Bocachancladas

Chernobyl, Anguita y la ley del silencio

Ayer terminé de ver la miniserie dedicada a la catástrofe nuclear de Chernobyl. Al mismo tiempo, en un hospital de Córdoba fallecía Julio Anguita. Precisamente, algunas de las reflexiones de Anguita acerca de la sociedad que quedará tras la pandemia tienen vasos comunicantes con el desastre soviético.

Sigue leyendo “Chernobyl, Anguita y la ley del silencio”
Vida Moderna

¡A por el bote, oé!

En la noche del domingo pasado, frente a la sede de un partido que se define como muy español, una masa excitada de seguidores gritaba “Un bote, dos botes, español el que no bote“. Tras dar cuenta del error de sintaxis, los cánticos se tornaron hacia un inquietante “A por ellos, oé“, en el cual no quedaba claro a quién querían hacer referencia con ellos. A pocos kilómetros de distancia, en la sede del partido ganador, el ambiente no difería mucho. Una multitud contenida de simpatizantes coreaba “Con el de la iglesia sí, con el veleta no“, mientras su líder trataba de acallarlos demostrando, más si cabe, una insólita pericia por evidenciar su torpeza.

Estos ejemplos ilustran a la perfección cómo la democracia, al menos en España y probablemente fuera, ha degenerado hasta convertirse en un espectáculo a la altura de un partido de fútbol, una carrera de caballos o un combate callejero entre gallos de pelea. No importa si el debate es acerca de impuestos, empleo, educación, política territorial o medio ambiente. Lo verdaderamente importante radica en tener una posición, para la que no se pide coherencia ni profundidad, con el único objetivo de vencer al rival por aplastamiento si es posible. Los argumentos y las ideas se reducen a meras soflamas del tamaño de un cántico o un tuit como máximo.
Mis sensaciones durante las pasadas elecciones no fueron muy distintas a las de un Barça–Real Madrid de casi final de liga. Cuando se acercaba el acontecimiento sentí algún cosquilleo. Después, durante el trascurso del recuento y los análisis, nervios y emoción. En un par de ocasiones me levanté del sofá para pedir explicaciones a los tertulianos por haber errado en sus previsiones e incluso llegué a reclamar el VAR cuando conjeturaban algún pacto imposible. Al final, conocido el resultado definitivo, sentí cierta alegría. Mi equipo se mantenía con opciones de entrar en puestos de Champions, mientras que los enemigos se mantenían fuertes pero alejados de las posiciones de privilegio.
Durante los días siguientes se sucedieron las predicciones de todos los colores. Los azules, que habían remontado posiciones, parecían desentenderse de responsabilidades y arremetían contra el resultado, los árbitros y el sistema. Los rojos afirmaban que buscarían el título de liga con los morados. A los morados ya les iba bien así porque era un equipo más humilde, acostumbrado a los campos de segunda división. En los puestos de descenso estaban los naranjas y por ello cambiarían a su entrenador. Practicando un juego ruin, rozando los límites del reglamento, los verdes habían dado la campanada y vislumbraban una formación de ensueño para la próxima temporada.
Si no hay sorpresa de última hora en los campos periféricos, es prácticamente un hecho que los rojos se alzarán con el título. Para algunos, entre los que me podría incluir, puede ser este un motivo de esperanza, mejora de las condiciones de vida, reivindicar los valores de justicia e igualdad y convertir este en un mundo mejor. Otros vaticinan el colapso económico, la destrucción nacional y el apocalipsis social. Sin embargo, cabe contener la euforia y el pesimismo, para recordar que, por suerte o por desgracia, también el gobierno está a la altura de un juego. Al terminar la temporada y repartirse los trofeos, volveremos a darnos cuenta del pequeño radio de acción de los políticos y su lejanía con aquellos que los jalean. Algunos darán por perdida la temporada para preparar la siguiente. Nosotros, los espectadores, continuaremos con nuestra vida, madrugando para ir a trabajar y expresando nuestros pensamientos en la barra de algún bar. Y como no podía ser de otra forma, he de terminar estas palabras plagadas de simplicidades, generalidades y banalidades coreando aquello de “¡A por el bote, oé!”.

Vida Moderna

Lazos para la discordia

Dice un sabio cartagenero que “Tal vez una de las desgracias de España, y origen de tanto daño, es que demasiada gente sólo tiene amigos cuyas ideas y palabras se ajustan exactamente a las suyas“. A lo que, debido a mi condición de paisano de nacimiento, me permito añadir que “Otra de las desgracias es la necesidad de legitimarse a costa de reprender al prójimo hasta el escarnio“. Hablando del prójimo, cabe señalar el célebre Mateo 19:19, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, que algún capítulo después eleva a uno de los grandes mandamientos entregado por Jesús a sus discípulos. Estos tres pasajes se combinaron en Alicante el pasado sábado, elevándolo a la categoría de paradigma de estos tiempos convulsos.

El equipo de balonmano femenino del colegio Agustinos, en el cual pasé varios años de mi juventud, tenía enfrente al de Gavà. Era el Día Internacional Contra el Cáncer de Mama, así que las jugadoras lucieron lazos rosas para visibilizar la enfermedad. Algunas jugadoras del equipo catalán tomaron la decisión de cambiar el rosa por el amarillo en la coleta de forma discreta. Sin que nadie diese mayor importancia a este último hecho, se procedió a jugar la primera parte del encuentro. Entonces, amparados por la legislación, los cuadros de mando tomaron cartas en el asunto y decidieron que el partido no se jugaría hasta que las jugadoras rivales se quitaran los lazos de la discordia.
Independientemente del contenido político que porten esos símbolos y lo que dicten las normas federativas al respecto –temas sin duda interesantes, pero que no son objeto de estas líneas–, este ejemplo se erige como un claro paradigma de lo que está sucediendo entre España y Catalunya. Uno más y, seguramente, no el último. Por un lado, tenemos a un colectivo que, avivados por un sentimiento de humillación, decide reivindicar y reclamar su soberanía. Este mantra pudiera ser rebatible de múltiples maneras con rigor, pero dentro del colectivo, liderado por la carroña política y mediática, impera una endogamia ideológica que convierte a la confrontación dialéctica en un campo anegado de barro. El sector unionista, en lugar de apostar por la conciliación y traspasar barreras con argumentos, prefiere echar mano de la maquinaria legislativa y judicial para apagar el incendio con más gasolina, humillando y reprimiendo si puede al independentismo. Cuando el bucle se reitera, el sector víctima ya dispone de un pretexto sólido para legitimar sus aspiraciones, generando un fervor que roza lo religioso. Mientras tanto, el sector que reprende se congratula al contemplar la eficiencia de su maquinaria. El choque de razones es cuestión de tiempo, siendo este una majestuosa consecuencia de la existencia de los guetos de opinión que se han levantado infranqueables a cada lado. Los que no estamos asociados a ninguno de estos dos sectores nos conformaos con ser tildados como enemigos para ambos bandos, aflorando paulatinamente la perplejidad y, después, la indiferencia.

En el caso que nos concierne, me fascina que un colegio cristiano, que se define y hace alarde de repartir valores como el amor al prójimo, el respeto al diferente y la solidaridad, sea capaz de aprovechar la coyuntura para responder a los lazos amarillos con lazos de odio y rencor. Pero no tienen nada que temer, ni atisbo de duda en la decisión, puesto que esta será aplaudida y jaleada por sus acérrimos y medios afines. En cambio, se traducirá como frustración para esas chicas que, si no lo hacían ya, procesarán un odio ciego hacia todo lo que represente lo español. Para rematar, el colegio opta por hacer un flaco favor a su moralidad, la cual se muestra férrea, para mercadear con los acontecimientos en los medios de comunicación. Mediante información debidamente deformada y desviada hacia la lucha contra el cáncer –legítimo pero poco creíble–, se erige en héroe de una guerra por la carnaza para granjearse una medalla y un poco de publicidad.
Cabría preguntarse para qué ha servido este incidente, si ha tendido lazos entre sectores, si estos son los valores del deporte o si lo sucedido tiene algún tinte educativo.
Por fortuna, sólo soy un bocachancla que puede ser arbitrariamente cínico y despotricar sin afán constructivo. Esto tiene la desventaja de que estas líneas pierdan seriedad y sean tomadas a pitorreo o reprendidas con violencia por los que se jactan de la pureza de pertenecer al gueto. Sin embargo, la ventaja es que me puedo despedir pidiendo coherencia. Cuando en clase de religión o en misa recuerden la célebre cita de la Biblia, espero que lo hagan tal y como la aplican: “Humilla a tu prójimo como a ti mismo“. Amén, a menudo llueve.

Fotografía tomada en @CDAgustinos.
Relatos

Sobre Concursos Literarios

El joven que escribía pensó que sería buena idea presentar sus torpes palabras a un certamen literario. Quería que sus historias volaran hacia ojos críticos, medir su ego con el de otros desconocidos que también se manchaban por afición las manos de tinta y si el camino le repercutía un pellizco, una comilona o una entrevista, mucho mejor. Tras una búsqueda concienzuda, dio con un concurso que convocaba el ayuntamiento de un pueblo perdido entre olivos y almendros. El tema era libre, así que compuso un texto sobre un sanguinario pirata que se quedaba repentinamente en paro y se reciclaba como monitor de comedor escolar.

Le añadió una pizca de picante y sal a la historia y metáforas de tres al cuarto, sin pasarse pues los paladares de los jurados de hoy en día se habían vuelto tibios, siendo alto el riesgo de salar, empalagar o amargar. El joven que escribía pasó noche y día escribiendo, mientras en su casa se amontonaban los cartones de pizza y el papel de aluminio de kebab que conformaban su único método de supervivencia. Después lo repasó una y otra vez, lo pulió, intercambió el final con el principio diez veces. El pirata se transformó sucesivamente en payaso, mafioso, cura, león y de nuevo pirata. Casi cuando estaba por mandarlo, se lo dejó ver a dos o tres amigos de su confianza. Le dijeron que era lo mejor que se había escrito desde ‘El Alquimista’, por lo tanto supo que todo estaría mal, el tema manido y el final previsible. Finalmente, aburrido de leer y releer, se decantó por entregarlo.


Cuando fue a enviarlo, el mismo día que finalizaba el plazo de presentación, dio cuenta de que debía rellenar veinte formularios, una cesión de derechos, enviar una autobiografía, completar una plica, adjuntar el libro de familia, su calendario de vacunas y un jeroglífico egipcio resuelto. Una vez estaba toda la documentación en su correo, comprobó que el tiempo había expirado. Maldita sea, gritó junto a ciento veinticinco improperios más. Incluso pensó en el suicidio con una nota dedicada al jurado del concurso.

Finalmente, sereno, consultó la fuente donde había encontrado el certamen y descubrió que había un millón más. Ahora su historia esta en manos de una ganadería vacuna, la cual elegirá al relato ganador según sea la intensidad del bramido en aprobación de su ternero Eufrasio, aficionado a devorar pastos frescos y las páginas de ‘Crepúsculo’ y ‘Cincuenta Sombras de Grey’.


Segunda parte en el El Vuelo Del Vencejo
Vida Moderna

Consejos Para Aspirantes

Aunque nadie me lo haya pedido, me veo en la obligación moral de abrir este post para ofrecer una serie de infames e innecesarios consejos sobre cómo ser más prolífico y eficaz a la hora de escribir. Aspirantes y aprendices de escritor estáis de enhorabuena: ya podéis encargar vuestro Premio Planeta.
1)       Toda acción de tu vida es un relato o novela en potencia. Con un poco de imaginación, la visita de los domingos a la abuela en el asilo puede convertirse en una trama de narcos ancianos que intentan derrocar a un clan de enfermeros zombies.
2)       No dejes para más tarde lo que puedas escribir ahora, porque se te acabará olvidando. Si estás en medio de una noche de pasión y te viene la idea de tu vida corre a escribirla. Más vale coitus interruptus que no un capítulo o un relato huérfano.
3)       Escribe en cualquier rincón donde te pille la inspiración. En la taza del retrete se pueden escribir los más bellos poemas de amor y los más desgarradores alaridos de soledad. Recomiendo enfundarse un bolígrafo a la oreja y llevar una libreta pequeña en la ropa interior, cuyo tamaño depende de las posibilidades de cada cual.
4)       Una técnica infalible para ganar veracidad es utilizarse a uno mismo como personaje. Cuidado porque exponerse demasiado conlleva sus riesgos y puede ser motivo para acabar preso o en un manicomio. Una alternativa es diluir tus pensamientos en un pastor trashumante de Badajoz o en una monja de clausura, así nadie sospechará de la inspiración.
5)       Al hilo de construir personajes creíbles, no dudes en utilizar a tu pareja, familia y amigos con fines literarios. No olvides cambiarles el nombre, el sexo o el color del pelo para disimular. De esta forma convierte a la puritana tía Catalina en madame de un burdel de lujo o al misterioso primo Feliberto en un coleccionista de cadáveres.
6)       Cualquier intento de ser demasiado original será en balde. Antes que tú han deambulado miles de escritores por las mismas ideas y dificultades. Si tienes en mente una historia que se parece mucho a otra, escríbela igualmente. Si cambias Macondo por Camondo, ¿quién osará a decir que ‘Mil Años De Soledad’ es un plagio?
7)       No te censures nunca. El pensar en el que dirán o en el si va a gustar va a estropear el brillante material que tienes entre tus dedos. Si te da por relatar el deterioro de las persianas del vecino o lo emocionante que es hacer cola en la Agencia Tributaria, no creas que no hay belleza o interés en él.
8)       Si al despertarte de la cama recuerdas un sueño, no desaproveches la idea caída del cielo. En estos casos recomiendo tener cerca una grabadora para describir vagamente las escenas. Stephen King comenzó inspirándose en sus pesadillas y no le ha ido mal.
9)       No te desvivas por las formas y el estilo. Se trata de la última fase de la escritura. Prima el contenido, retrata la idea original y acaba de redondearla. Ya tendrás tiempo de pulirla si realmente merece la pena o enterarla en el cajón de los ya veremos.
10)   A excepción de los autores que tiran de negros, las historias por lo general no se escriben solas. Seguramente en tu cabeza tengas diez o doce novelas brillantes que son suficientes para merecer un premio Nobel de Literatura. Pero la diferencia entre ganarlo y desearlo es sólo escribir.
No lo querrán reconocer, pero este fue el método que utilizaron autores de la talla de Stephenie Meyer, Paulo Coelho, E.L. James, Lucía Etxeberría, Albert Espinosa o Boris Izaguirre.
Vida Moderna

País de Piel Fina

Fruto de la serena observación y la exhaustiva investigación, he detectado una desconocida enfermedad de la cual me veo en la obligación de alertar. He de confesar que carezco de cualquier tipo de formación en medicina, ni falta que hace. Basta con no ser aliado de la ceguera, estar corroído por la hipocresía o rendido a la necedad cotidiana para darse cuenta del diagnóstico categórico. Cabría preguntarse por qué no hemos oído hablar de ella, quién ha escondido las certeras evidencias o derivado los síntomas hacia otros trastornos contemporáneos que, si bien existen, han conseguido agravar los daños de la enfermedad hasta convertirlos en devastadores e irreversibles. Sorprendentemente, esta plaga está especialmente arraigada en España. No estoy hablando de la impuntualidad, la predisposición genética por la corrupción, la veneración a símbolos religiosos y/o fascistas o el hablar a voces sin tener la más remota idea. Me refiero a una patología mucho más general, la vorágine que destruirá este país y a todos sus individuos. Hablo de tener la piel fina.

Todo comenzó en un restaurante de bien, en el transcurso de una cena con gente de la intelectualidad patria. Entre otros, allí se daba cita el dispensador de viagra de Vargas Llosa, uno de los negros de Pérez-Reverte, el chapero predilecto de Sánchez Dragó, el callista de Pedro Almodóvar, el camello de confianza de don Jaime de Marichalar y el mismísimo Rey del Pollo Frito, Ramoncín. Después de mantener una vibrante conversación sobre los beneficios que tenía para el sistema circulatorio miccionar haciendo el pino, se inició una encarnizada discusión en torno a la receta original del gazpacho andaluz. Aunque no debiera admitir dudas, el personal comenzó a desvariar con la composición del brebaje y a recurrir a rincones  inmundos de la red para granjear a sus argumentos cierto atisbo de autoridad. Mientras tanto, los más avispados del grupo guardábamos las sobras de la cena en bolsas de plástico. El conocimiento teórico y práctico del hambre determina la verdadera valía del intelectual. El debate gastronómico estaba al borde de hacerme perder los nervios cuando el mismísimo Ramoncín se atrevió a despreciar la sutil aportación del pimiento verde. Aunque uno se distingue por mantener la compostura ante cualquier situación, no tuve más remedio que reprender su desfachatez con un elegante y respetuoso “Eres un puto ignorante. El pimiento es al gazpacho lo que tus discos a un contenedor de basura”. Un silencio tenso congeló el ambiente y el decadente actor, escritor, cantante y parásito -en orden creciente de ocupación- se marchó del lugar soltando un bufido airado.


Al comienzo sospeché que había sido una rabieta pasajera que el tiempo haría olvidar. O quizá se trataba de una brillante estratagema para no pagar la cuenta. Cuando al día siguiente constaté que Ramoncín me había bloqueado de sus redes sociales y de que el cartero no cesaba de entregar paquetes bomba en casa, di cuenta de que mi improperio podía haberle ofendido. A decir verdad, aquel entuerto me resultaba indiferente. Ramoncín había dejado de ser alguien mucho tiempo atrás, si es que alguna vez había sido alguien. Sin embargo, no podía dejar de darle vueltas al entuerto. Una persona medianamente madura no se ofende así. Una persona sensata y proporcionada trata de convencer al otro repitiendo hasta la saciedad los mismos argumentos, guardando bajo manga el infalible recurso de quedarse en pelota picada y bailar bulerías en caso de que la situación amenace con desmadrarse. Ahí advertí que el Rey del Pollo Frito tenía la piel demasiado fina para aceptar una crítica justa. Me inquietaba la duda de si aquel fenómeno era aislado o una epidemia extendida. Quizá en el caso de la piel del creador de ‘Litros de Alcohol’ interfiriese el factor de haber sido un monigote profesional o sus visitas a clínicas de estética de poca monta.
A continuación me decidí a extender mi campo de estudio a otros círculos más populares en busca de reafirmar o refutar mi tesis. Comencé con mi panadería de confianza, donde advertí amablemente que su pan era idóneo si uno quería construir un muro indestructible usando sus barras; proseguí comentando a mis pupilos que sus últimos manuscritos eran de un gusto horripilante y de nula originalidad, fruto de una ignorancia arraigada y mi necesidad de sacarles la pasta para subsistir de forma honrada; y confesando a mi pareja que Coldplay, su grupo favorito, me parecía un truño soporífero y que gentilmente la ayudaría a enterrar cada uno de sus discos. Envalentonado, quise ir un poco más allá, y me pasé por el colegio de mi infancia, el instituto y la facultad para informar sin rencor a mis antiguos profesores que eran todos unos inútiles sin vocación que habían sumido en la mediocridad y el alcoholismo a mi ser. Para mi sorpresa, mi arranque de sinceridad en aras de la verdad fue duramente reprendido por mis objetos de estudio mediante gritos, insultos, escupitajos, amenazas y algún que otro guantazo de admirable factura. Mientras dormía en el sofá, apaleado, desterrado y desempleado, atisbé la cruda verdad.
La verdad es que nadie quiere oír la verdad. Vivimos en una sociedad hipócrita que apremia mirar hacia un lado y contentarnos con una mediocridad que pudo, pero no quiere ser y se ríe de nosotros a nuestras espaldas. Nos sobra con el recuerdo de un sueño extinto o de un futuro fantasioso para alcanzar la paz que brota de la autocompasión y un deforme engendro de la felicidad. Se premia a la imbecilidad y se ponen paños calientes a la incapacidad. Si no encuentras consuelo, siempre puedes comprarte una taza con el eslogan “Soy gilipollas, pero hoy puede ser un día excepcional”. Por el contrario, la crítica, aunque descarnada, delimita el defecto para extirparlo y aspirar a ser libre, razón de ser del hombre. No me imagino a Severo Ochoa consolado con un vaso de leche con galletas cuando un experimento resultaba un fiasco, ni alguien dándole palmaditas a Manuel de Falla ante una soporífera composición o a Cervantes refugiado en el placer instantáneo de una entrepierna caliente cuando el Quijote volcaba su caballo. Hemos desterrado la certeza para no sufrir, nos hemos convertido en enfermos de piel fina.
Según he podido comprobar, esta enfermedad es degenerativa, contagiosa y hereditaria. Los padres magnifican los efectos del trastorno al vacunar a sus hijos con el valor del no pasa nada, lo tenéis todo y mejor si no sabéis por qué ni de dónde viene. Esos niños serán los jóvenes refugiados en el no hay oportunidades y anestesiados por el capitalismo y sus sabrosos cebos y divertidos juguetes, provistos de artefactos que oculten la verdad incómoda y asesinen a la voz de sus portavoces. Esos niños serán los ancianos que carguen existencias vacías, cuya mayor aportación sea la de sostener al partido gobernante de turno con ínfulas de superioridad.
La sociedad de la información auspicia la propagación acelerada de la mortal pandemia. Sin ir más lejos, un servidor, con toda su buena fe, fue recientemente atroz y cobardemente ajusticiado en uno de esos foros donde la prole prostituye la verdad a cambio de ver la mierda disfrazada con telas de Desigual. En una entrada que trataba los orígenes del gazpacho andaluz, como gran entendido en la materia, me vi en la obligación de intervenir para alertar del olvido de uno de los ingredientes primigenios: el pimiento verde. Enseguida apareció una contestación contundente: “No hay ninguna evidencia de que los primeros gazpachos incluyeran pimiento verde. Esa es una receta posterior”. Al comienzo no le di mucho crédito a tal atrevida impertinencia, pero conforme fueron llegando otras réplicas que validaban esa nueva teoría y dejaban la mía a la altura del betún, experimenté un estado de indignación que fue escalando de la rabia hacia las imperiosas ganas de vengarme. Una reacción impropia para una persona que no se altera con facilidad. Escarbé entre las fotos de la red social del osado aprendiz de cocinillas, busqué su nombre en listas de morosos, multas de tráfico y votantes de Ciudadanos. Después, contraté a un detective que anunciaba sus servicios en las Páginas Amarillas para investigar sus vergüenzas. No había rastro de ningún tipo de acto reprobable, más allá de ser fiel seguidor de Ramoncín. No sabía muy bien cómo redimirme de aquella ofensa despiadada, ni tan siquiera recordaba a qué se debía esta, ni por qué la cólera rechinaba con fuerza entre mis dientes, me hacía fruncir el ceño violentamente y tensarme la piel hasta amenazar con rasgarla. Entonces, percaté la horrenda realidad: yo también había sido contagiado. Yo también tengo la piel fina.

Por desgracia, la piel fina es una enfermedad de la que no se conoce cura. Afortunadamente, las grietas de la sociedad actual nos brindan multitud de esperanzas para alcanzar una penosa pero digna subsistencia. Por ejemplo, existen unos sofisticados prototipos de burbujas para aislarnos por completo. No hace falta una gran inversión, todos disponemos de acceso a ellas. De hecho, nos pasamos gran parte del día encerrados en nuestra burbuja. En ellas somos protagonista y enemigo, un pequeño reino con multitud de súbditos a nuestros pies, en el que escribir la realidad al gusto. A pesar de que las burbujas no interactúan entre sí, es fascinante observar cómo evolucionan de forma idéntica sujetas a un sistema invisible y silencioso. Es razonable pensar que todas las burbujas convergerán a la misma burbuja sin tocarse nunca.
En la burbuja, la enfermedad avanza tan lentamente que parece haber desaparecido. No se conocen casos de pacientes que sean capaces de agravar o revertir la enfermedad por sí mismos. Y así la piel cada vez más fina, y así la muerte en vida.
Firmado, uno con la piel fina.

 Incluido en el número 5 de Tinta de Verano – País de Pandereta.
Vida Moderna

La Entrañable Moda De Ser Subnormal

El mundo avanza veloz, como una estrella fugaz hacia su propia destrucción con la que deleitarse de su precioso rastro de luz. Ese ritmo endiablado, del cual como integrantes ocasionales también estamos impregnados, no da lugar a una objetiva, calmada y necesaria reflexión del mismo. Asumimos procesos intrínsecos que aceleran la devastación, nos vanagloriamos de los mismos y en algún caso los encarnamos consciente o inconscientemente. En los últimos tiempos uno de ellos se está arraigando con fuerza: el ser profundamente subnormal. Entrañable, eso sí.

Erróneamente, se podría pensar que este movimiento se consolidó hace mucho tiempo o, incluso, que nació a la par que la humanidad. Sin embargo, descubro para mi alivio que se trata de una tendencia reciente y pasajera. Al igual que en su momento estuvo de moda los pantalones campana, los Payasos de la Tele, Coyote Dax o tatuarse el nombre del jefe en el ano, ser un entrañable subnormal se ha convertido en una enfermiza necesidad que separa a una persona de estar dentro o fuera de la sociedad, la excelencia de la vulgaridad, la verdad de la mentira, la vida de la muerte, el bien del mal.
El aparentar saber de todo constituye una de sus bases más sólidas y demanda fundamental. El subnormal de base aprovecha el menor resquicio para dar su trascedente dictamen. Es capaz de balbucear hasta un máximo de cinco palabras seguidas –las cuales denominaremos sentencia de subnormal– que lo mismo versan sobre política de impuestos, que de legislación laboral, sistemas operativos, herbología milenaria, marcas de ginebra o de cebolletas en vinagre. Da igual el tema que se le presente, el subnormal de base aireará una genuina sentencia de subnormal, en la que expresar quejas y lamentos sin ápice de esperanza. Por su parte, el subnormal ilustrado es capaz de engatusar a su audiencia mediante elaborados discursos que se componen de, a lo sumo, tres o cuatro sentencias de subnormal. Al elenco conocido, añade su conocimiento sobre psicología evoljutiva, arte abstracto, especulación bancaria, aceleradores de particulas, filosofía posmoderna, coprofalia o licantropía clínica si hace falta. A diferencia del subnormal de base, el subnormal ilustrado consulta publicaciones digitales, se empapa de sus titulares, se deleita con los profundos comentarios de otros subnormales ilustrados y cacarea los alegatos de los líderes de la tendencia.
Aunque jamás reconozcan su verdadera condición, se muestran orgullosos de ella y no pierden tiempo en demostrarla una y otra vez para fortuna y tortura de sus allegados. En este sentido, las nuevas tecnologías han disparado su auge. Años atrás, con buen criterio, estos esclavos de las modas se veían marginados por la vergüenza ajena y la indiferencia; ahora disponen de altavoces eficientes y complejas formas de organización. En las redes sociales puedes verlos dándoselas de analistas políticos, tratando de dar envidia por hacer algo tan extraordinario como tomarse una cerveza en la playa, o mostrar su devoción por la danza clásica oriental mientras al otro lado de la pantalla devoran una bolsa de patatas en calzoncillos y sudan como cerdos. Además, cuentan con un legado de seguidores que les otorga una jerarquía infranqueable. Y es que ser un entrañable subnormal no tiene por qué estar reñido con la estima, el éxito o la fama. Tampoco con el dinero, el sexo o las drogas.
En la vida real también se aprecian los estragos de la corriente: acomplejados que compran todoterrenos para conducir por la ciudad y sentirse los puto amos por un día; pasajeros que aplauden el aterrizaje del avión y que después hacen cola como histéricos para salir; devoradores de manuales de autoayuda escritos por fantoches enajenados; padres que engendran a monstruos para tenerlos alegres y callados; consumidores de productos light; los que piden sacarina para el café tras atiborrarse de postres; y los peores de todos: aquellos que desprecian el borde de las pizzas.
Por fortuna, la subnormalidad, aunque entrañable, es pasajera. No porque los subnormales se den un golpe en la cabeza y de repente vean la luz, o porque se haga justicia y sean triturados y vendidos como pienso animal de marca blanca. El caso es que esta subnormalidad está destinada a ser sustituida por otro tipo de subnormalidad más feroz y devastadora, otorgando a la actual la categoría de excelencia y normalidad. Acabaremos por añorar la vigente subnormalidad y rememoraremos el clásico tópico de que cualquier subnormalidad pasada fue mejor.
Firmado,
un entrañable subnormal.

Incluido en el número 4 de Tinta de Verano – Modas.
Vida Moderna

Blablabluf

Somos estúpidos, pero, aun así, entrañables. Aunque todavía se desconoce el verdadero motivo y haya multitud de controvertidas teorías, todos los seres hemos sido agraciados con una existencia. Según cómo se mire, esta puede ser más o menos interesante, dinámica, exitosa, divertida, vital o personal. Sin embargo, en muchas parece repetirse un rasgo común que se expande como una plaga: el esfuerzo por demostrar que nuestra existencia, por mísera que sea, es un circo de cinco pistas donde el ilusionismo, el espectáculo y las piruetas imposibles se suceden de forma magistral ante el asombro del público. Afortunadamente, aún conservamos intacta la elección entre pagar y aplaudir hasta que las ampollas pudran nuestras manos, o bien liberar a las desdentadas fieras e incendiar la fanfarria antes de que esta termine por desmoronarse y enterrarnos definitivamente.

A pesar de la inmediatez y la amplitud casi infinita de contenidos y servicios que ofrecen las redes de la tecnología, estas parecen propagar el caos sin ningún tipo de remordimiento y, en contra del pensamiento general, aprietan los grilletes hasta coartar cualquier tipo de espontaneidad o atisbo de libertad. Mismamente, un humilde servidor fue víctima crucificada por el sistema, pero hoy, con las marcas de los clavos en las manos aún abiertas, puedo dar testimonio que aporte luz a este túnel.

En los últimos tiempos, mi profesión de banderillero –aquel que con suma precisión perfora los encurtidos en vinagre mediante un palillo de madera– me ha obligado a atravesar el país de punta a punta. Tras infinidad de viajes incómodos en autocares que paran en todos los pueblos y aldeas que encuentran a su paso, hacer autoestop, introducirme en cámaras frigoríficas o bien agazaparme en remolques de transporte de ganado caprino, me decanté por un servicio de economía colaborativa. Dicho servicio permite enrolarte en un viaje privado que comparte tu destino a cambio de un precio módico y una pizca de simpatía. Después de los recelos iniciales, me convertí en un usuario acérrimo y entusiasta. Intercambiaba risas y profundas reflexiones con el resto de usuarios; animaba a conocidos y familiares a que lo utilizaran a través de amables amenazas a punta de navaja; compraba todo el merchandising oficial; e, incluso, asistía a los eventos que organizaba la empresa. He de confesar que hasta alguna vez hice un uso a posteriori poco moral a la par que lúdico y festivo.
Sin embargo, en mi último trayecto desde mi pueblo, Torre Estiércol, a Abrevadero del Porcino pude dar cuenta de la amarga y desconcertante realidad. Éramos cuatro: un conductor de mediana edad y aspecto elegante, una señora con apariencia de haber disfrutado plenamente de la buena vida y una traveller de una procedencia que obviaré para preservar su identidad, remarcando sólo su afición por la samba y la caipirinha. El viaje echó a rodar con el clásico esquema: unos tímidos saludos, una rápida ronda de presentación, alabanzas al servicio y un acalorado debate sobre el despotismo de la empresa al cobrar tasas abusivas que permitan garantizarle un mínimo funcionamiento. Luego se hizo repaso del elenco de anécdotas que todo el mundo ha escuchado no menos de cien veces y que nadie sabe de alguien que las haya vivido. A saber: uno que se fugó sin pagar, una funeraria que usaba el servicio con el cliente fallecido como pasajero, una pareja de exnovios que se rencuentran en un Cádiz-Barcelona, un viaje que derivó en una orgía en un área de servicio, Elvis Presley viajando de resaca de Benidorm a Marbella en bermudas hawaianas… Nada fuera de lo normal. Lo típico.

Cuando se había cimentado un clima de sincera confianza y amistad de toda la vida, a falta de unos quinientos kilómetros para llegar a Abrevadero del Porcino, atrapados en un atasco, con un calor infernal y sin aire acondicionado, llegó la fase que podríamos denominar como striptease. Motivados por un arrojo de exhibicionismo cuanto menos discutible, los pasajeros comenzaron a desnudarse sin previo aviso. Aunque yo estaba abstraído en mi nueva y revolucionaria creación –la banderilla con doble aceituna–, no pude evitar sentir un poco de curiosidad y escuchar atentamente.

Con ojos emocionados, la travellernarraba anécdotas sobre su viaje que jamás uno podría haber sospechado: maratonianas visitas a galerías de arte, moderadas ingestas de sangría, hombres que se deshacían en delicadas atenciones hacia ella y la invitación de otros travellers a visitar Francia, Gibraltar, Liechtenstein, Turkmenistán, la Antártida y Corea del Norte. Por su parte, con tono solemne, la señora de bien se decantó por describir las imponentes relaciones que su llana familia mantenía desde la Edad Media con la nobleza y la realeza patria. Acentuado su predilección por las peteneras, en la segunda parte de su striptease centró su relato en las modestas aspiraciones de sus hijos. El mayor había rechazado una oferta de bróker en Barclays para ultimar la apertura de un after chic en Puertobanús, mientras que el pequeño estaba negociando su pase al Manchester City por orden expresa de Pep Guardiola. Finalmente, procedió a arrancarse las bragas y el sujetador de mercadillo figurado con una jugosa y aterradora confesión. Al parecer, una fuente fiable había revelado a su marido –hombre de altas esferas– que si el Partido Morado ganaba las elecciones se prohibiría la Semana Santa y la Navidad, además de realizarse sacrificios públicos de niños recién nacidos en honor a Marx, Che Guevara, Lenin, Chávez, Stalin y Bolívar.

Quise cuestionar este último punto, pues juraría haber escuchado de otras fuentes fiables que el Partido Morado también pensaba obligar a celebrar el Ramadán, cuando el elegante conductor decidió que era turno de ir deshaciéndose de toda prenda y dejar al aire un cuerpo, que creía, muy bien esculpido. A tenor de sus palabras, se podría afirmar rotundamente que su vida era una mezcla entre la de una estrella de Hollywood y un escritor de libros de autoayuda de reconocido prestigio. Una especie de Brad Pitt castizo que se transforma a su antojo en Albert Espinosa. El sujeto sostenía tener un sueldo incapaz de estimar sin calculadora científica; un apartamento que para recorrerlo de punta a punta se precisaba de varias horas y vehículo motorizado; estar invitado a fiestas con lo más granado del país, en las que todo el mundo lo conocía por ‘El Titi’; y una flota de automóviles imperial. Lo cierto es que me resultaba extraño que hubiera escogido el más destartalado de la flota para la ocasión, pero enseguida olvidé mis reservas sumido en otros fascinantes relatos sobre exnovias que aparecían en televisión, recuerdos de cuando fue campeón juvenil de tenis, waterpolo, judo y petanca el mismo año o la última vez que salió a cazar venados con ballesta junto al emérito monarca. Deseaba interrumpir el discurso con un respetuoso y sincero nos importa una mierda, pero, para mi asombro, descubrí que el resto de pasajeras lo escuchaba con inquebrantable admiración.

Faltaban tan sólo cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino, cuando el conductor me preguntó con aires de suficiencia que a qué me dedicaba y por qué me dirigía a Abrevadero del Porcino. En ese momento, empecé a sentir sudores fríos, el corazón quería salir disparado y en mi cabeza un tumulto de ideas chocaba entre sí. Pensé en decir la verdad, que era un humilde banderillero que iba al congreso nacional de encurtidos a presentar mi última creación. Sin embargo, un instinto salvaje me sacudió invitándome a no ser menos que nadie. Así pues, caí en la tentación de edulcorar un poco mi vida.

Revelé que tenía un oficio vital para sostener la paz del país y que iba camino de una importante reunión. Ávidos de saber, el resto de tripulantes me tiró de la lengua hasta límites insospechados, y proseguí mi historia confesando que era el líder de una importante banda de crimen organizado y que me iba a reunir con un hombre cercano al gobierno para un intercambio de armas que guardaba en mi maleta. Instantes después, sorprendidos por la relevancia de mi persona, se hizo en el coche un silencio placentero que se prolongó hasta el final del viaje.

Aunque no lo llego a comprender muy bien, al poco de bajar recibí un mensaje que anunciaba la cancelación de mi cuenta de usuario. Por suerte, no pensaba hacer nunca más uso del maligno servicio.

Ahora, rescatado de ese mundo plástico, viajo hacia mi pueblo, Torre Estiércol, en un modesto autobús entre anónimos, con un reconfortante silencio sólo interrumpido por agradables ronquidos y flatulencias, mientras anuncio en todas mis redes sociales que mi banderilla con doble aceituna ha sido elegida para ser servida en restaurantes de más de tres estrellas Michelín por todo el mundo. O en el tugurio de la esquina, qué más da.


Imagen vía La Vida Moderna
Relato inspirado en el Taller Escríbeme Mucho
Bocachancladas

El Orgullo De Ser De Letras

Camaradas de letras del mundo, ¡uníos y luchad! No temáis si alguna vez sois infravalorados, no os disculpéis por vuestra loable condición, no penséis que vuestra formación está agujereada o que sois menos capaces que otros. No tengáis miedo, no estáis solos en esta lucha. Somos la mayoría y tenemos la razón olvidada en un rincón. A expensas de gritarlo a los cuatro vientos, recibiremos la merecida rendición universal. Nuestra revolución empieza por asumir el hecho, que no por tópico, adolece de credibilidad: no somos de ciencias, somos de letras y estamos injustamente subestimados. Sirva mi humilde caso como una sólida e irrefutable muestra de reafirmación colectiva.

Tuve claro que nunca sería de ciencias desde el momento en que oí aquella misma frase pronunciada por unos labios sinceros. Entonces, una especial conexión sacudió mi cuerpo y vi reflejado el estatus que el destino me había reservado. Recuerdo haber vivido aquel pasaje a una edad tan temprana que no descarto la posibilidad de que constituyera una experiencia non nata. De esta forma, estoy seguro de que mi tortuosa relación con la aritmética y mi amor por la palabra colmó las células progenitoras que me alumbraron, siendo éste un carácter en mí irreducible. Entendiendo que las teorías del destino puedan dar lugar a controversia, he trazado una sólida argumentación que prueba mi predisposición como una combinación de circunstancias externas e imposible de revertir. Tal es su grado de exactitud que podría acomplejar a las más sólidas teorías de la geometría, álgebra o a la mismísima relatividad.
He de comenzar por reseñar la genética, ente claramente no susceptible a la transformación. La composición heredada de mis padres –buena gente y mejores personas– no destacaba por su predisposición a los números. De hecho, mis padres pertenecen a ese colectivo invisible de alumnos que aprobaban el examen de quebrados gracias a los milagros de la patrona del pueblo, la caridad de los maestros y alguna que otra tajáde tocino sacada de los cerdos del cortijo familiar. Por supuesto, para mí, reclamar ayuda en casa para hacer los deberes de matemáticas quedó descartado nada más pasar de sumas y restas de números de dos cifras. Recuerdo los sudores fríos que recorrían la frente de mi padre al ver una división con decimales; o también los clásicos “No ves que estoy planchando… No ves que estoy desplumando el pavo… No ves que estoy sacándole brillo a la maquinaria del calentador” de mi santa madre, ante los cuales tuve que claudicar.

Del resto de mi familia, el mayor baluarte de la ciencia se reduce al tito Nicasio. Mi tío regentaba un humilde almacén de tornillos, clavos y roscas que disponía de una barra donde se dispensaban los mejores licores y embutidos de estraperlo del pueblo. El tito demostraba un apabullante dominio de los números al sacar a ojo el precio de un saco con miles de tornillos y clavos de diferentes tamaños entrelazados en el caos. A esto se le debe sumar la dificultad no banal de lidiar con una melopea creciente que transformaba su voz cortante en una serie de gruñidos inteligibles. Cierto es que el estraperlo producía más beneficios que el férreo, pero no se debe descartar a la ligera que por las venas de mi tío discurriera, además de orujo de contrabando, sangre euclídea o pitagórica.

Como segundo y último vínculo científico está mi primo Filiberto, que logró la nada desdeñable hazaña de licenciarse en empresariales en menos de los diez años que, según él, se sitúa la media. En Navidad siempre nos deleitaba con sus pugnas con las feroces matemáticas y los catedráticos elitistas que escupen fuego y orinan agua bendita, de las que consiguió salir airoso al cuarto intento y con nota, después de pagar a un amigo para que se presentara al examen. Años más tarde, su olfato de lince para los negocios le llevó al estrellato al abrir un negocio de migas y gachas campestres con servicio a domicilio, que cuenta con una app y anuncios en la televisión local pasada la medianoche. En un futuro no muy lejano pretende abrir un carromato andante de migas y gachas alrededor de la Torre Eiffel y uno fijo en la última planta del Big Ben, a la par que una retahíla indescifrable desborda su cuenta corriente. Del resto de mis consanguíneos se aprecia un poso latente de arte. De hecho, mi abuelo Torcuato aprendió a tocar la corneta en la mili, mi abuelita Elpidia solía sacar las castañuelas cuando la botella de anís comenzaba a evaporarse y mi tío abuelo Sandalio llegó a ser célebre por recitar versos alejandrinos, a la par que picarones, a las señoras en la salida del metro. En cualquier caso, es claro que mi predisposición genética era lo suficientemente adversa para la correcta absorción de la ciencia.

Por otro lado, se debe analizar el inestimable factor educativo. Desde bien pequeño cualquier asignatura que contuviera el más mínimo atisbo de abstracción resultaba una completa tortura. Podría alegar que quizá puse poco empeño o que la vocecilla non nata del ser de letras atronaba a cada minuto en mi mente, pero eso sería restarle parte de la responsabilidad que tuvieron mis profesores de ciencias. No querría suavizar el fracaso absoluto de una parte del sistema educativo. Como persona crítica y harta responsable con la sociedad coetánea, no puedo ser cómplice. Y es que no conozco a nadie que en su sano juicio afirme haber tenido un buen profesor de física o química. Si existe algún susodicho que desafíe esta regla o bien siente una devoción que traspasa los límites de las ecuaciones –familiaridad, enamoramientos platónicos o afición al sadomasoquismo–, o bien miente de forma vil. Los profesores que se cruzaron en mi camino eran especialmente malos, además de siniestros y con un desconcertante olor a lejía barata. Sin ningún tipo de disimulo, denotaban carecer de ninguna capacidad docente, empatía por sus sufridos y desvalidos discípulos y, en algunos casos, se pudiera dudar de que atesoraban los conocimientos impartidos.

Recuerdo la espantosa angustia mental que se despertaba en mí al tener que ser obligado a memorizar las tablas de multiplicar, las fórmulas de resolución de ecuaciones o las identidades trigonométricas. Más tarde, la angustia se transformaba en un insoportable dolor en la muñeca al tener que rescribirlas infinidad de veces por castigo del supuesto enseñante. Resulta una osadía de tendencia autoritariatener que obligar a memorizar conocimientos, susceptibles de ser incomprendidos e/o inútiles, bajo atroces prácticas de tortura, que ni el mismo enseñante es capaz de motivar con una explicación sencilla. Me pregunto, ¿por qué el alumno es capaz de interiorizar la filosofía de Kant, la obra de Cervantes o las causas de una guerra mundial y se muestra incapaz de hacerlo con las bases del electromagnetismo? Lo fácil sería hacer algo de autocrítica, pero lo cierto –y más fácil aún– es que la culpa reside en esos intentos de alquimistas, brujos y taumaturgos que se ocultan bajo una bata de profesor y una caligrafía ilegible.

Otro motivo por el cual uno comienza a desconfiar de la validez de las ciencias son sus verdaderos valedores: los científicos que han pasado a la historia de la humanidad. Si uno tuviera que elegir a las celebridades que definen los designios de cada siglo, probablemente se deberían llenar varios folios hasta llegar a su primer representante entre multitud de literatos, políticos, músicos, militares, pintores, líderes religiosos y gente de bien. Quizá en el siglo pasado quepa destacar la figura del Albert Einstein. Pero, seriamente, ¿quién sería capaz de explicar su contribución en un par de frases elocuentes? Silencio, vacío, perplejidad o titubeos en el mejor caso.

Y es más, ¿a qué se dedica la ciencia en la actualidad? Aceleradores de partículas, ondas gravitacionales o bosones de Higgs que inundan páginas de periódicos que ni sus propios creadores, encerrados en salas oscuras y en zonas invisibles, saben muy bien para qué sirven, sin ningún tipo de contribución social. Mientras tanto, reclaman más y más dinero porque claro, con la excusa de manejar conocimiento inalcanzable para el resto de mortales, debe resultar, cuanto menos, importante.

Llegados a este punto, embarrado hasta las cejas de derivadas e integrales, con las piernas anquilosadas por el peso de la gravedad, mareado por los vapores de la formulación inorgánica y crucificado sobre la proyección de dos vectores perpendiculares, la vocación adormecida por las humanidades despertó con furia y la temprana dispersión del conocimiento académico se encargó del resto. Es ahí cuando uno se empapa de la verdadera sabiduría, se agarra como a un clavo ardiendo a las declinaciones del latín, le deslumbra hasta la belleza del pórtico post-vanguardista de la granja familiar por donde entran y salen churras y merinas, y se embriaga de versos y prosa hasta casi levitar. El sueño se torna infinito, el colorido desborda al lienzo hasta hacerlo desfallecer y las letras se convierten en la única sombra de la verdad.

Camaradas de las letras, os imploro unión, orgullo y entereza para derrumbar la tiranía científica. Que ardan paralelepípedos, que las funciones sientan el miedo en su argumento, que las distribuciones se anulen hasta desaparecer. Somos la fuente del conocimiento, somos la palabra que arrodillará a la eternidad. Somos el punto y final.


Bocachancladas

La Abolición De La Autocrítica

Cada día que pasa se hace más evidente un secreto diabólico: la R.A.E. ha borrado de su diccionario la palabra autocrítica. Según sus miembros, la institución, que “tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes”, ha procedido a eliminar el término al haber quedado en desuso. Fuera del debate de si es o no una buena decisión a nivel lingüístico por aquello de conservar la identidad y riqueza del idioma, lo cierto es que la supresión de la autocrítica supone un alivio para una gran parte de la ciudadanía, independientemente de su condición social. De esta forma, no sólo se permite, sino que está bien visto afilar el morro sin ningún tipo de pudor para disparar dardos dialécticos contra todo y todos.

Aunque existe un despreciable riesgo de molestar a otras personas con reproches bienintencionados, infundios sin malicia o cariñosos insultos, no hay que perder de vista que todos los cambios se hacen para bien y éste no podía ser menos. Metiendo el dedo en el ojo de los demás, señalando sus errores, cuestionando decisiones sensibles, conseguimos disimular las miserias propias, ventilar la mierda del de enfrente para que la nuestra parezca eau de rochas y lo mejor de todo: pasar por seres pluscuamperfectos que nunca se equivocan, que fueron tocados por una varita divina en algún momento de sus ejemplares vidas y que aguardan turno para la beatificación o ascender al mismísimo Olimpo.
Nada más levantarme de la cama, enciendo la radio y en menos de un minuto ésta ofrece gentilmente un botón de muestra. El programa matinal entrevista a un humilde representante de una agrupación política honrada. A la pregunta de qué opinión le merece el último caso de generosidad manifiesta de su partido en forma de donaciones a unos necesitados, el entrevistado elude la cuestión y se centra en los casos de generosidad del partido contrario. Durante su intervención, muestra un manejo superlativo de la tercera persona en sus formas singular y plural, así como un amplio rango de adjetivos descalificativos. Prosigue con los sólidos argumentos del no porque no, la herencia recibida y el no había más remedio, para finalizar con una minuciosa y objetiva interpretación de datos que avalan su gestión. Aunque me congratula la oratoria del representante, y hasta podría decir que nace en mí cierta empatía al dar cuenta del linchamiento al que el pobre hombre se ve sometido, me siento vacío. Parece como si faltara algo, como si el acto comunicativo de la entrevista no estuviera completo. Acaba la intervención y es entonces cuando lo entiendo: la periodista ha formulado todas sus preguntas de forma errónea. Debería haber incidido menos en el sufrido invitado y haberse centrado en los demás. ¿Es que acaso la muy ilusa esperaba arañar un ápice de autocrítica?
Pese a patinar de vez en cuando, el estamento periodístico también celebra con fervor la abolición de la innombrable palabra. Mientras en el coche remarco sutilmente con mi nuevo claxon –el tercero de este mes– la inutilidad manifiesta de la mayoría de conductores, compruebo la versatilidad que ofrece el boletín de noticias. Según la conveniencia del financiador del medio, se relativizan ciertas informaciones, magnifican otras que afectan al rival, eluden las que hablan de ellos mismos y crean realidad más propia de una novela de ficción. Sin ir más lejos, cuando acabo de reprender educadamente a un imprudente conductor que no se aparta para dejarse adelantar por el arcén, el locutor interrumpe la programación con voz solemne para anunciar una exclusiva de impacto. Resulta que un destacado miembro del gobierno –el mismísimo encargado de servirle los cafés al subsecretario de pesca con mosca– compra pan donde suele hacerlo un miembro de una banda criminal que trafica con armas, mujeres, drogas y gatos chinos de la suerte. Una anciana, clienta habitual de la panadería, vio con sus propios ojos cómo dicho político le dirigió un buenos días al delincuente. Queda así demostrada la estrecha conexión entre el Gobierno y la banda. La radio anuncia que la entrevista con la anciana testigo se prolongará durante toda la mañana. Por su parte, ante los graves sucesos, la tertulia reclama encendida una tajante condena de todo el Gobierno, la disolución del partido que lo apoya y que el destacado miembro, acusado y juzgado, arda en una hoguera en la plaza mayor. En el improbable caso de errar, debido a la solidez de la información y la fiabilidad de las fuentes, no dudo en que la trascendental práctica de la pesca ocuparía horas de debate y consumiría ríos de tinta estableciendo sesudas conexiones que desacrediten al partido.
Más tarde, a la llegada al instituto me encuentro con el director. Me muestra su preocupación por las quejas que le trasmiten los alumnos en cuanto a mi forma de impartir clase y las pésimas notas obtenidas en el último examen. Pobre iluso, el apartarse de la docencia le hace ignorar dónde radica el problema. Argumento la falta de motivación de los jóvenes, lo mal que vienen preparados y que, aun así, demasiado esfuerzo hacemos con gente que empobrece la calidad del oxígeno que respiramos el resto. El director asiente ante mis irrefutables argumentos, se disculpa y se retira a echar la siesta matutina a su despacho. Yo por mi parte, envalentonado, le mando al carajo cordialmente y me anoto mentalmente llegar cinco minutos más tarde para no encontrarme con él. Ya en clase pongo todo mi empeño en la formación de los jóvenes: insisto en su nula capacidad, les advierto de sus inexistentes posibilidades y les aconsejo, de forma sincera, que se busquen un agujero donde esconderse eternamente. Durante los últimos cinco minutos repasamos algún que otro autor. Como es de esperar, los muchachos demuestran no tener la más remota idea. A pesar de mi férrea voluntad, así es imposible.
Salgo de la agotadora jornada del instituto, paso por el bar a tomar unos tragos y llego a casa molido. Me desnudo y me tumbo en el sillón del jardín a leer. Dentro de mis variadas diversiones,  destaca la de devorar grandes clásicos mientras una brisa acaricia todo mi cuerpo. Tras unos minutos de tranquilidad, la hipocresía me interrumpe súbitamente. Los vecinos que pasan por delante de la casa me contemplan y se quejan de mi libre e inofensiva forma de disfrutar de mi tiempo de asueto. Soy incapaz de entender ese tipo de críticas. No soporto a la gente que defiende la libertad individual y no respetan que cada uno viva su vida de la mejor forma que estime.
Pero lo más macanudo ocurre después, cuando mi señora esposa llega a casa y comienza a cuestionar el por qué la casa está hecha un desastre, por qué el jardín parece una jungla, por qué llevo sin arreglar la puerta del garaje más de dos años y por qué voy desnudo. ¡Qué fácil es criticar a los demás sin mirarse a uno mismo!, le contesto. Pero, ¿qué hay de la cena sin hacer, la ropa limpia humedeciéndose en la lavadora o la tarjeta de crédito al descubierto en la primera semana del mes? De manera educada le pongo a mi mujer en situación y ella me manda al carajo. Grita enfurecida una serie de improperios que no merece la pena repetir y en cierto punto comienzo a asentir sistemáticamente. Relajadamente le explico que no pasa nada por equivocarse, que hay que aceptar la crítica sin más y pensar en mejorar. Fuera de sí, ella me manda al cuerno de nuevo. Con gente que ni tan siquiera se plantea encontrar sus errores no merece la pena discutir. Desolado ante la falta de crítica que veo a mi alrededor, me cuestiono si la sociedad no se habrá equivocado al eliminar de su vocabulario la palabra autocrítica y si la R.A.E. no habrá tomado su decisión a la ligera.

En cuanto a mí, firme defensor y practicante de la autocrítica, sólo puedo decir que soy una persona de lo más normal, consciente de mis errores, como los demás. Acepto que no soy perfecto, al igual que todo el mundo. Soy una víctima más del injusto sistema. Celebro y critico a partes iguales, por tanto, la abolición de la autocrítica.

Bocachancladas

El No Porque No

Como símbolo de cambio y ondeada por brisas de aire fresco, se alza la bandera del diálogo y la pedagogía. Son estos los pilares sobre los que se asienta un nuevo período, un período de prosperidad e ilusión que, se espera, enterrará las desavenencias y los errores pasados. Los que ensalzan este talante afirman que resulta enriquecedor el intercambio de ideas y argumentarlas con rigor, ser profundo a la vez que conciso y tratar, en la medida de lo posible, de cimentar un criterio coherente. Para dar validez a los juicios emitidos, emerge la valía de la información objetiva y contrastada por fuentes fiables, no dejarse engatusar por titulares tendenciosos y ajustar el tono y las formas a lo políticamente correcto, al sosiego y al respeto.
Por si esto no fuera suficiente, es imprescindible atender a opiniones diferenciadas con una actitud abierta y empática. No basta mostrar cierto interés por las posiciones ajenas, asintiendo repetidamente en silencio con una sonrisa cortés a la espera del turno de réplica; sino que también hay que interiorizar las nuevas opiniones por disparatadas que estas sean, confrontarlas a las nuestras con espíritu crítico en pos de encontrar el camino de la verdad y la razón. Un camino del que los más optimistas del lugar, rozando la utopía, se atreven a describir como el único posible para alcanzar el sueño de la libertad.
Pues bien, a todos los creyentes de esas teorías y a los que pretenden convertirse a ellas para adaptarse a los nuevos tiempos, ya sea por inercia, aburrimiento o placer, he de advertirles con toda la humildad que me contempla, el respeto que siento por sus convicciones y el noble sentimiento de justicia moral que me embriaga, que son ustedes unos meros ilusos, que no tienen ni pajolera idea de nada, que sus cándidas intenciones han sido prostituidas para engañarles vilmente. Además, sin ánimo de ofender, les aconsejaría que se arrodillasen ante mí y que abrazaran la doctrina verdadera y el único camino a la felicidad y el bienestar individual: el no porque no.


Descarga el relato en versión PDF EPUB

Para ilustrar esta idea y acabar de convencerles –aunque intuyo que las incontestables razones expuestas hasta este punto debieran ser suficientes– les voy a narrar las aventuras y desventuras de l’Alfred Menys, un joven idealista educado férreamente en los principios del no porque no. Su épica historia evidencia el asombroso poder de la negación absoluta para la conquista de las metas que uno se proponga, aunque sean severamente lejanas o aunque la torpeza colme de virtud al individuo. Queda constatada también la inoperancia del diálogo, la deferencia, la cesión o la empatía, actitudes de las cuales espero que el peso del tiempo acabe enterrando en lo más profundo del olvido.
Por voluntad expresa de su padre, el Francesc Menys, l’Alfred vino al mundo en la masía que la familia tenía ubicada en un majestuoso paraje de l’Empordà. Lo primero que sintió l’Alfred en vida fue el agua del Llobregat bullir dentro de la caldera metálica que había visto nacer a diez generaciones de Menys. El Francesc Menys y su esposa, la Teresa d’Orts, no podían ser más felices. La mujer, ya entrada en años, había cumplido su sueño de ser madre y así poder devolver una parte de todo su amor, satisfaciendo las aspiraciones de un marido que le había dado todo cuanto podía desear. De esta forma, el Francesc se aseguraba la sucesión del negocio familiar, el cual había comenzado a dirigir recientemente. Estaba convencido de que su hijo sería el eslabón que pondría a Tèxtils Menys en primera línea mundial y en ello centraría todos sus esfuerzos.
Desde bien pequeño, l’Alfred fue consciente de que algún día sería un hombre importante. A cambio sólo debía acatar las órdenes de su padre. Éste le inculcaría la rectitud, la disciplina y la cultura del esfuerzo empleando las mismas herramientas que, de forma astuta, había utilizado su padre con él mismo: el no porque no y el sí porque sí. No porque no a jugar en el parque con otros niños, a dibujar tumbado en el suelo, a ensuciarse la ropa, a repetir las tonterías que le hacían gracia, a reír a carcajada limpia. No porque no a ser un niño. Sí porque sí a ir a misa los domingos, a llevar la raya en el lado derecho, a callar cuando hablaban las personas mayores, a asistir a clases de idiomas, conservatorio, ajedrez, entrenamiento de tenis, equitación, kárate, campamentos con scouts y en los tiempos libres a repasar el Misalito y leer la colección entera de El Barco de Vapor. Sí porque sí a ser un gran Menys.
Por su parte, la Teresa se deshacía en atenciones hacia l’Alfred. Le cantaba, lo bañaba, le sonreía, lo abrazaba, lo besaba, lo mimaba y le acariciaba hasta casi desgastarlo. También le constentía algún que otro capricho sin importancia como pedir un helado justo antes de comer, instalar una televisión en su cuarto, cocinarle todo lo que a él le gustaba, no ir a clase porque tenía unas décimas de fiebre, comprarle la tecnología más moderna y más cara, tirar petardos en el inodoro o ir montado a caballo al colegio. En poco tiempo, la Teresa se percató de que ya no podría decirle que no a l’Alfred, ya que éste encolerizaba, se hinchaba a llorar y a gritar, con la cara enrojecida y la respiración agitada, haciéndole pedazos su delicado corazón.
En aquel tiempo las cosas iban mejor que nunca en la fábrica: habían comprado una maquinaría extranjera que doblaba la producción con la mitad de capital humano. Sin embargo, el Francesc no se contentaba, quería más, más y más, así que pidió diversos créditos para expandir el negocio. También aprovechó la ocasión para comprar un palacete en la zona más cara de la ciudad, un par de coches de lujo y un yate. L’Alfred cambió de colegio para ir al mejor de la ciudad, y por tanto el más caro, al que asistían hijos de futbolistas, políticos, nobles, toreros, famosetesy los hijos de la gente de bien en general. Mientras tanto, el saldo de la tarjeta de crédito de la Teresa aumentaba de la misma forma que el tiempo que pasaba de compras o haciendo vida social, gintonic en mano. Solía reunirse con mujeres de bien que charlaban sobre temas de bien tales como la pereza y la bajeza social del servicio doméstico, cotilleos de altas esferas o joyerías, boutiques y centros de estética para gente de bien.
Todo marchaba a las mil maravillas, pero el Francesc quería más, más y más y se le metió entre ceja y ceja la idea de aumentar la familia a toda costa, poder así reforzar la imagen de cabeza de una gran familia y disponer de nuevos y robustos brazos que sostuvieran el negocio. A pesar de las reservas de la Teresa, que bordeaba los límites impuestos por la biología, no había forma de decir que no a nada que el Francesc se propusiera. De esta forma, hacían el amor religiosamente todas las noches sin ningún tipo de pudor, compasión, consideración, ni tacto. En uno de aquellos actos, la Teresa se dio cuenta de que odiaba con todas sus fuerzas a aquel oso peludo y sudoroso que tenía por marido. Descubrió que le repugnaba que la tocara con sus despiadadas garras, sentir la humedad de sus codiciosas babas y comenzó a meditar un plan para escapar junto a l’Alfred y emprender una nueva vida en un país distinto.
Cuando todo estaba listo para la huida, con l’Alfred rebosante de ilusión por conocer las pistas de esquí de Grandvalira, de repente la Teresa empezó a sentirse muy débil y a sufrir unas náuseas que no podía contener. Abrazada a la taza del wáter advirtió que estaba embarazada y maldijo su suerte, al futuro retoño, pero sobre todo al Francesc. Con aquel panorama, la independencia debía esperar un tiempo. Finalmente, el embarazo se tradujo en dos niños y una niña: Lucía, una niña de mofletes graciosos y aficionada a la siesta; León, un niño frío y amante de las morcillas de cebolla y arroz; y Aarón, un chico robusto con predisposición para las jotas. Los nombres habían sido impuestos por el Francesc que, de paso, decidió aprovechar la visita al registro para cambiar el suyo y rebautizarse como Francisco. Creía que de aquella forma se haría respetar en las altas esferas donde cada vez estaba más y mejor valorado. Además, interpretando la frialdad y la hostilidad creciente de laTeresa, Francisco tomó la iniciativa de cederle mayor autonomía e ingresarle más crédito en sus cuentas.
Entretanto, ajeno a aquellas asperezas, los valores del no porque no se asentaban en la cabeza de l’Alfred Menys. Influido por un grupo de jóvenes descarriados, pedía a sus padres que le dejaran salir de fiesta hasta altas horas de la madrugada. Tentado por las diabólicas curvas de sus compañeras, quería quedar con otras chicas para ir al cine, pasear, cenar y descargar su pubertad. Corrompido por las estridentes melodías de guitarras eléctricas, sugirió que le permitieran ir a conciertos de música rock. Y, por último, seducido por la modernidad y la popularidad que daba lucir piercings y tatuajes, l’Alfred comentó la posibilidad de hacerse un tatuaje en el brazo con un corazón que tenía inscrito “Amor de la meva mare” y un piercing en el glande. Pero se encontró el no como respuesta, apostillados por sendos porque no, acompañados de una merecida tunda en función de la inmadurez de sus propuestas.
Consciente de las necesidades y los deseos de su hijo mayor de edad, procurando garantizarle lo mejor, Francisco matriculó a l’Alfred en una de las business schools más prestigiosas, y por tanto más caras, de los EEUU. Al haber obtenido unas pésimas calificaciones durante un bachillerato aprobado mediante sobornos, además de pagar los varios centenares de miles de matrícula, el empresario tuvo que abonar un extra como compensación de admisión tras las mediaciones de un contacto en el ministerio, el embajador, el obispo y un par de jóvenes exuberantes que bailaban de forma sensual en la barra del bar que Francisco solía visitar tras la jornada laboral.
En su época de estudiante en los States, l’Alfred eligió la vida que siempre había deseado tener y nunca le habían permitido: salía todas las noches a quemar las discotecas, bebía hasta olvidar quién era, iba a salvajes conciertos de punk, heavy, metal y hardcore, follaba hasta que se le caía a trozos, se quedaba dormido en portales, se hizo varios tatuajes con frases trascendentes como “Fuck Love” o “Only God Can Judge Me”, calaveras incendiarias y símbolos divinos de los cuales desconocía su significado o procedencia. También se agujereó orejas, nariz, cejas, labios, lengua, glande y testículos, aunque este último se lo tuvo que cerrar debido a una severa infección. L’Alfred era más feliz que nunca, era el puto amo, nadie lo podía parar. Nadie le podía decir que no.
Mientras tanto, la familia Menys-d’Orts se resquebrajaba. El déficit galopaba descontrolado por las cuentas de Tèxtils Menys, amenazando con sumir en la bancarrota al negocio. Los despidos y las huelgas se habían ido sucediendo, mientras que los acreedores y los clientes comenzaban a estar hartos de las falsas promesas de Francisco. Gran parte de aquella situación era debida a la insostenible expansión del negocio y al sueldo astronómico de su líder, del cual su mujer disponía de un 3% extra. A expensas de su marido, el cual hacía la vista gorda a la comisión, laTeresa enviaba este dinero a un paraíso fiscal, el cual le serviría para afrontar su fuga definitiva junto a un banquero de aquel país del que se había enamorado de la noche a la mañana, recobrando la ilusión de vivir. Francisco, completamente frustrado y desesperado, se pasaba las horas encerrado en un club esperando a que las cosas volvieran a su cauce normal sin hacer gran cosa. Estaba convencido de que su hijo sabría cómo gestionar aquella crisis y que todo se solucionaría cuando llegara de EEUU y aplicase sus conocimientos. Lucía, León y Aarón crecían abandonados a su suerte, yendo sucios y con la ropa despedaza al colegio, rebuscando entre los contenedores de una conocida empresa de comida rápida para subsistir. Lucía, la aparentemente más espabilada, empezó a echarle las culpas a su madre que, además de no trabajar y pasarse el día de compras, nunca se había preocupado por ellos. El resto de hermanos asintieron y se desencadenó una animadversión irreversible hacia su propia madre.
Aunque, sin lugar a dudas, lo peor de que las cosas vayan mal es que puedan ir todavía a peor. De esta forma, todo estalló cuando Francisco recibió una carta en la que se le advertía que su hijo llevaba sin presentarse a clase durante dos cursos y que, con todo el dolor de su corazón, debían expulsarlo. El sufrido padre enfureció y trató de reclamar el importe de los estudios, pero le respondieron que, con todo el dolor de su corazón, en virtud de las estrictas normas de la business school, aquello resultaba imposible. Como compensación, le devolvieron una gran parte en acciones de un valor seguro: Lehman Sisters.
Poco después de que su padre le cortara el grifo, l’Alfred no tuvo más remedio que volver a casa y aceptar que debía afrontar sus responsabilidades. Fue en el largo trayecto de vuelta en barco –ya que no disponía de dinero para tomar otro medio– cuando el joven urdió su plan maestro: se independizaría. A pesar de su nivel de enfado y frustración, así como la dura reprimenda que tenía preparada, la noticia hizo pedazos a Francisco. Sereno, sin disimular la rabia, le contestó que aquel niñato en el que había invertido tantos esfuerzos, dinero y tiempo no tenía ningún derecho a proponer, ni decidir, ni casi hablar sobre su futuro. Su futuro, bramó, lo decidiría él. Para más inri, aunque sólo fuera por hacerle la puñeta a su marido, la Teresa apoyaba con todas sus energías al muchacho y estaba convencida de que esa era la única forma de poder ser libre. Aprovechando un momento de flaqueza de Francisco, quien estaba al borde del infarto, anunció que ella también se independizaba. No quería saber más de la familia. Consecuentemente, presentó un documento en el que renunciaba a sus derechos como madre y la demanda de divorcio.
Para Francisco, divorciarse de aquel carcamal no suponía ningún problema, sino más bien un alivio. En cambio, no podía permitir que su hijo se marchara justo en ese delicado momento y dividiera a la familia. Todavía conservaba esperanzas de poder introducirlo como currela en la fábrica y que algún día heredara el negocio. Además, tenía la sartén cogida por el mango: l’Alfred era un completo inútil, no encontraría trabajo y no disponía de ni un céntimo para independizarse. Sabía que el reto que le estaba proponiendo era ficticio. Así que, empleando la efectiva retórica del no porque no, destruyó sus planes alegando un supuesto decreto inviolable entre padres e hijos. Prosiguió anunciándole que al día siguiente se incorporaría a la plantilla de Tèxtils Menys y que gran parte de su sueldo iría a parar a la familia. L’Alfred bramaba en silencio y su sangre hervía. No podía rechazar las condiciones de su padre, ya que así lo establecía el supuesto decreto, pero su pulso separatista no se había visto mermado, sino que había resultado fortalecido.
Ya sin la Teresa, Francisco y su no porque no se erigieron como modelo para el resto de sus hijos, quienes se habían posicionado de su parte. Esta actitud se agravó con el tiempo cuando l’Alfred tomó la postura de criticar deliberadamente a su padre al espoliarlo y repartir el dinero que ganaba con el sudor de su frente entre el resto de sus hermanos, los cuales no producían ningún beneficio para la casa. Por otro lado, el negocio familiar tuvo un inesperado golpe de suerte. Unos inversores alemanes compraron la fábrica, haciéndose cargo de todas sus deudas y asegurando su viabilidad. A cambio, Francisco, en su papel de presidente títere, debía gestionar un fuerte número de despidos, rebajar los sueldos de los afortunados trabajadores, abaratar el coste de los productos y recortar la calidad de las materias primas. La plantilla llevó a cabo una serie de protestas violentas contra Fransico, al que incluso agredieron cuando paseaba por el centro de la ciudad, que fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas y cuerpos de seguridad de Francisco. De este modo, con la fuerza del terror, la fábrica se convirtió en un lugar seguro y apacible.
El despido de l’Alfred era de los más económicos, pero ser el hijo del jefe le bastó para continuar en plantilla. Aunque de carácter reivindicativo e implicados en las protestas, también habían conservado su puesto l’Oriol Fanegues i l’Antonio Cupaire. Ambos se convirtieron en compañeros inseparables de l’Alfred. Cada uno a su manera, comenzaron a demostrarle que conseguir el derecho a la autodeterminación era más sencillo de lo que creía. Según comentaban, el supuesto decreto no era más que una falacia que oprimía a los individuos que anhelan su propia libertad. Los dos trabajadores aconsejaron a l’Alfred que debía marcharse de casa y buscar un nuevo empleo. L’Oriol creía que debía dejar claro a su padre los motivos de la independencia sin redoblar su pensamiento e iniciar una desconexión progresiva con sus lazos familiares; mientras que l’Antonio argumentaba que debía independizarse por las bravas puesto que su padre era un explotador y un opresor al que no le debía nada, y nunca podría alcanzar una personalidad propia y plena junto a él. Aquellas tesis calaron hondo en l’Alfred, quien las repetía para sí mismo una y otra vez hasta que se convenció de que eran su única salvación.
A finales de año, los tres se independizaron a un piso viejo de un barrio popular. Dejaron el trabajo en la fábrica para emprender un humilde negocio de camisetas con mensajes reivindicativos, después lo transformaron en uno de moda importada de Asia y finalmente lo traspasaron a un kebap donde los tres trabajan ahora felices. En la consecución de la soberanía, l’Alfred empleó sutilmente el abanico argumental del no porque no de la misma forma que le habían enseñado. Por su parte, Francisco era feliz con el anhelo de que los alemanes conseguirían llevar a Tèxtils Menys a la cima, mientras se convencía de que era un padre ejemplar y de que sus hijos crecían felices, a pesar de todas las calamidades que habían sufrido. La Teresa también era feliz, a pesar de que su amante la había abandonado adueñándose legalmente de sus ahorros y de que su exmarido le había demandado por haberle tomado el 3% de comisión. Por suerte era demasiado anciana como para temer ir a la cárcel. Se contentaba con las noticias que recibía de su hijo Alfred, que de vez en cuando le escribía contándole que aquello de la independencia había resultado un éxito y que pronto la empresa podría desbancar a la de su padre, además de otras heroicas hazañas.
Así que como conclusión, la historia de l’Alfred Menys muestra que el no porque no resulta una doctrina efectiva para alcanzar los objetivos que cualquier persona se pueda plantear en la vida. Independientemente de que haya un conflicto de intereses, la aplicación para cada una de las partes de dicha estrategia acarrea el éxito para las mismas. Sin malgastar saliva, sin perder el tiempo, sin calentar la mente, sin frustraciones, sin gotas de sudor que arden por la espalda, sin incoherencias, sin molestar a nadie, sin fisuras, sin miedos y sin vergüenzas. Basta decir noy si preguntan, contestar porque no.


Corrección de Lis Gaibar.
Bocachancladas·Navidad

No Te Lo Perdonaré Jamás

Como colofón a la Navidad, ese período en el que se conmemora el nacimiento de nuestro Señor, es tradición celebrar la adoración de los tres Reyes Magos. Tal y como precisan de manera rigurosa las sagradas escrituras, el trío viajó en camello desde Oriente a Belén para obsequiar al recién nacido hijo de Dios con mirra, incienso y oro, con la precisa guía de una estrella que les marcaba el camino. Años más tarde, rebosantes de ese espíritu navideño de generosidad para con los demás y cargados de buenos propósitos, con las arterias desobstruyéndose por la ingesta de jamón de pata negra, los niveles de ácido úrico tornando a la normalidad y el sacacorchos resoplando ante el esfuerzo de días sin descanso, se conmemora el evento en forma de cabalgata que tanto esperan los más pequeños y también los más grandes.
En el desfile, los Reyes Magos se abren paso subidos a enormes carrozas mientras su séquito reparte un poco de ese espíritu carente en nuestra sociedad a base de caramelos de sabores. Entretanto, el pueblo se lanza a las calles en masa y muestra ese arrojo de fraternidad navideña rivalizando por preciosas muñecas, balones de playa de prósperas y caritativas firmas comerciales o sosteniendo un paraguas invertido para poder amontonar un mayor número de caramelos que finalmente, fundidos al calor de su envoltorio de plástico, verán la luz de su contenedor y no la del de otro vecino. No se trata solo de una cuestión de júbilo, puesto que de la rigurosidad de la recreación se sustentará la ilusión cándida de los pequeños. Seres que llevan todo el año eludiendo rabietas hasta casi quedarse sin respiración, obedeciendo sin rechistar las feroces indicaciones de sus malvados padres y conteniendo hacia dentro todo tipo de improperios y palabrotas para ser dignamente obsequiados por la gracia de los Reyes Magos. Para que puedan sentir, rodeados de útiles enseres y estimulantes entretenimientos de plástico, la misma sensación de humildad y bondad que el mismo Niño Jesús sintió en su pesebre de paja bajo la atenta mirada de los Reyes Magos.

El caso es que la hermosa tradición era así hasta este año, año en el que la costumbre ha sido brutalmente desmantelada. Año en el que compruebo horrorizado que nuestra sociedad se aproxima sin pudor y de forma vertiginosa al fondo del precipicio. Año de la estocada cobarde a esos valores que han sido fundamentales para el desarrollo y el asentamiento de nuestra sociedad. Año que quedará grabado en los anales de la historia de nuestro país como el comienzo del desastre y que yo no se lo perdonaré jamás.
Aunque todos los años me juro que nunca más lo haré, no hay día cinco del mes de enero a eso del mediodía que no dé cuenta de que aún no he hecho la religiosa contribución a los Reyes. De esta forma, cogí el coche como alma que lleva el diablo y me sumergí en un atasco que no avanzaba en ninguna dirección mientras entraba en un bucle que consistía en cavilar nerviosamente en qué comprar y relajarme con la idea de que los escaparates de las tiendas me inspirarían. Después de dar vueltas al centro hasta casi vaciar el depósito y aparcar el coche en la calle de atrás de mi casa, entré bañado en sudor en una superficie comercial de cultura y tecnología. Las oleadas de personas discurrían como escuadrones en guerra que lidiaban para hacerse con los últimos ejemplares de las repisas. No había tiempo que pensar, así que para mi padre escogí el libro más vendido sobre erotismo nepalí; para mi madre un flamante recopilatorio de música dance; para mi hermana la primera temporada de una serie de zombies náufragos; para mi novia un personal paquete con regalo sorpresa; y para mi primo, el del pueblo, una radio AM-FM analógica con la esperanza de que la modernidad no le abrumara. Por falta de tiempo y recursos, decidí regalarme a mí mismo una dosis de austeridad y rezar para que el resto de reyes no hubieran imitado mis pasos.
Cuatro horas después, tras una majestuosa revisión de los tratados de la envoltura de regalos en la cual se apreciaban figuras que desafiaban las leyes de la geometría, una marea de gente que circulaba a contracorriente me aprisionó. Era evidente la fuerte presencia de niños pequeños con el semblante iluminado por la expectación y la felicidad que desprende la cabalgata. No pude evitar emocionarme al recordar mis tiempos de niño, en el que mis padres me llevaban de la mano hacia las primeras filas del desfile, le daban unas monedas al primer mendigo que encontraban para que cuidara de mí y una vez pasadas varias horas de la llegada del cortejo real, abandonado y al borde de la hipotermia, volvían para recogerme. Nostálgico y con la ilusión a punto de llenarme el lagrimal, me sumí en el populacho para ver el paso de sus majestades.
Fue en ese momento cuando pude comprobar la barbarie en mis propios ojos. No había rastro de camellos, animales sagrados en la tradición cristiana y vanagloriados en diversos pasajes de la Biblia; los villancicos habían sido sustituidos por música y danzas de países innombrables, imponiendo de manera sectaria las costumbres de pueblos inferiores a las nuestras. Para colmo, la aportación de dulces de las empresas patrocinadoras era escasa y el rugido de mis tripas comenzaba a ser ensordecedor. Pero lo peor estaba por llegar, la herejía hecha realidad, las llamas del infierno iluminando las calles: Melchor, Gaspar y Baltasar ataviados con trajes que bien podrían pasar por cortinas de baño de un outlet o indumentarias propias de juerguistas obesos en Las Vegas. A todas luces, aquel bochornoso carnaval distaba kilómetros de la tradición conservada durante siglos y suponía una cruel burla a los valores de la fe mayoritaria.

Multitud de niños torcieron el rostro incrédulos y gran parte de estos comenzaron a llorar desconsolados, con la ilusión resquebrajada al ver que aquellos fantoches no eran más que unos malditos impostores que se hacían pasar por sus majestades, magos que estaban a punto de emprender un viaje por medio mundo en camello repartiendo regalos en cada una de las casas de los niños que habían sido buenos, que pararían para devorar sus galletas y saciar su sed con sus vasos de leche y que, además, en ese momento desfilaban en varios miles de cabalgatas al mismo tiempo.
Sin duda, aquello era un sacrilegio fruto del odio a las tradiciones, un acto que no merecía justificación, una actitud que bien suponía el comienzo del final de nuestra identidad como pueblo, una muestra de la crisis de valores de nuestra sociedad actual, un desliz premeditado para mofarse de las creencias ancestrales que merece una contestación contundente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Hacer procesiones con vírgenes en minifalda o que el Ramadán sea financiado con fondos públicos? Las tradiciones son para respetarlas, no para reinventarlas, ni para adaptarlas a los tiempos, porque como su propio nombre indica son eso, tradiciones. Con absoluta rotundidad, he de reiterar que mis pensamientos son conclusiones de mi propia experiencia, la cual nunca jamás fue corrompida ni influenciada por las reposadas labores informativas de los medios de comunicación, a los cuales como persona crítica y formada tomo en consideración de forma minuciosa, aunque, de tanto en tanto, me permita la consideración de echar un ojo a sus encabezados para formarme un juicio profundo y libre. 

Mientras esgrimo estas líneas de justicia y respeto para mi creencia, por otro lado necesarias, de las que confío se genere un debate sosegado y bien argumentado para acabar con la dictadura del odio, doy cuenta de que ahora comienza mi tiempo de disfrutar de los frutos de la tradición: jugar hasta que se me caigan los ojos al videojuego que los reyes consiguieron rebañar para mí de las barricadas del centro comercial ayer por la noche.

Bocachancladas

Pedagogía Sobre Impuestos

Durante la recta final de campaña los partidos aceleran y ponen en marcha toda la maquinaria en busca de ese último voto indeciso. Indeciso, obviamente, porque en cuatro años ha estado tan ocupado que no ha tenido ni un solo segundo para encender la radio, leer la prensa, ver la televisión, navegar por internet, salir a la calle a por el pan o, en el mejor de los casos, porque tuvo la fortuna de ganar un sorteo para pasar la legislatura entera en una isla desierta con un collar hawaiano al cuello y poniéndose tibio de mojitos.
Algunos políticos, después de un período de encierro forzoso sudando la gota gorda por levantar el presente y futuro del país, discutiendo permanentemente entre ellos y llegando a acuerdos vitales, accesibles al eludir un despreciable murete de asesores, guardaespaldas o pantallas de plasma, se lanzan a las calles y descubren los beneficios de la luz solar a diferencia de la de los focos y del aire fresco en detrimento del acondicionado. Luego, pasa lo que pasa: el desconocimiento de la calle entraña ciertos peligros.

En la tesitura de tratar de convencer al sufrido y confuso elector, los políticos no vacilan en mostrarse como verdaderas estrellas de rock dejando que el ciudadano se fotografíe con ellos en modo selfie, muestran que poseen intactos ciertos rasgos de la condición humana como el de tener sentimientos, juegan al pin pon en el ente público dentro del palacete de una estrella de la ranchera en el panorama internacional, bailan coreografías que suponen un nuevo desafío a las leyes de la gravedad y el clásico, cómo no, prometer hasta meter. En esta última parte, el confiado votante, de buena fe, muestra una inteligencia felina al obviar la segunda parte del dicho, aunque sería arriesgado descartar la amnesia debido a las vacaciones paradisiacas.
Esta semana tuve el placer de percatarme por mí mismo cómo funciona la infranqueable maquinaria de los partidos y cuán convincente es. Recorría tranquilo las calles del centro de la ciudad cavilando la secreta estrategia con la que las anchoas se habían apoderado de los campos de olivos hasta meterse dentro de las aceitunas cuando de repente me vi sorprendido por un tumulto de gente que se agolpaba alrededor de un stand teñido de una tonalidad azulada. Se trataba del partido azul, una organización tradicionalmente política caracterizada por defender los valores de la gente de bien que se había reconvertido en una organización de caridad activa. Dicha organización también se caracterizaba por defender la concepción de la vida, las tradiciones religiosas y los intereses de la familia: el interés del primo que tenía una empresa de construcción en edificar en una arboleda milenario que no daba rendimiento, el del cuñado que ideaba unos productos financieros de mayor rentabilidad que un plazo fijo sin riesgo apreciable y el del sobrino rebelde que había encontrado un puesto de trabajo en una empresa que subcontrataba el ayuntamiento.
Independientemente de esas nobles convicciones, celebré emocionado el paso del partido a la acción social, que a través de sus simpatizantes repartía dulces navideños a los ciudadanos de a pie y gorros y globos para los más pequeños, impregnando al pueblo de un poco de espíritu de navideño. Una lágrima emocionada surcaba por mis mejillas, los votaré en las elecciones, pensé, y hasta trataré de convencer a mis círculos para que me sigan.
De esta forma, como humilde ciudadano, me dirigí a los responsables para poder reclamar mi dulce navideño, mi globo azulado, unos folletos informativos y, si podía ser, un póster a tamaño real del candidato de mi circunscripción para poner en el salón, encima de la televisión. Los presentes, ataviados con prendas sencillas que recogían las sensibilidades de un orden de diez o doce razas de animales distintos en forma de piel, se mostraron encantados y me pidieron a cambio un pequeño favor: una firma para reclamar la supresión del impuesto sobre sucesiones y donaciones. Sin pensármelo dos veces, firmé y en unos segundos estaba devorando el exquisito mazapán ataviado con un gorro de Papá Noel azul, sujetando el globo con la otra mano y un centenar de folletos entre mis piernas mientras un popurrí de villancicos embriagaba mis oídos y la alternancia de luces de los negocios se reflejaban en mis ojos de elector decidido.
Malditos burócratas que cosen a la gente humilde con impuestos absurdos y, en este caso, recurrentes, reflexioné tratando de no atragantarme. Lo único que están consiguiendo es ahogar a las familias trabajadoras y de esta forma reducir el consumo con la consecuente ruina del empresariado del país, motor de la recuperación económica y baluarte de la prosperidad y el desarrollo. Además, para mi fortuna y la de mis compatriotas, pude constatar que el partido azul no sólo se lanzaba a las calles para encabezar la presión popular contra los impuestos absurdos, sino que prometía bajarlos todos.


Horas después, mientras dormía, me sentí terriblemente indispuesto: tenía un extraordinario dolor de barriga que se propagaba con violentas sacudidas en el abdomen y una intensa calentura inusual. Heroicamente, llegué al servicio de urgencias sobre mis dos piernas y apoyándome de vez en cuando con los dos brazos en el suelo. Allí, después de un par de terribles horas de espera, expuesto a mortales infecciones, me atendieron de aquella manera y me despacharon rápidamente diciendo que sufría los síntomas de una intoxicación alimentaria y que se iría naturalmente al expulsarlo con previsibles síntomas de colitis aguda. ¡Menudo diagnóstico, menuda atención! Sin duda, la sanidad de este país estaba hecha unos zorros.
Indignado, me fui a las urgencias del médico de pago y en unos minutos, sin colas y sin riesgo de desarrollar ninguna enfermedad adicional, tras rellenar una serie de solicitudes, acreditar mis datos bancarios, dar las huellas de los dedos de mis manos y de los dedos de mis pies, el centro procedió a hacerme unos exámenes con rayos, un escáner, un electro, un blanqueamiento dental y una buena manicura. Después de completar el proceso rutinario, me dieron el verdadero diagnóstico: dolor de panza, cagalera de campeonato y un par de muelas picadas. Feliz por haber burlado a la muerte con estoica entereza, pagué la factura y pedí cita para la cuestión dental.

Cuando creía saberlo todo, la vida me había dado una gran lección: la salud no tiene precio. Aunque es probable que tenga que aguantar el mes reduciendo lujos que no me puedo permitir, sin vivir por encima de mis posibilidades, he de recalcar que eso sí que era un dinero bien invertido y no ese que inútilmente se iba para impuestos.
Bocachancladas

Estudio En Naranja

En mi particular cruzada por compartir y debatir ideas sobre política y las elecciones que tenemos a la vuelta de la esquina, desde un clima de respeto y una posición abierta, he topado con un perfil que, imagino fruto de la casualidad, se repite sistemáticamente. Por supuesto, puede leerlo con tranquilidad, estoy seguro de que usted no responde al perfil planteado. No soy sociólogo y he de advertir que soy considerado frecuentemente como bocachancla, pedante e irrespetuoso, con lo cual es posible que mi estudio sea erróneo, hiera ciertas sensibilidades o tenga unas terribles ganas de mandarme a freír espárragos. Por anticipado os pido que aceptéis mis disculpas, no lo hago con maldad.
El perfil presentado en cuestión responde a una persona de sexo indiferente y una edad joven/media. Normalmente, cuenta con una formación media/avanzada, perteneciente a una clase social de perfil media/baja, tiene cierto interés en la política nacional y confiesa que votará en los comicios del domingo. Para preservar el anonimato de las personas que responden a este perfil, no revelaré el partido al cual tienen decidido emitir su voto, por tanto, a partir de ahora, nos referiremos a esta opción como Partido Naranja y a su líder y candidato Alberto Arroyo, nombres totalmente ficticios.


 La experiencia del estudio, nos revela que el perfil analizado responde a las siguientes características:

i) Afirma que las razones para votar al Partido Naranja se basan en la coherencia de su líder, Alberto Arroyo, la buena presencia del mismo, así como la postura estoica frente a temas vitales en su día a día como la independencia de Catalunya, la voluntad de firmar un pacto de Educación, la supresión del Senado y Diputaciones y, por supuesto, que garantiza su libertad y seguridad al tener una posición férrea contra la terrible y latente amenaza del yihadismo. Una parte pequeña, confiesa haber votado en el pasado a otros partidos que considera caducos, pero sostiene satisfecho que hay que avanzar hacia la regeneración y dar paso a la política nueva.


ii) Al ser cuestionado por otras medidas del Partido Naranja, como el contrato único o el complemento salarial, responde que deben ser buenas porque son apoyadas por un sinfín de economistas de postín, los cuales no sabe citar, y que se aplican en países tales como Dinamarca, ejemplo de desarrollo y prosperidad. El diálogo revela que el sujeto no sabe citar detalles concretos de la medida tales como indemnizaciones por despido, diferencias con la Reforma Laboral actual o la forma en que se aplicaría. Aun así, reafirma que es la mejor medida y que acabará con el paro.

iii) Cuando se plantea la remota posibilidad de que ese tipo de reformas pudiera implicar la desprotección del trabajador y aumentar la temporalidad, sostiene que los empresarios deberían tener más herramientas para hacer y deshacer ya que ellos son los que, claramente, traen la prosperidad al país y los que nos sacarán de la crisis.

iv) Al reconocer que desconocen más medidas propuestas por el Partido Naranja, sin ser estimulados para hacerlo, sonríen y de forma enérgica muestran una loable habilidad en el cambio de tema de conversación para hablar de otro partido, el cual también concurre a las elecciones, al cual llamaremos Partido Morado y a su líder le llamaremos Paolo Chiese.

v) En su encendida crítica contra el Partido Morado emplean argumentos de peso, perfectamente ensamblados y madurados, que revelan que dicho partido apoya dictaduras tales como la de Venezuela, que en su cúpula existen corruptos como Juan Carlos Cartera, que han sido financiados por países como Venezuela e Irán, que tampoco piensan pagar la deuda y que pretenden dar “paguitas” a todo el mundo.

Aunque no suele ser habitual, un pequeño reducto que responde a este perfil, añade que el Partido Morado no condena la violencia de ETA, que inundará las calles de inmigrantes –a los cuales no está del todo claro que merezcan tener el trato de igual–, que sostiene políticas que han llevado a la ruina a países como Venezuela, la extinta URSS o que califican que Paolo Chiese sostiene el totalitarismo y no puede ser un presidente serio ya que se recoge el pelo con una coleta.

Para ello, no vacila en defender y apoyar a terroristas por el honor que supone ser opositores al gobierno venezolano –aunque muestran un objetivo desconocimiento sobre la situación social, política y económica, y eluden dar más detalles sobre la situación de dicho país que no sean calificados como ruina o desastre–, defender el legítimo derecho que tienen los acreedores del país a recibir el pago de sus deudas aunque fuesen reconocidas internacionalmente como irregulares, dar un perfil mayoritario de holgazán a las personas que reciben una prestación social, cuestionar la legitimidad democrática de la II República y salvaguardar los intereses empresariales de multinacionales que declaran millones de beneficio. Para mi sorpresa, el sujeto no afirma poseer una empresa que facture millones o tener una vinculación clara con la misma.

vi) Al ser preguntado por fuentes que sostengan las informaciones citadas, suele recurrir a expresiones como “he leído no sé dónde…”, “he escuchado en…”, “me han contado que…”, incurriendo, en rarísimas ocasiones, en algún error de puntualización. En este punto, el sujeto suele ensalzar que es una persona crítica, que lee, escucha o sintoniza varios medios de comunicación de distintas índoles, contrasta información, es independiente y jamás nadie podría manipularlo.

vii) Por último, se produce un silencio que se prolonga en el tiempo. En este punto el perfil se bifurca en dos: prolongar el silencio o redundar en los puntos iv), v) y vi) del estudio en bucles arbitrariamente prolongables.


Insisto, como dije en el comienzo, que usted no responde a este perfil y que es muy probable que haya una cierta componente de fantasía en él.