Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #3

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La última vez que caí enfermo contaba con cinco años de edad, hace más de un cuarto de siglo. Creo recordar que fue a causa de un brote de gripe que se difundió por medio colegio y estuve entrando y saliendo de la cama alrededor de una semana. Puede, no obstante, que mi memoria haya deformado dicho acontecimiento pues aquel recuerdo está situado en el filo del comienzo de mi memoria. A decir verdad todos los recuerdos que tengo cercanos a esa edad, como asombrarme por ver una ciudad espléndida desde la ventanilla del coche de mi padre o agacharme dentro de la bañera para que mi madre recorriera mi cuerpo con la esponja, no sé si en realidad ocurrieron o son una paulatina deformación de mis recuerdos. El caso es que desde aquel momento jamás había faltado al colegio, al instituto, a la universidad, a ninguna de mis variopintas maneras de ganarme la vida, a una acampada o a un concierto aludiendo por motivo una enfermedad. No ha habido anginas, tos, afonía, circuncisión o resaca que haya conseguido derribarme. Ahora, una carcasa de plástico me obligaba a pasar una semana encerrado en una habitación.

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Relatos · Vida Moderna

La gran noticia #2

Lee La gran noticia #1

“Estás ardiendo. ¡Ay, Dios, que has cogido la covid! Corre a hacerte un test de antígenos”. Aunque la conjetura de mi novia fuera cierta, ¿es que acaso no podía irme a dormir al sofá y hacer la prueba la mañana siguiente? Ningún artículo científico ha apuntado aún que el virus pueda coger la puerta e irse de vacaciones. ¿En qué momento habíamos perdido la capacidad de soportar la incertidumbre unos minutos? Hemos evolucionado, desde luego, pero en las cosas más básicas a peor. A mi pareja la llevo conociendo un tiempo y por fin empiezo a darme cuenta de qué guerras no merece la pena librar. En nuestros comienzos hubiera disfrutado de una buena contienda por ver quién de los dos es más cabezón, de la lucha dialéctica y ver la sangre del enemigo correr bajo mis barricadas, de las batallas con forma de discusión, de los retrocesos de líneas mediante silencios, de la retirada para rearmarse de razones y, en último lugar, de firmar un placentero armisticio con los cuerpos desnudos y bañados de lujuria y redención. Así pues, me incorporé en un lado de la cama sin saber muy bien si estaba en casa o si aún seguía rodeado de la muchedumbre del sueño con el tipo de la capa negra acechando. “Claro que sí, cariño, hazme el test y todo lo que tú quieras”, contesté fingiendo dulzura. Mi pareja es una persona de altas capacidades, entre las que destaca la saña con la que maneja la prueba de antígenos. Si se lo propone, es capaz de introducir el hisopo con tal precisión que con él puede acariciarte los pulmones, los riñones o el tuétano. En cuestión de segundos las gotas de reactivo mezclado con la muestra de mis fosas nasales y garganta estaban siendo analizadas en una carcasa de plástico de fabricación china. Al pasar la mano por la frente comprobé que estaba ardiendo y una masa viscosa taponaba mi nariz. El resultado, sin embargo, fue inequívoco: negativo.

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Relatos

El despegue del niño torpe

Uno de los defectos que más cuesta reconocer es la torpeza. Dicen que cuanto antes se asuma una carencia, antes se podrá poner remedio o reunir el aplomo suficiente como para afrontarla. En mi caso, fui consciente de que era torpe en el parvulario, a los cinco años. Fue en una clase donde aprendíamos las formas de los polígonos cuando la maestra me pidió que citara uno. “El círculo”, contesté sin atisbo de duda. “¿El círculo, niño? Un curso entero llevamos con los polígonos y dices el círculo. ¡El círculo no tiene lados!”, respondió ella y enseguida me puse colorado como un tomate maduro. Quizá no lo hiciera con tal intención, pero aquellas palabras se hartaron de sobrevolar mi cabeza de crío. Aún hoy escucho su eco cuando creo perder los pies del suelo.

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Relatos · Vida Moderna

La amiga de mi madre

Aunque me pase media vida despotricando contra él, he de admitir que el capitalismo salvaje tiene sus ventajas. Sin ir más lejos, ha conseguido que yo, una persona carente de afecto, sin alma y fría, sea capaz de demostrar sus sentimientos mediante una tarjeta de crédito, un par de clicks y explotar al sufrido e incansable repartidor de Amazon. Nada más llegar el paquete, tu abuelo queda complacido con su paquete de viagra del Himalaya. Tu padre rebosa felicidad por su nueva motosierra, aunque no tengamos jardín. Tu primo de doce años, rebelde e indomable, te trata de divinidad por comprarle un videojuego que le permite ponerse en la piel de un narcotraficante en las favelas de Rio de Janeiro. Sin embargo, el capitalismo tiene esa capacidad de que lo que surge como una solución inmediata puede tornarse en un problema a la larga.

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Relatos · Vida Moderna

Me Enamoré De Una Instagramer

 
Sin saber muy bien cómo, me enamoré de una instagramer. Supongo que cuando menos lo esperas, la vida te propone retos con la única intención de, después de dejarte en ridículo, aprender a esquivarlos y conformarte con tu cotidianidad y una bolsa de cacahuetes rancios.
 
Todo comenzó en la feria de ganado del pueblo, en la que año tras año nos reunimos pastores, ganaderos, artesanos, parados, fisgones, vagabundos, aficionados a la zoofilia y gente de bien en general. Dejo mi condición al criterio del lector perspicaz. Para incentivar la asistencia de las masas, al ayuntamiento se le ocurrió organizar una caseta en la que invitar a personalidades de relumbrón: una becaria de ‘Caza y Pesca’, el último ligue del concejal de festejos, un tipo que llegó al casting final de ‘Granjero Busca Esposa’, una vaca que en su juventud hizo de la ‘Vaca que ríe’ y, la estrella de la presente edición, una instagramer rural.
Se llamaba Sonia de los Almendros y Ovejos y era conocida por dedicar toda su vida a hacerse fotos entre campos, maquinaria, cortijos y bestias para después publicarlas en Instagram. Celebres eran sus evocadores posados junto a un par de gorrinos apareándose o un ternero recién parido aún envuelto en su placenta; su sonrisa luminosa entre las aguas revueltas del río tratando de pescar una trucha con las manos; su manera de seducir a la cámara con una sierra mecánica en brazos; o luciendo un provocador conjunto de lencería mientras daba palos a los olivos junto a un grupo de rudos temporeros.

En este tipo de casos, es difícil contener el empuje del pequeño sociólogo que todos aguardamos en nuestro interior. Así pues, empecé a tragarme las publicaciones de Sonia de forma compulsiva, además de sus fotos, selfies, vídeos, stories y retos. Recuerdo muy emocionado cómo Sonia se grabó pisando uva disfrazada de Elvis mientras cantaba ‘Suspicious Mind’; o cómo declamaba poemas de Bécquer con polvorones en la boca segando trigo con un tractor o sus debates sesudos sobre la pobreza infantil con un marrano pata negra de cerca de cien kilos al que cariñosamente llamaba Huesitos. Aunque la línea entre la genialidad y la vergüenza ajena a veces se tornaba invisible, había quedado atrapado en sus redes y no podía hacer otra cosa más que dejarme arrastrar por sus delirios y encantos.
La fecha de la feria del ganado se acercaba a la misma velocidad que mi enganche cibernético adquiría tintes de romanticismo y delirio enfermizo. Me despertaba soñando con el olor de los huertos que abonaríamos de la mano, fantaseaba con el momento en que tomaría las ubres de nuestras cabras y las ordeñaríamos hasta que no quedase ni una gota de leche e, incluso, había empezado a sondear la compra de un cortijo que sirviera de castillo para mi princesa campestre.
Necesitaba un golpe de efecto, levantarme entre la legión de followers y erigirme como un pretendiente serio para Sonia, o cuanto menos que supiera de mi existencia y de mis nobles intenciones. Y fue en ese momento cuando la inspiración se adueñó de mis dedos y esbocé una suerte de poesía sensible en una de sus fotos: “Sonia, después de recoger un banasto de higos, quiero que seas la breva de mi higuera”. A los pocos segundos, recibí la señal: un like que me supo tan dulce como una paila de choto al ajillo.
 
No sé si fueron las mariposas por conocer a Sonia o el cubo de ciruelas que me cargué a mediodía, pero en el trascurso de la feria del ganado tenía un horrible dolor de estómago que me obligaba a dividirme entre el puesto de piensos para conejos y los baños químicos. Al filo del anochecer haría la ansiada aparición la instagramer en la caseta de celebrities. Aunque se hizo de rogar tanto que empecé a pensar que los esfínteres me jugarían una mala pasada, Sonia se presentó en el pueblo radiante, con un vestido largo y prieto que acentuaba sus generosas caderas y que resaltaba su exuberancia indómita. La caseta estaba atestada de gañanes armados de sus respectivos palillos en boca, que vociferaban las bondades físicas de la influencerrural con picardías de distinguido calado lírico como “Ay Omá qué rica”, “Mae mía qué zagala más apañá” o “Te voy a sacar hasta los calostros, moza”.
No pasé por alto la nada sutil insinuación de mi amada: su vestido estaba estampado con una especie de dibujos que en mi imaginación tenían forma de breva. No era un sueño, no parecía un espejismo: mi amor era correspondido y aquella noche prenderíamos todos los troncos de olivo secos que hiciesen falta. Una vez terminado el acto, que resultó ser una excusa rastrera para publicitar un vigorizante para gallos de corral, me acerqué envalentonado a declararme en el turno de fotografías. Sonia me dios dos besos a la vez que me embriaga con su olor, una mezcla perturbadora de rosas silvestres y sudor animal. Antes de poder soltar palabra, la instagramerse apoderó de mi móvil y posó guiñando un ojo a la par que sacaba la lengua como el que ficha en el trabajo. Disparó una ráfaga de instantáneas mientras yo trataba de articular un discurso emocionante sobre el sabor de las brevas y la robustez de la higuera. Ella parecía asentir alegre, pero la realidad es que ya despachaba al siguiente gañán. Esperé con paciencia a que finalizara el acto para sacar a relucir la poco honrosa estrategia del rastrillo, pero Sonia salió escopetada de la caseta junto a su séquito y se introdujo en una limusina que poco tenía de humilde.
Con las lágrimas a punto de brotar y el corazón encogido, me retiré de la feria totalmente devastado. No entendía qué podía haber salido mal, visionaba de nuevo sus fotos y sus vídeos preguntándome por qué Sonia no me había entregado ni una arroba de su amor. Entonces, lo entendí todo: era uno más, una oveja del rebaño, una almendra anónima entre el montón, una amapola que había regalado sus pétalos. Sonia de los Almendros y Ovejos era el pastor que hacía servir sus redes sociales a modo de perros para guiar al redil. A ella sólo le interesaba alimentar su alma a costa de redoblar la voluntad y exprimir el cuerpo de sus seguidores, y para ello no vacilaría en sacrificar a las cabezas de ganado que no le sirvieran para su fin.
 
Recientemente, he sabido que para la feria agrícola del pueblo de al lado van a invitar a una youtuber especializada en quesos. Husmeando su canal, he visto que se graba rodeada de lácteos, prueba quesos de colores estridentes disfrazada de Peter Pan y acude a las queserías a presentar al gran público las últimas novedades. Con este panorama me han entrado unas ganas terribles de atiborrarme a Camembert y vídeos de YouTube.

 
 
 
Foto de @marinalbk. La usuaria es totalmente ajena al relato.
 

Ilustración cortesía de Papenfuss.

Relatos

La Ciudad De Los Vuelos

Cuenta la leyenda que en las tierras del sur se encuentra la ciudad de los vuelos. Todo comenzó en uno de los primeros días de verano de hace muchos años. El intenso calor asolaba las calles, convirtiendo a estas en desiertos de la humanidad. Los ciudadanos más pudientes escapaban a las playas de otras ciudades cercanas, mientras que los que menos tenían se refugiaban en sus casas desde que asomaba el sol hasta que se ponía por completo.

Ante la falta de clientela, los comerciantes se veían abocados a cerrar sus negocios durante el estío y abandonarse a la ruina. Por su parte, los trabajadores del campo sufrían la ferocidad del verano, agravado por la falta de lluvias en invierno y primavera. La fruta estaba seca y carecía de cualquier tipo de sabor, las cosechas eran escasas y se preveía que las próximas no merecieran tan siquiera ser recogidas. También los animales de las granjas padecían en su piel la sequía y la constante lluvia de fuego. El canto de los pajarillos se había apagado en busca de otros lugares.


A la vista de la gravedad de la situación, el alcalde convocó a todos los vecinos a una importante reunión en el ayuntamiento para adoptar un plan extraordinario. Algunos especulaban con la posibilidad de que anunciara un sorteo para ir a la playa, otros con que instalara aire acondicionado en todas las calles y los más soñadores que de las fuentes comenzase a emanar vino blanco bien fresquito. Sin embargo, el alcalde dejó a todo el mundo boquiabierto: un grupo de ingenieros había instalado unos motores que permitirían a la ciudad echar a volar en ese mismo instante al encuentro de  condiciones climatológicas más amables.

Según anunció el alcalde, en verano viajarían al hemisferio sur a zonas de lluvia para poder regar los huertos y campos de alrededor, así como poder disfrutar de una temperatura que les dejara hacer vida normal. Todo los ciudadanos, incluidos los más soñadores, recibieron con entusiasmo la medida y salieron del ayuntamiento respirando el aire de una brisa sensiblemente más fría que de costumbre.

Una vez calmada la sequía, aprovechando su nueva capacidad de volar, la ciudad puso rumbo a playas paradisiacas de agua cristalina y arena fina. La gente estaba más animada, los vecinos se saludaban con efusividad y las calles se contagiaban de una alegría generalizada. Además, se crearon nuevos puestos de trabajo debido a la gran cantidad de turistas atraídos por la ciudad de los vuelos y los negocios funcionaban a pleno rendimiento. De los campos salían frutos más sabrosos que nunca, los animales de la granja sonreían y se reproducían más que de costumbre y una agradable algarabía de pájaros se erigía como música de fondo. En poco tiempo, la ciudad de los vuelos se había transformado en la ciudad de los sueños.

Al llegar el crudo invierno, la ciudad se dirigió hacia zonas templadas. Sin embargo, durante el viaje, el mecanismo de vuelo se detuvo por una avería y la ciudad se vio obligada a aterrizar en una zona desapacible. Se trataba de una aldea de características y costumbres muy distintas a las que la ciudad estaba acostumbrada. El hambre, la enfermedad, la falta de recursos y la pobreza se palpaba en la mirada de su gente, en la erosión del adobe de sus casas o en la extremada delgadez de sus reses. El alcalde recomendó a sus vecinos que se encerraran en sus casas y la desconfianza se arraigó en la ciudad de los vuelos. A través de las ventanas, sus habitantes miraban con inquietud y miedo a los aldeanos de aspecto desgarbado, lengua incomprensible y oscuros rituales.

El tiempo transcurría, los ingenieros se negaban a salir de sus casas para reparar el dispositivo y la ciudad de los vuelos se sumía en el absoluto caos y la falta de agua, alimentos y medicinas. Las cosechas se habían perdido y en vez del hermoso cantar de pajarillos, se oían los graznidos de buitres que acudían al festín en las granjas abandonadas.

Desesperados, algunos vecinos decidieron echarse a las calles para exigir una solución al alcalde, pero éste ya había huido aprovechando el encierro de sus vecinos. Conscientes de la situación crítica que atravesaban sus inesperados visitantes, los aldeanos se pusieron de acuerdo para poner a su disposición los pocos recursos con los que contaban. Mientras el motor de vuelo era reparado, la desconfianza y el miedo comenzaron a volar de la ciudad. Sin apenas entenderse, propios guiaban a extraños hacia pozos y fuentes, niños de pieles distintas jugaban juntos y a la noche todos se reunían para compartir danzas y canciones.

Finalmente, los motores volvieron a funcionar, los ciudadanos se despidieron agradecidos de los aldeanos y la ciudad voló al lugar que le correspondía para siempre. Aunque inapreciable de forma física, aquel vuelo contó con menos carga que los anteriores. Carga que había echado a volar en aquella aldea para no volver más.

Cuenta la leyenda que tras aquel suceso, todo forastero es bienvenido sin distinción de raza, cultura, creencia o lengua a la ciudad que, aun sin motores, es capaz de volar. La ciudad de los vuelos.


Cuento escrito en el magnífico Taller Escríbe Mucho.
Vida Moderna

Blablabluf

Somos estúpidos, pero, aun así, entrañables. Aunque todavía se desconoce el verdadero motivo y haya multitud de controvertidas teorías, todos los seres hemos sido agraciados con una existencia. Según cómo se mire, esta puede ser más o menos interesante, dinámica, exitosa, divertida, vital o personal. Sin embargo, en muchas parece repetirse un rasgo común que se expande como una plaga: el esfuerzo por demostrar que nuestra existencia, por mísera que sea, es un circo de cinco pistas donde el ilusionismo, el espectáculo y las piruetas imposibles se suceden de forma magistral ante el asombro del público. Afortunadamente, aún conservamos intacta la elección entre pagar y aplaudir hasta que las ampollas pudran nuestras manos, o bien liberar a las desdentadas fieras e incendiar la fanfarria antes de que esta termine por desmoronarse y enterrarnos definitivamente.

A pesar de la inmediatez y la amplitud casi infinita de contenidos y servicios que ofrecen las redes de la tecnología, estas parecen propagar el caos sin ningún tipo de remordimiento y, en contra del pensamiento general, aprietan los grilletes hasta coartar cualquier tipo de espontaneidad o atisbo de libertad. Mismamente, un humilde servidor fue víctima crucificada por el sistema, pero hoy, con las marcas de los clavos en las manos aún abiertas, puedo dar testimonio que aporte luz a este túnel.

En los últimos tiempos, mi profesión de banderillero –aquel que con suma precisión perfora los encurtidos en vinagre mediante un palillo de madera– me ha obligado a atravesar el país de punta a punta. Tras infinidad de viajes incómodos en autocares que paran en todos los pueblos y aldeas que encuentran a su paso, hacer autoestop, introducirme en cámaras frigoríficas o bien agazaparme en remolques de transporte de ganado caprino, me decanté por un servicio de economía colaborativa. Dicho servicio permite enrolarte en un viaje privado que comparte tu destino a cambio de un precio módico y una pizca de simpatía. Después de los recelos iniciales, me convertí en un usuario acérrimo y entusiasta. Intercambiaba risas y profundas reflexiones con el resto de usuarios; animaba a conocidos y familiares a que lo utilizaran a través de amables amenazas a punta de navaja; compraba todo el merchandising oficial; e, incluso, asistía a los eventos que organizaba la empresa. He de confesar que hasta alguna vez hice un uso a posteriori poco moral a la par que lúdico y festivo.
Sin embargo, en mi último trayecto desde mi pueblo, Torre Estiércol, a Abrevadero del Porcino pude dar cuenta de la amarga y desconcertante realidad. Éramos cuatro: un conductor de mediana edad y aspecto elegante, una señora con apariencia de haber disfrutado plenamente de la buena vida y una traveller de una procedencia que obviaré para preservar su identidad, remarcando sólo su afición por la samba y la caipirinha. El viaje echó a rodar con el clásico esquema: unos tímidos saludos, una rápida ronda de presentación, alabanzas al servicio y un acalorado debate sobre el despotismo de la empresa al cobrar tasas abusivas que permitan garantizarle un mínimo funcionamiento. Luego se hizo repaso del elenco de anécdotas que todo el mundo ha escuchado no menos de cien veces y que nadie sabe de alguien que las haya vivido. A saber: uno que se fugó sin pagar, una funeraria que usaba el servicio con el cliente fallecido como pasajero, una pareja de exnovios que se rencuentran en un Cádiz-Barcelona, un viaje que derivó en una orgía en un área de servicio, Elvis Presley viajando de resaca de Benidorm a Marbella en bermudas hawaianas… Nada fuera de lo normal. Lo típico.

Cuando se había cimentado un clima de sincera confianza y amistad de toda la vida, a falta de unos quinientos kilómetros para llegar a Abrevadero del Porcino, atrapados en un atasco, con un calor infernal y sin aire acondicionado, llegó la fase que podríamos denominar como striptease. Motivados por un arrojo de exhibicionismo cuanto menos discutible, los pasajeros comenzaron a desnudarse sin previo aviso. Aunque yo estaba abstraído en mi nueva y revolucionaria creación –la banderilla con doble aceituna–, no pude evitar sentir un poco de curiosidad y escuchar atentamente.

Con ojos emocionados, la travellernarraba anécdotas sobre su viaje que jamás uno podría haber sospechado: maratonianas visitas a galerías de arte, moderadas ingestas de sangría, hombres que se deshacían en delicadas atenciones hacia ella y la invitación de otros travellers a visitar Francia, Gibraltar, Liechtenstein, Turkmenistán, la Antártida y Corea del Norte. Por su parte, con tono solemne, la señora de bien se decantó por describir las imponentes relaciones que su llana familia mantenía desde la Edad Media con la nobleza y la realeza patria. Acentuado su predilección por las peteneras, en la segunda parte de su striptease centró su relato en las modestas aspiraciones de sus hijos. El mayor había rechazado una oferta de bróker en Barclays para ultimar la apertura de un after chic en Puertobanús, mientras que el pequeño estaba negociando su pase al Manchester City por orden expresa de Pep Guardiola. Finalmente, procedió a arrancarse las bragas y el sujetador de mercadillo figurado con una jugosa y aterradora confesión. Al parecer, una fuente fiable había revelado a su marido –hombre de altas esferas– que si el Partido Morado ganaba las elecciones se prohibiría la Semana Santa y la Navidad, además de realizarse sacrificios públicos de niños recién nacidos en honor a Marx, Che Guevara, Lenin, Chávez, Stalin y Bolívar.

Quise cuestionar este último punto, pues juraría haber escuchado de otras fuentes fiables que el Partido Morado también pensaba obligar a celebrar el Ramadán, cuando el elegante conductor decidió que era turno de ir deshaciéndose de toda prenda y dejar al aire un cuerpo, que creía, muy bien esculpido. A tenor de sus palabras, se podría afirmar rotundamente que su vida era una mezcla entre la de una estrella de Hollywood y un escritor de libros de autoayuda de reconocido prestigio. Una especie de Brad Pitt castizo que se transforma a su antojo en Albert Espinosa. El sujeto sostenía tener un sueldo incapaz de estimar sin calculadora científica; un apartamento que para recorrerlo de punta a punta se precisaba de varias horas y vehículo motorizado; estar invitado a fiestas con lo más granado del país, en las que todo el mundo lo conocía por ‘El Titi’; y una flota de automóviles imperial. Lo cierto es que me resultaba extraño que hubiera escogido el más destartalado de la flota para la ocasión, pero enseguida olvidé mis reservas sumido en otros fascinantes relatos sobre exnovias que aparecían en televisión, recuerdos de cuando fue campeón juvenil de tenis, waterpolo, judo y petanca el mismo año o la última vez que salió a cazar venados con ballesta junto al emérito monarca. Deseaba interrumpir el discurso con un respetuoso y sincero nos importa una mierda, pero, para mi asombro, descubrí que el resto de pasajeras lo escuchaba con inquebrantable admiración.

Faltaban tan sólo cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino, cuando el conductor me preguntó con aires de suficiencia que a qué me dedicaba y por qué me dirigía a Abrevadero del Porcino. En ese momento, empecé a sentir sudores fríos, el corazón quería salir disparado y en mi cabeza un tumulto de ideas chocaba entre sí. Pensé en decir la verdad, que era un humilde banderillero que iba al congreso nacional de encurtidos a presentar mi última creación. Sin embargo, un instinto salvaje me sacudió invitándome a no ser menos que nadie. Así pues, caí en la tentación de edulcorar un poco mi vida.

Revelé que tenía un oficio vital para sostener la paz del país y que iba camino de una importante reunión. Ávidos de saber, el resto de tripulantes me tiró de la lengua hasta límites insospechados, y proseguí mi historia confesando que era el líder de una importante banda de crimen organizado y que me iba a reunir con un hombre cercano al gobierno para un intercambio de armas que guardaba en mi maleta. Instantes después, sorprendidos por la relevancia de mi persona, se hizo en el coche un silencio placentero que se prolongó hasta el final del viaje.

Aunque no lo llego a comprender muy bien, al poco de bajar recibí un mensaje que anunciaba la cancelación de mi cuenta de usuario. Por suerte, no pensaba hacer nunca más uso del maligno servicio.
Ahora, rescatado de ese mundo plástico, viajo hacia mi pueblo, Torre Estiércol, en un modesto autobús entre anónimos, con un reconfortante silencio sólo interrumpido por agradables ronquidos y flatulencias, mientras anuncio en todas mis redes sociales que mi banderilla con doble aceituna ha sido elegida para ser servida en restaurantes de más de tres estrellas Michelín por todo el mundo. O en el tugurio de la esquina, qué más da.


Imagen vía La Vida Moderna
Relato inspirado en el Taller Escríbeme Mucho