Relatos

El Hombre Perdido

Una vez un hombre perdido quiso encontrar una vía para encontrarse y se perdió en medio de unas frondosas montañas. Convirtió un refugio de pastores abandonado en su hogar y adoptó el estilo de vida más austero que le permitiera sobrevivir. Bebía de un abrevadero castigado por el paso del tiempo y se alimentaba de los frutos que estaban esparcidos por el suelo.


Pasaba el día y la noche solo. Repasaba los miedos y las inseguridades que lo atormentaban como si fueran martillos que le golpeaban sin descanso. Recreaba los sueños que alguna vez había imaginado lograr y que la realidad le había arrebatado de un plumazo, como el de ser un genuino imitador de Elvis Presley y bailar rock&roll todas las noches. Reproducía las caras de las personas que le tenían cierto aprecio y había dejado atrás, como el panadero y un primo del pueblo que visitaba una vez al año. Se decía a sí mismo entre susurros que era un cobarde, un inútil, un ingenuo, que su existencia no había sido más que un error. Gritaba con todas sus fuerzas, estremeciendo a las montañas perdidas y a los pocos seres que las habitaban, y después sentía un alivio reparador.
Pero todo cambió un día que paseaba por una zona poblada de granjas. El hombre perdido entró a un terreno en el que pastaba el ganado vacuno y se acercó hasta un grupo de vacas de piel parda. Todas las reses se espantaron rápidamente, excepto una de ellas, que tenía manchas blancas alrededor del morro. Aquella vaca se quedó estática mirando fijamente al hombre y este le tendió la mano a la altura de la boca. De manera tímida, el animal sacó la lengua y lamió la mano. Un repentino cosquilleo invadió el cuerpo del hombre y por unos instantes pareció levitar sobre aquel fangal.
Día tras día, el hombre visitaba a su nueva amiga. Se pasaba horas hablándole y acariciándole el lomo pardo. Lo mismo le podía ofrecer una clase magistral de repostería con microondas que recitarle versos de Neruda o narrarle los hitos más relevantes de la Batalla de Trafalgar, su preferida. La vaca observa absorta al hombre perdido y se mantenía en la misma posición durante horas, salvo en el momento que hacía sus necesidades con un sutil desparpajo. Al dormir, el hombre sentía su corazón latir muy rápido y mariposas en el estómago. Quizá fuera amor, se preguntaba mientras cerraba los ojos e imaginaba las curvas de su vaca estimada.
Con vistas a consolidar la relación y a que algún toro no se le adelantara, el hombre dio un paso adelante y empezó a pasar las noches en la granja junto a su amada. Una noche, mientras dormían abrazados contemplando las estrellas, el hombre perdido le confesó al oído que la amaba y le dio un tierno beso. La vaca emitió un leve “muuuu” que él entendió como que su amor era correspondido.
Reparado y con una vitalidad desbordante, el hombre tomó la determinación de reprender su antigua vida en la ciudad junto a su nuevo amor. Quería darle una vida mejor que pastar sin rumbo y ser exprimida cada mañana, quería ser el único ser que la ordeñase. Había pensado que la vaca podría encargarse de las tareas del hogar y que con el tiempo podría encontrar un trabajo de reponedora en un supermercado o de acomodadora en los cines. Entonces fue a buscar al granjero y le explicó la situación, así como sus nobles sentimientos. Aunque el granjero no podía salir de su asombro, aprovechó la coyuntura para pedir una cantidad desorbitada por la libertad de su res que el enamorado pagó sin rechistar. Por fin, el hombre perdido se había encontrado.
Se trasladaron a la ciudad y, aunque con algunas dificultades como todas las parejas, fueron felices y comieron pienso y perdices.
Microrrelatos

El Secreto Pretencioso

Como una confesión que no debería revelarse nunca más nació el secreto que nos ocupa. Pasaba su vida celosamente arrinconado en la memoria y trataba de ocultarse de la luz y de las voces humanas. Cansado de su monótona vida y amenazado por caer en el olvido, salía de su escondrijo para asombrarse con el exterior. Cierto día, el secreto comenzó a sufrir una fiebre muy alta y se agitaba descontrolado de un lado para otro hasta que llegó a la punta de la lengua y se precipitó hacia un oído desconocido.
Paulatinamente, fue entrando en otras mentes provocando sorna, envidia, crítica e indiferencia. El secreto dejó de ser enclenque y tímido, engordaba por momentos y ansiaba entrar en nuevos escondites y desencadenar más sentimientos. En una de sus múltiples indiscreciones, topó con la persona que le había dado la vida y a la que había prometido no revelarse nunca. En ese instante, el secreto reventó y dejó de ser secreto. Dicen que deambula por las calles del olvido y que duerme entre cartones mugrientos, que se ha convertido en un chisme vulgar que nadie quiere escuchar.
Microrrelatos

La Huida

Hubo una vez un tipo que se propuso huir de sí mismo. Caminaba sin rumbo fijo, intentaba correr más rápido que el viento y se escondía en lugares recónditos. Sin embargo, al comprobar si había logrado su propósito, descubría que la persona de quien trataba de escapar se mantenía impasible junto a él.

Cansado de intentos fallidos y estratagemas imposibles, engañado por profesionales de la huida que prometían golpes perfectos, urdió un plan que creía infalible. Aunque ya poco pueda importarle, si estuviera vivo se sentiría decepcionado

Microrrelatos

La Ley Invisible

La euforia de concluir su primera obra se desvaneció al leerla. Un reguero de incertidumbres le paralizaba y la ilusión de crear dio paso al espanto. El joven escritor se lamentaba por haber sido tan diáfano y se angustiaba al preguntarse si su historia podría molestar a alguien. Se odiaba por haber sido él mismo.
Al poco tiempo optó por escribir una historia de amor entre la hija de una familia noble y el jardinero de la casa. No hubo lugar a la controversia y la obra fue galardonada en varios certámenes, la crítica lo adoraba y su editor se frotaba las manos. Mientras tanto su genuina creación aguarda en silencio cubierta de polvo.
Microrrelatos

Humildad y Realidad

Hubo una vez un soñador que abrió un negocio que dispensaba humildad. En las tertulias de la ciudad se alababa la idea, muchas personas reconocían que no les iría mal hacerse con un poco de modestia y en la tienda se concentraban cientos de curiosos.
Después de meses, resignado y arruinado, el ingenuo dueño se vio obligado a cerrar. Ahora vende tazas, camisetas, chapas y libretas con frases como «No te creas más que nadie, ni te creas menos que alguien». Le va bien, dicen.

Relatos

El Club de los 27

Se agotaba mi tiempo. Estaba cerca de alcanzar el punto crítico, de perder el último tren, de convertirme en el novio plantado frente al altar o la mujer a la que se le pasa el arroz. Tenía veintisiete años y acababa de darme de bruces con una realidad devastadora: mi existencia no había brindado ni una mísera contribución destacable a la humanidad. Es más, se podría afirmar que mi persona era totalmente prescindible, fruto de esa extraña convención de dejar vivir sin pedir nada a cambio.

Es de todos conocida la creencia popular de que los grandes mueren a los veintisiete años: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Aunque su genio y espíritu revolucionario es indiscutible, la muerte prematura aumentó el brillo de su legado hasta catapultarlo al estatus de mito. Mi humilde objetivo de vida siempre había sido que mi recuerdo permaneciera entre ellos. Ni por encima, ni por debajo, a su altura.


Tras conseguir las sustancias que me darían una muerte tortuosa y a la vez memorable, comencé a repasar mi biografía para confeccionar mi candidatura. El hito más relevante que encontré era un dibujo que había hecho en mi más tierna infancia, galardonado por una empresa de venta de enciclopedias que regalaba videoconsolas de dudosa calidad. A pesar de que mi lienzo era enternecedor –un oso tratando de comerse a un león con cuchillo y tenedor–, quizá no pudiera ser considerado un mérito suficiente como para transgredir a un nivel respetable.
Tras esta primera decepción, no me desanimé y decidí recurrir a la sabiduría de mi progenitor. Mi lucha y repentina ambición le conmovieron, pero me sugirió que quizá fuera mejor idea asentar la cabeza, terminar el bachillerato, irme de casa, encontrar un trabajo y empezar a devolverle la fortuna que le había ido robando a lo largo de los años. Amablemente, me pidió que me cambiara de apellido para que nadie pudiese relacionarle conmigo y que no le volviera jamás a molestar con tamañas estupideces. Los consejos de mis dos exmujeres, tres hijos reconocidos, abogado, psiquiatra, excompañeros de prisión, párroco y camello de confianza tampoco pudieron mitigar el fracaso inesperado de mi empresa.
Sin embargo, sumido en la más absoluta y desgarradora desesperación, una noche me invadió la clarividencia como por arte de magia. A partir de ese mismo momento, ya no tendría veintisiete años, volvería a los veintiséis. Lo anunciaría a bombo y platillo, iría al registro a solicitar el cambio de edad, daría una fiesta de pierdeañosy me comportaría como un joven alocado que tiene toda la vida por delante para triunfar y ser eternamente recordado. De esta forma, disponía de más de un año para ingresar de manera triunfal en el Club de los 27. De hecho, era tanto el tiempo que lo primero que hice fue echarme una larga siesta. Ya vendría a buscarme la inspiración genuina que me lanzaría al estrellato y a la muerte.
Relatos

Odas a Simba: Buen Perro, Mejor Persona

Esta entrada es un poco especial. Se trata de una tripleta de composiciones acuñadas como odas, pero lo cierto es que no siguen ningún patrón poético ortodoxo. Los tres versan sobre un buen amigo mío que hace poco nos dejó, Simba, un animal muy humano con el que tuve la suerte de compartir una breve parte de nuestras existencias. La primera fue compuesta en el momento en que nos separamos tras acogerlo unos meses, la segunda cuando fui a visitarlo unos meses después y la última sobre su reciente muerte. El lenguaje y las expresiones son muy espontáneas y poco formales, pero rebosantes de emoción y sinceridad.

Amigo, eres tan especial que «tienes la extraordinaria habilidad de ser el único ser capaz de inundarme el lagrimal«. Estés donde estés, no te olvido, «que la tierra o el aire te sea leve«. Gracias por tanto con tan poco.

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Oda de la despedida


Simba, ya te has ido
dejándonos el corazón vacío.

Nunca conviví con un perro,
disculpa si te miré con recelo.
Te acogimos triste y maltratao,
ahora eres un grana pasao.


Dormías dieciséis horas al día
y despierto le dabas a la lejía.
Aunque me diera asco recogerlas,
compartías sin pudor tus grandezas.
Te encantaba morder el mando a distancia,
encender la tele para ver alguna extravagancia.

Discutíamos sobre filosofía y política
me acusabas de ser un superficial podemita.
Después, hablábamos de tonterías,
descubrí que detestabas las estrías.

Te echaremos en falta buen amigo,
aunque dicen que con tu padre me hice un abrigo.
Simba, aunque eres buena gente, ¡a fregar!
no te me conviertas en un personaje vulgar.



Oda del reencuentro y del adiós

Acudí con la bici nervioso y excitado,
temía que de mí te hubieras olvidado,
pero me reconociste a larga distancia,
moviendo el rabo con tu singular vagancia.


Te lanzaste a mí sin ningún tapujo
obsequiándome con tu suave aliento perruno,
y te saludé como se hace a un hermano
chocándote la pata con mi mano.

Me confesaron que estás envejeciendo
aunque te esfuerces en seguir sonriendo,
y que de vez en cuando miras por la ventana
para ver si aparezco y salimos a quemar Granada.

Debatimos de política, féminas canes y ciencia,
engañando a tus lagunas de memoria con inteligencia.
Te burlaste de mí por haber querido asaltar los cielos
sin tener el beneplácito de los medios y del dinero.

Me recomendaste que fuera a un buen peluquero,
yo te recordé que el tuyo un destrozo te había hecho.
Preguntaste por el final de Juego de Tronos
y si al final se casaba Cersey con Hodor.

Cuando me despedí de ti ladraste con rabia,
mientras de espaldas disimulaba una lágrima.
Con tristeza asumimos que no nos volveríamos a ver
sabíamos que esta podía ser nuestra última vez.

Aunque seas un maldito bastardo
por haberte pasado a Ciudadanos,
tienes mi cariño y amistad infinita
y en mi corazón tu nombre grabado a tinta. Simba.




Oda de la muerte

Ayer, de repente te has marchado
sin romper el silencio de lo amargo.
Viniste debatiéndote entre la vida y la muerte
y te acogimos hasta aprender a ser fuerte.

Supimos que nuestro reencuentro alegre
llevaba implícito un hasta siempre,
que tu camino a este lado estaba hecho
que sólo quedaba encontrar el último lecho.

Ya no podremos discutir si Errejón es un mingafría,
o si Iglesias tiene que regresar a la guardería,
ni reírnos sospechando que Rajoy es un mutante
o si Soraya debe cambiar urgente de laxante.

Espero que en el cielo perruno alguien te cante por bulerías,
te toquen las palmas y vuelvas a menear el rabo por alegrías,
que allí conozcas a otros pasaos y otras perras
y así entierres tus miedos, tapujos y vergüenzas.

No sé bien por qué tienes esa singular habilidad
de ser el único ser que sabe inundarme el lagrimal.
Simba, que la tierra o el aire te sea leve
a fuego te llevo en la piel, corazón y mente.



Simba and Rafalé, Granada en febrero 2016.

Microrrelatos

Pompas De Jabón

Del jabón diluido en agua nacen pompas que aspiran a echar a volar. Encierran bocanadas recónditas que la brisa ajena mece con misteriosa intención. La delicadeza del primer soplo establece la fragilidad de su envoltura. Su carácter translúcido atrae las miradas de propios y extraños, mientras que sobre ella se derrite una amalgama de colores que el ojo capta a su antojo. Suspendida en el aire, la pompa se aleja y por sí misma constata su fugacidad.

La tensión interna, la presión de las corrientes o un manotazo de realidad hace que lo inevitable acontezca. Mas nadie puede hacer nada por ella, su insignificante carga en el aire se disipa. Y la película jabonosa, junto con sus tonalidades caprichosas y su efímera fragilidad, calará para, en algún momento, secarse.
Microrrelatos

Apocalipsis Bárbaro

Aunque intuido y, tal vez necesario, el Apocalipsis me pilló desprevenido. No me asombraron los montones de cadáveres apilados sobre el suelo, las llamas que arrasaban los edificios y el mobiliario urbano, ni el insoportable hedor a azufre que desprendían las calles. Lo verdaderamente desconcertante era comprobar cómo el mal se había perpetuado tras la hecatombe.


Puentes, museos y auditorios de diseños estrafalarios y discutibles justificaciones, que en el pasado se resquebrajaban, ahora se levantaban desafiantes. Los restos de vida superviviente, una legión infinita de cucarachas, guardianes de la fe, directores de eléctricas y petroleras, campechanos cazadores de elefantes y mangantes de traje y corbata, rendían pleitesía a su adalid, la extinta alcaldesa de la ciudad. Apoltronada a un vetusto sillón que desafiaba las leyes de la mecánica, la señora de cabello bañado en laca e innato collar de perlas rabiaba de felicidad. No sólo disfrutaba de su conocida afición al calor, sino que había convertido su sueño en realidad: convertirse en Lucifer. 

Presentado para Tomo y Lomo de Carne Cruda.
Autobombo

Colaboración con Athalía La Lía Magazine

Ha sido para mí un honor colaborar en el primer número de la revista digital Athalía La Lía Magazine, una idea dirigida y producida por la propia Athalía, Clara R. Sierra. En dicha iniciativa se han reunido un sinfín de escritores, blogers, propios y extraños en torno a la literatura. Podéis encontrar reseñas, artículos de opinión, relatos, poesía, entrevistas, artículos de música, arte y ocio.

Un servidor ha colaborado con el relato inédito Te Odio, que además cuenta con una ilustración de mi amiga Alba Brotons. El relato aparece en la página 51, la publ. Espero que les guste y lean el resto de la publicación. Espero que el proyecto tenga la continuidad y la difusión que merece. Aquí abajo les adjunto la revista.


«Te odio. Odio todas y cada una de las características físicas y psíquicas que componen tu persona. Odio tu nombre, tus apellidos y la fecha en que naciste. Odio tu rutina, tu trabajo, tus aficiones, tu ciudad y la gente que la habita. Odio a tu familia, a tus vecinos, a tus amigos y, también, a tus enemigos. Odio no ser capaz de desprenderme de ellos. Odio no poder huir de ti. Te odio. […]«

Microrrelatos

Al Otro Lado

El lápiz con el que ella, cada mañana, se la dibujaba había desaparecido. Con una tranquilidad impropia de una niña que aún vestía babi de colores, Lucía lo rebuscó entre los juguetes que se amontonaban sobre el suelo, debajo de la cama y, por último, entre las prendas con aroma a suavizante fresco que colgaban en el armario. No había rastro del carboncillo deseado. Repentinamente, al otro lado de la pared un golpe seco cortó el silencio. Su madre emitió un grito, al que le sucedió un gimoteo amargo que encontró respuesta en un gruñido desalmado. Lucía no podía pintar sobre su piel a su paloma protectora. A diferencia de cada mañana, tendría que aprender a sorber la rabia y el miedo sola.
Relatos

Desnudo

Entre desconocidos, despojado de caretas, vanidades y falsas humildades, me presento tal como soy, desnudo. Con la excitación de la primera vez y la inquietud de saber si habrá una nueva oportunidad, discurre en mí una mezcla alborotada de vergüenza, miedo y curiosidad.
Casi no puedo alzar la sonrisa en la mirada, ni esbozar un brillo entre mis labios cortados, pero una corriente frenética discurre por las venas que termina cristalizando primero en el bolígrafo y después en la garganta en forma de palabras. De ella nace un torpe hilo de voz que busca fenecer en oídos ajenos a cambio de efímero calor y sorbos de otros chorros de voz, de los que calan los huesos e inundan el alma.
Ofrezco mis manos vacías de todo y llenas de borrones de tinta, ávidas de ser cubiertas con expresiones que sólo ellas son capaces de comprender. Espero al complejo enredo de dedos, hundirme entre heridas que encierran batallas libradas al anochecer y vencidas al albor de ver amanecer.
Mis pies tiemblan al intuir miles de caminos y apuntan cada uno hacia una incertidumbre distinta. Los intento fijar en este punto, en la imaginaria realidad. Estoy acostumbrado a burlar a la verdad, la mentira y si es preciso a mí mismo. Entre tanto, mis vergüenzas se erizan sin discreción y me recuerdan que nunca las pude encerrar entre rejas de razón.
Descubro en mi recorrido, lunares abandonados, cicatrices que creí cerradas y bellos rincones que al olvidarlos se transformaron sin avisar. Es en ellos donde vuelvo a recobrar la fe en mí y en este maravilloso caos, donde me vuelve a fascinar el infinito universo que encierra un cuerpo tan insignificante y tan pequeño.
El papel inerte se impregna de retazos de vida, lamentos que buscan la manera de inmolarse, deseos que se desangran por convertirse en realidad, pasiones ocultas que adolecen valor y mentiras que aspiran a ser verdad. Los retazos encadenados a la imperfección conforman una apariencia cobarde a la espera del implacable juicio de extraños que les situé entre la vulgaridad y la trascendencia, enterrarse debajo la piel o permanecer bajo el suelo, entre la vida y la muerte.

Y es entonces, cuando le encuentro el gusto a estar desnudo entre desconocidos, pues, aunque destartalada, desorganizada y no llegue a taparme del todo, siempre me cubre una manta de palabras.
Relatos

Caricias y Cuchilladas

Estremecen tus suaves caricias después de dejar un rastro de sangre y dolor. Reparan tus crueles cuchilladas que, con el tiempo, garantizan un instante de felicidad y levitar sobre la realidad. Gritan tus silencios cuando son capaces de iluminar al tedio en medio de la oscuridad, hasta aflorar de la nada una nueva oportunidad. Sosiegas la demencia frenética, la cual escondió el miedo evidente a querer ser y anestesió de podredumbre y mundanidad a los sueños con los que alguna vez fantaseé. El calor de tu mirada me congela y me abrasa el frío de tus palabras.
Aceleras el latido ante un simple roce de dedos, cargado de posibilidades marchitas antes de nacer. Congelas la respiración en una danza de cuerpos desnudos que escupe una mezcla de sudor ardiente y te quieros. Conviertes al surco de la última lágrima en el sendero de una flamante esperanza. A la sonrisa infinita la trasladas a los dominios de la muerte, pudres sus dientes, le das a probar el beso pestilente y reduces la alegría presente a un recuerdo en el olvido.
Vulgarizas la esencia genuina de la obra aclamada y unánime, mientras elevas a la categoría de maestría al instinto más repugnante.  Desprecias al rico que sólo sabe mirarse a sí mismo y lo castigas al merecido ostracismo. Al pobre le haces un hueco en tu mesa para compartir un poco menos que nada y planificar la estrategia de asaltar los firmamentos. Rechazas el olor a divino, aunque le pongas velas al milagro de fraternidad entre seres distintos. Críticas lo que por ignorancia es absoluto y no cejas en la ilusión de desnudar al desconocimiento. Le das sentido al desconcierto con el que nacimos.
Y así es como hacen el amor la verdad y la mentira, el todo y la nada, lo real y lo imaginario, el dolor y la alegría, la muerte y la vida. Así es como fundes en una sola palabra caricias y cuchilladas. Así me enseñaste a que soy un continuo contraste, ridículo, genial, torpe, valiente, tímido y, por ahora, de ti prendido. Vida.
Relatos · Vida Moderna

La Superficialidad

La superficialidad no es una ilusión que
aspira a ser verdad. La superficialidad es una mentira
que a la luz de la verdad se convierte en una cuchilla”.
Anónimo Pensador
Comienza una semana como comienzan todas para Ana. Despierta envuelta en su delicado pijama de lino rosa y enciende su teléfono. Una sucesión de avisos y mensajes enloquece al aparato, iluminando el rostro liso de la joven. Contesta con una ráfaga veloz de clicks a las notificaciones procedentes de las redes sociales y con una aleatoria elección de emoticonos a los mensajes personales salvo a los de Ramón, al que, generosa, le dedica dos de ellos. En su fuero interno, Ana se siente satisfecha y sonríe.
Se encierra en el aseo durante una hora para someterse a una ducha, sesiones de cremas, alisado de pelo, maquillaje y perfume. Entre tanto, se ha enfundado en un vestido verde ajustado que le realza la silueta y deja entrever sus pechos. Se fotografía mirando el espejo desde un ángulo previamente estudiado. Cuelga la instantánea a la red acompañada de un mensaje que reza “A por la semana con energía y alegría”. Mientras devora una deliciosa tostada integral de queso de untar light y pavo bajo en sal, el teléfono móvil de Ana vibra sin cesar. Al otro lado de las vibraciones se agolpa un tumulto de conocidos desconocidos que sueñan con acostarse con ella, amigas que bendicen la apasionante vida de Ana y enemigas que se mueren de envidia por ser ella.

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Microrrelatos

Perplejidad

Hacen que queramos la comodidad, la rentabilidad, la puntualidad y la productividad. Nos venden las maravillas de la neutralidad, la centralidad, la religiosidad, la simplicidad y la estabilidad, inculcándonos la incapacidad, la temeridad, la vulnerabilidad, la inferioridad y la debilidad.

Para cuando queramos despertar seremos juguetes de la vulgaridad, la fragilidad, la inhumanidad y, finalmente, la invisibilidad sin haber mostrado un ápice de perplejidad.