Microrrelatos·Vida Moderna

Vacaciones para el ego

Tengo como norma de vida no participar en juegos de azar. Sin embargo, durante el desconfinamiento hice una excepción y compré el boleto de una rifa benéfica. El objetivo era recaudar fondos para egos abandonados durante la pandemia. A los pocos días descubrí que había resultado ganador del premio: un fin de semana en un hotel de cinco estrellas en primera línea de playa con todos los gastos pagados, para mí y para mi ego.

El complejo estaba localizado en una pedanía inaccesible, cuya parada de transporte público más cercana se situaba a 15 km. Después de andar tres horas a pleno sol y disfrutar de los bocinazos de veraneantes sedientos de arena y mojitos, llegamos a destino. En la recepción no tenían constancia del premio y amablemente me invitaron a pagar o a marcharme. Sin embargo, no perdí la calma y repetí ciento treinta y siete veces “Soy el ganador de la rifa de la asociación de egos abandonados”. Finalmente, el servicio dio su brazo a torcer y me concedió el acceso a una de las habitaciones más exclusivas. Aunque hacía las veces de cuarto de mantenimiento, estaba repleta de productos de limpieza, destornilladores y alicates y el calor era asfixiante, en un lateral había un póster con las idílicas vistas a la playa en los años cincuenta.

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cuarentena

Vida low cost (Cuarentena XXVII)

Uno de los milagros que obró el Viejo Mundo fue el de los panes y los peces. Mediante un sueldo mísero podías alimentarte, vivir entre cuatro paredes carcomidas, socializar en tugurios con glamour y bañarte en jofainas de gintonic, vestir a la penúltima, comprar un utilitario de 100.000 km, hacerte selfies en el sudeste asiático, esperar a que el cartero te abasteciera con el último artefacto tecnológico, estar suscrito a quince plataformas de streaming y donar lo restante a una organización benéfica que acogiera corocoros abandonados en Surinam. El milagro era de tal magnitud que ningún científico había conseguido explicarlo sin recurrir a la brujería o al misticismo. Algunos teólogos lo achacaban a la llegada de un nuevo profeta que todavía no había sido identificado. Nadie quería renunciar a tenerlo todo, pero la pandemia se empeñó en demostrar que menos puede ser suficiente.

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Carrera hacia ningún lugar (Cuarentena XXVI)

Nacíamos, corríamos y moríamos. No importaba el destino ni el camino, lo importante era no detenerse. Multitud de corredores abarrotaban las calles, chocaban entre sí, avanzaban a ritmos dispares o adelantaban por márgenes y vericuetos. Algunos se convencían de que habían nacido para alcanzar el infinito, fingían cara de concentración y actuaban como si el cuerpo fuera a aguantarles por siempre. Otros nos limitábamos a correr tras una liebre y, una vez superada, buscábamos una nueva. Las trampas del camino obligaban a escoger entre retirarse a tiempo o morir por agotamiento. Aunque hubo quien se resistió, la pandemia obligó a suspender la carrera hacia ningún lugar. Entre los gritos de horror e histeria, el virus imploraba que todo parase.

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Autobombo

De cerdos y matanzas

En mis textos aparece recurrentemente la figura del cerdo. Como en ‘Rebelión el la granja’, a nivel literario es más frecuente su uso peyorativo, y que el oso, el perro, el burro o el gato tengan mejor prensa. Del marrano admiro su capacidad de adaptación, su humildad casi poética, su austeridad interiorizada y que de él se pueda extraer todo, forjando un carácter tan noble que resulta revolucionario. Intuyo que esta fascinación nace de mis raíces, de los ejemplares que criaban mis abuelos, las matanzas que hacía mi familia en un acto casi religioso y los embutidos que con gusto zampábamos durante el resto del año.

Ayer en el pueblo, comiendo choto -un animal de una generosidad comparable- musitaba la idea de filmar un documental sobre el cerdo y las matanzas. Mi familia me recordó un pequeño reportaje sobre la matanza en mi pueblo del año 96 en Canal Sur. Para mi sorpresa, entre los curiosos, encontré al niño que admira a los marranos y aquí escribe.

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Carrusel deportivo (Cuarentena XXV)

En el Viejo Mundo existía una tradición profundamente arraigada: vivir en el carrusel deportivo. El deporte, que tenía sus orígenes en el ejercicio físico, la competición respetuosa y un estilo de vida saludable, se había convertido en un espectáculo que encarnaba los valores contrarios. Aunque se presentaba en varias disciplinas, la casualidad intencionada había escogido al fútbol como único representante. El espectador podía pasarse todo la semana viendo partidos sin despegarse del sillón. En las tertulias nocturnas grupos de doctos debatían sobre el tamaño del periné del delantero centro del Atlético Antoniano o polemizaban por los motivos que habían llevado al colegiado Méndez Menéndez a comprar criadillas de jabalí en la carnicería de su barrio antes de arbitrar el clásico.

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Reseñas

La energía nuclear salvará el mundo — Alfredo García

A pesar de mi formación y sustento, no acostumbro a incluir textos de divulgación científica entre mis lecturas. A raíz de la tenaz cruzada por la energía nuclear de Alfredo García, más conocido como Operador Nuclear, me decidí a conocer su primera obra en papel. Resulta redundante reconocer mi propia ignorancia en la materia, especialmente en el campo de la física y las fuentes de energía, con creencias frágiles que los años han desmontado sin excesivo esmero. Así pues, La energía nuclear salvará el mundo trata de explicar la necesidad de la energía nuclear para combatir el calentamiento global y derribar los mitos instaurados sobre su impacto medioambiental y peligrosidad.

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El virus de la ignorancia (Cuarentena XXIV)

El tiempo pasaba tan rápido y la sucesión de acontecimientos era tan frenética que corríamos el riesgo de olvidar cómo era el Viejo Mundo. Dicen que las sociedades que ignoran sus errores, están condenadas a repetirlos. Enmascarados con denominaciones modernas y camuflados bajo líderes de atractiva presencia, las enfermedades del odio, la discriminación y la avaricia estaban desatadas. Como el asesinato, la esclavitud o la guerra eran prácticas controvertidas, éstas se habían adaptado a la modernidad y las herramientas usadas por el sistema era tan refinadas que éste nos pedía permiso para poder ejecutar su estratagema. Multitud de valientes aplacaban las injusticias de forma separada, cuando el enemigo era sólo uno y el combate exigía unión. Como la pandemia, su invisibilidad y la levedad de sus síntomas lo convertían en un virus letal.

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Los milagros no existen (Cuarentena XXIII)

Todo tiene una explicación. Desde el origen del universo hasta el asesinato de John F. Kennedy, pasando por el innecesario afán de agotar el petróleo o extinguir salvajemente a todas las especies animales. Dependiendo de las circunstancias que la envuelven, la verdad puede ser revelada, manipulada a traición o aún desconocida. En el último caso, el ser humano da cuenta de su propia torpeza y se enfrenta a una implacable disyuntiva: reconocerla o inventar una falacia. Asumir la ignorancia debería ser un comportamiento tan natural como respirar o beber agua cuando no hay vino. La imaginación es una herramienta tan potente que, en ausencia de la verdad, es capaz de obrar milagros. Si un monje de la Edad Media pudiera encender una bombilla, pensaría que se trata de la luz del Creador. Hoy, algunos atrevidos observan el cielo y sostienen que somos víctimas del engaño, ya que para ellos la Tierra tiene forma de pizza cuatro quesos. Más allá de la ficción, los milagros no existen. Lo que existe es la ignorancia.

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Cenizas de la humanidad (Cuarentena XXI)

Recién aterrizado en el Viejo Mundo, pude recordar cada uno de sus valores. Sus creencias estaban tan arraigadas que habían convertido a nuestros amigos y vecinos en fervientes devotos, como si fueran bravos templarios participando en una cruzada. A falta de escudo o espada, luchaban empuñando el egoísmo y la ignorancia, ajusticiando al enemigo cuando se presentara la más mínima ocasión. Como en toda guerra, la lucha era de forma despiadada y las primeras víctimas resultaban ser las más débiles. A diferencia de otras contiendas, no había un adversario al que batir. Todos nos enfrentábamos contra todos. Todavía hoy me pregunto quién movía los hilos de un ejército tan disciplinado y obediente. Quizá no haya respuesta.

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Microrrelatos

Sonrisas inalterables

Hoy he hecho una entrevista para el trabajo de mis sueños: payaso de circo ambulante. Pasé a la fase final entre multitud de grandes candidatos, algunos formados en las mejores escuelas de bufones y otros de nobles familias circenses. Aunque me temblaban las manos, mi actuación ha salido mejor que en los ensayos. He comenzado con el truco de la flor que lanza agua,. Después, he montado en monociclo haciendo malabares con caniches y finalmente he contado unos chistes sobre temas banales de humor blanco, como los disturbios raciales.

El director del circo reía y aplaudía ensimismado cada una de mis tropelías. Cuando creía que me iba a ofrecer el puesto, me ha preguntado: ¿muchacho cómo mejorarías el circo? Tras diez minutos de propuestas, el hombre ha cambiado radicalmente de semblante. Al final ha escogido al primo del contorsionista. No creo que sea tan divertido como yo, pero tiene una clara ventaja: es mudo.

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De regreso al Viejo Mundo (Cuarentena XXI)

El tránsito hacia el Nuevo Mundo no fue lineal. Tampoco el sosiego o la lógica fueron conceptos inherentes al proceso. El ser humano es un ente tan inestable, que tras dar un paso hacia delante, lo más probable es que dé diez hacia atrás. Para más inri, al señalarle el error, éste lo negará o, en el mejor de los casos, dirá que ha sido inevitable, a causa de una tercera persona o fruto de una conspiración. El día que regresé a mi país después de un mes de confinamiento, emprendí también un viaje hacia un pasado que había dado por superado.

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La delgada línea (Cuarentena XX)

La pandemia no sólo desnudó las carencias de los sistemas sanitarios, económicos y sociales del mundo entero. A cada uno de nosotros nos puso de frente a nuestras miserias y se afanó en demostrar que nuestras creencias eran tan exiguas como un puñado de lentejas con hambre. En mi caso, mientras disfrutaba del falso advenimiento del Nuevo Mundo en casa de Daría, un vaso de vino fraternal y un bocado de salumi libertario, llegó una noticia que removió mi conciencia. Dicen que con el estómago lleno, todas las teorías funcionan. En la práctica, las convicciones e ideas no alimentan.

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Reseñas

Sapiens: De animales a dioses – Yuval Noah Harari

A comienzos de la cuarentena llegó a mis manos dos artículos rebosantes de lucidez. Uno conjeturaba acerca del mundo que quedaría tras la pandemia y el otro se centraba en la falta de liderazgo global que ésta había desenmascarado. Guardé ambos artículos en una carpeta a la que llamo confrontación, donde además de ampliar conocimientos, trato de debatir mis exiguas convicciones. En aquellos textos encontré algo de lo que adolecen la mayoría de análisis de nuestro tiempo: perspectiva y rigor. El punto de vista del autor conjugaba conocimientos en historia, biología, economía y política. Además, la forma de expresarla era tan clara y tan rotunda, que a duras penas se podía poner en cuestión más allá de algunas puntualizaciones.

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