando aquello de “¡A por el bote, oé!”.

Relatos·Vida Moderna

Monstruos

Se pueden adormecer, enjaular o anestesiar, pero los monstruos que atesoramos en el interior no mueren jamás. Todo ocurrió en la noche de nuestro octavo aniversario de boda. Adrián absorbía todo el tiempo y consumía cualquier expectativa más allá de trabajar, vestirlo, asearlo, llevarlo y traerlo de urgencias y comprobar cada diez minutos que dormía o que seguía con vida.
Calculo que por aquel entonces hacía unos cinco años que había encerrado a mi monstruo bajo llave. Lo tenía recluido en una prisión de máxima seguridad, alejado de tentaciones, frenesí y gasolina que pudiera despertarlo. Nunca protesté por ello y lo asumí con una resignación a la que decidí catalogar como madurez. De hecho, quien se empeñó en salir a celebrar el aniversario fuiste tú. Yo me conformaba con retozar en el sofá y zampar pizza viendo un documental sobre el apareamiento de las pelusas. Nunca nos habíamos separado del niño hasta aquella vez y llamamos a tu madre para que hiciera de niñera. Mientras terminabas de acicalarte, observaba el dibujo de Adrián que habíamos colgado en la nevera. En él, nuestro hijo me tildaba, con una caligrafía ininteligible, de ser inteligente. Bendita esa candidez infantil que les cobija de la oscura realidad.
Cenamos en uno de los gastrobares de moda que te habían recomendado en clase taichí o en la de mindfulness. Era un local moderno, decorado con sumo gusto, de amplias cristaleras, luces tenues y camareros de imponentes tatuajes con doctorados en Oxford y Cambridge. Aun así, un torrezno en la taberna de la esquina resultaba un manjar comparado con los platos de nombre rimbombante que probamos. Nuestra conversación giraba en torno a Adrián hasta que las burbujas del vino espumoso comenzaron a hacer un efecto que tenía olvidado. Entonces, en un fugaz descuido de su carcelero, el monstruo que habita en mí despertó y encontró la puerta de su jaula medio entornada. Éste salió impulsado por el olor a alcohol y se lanzó a buscar su amargo sabor.
Confieso que hacía tiempo que no te encontraba tan apetecible. Sonreías de forma sugerente, te acercabas y rozabas mis piernas levantando mis instintos más salvajes. Deseé volver a casa para recordar cómo se hacía uso del matrimonio y ver amanecer entre gemidos y relinchos. Sin embargo, preferiste pasear por las calles de la ciudad cogidos de la mano. Nos detuvimos para besarnos en los portales y chocar contra los postes de la luz como si fuéramos dos lobos hambrientos. Al pasar por la puerta de un club nocturno, me invitaste a entrar. Sabías que no era ningún prodigio del movimiento corporal, pero que con unas copas podría suplir mi falta de ritmo y coordinación con la gracia de un chimpancé en carnavales. Bailamos un tango pegado con una cadencia tan acelerada que saltamos de la elegancia de Gardel a una bachata obscena. Por un momento temí que el ritmo de la pelvis pudiera dejarte encinta. Mientras tanto, el monstruo no sólo revoloteaba desafiante y exigía bañarse con más gasolina, sino que ya se había adueñado de mí buscando una mecha.
De repente, una mujer de edad madura apareció de entre la muchedumbre y me invitó a bailar. Comentaban que se hacía llamar La Marquesa, debido a que decía que era pariente lejana de un noble. Lucía un vestido de bordados que nada dejaba a la imaginación. Su principal obsesión era ser por siempre joven. Algunos decían que su secreto era morder a un muchacho y beber de su sangre. Otros que se inyectaba lágrimas de estornino. Los más realistas que vivía anestesiada por las anfetaminas. En medio de la pista, La Marquesa no se frotaba contra un padre de familia que celebraba su aniversario de casado, lo hacía contra el cuerpo de un animal salvaje que no podía ser domado. No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántas canciones bailamos. Tampoco recuerdo si aún estabas allí, si me buscaste o te fuiste ante semejante espectáculo. A partir de esos momentos todos mis recuerdos son difusos. Tengo la sensación de que el monstruo me manejaba como a un títere.
A la mañana siguiente, desperté sobre la arena de la playa. Un grupo de amables ingleses me pinchaban con un palo apremiándome a dejarles hueco para que pusieran su toalla. No había rastro del monstruo. En la jaula dejó una nota que firmaba como El Marqués.
Sé que tarde o temprano regresará arrastrado pidiendo perdón. Él no es nada sin mí. Cuando vuelva lo encerraré y me juraré que será para siempre hasta que volvamos a oler gasolina. Entre tanto, después de este razonado, arrepentido y creíble alegato, ¿podría volver a casa como si nada de esto hubiera sucedido?


Vida Moderna

Lazos para la discordia

Dice un sabio cartagenero que “Tal vez una de las desgracias de España, y origen de tanto daño, es que demasiada gente sólo tiene amigos cuyas ideas y palabras se ajustan exactamente a las suyas“. A lo que, debido a mi condición de paisano de nacimiento, me permito añadir que “Otra de las desgracias es la necesidad de legitimarse a costa de reprender al prójimo hasta el escarnio“. Hablando del prójimo, cabe señalar el célebre Mateo 19:19, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que algún capítulo después eleva a uno de los grandes mandamientos entregado por Jesús a sus discípulos. Estos tres pasajes se combinaron en Alicante el pasado sábado, elevándolo a la categoría de paradigma de estos tiempos convulsos.

El equipo de balonmano femenino del colegio Agustinos, en el cual pasé varios años de mi juventud, tenía enfrente al de Gavà. Era el Día Internacional Contra el Cáncer de Mama, así que las jugadoras lucieron lazos rosas para visibilizar la enfermedad. Algunas jugadoras del equipo catalán tomaron la decisión de cambiar el rosa por el amarillo en la coleta de forma discreta. Sin que nadie diese mayor importancia a este último hecho, se procedió a jugar la primera parte del encuentro. Entonces, amparados por la legislación, los cuadros de mando tomaron cartas en el asunto y decidieron que el partido no se jugaría hasta que las jugadoras rivales se quitaran los lazos de la discordia.
Independientemente del contenido político que porten esos símbolos y lo que dicten las normas federativas al respecto –temas sin duda interesantes, pero que no son objeto de estas líneas–, este ejemplo se erige como un claro paradigma de lo que está sucediendo entre España y Catalunya. Uno más y, seguramente, no el último. Por un lado, tenemos a un colectivo que, avivados por un sentimiento de humillación, decide reivindicar y reclamar su soberanía. Este mantra pudiera ser rebatible de múltiples maneras con rigor, pero dentro del colectivo, liderado por la carroña política y mediática, impera una endogamia ideológica que convierte a la confrontación dialéctica en un campo anegado de barro. El sector unionista, en lugar de apostar por la conciliación y traspasar barreras con argumentos, prefiere echar mano de la maquinaria legislativa y judicial para apagar el incendio con más gasolina, humillando y reprimiendo si puede al independentismo. Cuando el bucle se reitera, el sector víctima ya dispone de un pretexto sólido para legitimar sus aspiraciones, generando un fervor que roza lo religioso. Mientras tanto, el sector que reprende se congratula al contemplar la eficiencia de su maquinaria. El choque de razones es cuestión de tiempo, siendo este una majestuosa consecuencia de la existencia de los guetos de opinión que se han levantado infranqueables a cada lado. Los que no estamos asociados a ninguno de estos dos sectores nos conformaos con ser tildados como enemigos para ambos bandos, aflorando paulatinamente la perplejidad y, después, la indiferencia.

En el caso que nos concierne, me fascina que un colegio cristiano, que se define y hace alarde de repartir valores como el amor al prójimo, el respeto al diferente y la solidaridad, sea capaz de aprovechar la coyuntura para responder a los lazos amarillos con lazos de odio y rencor. Pero no tienen nada que temer, ni atisbo de duda en la decisión, puesto que esta será aplaudida y jaleada por sus acérrimos y medios afines. En cambio, se traducirá como frustración para esas chicas que, si no lo hacían ya, procesarán un odio ciego hacia todo lo que represente lo español. Para rematar, el colegio opta por hacer un flaco favor a su moralidad, la cual se muestra férrea, para mercadear con los acontecimientos en los medios de comunicación. Mediante información debidamente deformada y desviada hacia la lucha contra el cáncer –legítimo pero poco creíble–, se erige en héroe de una guerra por la carnaza para granjearse una medalla y un poco de publicidad.
Cabría preguntarse para qué ha servido este incidente, si ha tendido lazos entre sectores, si estos son los valores del deporte o si lo sucedido tiene algún tinte educativo.
Por fortuna, sólo soy un bocachancla que puede ser arbitrariamente cínico y despotricar sin afán constructivo. Esto tiene la desventaja de que estas líneas pierdan seriedad y sean tomadas a pitorreo o reprendidas con violencia por los que se jactan de la pureza de pertenecer al gueto. Sin embargo, la ventaja es que me puedo despedir pidiendo coherencia. Cuando en clase de religión o en misa recuerden la célebre cita de la Biblia, espero que lo hagan tal y como la aplican: “Humilla a tu prójimo como a ti mismo“. Amén, a menudo llueve.

Fotografía tomada en @CDAgustinos.
Relatos·Vida Moderna

Deudas Sanas

Siempre he escuchado tópicos como “la edad pasa factura” o “los años no perdonan” con una actitud burlona, casi desafiante. Hace no tanto, atravesaba las noches sin apenas dormir. Regaba mis vísceras con gasolina, mis piernas danzaban sobre un mar de adrenalina y llegaba fresco a la mañana siguiente para labrar campos de almendros, ordeñar diez granjas de vacas, correr una maratón o atravesar el Estrecho de Gibraltar a nado. No sé en qué momento reciente todo cambió: los primeros plazos del crédito de salud que creía infinito habían vencido y mi cuerpo decidió empezar a saldar cuentas pendientes.

Tras una noche de frenesí, noté una sensación desconocida sobre la espalda y que casi paralizaba mi hombro izquierdo. No sabía de qué se podía tratar, quizá un tatuaje que me hubiera hecho en medio de la vorágine de la locura nocturna. Consulté desesperadamente con mis allegados e insistí, casi entre lágrimas, a los que tenían algún tipo de relación con la medicina. Como si fuera una cosa baladí me diagnosticaron los síntomas de una luxación o una tendinits y me recomendaron aplicar cremas de frío y tomar analgésicos. ¿Qué quería decir analgésico? ¿Se introducía por donde los supositorios? ¿La crema de frío tenía que estar en la nevera? ¿Lo dispensarían los camellos de los polígonos?, cavilaba contrariado, pues entre el vino, el confeti y la máscara de caballo no veía ninguno de esos productos. Lo mejor que encontré fue una bolsa de judías congeladas, que guardaba como una reliquia de coleccionista desde hacía años, pero no conseguí atajar el dolor. Así pues, un día me encontré yendo a la farmacia, andando a duras penas, deambulando por las calles, dándome cuenta que el tópico sobre los años y la salud era cierto.
Sin embargo, las deudas nunca vienen solas, pues se suelen conceder con unos ciertos intereses más posibles recargos por atraso. Era una noche de verano cuando desperté con un terrible dolor de estómago. ¿Quién podía sospechar que me iba a sentar mal una cena a base de fritos, pasta con huevo crudo, medio litro de cerveza y un delicioso tiramisú de la ‘Osteria Della Dolce Morte’? Me miré en el espejo y comprobé que estaba hinchado como un globo aerostático. Me asusté, pues con ese artefacto incrustado en mi estomagó temía que pudiera echar a volar e incluso implosionar. Volví a la cama contrariado y no conseguí conciliar el sueño. Tumbado el dolor se agudizaba y adopté una posición a medio recostar para tratar de no fenecer. Pasaban las horas, el dolor no remitía y vi amanecer. Me convencí de que habría sido una indigestión y que se acabaría pasando.
Pero mi panza, en su versión más revanchista y usurera, optó por extender el desafío por un periodo indefinido. Casi todo lo que comía me sentaba como una patada. Por tanto acudí a la sabiduría de las redes y supliqué para que la prima del cuñado de un conocido casi desconocido, que había sido médica en un circo ambulante, encontrara solución o que me buscara un estómago de segunda mano a precio módico. Ella estaba segura de que se trataba de gases y me recomendó una medicación sin receta. Insistentemente, me repetía que no me preocupara. Claro, como no eres tú la que te vas a morir por unos gases, la recriminaba para mis adentros. El tiempo pasaba y las deudas de salud me asfixiaban. No podía dormir, no podía vivir y mi estómago seguía de vacaciones en alguna playa de Cancún. Decidí llevar a cabo dietas milagro que encontré en un blog titulado ‘Come Salud y Caga Vida’, desintoxicaciones forzosas que recomendaba el youtuber ‘Dr. Death’, fui a un curandero que me fregó un buen puñado de cuartos y hasta le recé a Dios, Alá, Buda y Superman, por si alguno de ellos se apiadaba de mí.
Al final, sin saber muy bien cómo ni por qué, volví a la normalidad. Parece que había pagado parte de mis deudas, pero ahora soy consciente de que los años no perdonan y que un día, en el más mínimo descuido, volverán para reclamarme lo que es suyo.
Vida Moderna

Fiebre de la Opulencia Moderna y el Ostracismo (FOMO)

Tengo la sensación permanente de que hay algo que me estoy perdiendo. El tiempo pasa y yo me lanzo decidido contra él. Trato de abarcar toda su extensión y exprimir cada uno de sus segundos como si de una naranja se tratase. Sin embargo, siempre caigo derrotado, extasiado ante su persistencia y ahogado por las manecillas del reloj.

No sé muy bien cuándo empezó todo, pero hubo un comienzo. Recuerdo que antes no era así. Tenía pocas aficiones, ningún interés concreto más allá de ser el primer ser humano que volara con las manos. Empleaba casi todo mi tiempo en mirar a través de la ventana por unos prismáticos, inventar nuevas obras de teatro clásico e interpretarlas en mi mente y, de vez en cuando, estudiar para acabar el último curso de carrera, de la cual arrastraba dos asignaturas desde hacía lustros.
Para salir de esa espiral de ostracismo e indolencia, mis padres pensaron que sería buena idea instalarme una televisión en mi habitación. Al principio no le hacía caso, pero poco a poco fui descubriendo algunas series de sumo interés: Enfermería de Guardia, Sin Peroles No Hay Paraíso o El Caso De La Pantera Asesina. Asimilando las innumerables enseñanzas que aquella caja me daba, empecé a ser consciente de que en estos tiempos convenía estar informado. No había un motivo claro, más allá de no parecer idiota en las elevadas discusiones que se formaban en tabernas y tugurios. Así pues, también fui siguiendo de forma activa las principales tertulias informativas: Debate Porcino, La Actualidad Actual, o, la de máxima audiencia, A Las 5 Por El Culo Te La Hinco. Algunas veces trataba de participar añadiendo sosegadas y meditadas aportaciones: “Cállate, botarate”, “Eso es una conspiración del gobierno chino”, o “Bota, rebota y en tu culo explota”.
Al hilo de estar informado, fui abriéndome a las nuevas tecnologías y consumiendo de manera compulsiva las versiones digitales de periódicos generalistas, revistas especializadas en apuestas caninas, neumáticos de segunda mano e inversión en perfumes de imitación, foros y horóscopos virtuales, los cuales conformaban mis principales intereses. Recientemente, he comenzado a interactuar con el resto de mortales a través de las redes sociales, donde difundo novedades sobre el estado del cadáver de Cristóbal Colón y me mantengo a la última sobre todas las noticias que ocurren a lo largo y ancho del planeta. ¿Sabíais que unos científicos australianos han descubierto que los patos tienen dos patas?
Sin lugar a dudas, el último grito han sido los podcast. Los hay en todos los idiomas y sobre todas las temáticas. Estos últimos días he estado enganchado a la asombrosa historia en ucraniano de un auténtico criminal en serie, un panadero que se llevaba a casa las barras que le sobraban. Después de una emocionantísima primera temporada con cuarenta y nueve capítulos de hora y media de duración, estoy expectante para la segunda en la que por fin Yuri aprenderá a amasar. La gran ventaja de los podcast es la comodidad que ofrecen para poder seguirlos donde quieras: en el transporte público, jugando a la petanca, mientras haces el amor con tu pareja o si te están practicando una vasectomía.
Sin saber muy bien cómo, un día me encontré en casa, aumentando la velocidad de reproducción para acabar la última temporada del Brown Mirror y así poder empezar la nueva sobre la fascinante vida del cantante de rancheras Luis Gabriel. En mi aplicación de podcast tenía miles de avisos sobre audios que aún no había escuchado; el correo electrónico me amenazaba para que escuchase los últimas discos de un grupo de reggae polinesio; Youtube me apremiaba para que viera los últimos tutoriales sobre cómo hacer macramé rodeado de tiburones. Además, mi cuenta bancaria se desangraba en donaciones amistosas a plataformas de streaming audiovisual que tributaban en las Islas Caimán. Mientras tanto, en las calles se levantaba un muro entre lo que era estar a la última y ser un desfasado, entre estar vivo o muerto. Es una situación asfixiante, cada vez necesito más, pero ya no puedo más.
Sigo con la sensación de que hay algo que me estoy perdiendo, de que hay una historia o un conocimiento que requiere todo mi tiempo y mi atención, pero no tengo muy claro cuál. Me encuentro en el espejo y me pregunto: ¿ese de en frente no es uno de los de Walking Dead?