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Los designios de un sistema voraz (Cuarentena XVI)

Tiempo después, descubrí que la cuarentena se comportaba como una de esas profesoras que se quedan grabadas por siempre en la memoria. Jamás se olvida la maestra que enseña a distinguir derecha e izquierda, leer un reloj o cómo hilar vocal y consonante. En ocasiones, la clave no reside en el conocimiento de la maestra, sino en cómo ésta es capaz de guiar al alumno hacia la verdad. Aunque sea necesario más tiempo y dolor, un fracaso interiorizado es preferible a una victoria indolente. La cuarentena ofrecía de forma generosa y paciente un amplio abanico de lecciones, dando a elegir si tomarlas u obviarlas. En el segundo caso, si el saber era vital, ofrecía más oportunidades. El día en que la calma tensa dio paso al huracán, grabé con fuego una de sus leyes: hoy es hoy y mañana ya veremos.

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La calma tensa (Cuarentena XV)

Durante la cuarentena, convivimos en un ambiente de calma tensa que  regía cualquier movimiento. La tensión y la calma son conceptos relativos. Si el encontrar a un hombre vestido de rojo tratando de entrar por la chimenea en Nochebuena puede suponer una tierna anécdota para los niños, en los adultos puede desembocar en un futuro ingreso al manicomio o incluso en el suicidio. Dentro de esa ambigüedad interpretativa, tuvimos que aprender a detectar cuándo la atmósfera era una balsa de aceite o el ojo del huracán. La calma tensa es altamente inestable. Nunca se debe confiar en ella. Por instinto de supervivencia, obligaba a afilar los sentidos.

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Tormentas vienen del sur (Cuarentena XIV)

La cuarentena aminoró algunas de las actividades habituales del Viejo Mundo. Diversas formas de medir el tiempo dejaron de ocupar nuestro tiempo. Los relojeros y los fabricantes de almanaques, que no disfrutaban de una situación boyante, miraban el futuro de sus negocios con temor. Aunque gran parte del interés se basaba en buscar indicios que describieran cómo iba a ser el Nuevo Mundo, fueron días dispares para los que se dedicaban al oficio de adelantar el futuro.

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Campamento de supervivencia (Cuarentena XIII)

En cierto momento de la cuarentena, los pensamientos que revoloteaban en mi cabeza se paralizaron. Las preocupaciones desaparecieron y me centré de forma inconsciente en arrancar toda expectativa más allá de pasar el día. Aunque jamás me haya planteado leer libros sobre coach o autoayuda, ni haya practicado yoga o meditación, a buen seguro que mis fantasías podrían haber atrapado a algunas de las almas confusas que había alumbrado el confinamiento. Por desgracia, la competencia en el sector de la estupidez es despiadada. Opté por mejorar el método antes de que una multinacional me lo arrebatara y se dedicara a vender falsos remedios o a fabricar nuevos héroes de barro.

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Nacimiento y muerte de un mesías (Cuarentena XII)

La pandemia había colonizado el mundo. No entendía de fronteras, razas, lenguas, credos o clases. No preguntaba antes de entrar en un organismo y reproducirse a su antojo. Tampoco se vestía con trajes llamativos, ni se perfumaba con esencias que pudiera detectar el olfato. Era como una espía de la CIA que se había enamorado de un agente de la KGB en plena guerra fría. Algunos lo llamaban el virus perfecto, obviando que la perfección es sólo un concepto. No existe tan siquiera una forma de mal absoluto. El ser humano sólo entiende de términos relativos, de comparaciones entre mejores y peores. Si la epidemia era de por sí devastadora, unida a otros virus, no necesariamente biológicos, podía ser incluso peor.

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Revelaciones y una profecía (Cuarentena XI)

La vida del Viejo Mundo era demasiado sencilla. Como por arte de magia, todo parecía hecho. En mi caso, como en el de tantos otros, la táctica consistía en dejarse llevar por la corriente.

Nacías, entrabas al colegio, pasabas por el instituto y un día llegabas a la universidad sin haber aprendido a atarte los cordones. Entre medias, dedicabas años a fantasear con el sagrado momento de perder la virginidad para terminar haciéndolo en los aseos del sótano de un párking o en un botellón con ‘La raja de tu falda’ de Estopa sonando de fondo. Tras conseguir la licenciatura en pasar exámenes con el mínimo esfuerzo, un máster especializado en sobrecualificación y un doctorado sobre el susurro de las pelusas que había conmovido a un chimpancé en Nueva Zelanda, te lanzabas a madurar y a adentrarte en el mercado laboral. Aceptabas una beca con posibilidad de contrato de prácticas. Después hacías la mochila y dabas tumbos por medio mundo, jurándote que sería la última vez y que ibas a poner el huevo como si fueras una gallina. Mientras tanto, mantenías la esperanza de encontrar algún día una chica con tu mismo grado de desesperación, que al banquete de tu boda fuera un figurante de Los Soprano y pasarte el resto de tu vida felizmente hipotecado en un quinto sin ascensor que olía a cabra recién sacrificada.

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Anestesia Voluntaria (Cuarentena IX)

La luz del sol me despertó la mañana posterior al terremoto y la consiguiente explosión. Me recliné sobre el poyete de la ventana y divisé el cielo más claro que había visto en mucho tiempo. El aire que respiraba parecía transportarme a las montañas nevadas de alrededor. La naturaleza tornaba a la ciudad ofreciendo su faceta más virginal. “No necesito más”, pensé por un momento. Enseguida los gruñidos de mis tripas pusieron en tela de juicio tan cándida ensoñación.

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