Relatos

Demasiada Candidez

Era aún demasiado cándido para el amor. Tenía catorce años. Mientras mis compañeros perseguían traseros, yo pensaba en jugar al fútbol y, de vez en cuando, en clases de física y matemáticas. Conforme se acercaba el 14 de febrero, una excitación embriagaba el instituto. Se formaban parejas artificiales con tal de sentirse querido por unos días. Aquel año, me tocó a mí. Sara, una de las chicas más populares, me escogió. No podía negarme. De repente, sentí que me había hecho mayor.
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Vida Moderna

Críticas Traidoras

Esta semana he estado hospedado en un alojamiento de la plataforma HellBnb. Debía asistir a una feria agrícola para publicitar nuestro estiércol doblemente biodegradable. Dentro de su austera política de gastos, la empresa predispuso una cantidad exigua para pasar la noche y la recomendación de cenar a base de los contenedores cercanos a los puestos ambulantes de la feria. A pesar de ello, encontré una habitación de un apartamento que las críticas describían como bien equipado, cómodo y limpio. Además, los antiguos huéspedes decían que el anfitrión era atento, formal y brindaba al huésped multitud de pequeños detalles. Sin embargo, los sistemas de críticas me la volvieron a jugar.

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Relatos

Anda suelto Satanás

Conseguir la salvación que anuncian las sagradas escrituras es una tarea repleta de peligros e improvistos, pero altamente estimulante para el anecdotario.
Como cada domingo, me atavié con mis mejores galas un mono embadurnado de aceite industrial y unos zapatos de payaso para asistir a misa de primera hora. Entre cabezada y cabezada meditaba acerca del dineral que debían invertir los hombres lobo en fotodepilación, de los que se habla más bien poco, cuando unas palabras del sermón me sacudieron. “Ronda por las calles una terrible amenaza. Desprende un azufre que corroe los valores que Dios legó a los hombres. Tened cuidado porque, a pesar de tener rabo, cuernos y tridente, sabe cómo seducir. Os hablará de orgías, drogas, banquetes y otros placeres superfluos. Hermanos, anda suelto Satanás”. El cura continuó con su intensa verborrea, aconsejando cómo combatir la presencia del diablo. Sin embargo, mi capacidad de atención era demasiado reducida para seguir escuchando. Por suerte el mensaje de alerta ya había penetrado en mis sentidos. Mi firmeza ante el enemigo sería infranqueable.

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Viajes

Serbia: El Corazón De Yugoslavia

Meses después de regresar de Serbia, no sé aún por qué acabé en tan singular país. Aparte de ser feliz, autorrealizarse y salir de la zona de confort, una de las preocupaciones contemporáneas es elegir destino vacacional. Ha de ser exótico y acogedor, que transmita su cultura a través de su gente y su gastronomía. Y, lo más importante, que permita saturar de instantáneas las redes sociales. No tenía claro si estas premisas se cumplirían en el caso de Serbia. A decir verdad, más allá de sus recientes refriegas bélicas, sus hitos en el mundo del deporte y las reminiscencias de tiempos pasados, del corazón de la antigua Yugoslavia no encontré excesiva información. Incluso tuve que comprar la guía turística en italiano. El atractivo del desconocimiento y el aislamiento, junto a unos billetes de avión a precio razonable, me convencieron para recorrer parte de los Balcanes en poco más de una semana.

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Navidad

El milagro de Santa


Preveía la Nochebuena más anodina de mi bochornosa vida. Tras una serie de desafortunados incidentes relacionados con el protocolo y la corrección, mi familia había vetado mi asistencia a la cena a cambio de las cabezas de langostinos y los huesos de cordero sobrantes. Para la cena compré una pizza precocinada y me estiré con la marca del cartón de vino. Encendí unas velas e incienso que había tomado prestado de la iglesia y de fondo puse en bucle el clásico, injustamente defenestrado, ‘Santa Claus Llegó A La Ciudad’ de Luis Miguel. Además de un chaleco reflectante y unos pantalones de licra verde, me engalané con una diadema de reno y una nariz que emitía una siniestra luz roja.


Al terminar el solitario banquete, me dirigí a participar en la Misa del Gallo. En un gesto para reivindicar la igualdad de género, me hice acompañar por la gallina más refinada de la granja. Mientras me preguntaba que qué clase de padres tenían la desfachatez de parir año tras año al mismo niño sobre un humilde pesebre y obviar la existencia de hospitales y sanidad pública, la gallina se puso a cacarear como una descosida y tuve que escapar antes de recibir la comunión. En la puerta de la iglesia presencié una inesperada aparición. Un grupo de seis galgos famélicos tiraban de una suerte de carreta destartalada que conducía un tipo vestido con un traje de franela rojo, pelo largo y barba blanca. En lugar de una generosa barriga, el cuerpo del extraño era escuálido. Al verme me saludó con un triste “¡Ho ho ho, Feliz Navidad!”, lo que me permitió contemplar que apenas tenía dientes y padecía una terrible melopea. El tipo estaba flanqueado por una bolsa de tela negra que parecía cargada. Con unas torpes señas, el extraño personaje me invitó a subir y acompañarle.
Tirado por los galgos incansables, el carromato se adentró en los barrios de la periferia. Las fogatas en barriles de gasolina, corrillos de guitarras y voces perfumadas que cantaban villancicos y algún que otro equino suelto custodiaban la entrada a los poblados olvidados por las autoridades. Mientras tanto, el supuesto Santa Claus me advertía sobre mi cometido. Al llegar a la casa señalada, Santa tomaba uno de los paquetes de la bolsa y lo entregaba a cambio de un puñado de billetes. Desde la carreta yo vigilaba el resto de la mercancía y procuraba que la cuadrilla canina se hidratara y repusiera fuerzas con un paté enriquecido en proteínas y anfetaminas.
Se atisbaban los primeros rayos de sol cuando procedimos a repartir el último regalo. Desde un extremo de la avenida empezaron a acercarse a toda velocidad varios coches de un aspecto tan moderno y limpio que resultaba difícil pensar que procedieran de la zona. Sin pensármelo dos veces, tomé a mi gallina bajo el brazo y juntos nos adentramos en las tinieblas que limitaban las chabolas. Los automóviles frenaron bruscamente a la altura del cargamento y de ellos salieron cerca de diez tipos armados que en pocos segundos dieron caza a Santa poniendo fin a su noche de desenfreno y alucinación.

Desde las hamacas de un paradisiaco resort del Mar Menor, junto a mi fiel gallina, degustando un delicioso mojito y con unos tímidos rayos de sol cubriendo mi rechoncha figura, he podido escuchar que anoche la Guardia Civil dio caza a un insólito traficante. Aparte de ir ataviado de Santa Claus y de descubrir un laboratorio con toneladas de estupefacientes, lo más sorprendente del caso es que no se requisó ni un euro. La policía sospechaba estar frente a una especie de Santa Hash, un fantástico ser que obsequia a sus clientes con mercancía gratuita en Nochebuena. “Es la magia del espíritu navideño, que también se apodera de los narcotraficantes”, aseguraba el jefe de policía. Mientras recontaba el aguinaldo que me había llevado de Santa Hash, no podía disimular mi satisfacción al haber contribuido al alumbramiento de tan extraordinario milagro.

Navidad

Falaz Navidad

Descubrir una mentira es doloroso, pero con el tiempo se convierte en necesario y reparador. No solemos estar preparados para tolerar el engaño, asumir la falacia o convivir con la ira o el rencor. Cuanto mejor construido esté el embuste, más traumático se convierte el proceso para asumir la verdad. Hay mentiras que son piadosas, otras que son un reguero de pólvora esperando mecha y algunas sumamente resistentes e impenetrables. Cuando un niño forma parte de la ecuación, todos sus elementos se vuelven más sensibles y la capacidad de destrucción se torna imprevisible.

Tenía siete años cuando descubrí que la Navidad que celebrábamos en casa era una farsa que se sustentaba sobre otra farsa aún mayor: mi vida. Hacía ya un tiempo que mi padre, del cual apenas conservaba recuerdos, había decidido recoger sus cosas y huir. Mi madre no pareció darle mayor trascendencia y actuó como si nada hubiera ocurrido. En realidad, no creo que el abandono de mi padre le pillara por sorpresa e intuyo que quizá le supusiera cierto alivio. A mis preguntas sobre su paradero y cuándo volvería, mi madre contestaba que estaba trabajando y que tal vez algún día regresara.
No sé si tuve una infancia que se pudiera catalogar como normal, pues es éste un concepto muy relativo. Es difícil que Tarzán o Mowgli fueran conscientes de que su infancia era cuanto menos peculiar. Yo por mi parte, era un niño bastante tranquilo, responsable y obediente. Recuerdo, como particularidad, que pasaba mucho tiempo solo en casa cuando mi madre salía a trabajar. Para entretenerme en mis tardes y noches de soledad, ella bajaba al videoclub y alquilaba algún VHS. Los que más me fascinaban eran los documentales de animales salvajes. Entre ellos, me impactaron los de leones en la selva amazónica, el despiadado ataque del tiburón blanco o el apareamiento entre osos polares del Ártico. Los comportamientos de las bestias son tan sencillos que se convierten en la mejor fuente para un niño en pos de descifrar a los adultos.
Otras veces, mi madre optaba por dejarme en casa de alguno de sus variopintos amigos, sobre todo cuando hacía el turno de noche. Aún recuerdo a Katerina, una joven búlgara que apenas sabía hablar nuestro idioma, quien compartía un piso cochambroso con otras chicas del Este y que siempre preparaba para cenar gyuvech, una especie de estofado con carne y verduras. También me acuerdo de Baakir, un senegalés muy divertido, de enormes proporciones que se pasaba las madrugadas escuchando música reggae y fumando hierba.
En casa siempre tuvimos de todo. Mi madre tenía la intención, que con el tiempo se convertiría en obsesión, de que a su niño no le faltara de nada. Siempre vestí con ropa de marca, tuve las zapatillas de jugar a fútbol más brillantes, juguetes de todo tipo y un elenco de aparatos electrónicos que me convertían en la envidia de todo el colegio. Incluso llegamos a mudarnos a un amplio chalet con piscina y jardín. A todas luces hubiera parecido extraño que una camarera pudiera disfrutar de una vida tan holgada, pero aún mi inocencia no me permitía albergar sospecha.
Dentro de la obsesión de mi madre, las navidades suponían una gran oportunidad para demostrar su prosperidad y el amor desaforado por su niño. La cena de Nochebuena congregaba a toda su fauna de colegas, con Katerina y sus compañeras a la cabeza, además de Baakir, caracterizado como si fuera el príncipe de una tribu bereber, junto a otros personajes y sus respectivas extravagancias. Mis abuelos, tíos u otros familiares no estaban invitados. En la mesa no faltaban gambas frescas, salmón ahumado, anchoas de Santoña y pata de cordero al horno. El festín era convenientemente regado con botellas de vino y champán como antesala de una fiesta que se prolongaba hasta el amanecer. Al despertar encontraba a algunos de los asistentes dormitando o en estado de descomposición sobre el suelo o la bañera.
Otro de los grandes acontecimientos en casa era la noche de reyes. Mi madre vigilaba con recelo mi redacción de la carta y sugería algunas correcciones. Si pedía un Atlas de National Geographic y un documental sobre orangutanes de Indonesia, ella le añadía una bicicleta, una consola y un walkman. No satisfecha, durante la mágica noche, hacían acto de aparición sus majestades Melchor, Gaspar y Baltasar a colmarme de atenciones y regalos. Todavía conservo algunas fotos en las que se me aprecia en estado de alucinación por tal deslumbrante experiencia.
Sin embargo, la noche de reyes de mis siete años fue la última y más dolorosa. Después de que los reyes me regalaran una televisión para mi habitación, un coche teledirigido y una videoconsola de bolsillo, me fui a la cama por orden de mi madre. Entre las sábanas, me dispuse a convertirme en un gran entrenador Pokémon, que era un mundo que me daba bastante igual. Aun así, experimenté gran curiosidad por todos esos monstruos que luchaban entre sí y aquel niño que viajaba alrededor de un mundo ficticio para enfrentarse con otros entrenadores. Entonces, interrumpieron unos alaridos salvajes que procedían de la habitación materna. Al abrir la puerta, como si se tratara de una escena del documental sobre el apareamiento de osos polares, encontré a Baakir ataviado con la capa de Baltasar mientras mi madre le practicaba una felación. Al otro lado, ubicado tras las nalgas, agitaba violentamente sus caderas el mismísimo Gaspar, a quien no logré identificar. Mi madre saltó como un resorte de la cama y me llevó a mi cuarto entre empujones. La imagen que acababa de presenciar se repitió en mi cabeza durante toda la noche.
Al tiempo, mi madre decidió cambiar de vida y comenzó a trabajar en un supermercado despachando pescado. Nos mudamos a un pequeño piso de un barrio humilde, donde las paredes olían a humedad y los electrodomésticos dejaban de funcionar espontáneamente. También dejé de frecuentar las casas de Baakir y Katerina. Nunca más supe de ellos. En la Navidad siguiente, el solomillo fue el plato estrella de la cena de Nochebuena. No hubo noche de reyes y a la mañana recibí una enciclopedia desgastada de manos de mi madre. Nunca un regalo me ha hecho tanta ilusión.

Viajes

Viena: Casi todo igual

La indiferencia me brindó un cálido recibimiento en Austria. Fue en uno de esos puentes fijados en el calendario para aflojar las cadenas del trabajador. Esparcimiento en el que gastar los últimos céntimos del salario. Los algoritmos de los buscadores de vuelos propusieron Viena como destino. Las plataformas destinadas a compartir alojamientos turísticos ofrecían un techo económico. Me proponía explorar culturas recónditas, conocer diferentes formas de relacionarse, rastros de civilizaciones extintas, perderme en calles limitadas por arquitecturas medievales y rodearme de desconocidos que se comunicaran en un idioma indescifrable para mis oídos. Quizá pequé de idealista.

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Relatos·Vida Moderna

El Rey de las Tabernas

Hasta entonces no sabía cuál era el verdadero nombre del ‘Rey de las Tabernas’. Acudía puntual a la hora en que abrían los bares y desaparecía cuando estos echaban el cierre. Un traje elegante de color negro, una corbata sobria y un juego de zapatos relucientes componían su inamovible vestimenta. Al concluir su consumición, abonaba su cuenta y la del resto de parroquianos. Nunca supimos a qué se dedicaba, si estaba casado o dónde vivía. No acostumbraba a hablar de sí mismo. El Rey prefería dirigir la conversación hacia el último partido del Valencia, las golferías del hijo del alcalde o la fluctuación del valor de la chufa.

Allá donde acudiera, había un séquito que lo rodeaba para escuchar sus análisis sesudos o sus desternillantes ocurrencias. Siempre tenía opinión o palabra sobre cualquier temática. Algunos, los más fieles, lo seguíamos hacia otros bares con, además de sed, admiración. Con el tiempo, le fueron atribuidas algunas obras quizá más fruto de la ebriedad que de la realidad. Dicen que en cierta ocasión se desató una plaga de gonorrea en el barrio y que curó a los enfermos untando vino tinto en sus miembros. Yo mismo lo vi multiplicar cañas por tapas de chorizo entre vítores y aplausos.
Paulatinamente, los restaurantes refinados y los bares vintage de camareros ataviados como trapecistas de circo inundaron las calles del barrio. Aunque el Rey se mantenía fiel a los tugurios, no era persona de mentalidad cerrada y un día accedió a probar un restaurante afamado: La Jerusa. Junto a él acudimos un grupo de trece discípulos. Nada más entrar, una camarera nos pidió que nos dirigiéramos a la barra y que, si queríamos permanecer en el local, no nos acercáramos al resto de clientes. A pesar de la bravuconería, el Rey nos indicó que tomáramos asiento en los taburetes y rompió el silencio sepulcral para pedir cerveza y su habitual cáliz de vino. La misma camarera le espetó informándole que el local tenía un sistema por turnos. El Rey templó los nervios y asumió con resignación aquellas modernas costumbres. Tras media hora de espera, nos sirvieron las bebidas y aguardamos al siguiente turno para pedir la que se anunciaba como especialidad de la casa: croquetas Jerusa, un alimento casero según rezaba la bolsa en la que venían congeladas. El último caso de confiscación y venta de agua bendita por parte de la guardia civil centró esa noche el sermón del Rey. En cierto momento, agarró su copa y la alzó pronunciando unas palabras que aún resuenan en mi mente: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi melopea, melopea de la alianza nueva y eterna”.
Sin previo aviso, otros discípulos hicieron acto de aparición en el bar. La camarera más simpática les invitó a irse aludiendo falta de sitio. El Rey, que le gustaba rodearse y no era exquisito con el espacio, hizo señas para que estos se acercaran mientras nos pedía al resto que dejáramos hueco. Sus gestos supusieron un terrible desafío para la camarera, quien insistió a los nuevos congregados a que se marcharan y emitió una desairada crítica desafiante hacia el Rey. Este, que era persona pacífica y honesta, se acercó a la chica para resolver el malentendido. Sin embargo, fue de nuevo reprendido y expulsado entre empujones e insultos. Al salir, dolido por la ofensa, el Rey agachó la cabeza y susurró hacia sus adentros: “Tinto mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Tras este incidente, nunca más volví a ver al Rey. Los taberneros estaban preocupados por su desaparición y consiguiente descenso de ingresos. Nadie sabía dónde buscarle. Sus discípulos sentíamos el vacío de su ausencia y la forma en que llenaba las jarras. Al tercer día, ocurrió el milagro: Sanidad cerró La Jerusa. Sobre la puerta metálica colgaba una nota informativa explicando los motivos. En la parte inferior se podía leer unas palabras escritas a mano: “Jesús de Benimámet, El Rey de las Tabernas”. El profeta de la uva había resucitado y ascendido a mejores tascas. En alguna humilde barra anda invitando a nuevos parroquianos, obrando beodos milagros y predicando las bondades de la fermentación.
Palabra de tinto, te sorbemos óyenos.


Relatos

La matanza del artista

Me revolvía entre la gloria y la decadencia sobre un lecho de escombros y pomposidad. La ensoñación de entregar mi existencia al arte tocaba a su fin cuando un halo de realidad certero me atravesó.
Con mi última exposición se me antojaba haber alcanzado el culmen de mi carrera. Creía que hasta el más ignorante en la especialidad podría valorar la contundencia y el riesgo de mi obra. Recreé con barro todas las vísceras del cerdo: corazón, pulmones, esófago, gañotes, sesos, riñones, hígado y bazo. En mis tallas pretendía dejar patente un fondo maduro, un estilo reconocible y a la vez salvaje. Excepto el día de la inauguración, a la que acudieron algunos indigentes atraídos por los chuscos de pan y el vino peleón del piscolabis, sólo se congregaron un puñado de visitantes engañados por la guía de ocio local. No hubo ni rastro de galeristas, coleccionistas, curiosos, ladrones de arte, jubilados o excursiones escolares.

No me asustaba la crítica atroz o el halago superficial. Lo que más me dolía era la indiferencia. Con treinta y tres, mis padres creían que era un bala perdida al que debían asegurar una paga para no acabar durmiendo en una sucursal del BBVA. A las pocas amistades que conservaba les importaba un rábano la forma en que utilizara la tierra y la piedra con el propósito de describir la magia de la cotidianeidad. En cambio, debía contribuir religiosamente a sus bautizos, bodas, comuniones, cumpleaños, recitales de poesía, recopilatorios de relatos, campeonatos de pádel, inauguraciones de bares, outlets de contrabando de ropa vietnamita u otros variopintos disparates. Mi última pareja huyó despavorida porque no era capaz de comprender el torrente creativo que corría por mis venas. Quizá influyó el pavor que le causaban los bustos de filósofos griegos tallados sobre cocos, los cuales atestaban nuestro minúsculo loft de diez metros cuadrados. Si alguna vez alguien se interesó por mis penes de ballena esculpidos en mármol, o por el conjunto de manos de simio hechas de arena, fue para jugar con la ilusión del artista y birlarle las pocas monedas que guardaba en sus agujerados bolsillos.
Tenía que admitirlo. Hasta entonces mi obra había sido una burda fantochada y una fuente inagotable de mediocridad. Aun así, albergaba una última oportunidad. Como un marrano en día de matanza, anudé mis brazos con sogas y me colgué del techo con la mirada perdida. Un punzón se clavó en mi cuello liberando un manantial de sangre, con el cual elaboraría morcillas con la esperanza de servirlas en los tugurios que despachan emoción. Me rajé el torso para ofrecer mis propias vísceras, la creación más pura y original que jamás podría crear. Finalmente, me entregué a los rastrojos en llamas para quemar el pelaje. Lo sé, el filo entre la genialidad y la vergüenza ajena es demasiado fino, polos enfrentados donde no hay lugar para la indiferencia. Será esta matanza la que dé lugar a la nueva vida del artista. O no será.



*Relato leído y corregido en el Taller de Bibliocafé.
*La imagen corresponde «La última caricia». Ilustración de Narciso Méndez Bringa
Microrrelatos

Sueños fritos

Ayer soñé que era una croqueta de puchero. Estaba hecho de hilos de pollo, tropezones de garbanzos y restos de tocino. Mi creador, el que me había cocinado en una sartén de aceite hirviendo, me servía en una bandeja junto con otros hermanos croquetas. Mi aspecto era inconfundible: tenía el cuerpo cubierto de costras negras por haberme frito de más. Con preocupación observé cómo el resto de croquetas desaparecían entre gritos de horror y yo permanecía sobre la bandeja. Nadie me comió y acabé en la nevera tiritando de frío. Cuando desperté del sueño, no sabía si meter mi cabeza en el microondas o lanzarme al contenedor de residuos orgánicos.

Por eso, en solidaridad con su terrible destino, he tomado una decisión: lloraré de cínica rabia cuando vuelva a devorar a una de mis deliciosas compañeras.

Relatos·Vida Moderna

Monstruos

Se pueden adormecer, enjaular o anestesiar, pero los monstruos que atesoramos en el interior no mueren jamás. Todo ocurrió en la noche de nuestro octavo aniversario de boda. Adrián absorbía todo el tiempo y consumía cualquier expectativa más allá de trabajar, vestirlo, asearlo, llevarlo y traerlo de urgencias y comprobar cada diez minutos que dormía o que seguía con vida.
Calculo que por aquel entonces hacía unos cinco años que había encerrado a mi monstruo bajo llave. Lo tenía recluido en una prisión de máxima seguridad, alejado de tentaciones, frenesí y gasolina que pudiera despertarlo. Nunca protesté por ello y lo asumí con una resignación a la que decidí catalogar como madurez. De hecho, quien se empeñó en salir a celebrar el aniversario fuiste tú. Yo me conformaba con retozar en el sofá y zampar pizza viendo un documental sobre el apareamiento de las pelusas. Nunca nos habíamos separado del niño hasta aquella vez y llamamos a tu madre para que hiciera de niñera. Mientras terminabas de acicalarte, observaba el dibujo de Adrián que habíamos colgado en la nevera. En él, nuestro hijo me tildaba, con una caligrafía ininteligible, de ser inteligente. Bendita esa candidez infantil que les cobija de la oscura realidad.
Cenamos en uno de los gastrobares de moda que te habían recomendado en clase taichí o en la de mindfulness. Era un local moderno, decorado con sumo gusto, de amplias cristaleras, luces tenues y camareros de imponentes tatuajes con doctorados en Oxford y Cambridge. Aun así, un torrezno en la taberna de la esquina resultaba un manjar comparado con los platos de nombre rimbombante que probamos. Nuestra conversación giraba en torno a Adrián hasta que las burbujas del vino espumoso comenzaron a hacer un efecto que tenía olvidado. Entonces, en un fugaz descuido de su carcelero, el monstruo que habita en mí despertó y encontró la puerta de su jaula medio entornada. Éste salió impulsado por el olor a alcohol y se lanzó a buscar su amargo sabor.
Confieso que hacía tiempo que no te encontraba tan apetecible. Sonreías de forma sugerente, te acercabas y rozabas mis piernas levantando mis instintos más salvajes. Deseé volver a casa para recordar cómo se hacía uso del matrimonio y ver amanecer entre gemidos y relinchos. Sin embargo, preferiste pasear por las calles de la ciudad cogidos de la mano. Nos detuvimos para besarnos en los portales y chocar contra los postes de la luz como si fuéramos dos lobos hambrientos. Al pasar por la puerta de un club nocturno, me invitaste a entrar. Sabías que no era ningún prodigio del movimiento corporal, pero que con unas copas podría suplir mi falta de ritmo y coordinación con la gracia de un chimpancé en carnavales. Bailamos un tango pegado con una cadencia tan acelerada que saltamos de la elegancia de Gardel a una bachata obscena. Por un momento temí que el ritmo de la pelvis pudiera dejarte encinta. Mientras tanto, el monstruo no sólo revoloteaba desafiante y exigía bañarse con más gasolina, sino que ya se había adueñado de mí buscando una mecha.
De repente, una mujer de edad madura apareció de entre la muchedumbre y me invitó a bailar. Comentaban que se hacía llamar La Marquesa, debido a que decía que era pariente lejana de un noble. Lucía un vestido de bordados que nada dejaba a la imaginación. Su principal obsesión era ser por siempre joven. Algunos decían que su secreto era morder a un muchacho y beber de su sangre. Otros que se inyectaba lágrimas de estornino. Los más realistas que vivía anestesiada por las anfetaminas. En medio de la pista, La Marquesa no se frotaba contra un padre de familia que celebraba su aniversario de casado, lo hacía contra el cuerpo de un animal salvaje que no podía ser domado. No sé cuánto tiempo pasó, ni cuántas canciones bailamos. Tampoco recuerdo si aún estabas allí, si me buscaste o te fuiste ante semejante espectáculo. A partir de esos momentos todos mis recuerdos son difusos. Tengo la sensación de que el monstruo me manejaba como a un títere.
A la mañana siguiente, desperté sobre la arena de la playa. Un grupo de amables ingleses me pinchaban con un palo apremiándome a dejarles hueco para que pusieran su toalla. No había rastro del monstruo. En la jaula dejó una nota que firmaba como El Marqués.
Sé que tarde o temprano regresará arrastrado pidiendo perdón. Él no es nada sin mí. Cuando vuelva lo encerraré y me juraré que será para siempre hasta que volvamos a oler gasolina. Entre tanto, después de este razonado, arrepentido y creíble alegato, ¿podría volver a casa como si nada de esto hubiera sucedido?


Relatos

El Vuelo Del Vencejo

Ayer mi agenda había una cita marcada en rojo. Como aspirante a malabarista de las palabras, acostumbro a hacer acopio de certámenes literarios en los que presentar mi candidatura. A pesar de la torpeza y la falta de talento, he cosechado una colección de historias que adapto a conveniencia de las bases. Sin embargo, hay una modalidad alternativa que también ocupa mi tiempo y descarría mis esfuerzos: los certámenes de temática específica o también conocidos como la selva. En ellos anidan elefantes, hienas, leones, chimpancés, oasis y excursionistas incautos como yo. Un ejemplo ilustrativo es el concurso de microrrelatos convocado por una multimillonaria petrolera para concienciar sobre el cambio climático y la desigualdad; o el certamen de relatos para patrocinar el jamón de Teruel, cuyo premio consiste en adoptar a un cerdo vietnamita.

A las doce de la noche menos un minuto se cerraba el plazo para participar en el certamen que señalaba mi agenda. Se pedía no superar las doscientas palabras y escribir en Franklin Gothic 12. El reclamo para el ganador era una excursión a las cuevas encantadas de un pueblo de Extremadura perdido –disculpen la redundancia–, unos pases para la feria del ganado, un festín a base de productos locales y la impresión de un centenar de ejemplares del relato, los cuales se donarían al hogar del jubilado para que los ancianos pudieran secarse los zapatos en los días de lluvia. Como joven e inexperto aspirante, estaba ávido de demostrar mi talento, luchar hasta la muerte por granjearme el reconocimiento de mis colegas y, como no, zampar embutidos y beber mistela hasta reventar. Sin tener en cuenta la posible competencia –aunque uno siempre tiende a pensar que serán orangutanes con tirantes– y que los concursos literarios concursos son –con los caprichos de los jurados y posibles injerencias políticas o de corte erótico-lúdico-festivo–, la empresa de al menos intentarlo se antojaba sencilla.
Dejé de lado mi propósito de crear una civilización con las pelusas de debajo de mi cama y me centré en escribir. Repasando la convocatoria del concurso, encontré una dificultad añadida. La temática propuesta era el apareamiento del vencejo siberiano. Para ser honesto, no tengo idea de ornitología, más allá de las veces que haya podido pasar por buitre o ganso, y no me queda muy claro donde situar Siberia en el mapa. Las cuestiones de apareamiento las tenía más frescas debido a mi pasado como encargado de cruzar gallos de pelea con tiernas codornices. A pesar de mi desconocimiento en el tema, no desesperé. Comencé por utilizar la clásica estrategia para llamar a las musas: tomar una siesta sin poner la alarma. Cuando desperté, dos horas restaban para la medianoche. El sueño no sólo no me había aportado idea alguna, sino que me había hecho dudar en qué siglo estaba. Entonces, me decanté por la opción más sencilla para inspirarme. Escribí en YouTube “apareamiento del vencejo siberiano” y, tras un par de visualizaciones infructuosas, los caprichos algorítmicos me llevaron a vídeos de adolescentes surcoreanas practicando twerking.
Por descontado, adivinar qué tipo de relato esperaba el comité del concurso era una quimera. Quizá el humor fuera demasiado frívolo para aquellos bichos o el drama muy arriesgado para un animal que tenía un graznido estruendoso. A falta de diez minutos para el cierre llegó una idea a mi rescate. Escribí una historia de terror sobre un vencejo que se iba de vacaciones a Siberia y era confundido con Michael Jackson. Para dejar patente mi grandilocuencia, utilicé matices del estilo bizantino y pasé por la coctelera un hipérbaton, dos hipérboles y una sinestesia, sin tener muy claro qué significaba nada de ello. En mi cabeza se me antojó una propuesta brillante. Sobre el papel resultó penoso. Dado el más que probable caso de que algún miembro del jurado se hubiera pasado con las anfetaminas, aposté por enviarlo.
Esta mañana he visto revolotear sobre mi casa a una bandada de vencejos. Me han dejado el portal como si se tratara de los baños de un canódromo un sábado por la mañana. Creo que he captado el mensaje. Me centraré únicamente en escribir odas sobre mis corvas.


Imagen tomada prestada de National Geographic 
Este relato es una segunda parte de Sobre Concursos Literarios
Relatos

Haters y Mendigos

La primera vez que lo vi aparecer, supe que había llegado mi fin. Dicen que la carrera de todo artista tiene un momento de esplendor creativo máximo, llamado culmen, el cual precede al declive paulatino, la vergüenza ajena y la muerte. No necesariamente se suceden en ese orden. En el caso de Saramago fue la novela ‘Todos los nombres’, en el de Radio Futura su primer ensayo y en el de Gregorio Esteban Sánchez Fernández, más conocido como ‘Chiquito de la Calzada’, fue ‘Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera’.
En mi caso, que por aquel entonces no era más que un pintor amateur con ínfulas de Andy Warhol y la sed de Chavela Vargas en una noche de farra, mi culmen fue la aparición de un inesperado ser. Previamente, había presentado parte de mi obra sobre mesas de billar en algún tugurio de mala muerte. También había compartido exposiciones con la vanguardia del elenco bohemio del pueblo y en contadas ocasiones había colado obras a algún que otro trasnochado bañado en alcohol, soberbia y estupidez. Aun así, los ingresos eran ínfimos y sobrevivía gracias a la caridad cristiana, las sobras de los supermercados y un talento innato para engañar al hambre.
Un buen día llegó mi gran oportunidad: una sala en la galería municipal, en la cual presentaría una colección basada en retratos impresionistas de pelusas. La inauguración se desarrolló mucho mejor de lo previsto. Mis compañeros del gremio se afanaban en camuflar su envidia a base de alabanzas forzadas. Galeristas, autoridades locales y otros bocachanclas me acorralaban con elogios desmedidos y amables palabras, dejando a las claras que no sabían qué demonios había dibujado en los lienzos. Entre tanto, me tenía que emplear a fondo con otros curiosos y anónimos para repartirnos el escaso piscolabis. Vivía el despegue de un sueño y mi mediocre talento parecía atisbar un horizonte esperanzador con una comida al día y una botella de vino en lugar de cartón.
A la mañana siguiente, toda mi fantasía se derrumbó al abrir la prensa local: el crítico de arte, un señor argentino llamado Diego Armando, me ponía de vuelta y media. No le faltaba razón al señalar que mi obra era un disparate, que adolecía de originalidad y que mis trazas irregulares las podría haber hecho un niño pequeño o un perro con Parkinson. Sin embargo, las alusiones a mi afición por orinar en el jardín público o a robar sillas de plástico en el bar de la plaza me indicaban que había algo más que cuestiones artísticas en aquella reseña. Asombrosamente, el efecto del artículo fue justamente el contrario al deseado por su autor: la galería estaba abarrotada día tras día y las obras se fueron vendiendo en poco tiempo hasta agotar toda la colección.
Encantados con el éxito de la muestra municipal, algunos galeristas de la región contactaron conmigo para montar otra exposición a toda prisa. Me empleé a fondo para tener un material que presentar con decencia, que superase el anterior y sorprendiera al gran público. Pasaba todo el día encerrado en un improvisado estudio de cuatro metros cuadrados sin ventanas, tratando de convertir el mundo cotidiano en sesudos cuadros: paredes con gotelé, escaleras de mármol, grifos roídos por la cal, inodoros sin taza, bidés… A la inauguración acudió Diego Armando, el crítico argentino. Quizá fue fruto de la casualidad, pero vestía calcando la imagen que yo mismo lucía: camisa de rayas, tirantes, bombín, pantalón de pana y chanclas de ir a la playa. Intenté provocarle para que después escribiera el artículo más hiriente posible: le tiré una copa encima, alabé a Pelé, le dije que por su acento me parecía uruguayo y le pregunté si en realidad era psicólogo.
Un día después, abrí el periódico y no había rastro del artículo de Diego Armando o de mi exposición en la sección de cultura, ni tampoco en la de sucesos. La galería canceló mi exposición a las tres semanas, intentando que yo costease el sueldo del agente de seguridad. Mis cuadros acabaron recostados sobre un contenedor, a la espera del suicidio en el vertedero o de una reconversión en tablero. Así pues, tomé la decisión de buscarme la vida con un oficio honrado lo más alejado posible de cualquier traza de arte: vendedor de perritos calientes. Por lo que respecta a Diego Armando, hoy he leído una crítica suya sobre la película del Joker: la detesta por lenta y previsible. Quizá mañana lo encuentre disfrazado de payaso.
Relatos·Vida Moderna

Deudas Sanas

Siempre he escuchado tópicos como “la edad pasa factura” o “los años no perdonan” con una actitud burlona, casi desafiante. Hace no tanto, atravesaba las noches sin apenas dormir. Regaba mis vísceras con gasolina, mis piernas danzaban sobre un mar de adrenalina y llegaba fresco a la mañana siguiente para labrar campos de almendros, ordeñar diez granjas de vacas, correr una maratón o atravesar el Estrecho de Gibraltar a nado. No sé en qué momento reciente todo cambió: los primeros plazos del crédito de salud que creía infinito habían vencido y mi cuerpo decidió empezar a saldar cuentas pendientes.

Tras una noche de frenesí, noté una sensación desconocida sobre la espalda y que casi paralizaba mi hombro izquierdo. No sabía de qué se podía tratar, quizá un tatuaje que me hubiera hecho en medio de la vorágine de la locura nocturna. Consulté desesperadamente con mis allegados e insistí, casi entre lágrimas, a los que tenían algún tipo de relación con la medicina. Como si fuera una cosa baladí me diagnosticaron los síntomas de una luxación o una tendinits y me recomendaron aplicar cremas de frío y tomar analgésicos. ¿Qué quería decir analgésico? ¿Se introducía por donde los supositorios? ¿La crema de frío tenía que estar en la nevera? ¿Lo dispensarían los camellos de los polígonos?, cavilaba contrariado, pues entre el vino, el confeti y la máscara de caballo no veía ninguno de esos productos. Lo mejor que encontré fue una bolsa de judías congeladas, que guardaba como una reliquia de coleccionista desde hacía años, pero no conseguí atajar el dolor. Así pues, un día me encontré yendo a la farmacia, andando a duras penas, deambulando por las calles, dándome cuenta que el tópico sobre los años y la salud era cierto.
Sin embargo, las deudas nunca vienen solas, pues se suelen conceder con unos ciertos intereses más posibles recargos por atraso. Era una noche de verano cuando desperté con un terrible dolor de estómago. ¿Quién podía sospechar que me iba a sentar mal una cena a base de fritos, pasta con huevo crudo, medio litro de cerveza y un delicioso tiramisú de la ‘Osteria Della Dolce Morte’? Me miré en el espejo y comprobé que estaba hinchado como un globo aerostático. Me asusté, pues con ese artefacto incrustado en mi estomagó temía que pudiera echar a volar e incluso implosionar. Volví a la cama contrariado y no conseguí conciliar el sueño. Tumbado el dolor se agudizaba y adopté una posición a medio recostar para tratar de no fenecer. Pasaban las horas, el dolor no remitía y vi amanecer. Me convencí de que habría sido una indigestión y que se acabaría pasando.
Pero mi panza, en su versión más revanchista y usurera, optó por extender el desafío por un periodo indefinido. Casi todo lo que comía me sentaba como una patada. Por tanto acudí a la sabiduría de las redes y supliqué para que la prima del cuñado de un conocido casi desconocido, que había sido médica en un circo ambulante, encontrara solución o que me buscara un estómago de segunda mano a precio módico. Ella estaba segura de que se trataba de gases y me recomendó una medicación sin receta. Insistentemente, me repetía que no me preocupara. Claro, como no eres tú la que te vas a morir por unos gases, la recriminaba para mis adentros. El tiempo pasaba y las deudas de salud me asfixiaban. No podía dormir, no podía vivir y mi estómago seguía de vacaciones en alguna playa de Cancún. Decidí llevar a cabo dietas milagro que encontré en un blog titulado ‘Come Salud y Caga Vida’, desintoxicaciones forzosas que recomendaba el youtuber ‘Dr. Death’, fui a un curandero que me fregó un buen puñado de cuartos y hasta le recé a Dios, Alá, Buda y Superman, por si alguno de ellos se apiadaba de mí.
Al final, sin saber muy bien cómo ni por qué, volví a la normalidad. Parece que había pagado parte de mis deudas, pero ahora soy consciente de que los años no perdonan y que un día, en el más mínimo descuido, volverán para reclamarme lo que es suyo.