Vida Moderna

El seminario de la vergüenza ajena

Desconozco el motivo, pero aún sigo recibiendo invitaciones para impartir seminarios de trabajo y hablar en congresos. Pongo verdadera pasión en el arte hacer el ridículo, pero, para mi desgracia, el campo de la vergüenza ajena no conoce límites.

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Vida Moderna

Modernidad rural

Durante estas vacaciones de Semana Santa pretendía irme a descansar a un lugar aislado. Mi intención era destinar el tiempo libre en paseos en la montaña, escribir en silencio, hacer desaparecer el estrés y rodearme de los ásperos, pero serviciales, habitantes de los pueblos. En una famosa plataforma de alojamientos encontré un cortijo enclavado en un pueblo de Las Alpujarras, a buen precio, sin televisión ni wifi. Lo que no podía sospechar es que ya no existe tal aislamiento.

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Vida Moderna

Descarga de penas

Nada más verla, la excitación amenaza con desbordarme. Para nuestros encuentros, SuicideGirl94 se suele vestir con una camisa blanca ajustada y una falda vaquera que se pega a sus muslos generosos. Se va desabrochando los botones de forma juguetona, dejando entrever unos pechos que apenas puede contener el sujetador. Su piel pálida se alterna con todo tipo de tatuajes estrafalarios y un moño tintado de azul. Observo cómo se contonea tumbado sobre el sofá. Cuando mana la humedad, me bajo el pantalón del pijama de ositos. El creciente tintineo de monedas anuncia que SuicideGirl94 va a jugar con el vibrador que se menea en su vagina de forma mecánica.

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Bocachancladas·Vida Moderna

La visibilización mutua

Es 11 de marzo, tres días después del 8M. Las fachadas de los edificios públicos amanecieron con pancartas en apoyo a la lucha por la igualdad, los balcones adornados con globos morados y en las calles asomaba cartelería reivindicativa. Los programas de televisión y radio dedicaron horas a ensalzar el papel de la mujer y señalar las desigualdades sociales producidas por el sexo. A falta de manifestaciones multitudinarias, espontáneas concentraciones se sucedieron, mientras los lazos violetas poblaban los puestos del mercado, indumentarias y mascarillas. Se organizaron charlas, homenajes y mesas redondas cediendo el protagonismo a las mujeres.

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Madrid·Vida Moderna

Odio las puertas cerradas

No soy de esas personas a las que les avergüence odiar o pida perdón por hacerlo. Me cuesta amar a las personas que tiran comida a la basura; no trago a los que se mueven con automóviles potentes para presumir de una supuesta superioridad; tampoco me despiertan simpatía los caseros que exprimen a sus inquilinos y ofrecen el mobiliario que heredaron de sus difuntas abuelas; y me produce asco el que ejerce su autoridad para reprimir sin justificación a un semejante. Dentro de mi lista de odio, con o sin ninguna justificación, también figuran objetos como el microondas, el paraguas o el pelador de patatas. Desde que vivo en Madrid, las puertas se han situado en el centro de mis iras.

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Relatos·Vida Moderna

La amiga de mi madre

Aunque me pase media vida despotricando contra él, he de admitir que el capitalismo salvaje tiene sus ventajas. Sin ir más lejos, ha conseguido que yo, una persona carente de afecto, sin alma y fría, sea capaz de demostrar sus sentimientos mediante una tarjeta de crédito, un par de clicks y explotar al sufrido e incansable repartidor de Amazon. Nada más llegar el paquete, tu abuelo queda complacido con su paquete de viagra del Himalaya. Tu padre rebosa felicidad por su nueva motosierra, aunque no tengamos jardín. Tu primo de doce años, rebelde e indomable, te trata de divinidad por comprarle un videojuego que le permite ponerse en la piel de un narcotraficante en las favelas de Rio de Janeiro. Sin embargo, el capitalismo tiene esa capacidad de que lo que surge como una solución inmediata puede tornarse en un problema a la larga.

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cuarentena·Vida Moderna

‘El Rey de las casas de apuestas’

Según mi horario laboral, a las seis de la tarde puedo dejar de contribuir al calentamiento de silla. La mayoría de mis compañeros no parecen inmutarse y optan por continuar ampliando las ganancias de la empresa, quizá con la esperanza de heredarla o postergando la hora de reencontrarse con unos hijos de los que no recuerdan su nombre. Por suerte, la vida me ha mantenido lejos de la ambición empresarial y familiar. De esta forma, a las seis salgo escopetado y rezo para que el tiempo se detenga o para que se dictamine la abolición del trabajo.

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Relatos·Vida Moderna

El hombre pegado a una boina

En esta Navidad me han regalado una boina. Reconozco que soy una persona difícil de obsequiar. Salirse de calcetines lisos, calzones oscuros o una lata de mejillones en escabeche supone toda una osadía. Así pues, cuando recibí el paquete y palpé su silueta, un bufido sonoro me vino instantáneamente a la boca. Afortunadamente, pude contenerlo y me abracé a mi pareja fingiendo emoción. La boina estaba hecha con una lana suave de rayas con tonalidades marrones, fabricada con cariño en una fábrica de algún remoto lugar de la geografía china.

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Bocachancladas·Vida Moderna

Adictos a la inmediatez

En ocasiones me divierto repasando obra y milagros de personajes decadentes. Supongo que es una forma de decirme “en comparación con ese cadáver andante, no estoy tan mal”. No existen paliativos para calificar esta práctica: es patética. Una diana recurrente son mis antiguos compañeros de colegio. Espío sus perfiles en redes sociales y encuentro consuelo en las barrigas que cuelgan de sus antiguos cuerpos atléticos, selfies portando a sus churumbeles en cementerios de neumáticos ardiendo o que el gamberro que machacaba al profesor de literatura se haya convertido en poeta de bragueta. Probablemente, ellos hagan algo parecido conmigo. La hipocresía es una sustancia que conviene compartirla en lugar de acapararla.

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Vida Moderna

Vacaciones en tiempos de pandemia

Las vacaciones en pandemia no conocen distinción entre bochorno y aventura. Bajo la amenaza de que éstas son las últimas de la historia —antesala del apocalipsis o la extinción—  y la sutil advertencia de que el pueblo llano es el encargado de reactivar la economía —semanas antes de ser culpabilizado por vivir por encima de nuestras posibilidades—, me animé a comprar un paquete vacacional. Con cuatro garabatos y unas fotografías de unas sirenas inflándose a langostas a la brasa, el comercial me convenció de que veranear en las playas de Tócame Roque era mucho más económico que quedarme en casa con la bolsa de judías congeladas en el sobaco.

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Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

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Vida Moderna

Críticas Traidoras

Esta semana he estado hospedado en un alojamiento de la plataforma HellBnb. Debía asistir a una feria agrícola para publicitar nuestro estiércol doblemente biodegradable. Dentro de su austera política de gastos, la empresa predispuso una cantidad exigua para pasar la noche y la recomendación de cenar a base de los contenedores cercanos a los puestos ambulantes de la feria. A pesar de ello, encontré una habitación de un apartamento que las críticas describían como bien equipado, cómodo y limpio. Además, los antiguos huéspedes decían que el anfitrión era atento, formal y brindaba al huésped multitud de pequeños detalles. Sin embargo, los sistemas de críticas me la volvieron a jugar.

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Relatos·Vida Moderna

‘El Rey de las tabernas’

Hasta entonces no sabía cuál era el verdadero nombre del ‘Rey de las Tabernas’. Acudía puntual a la hora en que abrían los bares y desaparecía cuando estos echaban el cierre. Un traje elegante de color negro, una corbata sobria y un juego de zapatos relucientes componían su inamovible vestimenta. Al concluir su consumición, abonaba su cuenta y la del resto de parroquianos. Nunca supimos a qué se dedicaba, si estaba casado o dónde vivía. No acostumbraba a hablar de sí mismo. El Rey prefería dirigir la conversación hacia el último partido del Valencia, las golferías del hijo del alcalde o la fluctuación del valor de la chufa.

Allá donde acudiera, había un séquito que lo rodeaba para escuchar sus análisis sesudos o sus desternillantes ocurrencias. Siempre tenía opinión o palabra sobre cualquier temática. Algunos, los más fieles, lo seguíamos hacia otros bares con, además de sed, admiración. Con el tiempo, le fueron atribuidas algunas obras quizá más fruto de la ebriedad que de la realidad. Dicen que en cierta ocasión se desató una plaga de gonorrea en el barrio y que curó a los enfermos untando vino tinto en sus miembros. Yo mismo lo vi multiplicar cañas por tapas de chorizo entre vítores y aplausos.
Paulatinamente, los restaurantes refinados y los bares vintage de camareros ataviados como trapecistas de circo inundaron las calles del barrio. Aunque el Rey se mantenía fiel a los tugurios, no era persona de mentalidad cerrada y un día accedió a probar un restaurante afamado: La Jerusa. Junto a él acudimos un grupo de trece discípulos. Nada más entrar, una camarera nos pidió que nos dirigiéramos a la barra y que, si queríamos permanecer en el local, no nos acercáramos al resto de clientes. A pesar de la bravuconería, el Rey nos indicó que tomáramos asiento en los taburetes y rompió el silencio sepulcral para pedir cerveza y su habitual cáliz de vino. La misma camarera le espetó informándole que el local tenía un sistema por turnos. El Rey templó los nervios y asumió con resignación aquellas modernas costumbres. Tras media hora de espera, nos sirvieron las bebidas y aguardamos al siguiente turno para pedir la que se anunciaba como especialidad de la casa: croquetas Jerusa, un alimento casero según rezaba la bolsa en la que venían congeladas. El último caso de confiscación y venta de agua bendita por parte de la guardia civil centró esa noche el sermón del Rey. En cierto momento, agarró su copa y la alzó pronunciando unas palabras que aún resuenan en mi mente: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi melopea, melopea de la alianza nueva y eterna”.
Sin previo aviso, otros discípulos hicieron acto de aparición en el bar. La camarera más simpática les invitó a irse aludiendo falta de sitio. El Rey, que le gustaba rodearse y no era exquisito con el espacio, hizo señas para que estos se acercaran mientras nos pedía al resto que dejáramos hueco. Sus gestos supusieron un terrible desafío para la camarera, quien insistió a los nuevos congregados a que se marcharan y emitió una desairada crítica desafiante hacia el Rey. Este, que era persona pacífica y honesta, se acercó a la chica para resolver el malentendido. Sin embargo, fue de nuevo reprendido y expulsado entre empujones e insultos. Al salir, dolido por la ofensa, el Rey agachó la cabeza y susurró hacia sus adentros: “Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?”.
 
Tras este incidente, nunca más volví a ver al Rey. Los taberneros estaban preocupados por su desaparición y consiguiente descenso de ingresos. Nadie sabía dónde buscarle. Sus discípulos sentíamos el vacío de su ausencia y la forma en que llenaba las jarras. Al tercer día, ocurrió el milagro: Sanidad cerró La Jerusa. Sobre la puerta metálica colgaba una nota informativa explicando los motivos. En la parte inferior se podía leer unas palabras escritas a mano: “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva había resucitado y ascendido a mejores tascas. En alguna humilde barra anda invitando a nuevos parroquianos, obrando beodos milagros y predicando las bondades de la fermentación.
 
 
Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.
 
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Segunda parte en ‘El Rey de las casas de apuestas’, disponible en este enlace.