Vida Moderna

Vacaciones en tiempos de pandemia

Las vacaciones en pandemia no conocen distinción entre bochorno y aventura. Bajo la amenaza de que éstas son las últimas de la historia —antesala del apocalipsis o la extinción—  y la sutil advertencia de que el pueblo llano es el encargado de reactivar la economía —semanas antes de ser culpabilizado por vivir por encima de nuestras posibilidades—, me animé a comprar un paquete vacacional. Con cuatro garabatos y unas fotografías de unas sirenas inflándose a langostas a la brasa, el comercial me convenció de que veranear en las playas de Tócame Roque era mucho más económico que quedarme en casa con la bolsa de judías congeladas en el sobaco.

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Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

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Vida Moderna

Críticas Traidoras

Esta semana he estado hospedado en un alojamiento de la plataforma HellBnb. Debía asistir a una feria agrícola para publicitar nuestro estiércol doblemente biodegradable. Dentro de su austera política de gastos, la empresa predispuso una cantidad exigua para pasar la noche y la recomendación de cenar a base de los contenedores cercanos a los puestos ambulantes de la feria. A pesar de ello, encontré una habitación de un apartamento que las críticas describían como bien equipado, cómodo y limpio. Además, los antiguos huéspedes decían que el anfitrión era atento, formal y brindaba al huésped multitud de pequeños detalles. Sin embargo, los sistemas de críticas me la volvieron a jugar.

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Relatos·Vida Moderna

El Rey de las Tabernas

Hasta entonces no sabía cuál era el verdadero nombre del ‘Rey de las Tabernas’. Acudía puntual a la hora en que abrían los bares y desaparecía cuando estos echaban el cierre. Un traje elegante de color negro, una corbata sobria y un juego de zapatos relucientes componían su inamovible vestimenta. Al concluir su consumición, abonaba su cuenta y la del resto de parroquianos. Nunca supimos a qué se dedicaba, si estaba casado o dónde vivía. No acostumbraba a hablar de sí mismo. El Rey prefería dirigir la conversación hacia el último partido del Valencia, las golferías del hijo del alcalde o la fluctuación del valor de la chufa.

Allá donde acudiera, había un séquito que lo rodeaba para escuchar sus análisis sesudos o sus desternillantes ocurrencias. Siempre tenía opinión o palabra sobre cualquier temática. Algunos, los más fieles, lo seguíamos hacia otros bares con, además de sed, admiración. Con el tiempo, le fueron atribuidas algunas obras quizá más fruto de la ebriedad que de la realidad. Dicen que en cierta ocasión se desató una plaga de gonorrea en el barrio y que curó a los enfermos untando vino tinto en sus miembros. Yo mismo lo vi multiplicar cañas por tapas de chorizo entre vítores y aplausos.
Paulatinamente, los restaurantes refinados y los bares vintage de camareros ataviados como trapecistas de circo inundaron las calles del barrio. Aunque el Rey se mantenía fiel a los tugurios, no era persona de mentalidad cerrada y un día accedió a probar un restaurante afamado: La Jerusa. Junto a él acudimos un grupo de trece discípulos. Nada más entrar, una camarera nos pidió que nos dirigiéramos a la barra y que, si queríamos permanecer en el local, no nos acercáramos al resto de clientes. A pesar de la bravuconería, el Rey nos indicó que tomáramos asiento en los taburetes y rompió el silencio sepulcral para pedir cerveza y su habitual cáliz de vino. La misma camarera le espetó informándole que el local tenía un sistema por turnos. El Rey templó los nervios y asumió con resignación aquellas modernas costumbres. Tras media hora de espera, nos sirvieron las bebidas y aguardamos al siguiente turno para pedir la que se anunciaba como especialidad de la casa: croquetas Jerusa, un alimento casero según rezaba la bolsa en la que venían congeladas. El último caso de confiscación y venta de agua bendita por parte de la guardia civil centró esa noche el sermón del Rey. En cierto momento, agarró su copa y la alzó pronunciando unas palabras que aún resuenan en mi mente: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi melopea, melopea de la alianza nueva y eterna”.
Sin previo aviso, otros discípulos hicieron acto de aparición en el bar. La camarera más simpática les invitó a irse aludiendo falta de sitio. El Rey, que le gustaba rodearse y no era exquisito con el espacio, hizo señas para que estos se acercaran mientras nos pedía al resto que dejáramos hueco. Sus gestos supusieron un terrible desafío para la camarera, quien insistió a los nuevos congregados a que se marcharan y emitió una desairada crítica desafiante hacia el Rey. Este, que era persona pacífica y honesta, se acercó a la chica para resolver el malentendido. Sin embargo, fue de nuevo reprendido y expulsado entre empujones e insultos. Al salir, dolido por la ofensa, el Rey agachó la cabeza y susurró hacia sus adentros: “Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Tras este incidente, nunca más volví a ver al Rey. Los taberneros estaban preocupados por su desaparición y consiguiente descenso de ingresos. Nadie sabía dónde buscarle. Sus discípulos sentíamos el vacío de su ausencia y la forma en que llenaba las jarras. Al tercer día, ocurrió el milagro: Sanidad cerró La Jerusa. Sobre la puerta metálica colgaba una nota informativa explicando los motivos. En la parte inferior se podía leer unas palabras escritas a mano: “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva había resucitado y ascendido a mejores tascas. En alguna humilde barra anda invitando a nuevos parroquianos, obrando beodos milagros y predicando las bondades de la fermentación.
Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.


Vida Moderna

¡A por el bote, oé!

En la noche del domingo pasado, frente a la sede de un partido que se define como muy español, una masa excitada de seguidores gritaba “Un bote, dos botes, español el que no bote“. Tras dar cuenta del error de sintaxis, los cánticos se tornaron hacia un inquietante “A por ellos, oé“, en el cual no quedaba claro a quién querían hacer referencia con ellos. A pocos kilómetros de distancia, en la sede del partido ganador, el ambiente no difería mucho. Una multitud contenida de simpatizantes coreaba “Con el de la iglesia sí, con el veleta no“, mientras su líder trataba de acallarlos demostrando, más si cabe, una insólita pericia por evidenciar su torpeza.

Estos ejemplos ilustran a la perfección cómo la democracia, al menos en España y probablemente fuera, ha degenerado hasta convertirse en un espectáculo a la altura de un partido de fútbol, una carrera de caballos o un combate callejero entre gallos de pelea. No importa si el debate es acerca de impuestos, empleo, educación, política territorial o medio ambiente. Lo verdaderamente importante radica en tener una posición, para la que no se pide coherencia ni profundidad, con el único objetivo de vencer al rival por aplastamiento si es posible. Los argumentos y las ideas se reducen a meras soflamas del tamaño de un cántico o un tuit como máximo.
Mis sensaciones durante las pasadas elecciones no fueron muy distintas a las de un Barça–Real Madrid de casi final de liga. Cuando se acercaba el acontecimiento sentí algún cosquilleo. Después, durante el trascurso del recuento y los análisis, nervios y emoción. En un par de ocasiones me levanté del sofá para pedir explicaciones a los tertulianos por haber errado en sus previsiones e incluso llegué a reclamar el VAR cuando conjeturaban algún pacto imposible. Al final, conocido el resultado definitivo, sentí cierta alegría. Mi equipo se mantenía con opciones de entrar en puestos de Champions, mientras que los enemigos se mantenían fuertes pero alejados de las posiciones de privilegio.
Durante los días siguientes se sucedieron las predicciones de todos los colores. Los azules, que habían remontado posiciones, parecían desentenderse de responsabilidades y arremetían contra el resultado, los árbitros y el sistema. Los rojos afirmaban que buscarían el título de liga con los morados. A los morados ya les iba bien así porque era un equipo más humilde, acostumbrado a los campos de segunda división. En los puestos de descenso estaban los naranjas y por ello cambiarían a su entrenador. Practicando un juego ruin, rozando los límites del reglamento, los verdes habían dado la campanada y vislumbraban una formación de ensueño para la próxima temporada.
Si no hay sorpresa de última hora en los campos periféricos, es prácticamente un hecho que los rojos se alzarán con el título. Para algunos, entre los que me podría incluir, puede ser este un motivo de esperanza, mejora de las condiciones de vida, reivindicar los valores de justicia e igualdad y convertir este en un mundo mejor. Otros vaticinan el colapso económico, la destrucción nacional y el apocalipsis social. Sin embargo, cabe contener la euforia y el pesimismo, para recordar que, por suerte o por desgracia, también el gobierno está a la altura de un juego. Al terminar la temporada y repartirse los trofeos, volveremos a darnos cuenta del pequeño radio de acción de los políticos y su lejanía con aquellos que los jalean. Algunos darán por perdida la temporada para preparar la siguiente. Nosotros, los espectadores, continuaremos con nuestra vida, madrugando para ir a trabajar y expresando nuestros pensamientos en la barra de algún bar. Y como no podía ser de otra forma, he de terminar estas palabras plagadas de simplicidades, generalidades y banalidades coreando aquello de “¡A por el bote, oé!”.

Relatos·Vida Moderna

Monstruos

Se pueden adormecer, enjaular o anestesiar, pero los monstruos que atesoramos en el interior no mueren jamás. Todo ocurrió en la noche de nuestro octavo aniversario de boda. Adrián absorbía todo el tiempo y consumía cualquier expectativa más allá de trabajar, vestirlo, asearlo, llevarlo y traerlo de urgencias y comprobar cada diez minutos que dormía o que seguía con vida.
Calculo que por aquel entonces hacía unos cinco años que había encerrado a mi monstruo bajo llave. Lo tenía recluido en una prisión de máxima seguridad, alejado de tentaciones, frenesí y gasolina que pudiera despertarlo. Nunca protesté por ello y lo asumí con una resignación a la que decidí catalogar como madurez. De hecho, quien se empeñó en salir a celebrar el aniversario fuiste tú. Yo me conformaba con retozar en el sofá y zampar pizza viendo un documental sobre el apareamiento de las pelusas. Nunca nos habíamos separado del niño hasta aquella vez y llamamos a tu madre para que hiciera de niñera. Mientras terminabas de acicalarte, observaba el dibujo de Adrián que habíamos colgado en la nevera. En él, nuestro hijo me tildaba, con una caligrafía ininteligible, de ser inteligente. Bendita esa candidez infantil que les cobija de la oscura realidad.
Cenamos en uno de los gastrobares de moda que te habían recomendado en clase taichí o en la de mindfulness. Era un local moderno, decorado con sumo gusto, de amplias cristaleras, luces tenues y camareros de imponentes tatuajes con doctorados en Oxford y Cambridge. Aun así, un torrezno en la taberna de la esquina resultaba un manjar comparado con los platos de nombre rimbombante que probamos. Nuestra conversación giraba en torno a Adrián hasta que las burbujas del vino espumoso comenzaron a hacer un efecto que tenía olvidado. Entonces, en un fugaz descuido de su carcelero, el monstruo que habita en mí despertó y encontró la puerta de su jaula medio entornada. Éste salió impulsado por el olor a alcohol y se lanzó a buscar su amargo sabor.
Confieso que hacía tiempo que no te encontraba tan apetecible. Sonreías de forma sugerente, te acercabas y rozabas mis piernas levantando mis instintos más salvajes. Deseé volver a casa para recordar cómo se hacía uso del matrimonio y ver amanecer entre gemidos y relinchos. Sin embargo, preferiste pasear por las calles de la ciudad cogidos de la mano. Nos detuvimos para besarnos en los portales y chocar contra los postes de la luz como si fuéramos dos lobos hambrientos. Al pasar por la puerta de un club nocturno, me invitaste a entrar. Sabías que no era ningún prodigio del movimiento corporal, pero que con unas copas podría suplir mi falta de ritmo y coordinación con la gracia de un chimpancé en carnavales. Bailamos un tango pegado con una cadencia tan acelerada que saltamos de la elegancia de Gardel a una bachata obscena. Por un momento temí que el ritmo de la pelvis pudiera dejarte encinta. Mientras tanto, el monstruo no sólo revoloteaba desafiante y exigía bañarse con más gasolina, sino que ya se había adueñado de mí buscando una mecha.
De repente, una mujer de edad madura apareció de entre la muchedumbre y me invitó a bailar. Comentaban que se hacía llamar La Marquesa, debido a que decía que era pariente lejana de un noble. Lucía un vestido de bordados que nada dejaba a la imaginación. Su principal obsesión era ser por siempre joven. Algunos decían que su secreto era morder a un muchacho y beber de su sangre. Otros que se inyectaba lágrimas de estornino. Los más realistas que vivía anestesiada por las anfetaminas. En medio de la pista, La Marquesa no se frotaba contra un padre de familia que celebraba su aniversario de casado, lo hacía contra el cuerpo de un animal salvaje que no podía ser domado. No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántas canciones bailamos. Tampoco recuerdo si aún estabas allí, si me buscaste o te fuiste ante semejante espectáculo. A partir de esos momentos todos mis recuerdos son difusos. Tengo la sensación de que el monstruo me manejaba como a un títere.
A la mañana siguiente, desperté sobre la arena de la playa. Un grupo de amables ingleses me pinchaban con un palo apremiándome a dejarles hueco para que pusieran su toalla. No había rastro del monstruo. En la jaula dejó una nota que firmaba como El Marqués.
Sé que tarde o temprano regresará arrastrado pidiendo perdón. Él no es nada sin mí. Cuando vuelva lo encerraré y me juraré que será para siempre hasta que volvamos a oler gasolina. Entre tanto, después de este razonado, arrepentido y creíble alegato, ¿podría volver a casa como si nada de esto hubiera sucedido?


Vida Moderna

Lazos para la discordia

Dice un sabio cartagenero que “Tal vez una de las desgracias de España, y origen de tanto daño, es que demasiada gente sólo tiene amigos cuyas ideas y palabras se ajustan exactamente a las suyas“. A lo que, debido a mi condición de paisano de nacimiento, me permito añadir que “Otra de las desgracias es la necesidad de legitimarse a costa de reprender al prójimo hasta el escarnio“. Hablando del prójimo, cabe señalar el célebre Mateo 19:19, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que algún capítulo después eleva a uno de los grandes mandamientos entregado por Jesús a sus discípulos. Estos tres pasajes se combinaron en Alicante el pasado sábado, elevándolo a la categoría de paradigma de estos tiempos convulsos.

El equipo de balonmano femenino del colegio Agustinos, en el cual pasé varios años de mi juventud, tenía enfrente al de Gavà. Era el Día Internacional Contra el Cáncer de Mama, así que las jugadoras lucieron lazos rosas para visibilizar la enfermedad. Algunas jugadoras del equipo catalán tomaron la decisión de cambiar el rosa por el amarillo en la coleta de forma discreta. Sin que nadie diese mayor importancia a este último hecho, se procedió a jugar la primera parte del encuentro. Entonces, amparados por la legislación, los cuadros de mando tomaron cartas en el asunto y decidieron que el partido no se jugaría hasta que las jugadoras rivales se quitaran los lazos de la discordia.
Independientemente del contenido político que porten esos símbolos y lo que dicten las normas federativas al respecto –temas sin duda interesantes, pero que no son objeto de estas líneas–, este ejemplo se erige como un claro paradigma de lo que está sucediendo entre España y Catalunya. Uno más y, seguramente, no el último. Por un lado, tenemos a un colectivo que, avivados por un sentimiento de humillación, decide reivindicar y reclamar su soberanía. Este mantra pudiera ser rebatible de múltiples maneras con rigor, pero dentro del colectivo, liderado por la carroña política y mediática, impera una endogamia ideológica que convierte a la confrontación dialéctica en un campo anegado de barro. El sector unionista, en lugar de apostar por la conciliación y traspasar barreras con argumentos, prefiere echar mano de la maquinaria legislativa y judicial para apagar el incendio con más gasolina, humillando y reprimiendo si puede al independentismo. Cuando el bucle se reitera, el sector víctima ya dispone de un pretexto sólido para legitimar sus aspiraciones, generando un fervor que roza lo religioso. Mientras tanto, el sector que reprende se congratula al contemplar la eficiencia de su maquinaria. El choque de razones es cuestión de tiempo, siendo este una majestuosa consecuencia de la existencia de los guetos de opinión que se han levantado infranqueables a cada lado. Los que no estamos asociados a ninguno de estos dos sectores nos conformaos con ser tildados como enemigos para ambos bandos, aflorando paulatinamente la perplejidad y, después, la indiferencia.

En el caso que nos concierne, me fascina que un colegio cristiano, que se define y hace alarde de repartir valores como el amor al prójimo, el respeto al diferente y la solidaridad, sea capaz de aprovechar la coyuntura para responder a los lazos amarillos con lazos de odio y rencor. Pero no tienen nada que temer, ni atisbo de duda en la decisión, puesto que esta será aplaudida y jaleada por sus acérrimos y medios afines. En cambio, se traducirá como frustración para esas chicas que, si no lo hacían ya, procesarán un odio ciego hacia todo lo que represente lo español. Para rematar, el colegio opta por hacer un flaco favor a su moralidad, la cual se muestra férrea, para mercadear con los acontecimientos en los medios de comunicación. Mediante información debidamente deformada y desviada hacia la lucha contra el cáncer –legítimo pero poco creíble–, se erige en héroe de una guerra por la carnaza para granjearse una medalla y un poco de publicidad.
Cabría preguntarse para qué ha servido este incidente, si ha tendido lazos entre sectores, si estos son los valores del deporte o si lo sucedido tiene algún tinte educativo.
Por fortuna, sólo soy un bocachancla que puede ser arbitrariamente cínico y despotricar sin afán constructivo. Esto tiene la desventaja de que estas líneas pierdan seriedad y sean tomadas a pitorreo o reprendidas con violencia por los que se jactan de la pureza de pertenecer al gueto. Sin embargo, la ventaja es que me puedo despedir pidiendo coherencia. Cuando en clase de religión o en misa recuerden la célebre cita de la Biblia, espero que lo hagan tal y como la aplican: “Humilla a tu prójimo como a ti mismo“. Amén, a menudo llueve.

Fotografía tomada en @CDAgustinos.
Relatos·Vida Moderna

Deudas Sanas

Siempre he escuchado tópicos como “la edad pasa factura” o “los años no perdonan” con una actitud burlona, casi desafiante. Hace no tanto, atravesaba las noches sin apenas dormir. Regaba mis vísceras con gasolina, mis piernas danzaban sobre un mar de adrenalina y llegaba fresco a la mañana siguiente para labrar campos de almendros, ordeñar diez granjas de vacas, correr una maratón o atravesar el Estrecho de Gibraltar a nado. No sé en qué momento reciente todo cambió: los primeros plazos del crédito de salud que creía infinito habían vencido y mi cuerpo decidió empezar a saldar cuentas pendientes.

Tras una noche de frenesí, noté una sensación desconocida sobre la espalda y que casi paralizaba mi hombro izquierdo. No sabía de qué se podía tratar, quizá un tatuaje que me hubiera hecho en medio de la vorágine de la locura nocturna. Consulté desesperadamente con mis allegados e insistí, casi entre lágrimas, a los que tenían algún tipo de relación con la medicina. Como si fuera una cosa baladí me diagnosticaron los síntomas de una luxación o una tendinits y me recomendaron aplicar cremas de frío y tomar analgésicos. ¿Qué quería decir analgésico? ¿Se introducía por donde los supositorios? ¿La crema de frío tenía que estar en la nevera? ¿Lo dispensarían los camellos de los polígonos?, cavilaba contrariado, pues entre el vino, el confeti y la máscara de caballo no veía ninguno de esos productos. Lo mejor que encontré fue una bolsa de judías congeladas, que guardaba como una reliquia de coleccionista desde hacía años, pero no conseguí atajar el dolor. Así pues, un día me encontré yendo a la farmacia, andando a duras penas, deambulando por las calles, dándome cuenta que el tópico sobre los años y la salud era cierto.
Sin embargo, las deudas nunca vienen solas, pues se suelen conceder con unos ciertos intereses más posibles recargos por atraso. Era una noche de verano cuando desperté con un terrible dolor de estómago. ¿Quién podía sospechar que me iba a sentar mal una cena a base de fritos, pasta con huevo crudo, medio litro de cerveza y un delicioso tiramisú de la ‘Osteria Della Dolce Morte’? Me miré en el espejo y comprobé que estaba hinchado como un globo aerostático. Me asusté, pues con ese artefacto incrustado en mi estomagó temía que pudiera echar a volar e incluso implosionar. Volví a la cama contrariado y no conseguí conciliar el sueño. Tumbado el dolor se agudizaba y adopté una posición a medio recostar para tratar de no fenecer. Pasaban las horas, el dolor no remitía y vi amanecer. Me convencí de que habría sido una indigestión y que se acabaría pasando.
Pero mi panza, en su versión más revanchista y usurera, optó por extender el desafío por un periodo indefinido. Casi todo lo que comía me sentaba como una patada. Por tanto acudí a la sabiduría de las redes y supliqué para que la prima del cuñado de un conocido casi desconocido, que había sido médica en un circo ambulante, encontrara solución o que me buscara un estómago de segunda mano a precio módico. Ella estaba segura de que se trataba de gases y me recomendó una medicación sin receta. Insistentemente, me repetía que no me preocupara. Claro, como no eres tú la que te vas a morir por unos gases, la recriminaba para mis adentros. El tiempo pasaba y las deudas de salud me asfixiaban. No podía dormir, no podía vivir y mi estómago seguía de vacaciones en alguna playa de Cancún. Decidí llevar a cabo dietas milagro que encontré en un blog titulado ‘Come Salud y Caga Vida’, desintoxicaciones forzosas que recomendaba el youtuber ‘Dr. Death’, fui a un curandero que me fregó un buen puñado de cuartos y hasta le recé a Dios, Alá, Buda y Superman, por si alguno de ellos se apiadaba de mí.
Al final, sin saber muy bien cómo ni por qué, volví a la normalidad. Parece que había pagado parte de mis deudas, pero ahora soy consciente de que los años no perdonan y que un día, en el más mínimo descuido, volverán para reclamarme lo que es suyo.
Vida Moderna

Fiebre de la Opulencia Moderna y el Ostracismo (FOMO)

Tengo la sensación permanente de que hay algo que me estoy perdiendo. El tiempo pasa y yo me lanzo decidido contra él. Trato de abarcar toda su extensión y exprimir cada uno de sus segundos como si de una naranja se tratase. Sin embargo, siempre caigo derrotado, extasiado ante su persistencia y ahogado por las manecillas del reloj.

No sé muy bien cuándo empezó todo, pero hubo un comienzo. Recuerdo que antes no era así. Tenía pocas aficiones, ningún interés concreto más allá de ser el primer ser humano que volara con las manos. Empleaba casi todo mi tiempo en mirar a través de la ventana por unos prismáticos, inventar nuevas obras de teatro clásico e interpretarlas en mi mente y, de vez en cuando, estudiar para acabar el último curso de carrera, de la cual arrastraba dos asignaturas desde hacía lustros.
Para salir de esa espiral de ostracismo e indolencia, mis padres pensaron que sería buena idea instalarme una televisión en mi habitación. Al principio no le hacía caso, pero poco a poco fui descubriendo algunas series de sumo interés: Enfermería de Guardia, Sin Peroles No Hay Paraíso o El Caso De La Pantera Asesina. Asimilando las innumerables enseñanzas que aquella caja me daba, empecé a ser consciente de que en estos tiempos convenía estar informado. No había un motivo claro, más allá de no parecer idiota en las elevadas discusiones que se formaban en tabernas y tugurios. Así pues, también fui siguiendo de forma activa las principales tertulias informativas: Debate Porcino, La Actualidad Actual, o, la de máxima audiencia, A Las 5 Por El Culo Te La Hinco. Algunas veces trataba de participar añadiendo sosegadas y meditadas aportaciones: “Cállate, botarate”, “Eso es una conspiración del gobierno chino”, o “Bota, rebota y en tu culo explota”.
Al hilo de estar informado, fui abriéndome a las nuevas tecnologías y consumiendo de manera compulsiva las versiones digitales de periódicos generalistas, revistas especializadas en apuestas caninas, neumáticos de segunda mano e inversión en perfumes de imitación, foros y horóscopos virtuales, los cuales conformaban mis principales intereses. Recientemente, he comenzado a interactuar con el resto de mortales a través de las redes sociales, donde difundo novedades sobre el estado del cadáver de Cristóbal Colón y me mantengo a la última sobre todas las noticias que ocurren a lo largo y ancho del planeta. ¿Sabíais que unos científicos australianos han descubierto que los patos tienen dos patas?
Sin lugar a dudas, el último grito han sido los podcast. Los hay en todos los idiomas y sobre todas las temáticas. Estos últimos días he estado enganchado a la asombrosa historia en ucraniano de un auténtico criminal en serie, un panadero que se llevaba a casa las barras que le sobraban. Después de una emocionantísima primera temporada con cuarenta y nueve capítulos de hora y media de duración, estoy expectante para la segunda en la que por fin Yuri aprenderá a amasar. La gran ventaja de los podcast es la comodidad que ofrecen para poder seguirlos donde quieras: en el transporte público, jugando a la petanca, mientras haces el amor con tu pareja o si te están practicando una vasectomía.
Sin saber muy bien cómo, un día me encontré en casa, aumentando la velocidad de reproducción para acabar la última temporada del Brown Mirror y así poder empezar la nueva sobre la fascinante vida del cantante de rancheras Luis Gabriel. En mi aplicación de podcast tenía miles de avisos sobre audios que aún no había escuchado; el correo electrónico me amenazaba para que escuchase los últimas discos de un grupo de reggae polinesio; Youtube me apremiaba para que viera los últimos tutoriales sobre cómo hacer macramé rodeado de tiburones. Además, mi cuenta bancaria se desangraba en donaciones amistosas a plataformas de streaming audiovisual que tributaban en las Islas Caimán. Mientras tanto, en las calles se levantaba un muro entre lo que era estar a la última y ser un desfasado, entre estar vivo o muerto. Es una situación asfixiante, cada vez necesito más, pero ya no puedo más.
Sigo con la sensación de que hay algo que me estoy perdiendo, de que hay una historia o un conocimiento que requiere todo mi tiempo y mi atención, pero no tengo muy claro cuál. Me encuentro en el espejo y me pregunto: ¿ese de en frente no es uno de los de Walking Dead?

Relatos·Vida Moderna

La Ciencia de la Vergüenza Ajena

Ir de congreso es una aventura comparable a convivir con una tribu de la selva africana.
Cargado de ilusión, con ganas de aprender y compartir mi humilde conocimiento, empaqué mi petate y crucé medio país y parte del extranjero en avión, tren, autobús, blablacar y, finalmente, autostop en un camión cargado de ganado porcino. Al llegar a la ciudad del evento, diluviaba a cántaros y el lujoso hotel que me había reservado la organización, estaba localizado en lo alto de una colina, a una media hora de distancia a pie. Completamente empapado entré en la recepción. Allí me indicaron que, a pesar de contar con unas encantadoras vistas de la frondosa región, mi habitación estaba situada en el sótano debido a un percance de última hora. Además, me avisaron de que como el armario de mantenimiento estaba situado en mi habitación, el conserje, el jardinero y el servicio de limpieza podrían entrar a cualquier hora del día o de la noche a mi habitación. El cuartucho no tenía ventanas y no cesaba el estruendo de los comensales revoloteando por el salón. El colchón estaba tan vencido que me recordaba a una de las colchonetas donde saltaba de niño en la feria de mi pueblo.

Sin embargo, no había motivo para el lamento, debía sentirme afortunado: alguien había considerado que era lo suficientemente interesante como para hablar en un congreso de física nuclear. Por la tarde estaba citado para atender a los medios locales. Me puse mis mejores galas mientras repasaba una serie de frases elocuentes para explicar mi investigación a un público general. Sin embargo, la periodista no parecía estar muy interesada en la ciencia y prefirió abordarme sobre cuestiones relacionadas con extraterrestres, teorías de la conspiración y su relación con los nazis. Por la tarde leí la entrevista publicada en versión digital. Poco o nada tenía que ver con mis palabras, bajo el titular: “Albert Einstein era un pirata sanguinario que venía de un planeta llamado Madaga. La teoría de la relatividad es una estafa auspiciada por los nazis“, declara el Dr. Guadalmedina.
A la noche acudí a la cena de gala, en la que la organización había prometido que probaríamos los productos típicos de la región. Resultaron ser hamburguesas y patatas fritas de bolsa a medio descongelar. Mientras disfrutábamos de la velada, decidí sumergirme tímidamente en el alcohol, pero parecía que alguien había pensado que dos botellas de vino peleón eran suficiente para las treinta personas congregadas. Al menos, no era de cartón, pensé para mis adentros. Intenté socializar con mis colegas, a los que prácticamente no conocía, pero ellos parecían decantarse por mirar al techo, hacerse pasar por mudos o fingir que estaban sufriendo un ataque al corazón antes que hablar conmigo.
En esas situaciones es cuando recuerdo por qué hay veces que las personas sentimos la necesidad de resolver nuestros desbarajustes y frustraciones con una copa, o dos. Inesperadamente, a una de las viejas eminencias parecía haberle caído en simpatía. El tipo me emplazaba a charlar de forma tranquila mientras tomábamos un destilado en algún tugurio. Después de unos licores, mojitos, gintonics y tequilas, empecé a tambalearme desorientado, pero el profesor insistía en que fuéramos a agitar el esqueleto. Alrededor de las cinco de la mañana, me di cuenta de que estaba completamente borracho, bailando reggaetón encima de una tarima con un señor mayor que acababa de conocer en una discoteca vacía, cuando debía estar descansando para dar una charla decente al día siguiente.
Prácticamente tuve el tiempo justo de pasar por el hotel a ducharme rápidamente, enjuagarme la boca diez veces y salir pitando para la conferencia, aún con el hedor a resaca en mi boca y en mi cabeza. Nada más sentarme, caí profundamente dormido. Por suerte, en una de las cabezadas comprobé que el resto de los asistentes también lo hacía o jugaban al solitario en sus teléfonos móviles. En cierto momento me despertaron una serie de gemidos lascivos. Provenían del ordenador de uno de los catedráticos más prestigiosos, que además tenía fama de ser extremadamente religioso. No podía silenciarlo y los aullidos pornográficos se clavaban como puñales en la sala. El congreso proseguía, pero el mal ya estaba hecho.
Al final de la mañana, era mi turno. Tras la presentación, descubrí mis transparencias proyectadas en la pantalla y me pregunté: ¿de qué venía a hablar yo? ¿En qué idioma era esto? Por suerte mi boca se avanzaba a mis preocupaciones y empecé a hilvanar un discurso que me pareció coherente. A los pocos minutos, descubrí que prácticamente nadie seguía mi soflama acerca de potenciales que saltan, energías que explotan y partículas que se atraen como dos jóvenes en celo. Para refrenar mi presentimiento, se me ocurrió decir que acababa de descubrir que la Tierra era plana, a lo que un estudiante de doctorado joven asintió de forma rotunda. Al acabar mi intervención, la gente aplaudió emocionada. Después, alguien con sed de protagonismo me lanzó una pregunta que no logré tan siquiera descifrar. Así pues, respondí que la pregunta era brillante, pero que no podía revelarle la respuesta a menos que no le matase delante de todo el público. Acto seguido, se escuchó alguna carcajada y yo respiré aliviado mientras el sudor bañaba mi espalda. Acababa de evitar un ridículo mayor.
Terminado el congreso, salí escopetado de regreso a casa. Estaba sano a salvo y mi escasa reputación permanecía casi intacta. Me juré que si me volvían a invitar a otro congreso desconocido, declinaría la propuesta.
Sin embargo, hace un rato, he recibido un correo con una invitación para participar en un workshop sobre “Simulaciones Casi Electromagnéticas” en un pueblo perdido de la República Checa, repleto de preciosos castillos e idílicos paisajes. La organización promete colmarnos de cerveza, salchichas de ciervo y enseñarnos a bailar el típico baile regional. Habrá que…


Relatos·Vida Moderna

Me Enamoré De Una Instagramer

Sin saber muy bien cómo, me enamoré de una instagramer. Supongo que cuando menos lo esperas, la vida te propone retos con la única intención de, después de dejarte en ridículo, aprender a esquivarlos y conformarte con tu cotidianidad y una bolsa de cacahuetes rancios.
Todo comenzó en la feria de ganado del pueblo, en la que año tras año nos reunimos pastores, ganaderos, artesanos, parados, fisgones, vagabundos, aficionados a la zoofilia y gente de bien en general. Dejo mi condición al criterio del lector perspicaz. Para incentivar la asistencia de las masas, al ayuntamiento se le ocurrió organizar una caseta en la que invitar a personalidades de relumbrón: una becaria de ‘Caza y Pesca’, el último ligue del concejal de festejos, un tipo que llegó al casting final de ‘Granjero Busca Esposa’, una vaca que en su juventud hizo de la ‘Vaca que ríe’ y, la estrella de la presente edición, una instagramer rural.
Se llamaba Sonia de los Almendros y Ovejos y era conocida por dedicar toda su vida a hacerse fotos entre campos, maquinaria, cortijos y bestias para después publicarlas en Instagram. Celebres eran sus evocadores posados junto a un par de gorrinos apareándose o un ternero recién parido aún envuelto en su placenta; su sonrisa luminosa entre las aguas revueltas del río tratando de pescar una trucha con las manos; su manera de seducir a la cámara con una sierra mecánica en brazos; o luciendo un provocador conjunto de lencería mientras daba palos a los olivos junto a un grupo de rudos temporeros.

En este tipo de casos, es difícil contener el empuje del pequeño sociólogo que todos aguardamos en nuestro interior. Así pues, empecé a tragarme las publicaciones de Sonia de forma compulsiva, además de sus fotos, selfies, vídeos, stories y retos. Recuerdo muy emocionado cómo Sonia se grabó pisando uva disfrazada de Elvis mientras cantaba ‘Suspicious Mind’; o cómo declamaba poemas de Bécquer con polvorones en la boca segando trigo con un tractor o sus debates sesudos sobre la pobreza infantil con un marrano pata negra de cerca de cien kilos al que cariñosamente llamaba Huesitos. Aunque la línea entre la genialidad y la vergüenza ajena a veces se tornaba invisible, había quedado atrapado en sus redes y no podía hacer otra cosa más que dejarme arrastrar por sus delirios y encantos.
La fecha de la feria del ganado se acercaba a la misma velocidad que mi enganche cibernético adquiría tintes de romanticismo y delirio enfermizo. Me despertaba soñando con el olor de los huertos que abonaríamos de la mano, fantaseaba con el momento en que tomaría las ubres de nuestras cabras y las ordeñaríamos hasta que no quedase ni una gota de leche e, incluso, había empezado a sondear la compra de un cortijo que sirviera de castillo para mi princesa campestre.
Necesitaba un golpe de efecto, levantarme entre la legión de followers y erigirme como un pretendiente serio para Sonia, o cuanto menos que supiera de mi existencia y de mis nobles intenciones. Y fue en ese momento cuando la inspiración se adueñó de mis dedos y esbocé una suerte de poesía sensible en una de sus fotos: “Sonia, después de recoger un banasto de higos, quiero que seas la breva de mi higuera”. A los pocos segundos, recibí la señal: un like que me supo tan dulce como una paila de choto al ajillo.
No sé si fueron las mariposas por conocer a Sonia o el cubo de ciruelas que me cargué a mediodía, pero en el trascurso de la feria del ganado tenía un horrible dolor de estómago que me obligaba a dividirme entre el puesto de piensos para conejos y los baños químicos. Al filo del anochecer haría la ansiada aparición la instagramer en la caseta de celebrities. Aunque se hizo de rogar tanto que empecé a pensar que los esfínteres me jugarían una mala pasada, Sonia se presentó en el pueblo radiante, con un vestido largo y prieto que acentuaba sus generosas caderas y que resaltaba su exuberancia indómita. La caseta estaba atestada de gañanes armados de sus respectivos palillos en boca, que vociferaban las bondades físicas de la influencerrural con picardías de distinguido calado lírico como “Ay Omá qué rica”, “Mae mía qué zagala más apañá” o “Te voy a sacar hasta los calostros, moza”.
No pasé por alto la nada sutil insinuación de mi amada: su vestido estaba estampado con una especie de dibujos que en mi imaginación tenían forma de breva. No era un sueño, no parecía un espejismo: mi amor era correspondido y aquella noche prenderíamos todos los troncos de olivo secos que hiciesen falta. Una vez terminado el acto, que resultó ser una excusa rastrera para publicitar un vigorizante para gallos de corral, me acerqué envalentonado a declararme en el turno de fotografías. Sonia me dios dos besos a la vez que me embriaga con su olor, una mezcla perturbadora de rosas silvestres y sudor animal. Antes de poder soltar palabra, la instagramerse apoderó de mi móvil y posó guiñando un ojo a la par que sacaba la lengua como el que ficha en el trabajo. Disparó una ráfaga de instantáneas mientras yo trataba de articular un discurso emocionante sobre el sabor de las brevas y la robustez de la higuera. Ella parecía asentir alegre, pero la realidad es que ya despachaba al siguiente gañán. Esperé con paciencia a que finalizara el acto para sacar a relucir la poco honrosa estrategia del rastrillo, pero Sonia salió escopetada de la caseta junto a su séquito y se introdujo en una limusina que poco tenía de humilde.
Con las lágrimas a punto de brotar y el corazón encogido, me retiré de la feria totalmente devastado. No entendía qué podía haber salido mal, visionaba de nuevo sus fotos y sus vídeos preguntándome por qué Sonia no me había entregado ni una arroba de su amor. Entonces, lo entendí todo: era uno más, una oveja del rebaño, una almendra anónima entre el montón, una amapola que había regalado sus pétalos. Sonia de los Almendros y Ovejos era el pastor que hacía servir sus redes sociales a modo de perros para guiar al redil. A ella sólo le interesaba alimentar su alma a costa de redoblar la voluntad y exprimir el cuerpo de sus seguidores, y para ello no vacilaría en sacrificar a las cabezas de ganado que no le sirvieran para su fin.
Recientemente, he sabido que para la feria agrícola del pueblo de al lado van a invitar a una youtuber especializada en quesos. Husmeando su canal, he visto que se graba rodeada de lácteos, prueba quesos de colores estridentes disfrazada de Peter Pan y acude a las queserías a presentar al gran público las últimas novedades. Con este panorama me han entrado unas ganas terribles de atiborrarme a Camembert y vídeos de YouTube.


Foto de @marinalbk. La usuaria es totalmente ajena al relato.
Vida Moderna

Consejos Para Aspirantes

Aunque nadie me lo haya pedido, me veo en la obligación moral de abrir este post para ofrecer una serie de infames e innecesarios consejos sobre cómo ser más prolífico y eficaz a la hora de escribir. Aspirantes y aprendices de escritor estáis de enhorabuena: ya podéis encargar vuestro Premio Planeta.
1)       Toda acción de tu vida es un relato o novela en potencia. Con un poco de imaginación, la visita de los domingos a la abuela en el asilo puede convertirse en una trama de narcos ancianos que intentan derrocar a un clan de enfermeros zombies.
2)       No dejes para más tarde lo que puedas escribir ahora, porque se te acabará olvidando. Si estás en medio de una noche de pasión y te viene la idea de tu vida corre a escribirla. Más vale coitus interruptus que no un capítulo o un relato huérfano.
3)       Escribe en cualquier rincón donde te pille la inspiración. En la taza del retrete se pueden escribir los más bellos poemas de amor y los más desgarradores alaridos de soledad. Recomiendo enfundarse un bolígrafo a la oreja y llevar una libreta pequeña en la ropa interior, cuyo tamaño depende de las posibilidades de cada cual.
4)       Una técnica infalible para ganar veracidad es utilizarse a uno mismo como personaje. Cuidado porque exponerse demasiado conlleva sus riesgos y puede ser motivo para acabar preso o en un manicomio. Una alternativa es diluir tus pensamientos en un pastor trashumante de Badajoz o en una monja de clausura, así nadie sospechará de la inspiración.
5)       Al hilo de construir personajes creíbles, no dudes en utilizar a tu pareja, familia y amigos con fines literarios. No olvides cambiarles el nombre, el sexo o el color del pelo para disimular. De esta forma convierte a la puritana tía Catalina en madame de un burdel de lujo o al misterioso primo Feliberto en un coleccionista de cadáveres.
6)       Cualquier intento de ser demasiado original será en balde. Antes que tú han deambulado miles de escritores por las mismas ideas y dificultades. Si tienes en mente una historia que se parece mucho a otra, escríbela igualmente. Si cambias Macondo por Camondo, ¿quién osará a decir que ‘Mil Años De Soledad’ es un plagio?
7)       No te censures nunca. El pensar en el que dirán o en el si va a gustar va a estropear el brillante material que tienes entre tus dedos. Si te da por relatar el deterioro de las persianas del vecino o lo emocionante que es hacer cola en la Agencia Tributaria, no creas que no hay belleza o interés en él.
8)       Si al despertarte de la cama recuerdas un sueño, no desaproveches la idea caída del cielo. En estos casos recomiendo tener cerca una grabadora para describir vagamente las escenas. Stephen King comenzó inspirándose en sus pesadillas y no le ha ido mal.
9)       No te desvivas por las formas y el estilo. Se trata de la última fase de la escritura. Prima el contenido, retrata la idea original y acaba de redondearla. Ya tendrás tiempo de pulirla si realmente merece la pena o enterarla en el cajón de los ya veremos.
10)   A excepción de los autores que tiran de negros, las historias por lo general no se escriben solas. Seguramente en tu cabeza tengas diez o doce novelas brillantes que son suficientes para merecer un premio Nobel de Literatura. Pero la diferencia entre ganarlo y desearlo es sólo escribir.
No lo querrán reconocer, pero este fue el método que utilizaron autores de la talla de Stephenie Meyer, Paulo Coelho, E.L. James, Lucía Etxeberría, Albert Espinosa o Boris Izaguirre.
Vida Moderna

País de Piel Fina

Fruto de la serena observación y la exhaustiva investigación, he detectado una desconocida enfermedad de la cual me veo en la obligación de alertar. He de confesar que carezco de cualquier tipo de formación en medicina, ni falta que hace. Basta con no ser aliado de la ceguera, estar corroído por la hipocresía o rendido a la necedad cotidiana para darse cuenta del diagnóstico categórico. Cabría preguntarse por qué no hemos oído hablar de ella, quién ha escondido las certeras evidencias o derivado los síntomas hacia otros trastornos contemporáneos que, si bien existen, han conseguido agravar los daños de la enfermedad hasta convertirlos en devastadores e irreversibles. Sorprendentemente, esta plaga está especialmente arraigada en España. No estoy hablando de la impuntualidad, la predisposición genética por la corrupción, la veneración a símbolos religiosos y/o fascistas o el hablar a voces sin tener la más remota idea. Me refiero a una patología mucho más general, la vorágine que destruirá este país y a todos sus individuos. Hablo de tener la piel fina.

Todo comenzó en un restaurante de bien, en el transcurso de una cena con gente de la intelectualidad patria. Entre otros, allí se daba cita el dispensador de viagra de Vargas Llosa, uno de los negros de Pérez-Reverte, el chapero predilecto de Sánchez Dragó, el callista de Pedro Almodóvar, el camello de confianza de don Jaime de Marichalar y el mismísimo Rey del Pollo Frito, Ramoncín. Después de mantener una vibrante conversación sobre los beneficios que tenía para el sistema circulatorio miccionar haciendo el pino, se inició una encarnizada discusión en torno a la receta original del gazpacho andaluz. Aunque no debiera admitir dudas, el personal comenzó a desvariar con la composición del brebaje y a recurrir a rincones  inmundos de la red para granjear a sus argumentos cierto atisbo de autoridad. Mientras tanto, los más avispados del grupo guardábamos las sobras de la cena en bolsas de plástico. El conocimiento teórico y práctico del hambre determina la verdadera valía del intelectual. El debate gastronómico estaba al borde de hacerme perder los nervios cuando el mismísimo Ramoncín se atrevió a despreciar la sutil aportación del pimiento verde. Aunque uno se distingue por mantener la compostura ante cualquier situación, no tuve más remedio que reprender su desfachatez con un elegante y respetuoso “Eres un puto ignorante. El pimiento es al gazpacho lo que tus discos a un contenedor de basura”. Un silencio tenso congeló el ambiente y el decadente actor, escritor, cantante y parásito -en orden creciente de ocupación- se marchó del lugar soltando un bufido airado.


Al comienzo sospeché que había sido una rabieta pasajera que el tiempo haría olvidar. O quizá se trataba de una brillante estratagema para no pagar la cuenta. Cuando al día siguiente constaté que Ramoncín me había bloqueado de sus redes sociales y de que el cartero no cesaba de entregar paquetes bomba en casa, di cuenta de que mi improperio podía haberle ofendido. A decir verdad, aquel entuerto me resultaba indiferente. Ramoncín había dejado de ser alguien mucho tiempo atrás, si es que alguna vez había sido alguien. Sin embargo, no podía dejar de darle vueltas al entuerto. Una persona medianamente madura no se ofende así. Una persona sensata y proporcionada trata de convencer al otro repitiendo hasta la saciedad los mismos argumentos, guardando bajo manga el infalible recurso de quedarse en pelota picada y bailar bulerías en caso de que la situación amenace con desmadrarse. Ahí advertí que el Rey del Pollo Frito tenía la piel demasiado fina para aceptar una crítica justa. Me inquietaba la duda de si aquel fenómeno era aislado o una epidemia extendida. Quizá en el caso de la piel del creador de ‘Litros de Alcohol’ interfiriese el factor de haber sido un monigote profesional o sus visitas a clínicas de estética de poca monta.
A continuación me decidí a extender mi campo de estudio a otros círculos más populares en busca de reafirmar o refutar mi tesis. Comencé con mi panadería de confianza, donde advertí amablemente que su pan era idóneo si uno quería construir un muro indestructible usando sus barras; proseguí comentando a mis pupilos que sus últimos manuscritos eran de un gusto horripilante y de nula originalidad, fruto de una ignorancia arraigada y mi necesidad de sacarles la pasta para subsistir de forma honrada; y confesando a mi pareja que Coldplay, su grupo favorito, me parecía un truño soporífero y que gentilmente la ayudaría a enterrar cada uno de sus discos. Envalentonado, quise ir un poco más allá, y me pasé por el colegio de mi infancia, el instituto y la facultad para informar sin rencor a mis antiguos profesores que eran todos unos inútiles sin vocación que habían sumido en la mediocridad y el alcoholismo a mi ser. Para mi sorpresa, mi arranque de sinceridad en aras de la verdad fue duramente reprendido por mis objetos de estudio mediante gritos, insultos, escupitajos, amenazas y algún que otro guantazo de admirable factura. Mientras dormía en el sofá, apaleado, desterrado y desempleado, atisbé la cruda verdad.
La verdad es que nadie quiere oír la verdad. Vivimos en una sociedad hipócrita que apremia mirar hacia un lado y contentarnos con una mediocridad que pudo, pero no quiere ser y se ríe de nosotros a nuestras espaldas. Nos sobra con el recuerdo de un sueño extinto o de un futuro fantasioso para alcanzar la paz que brota de la autocompasión y un deforme engendro de la felicidad. Se premia a la imbecilidad y se ponen paños calientes a la incapacidad. Si no encuentras consuelo, siempre puedes comprarte una taza con el eslogan “Soy gilipollas, pero hoy puede ser un día excepcional”. Por el contrario, la crítica, aunque descarnada, delimita el defecto para extirparlo y aspirar a ser libre, razón de ser del hombre. No me imagino a Severo Ochoa consolado con un vaso de leche con galletas cuando un experimento resultaba un fiasco, ni alguien dándole palmaditas a Manuel de Falla ante una soporífera composición o a Cervantes refugiado en el placer instantáneo de una entrepierna caliente cuando el Quijote volcaba su caballo. Hemos desterrado la certeza para no sufrir, nos hemos convertido en enfermos de piel fina.
Según he podido comprobar, esta enfermedad es degenerativa, contagiosa y hereditaria. Los padres magnifican los efectos del trastorno al vacunar a sus hijos con el valor del no pasa nada, lo tenéis todo y mejor si no sabéis por qué ni de dónde viene. Esos niños serán los jóvenes refugiados en el no hay oportunidades y anestesiados por el capitalismo y sus sabrosos cebos y divertidos juguetes, provistos de artefactos que oculten la verdad incómoda y asesinen a la voz de sus portavoces. Esos niños serán los ancianos que carguen existencias vacías, cuya mayor aportación sea la de sostener al partido gobernante de turno con ínfulas de superioridad.
La sociedad de la información auspicia la propagación acelerada de la mortal pandemia. Sin ir más lejos, un servidor, con toda su buena fe, fue recientemente atroz y cobardemente ajusticiado en uno de esos foros donde la prole prostituye la verdad a cambio de ver la mierda disfrazada con telas de Desigual. En una entrada que trataba los orígenes del gazpacho andaluz, como gran entendido en la materia, me vi en la obligación de intervenir para alertar del olvido de uno de los ingredientes primigenios: el pimiento verde. Enseguida apareció una contestación contundente: “No hay ninguna evidencia de que los primeros gazpachos incluyeran pimiento verde. Esa es una receta posterior”. Al comienzo no le di mucho crédito a tal atrevida impertinencia, pero conforme fueron llegando otras réplicas que validaban esa nueva teoría y dejaban la mía a la altura del betún, experimenté un estado de indignación que fue escalando de la rabia hacia las imperiosas ganas de vengarme. Una reacción impropia para una persona que no se altera con facilidad. Escarbé entre las fotos de la red social del osado aprendiz de cocinillas, busqué su nombre en listas de morosos, multas de tráfico y votantes de Ciudadanos. Después, contraté a un detective que anunciaba sus servicios en las Páginas Amarillas para investigar sus vergüenzas. No había rastro de ningún tipo de acto reprobable, más allá de ser fiel seguidor de Ramoncín. No sabía muy bien cómo redimirme de aquella ofensa despiadada, ni tan siquiera recordaba a qué se debía esta, ni por qué la cólera rechinaba con fuerza entre mis dientes, me hacía fruncir el ceño violentamente y tensarme la piel hasta amenazar con rasgarla. Entonces, percaté la horrenda realidad: yo también había sido contagiado. Yo también tengo la piel fina.

Por desgracia, la piel fina es una enfermedad de la que no se conoce cura. Afortunadamente, las grietas de la sociedad actual nos brindan multitud de esperanzas para alcanzar una penosa pero digna subsistencia. Por ejemplo, existen unos sofisticados prototipos de burbujas para aislarnos por completo. No hace falta una gran inversión, todos disponemos de acceso a ellas. De hecho, nos pasamos gran parte del día encerrados en nuestra burbuja. En ellas somos protagonista y enemigo, un pequeño reino con multitud de súbditos a nuestros pies, en el que escribir la realidad al gusto. A pesar de que las burbujas no interactúan entre sí, es fascinante observar cómo evolucionan de forma idéntica sujetas a un sistema invisible y silencioso. Es razonable pensar que todas las burbujas convergerán a la misma burbuja sin tocarse nunca.
En la burbuja, la enfermedad avanza tan lentamente que parece haber desaparecido. No se conocen casos de pacientes que sean capaces de agravar o revertir la enfermedad por sí mismos. Y así la piel cada vez más fina, y así la muerte en vida.
Firmado, uno con la piel fina.

 Incluido en el número 5 de Tinta de Verano – País de Pandereta.
Vida Moderna

La Entrañable Moda De Ser Subnormal

El mundo avanza veloz, como una estrella fugaz hacia su propia destrucción con la que deleitarse de su precioso rastro de luz. Ese ritmo endiablado, del cual como integrantes ocasionales también estamos impregnados, no da lugar a una objetiva, calmada y necesaria reflexión del mismo. Asumimos procesos intrínsecos que aceleran la devastación, nos vanagloriamos de los mismos y en algún caso los encarnamos consciente o inconscientemente. En los últimos tiempos uno de ellos se está arraigando con fuerza: el ser profundamente subnormal. Entrañable, eso sí.

Erróneamente, se podría pensar que este movimiento se consolidó hace mucho tiempo o, incluso, que nació a la par que la humanidad. Sin embargo, descubro para mi alivio que se trata de una tendencia reciente y pasajera. Al igual que en su momento estuvo de moda los pantalones campana, los Payasos de la Tele, Coyote Dax o tatuarse el nombre del jefe en el ano, ser un entrañable subnormal se ha convertido en una enfermiza necesidad que separa a una persona de estar dentro o fuera de la sociedad, la excelencia de la vulgaridad, la verdad de la mentira, la vida de la muerte, el bien del mal.
El aparentar saber de todo constituye una de sus bases más sólidas y demanda fundamental. El subnormal de base aprovecha el menor resquicio para dar su trascedente dictamen. Es capaz de balbucear hasta un máximo de cinco palabras seguidas –las cuales denominaremos sentencia de subnormal– que lo mismo versan sobre política de impuestos, que de legislación laboral, sistemas operativos, herbología milenaria, marcas de ginebra o de cebolletas en vinagre. Da igual el tema que se le presente, el subnormal de base aireará una genuina sentencia de subnormal, en la que expresar quejas y lamentos sin ápice de esperanza. Por su parte, el subnormal ilustrado es capaz de engatusar a su audiencia mediante elaborados discursos que se componen de, a lo sumo, tres o cuatro sentencias de subnormal. Al elenco conocido, añade su conocimiento sobre psicología evoljutiva, arte abstracto, especulación bancaria, aceleradores de particulas, filosofía posmoderna, coprofalia o licantropía clínica si hace falta. A diferencia del subnormal de base, el subnormal ilustrado consulta publicaciones digitales, se empapa de sus titulares, se deleita con los profundos comentarios de otros subnormales ilustrados y cacarea los alegatos de los líderes de la tendencia.
Aunque jamás reconozcan su verdadera condición, se muestran orgullosos de ella y no pierden tiempo en demostrarla una y otra vez para fortuna y tortura de sus allegados. En este sentido, las nuevas tecnologías han disparado su auge. Años atrás, con buen criterio, estos esclavos de las modas se veían marginados por la vergüenza ajena y la indiferencia; ahora disponen de altavoces eficientes y complejas formas de organización. En las redes sociales puedes verlos dándoselas de analistas políticos, tratando de dar envidia por hacer algo tan extraordinario como tomarse una cerveza en la playa, o mostrar su devoción por la danza clásica oriental mientras al otro lado de la pantalla devoran una bolsa de patatas en calzoncillos y sudan como cerdos. Además, cuentan con un legado de seguidores que les otorga una jerarquía infranqueable. Y es que ser un entrañable subnormal no tiene por qué estar reñido con la estima, el éxito o la fama. Tampoco con el dinero, el sexo o las drogas.
En la vida real también se aprecian los estragos de la corriente: acomplejados que compran todoterrenos para conducir por la ciudad y sentirse los puto amos por un día; pasajeros que aplauden el aterrizaje del avión y que después hacen cola como histéricos para salir; devoradores de manuales de autoayuda escritos por fantoches enajenados; padres que engendran a monstruos para tenerlos alegres y callados; consumidores de productos light; los que piden sacarina para el café tras atiborrarse de postres; y los peores de todos: aquellos que desprecian el borde de las pizzas.
Por fortuna, la subnormalidad, aunque entrañable, es pasajera. No porque los subnormales se den un golpe en la cabeza y de repente vean la luz, o porque se haga justicia y sean triturados y vendidos como pienso animal de marca blanca. El caso es que esta subnormalidad está destinada a ser sustituida por otro tipo de subnormalidad más feroz y devastadora, otorgando a la actual la categoría de excelencia y normalidad. Acabaremos por añorar la vigente subnormalidad y rememoraremos el clásico tópico de que cualquier subnormalidad pasada fue mejor.
Firmado,
un entrañable subnormal.

Incluido en el número 4 de Tinta de Verano – Modas.