La Cuarentena De Los Necios · Vida Moderna

Los quintos compases del escritor

Emprender la publicación de un libro y enrolarse en el circo de la escritura es emprender una lucha constante contra las expectativas. Lo peor que uno puede hacer es tener expectativas. No es una filosofía que se ciña únicamente a la escritura, sino que conviene aplicarla para el resto de la existencia. Hay que arrancar de raíz toda expectativa, porque lo más normal es que jamás se cumpla y acabe generando frustración, desilusión, odio, adicción al pegamento o la necesidad de enrolarse en clases de bailes latinos. Me paso el día autoconvenciéndome de que mi mayor perspectiva debe ser únicamente la de sobrevivir al día. Nada más despertar me encierro en el aseo, me sitúo frente al espejo, frunzo el ceño, aprieto los dientes y grito masajeándome las sienes «Pa’ fuera expectativas, pa’ fuera expectativas, pa’ dentro realidad». No obstante, saben cómo seducirme y acaban por asfixiarme, dejándome una mísera bocanada que me mantenga con vida para que vuelva a caer en sus redes.

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La Cuarentena De Los Necios · Vida Moderna

Los segundos compases del escritor

Superada la euforia inicial de la publicación, las primeras dedicatorias y la transformación de la noche a la mañana en escritor, era momento de hacer promoción de la novela. Sé que el verdadero trabajo del autor acaba cuando la novela está enviada, aceptada y corregida. Pero ya que uno se pone a jugar a ser escritor, gusta tener lectores aparte de pareja, padres, chismosos y algún que otro despistado. En otras palabras, que esas cajas abarrotadas de ejemplares no se conviertan en alimento del polvo. Creí que con el trabajo de la editorial, el boca a boca y un par de posts en RRSS bastaría. No obstante, no caí en la cuenta de que la cantidad de vídeos de políticos bañándose en whisky distraerían al mundo entero de la genialidad de mi obra.

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Autobombo · La Cuarentena De Los Necios

Al publicar

Cuando te decides a publicar un libro emprendes un camino a lo desconocido. Hasta ahora mi método consistía en escribir cualquier tontería —como esta misma—, revisarla unos minutos y lanzarla a volar. Ahora, a la ecuación de los textos, los personajes y el autor hay que sumar al editor, el portadista, la imprenta, la distribuidora, el tipo que se presta a poner su bar para que sea asaltado por unos letraheridos con ínfulas, el bibliotecario del pueblo, los presentadores que has conseguido engañar, el de la librería, los reseñadores…

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Microrrelatos

Huyendo de mí

Siempre estoy huyendo. No sé muy bien desde cuándo. Es mi estado natural. No mirar atrás, dejarlo todo a medias y convencerme de que un poco más adelante estará lo que buscaba. Hay personas que opinan que es una forma de encontrarse, pero yo creo que escribir también es una forma de huir. Mi mente se llena de pensamientos regados por la cotidianeidad y la ironía desafiante, mi bolígrafo corre más que yo y el ordenador los inmortaliza. No importa que no sea lo que me conviene, ni que siga estancado en el mismo punto que hace diez años, que sea un mediocre en el trabajo, tampoco que esté procrastinando hasta que llegue la muerte.

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Relatos

Sobre concursos literarios

El joven que escribía pensó que sería buena idea presentar sus torpes palabras a un certamen literario. Quería que sus historias volaran hacia ojos críticos, medir su ego con el de otros desconocidos que también se manchaban por afición las manos de tinta y si el camino le repercutía un pellizco, una comilona o una entrevista, mucho mejor. Tras una búsqueda concienzuda, dio con un concurso que convocaba el ayuntamiento de un pueblo perdido entre olivos y almendros. El tema era libre, así que compuso un texto sobre un sanguinario pirata que se quedaba repentinamente en paro y se reciclaba como monitor de comedor escolar.

Le añadió una pizca de picante y sal a la historia y metáforas de tres al cuarto, sin pasarse pues los paladares de los jurados de hoy en día se habían vuelto tibios, siendo alto el riesgo de salar, empalagar o amargar. El joven que escribía pasó noche y día escribiendo, mientras en su casa se amontonaban los cartones de pizza y el papel de aluminio de kebab que conformaban su único método de supervivencia. Después lo repasó una y otra vez, lo pulió, intercambió el final con el principio diez veces. El pirata se transformó sucesivamente en payaso, mafioso, cura, león y de nuevo pirata. Casi cuando estaba por mandarlo, se lo dejó ver a dos o tres amigos de su confianza. Le dijeron que era lo mejor que se había escrito desde ‘El Alquimista’, por lo tanto supo que todo estaría mal, el tema manido y el final previsible. Finalmente, aburrido de leer y releer, se decantó por entregarlo.

Cuando fue a enviarlo, el mismo día que finalizaba el plazo de presentación, dio cuenta de que debía rellenar veinte formularios, una cesión de derechos, enviar una autobiografía, completar una plica, adjuntar el libro de familia, su calendario de vacunas y un jeroglífico egipcio resuelto. Una vez estaba toda la documentación en su correo, comprobó que el tiempo había expirado. Maldita sea, gritó junto a ciento veinticinco improperios más. Incluso pensó en el suicidio con una nota dedicada al jurado del concurso.

Finalmente, sereno, consultó la fuente donde había encontrado el certamen y descubrió que había un millón más. Ahora su historia esta en manos de una ganadería vacuna, la cual elegirá al relato ganador según sea la intensidad del bramido en aprobación de su ternero Eufrasio, aficionado a devorar pastos frescos y las páginas de ‘Crepúsculo’ y ‘Cincuenta Sombras de Grey’.

Segunda parte en el El vuelo del vencejo