Microrrelatos

El Centro Del Hielo

Arde el bloque de hielo, se evapora la capa cristalina y se derrite la interna desconocida. Nubes transparentes se escapan ante la desesperación paulatina, entrelazándose con masas de negra mundanidad que forman tormentas de inquietud. Del vapor no queda constancia sobre su forma remota, ni tan siquiera si alguna vez la tuvo o existió. Ríos de vida muerta encharcan el suelo, atrayendo a su orilla a refinados señores y bestias salvajes. A lametazos le quitan la sed a sus instintos, sin preocuparse de que el fluido estancado alargue sus miserias o les arrebate toda condición.
Se apaga el incendio y el bloque, más pequeño, se alza con autoridad. No hay vapor, ni lluvias, los ríos han sido absorbidos, los cadáveres aumentan y no se conoce fuego que prenda. La película de hielo deja intuir tesoros encerrados en su interior: la materia prima jamás explotada, la virginidad eterna, el pensamiento sin ser palabra, la vida antes de nacer, una conciencia sin corromper, un corazón que no ha aprendido a latir. Exhalar un aliento cálido, picar las paredes heladas, masticar escarcha para llegar al centro del hielo.
Presa de las manos no merecedoras, la emoción y la felicidad se disipan rápido ante el estupor y la incomprensión. Han sobrexplotado la materia prima, no queda rastro de virginidad, el pensamiento se ha convertido en palabra imperfecta, ha nacido una vida, se ha corrompido la conciencia y el corazón late desbocado. Y mientras tanto, el centro del bloque de hielo se ha derretido al calor de las manos.
Microrrelatos

Cristales

De tanto sujetar el cristal, éste se rompió en mil pedazos que se incrustan en las carnes y desgarran el alma. En lugar de recogerlos y lanzarlos a los escombros del olvido, los cristales se esparcieron por los suelos y después volaron por el aire. Las calles se desangran, el miedo y el odio conviven en el reflejo, la piel se cubre de hierro y el silencio aprieta el cuello. En medio de la confusión, alguien aviva la hoguera con sangre para producir nuevos traslúcidos.
Al fin, el estruendo de cristales cesa. La calma sofoca el ambiente, se arrinconan los pedazos en un lado, las cicatrices se esconden y la voz emana como un temblor que se convierte en cotidiano. Y, entre tanto, alguien coloca otro cristal haciendo creer que podrá sujetar la paz.
Relatos

La Ciudad De Los Vuelos

Cuenta la leyenda que en las tierras del sur se encuentra la ciudad de los vuelos. Todo comenzó en uno de los primeros días de verano de hace muchos años. El intenso calor asolaba las calles, convirtiendo a estas en desiertos de la humanidad. Los ciudadanos más pudientes escapaban a las playas de otras ciudades cercanas, mientras que los que menos tenían se refugiaban en sus casas desde que asomaba el sol hasta que se ponía por completo.

Ante la falta de clientela, los comerciantes se veían abocados a cerrar sus negocios durante el estío y abandonarse a la ruina. Por su parte, los trabajadores del campo sufrían la ferocidad del verano, agravado por la falta de lluvias en invierno y primavera. La fruta estaba seca y carecía de cualquier tipo de sabor, las cosechas eran escasas y se preveía que las próximas no merecieran tan siquiera ser recogidas. También los animales de las granjas padecían en su piel la sequía y la constante lluvia de fuego. El canto de los pajarillos se había apagado en busca de otros lugares.


A la vista de la gravedad de la situación, el alcalde convocó a todos los vecinos a una importante reunión en el ayuntamiento para adoptar un plan extraordinario. Algunos especulaban con la posibilidad de que anunciara un sorteo para ir a la playa, otros con que instalara aire acondicionado en todas las calles y los más soñadores que de las fuentes comenzase a emanar vino blanco bien fresquito. Sin embargo, el alcalde dejó a todo el mundo boquiabierto: un grupo de ingenieros había instalado unos motores que permitirían a la ciudad echar a volar en ese mismo instante al encuentro de  condiciones climatológicas más amables.

Según anunció el alcalde, en verano viajarían al hemisferio sur a zonas de lluvia para poder regar los huertos y campos de alrededor, así como poder disfrutar de una temperatura que les dejara hacer vida normal. Todo los ciudadanos, incluidos los más soñadores, recibieron con entusiasmo la medida y salieron del ayuntamiento respirando el aire de una brisa sensiblemente más fría que de costumbre.

Una vez calmada la sequía, aprovechando su nueva capacidad de volar, la ciudad puso rumbo a playas paradisiacas de agua cristalina y arena fina. La gente estaba más animada, los vecinos se saludaban con efusividad y las calles se contagiaban de una alegría generalizada. Además, se crearon nuevos puestos de trabajo debido a la gran cantidad de turistas atraídos por la ciudad de los vuelos y los negocios funcionaban a pleno rendimiento. De los campos salían frutos más sabrosos que nunca, los animales de la granja sonreían y se reproducían más que de costumbre y una agradable algarabía de pájaros se erigía como música de fondo. En poco tiempo, la ciudad de los vuelos se había transformado en la ciudad de los sueños.

Al llegar el crudo invierno, la ciudad se dirigió hacia zonas templadas. Sin embargo, durante el viaje, el mecanismo de vuelo se detuvo por una avería y la ciudad se vio obligada a aterrizar en una zona desapacible. Se trataba de una aldea de características y costumbres muy distintas a las que la ciudad estaba acostumbrada. El hambre, la enfermedad, la falta de recursos y la pobreza se palpaba en la mirada de su gente, en la erosión del adobe de sus casas o en la extremada delgadez de sus reses. El alcalde recomendó a sus vecinos que se encerraran en sus casas y la desconfianza se arraigó en la ciudad de los vuelos. A través de las ventanas, sus habitantes miraban con inquietud y miedo a los aldeanos de aspecto desgarbado, lengua incomprensible y oscuros rituales.

El tiempo transcurría, los ingenieros se negaban a salir de sus casas para reparar el dispositivo y la ciudad de los vuelos se sumía en el absoluto caos y la falta de agua, alimentos y medicinas. Las cosechas se habían perdido y en vez del hermoso cantar de pajarillos, se oían los graznidos de buitres que acudían al festín en las granjas abandonadas.

Desesperados, algunos vecinos decidieron echarse a las calles para exigir una solución al alcalde, pero éste ya había huido aprovechando el encierro de sus vecinos. Conscientes de la situación crítica que atravesaban sus inesperados visitantes, los aldeanos se pusieron de acuerdo para poner a su disposición los pocos recursos con los que contaban. Mientras el motor de vuelo era reparado, la desconfianza y el miedo comenzaron a volar de la ciudad. Sin apenas entenderse, propios guiaban a extraños hacia pozos y fuentes, niños de pieles distintas jugaban juntos y a la noche todos se reunían para compartir danzas y canciones.

Finalmente, los motores volvieron a funcionar, los ciudadanos se despidieron agradecidos de los aldeanos y la ciudad voló al lugar que le correspondía para siempre. Aunque inapreciable de forma física, aquel vuelo contó con menos carga que los anteriores. Carga que había echado a volar en aquella aldea para no volver más.

Cuenta la leyenda que tras aquel suceso, todo forastero es bienvenido sin distinción de raza, cultura, creencia o lengua a la ciudad que, aun sin motores, es capaz de volar. La ciudad de los vuelos.


Cuento escrito en el magnífico Taller Escríbe Mucho.
Microrrelatos

Recovecos

Tan cerca que atraviesa la piel sin dejar herida. Tan lejos que se olvida entre los recuerdos. Se sumerge tranquila en mares de sangre, rastrea con emoción la tierra que albergó batallas perdidas y aspira el viento desconocido que le da la vida. Suaves olas mecen la fragata hacia islas desiertas en las que clavar su bandera y deleitarse con la fauna salvaje. Mientras tanto, el sol, que parece no agotarse nunca, baña la supuesta inmensidad.

Al cernirse la tormenta, se hunde la frágil embarcación y el miedo se apodera de la conquista. Encuentra refugios temporales en inhóspitos recovecos que albergan tesoros. La oscuridad y el silencio comparten espacio en cofres abandonados. Abrir o sellar; gritar o callar; saber o ignorar; huir o permanecer; saltar o caer. La disyuntiva pesa, la respuesta vuela y los recovecos se cierran. Y otra vez, tan cerca y a la vez tan lejos.
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Infinita Nada

Siempre tuvo el mismo proceder: cuando tenía uno, quería otro y al tener ambos, deseaba otros tantos. Un día creyó tener tal cantidad inabarcable que fijó su anhelo en hacerse dueño del infinito. Aunque el gremio de expertos en aritmética y la cuadrilla de ambiciosos sin alma le advirtieron de los insalvables obstáculos teóricos y prácticos, no paró hasta conseguir su propósito.

Orgulloso de su hazaña, creía ver bajo su control un ente ilimitado que jamás nadie había ostentado. Mientras aún aspira a incrementar la ilusión despedazada, hace tiempo que en sus dominios sólo crece la infinita nada.
Microrrelatos

La Chispa

Mientras el pueblo parecía sumido en el letargo, sus protectores, que se habían erigido también como terratenientes, se dedicaban a lanzarles sus propios excesos. Un día fue el aumento de la jornada laboral, otro que se les pudiera despedir sin casi indemnizarles, mientras les repetían una y otra vez que eran tiempos difíciles, que debían entenderlo y hacer un considerable esfuerzo. Aunque hubiera sido medianamente fácil taparles la boca, no hacía falta, puesto que se habían acostumbrado a aguantar aquel peso y nadie sentía ni veía ningún lastre sobre sus gastadas espaldas.
Un día una chispa brotó y el pueblo se entregó a las llamas. Habían soportado un vertedero maloliente, pero hasta que no comenzó a arder nadie había dado cuenta de su existencia.

Microrelato seleccionado para Tomo y Lomo de Carne Cruda.
Se puede escuchar su radiación en este poadcast
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Enredos

Se enredan con inocencia jugando a arriesgar su libertad, con la torpeza de creer que volverán a su estado natural en un sencillo golpe de manos. Con el frenético abandono y a base de relativizar, se estiran formando enredos que encuentran el equilibrio imposible. Un día, desenredando un enredo todo se enreda en una nueva red que aprisiona el fondo sin treta que la pueda deshacer. El abismo asoma, los cables aprietan, la verdad y la mentira penden de un hilo y las tijeras hace tiempo que dejaron de cortar.
Microrrelatos

Lo Invisible

Desde lo alto del trono, afila la lengua confiado en evitar la caída. No se ha encontrado tesoro ni prominencia que le arranque la más mínima lisonja de la boca. Castrada la razón, desposeída toda condición y cosida una frágil ilusión, una legión parece sostenerle jurando admiración. Pero, al rebanarse la garganta, se ahogan las palabras, el pedestal cede sin lastimar ningún hombro y el suelo entrega el beso de barro prometido. Aunque se ruborice el hundido ante la constatación de la nada, no es cosa vana levitar lo invisible.
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Silencio

No recuerda cuándo, pero hace tiempo que notar aquellas garras hundiéndose en su piel, la sangre fundirse con el sudor, se convirtió en algo habitual. Callaba. Sabía que era mejor no decir nada y así descubrió cierto alivio placentero. Pasó por alto que aquellas manos quedaran permanentemente grabadas en su cuello conduciéndole a la asfixia. No había palabras. Debía aguantar todas las envestidas de su amo con agradecimiento. Le abofeteaba y le escupía mientras le recordaba con furia que no era más que otra puta a su servicio. Aquellos ojos brillaban al ver su cuerpo maltrecho y doblegado a la voluntad poderosa. Silencio. Si no era él, otro estaría dispuesto a enmudecer. Silencio.

Silencio del que se aprende a gritar.
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La Revolución

El viejo régimen había sido derrocado. Las plazas estaban abarrotadas de banderas que anunciaban el triunfo de la revolución. De las miradas brotaba la ilusión desvanecida y la sinceridad desbordaba los abrazos y los besos.

Al día siguiente, la junta revolucionaria promulgó la ansiada reforma: bajo pena de arresto, quedaba prohibido ser un cobarde que espera la muerte.
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La Burbuja

No logró rozarla sin apenas deformar su curvatura. Tampoco pudo arrancársela para que echara a volar lejos. Sabía que no era posible explotarla sin que el jabón empapase la cara de su prisionera. Cuando se armó de valor e intentó que estallara, la pompa lo repelió lanzándolo varios metros hacia atrás. Claudicó mascullando que la burbuja que la envuelve sólo teme a la aguja que contiene.