Relatos · Vida Moderna

Certamen de gruñidos porcinos

No debería, pero he vuelto a caer en el peor error que puede cometer un aspirante a escritor. He leído los relatos finalistas del XIV Certamen Literario ‘Come jamón, escribe un montón y engorda el corazón’, al cual me presenté. Suelo lanzar mis textos a estos concursos con la misma convicción con la que un universitario se presenta a un examen tras haber estudiado sólo la noche de antes. La mayoría de veces no obtengo respuesta, incluso si figuro entre los seleccionados, a no ser que los organizadores quieran vender el recopilatorio compuesto por otros quinientos seleccionados. En esta ocasión, me enteré del fallo por una casualidad fatal: comprando un paquete de lonchas de jamón envasadas al vacío en la web de Tocino Feliz, la empresa organizadora del certamen.

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Vida Moderna

Fiebre de la Opulencia Moderna y el Ostracismo (FOMO)

Tengo la sensación permanente de que hay algo que me estoy perdiendo. El tiempo pasa y yo me lanzo decidido contra él. Trato de abarcar toda su extensión y exprimir cada uno de sus segundos como si de una naranja se tratase. Sin embargo, siempre caigo derrotado, extasiado ante su persistencia y ahogado por las manecillas del reloj.

No sé muy bien cuándo empezó todo, pero hubo un comienzo. Recuerdo que antes no era así. Tenía pocas aficiones, ningún interés concreto más allá de ser el primer ser humano que volara con las manos. Empleaba casi todo mi tiempo en mirar a través de la ventana por unos prismáticos, inventar nuevas obras de teatro clásico e interpretarlas en mi mente y, de vez en cuando, estudiar para acabar el último curso de carrera, de la cual arrastraba dos asignaturas desde hacía lustros.
Para salir de esa espiral de ostracismo e indolencia, mis padres pensaron que sería buena idea instalarme una televisión en mi habitación. Al principio no le hacía caso, pero poco a poco fui descubriendo algunas series de sumo interés: Enfermería de Guardia, Sin Peroles No Hay Paraíso o El Caso De La Pantera Asesina. Asimilando las innumerables enseñanzas que aquella caja me daba, empecé a ser consciente de que en estos tiempos convenía estar informado. No había un motivo claro, más allá de no parecer idiota en las elevadas discusiones que se formaban en tabernas y tugurios. Así pues, también fui siguiendo de forma activa las principales tertulias informativas: Debate Porcino, La Actualidad Actual, o, la de máxima audiencia, A Las 5 Por El Culo Te La Hinco. Algunas veces trataba de participar añadiendo sosegadas y meditadas aportaciones: “Cállate, botarate”, “Eso es una conspiración del gobierno chino”, o “Bota, rebota y en tu culo explota”.
Al hilo de estar informado, fui abriéndome a las nuevas tecnologías y consumiendo de manera compulsiva las versiones digitales de periódicos generalistas, revistas especializadas en apuestas caninas, neumáticos de segunda mano e inversión en perfumes de imitación, foros y horóscopos virtuales, los cuales conformaban mis principales intereses. Recientemente, he comenzado a interactuar con el resto de mortales a través de las redes sociales, donde difundo novedades sobre el estado del cadáver de Cristóbal Colón y me mantengo a la última sobre todas las noticias que ocurren a lo largo y ancho del planeta. ¿Sabíais que unos científicos australianos han descubierto que los patos tienen dos patas?
Sin lugar a dudas, el último grito han sido los podcast. Los hay en todos los idiomas y sobre todas las temáticas. Estos últimos días he estado enganchado a la asombrosa historia en ucraniano de un auténtico criminal en serie, un panadero que se llevaba a casa las barras que le sobraban. Después de una emocionantísima primera temporada con cuarenta y nueve capítulos de hora y media de duración, estoy expectante para la segunda en la que por fin Yuri aprenderá a amasar. La gran ventaja de los podcast es la comodidad que ofrecen para poder seguirlos donde quieras: en el transporte público, jugando a la petanca, mientras haces el amor con tu pareja o si te están practicando una vasectomía.
Sin saber muy bien cómo, un día me encontré en casa, aumentando la velocidad de reproducción para acabar la última temporada del Brown Mirror y así poder empezar la nueva sobre la fascinante vida del cantante de rancheras Luis Gabriel. En mi aplicación de podcast tenía miles de avisos sobre audios que aún no había escuchado; el correo electrónico me amenazaba para que escuchase los últimas discos de un grupo de reggae polinesio; Youtube me apremiaba para que viera los últimos tutoriales sobre cómo hacer macramé rodeado de tiburones. Además, mi cuenta bancaria se desangraba en donaciones amistosas a plataformas de streaming audiovisual que tributaban en las Islas Caimán. Mientras tanto, en las calles se levantaba un muro entre lo que era estar a la última y ser un desfasado, entre estar vivo o muerto. Es una situación asfixiante, cada vez necesito más, pero ya no puedo más.
Sigo con la sensación de que hay algo que me estoy perdiendo, de que hay una historia o un conocimiento que requiere todo mi tiempo y mi atención, pero no tengo muy claro cuál. Me encuentro en el espejo y me pregunto: ¿ese de en frente no es uno de los de Walking Dead?

Vida Moderna

Blablabluf

Somos estúpidos, pero, aun así, entrañables. Aunque todavía se desconoce el verdadero motivo y haya multitud de controvertidas teorías, todos los seres hemos sido agraciados con una existencia. Según cómo se mire, esta puede ser más o menos interesante, dinámica, exitosa, divertida, vital o personal. Sin embargo, en muchas parece repetirse un rasgo común que se expande como una plaga: el esfuerzo por demostrar que nuestra existencia, por mísera que sea, es un circo de cinco pistas donde el ilusionismo, el espectáculo y las piruetas imposibles se suceden de forma magistral ante el asombro del público. Afortunadamente, aún conservamos intacta la elección entre pagar y aplaudir hasta que las ampollas pudran nuestras manos, o bien liberar a las desdentadas fieras e incendiar la fanfarria antes de que esta termine por desmoronarse y enterrarnos definitivamente.

A pesar de la inmediatez y la amplitud casi infinita de contenidos y servicios que ofrecen las redes de la tecnología, estas parecen propagar el caos sin ningún tipo de remordimiento y, en contra del pensamiento general, aprietan los grilletes hasta coartar cualquier tipo de espontaneidad o atisbo de libertad. Mismamente, un humilde servidor fue víctima crucificada por el sistema, pero hoy, con las marcas de los clavos en las manos aún abiertas, puedo dar testimonio que aporte luz a este túnel.

En los últimos tiempos, mi profesión de banderillero –aquel que con suma precisión perfora los encurtidos en vinagre mediante un palillo de madera– me ha obligado a atravesar el país de punta a punta. Tras infinidad de viajes incómodos en autocares que paran en todos los pueblos y aldeas que encuentran a su paso, hacer autoestop, introducirme en cámaras frigoríficas o bien agazaparme en remolques de transporte de ganado caprino, me decanté por un servicio de economía colaborativa. Dicho servicio permite enrolarte en un viaje privado que comparte tu destino a cambio de un precio módico y una pizca de simpatía. Después de los recelos iniciales, me convertí en un usuario acérrimo y entusiasta. Intercambiaba risas y profundas reflexiones con el resto de usuarios; animaba a conocidos y familiares a que lo utilizaran a través de amables amenazas a punta de navaja; compraba todo el merchandising oficial; e, incluso, asistía a los eventos que organizaba la empresa. He de confesar que hasta alguna vez hice un uso a posteriori poco moral a la par que lúdico y festivo.
Sin embargo, en mi último trayecto desde mi pueblo, Torre Estiércol, a Abrevadero del Porcino pude dar cuenta de la amarga y desconcertante realidad. Éramos cuatro: un conductor de mediana edad y aspecto elegante, una señora con apariencia de haber disfrutado plenamente de la buena vida y una traveller de una procedencia que obviaré para preservar su identidad, remarcando sólo su afición por la samba y la caipirinha. El viaje echó a rodar con el clásico esquema: unos tímidos saludos, una rápida ronda de presentación, alabanzas al servicio y un acalorado debate sobre el despotismo de la empresa al cobrar tasas abusivas que permitan garantizarle un mínimo funcionamiento. Luego se hizo repaso del elenco de anécdotas que todo el mundo ha escuchado no menos de cien veces y que nadie sabe de alguien que las haya vivido. A saber: uno que se fugó sin pagar, una funeraria que usaba el servicio con el cliente fallecido como pasajero, una pareja de exnovios que se rencuentran en un Cádiz-Barcelona, un viaje que derivó en una orgía en un área de servicio, Elvis Presley viajando de resaca de Benidorm a Marbella en bermudas hawaianas… Nada fuera de lo normal. Lo típico.

Cuando se había cimentado un clima de sincera confianza y amistad de toda la vida, a falta de unos quinientos kilómetros para llegar a Abrevadero del Porcino, atrapados en un atasco, con un calor infernal y sin aire acondicionado, llegó la fase que podríamos denominar como striptease. Motivados por un arrojo de exhibicionismo cuanto menos discutible, los pasajeros comenzaron a desnudarse sin previo aviso. Aunque yo estaba abstraído en mi nueva y revolucionaria creación –la banderilla con doble aceituna–, no pude evitar sentir un poco de curiosidad y escuchar atentamente.

Con ojos emocionados, la travellernarraba anécdotas sobre su viaje que jamás uno podría haber sospechado: maratonianas visitas a galerías de arte, moderadas ingestas de sangría, hombres que se deshacían en delicadas atenciones hacia ella y la invitación de otros travellers a visitar Francia, Gibraltar, Liechtenstein, Turkmenistán, la Antártida y Corea del Norte. Por su parte, con tono solemne, la señora de bien se decantó por describir las imponentes relaciones que su llana familia mantenía desde la Edad Media con la nobleza y la realeza patria. Acentuado su predilección por las peteneras, en la segunda parte de su striptease centró su relato en las modestas aspiraciones de sus hijos. El mayor había rechazado una oferta de bróker en Barclays para ultimar la apertura de un after chic en Puertobanús, mientras que el pequeño estaba negociando su pase al Manchester City por orden expresa de Pep Guardiola. Finalmente, procedió a arrancarse las bragas y el sujetador de mercadillo figurado con una jugosa y aterradora confesión. Al parecer, una fuente fiable había revelado a su marido –hombre de altas esferas– que si el Partido Morado ganaba las elecciones se prohibiría la Semana Santa y la Navidad, además de realizarse sacrificios públicos de niños recién nacidos en honor a Marx, Che Guevara, Lenin, Chávez, Stalin y Bolívar.

Quise cuestionar este último punto, pues juraría haber escuchado de otras fuentes fiables que el Partido Morado también pensaba obligar a celebrar el Ramadán, cuando el elegante conductor decidió que era turno de ir deshaciéndose de toda prenda y dejar al aire un cuerpo, que creía, muy bien esculpido. A tenor de sus palabras, se podría afirmar rotundamente que su vida era una mezcla entre la de una estrella de Hollywood y un escritor de libros de autoayuda de reconocido prestigio. Una especie de Brad Pitt castizo que se transforma a su antojo en Albert Espinosa. El sujeto sostenía tener un sueldo incapaz de estimar sin calculadora científica; un apartamento que para recorrerlo de punta a punta se precisaba de varias horas y vehículo motorizado; estar invitado a fiestas con lo más granado del país, en las que todo el mundo lo conocía por ‘El Titi’; y una flota de automóviles imperial. Lo cierto es que me resultaba extraño que hubiera escogido el más destartalado de la flota para la ocasión, pero enseguida olvidé mis reservas sumido en otros fascinantes relatos sobre exnovias que aparecían en televisión, recuerdos de cuando fue campeón juvenil de tenis, waterpolo, judo y petanca el mismo año o la última vez que salió a cazar venados con ballesta junto al emérito monarca. Deseaba interrumpir el discurso con un respetuoso y sincero nos importa una mierda, pero, para mi asombro, descubrí que el resto de pasajeras lo escuchaba con inquebrantable admiración.

Faltaban tan sólo cincuenta kilómetros para llegar a nuestro destino, cuando el conductor me preguntó con aires de suficiencia que a qué me dedicaba y por qué me dirigía a Abrevadero del Porcino. En ese momento, empecé a sentir sudores fríos, el corazón quería salir disparado y en mi cabeza un tumulto de ideas chocaba entre sí. Pensé en decir la verdad, que era un humilde banderillero que iba al congreso nacional de encurtidos a presentar mi última creación. Sin embargo, un instinto salvaje me sacudió invitándome a no ser menos que nadie. Así pues, caí en la tentación de edulcorar un poco mi vida.

Revelé que tenía un oficio vital para sostener la paz del país y que iba camino de una importante reunión. Ávidos de saber, el resto de tripulantes me tiró de la lengua hasta límites insospechados, y proseguí mi historia confesando que era el líder de una importante banda de crimen organizado y que me iba a reunir con un hombre cercano al gobierno para un intercambio de armas que guardaba en mi maleta. Instantes después, sorprendidos por la relevancia de mi persona, se hizo en el coche un silencio placentero que se prolongó hasta el final del viaje.

Aunque no lo llego a comprender muy bien, al poco de bajar recibí un mensaje que anunciaba la cancelación de mi cuenta de usuario. Por suerte, no pensaba hacer nunca más uso del maligno servicio.
Ahora, rescatado de ese mundo plástico, viajo hacia mi pueblo, Torre Estiércol, en un modesto autobús entre anónimos, con un reconfortante silencio sólo interrumpido por agradables ronquidos y flatulencias, mientras anuncio en todas mis redes sociales que mi banderilla con doble aceituna ha sido elegida para ser servida en restaurantes de más de tres estrellas Michelín por todo el mundo. O en el tugurio de la esquina, qué más da.


Imagen vía La Vida Moderna
Relato inspirado en el Taller Escríbeme Mucho