Bocachancladas

No tenemos nada

Percibo que de la incertidumbre de los tiempos empieza a aflorar el miedo. Las previsiones cambian día a día trazando una tendencia que se debate entre el colapso o el apocalipsis. Los héroes de barro se deshacen ante la tormenta, mientras que de la tierra emergen otros nuevos que en pocos días desaparecerán por la alcantarilla.

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Autobombo

Nadie va a salvarnos: crónica de una no repatriación

Los compañeros de El Salto han publicado hoy una crónica sobre mi aventura de regreso a casa desde Italia, Nadie va a salvarnos: crónica de una no repatriación. Gracias en especial a Lis Gaibar por la ayuda y el eco, a María Medina por la compañía en la aventura y dejarme ocupar su casa y a Celia Domingo por la información extra. Desde este enlace podéis leer el artículo.

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Anestesia Voluntaria (Cuarentena IX)

La luz del sol me despertó la mañana posterior al terremoto y la consiguiente explosión. Me recliné sobre el poyete de la ventana y divisé el cielo más claro que había visto en mucho tiempo. El aire que respiraba parecía transportarme a las montañas nevadas de alrededor. La naturaleza tornaba a la ciudad ofreciendo su faceta más virginal. “No necesito más”, pensé por un momento. Enseguida los gruñidos de mis tripas pusieron en tela de juicio tan cándida ensoñación.

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Terremotos punzantes (Cuarentena VIII)

A la histeria de los días precedentes al confinamiento, en el que aún veíamos el virus a través de la televisión y no teníamos licenciatura en epidemiología con máster en pandemias, hubo que sumar el despertar de la tierra. Por aquel entonces, ya había interiorizado la verdadera metodología de trabajo italiana: invertir la mitad del tiempo yendo y viniendo de la caffetteria.

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Lavadoras por la Paz (Cuarentena X)

En mi décimo tercer día de aislamiento descubrí una parte de mi realidad: tan sólo era un mindundi con muchos humos. Fue el momento en que empecé a sospechar que me quedaba un largo camino parar curar el virus y que si quería hacerlo tenía que prepararme mucho mejor. Si ese virus había arrasado al mundo durante tanto tiempo, no iba a derrotarlo yo en diez minutos con tan sólo la ayuda de una cuchara de plástico y una pastilla de jabón revenida. A pesar de sus buenas intenciones y que le quedaba mucha pila, mi verdad era aún muy débil y sólo se apoyaba en un loro que había encontrado por casualidad en un bazar oriental.

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Autobombo

‘Haters y Mendigos’ en Papenfuss

Siempre es un placer contribuir al proyecto de Papenfuss. El presente número recoge ‘Haters y Mendigos’, mi homenaje a los amigos que estimulan mi torpe creatividad con improperios y recordando mi inmensa falta de talento. Gracias a Victor Mancini, a su equipo y al resto de autores participantes por montar esta bendita locura entre ilustraciones y relatos. Lo podéis encontrar en versión electrónica descargando aquí.

Bocachancladas

Nuevos creyentes

En el transcurso del Viejo Mundo, las calles deberían estar repletas de pasos, saetas y capirotes en estos días. Aunque la realidad les haya invitado a tomar un descanso, observo como personas de mi entorno se agarran a la fe. Entre ellos permanecen los devotos de siempre, a los cuales respeto por su ejemplo de constancia y determinación. Sin embargo, algunos que hasta hace poco se jactaban de no saber rezar, también empiezan a abrazar la divinidad.

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Bocachancladas

¿Solidaridad o caridad?

En estos días observo que la palabra solidaridad es más utilizada que de costumbre. A mitad de mi cuarentena leí noticias de algunos saqueos fruto de la desesperación o iniciativas populares para proteger a colectivos desfavorecidos. Participé en alguna campaña, tratando de cubrir de ayuda a todas las personas que pudiera. Me preguntaba si aquello era un acto de solidaridad o caridad. Todavía no tengo una respuesta clara.

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Reseñas

Stefano Piccoli – Guerrilla Radio: Vittorio Arrigoni la possibile utopia

En los momentos en que la sociedad parece romperse, emerge la alternativa entre entregarse al abismo o abrazar la utopía. Por caprichos de la tecnología, la humilde colección de la librería Raccontami me dio la oportunidad de conocer la historia de Vittorio Arrigoni. A través de ocho capítulos compuestos por viñetas hechas a carboncillo por Stefano Piccoli, Guerrilla Radio: Vittorio Arrigoni la possibile utopia nos muestra diversos pasajes de la vida del malogrado activista lombardo.

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La Burbuja del Altruismo (Cuarentena VII)

Quizá muchos de nosotros pecamos de optimistas al comienzo de la cuarentena. Se pensó que aquel tiempo muerto podría ser idóneo para hacer algo útil: aprender chino, hacer un curso de ganchillo imaginario o darse a la bebida con la excusa de dibujar. Los más intrépidos se decantaron por pintar la casa, planchar y recoger la montaña de ropa limpia, ordenar las estanterías o montar aquel mueble inservible que habían comprado en Ikea por la vergüenza de salir con las manos vacías. En su mayoría, las buenas intenciones se quedaron ahí. Como si fuera un fin de semana que nunca terminaba, la comodidad del trinomio cama, sofá y comida basura se acabó imponiendo como método para combatir la incertidumbre y la desesperación. En algunos casos, la manifestación más creativa fue elegir en qué maratón de series participar o en qué taza de Mr. Wonderful servir la Coca Cola Light.

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El Estrés Social (Confinamiento VI)

Una de las paradojas que se produjo durante la cuarentena fue la proliferación del estrés. Un fenómeno que en parte era fruto de la desmesurada necesidad de socializar. Mientras los médicos recomendaban descanso para fortalecer el sistema inmune, yo exprimía la agenda por encima de mis posibilidades. Durante la jornada de teletrabajo, el teléfono móvil no cesaba de vibrar e iluminarse. Aquellos mensajes aparecían con avisos para atenderlo de forma urgente, pregonando que su contenido era de vital conocimiento.

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La Anormal Normalidad (Cuarentena V)

En el primer fin de semana de reclusión establecí algún tipo de normalidad. Una normalidad que más que a la del Viejo Mundo, se empezaba a parecer a la que todos acataríamos en el Nuevo Mundo. Desperté el domingo como si hubiera pasado toda la noche en tugurios que a precio de oro servían garrafón y proveían un poco de calor. Mi cabeza quería explotar, tenía la boca seca y no sabía muy bien dónde estaba. La saturación informativa, las teorías conspirativas, los primeros rumores de rebelión, la comunicación con todos esos seres que antes no sabía si seguían con vida o habían sido captados por una secta de mindfulness, se combinaban para brindarme la peor de  las jaquecas.

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La Fragilidad (Cuarentena IV)

Al tercer día empecé a intuir que el aislamiento no iba a ser fácil. Me desperté dispuesto a comerme el mundo desde mi minúsculo apartamento en gayumbos y camiseta de Toy Story. En aquellas alturas del encierro, el concepto de higiene personal se había relajado hasta reducirlo a la técnica del lavado gatuno enriquecido con desinfectante. Aproveché que el loro Huang aún dormía vencido por la resaca de la fiesta de bienvenida. Tenía vagos recuerdos de ambos bailando reggaetón ligeros de ropa y comprando sartenes para hacer huevos fritos con forma de pene a través de la Teletienda. En mi defensa, cabe decir que no quería liarme, que quería ser responsable con el régimen de aislamiento y que fue el loro quien me obligó a beber hasta caer redondo.

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El Loro Huang (Cuarentena III)

En mi segundo día de aislamiento todavía no había perdido la cabeza. El sol me regaló un despertar natural. Como estaba nublado, abrí los ojos alrededor de las 12:30 del mediodía. Pasé todo el día en pijama, celebrando que nunca más tendría que hacer la lavadora. La empresa nos había impuesto el teletrabajo. El método consiste en que en lugar de tocarte las narices en el trabajo, te tocas el badajo. Diez minutos  después de comenzar la jornada, descubrí que si apagaba el router podría dar por concluida la jornada laboral. Sin nada mejor que hacer, me bebí diez cafés mientras observaba con prismáticos las calles desiertas, elucubraba sobre las formas de las nubes y declamaba versos de Bukowski. Después me puse a escribir una epopeya sobre un zorro que tras fugarse de la cárcel, quería reconstruirse desde dentro, ver mundo, convertirse en conquistador y levantar un nuevo imperio. Agotado de pensar cuán truculento pasado albergaría mi protagonista, me quedé dormido en el sofá.

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